El alba se filtró por las cortinas de la mansión con una luz grisácea y gélida, revelando un Londres envuelto en niebla. Edwin apenas había dormido; en su mente libraban una batalla la calidez del cuerpo de Helen y la frialdad de su rechazo. Se vistió en silencio, ajustándose la cartuchera bajo la chaqueta con la precisión de un autómata.
Helen se incorporó, inquieta pero resuelta. Tras una mirada fugaz al reloj, rescató del armario un traje de lana a cuadros sobre una falda tabaco. Se ciñó la chaqueta con un cinturón de cuero y coronó el conjunto con un sombrero de ala ladeada. Tras un toque rápido de carmín en los labios, bajó al comedor. Allí, frente al servicio de plata ya dispuesto, el mayordomo la recibió con una pregunta comedida:
— ¿Sale la señorita?
—Como puede ver, Peel, así es. ¿Se ha levantado ya el señor Woodhall?
—El señor bajó al despacho para una llamada urgente y me pidió la llave. Espero haber obrado correctamente al entregársela, señorita.
—¡Así me gusta! Siempre tan diligente. Esta mañana prefiero algo liviano; el apetito me ha dado una tregua. Un té con una nube de leche y un panecillo de naranja serán suficientes. Algo sutil para despertar los sentidos. Por cierto, pregúntele al señor si desea acompañarme.
Edwin entró en el comedor justo cuando el mayordomo se retiraba. Su postura era rígida.
—Veo que estás lista. Nos iremos en cuanto termines.
—¿No vas a desayunar nada? —preguntó ella, observando su inquietud.
—Ya lo he hecho. Estoy en pie desde las ocho; patrullé la manzana y todo parece despejado. Además, he revisado la prensa —añadió Edwin, consultando su reloj de pulsera con impaciencia—. Walter ha cumplido: ni una palabra sobre el secuestro. Vámonos sin demora, Veil ya espera en la puerta.
—Señorita —intervino el mayordomo desde el umbral—, ¿dispongo el almuerzo a la hora habitual?
—Sí, Peel. Que preparen cubiertos para cuatro.
—Se hará como desea.
Tras la marcha del mayordomo, Edwin la observó con escepticismo.
—No esperarás que te entreguen a tu padre hoy mismo, ¿verdad?
Helen guardó silencio. En el fondo, deseaba que así fuera, pero su mente ya trazaba un plan distinto: contaba con que Walter los acompañaría al regreso y quería sumar a John Veil a la mesa. Un almuerzo de trabajo sería el escenario ideal para ultimar los detalles de la operación policial.
Al cruzar el umbral, Helen se dirigió a los agentes que custodiaban la entrada:
—Están pasando frío a la intemperie. Es mejor que vigilen desde el interior; no hay necesidad de inquietar a los vecinos ni dar pábulo a los rumores sobre la desaparición de mi padre.
—Lo lamento, señorita Spencer —respondió uno de los oficiales con rigidez—, nuestras órdenes son no movernos de este puesto hasta el relevo.
—¡Hagan lo que les dice la señorita Spencer! —intervino Edwin con un tono que no admitía réplica—. Tienen mi permiso. Transmítanlo a sus compañeros cuando lleguen; desde dentro serán más eficaces.
—¡A sus órdenes, señor!
Los oficiales, amedrentados por la determinación de Edwin, les abrieron la puerta del coche antes de retirarse al vestíbulo. En el interior del vehículo, John Veil los esperaba.
—¡Buenos días, John! —exclamó Helen—. Veo que no te cuesta madrugar.
—Es mi deber, señorita. Edwin me ha informado de que los captores ya han movido ficha. No se preocupe: el plan está trazado y mis hombres ya ocupan sus puestos.
—¡Bien hecho, John! Has actuado con una rapidez asombrosa —exclamó Helen con gratitud.
—Solo intento que esto termine cuanto antes —admitió él con un suspiro—. He tenido que posponer mis vacaciones hasta la semana que viene y no soy el único afectado. Como imaginarás, mi novia está furiosa; contaba con esos días.
—Lo siento mucho, John. Quizás un almuerzo preparado por Agatha te reconforte, aunque sé que no es la solución definitiva.
El rostro de Veil se iluminó por un instante.
—Acepto con placer. Todavía guardo el recuerdo de sus dulces... Quizás ella ya ni se acuerde de mí, ha pasado tanto tiempo. Recuerdo cuando jugábamos en la cocina y nos dejaba probar sus creaciones. Sharon y tú me atiborrabais con aquellos pasteles de crema; nos reíamos tanto... Agatha disfrutaba de nuestras travesuras.
Su tono se volvió más sombrío al pensar en el presente.
—Debe de estar pasándolo mal con todo esto. Quizá pueda consolarla un poco recordándole aquellos días.
La neblina londinense se aferraba a las columnas de Covent Garden como un sudario grisáceo. Eran las diez menos cuarto y el mercado de flores apenas empezaba a recoger sus bártulos cuando el coche de Veil se detuvo a una manzana de la Royal Opera House.
Dentro del vehículo, el silencio era denso. Helen apretaba su bolso contra el regazo, sintiendo el peso del metal o del miedo, ya no sabía cuál. Edwin le tomó la mano, notando la frialdad de sus dedos.
—Recuerda, Helen —susurró él, fijando sus ojos en los de ella—. Eres una joven de la alta sociedad buscando una distracción. Ni una mirada atrás, ni un gesto de duda. Walter ya está dentro, fingiendo entrevistar a la compañía del Sadler's Wells; él será tus ojos en la sombra.
Helen asintió, inspiró el aire gélido y bajó del coche. Su figura, elegante y solitaria, se recortó contra el pórtico del teatro. Caminó con paso firme hacia la taquilla, donde el cristal empañado por el frío apenas dejaba entrever al empleado. Edwin la vio alejarse y activó su cronómetro. El juego de espías en el corazón de Londres acababa de comenzar. Si el hombre del acento español estaba allí, esta era la oportunidad de oro.
Al llegar, un hombre calvo, de bigote ralo y semblante severo, la escrutó desde el otro lado del mostrador.
—¿Qué desea la señorita? —preguntó con voz monótona.
Ella pronunció el saludo formal acordado, una frase que en cualquier otro contexto parecería trivial, pero que allí sonaba a sentencia. El taquillero la observó durante unos instantes eternos, con los ojos entrecerrados, y tras un silencio cargado de sospecha, objetó:
—Puede pasar —concedió el taquillero con un gesto seco—. El otro billete ya la está esperando.
El hombre la guio hasta uno de los palcos laterales. La sala estaba sumida en una penumbra rota solo por el resplandor del escenario, donde los bailarines ensayaban sus figuras como espectros blancos. En el pasillo, las siluetas del director y los representantes discutían en susurros con el escenógrafo. Helen escudriñó la oscuridad, buscando aquel rostro que se había grabado en su memoria, cuando sintió una presencia a su espalda.
Alguien entró en el palco y se situó a su lado. Era él: el individuo arrestado en Scotland.
—Me complace ver que la señorita Spencer sabe escuchar —dijo con un acento que cortaba el aire.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó ella, manteniendo la vista al frente.
—El paquete que trajo de España. Para usted no tiene valor alguno, pero para mí es vital.
—¿Qué garantía tengo de que mi padre y mi amiga serán liberados tras la entrega?
—¡Mi palabra debería bastarle! —siseó él.
—No le conozco lo suficiente como para saber qué valor tiene su palabra, señor...
—Llámeme Sánchez. No necesita saber nada más.
—Entonces, señor Sánchez, me reservo el derecho a creerle. Pero dígame: ¿qué espera que haga ahora? Supongo que para eso estoy aquí.
Sánchez se inclinó hacia ella, y Helen pudo sentir la amenaza en su cercanía.
—La hice venir para llevarla con su padre, pero subestimé su astucia. No ha venido sola; mis hombres confirman que Scotland Yard custodia cada salida. Me ha burlado, señorita Spencer... y el engaño es una falta que no suelo perdonar.
—¿Acaso me cree tan ingenua como para acudir sola y entregarle el paquete sin garantías? —replicó Helen, sosteniéndole la mirada en la penumbra—. Si lo quiere, habrá un intercambio. Usted propone el lugar y trae a mi padre y a Sharon; a cambio, recibirá lo que busca. Pero no iré sola: Walter Gallichan me acompañará.
—¡Ese periodista entrometido! —masculló Sánchez, apretando los dientes—. ¡No lo acepto!
—Sea como sea, usted quiere el paquete y yo a los míos. Diga dónde y deje de perder el tiempo.
—Nos veremos el día diez...
—Imposible. Busque otra fecha —cortó ella con firmeza.
—¡Señorita Spencer, está agotando mi paciencia! —siseó él, acercándose peligrosamente—. Su actitud solo perjudicará a los rehenes. Yo pongo las condiciones.
—He dicho que el diez es imposible.
—¡Basta! ¿Cuándo, entonces? —estalló él, contenido por el eco del teatro.
—Tendrá que ser el doce. A menos que prefiera el trece... si es que no es supersticioso.
Sánchez soltó una risa seca, carente de humor.
—Lo dice porque soy español. No crea en las artimañas de mis compatriotas para desplumar a turistas ingenuos; me crie en Alemania y mi mentalidad es otra. Pero dejémonos de nimiedades y vayamos al grano. Usted y el señor Gallichan irán a la estación Victoria el día doce. Pedirán billetes para Wiltshire y se unirán al grupo turístico que visita el círculo de piedras de Avebury. Esperarán allí hasta que todos se hayan marchado.
El hombre hizo una pausa para enfatizar su amenaza:
—Una vez estemos seguros de que nadie los sigue, nos reuniremos para concretar la entrega. Y una advertencia: no intente jugar conmigo como hoy. No olvide el paquete. Ahora, se quedará aquí diez minutos disfrutando del ensayo; tiempo suficiente para que yo me desvanezca. Si me atrapan, mis hombres tienen órdenes de ejecutar a su padre y a su amiga de inmediato. No dudarán.
Helen sabía que Sánchez hablaba en serio. Se obligó a esperar, consultando el reloj con los nervios a flor de piel. Cuando finalmente se dispuso a marchar, se topó con el hombre de la taquilla en el pasillo.
—Venía a buscarla, señorita. ¿Disfrutó de los ensayos?
—¿Quién le pidió que viniera? —preguntó ella, a la defensiva—. Conozco la salida.
—Su prometido, el que acaba de marcharse. Me pagó para que la dejara entrar; me dijo que usted debe viajar el día del estreno y que estaba desolada por perdérselo. ¿Le gustó?
—¡Oh, sí! Muchísimo —improvisó ella con una sonrisa forzada—. Me encantaría volver para ver la obra completa.
—Cuando quiera, la dejaré pasar, pero ahora debe irse. El otro caballero la espera fuera y parece impaciente. Menos mal que su prometido salió por la puerta trasera...
El viejo taquillero se inclinó con un aire de complicidad cómplice:
—Permítame un consejo de alguien que ha visto mucho mundo: no juegue con dos a la vez, señorita. Podría quedarse sin ninguno.
A Helen le hizo gracia que aquel hombre confundiera a un criminal y a un detective con sus amantes. Al salir, tomó a Edwin del brazo con firmeza. El taquillero los observó alejarse, negando con la cabeza ante lo que consideraba un descaro juvenil. Mientras tanto, Walter apareció de entre las sombras y se deslizó rápidamente en el coche de Veil.
—¿Qué tal te fue con ese hombre? —preguntó Walter en cuanto cerraron la puerta del coche—. Lo vi esfumarse hace diez minutos; debió de usar la trampilla del escenario. Estuve a punto de seguirlo, pero preferí esperar a que salieras.
—Me alegro de que no lo hicieras —respondió Helen, aun recuperando el aliento—. El taquillero me confirmó que salió por la puerta trasera.
—¡¿Cómo has podido hacernos esto?! —estalló Edwin, golpeando el respaldo del asiento—. Todo el equipo estaba listo para actuar en cuanto pusiera un pie en la calle. Y tú te quedaste ahí dentro, regalándole diez minutos de ventaja. ¡Has arruinado la operación!
—Hice lo que tenía que hacer; no hay más que hablar —replicó ella con una frialdad que sorprendió a ambos—. Él también estaba preparado por si lo interceptaban.
—¿No entiendes que podríamos haberle obligado a confesar dónde los tienen? —insistió Edwin, fuera de sí.
—¿Y qué esperabas encontrar, Edwin? ¿Sus cadáveres?
—Jamás los matarían; saben lo que arriesgan, no son estúpidos. ¿Cómo es que no entiendes cómo piensa un criminal? Si te amenazó, solo fue para intimidarte y ganar tiempo. Ahora se estará riendo de nosotros.
—Lo hecho, hecho está —sentenció Helen—. No se puede menospreciar a esos nazis, como se ha venido haciendo hasta ahora.
Walter dio un respingo en su asiento.
—¡Atiza! ¡¿Nazis en Inglaterra?!
—Sí, Walter. Es hijo de españoles, pero nacionalsocialista alemán de pura cepa. Y estoy segura de que los demás también lo son, hasta la médula.
El rostro de Walter se ensombreció de inmediato.
—¿Qué será entonces de Sharon y de tu padre? Sé por fuentes fidedignas cómo tratan a sus prisioneros... No les tiembla el pulso para disparar si no obtienen lo que quieren.
—Tienes razón, Walter —admitió Helen con un escalofrío—. Si ese hombre no llegara hoy al lugar donde retienen a mi padre, él moriría. Lo más probable es que solo mantuvieran a Sharon con vida para asegurar el intercambio.
—Sigo insistiendo en que, si lo tuviéramos bajo custodia, nos diría dónde están y llegaríamos a tiempo —masculló Edwin, rígido de frustración—. Pero por tu terquedad ahora es imposible; estamos atados a sus condiciones.
—Escucha, Edwin —intervino John con calma profesional—, esta gente ha sido entrenada para resistir cualquier interrogatorio. No habríamos sacado nada de él tan fácilmente.
Edwin, al verse en minoría, guardó un silencio sepulcral hasta que llegaron a la mansión. Una vez en la seguridad de la biblioteca, antes de pasar al comedor, Walter rompió la tensión:
—¿Cuáles fueron exactamente las últimas instrucciones de ese tal Sánchez?
—«Menos mal que al menos tenemos un nombre» —le interrumpió Edwin con un deje de sarcasmo.
—No te servirá de nada —replicó Helen—. Podría ser un alias cualquiera; hay miles de Sánchez y Fernández. Lo importante es lo que ordenó: el día doce debemos tomar el tren a Wiltshire en la estación Victoria y unirnos al grupo de turistas que visita el círculo de piedras de Avebury. ¡Tal como lo adivinaste, Walter!
—¡Atiza! —exclamó Walter, radiante—. ¿Y decíais que yo tenía demasiada imaginación?
—La tienes, Walter —replicó Edwin con severidad—, pero que no se te ocurra pensar que la dejaré ir sola. Bajo ningún concepto.
—¡No pienso ir sola! —se defendió Helen de inmediato—. Walter me acompañará.
—No puede. Carece de experiencia; no sabría cómo reaccionar ante lo que sea que nos espere allí fuera.
—Entonces, entrénalo. Tienes cuatro días antes de partir. Es tiempo suficiente para unas lecciones rápidas, Edwin. Al menos para que sepa cómo comportarse y no arruine la misión.
Edwin suspiró, frustrado por la lógica de Helen.
—Sabes que el día diez estaremos fuera —repuso Edwin, cortante—. Es materialmente imposible que me dé tiempo.
—¿Iréis al Castillo de los Duques de Norfolk? —intervino Walter, esbozando una sonrisa enigmática.
—Sí, a ese. ¿Cómo demonios te has enterado?
—El Alto Comisionado me envió una invitación para una jornada de caza.
—Ya ves, Edwin —añadió Helen con ironía—, tu propio superior te brinda el tiempo necesario para instruirlo. ¡Parece que me haya leído el pensamiento!
—¡Atiza! ¡Qué emoción! —interrumpió Walter, incapaz de contenerse—. Siempre soñé con colaborar con Scotland Yard. ¡Por fin se hace realidad! ¡Hurra!
—¡Basta de aspavientos, Walter! —le cortó Edwin con frialdad—. Conviene que recibas las instrucciones pertinentes cuanto antes. En Scotland actuamos como un solo cuerpo: personas adiestradas, eficientes y, sobre todo, obedientes. Ese es el secreto de nuestro éxito. Trabajamos por el bien común y jamás ponemos en peligro a un compañero. Esa, Walter, es la primera lección que debes grabar en tu mente.
Walter se puso en pie de un salto, cuadrándose con un saludo militar exagerado.
—¡A sus órdenes, señor! ¡El voluntario Walter Gallichan está listo para el servicio! —exclamó antes de servirse una generosa copa de vino con absoluta despreocupación.
Edwin, ignorándolo, se giró hacia Helen con la mirada sombría.
—¿No nos has dicho qué se supone que debes hacer exactamente en el Círculo de Piedra?
—Esperar a que el último turista se marche —respondió ella con calma.
—¿Y luego?
—Cuando comprueben que nadie nos sigue, volverán a contactar conmigo.
—Entonces no es seguro que los tengan allí —concluyó Edwin, impaciente—. Solo están jugando con nosotros.
—Creo que están cerca. Me exigió que llevara el manuscrito para el intercambio. ¡Eso es lo que buscan!
Edwin dio un paso hacia ella, cerrando el espacio personal.
—No lo llevarás. Me entregarás ese manuscrito ahora mismo. ¡Ve a buscarlo!
—Puedes estar seguro de que no lo haré —replicó Helen, sin retroceder un milímetro—. Ponte como quieras, Edwin, pero a mí nadie me da órdenes. No soy tan dócil como Walter.
—Debes entregarlo, Helen —intervino Veil con tono conciliador—. Es por tu propia seguridad.
—Decidiré qué hacer después de hablar con el Primer Ministro —sentenció ella—. El señor Woodhall no es Chamberlain. Hasta entonces, el manuscrito se queda dónde está.
—¡Lo encontraremos! —estalló Edwin—. Mis hombres registrarán cada rincón de esta casa. ¡Los haré venir ahora mismo!
—Haz lo que te plazca. Por mí, como si derribas la casa piedra a piedra. Pero te aseguro que aquí no vas a encontrar nada.
Woodhall la escrutó con fijeza, tratando de detectar el menor rastro de un farol. Buscó un titubeo, una sombra de duda en su mirada, pero Helen sostuvo el pulso con una altivez gélida. Parecía haber sido adiestrada para la impasibilidad; un escalofrío recorrió a Edwin al darse cuenta de que la ternura que ella le profesaba se había evaporado. Se estaban alejando, pero su deber profesional se imponía: no permitiría que su plan se desmoronara. Con un gesto seco, tocó el timbre. Peel apareció al instante.
—Prepare la habitación de invitados para el señor Woodhall, la contigua al dormitorio de mi padre —ordenó Helen—. Que limpien también el cuarto de Sharon para su regreso. Y sirvan el almuerzo ahora mismo.
Peel lanzó una mirada inquisitiva a Woodhall, quien se limitó a encogerse de hombros antes de seguir al grupo hacia el comedor. Helen orquestó el protocolo con precisión quirúrgica: sentó a John y a Walter a sus flancos, dejando a Edwin aislado en un extremo de la mesa. Él acusó el desaire, pero su orgullo le impidió mostrar flaqueza; permaneció hermético, apenas participando en la conversación.
Al terminar, el silencio en la estancia era casi sólido. John, buscando romper la tensión, se excusó para bajar a la cocina. Allí, entre el vapor y el aroma a especias, encontró a la veterana cocinera.
—¿Dónde está Agatha, la mejor de las cocineras? —preguntó con curiosidad.
—Soy yo —sentenció Agatha con la cuchara de madera en alto—. ¿Desea algo, señor? ¿Acaso no le gustó el almuerzo? Le recuerdo que aquí no aceptamos quejas. Y con perdón, señor, pero este no es sitio para un caballero.
—¿Vas a echarme después de todos los dulces que me diste de niño? —preguntó John con una sonrisa nostálgica.
—No le recuerdo. El tiempo vuela y he alimentado a demasiados chiquillos.
—Agatha... ¡Soy yo, John Veil!
La mujer entrecerró los ojos, escudriñando las facciones del hombre bajo el uniforme de gala. De pronto, soltó una carcajada ronca.
—¿Aquel niño regordete al que se le reventaron los pantalones al agacharse?
—¡El mismísimo, nanny!
—¡No me lo puedo creer! ¡Mírate! ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Qué haces hoy en esta casa?
—Helen me invitó para que volviera a disfrutar de tu mano en la cocina.
—Seguro que comerías mejor en esos restaurantes famosos de la ciudad —refunfuñó ella, aunque halagada.v
—Soy soltero y vivo solo, Agatha. En Scotland Yard no hay cocineras que te lleguen a la suela del zapato.
Al oír el nombre de la institución, los ojos de Agatha brillaron con una chispa de interés. «A esto le sacaré provecho», pensó, «sobre todo si sigue siendo tan blando como cuando era pequeño». Lo invitó a sentarse a la mesa del servicio y le sirvió una porción generosa de pastel de piña. John suspiró de puro deleite al ver el bocado.
—¡Agatha, esto es gloria bendita! ¡Daría cualquier cosa por tus dulces!
Ella se apoyó en la mesa, cruzando los brazos sobre el delantal.
—¿Incluso contarnos qué está pasando de verdad en esta casa?
—¿Qué os han dicho? —preguntó John, deteniendo la cuchara a medio camino.
—¿Que es un secreto de Estado? —soltó ella con una mirada que exigía la verdad.
—Bueno, no llega a ser un secreto de Estado, Agatha —matizó John entre bocado y bocado—. Pero es vital que nadie sepa nada, especialmente por la seguridad de Sharon y de Lord Leonard.
Peel, que observaba desde un rincón, intervino con voz pausada:
—Agatha pregunta porque está dolida con la señorita. No le ha confiado ni una palabra de lo que ocurre, y ella estaba acostumbrada a ser su confidente.
—No te preocupes, Agatha —la consoló John—. Helen es excepcional; está manejando esto como si fuera una de las nuestras. El propio Comisionado Shaw está impresionado por su entereza.
—Se lo está inventando —bufó la cocinera, cruzándose de brazos—. Esa no es mi Helen. Me la han cambiado.
—Me temo que esta es la verdadera —replicó John con seriedad—. La otra era solo la fachada que ella quería proyectar. Su labor diplomática en España fue impecable, digna del mismísimo Lord Leonard. Desconocemos los detalles de sus misiones, pero el Gobierno español ha mantenido una relación excelente con nuestro Primer Ministro desde entonces.
—Puede que les hablara en castellano —comentó Remedios con una sonrisa de suficiencia—. Yo misma le enseñé mi lengua. También le advertí que, cuando visitara mi tierra, usara siempre un traductor; así sabría si intentaban engañarla. Porque verá, señor, en mi país el que no corre, vuela... y abundan los pillos.
—Los hay en todas partes, Remedios —concluyó John, poniéndose en pie—. Ahora, si me disculpan, debo subir. Agatha, confía en la señorita Helen. Todos lo hacemos.
—¡Gracias, Veil! —exclamó Agatha, algo más animada—. Me ha devuelto el humor.
Sin embargo, en su fuero interno, la cocinera seguía observando al detective con incredulidad. No podía ser. La mujer de la que hablaban no era su señorita; la Helen que ella conocía era sensible, propensa a la melancolía y al aislamiento. Estaban equivocados, pensó Agatha, convencida de que nadie conocía a la muchacha mejor que su nanny.
El ambiente en la biblioteca, cuando Veil entró, era eléctrico. Woodhall se había instalado en un rincón, fingiendo leer con avidez un tratado sobre la formación de vías mentales de William W. Atkinson, aunque su atención estaba en otra parte. Walter, con tono conciliador, le sugería a Helen que entregara el manuscrito al Primer Ministro; ella, casi en un susurro, replicó que tendría que sopesarlo incluso si se tratara del mismísimo Chamberlain.
Edwin captó esas últimas palabras y se incorporó bruscamente.
—¿Qué pretendes decir con eso? —exigió saber.
—Lo que has oído —intervino Veil—. Es su estilo, Edwin. Tendremos que acostumbrarnos.
—Aquí nadie dirige la investigación salvo nosotros —sentenció Woodhall, herido en su orgullo—. No tengo por qué acostumbrarme a nada.
—Será mejor que te calmes —le espetó Veil—. He hablado con el Comisionado Shaw mientras esperábamos frente al teatro. Está al tanto de que Helen ha mediado en asuntos de alto nivel y su orden es tajante: debemos apoyarla en cada paso que dé.
Una sonrisa forzada, la primera del día, asomó al rostro de Helen. Edwin, sin embargo, palideció; su propio jefe lo había excluido de la información confidencial. Antes de que pudiera insistir, ella se levantó con elegancia y se retiró a sus aposentos.
En su dormitorio, Betty ya preparaba el equipaje.
—¿Has guardado mi ropa de montar? —preguntó Helen.
—Sí, señorita, pero... ¿alguna preferencia en particular?
—La chaqueta deportiva marrón claro, la corbata de ganchillo y la boina a juego. Y por supuesto, las botas y mi fusta favorita. Para la cena, el crepé georgette negro de corte princesa. Asegúrate de que el encaje ocre del corpiño esté bien protegido; no quiero que sufra durante el viaje.
—No se preocupe, señorita, irá todo impecable. ¿Desea algo más? —preguntó Betty.
—Ah, sí. Prepara también el conjunto de crepé marrón rojizo con el cinturón de brocado. El sombrero de fieltro negro y los zapatos a juego. Esta vez no llevaré joyas.
—Entendido. ¿Y qué ropa desea para el trayecto del viaje?
—El vestido de lana negra con hilos blancos —respondió Helen mientras se observaba en el espejo—. El de las mangas abullonadas. Y no olvides la sombrerera con el fieltro gris de adorno en la copa.
—Todo estará listo. ¿Se ausentará mucho tiempo, señorita?
—Solo dos días, Betty. Si necesito algo más a última hora, te avisaré. Ya puedes retirarte. Y deja claro al servicio que no deseo ser molestada bajo ningún concepto.
Mientras Helen se encerraba en su santuario, Edwin se dirigía a la oficina central con Walter y John. Tras coordinar la posición de sus hombres en Wiltshire, entró en el edificio principal de Scotland Yard y se plantó en el despacho del Comisionado Shaw.
—¡Woodhall! ¿Qué hace aquí? —exclamó Shaw, levantando la vista de unos informes.
—Señor, vengo a solicitar que me retire del caso.
—¡Lo lamento, pero es imposible! —replicó el Comisionado, tajante—. ¿Cuáles son sus motivos?
—He cometido el error de entregar mi corazón a la señorita Spencer —confesó Edwin con la mandíbula tensa—. Y usted, al ocultarme información vital, me ha dejado en una posición ridícula frente a ella.
—No veo motivo alguno para relevarlo, Woodhall —sentenció Shaw, sin dignarse a levantar la vista de sus papeles—. No debería tomárselo como algo personal; ni siquiera yo cuento con el panorama completo de mis superiores y, como ve, no por ello abandono el barco. Además, detective, mis informes son claros: este caso es suyo, ¿no es así?
—Eso creía, señor. Pero ahora lo dudo.
—¿Qué es lo que hace tambalear su convicción, Woodhall? —Inquirió Shaw, finalmente clavando sus ojos en él.
—Cuando le exigí el manuscrito, se negó en redondo. Su mirada me dejó paralizado; era como si estuviera frente a una completa desconocida.
—Comprendo —asintió Shaw con frialdad—, pero su error fue ese: creer que tenía derecho a pedírselo.
—¡Pero señor! —estalló Edwin, perdiendo la compostura—. ¡No podemos permitir que entregue ese manuscrito a los secuestradores solo para recuperar a Lord Leonard!
—Confía usted muy poco en su propio instinto, Woodhall —replicó Shaw con una calma exasperante—. Sus hombres ya están apostados en el perímetro. Solo esperan una orden.
—Exacto. El encuentro se ha fijado para el día doce, en las inmediaciones del Círculo de Piedras de Avebury. Se llevará a Walter; ella insiste en la descabellada idea de que yo me encargue de su instrucción.
—¡Hágalo! —sentenció Shaw con firmeza—. Ponga todo su empeño en ese entrenamiento; ese muchacho podría ser una pieza clave en nuestro tablero.
—¿Usted también está de su parte, señor?
—Deje que ella lleve la voz cantante en cualquier plan que trace, detective. Es una orden directa.
Edwin dio un paso al frente, perdiendo los estribos por un instante:
—Con el debido respeto, señor... creo que la vieja historia que lo une a la madre de Helen le está nublando el juicio.
—¡Silencio, Woodhall! —rugió Shaw, poniéndose en pie de un salto—. ¿Busca que le abra un expediente disciplinario? No soy yo quien autoriza este despliegue, sino el propio Primer Ministro. Le recuerdo que es él quien tiene potestad sobre ese manuscrito, no usted. Así que regrese a esa casa y no se mueva hasta que yo lo ordene. ¡Fuera de mi despacho! Nos vemos el día diez en el castillo.
El Alto Comisionado había sido implacable. Edwin no dejaba de dar vueltas a las mismas preguntas: ¿Por qué tantas libertades? ¿Por qué el apoyo directo del Primer Ministro? ¿Qué demonios había hecho ella en España? Sabía que Helen tenía las respuestas, pero también que no soltaría prenda sin una autorización superior. La vigilaría de cerca; estaba convencido de que intentaría acudir a la cita sin informarle, pero no pensaba dejarse pillar por sorpresa. Olía algo turbio.
Al llegar a la mansión, el servicio le confirmó que la señorita se había recluido en sus aposentos y que no bajaría a cenar. Brilliz se le acercó en silencio, con el rostro cargado de preocupación.
—Todo ha vuelto a ser como al principio, señor —susurró la mujer.
—No se inquiete, Brilliz. Continúe con sus labores; la señorita está bien —la tranquilizó él, aunque por dentro sentía lo contrario.
Woodhall dejó a la mujer limpiando el mobiliario y se escabulló en el despacho de Lord Leonard. Necesitaba algo, cualquier indicio que arrojara luz sobre el misterio. Empezaba a dudar incluso de que el manuscrito fuera el verdadero motor de todo aquel enredo. Sin embargo, tras registrar cajones y estantes, no halló nada.
—¿Puedo ayudarle en su búsqueda, señor? —La voz de Peel, apareciendo como una sombra en el umbral, le hizo tensarse.
—¿Dónde guarda el señor sus documentos, Peel? —preguntó Edwin, tratando de recuperar la compostura.
—Nunca los trae a casa, señor. En las raras ocasiones en que lo hace, utiliza esta maleta de cuero marrón, pero los despacha en el mismo día. Como puede ver, ahora está vacía.
Edwin observó el maletín inerte sobre el escritorio. Luego, fijó sus ojos en el mayordomo.
—Dígame una cosa, Peel... ¿Cómo llegó usted a trabajar en esta casa?
—Pertenezco a la guardia personal del conde de Bewdley —reveló Peel con una rectitud militar—. Él me asignó al servicio de Lord Leonard con su consentimiento. Mi misión era vigilar a la señorita Helen; cuando ella dejó de salir, su padre me presentó oficialmente como mayordomo para que pudiera escudriñar al personal desde dentro.
—¿Con qué propósito? —inquirió Edwin, sorprendido—. ¿Qué debía descubrir?
—Me ordenaron seguir sus pasos, informar de sus contactos y actividades. Pero fue imposible; no logré averiguar nada, ni siquiera identificar a los hombres que la seguían. En cuanto intentaba acercarme a ellos, arrancaban el coche y desaparecían, solo para ser relevados por otro vehículo de inmediato.
—Lo que no alcanzo a comprender es por qué le golpearon con tanta saña, Peel.
—Venganza, sencillamente. Intervine cuando intentaron agredir al prometido de Betty mientras este le entregaba un mensaje a la señorita Helen.
—¿Qué mensaje? —Edwin se inclinó hacia delante, tenso.
—Tenía que realizar una entrega en un lugar acordado.
—¿Y Betty informó a la señorita?
—No. La convencí de que guardara silencio sobre lo ocurrido.
—¡Bien hecho, Peel! —concluyó Edwin—. Gracias.
Mientras tanto, a kilómetros de allí, Sánchez ya estaba de regreso en Wiltshire. Cruzó el umbral de la estancia donde custodiaba a los cautivos con una confianza gélida que pareció congelar el aire.
—Me informan de que han sido cooperativos. Me alegro —dijo, mientras sus ojos evaluaban a cada rehén con precisión quirúrgica—. Vayan preparándose: el día doce, Lord Leonard se reunirá con su hija y daremos paso al intercambio. Sus vidas por el paquete.
Lord Leonard, a pesar del cansancio y las sombras bajo sus ojos, alzó la voz con una firmeza inquebrantable:
—Se equivoca, Sánchez. Mi hija jamás se lo entregará.
—Ella está dispuesta a hacerlo, milord —siseó Sánchez con una sonrisa gélida—. Su seguridad es lo único que le importa. ¿Usted no dice nada, señorita Sharon?
—No me ha preguntado —replicó ella, manteniendo la barbilla alta.
—¡Me gusta esa actitud! Veo que es obediente. ¿Qué opina de su amiga? ¿Cree que intentará jugárnosla?
—No puedo leer su mente —contestó Sharon con sequedad—. Conociéndola, dudo que se atreviese a algo así.
—Por su bien, espero que no. En cualquier caso, nos aseguraremos de que vengan solos.
—¿Quién vendrá con ella? —preguntó Sharon, incapaz de reprimir la curiosidad.
—Su amiga y ese periodista... el señor Gallichan.
Sánchez salió dejando tras de sí un portazo que hizo vibrar los muros. Sharon comenzó a susurrar, alarmada por la temeridad de Helen, pero Lord Leonard la frenó en seco con un dedo sobre los labios. Con un gesto apenas perceptible, señaló las rejillas de ventilación; en aquel lugar, hasta los susurros tenían dueño.
En la mansión, Helen se refugiaba en la penumbra de su alcoba, sumida en sus pensamientos. A pesar de haber exigido soledad, el leve tintineo de una bandeja anunció la llegada de Agatha.
—Sé que ordenaste que nadie te molestara, pero aquí me tienes —dijo Agatha desde el otro lado de la puerta, con voz firme pero cargada de preocupación—. Ábreme, Helen. Necesito que me mires a los ojos y me digas la verdad: ¿dónde está tu padre?
Helen suspiró y, tras un instante de duda, se levantó para descorrer el cerrojo. Al abrir la puerta, la luz del pasillo inundó la estancia, obligándola a entrecerrar los ojos. Agatha entró sin esperar invitación y dejó la bandeja sobre la cómoda con un golpe seco que hizo tintinear los cubiertos.
—¿Si te dijera que está en manos de los alemanes, me creerías? —soltó Helen, manteniendo la vista fija en la oscuridad.
—¡Qué sarta de sandeces! ¡Los alemanes! —Agatha se cruzó de brazos, clavando su mirada en ella—. No digas tonterías. ¿Por qué demonios querrían ellos a tu padre?
—Porque tengo algo que codician —replicó Helen, enfrentándola al fin—. Quieren un intercambio. Supongo que ya sabes lo de Betty y el mensaje que recibió.
Agatha apretó los labios, indignada al confirmar que la doncella no había sabido guardar el secreto.
—Me he enterado de que te marchas el día diez —soltó, ignorando la provocación—. ¿Cuándo piensas regresar?
—No lo sé, Agatha —contestó Helen con voz firme—. Solo sé que no volveré sin mi padre.
Agatha abandonó la alcoba mascullando protestas, convencida de que la audacia de Helen no era más que una locura suicida. Mientras tanto, en un rincón apartado de la ciudad, Woodhall descargaba su propia rabia sometiendo a Walter a un entrenamiento implacable. No se detuvo hasta que dejó al periodista frente a la redacción, exhausto y con la mente nublada, sin darle tiempo siquiera a recuperar el aliento.
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Me enfeitizais el alma,
gracias por estar siempre a mi lado.
Os quiero Abraixas.