Abraixas

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viernes, 4 de septiembre de 2026

La piedra caída del cielo — Capítulo IV: Marina

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  Me desperté cuando Pablo llamó a mi puerta.

—¡Nos están esperando para desayunar! —exclamó desde el pasillo.

No me cabía duda: el aroma que se filtraba a través de las viejas maderas delataba leche recién ordeñada y el ajetreo constante de Marta en la cocina.

—¡Ahora bajo! —le contesté de inmediato.

  Abrí la maleta y saqué unos vaqueros y un jersey azul oscuro del fondo de la maleta. Tras asearme, bajé a la cocina; ya estaban todos sentados a la mesa, pero fue Pablo quien me detuvo el aliento: tenía las ojeras marcadas y la mirada hundida, como si hubiera librado una batalla contra las sábanas.

—No me mires así —murmuró él, antes de que pudiera preguntar—. No he pegado ojo. La incertidumbre por lo que va a pasar hoy me ha mantenido en vela toda la noche.

—¡Es la emoción, joven! —exclamó Lucas, antes de volverse hacia mí—. ¿Ya has pensado por dónde quieres empezar a buscar, Marina?

—Me gustaría subir a la casa de Juan. ¿Qué te parece?

  Lucas frunció el ceño y suspiró.

—Estará devorada por las enredaderas; no vas a encontrar nada de lo que conociste. De todas formas, podemos ir; guardo una copia de la llave. Nadie ha vuelto a habitarla desde el suicidio, y acabó pasando a manos del ayuntamiento al no aparecer herederos que la reclamaran. Se pensó en convertirla en casa rural, pero el proyecto se vino abajo por la superstición de la gente. Dicen que por allí todavía se aparecen las almas de esos infelices que se quitaron la vida.

—Lo siento por el pueblo, porque esa casa le daría un buen empujón al turismo; es un lugar ideal para descansar —comenté—. Pero, por otro lado, casi es mejor así: podré guiarme por mis recuerdos sin que nadie me moleste.

—Pues en cuanto terminemos de llenar la tripa, subiremos —sentenció Lucas.

—Si no os causa mucha molestia, ¿podríais esperarme un momento? —pidió Pablo.

—¿Qué pasa, Pablo? ¿A dónde vas?

—Voy un momento a la tienda. Necesito comprar unos caramelos para mantenerme despierto, porque si no, me dormiré de pie. ¿Queréis que os traiga algo?

—¡No, pero no tardes! Mientras tanto, me daré una vuelta por el invernadero; me gustaría ver qué nuevos cultivos ha plantado este Pantomino.

  Lucas dio un salto, emocionado por el interés.

—Estaba esperando que me lo preguntaras. Este año he conseguido, por fin, polinizar mis flores con las que recibí de Brasil. Tienen una fragancia exquisita; incluso vino una empresa de cosmética para comprármelas para el lanzamiento de su nueva gama de perfumes.

—¡Pero eso es una noticia formidable! ¿Se lo has dicho ya a mi padre?

—Algo le comenté antes de que vinieran los de la empresa. Le he guardado unos esquejes, ya que si no fuera por él no habría conseguido la variedad brasileña. Habíamos quedado en que vendría a recogerlos personalmente.

—¿Cuándo piensa venir? No sabía que papá venía hasta aquí a buscar plantas; pensé que las traía de Holanda, ahora que acaba de viajar allí. ¡Vaya, otro que se va sin decir nada! Me viene de familia.

—Viene a menudo, nos hemos hecho grandes amigos —explicó Lucas—. Yo mismo le recomendé a su jardinero. Julio trabajaba para unos amigos míos que tenían una finca a un kilómetro de aquí, pero como lo perdieron todo, el pobre quedó en la calle. Por casualidades de la vida, ese día llegó tu padre y lo contrató. Es un hombre orgulloso de su oficio; estudió en la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, la especialidad de paisajismo. Tu padre está muy orgulloso de su jardín desde que tiene a Julio.

—¡Ya lo creo! —respondí—. A veces mamá y yo pensamos que a papá solo le interesan su jardín y la filatelia.

—Hay que tener paciencia, hija. Tu padre te quiere mucho —me consoló Lucas.

Estábamos tan absortos entre la exuberancia de las plantas que no nos dimos cuenta de que Pablo entraba en el invernadero.

—¿Dónde estáis? —preguntó, buscándonos con la mirada.

—¡A tu derecha! ¡Mira que has tardado! —bromeé—. Parece que hayan tenido que fabricar los caramelos a propósito para ti.

—¡No ha sido para tanto! —se defendió él—. La gente es tan amable que me han entretenido a base de preguntas: que si de dónde era, que si era tu novio… Ya sabes, la típica curiosidad de pueblo. Pero por mí, podemos emprender el camino cuando queráis. Marta ya nos ha preparado una mochila con comida.

Miré a Lucas y sentí un escalofrío de anticipación.

—Bueno, parece que no nos falta nada más que el broche, amigo mío.

—¿Piensas llevarlo encima? —preguntó Pablo con una nota de preocupación—. ¿No sería mejor dejarlo dónde está?

—Comprenderás que es necesario que lo recuperemos —sentencié.

  Salí del invernadero y me dirigí directa a la higuera. De niña, solía pasar horas allí, leyendo mis cuentos favoritos bajo el cobijo de su sombra. Pablo y Lucas me seguían en silencio. Una vez allí, me puse de espaldas al tronco y caminé hacia el muro exterior de la finca. Saqué mi navaja de exploradora del bolsillo y comencé a escarbar el barro que sellaba las piedras.

—¡Así que ahí era donde lo escondiste! —exclamó Lucas, asombrado—. ¡Quién podría imaginar que ha estado todo este tiempo a nuestro alcance!

—¡Qué tramposa eres! —exclamó Pablo entre risas—. Dijiste que lo habías escondido en un muro, pero no que era en la fachada de la propia casa.

—Si hubiera dicho exactamente dónde estaba, ahora la sorprendida sería yo, ¿no crees? Pero aquí está. ¿A que es hermoso?

  Lucas, con los ojos fijos en la pieza, respondió con admiración:

—En efecto, es una verdadera obra de arte. Pero basta de distracciones, pongámonos en marcha.

  Iniciamos la subida por el sendero que conducía a la casa. Todo seguía igual que en mis recuerdos: la luz filtrándose entre el follaje y el canto de los pájaros acompañando nuestros pasos. Todo parecía estar en calma, hasta que un sonido discordante irrumpió en la escena: el chasquido seco de una rama, como si alguien acabara de pisarla.

  Me estremecí y me agarré con fuerza al brazo de Pablo. Él, notando que el ambiente se había vuelto turbio de repente, me preguntó en un susurro:

—¿Qué pasa, cariño? ¿Qué ocurre?

—Creo que nos siguen —respondí, apenas sin aliento.

  Apuramos el paso para alcanzar a Lucas, que nos llevaba una ventaja considerable, y le gritamos:

—¡Pantomino! ¡Espera! ¡Espera por nosotros!

  Lucas se detuvo en seco. Al llegar a su lado, Pablo le explicó la situación:

—Marina cree que hay alguien más en el bosque… que nos están siguiendo.

  Lucas retrocedió unos metros, ocultándose entre la maleza para comprobar si era cierto. Mientras tanto, Pablo me protegía en un claro del bosque, sin perder de vista a Lucas, aunque mis piernas no dejaban de temblar por el pánico. Al poco tiempo, el viejo regresó con gesto tranquilo.

—No hay nada, Marina —afirmó para sosegarnos—. Son los nervios los que te hacen ver sombras donde no las hay.

—¡Lo que he oído es real! —insistí, tratando de controlar el temblor de mi voz—. Ha sido exactamente como si alguien rompiera una rama.

—Puede que haya alguien cortando leña cerca de aquí y el ruido haya viajado hasta nosotros —trató de consolarme Pablo—. Quédate tranquila; Lucas dice que no ha visto nada, ¿verdad, Lucas?

  Él asintió con la cabeza en silencio mientras yo trataba de convencerme a mí misma.

—Entonces serán los nervios, cariño… pero es la misma sensación que tuve en el jardín de mi casa.

  Pablo se detuvo en seco y me miró con gravedad.

—Eso no me lo habías dicho. Eso cambia mucho las cosas —Consultó su reloj y se volvió hacia nuestro guía—: ¿Falta mucho para llegar, Lucas?

—¡No! Ya estamos cerca… ¡Ahí está, entre la maleza! —exclamó señalando hacia adelante—. Ya ves que no es como cuando eras niña, Marina, pero nos servirá de refugio si lo que dices es cierto.

  Pablo, cuya preocupación era ya evidente, urgió al viejo:

—¡Abre la puerta pronto, Lucas, por favor!

—¡No os dejéis llevar por la impaciencia, amigos! —respondió él con parsimonia—. Lo más seguro es que la emoción os esté jugando una mala pasada. Por aquí no viene nunca nadie; ya os dije que la gente es muy supersticiosa y no se atreven a acercarse.

  Lucas introdujo la llave en la cerradura y la puerta cedió con un gemido. Me abrí paso entre ellos y entré en el vestíbulo; busqué la mano de Pablo y, al asirla, lo guie directamente hacia el salón. En cuanto Lucas abrió las contras de las ventanas, la estancia se inundó de luz. Todo seguía igual que la primera vez que estuve allí, aunque las espesas telas de araña le daban ahora una apariencia tétrica.

  Mis recuerdos empezaron a encajar como piezas de un puzle. Me fijé en el retrato que colgaba sobre la chimenea; recordaba el cuadro, pero mi memoria lo situaba en el dormitorio principal, no allí. En la pintura, la figura lucía el broche con elegancia. Me acerqué y pregunté:

—Este es Juan, ¿verdad? —Lucas asintió en silencio—. Recuerdo el cuadro, pero no a quién representaba. Ahora lo asocio con él porque reconozco el broche, aunque lo lleva como un adorno, no como la llave que mencionaste. ¿No será que te contó una fantasía y tú te la creíste?

—¡Debes creer al viejo, Alba! ¡Él no contó ningún cuento! —tronó una voz a nuestras espaldas.

  Nos quedamos de piedra. Dos figuras vestidas con ropa de camuflaje nos encañonaban con sus armas. Lucas me miró, pálido.

—¿Los conoces, Marina?

  No tuve tiempo de responder. Una de aquellas siniestras figuras se adelantó, riendo con sarcasmo:

—¡Pues claro que nos conoce, viejo! ¡Disfrutamos de una velada de lo más agradable en su casa! Les advierto que no intenten hacerse los listos, empezando por ti, Pablo. ¡Las manos sobre la cabeza! Sentaros uno a uno en las sillas que mi compañera os va a colocar. Siento tener que ataros, pero no me fío. Si os portáis bien, no tendré que taparos la boca... aunque, ¿quién os iba a oír aquí, en este lugar tan apartado?

  En ese momento, Lucas me lanzó una mirada de reproche:

—No comprendo, Marina… ¿Cómo se os ocurrió dar entrada a estas personas en vuestra casa?

—Los invitó mi madre a su aniversario —respondí, sintiendo cómo me ardía la cara de vergüenza—. Ya sabes que mamá no invita a cualquiera; ellos son los Condes de Villadóniga.

—¿De Villa... qué? —exclamó Lucas, incrédulo.

—Parece que el viejo está sordo, querida… —se burló el hombre—. ¡Te ha dicho que somos los de Villadóniga!

  Lucas, conteniendo a duras penas su indignación, sentenció:

—Saben bien que eso no es cierto. ¡Están mintiendo! La condesa de Villadóniga tiene ahora sesenta y tres años, y usted no llega ni a los cuarenta.

—¡No me diga! —¿Y quién se lo ha dicho, viejo? —preguntó ella con un tono gélido.

—¡Lo digo yo porque los conozco! Se llaman Calixto e Imelda.

—¡Pues qué coincidencia, igual que nosotros, querido! —exclamó la mujer con una carcajada hiriente.

—Pero ustedes no son ellos —insistió Lucas—. Solo se hacen pasar por los condes. ¿A quién pretenden engañar?

—Después de todo, Calixto, este viejo no es tan tonto —dijo ella, recuperando la seriedad—. Pero ahora poco importa quiénes seamos; ya es demasiado tarde para vosotros. Así que no nos deis mucho la lata si no queréis ir directos al otro barrio. Ya ves, Alba… te voy a quitar el broche de tu bonito jersey; ya no te va a hacer falta y a nosotros nos será muy útil. No te preocupes, no lo estropearé, pero mi esposo lo necesita ahora mismo. ¡Observa bien! Quizás te parezca interesante lo que va a hacer con él. Desde luego, eres una tonta por haber guardado el broche tanto tiempo sin saber cómo usarlo.

  Aquella mujer soltó una carcajada sádica que me puso los pelos de punta. Pensé en lo fácil que les resultó entrar en nuestra vida sin que sospecháramos nada. ¡Qué ingenuos habíamos sido! Tras arrancarme el broche, se lo entregó al supuesto conde, pero este le indicó que fuera ella quien lo utilizara.

  Imelda, radiante de ambición, manipuló la pieza central de la joya. Al instante, un pequeño resorte liberó un vástago de metal con dientes de llave. Se dirigió al retrato de Juan y, tras buscar un punto oculto en el marco inferior, introdujo el mecanismo.

  De pronto, un sonido metálico de engranajes resonó en la sala y la pared donde colgaba el cuadro cedió, revelando una cámara secreta. Encendieron los quinqués de aceite que reposaban sobre un escritorio, y la estancia refulgió de inmediato: frente a nosotros, una montaña de lingotes de oro cubría la pared frontal. Sobre una mesa de caoba y mármol rosa, se amontonaban legajos y documentos que parecían de un valor incalculable.

  Cegados por la codicia, dejaron sus armas sobre la chimenea mientras balbuceaban entusiasmados por el hallazgo. Era nuestra oportunidad. Estaba a punto de intentar una maniobra desesperada cuando, por la puerta, apareció el Teniente Rainiero. Me hizo una seña rápida para que guardara silencio. Con una maestría asombrosa, los encañonó y, tras colocarles las esposas, los obligó a sentarse en el suelo mientras esperaba a su ayudante.

—No sabe cuánto me alegra verle —exteriorizó Pablo—. Es la primera vez en mi vida que deseo tanto ver a alguien; si estuviera desatado, le daría un abrazo.

—Disculpad que no os desate todavía —respondió Rainiero con calma—, pero no sé si hay más cómplices fuera. Si los ven salir, se darán a la fuga.

—¿No será que lo que intentas es quedarte con lo que hay en esa habitación y luego deshacerte de nosotros? —soltó Pablo de repente.

—¡Pablo! ¿Cómo te atreves a tratar así al hombre que nos ha salvado la vida? —le recriminé, sin entender su desconfianza.

—El Teniente y yo nos comprendemos perfectamente… ¿Verdad? —insistió Pablo con voz gélida.

—Te equivocas —sentenció Rainiero—. Fuera está el sargento; cuando le dé la señal, entrará.

  Se acercó a la ventana y golpeó el cristal con los nudillos. Al instante apareció el sargento Tomás. Tras intercambiar unas breves palabras, Tomás se hizo cargo de los falsos condes y se los llevó por la puerta trasera. Rainiero, con una sonrisa enigmática, recuperó el broche del marco del cuadro, se acercó a mí y me lo prendió en el jersey.

—Esto te pertenece —afirmó—. Lo demás es para la policía.

  Luego se dirigió a Pablo:

—Y para que veas que confío en que me vas a ayudar, te voy a soltar.

  Mientras Rainiero desataba a Pablo, dándonos la espalda, Jaime irrumpió por la puerta seguido de Tomás. El Teniente solo tuvo tiempo de notar mi gesto de sorpresa e intentar echar mano a su pistola, pero fue tarde: ambos hombres se le echaron encima.

—¡Suéltenle! —grité indignada—. ¿Cómo se atreve, sargento, a tratar así a su superior?

—Sé que le aprecia, señorita Herrera —me informó Tomás mientras lo inmovilizaba—, pero este hombre queda detenido.

—No lo comprendo. Él nos ha salvado la vida, no ha hecho daño a nadie.

Rainiero forcejeaba con rabia mientras le ponían las esposas. Jaime me miró con una mezcla de lástima y dureza.

—¿Entonces por qué no le pregunta qué hizo con Juan y María después de dejarla a usted en casa de Lucas?

  Me quedé helada. Rainiero se defendió a gritos:

—¡Yo no les hice daño! María me crio, sería incapaz de tal crueldad.

—Entonces… ¡tú eras el joven de la foto! —exclamé, mientras las piezas encajaban por fin.

—Si estuvieras en mi lugar habrías hecho lo mismo, Alba —gritó él mientras lo arrastraban hacia fuera—. Era mi herencia. Yo me quedé con el viejo cuando ellos huyeron llevándoselo todo. Él me hizo prometer que los encontraría y les haría pagar por su traición… ¡Pero no con su vida! ¡Nunca los tiré por el pedregal! ¡Créeme, Alba! ¡Por favor, créeme!

—Ya hablará con él en otra ocasión si es su deseo, señorita Alba —cortó Jaime—, pero ahora se lo tienen que llevar junto con sus cómplices.

—¿Cómplices? —balbuceé—. No me dirás que esos dos trabajaban para él, Jaime...

Jaime soltó una risa irónica mientras terminaba de desatarnos.

—Bueno, Alba, estoy seguro de que tienes mil preguntas que hacernos, pero será mejor que todas ellas te las conteste Pablo.

—¿Pablo? —Me giré hacia él, clavándole una mirada que exigía una respuesta inmediata—. ¿Qué tienes tú que ver con todo esto? ¿Es que lo sabías? Pues ya puedes ir dándome una buena explicación si quieres que te perdone por haberme mantenido engañada.

  Pablo suspiró, frotándose las muñecas liberadas.

—Va a ser una sorpresa para ti, pero cuando te lo explique, lo comprenderás todo. ¡Anda, ven, siéntate a mi lado! No te quedes ahí de pie, paseando de un lado a otro, que me pones nervioso.

  Lucas se disponía a marcharse tras Jaime, pero Pablo lo interrumpió con voz firme:

—¡No se vaya! Usted también tiene que escuchar esto. Siéntese aquí, al lado de Alba, y yo me pondré frente a los dos. Y ahora, prestad atención, porque no voy a repetirlo.

  Pablo tomó aire, como si se preparara para soltar una carga que llevaba años arrastrando.

—Tengo que remontarme a mi infancia, cuando apenas tenía siete años. Mi padre era el responsable de una brigada especial cuya misión era desmantelar un clan familiar experto en el crimen organizado internacional. Se trataba de una élite, un círculo tan cerrado que resultaba impenetrable. Sus miembros eran gente supuestamente respetable; había sobornos por todas partes, incluso en el Departamento de Justicia y en la policía... como en el caso de Rainiero.

  Hizo una pausa, señalando hacia la cámara secreta.

—Uno de los miembros de esa familia se puso en contacto con mi padre. Prometió entregarle los documentos que incriminaban al clan, la lista de todos los contactos comprados y una cantidad considerable de oro que habían almacenado durante años. Es, precisamente, lo que los agentes están sacando ahora de esa habitación que la llave de tu broche ha abierto. Juan y María fueron quienes se llevaron todo aquello para protegerlo y, como ya sabemos, terminaron en este pueblo pesquero con la ayuda de Lucas.

  En ese momento, Lucas no pudo evitar exclamar:

—¡Efectivamente, con mi ayuda! —exclamó Lucas, enderezándose con orgullo—. Querían cambiar de vida, me dieron lástima, así que les ayudé a estibar todo en un velero que alquilamos. Lo ocultamos durante un tiempo en una ensenada solitaria, lejos de ojos curiosos, en un rincón que solo yo conocía, mientras Juan construía esta cámara secreta. Una vez que trasladamos todo el cargamento, cumplimos con el rito de Hernán Cortés: hundimos la nave para no dejar rastro.

  Lucas bajó la voz, como si fuera a confesar un sacrilegio.

—Juan fabricó el broche usando una pequeña porción de un material especial, algo que llamábamos "la piedra que cayó del cielo". El resto de esa roca la escondimos nosotros dos, sepultándola en un pedregal. Esa piedra es la clave de todo lo que habéis visto; sin su magnetismo, el dispositivo de seguridad se activaría y haría volar la casa, hundiéndola en las entrañas de la tierra. Por supuesto, para cualquier extraño, el broche no sería más que un adorno costoso, pero en realidad es el seguro de una trampa mortal.

—¡Exactamente! —exclamó Pablo, interviniendo de nuevo—. Juan tenía el firme propósito de limpiar su nombre. Por eso se puso en contacto con la brigada que dirigía mi padre: quería entregar todos los documentos que incriminaban a la organización. Concertaron una cita y fijaron el día exacto en que se efectuaría la entrega de las pruebas.

—Entonces… ¿qué pasó después? —pregunté, sintiendo un frío repentino—. Por lo que veo, esa reunión nunca llegó a producirse, ¿verdad?

  Pablo me miró con una mezcla de tristeza y solemnidad.

—Cariño, siento mucho tener que decirte esto, pero tú fuiste la razón por la que esa entrega jamás se realizó.

—¿Yo? —balbuceé, llevándome una mano al pecho—. ¿Por qué? ¿Qué tuve yo que ver?

—María te encontró en la playa —comenzó Pablo, bajando la voz—. Informó al jefe de policía de que había hallado a una niña perdida que no recordaba nada; llegaron a la conclusión de que sufrías amnesia. Fue entonces cuando todo se torció. Rainiero ya estaba en el pueblo siguiendo el rastro de la pareja. Cuando el jefe de policía comentó en el bar que buscaban a la familia de una pequeña que estaba en casa de María, Rainiero vio su oportunidad. Se identificó como Teniente y ofreció su experiencia; el jefe aceptó encantado.

  Pablo hizo una pausa para dejar que el peso de la traición calara en nosotros.

—En cuanto Rainiero puso un pie en esta casa, reconoció a Juan. Habían pasado los años, pero sabía quiénes eran. Juan y María comprendieron al instante que sus planes de entrega se habían frustrado. En un último acto de desesperación, te confiaron el broche a escondidas, antes de que nadie pudiera verlo. Rainiero ni se lo imaginó; por eso te dejó tranquilamente en casa de Lucas mientras él regresaba aquí para enfrentarse a ellos. Pero ya se habían marchado.

—Creyó que habían huido de nuevo —murmuré.

—Exacto. Pensó que, si se habían ido, el tesoro no podía estar aquí. Pero cuando los encontró muertos en el pedregal, movió sus hilos para que le asignaran el caso. Al revisar sus pertenencias solo halló fotos y cartas. El broche, cuya existencia conocía de sobra, había desaparecido. Sospechó que María te lo habría entregado al despedirse, y por eso permaneció a tu lado todos estos años, fingiendo ser un amigo de la familia para no levantar sospechas.

  Pablo me tomó de las manos, mirándome con una mezcla de admiración y lástima.

—Rainiero tiene un historial impecable; nadie sospechaba de él. Tenía informadores y recursos para localizar a sus tíos sin dejar rastro. Sabía que Juan planeaba entregarlo todo a la brigada especial y debía impedirlo a toda costa. Lo que más le desesperaba era tu amnesia: recordabas retazos, pero olvidabas lo esencial. Presionó a los psicólogos para que te sacaran información bajo el pretexto de que era vital para la policía, pero ellos siempre le daban la misma respuesta: que cuando te preguntaban por un broche, te bloqueabas, palidecías y empezabas a sudar. Te estaban haciendo daño y tuvieron que parar. Así que decidió esperar, con una paciencia aterradora, a que llegara el día en que tú sola revelaras el escondite.

—Es cierto —admití, sintiendo un escalofrío—. El solo hecho de intentar recordar me provocaba episodios de pánico; mi subconsciente se negaba a revelar nada. Sin embargo, en mis sueños siempre aparecían esa "piedra del cielo" y el broche, e incluso me veía a mí misma allí, en el pedregal. ¡Qué paciencia tuvo ese criminal!

—La paciencia tiene un límite, Alba, y el Teniente ya estaba harto de esperar —explicó Pablo—. Aprovechó el aniversario de tus padres para introducir a sus socios, suplantando a los verdaderos Condes de Villadóniga.

—Me resulta increíble. Aunque claro, contaron con la ayuda del señor Álvarez en plena mala racha económica.

—Exacto. Sabían que necesitaban a alguien con prestigio que los acreditara como los condes. ¿Quién iba a desconfiar del señor Álvarez? Cuando lo visitamos, él mismo aseveró con firmeza que aquellas personas eran los condes auténticos. Al presentarle las pruebas de que estaba equivocado, él y su esposa se sintieron acorralados; al final, incluso les pareció divertido entrar en el juego. Ellos presentaron a Jaime como un amigo íntimo de la familia, perteneciente al mismo sector de negocios que su esposo. La coartada no tenía fisura alguna: el señor Álvarez tiene, de hecho, un amigo empresario llamado Jaime Fernández. Su único cometido en la velada era mostrar un interés exagerado por el broche, ya que gracias a la fotografía que le hicieron al retrato de Juan, conocían perfectamente sus características.

—¡Ahora entiendo por qué puso aquella cara de asombro cuando le enseñé el dibujo! —exclamé—. Llegué a pensar, Pablo, que ellos también estaban implicados.

—Todos teníamos que mostrar interés; era la única forma de que Rainiero bajara la guardia —explicó él—. Es un hombre minucioso. Mi padre siempre sospechó de él, pero nunca pudo probar nada. Por eso, cuando se retiró del servicio, se sintió tan frustrado por no haber resuelto el misterio de la muerte de los barones de Baltimore.

—¡Así que me engañaste, Pablo! Sigues el camino donde tu padre lo dejó… ¿Tú también eres policía?

—¡Te equivocas, cariño! —respondió él con una sonrisa cansada—. Jaime es mi amigo de la infancia. Vino a casa y me comentó que se había reabierto el caso de los Baltimore porque había novedades, y me pidió ayuda. Le expliqué que yo no tenía la vocación policial de mi padre y que no quería meterme en líos peligrosos; en fin, que no contara conmigo. Entonces, soltó la bomba: me dijo que la nueva pista llevaba directamente a Alba Herrera.

  Pablo me tomó de las manos y su voz se volvió más grave.

—Jaime se puso muy serio. Me dijo: «Si de verdad te importa la seguridad de la mujer que amas, de la futura madre de tus hijos, deberías cooperar». Así fue como me metí en todo esto.

—Pero hay algo que sigo sin entender… —pregunté, frunciendo el ceño—. ¿Cómo es que los falsos condes sabían utilizar el broche?

—Pues Alba, ahí es donde entra tu padre.

—¡Papá! —exclamé, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies—. ¿Por qué él? ¿Qué tiene que ver en todo esto?

—Rainiero conocía bien la debilidad de tu padre por la botánica —explicó Pablo—. Le habló de este jardín en Carnota, único en su especie y diseñado por un experto, sabiendo que despertaría su curiosidad. Tu padre no tardó en viajar hasta aquí y, a través de Lucas, conoció a Julio. Como el jardinero estaba sin empleo, aceptó de inmediato que tu padre lo contratara para su propia casa.

  Me quedé en silencio, procesando la información. La figura de Julio, siempre presente en los arbustos de mi hogar, cobraba ahora un sentido aterrador: era el informante de Rainiero en mi propia casa.

—¿Cómo puedes estar tan seguro de que fue así? —pregunté, buscando una fisura en su relato.

  En ese momento, Lucas intervino con voz tranquila:

—Porque tu propio padre me lo confesó a mí, y yo se lo conté a Pablo.

—¿Así que tú ya conocías a Pablo? —dije, mirando a Lucas con una mezcla de asombro y reproche.

—Tuvimos ese placer hace ya unos meses —confirmó el viejo con un leve asentimiento.

—¡Vaya! —solté una carcajada amarga—. Así que permitisteis que me comportara como una tonta haciendo las presentaciones oficiales cuando ya os conocíais.

—¡No te molestes, cariño! —me pidió Pablo, tomándome suavemente del brazo—. Todo, absolutamente todo lo que hemos hecho, ha sido para garantizar tu seguridad.

  Pablo continuó relatando los hechos, sin soltarme la mano:

—A través de Julio supimos del interés de Rainiero por el lugar donde aquel trabajaba. Julio le había confesado al Teniente que se encontraba en un dilema: sus antiguos patrones estaban en la ruina y lo vendían todo. Él los apreciaba, especialmente porque la salud de la condesa se había deteriorado tanto que ya ni salía de casa, pero no podía rechazar la oferta que Lucas le había conseguido para trabajar con tu padre.

  Pablo miró de reojo a Lucas, quien bajó la vista con aire de culpabilidad.

—Julio también le contó a Rainiero algo que escuchó en el pueblo. Un día, el Pantomino se tomó unos vasos de más en el bar y les soltó a todos los vecinos la proeza artesana de su amigo Juan: un broche con una llave secreta capaz de abrir una puerta tras la cual se ocultaba un tesoro inimaginable. Aquella historia provocó una carcajada general; los lugareños pensaron que el vino le había subido a la cabeza o que era otra de las pantomimas a las que los tenía acostumbrados.

—Nadie le creyó… excepto Rainiero —murmuré.

—Exacto. Julio tampoco le dio importancia, pero para el Teniente no era un cuento. Ató cabos al instante. Para que su plan siguiera adelante, engañó a Julio diciéndole que estaba al frente de una investigación crucial. Le confesó que, durante el aniversario de tus padres, introduciría a dos de sus hombres bajo la identidad de los Condes de Villadóniga y que necesitaba su silencio y su ayuda para no ser descubiertos. Julio, creyendo que servía a la justicia, se brindó gustosamente a colaborar.

—Me alegro de que la balanza se inclinara a nuestro favor, Pablo, y no al suyo —dije con amargura—. Pero la peor parte se la llevaron Juan y María. Ellos no están aquí para ver cómo se hace justicia, y seguimos sin saber quién los mató.

  En ese momento, Lucas me tomó de la mano. Su mirada era una súplica.

—Mi querida Marina… ¿Podrás perdonarme algún día?

—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago—. ¿Qué más me estáis ocultando?

—Juan y María… ¡No están muertos!

  Me solté de su agarre como si me hubiera quemado.

—¿Qué estás diciendo, Lucas? Si esto es una broma, es de muy mal gusto. Me he pasado la vida recordándolos, deseando verlos… Casi me muero de dolor cuando supe de su supuesta muerte, ¿y ahora me dices que están vivos? ¡Lo sabíais! ¿De verdad creéis que es cuestión de perdonar ahora mismo? —Miré a Pablo, cuya expresión confirmaba mis sospechas—. Estoy a punto de estallar, Pablo. Veo en tu cara que tú también lo sabías.

—Compréndelo, Marina —intervino Lucas con voz quebrada—. Tuvimos que engañar a todo el mundo, incluso realizamos un simulacro de entierro con otros cadáveres que conseguimos. Te aseguro que a mí mismo me causó una impresión que aún me dura, pero lo hice porque los quería. Me importaba su seguridad por encima de todo.

—Entiende a Lucas, por favor, Alba —me suplicó Pablo—. Si hubieras sabido lo que planeábamos, todo se habría venido abajo. Tienes que convencerte de que solo teníamos una salida. Juan siempre se preocupó por tu seguridad; calló durante años, pero cuando llegó el momento, preparó todo para que empezaras a recordar. Para eso te envió su regalo.

  Pablo se acercó a mí, buscando mi mirada.

—¿Te acuerdas de que acerté con la talla? No fue casualidad. Juan necesitaba que, de una vez por todas, hicieras frente a tu pasado. Pensamos que, si te sentías un poco acosada, la presión haría que tu realidad aflorara. Por eso te seguí por el jardín aquella noche, manteniéndome a distancia. Dejé que te refugiaras en tu cuarto y esperé junto al viejo árbol hasta que miraste por la ventana; solo entonces subí a la habitación de tu madre y puse la talla sobre la coqueta.

  Se dibujó una media sonrisa en su rostro al recordar los detalles.

—Oí a Lidia salir después de llamarte y bajé justo tras ella, dejando la luz encendida a propósito para despertar tu curiosidad. Cuando me encontraste en la entrada y entramos juntos al salón, vi que guardabas la talla en el bolsillo. Eso me confirmó que el plan estaba funcionando exactamente como esperábamos.

—¡Así que eras tú quien me seguía! ¡Cuánto miedo pasé, Pablo! —exclamé, sintiendo un escalofrío—. Al final, el fantasma eras tú mismo… Pero sigo sin comprender cómo pudisteis engañar a Rainiero. ¿Cómo hicisteis pasar a esos desconocidos por Juan y María? ¿Quiénes eran?

  Lucas intervino, tomando aire para relatar aquel macabro golpe de suerte:

—Como ya sabes, yo fui quien los trajo a Carnota. La ocasión se presentó de forma inesperada. En aquellos días, participé en el rescate de la tripulación de un barco que se hundió cerca de aquí. No encontramos a nadie vivo; parecía que el mar se había tragado hasta el último cuerpo. Se dio por terminada la búsqueda, pero cuando regresaba a casa, divisé dos bultos entre las rocas.

  Lucas hizo una pausa, recreando la escena en su mente.

—Me acerqué con cuidado por las peñas y comprobé que eran un hombre y una mujer. El mar los había golpeado con tanta saña contra el granito que estaban irreconocibles, pero sus rasgos generales coincidían con los de Juan y María. Los arrastré más arriba para que la marea no se los devolviera al océano y corrí al pueblo para dar parte, pero al pasar por casa de Juan, vi las maletas en la puerta y me alarmé. Entré de improviso, asustando a María, y mientras intentaba tranquilizarla, llegó Juan. Fue entonces cuando se me ocurrió. Les hablé de los náufragos y Juan, con la mente fría, sentenció: «Esas personas son nuestra salvación, viejo amigo».

—Fue un plan desesperado —murmuré.

—Lo fue. Llevamos a María a un lugar seguro y luego fuimos al pedregal. Arrojamos las maletas contra las rocas y desperdigamos su ropa por todas partes para simular un accidente. Aquellos desconocidos empezaron su viaje al otro mundo con nombres ajenos, mientras los verdaderos Juan y María iniciaban una vida en las sombras. Los cadáveres se descompusieron rápido y Rainiero, ansioso por cerrar el asunto, ordenó enterrarlos de inmediato. Confiscó todo y precintó la casa. Yo intenté recuperar el broche, como me pidió Juan, pero siempre que lo intentaba, sentía la mirada de Rainiero sobre mí. Estábamos perdidos; él registraba tu ropa cada vez que venías de veraneo, pero nunca halló rastro de la joya. Juan me pidió entonces que dejara de buscar y te diera tiempo. Sabía que mientras no recordaras dónde lo habías metido, estarías protegida.

—Juan volvió a contactar con mi padre. Aunque este lo daba por muerto y ya estaba retirado, le presentó a Jaime. Entre los dos les fabricaron identidades nuevas para que pudieran vivir seguros y, al mismo tiempo, ayudar a cerrar el caso que quedó pendiente. Jaime fue una pieza clave: gracias a su especialidad en psicología, sabía cómo ayudarte a superar tus temores y ansiedades. Estuvo analizando las grabaciones de tus sesiones con el psicólogo; para conseguirlas, tuvimos que entrar a hurtadillas en su despacho y hacer copias de cada cinta. Llegó a la conclusión de que debía ser Marina quien nos guiara hasta el broche; solo así Rainiero se vería obligado a descubrirse, fingiendo aquella detención de los supuestos ladrones.

—Entonces Juan estará satisfecho —concluí, asombrada—. Todo se resolvió como él esperaba. Pero... ¿puedo saber bajo qué nombres viven ahora?

—¡Viven como Calixto e Imelda! —afirmó Pablo con una sonrisa triunfal—. Juan ya era Barón de Baltimore; solo cambió el nombre y el título de su linaje. Yo les conseguí al jardinero: un viejo amigo que se prestó al juego y al que Juan entrenó personalmente. Solo tuvimos que esperar a que Rainiero mordiera el anzuelo y contactara con él.

  Pablo hizo una pausa para explicar sus movimientos de aquella mañana.

—Mientras vosotros estabais en el invernadero, fui a verme con Jaime, que me esperaba en una habitación de la fonda. Le avisé de que salíamos hacia la casa y él activó el dispositivo de protección por si algo salía mal. Por supuesto, la ayuda de Tomás fue fundamental: cuando Rainiero le pedía que investigara a alguno de los invitados, Tomás solo le entregaba la información que nosotros fabricábamos. Así conseguimos que el Teniente se sintiera totalmente confiado.

—Me parece increíble que no se asegurara, Pablo —reflexioné, todavía asombrada—. Aunque él siempre me aconsejaba que no me fiara de nadie, terminó cayendo en su propia trampa.

—Es que Tomás es un maestro en el arte de hacerse el tonto —respondió Pablo con una sonrisa—. Supo ganarse a Rainiero convirtiéndose en el ayudante perfecto: alguien que no hacía preguntas, que jamás ponía nada en tela de juicio y que se limitaba a obedecer. Era, exactamente, lo que el Teniente necesitaba para sentirse poderoso.

  Suspiré con un alivio que me recorrió todo el cuerpo.

—Me alegra que, por fin, esta pesadilla haya terminado. Ahora solo un pensamiento cruza mi mente… Decidme: ¿dónde están Juan y María?

Los dos hombres intercambiaron una mirada de complicidad y una sonrisa idéntica afloró en sus labios; parecía como si llevaran horas esperando esa pregunta. Lucas dio un paso al frente para actuar como portavoz:

—Piensa un poco, Marina… Tú mejor que nadie sabes el lugar exacto donde pueden estar.

  Solo había un lugar: aquel montículo de arena, esa isla efímera que el mar formaba y que, en una bajamar idéntica a esta, permitió que María se acercara a mí por primera vez. Dejé atrás a los hombres y salí de la casa. El sonido del mar me atraía con una fuerza magnética, como si el océano me llamara para devolverme lo que un día me dio. Al llegar a la orilla, comprobé que la marea estaba bajísima; esa fue la confirmación definitiva de que allí los encontraría.

  Me descalcé y comencé a caminar por la arena húmeda. El tacto frío bajo mis pies despertaba una multitud de sensaciones y recuerdos que encajaban por fin. Recordé cómo mi madre me protegió ocultando la talla del pez, haciendo creer a Rainiero que Lucas la había recuperado de entre los restos del naufragio. Me sentí apenada por haber juzgado tan mal a Jaime y por mis recelos hacia Águeda. Cuánto aprecio sentía ahora por aquellas personas que habían hecho lo imposible, colaborando con Juan para disipar las sombras de mi mente y limpiar mi vida de temores e inquietudes.

  El sol comenzaba a hundirse en el horizonte cuando vislumbré las siluetas de Juan y María. Las lágrimas brotaron de mis ojos, recorriendo mis mejillas como gotas de agua salada que se fundían con el rastro de mis pasos en la arena dorada. Supe que aquel no era solo el final de un encuentro anhelado; lo supe al mirarlos a los ojos. Marina estaba lista para la siguiente etapa: la búsqueda de la otra parte del tesoro que la piedra del cielo aún resguardaba.

  Me eché en sus brazos y los tres nos fundimos en un abrazo eterno, mientras el cielo crepuscular de Carnota nos envolvía en su manto de fuego.

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La piedra caída del cielo — Capítulo III: Brasas en la lareira

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  Me desperté cuando el primer sol de la mañana se filtró por la ventana, posando sus rayos candentes sobre mi mejilla con la suavidad de un beso. Eran apenas las cinco, pero la urgencia me ganaba: no podía esperar más para emprender el viaje.

  Salí de la habitación con sigilo hacia el cuarto de Pablo, pero para mi sorpresa, él ya estaba listo. Con un gesto y en voz baja, le indiqué que nos veríamos en el coche. Me encaminé entonces hacia la cocina, pero al cruzar el corredor, me topé de frente con Pedro.

—¡Buenos días, Alba! —exclamó al verme—. Parece que tuvimos la misma idea de ganarle la partida al sol. Da gusto disfrutar de estas horas; el silencio que invade la casa es reconfortante, ¿no crees?

—La primera hora de la mañana es el timón del viaje —comenté—. Pero confieso que me sorprende; no imaginé que a un hombre de su posición le gustara madrugar tanto, menos aun cuando está disfrutando de un merecido descanso.

—Es cierto —admitió él—, pero para construir el futuro es imprescindible cimentar el presente. Solo edificando el hoy con visión de mañana cobra sentido lo que hacemos. Además, cuando el trabajo te apasiona, querida amiga, no es fácil apartarlo. Hay asuntos que no puedo retrasar más; prefiero resolverlos en la madrugada, cuando la mente está despejada. Debo ultimar hasta el más mínimo detalle de este negocio... Pero me temo que la estoy entreteniendo, ¿va a salir?

—Ser bueno en los negocios es un arte fascinante, Pedro, no lo dudo... pero el sol de la mañana no brilla todo el día. Hay que saber relajarse, y eso es exactamente lo que pretendo hacer en cuanto Pablo se levante."

—Esas son palabras mayores —replicó él con una sonrisa gélida—. No serías la primera que, por falta de equilibrio, termina quemándose. Aunque dudo que sea tu caso, o el de tu novio; un buen muchacho, por cierto. Si me lo permites, quiero que sepas que puedes contar conmigo para lo que necesites; aquí tienes a un amigo. Y como tal, te daré un consejo: no lo dejes solo demasiado tiempo. Hay mujeres que saben aprovecharse de nuestra debilidad.

—Tengo plena confianza en él —respondí tajante—. Eso no sucederá.

—Puede que tengas razón. Pero ayer, cuando fuiste a la ciudad, se quedó solo. ¡Menos mal que lo encontramos! Jaime se quedó con él y creo que, por lo que decían, se fueron al club a jugar al golf.

—Entonces... el único que se quedó solo fuiste tú, Pedro.

—No creas, Alba. Me gusta pasear en soledad por las calles; no siempre tengo la oportunidad de meditar sin la tensión diaria. Disfruté de una visita al Museo de Antigüedades; mi esposa se aburre cuando me acompaña porque me detengo ante cada pieza. Para ella, el arte es una pérdida de tiempo; lo único que desea es que le regalen joyas.

  Hizo una pausa y su mirada se volvió más intensa.

—En especial, le interesa tu broche. Anteanoche no descansó, ni me dejó dormir a mí, describiéndolo una y otra vez. No he visto nada parecido en las tiendas de la ciudad. Por eso, me gustaría pedirte un favor: cuando regreses de ese pueblo de pescadores... ten la gentileza de vendérmelo."

—Comprende, Pedro, que no puedo hacerlo.

—Bueno… si algún día cambias de opinión, no olvides que fui el primero en hacerte una oferta.

—Descuida, no lo olvidaré.

  Pedro se retiró hacia la biblioteca con su portafolio y yo me escabullí a la cocina. Mientras llenaba el termo con café, sus palabras daban vueltas en mi cabeza. Que Pablo se hubiera ido con Jaime al club de golf me mosqueaba: ¿quería convencerlo de que le vendiera el broche?, ¿se habría ido Pablo de la lengua sobre mi encuentro con Rainiero? Sentía que todo se precipitaba hacia un desenlace inminente.

  Tenía que hablar con el Teniente. Fui directa al despacho de papá para usar su teléfono personal; era el único sitio donde podía hablar sin ser escuchada. Tardó en responder; seguramente dormía, pues era su día libre y no esperaba una llamada tan temprana.

—¡Santo Dios! ¿No saben qué hora es? —respondió malhumorado—. ¡Algunos necesitamos descansar!

—Perdona, Rainiero, te he despertado.

—¡Ah!… eres tú, Alba. ¿Qué ocurre?

—Quería que supieras que salgo en un rato hacia Carnota. Me llevo a Pablo conmigo; «una buena compañía», como tú dijiste.

—Me parece bien. Una pareja de novios siempre es la tapadera perfecta.

—Sí, pero…

—¿Qué pasa? ¿Es que no confías en tu novio?

—No es eso… confío en él, pero ¿podría pedirte un favor?

—Cuenta conmigo para lo que sea, soy todo oído. ¿De qué se trata?

—Quiero que indagues qué hicieron ayer en la ciudad el señor Álvarez y Jaime. Salieron poco después que nosotros y parecen demasiado interesados en que les venda el broche.

—¡Eso está hecho! Yo me encargo —sentenció Rainiero—. Pero abre bien los ojos y no te fíes de nadie, ¿entendido?

—Entendido. Tengo que colgar, quiero irme lo antes posible.

—Buen viaje y suerte.

  Colgué el teléfono. Al salir de la casa, me desvié hacia los matorrales para recoger la maleta que había ocultado allí. Pablo ya esperaba junto a la puerta de la finca con el motor en marcha. Al subir al coche, su rostro reflejaba impaciencia.

—Ya estaba intranquilo por tu tardanza —me soltó—. ¿Qué estabas haciendo?

—Coger algo caliente para el camino. Pero tranquilo, nadie me ha visto.

—Espero que sea café, porque aún estoy medio dormido y me vendrá de perlas.

  Yo estaba emocionada; sentía el cosquilleo de comenzar una aventura después de tantos años. Sin embargo, la sombra de su encuentro con Jaime me oscurecía el ánimo. Sabía que él no diría nada por iniciativa propia, así que fui directa al grano:

—Hay algo que me ronda la cabeza, Pablo. ¿Te encontraste ayer con Jaime en la ciudad después de dejarme?

  Él me miró de reojo, sorprendido.

—¿Por qué quieres saberlo? ¿Es tan importante que viera a ese hombre?

—Lo es. Si no te cae bien, como siempre dices, ¿a qué vino eso de irte a jugar al golf con él al club?

—Si ya lo sabes, ¿para qué preguntas? No entiendo qué buscas, Alba.

—Quiero oírlo de ti. ¿Es mucho pedir?

—¡No, no lo es! —exclamó él, aferrando el volante—. Me dijo que era un asunto de negocios, que le atendiera por cortesía. Yo no tenía el más mínimo interés en acompañarlo.

—¿De negocios? No imagino qué tratos puede tener él contigo.

—Pues te equivocas... ¡el negocio es tu broche! Tiene un interés desmedido en comprarlo. Por cierto, ¿sabías que tiene novia? Va a celebrar la pedida dentro de un mes y quiere tu joya para regalársela; al parecer, ella es coleccionista de antigüedades.

—¡Ah, sí! Qué curioso... —comenté con ironía—. El esposo de Águeda también quería que se lo vendiera. ¿No te parece extraño que, de repente, todos tengan tanto interés por la misma joya?

—No sé qué responderte, Alba. Lo creí sincero cuando me hablaba; solo de pensar que me estaba tomando el pelo, me indigno.

—¿Y tú qué le respondiste?

—Pues verás... le dije que no quería que te desprendieras de él. Si lo has conservado hasta ahora, es evidente que representa algo muy importante para ti y, por lo tanto, también lo es para mí. Le aclaré que no es fácil encontrar a una persona que dé tanto valor a las cosas a través del tiempo, así que no iba a ser yo, aprovechando lo que nos une, quien te convenciera de vendérselo al primero que pasara.

  Me hizo muy feliz saber que pensaba así. Conmovida, me acerqué y le di un beso cálido en la mejilla. Él me correspondió con una sonrisa y un susurro:

—Me conformo con tu amor. Si me guardas en tu corazón con el mismo cariño con el que custodias ese broche, me doy por satisfecho.

—¡No! ¡Como al broche, nunca! —exclamé—. Tú eres mucho más importante que cualquier objeto. ¡Por Dios, Pablo, eres la persona a la que más quiero!

  El mutismo nos envolvió mientras disfrutábamos del viaje. Cualquiera quedaría maravillado ante aquellas vistas espléndidas, con el mar rompiendo contra las rocas y una espuma que saltaba al aire con tal gracia que, al descender, rociaba nuestro auto. Desde varios puntos de la carretera que bordea el océano, se divisa una cruz en lo alto de una colina; es moderna y no alcanza el noble calificativo de cruceiro. En cambio, sí son admirables los ejemplares de San Mamede —al inicio del camino al Monte por Paxareiras— y el que aún resiste frente a la capilla de San Gregorio, del año 1600 según una inscripción borrosa pero célebre, en una placita del casco urbano.

  Nos acercábamos al pequeño puerto de O Pindo, encajonado entre el mar y los árboles que se aferran con firmeza a las laderas. El monte es un imponente bloque granítico de tonos rosáceos donde la erosión ha ido labrando un conjunto de bloques con formas caprichosas. La fantasía popular cree ver en las siluetas de estos peñascos representaciones psicodélicas de monstruos, cabezas humanas o humanoides, y fauces de animales. Su espectacularidad reside en la altitud que alcanza a tan escasa distancia del mar.

  Allí perviven huellas de culturas prerromanas o incluso preceltas: petroglifos, pinturas rupestres y cazoletas vinculadas a antiguos rituales. Se cuenta que en el siglo XVIII el dueño de estos montes era el Marqués de la Sierra, quien los arrendaba por sus excelentes pastos y fuentes de agua pura. Fray Martín Sarmiento añadía en sus crónicas que la hierba crecía allí de la noche a la mañana, y que entre sus infinitas plantas medicinales existía tal fertilidad que, en otros tiempos, los matrimonios infecundos acudían al Pindo con la esperanza de asegurar su descendencia.

  Disfrutar de aquellos contornos tan agradables en compañía de Pablo era lo mejor que podía desear. Su cabello, de un rubio oscuro, destellaba con reflejos anaranjados cada vez que un rayo de sol atravesaba juguetón el parabrisas. Sus ojos, de un verde acaramelado, se cruzaban con los míos de vez en cuando; con ellos nos decíamos tantas cosas... Sentía una calidez reconfortante cada vez que él acercaba su mano a la mía.

  Estaba disfrutando tanto del trayecto que, en cuanto vislumbré nuestro destino, exclamé:

—¡Mira! ¡Está preciosa desde aquí!

—¿De quién hablas? —preguntó él, distraído.

—¡De Carnota, por supuesto! ¡Ves allí...! —señalé con la mano hacia el horizonte.

—Estoy de acuerdo contigo, es tan bonita como la describiste —admitió Pablo—; pero estoy tan cansado de conducir que solo deseo una buena ducha caliente y descansar.

—Te comprendo. Yo me muero por estirar las piernas, las tengo entumecidas de estar tanto tiempo sentada.

—Eso no te pasaría si no te empeñaras en hacer el viaje de un tirón, como siempre, para no variar —bromeó él.

—Pero así llegamos antes, ¿no crees?

—Depende de cómo se mire, pero si eso te hace feliz, me doy por satisfecho.

  Me sentía como una niña. Estaba radiante, deseando volver a oír las voces de los lugareños llamándome Marina: «la niña que el mar nos trajo», como siempre decían de mí.

  Antes de nada, debía llamar a casa. No quería que mi madre se alarmara por mi ausencia repentina; para entonces, mi padre ya le habría sonsacado dónde estábamos e incluso el jardinero sabría que me había marchado. Pablo interrumpió mis pensamientos:

—Ahí está el indicador de Carnota. Dime dónde tengo que aparcar.

—Sigue recto por el centro del pueblo. En la segunda calle giras a la izquierda; allí puedes parar donde quieras.

—¿Estará seguro aquí? —preguntó él con recelo de urbanita.

—¡Pues claro! Este pueblo es muy tranquilo. Además, aquí vive Lucas y su familia; ellos se encargarán de que no le pase nada al coche.

—Entonces, sacaré las maletas.

—¡No! Déjalas por ahora, nadie se las va a llevar. Vamos a telefonear primero.

—¿Es que Lucas no tiene teléfono?

—Claro que no. Aquí hay pocos teléfonos; los vecinos lo decidieron así para preservar la calma. Es una zona de descanso, se vive sin tensiones. Quienes vienen aquí regresan a la ciudad renovados.

  Caminamos hacia la tienda de Leis, que también hacía las veces de bar. Un hombre canoso se aproximaba; era el viejo Lucas. Por su vista cansada, no pudo distinguirnos hasta que estuvo frente a nosotros.

—¡Vaya! ¡Mira quién está aquí! —exclamó con alegría—. ¡Si es la pequeña Marina! Pensábamos que te habías olvidado de tus amigos del pueblo...

  Tras fundirnos en un abrazo, le expresé lo que sentía:

—¡Cómo podría olvidarme de mi viejo amigo! Es imposible olvidar a alguien tan alegre que siempre me hace sentir tan bien.

—Y... ¿quién es este joven de tan buen ver que te acompaña? —preguntó Lucas con curiosidad.

—¡Es mi novio! —respondí orgullosa.

—¡Ah, vaya con nuestra Marina! Se nos casa. Espero, joven, que sepa hacerla feliz.

—Eso intentaré. Llámeme Pablo; espero que los amigos de Alba también sean los míos.

—Entonces le recuerdo que, para ser mi amigo, tendrá que llamarla Marina. Lo de Alba será para la gente de ciudad, pero no para los carnotanos.

—No voy a discutir eso —sonrió Pablo—. La llamaré como usted quiera, Lucas... siempre que ella me deje, claro.

—Bueno, entonces vámonos a casa, así podrán refrescarse antes de comer.

—Id vosotros delante —les pedí—. Yo voy a telefonear a mamá, Lucas.

—Te esperamos allí. Saluda a tus padres de mi parte y... ¡no te vayas a perder de vuelta!

  Lucas se echó a reír. Era su broma de siempre. Entré en el Bar de Leis y me dirigí al teléfono. No fue fácil llegar; a esa hora el local bullía con mis viejos amigos entregados a su partida de dominó, y tuve que pararme a saludarlos a todos. Mientras esperaba que el teléfono se quedara libre, me fijé en el hombre que lo usaba: era el doctor del pueblo. Estaba de espaldas, pero al darse la vuelta, exclamó sorprendido:

—¡Marina, qué sorpresa! Ya veo que necesitas el teléfono, te lo dejo ahora mismo. Es una paciente que no me deja tranquilo; me da en la nariz que es algo hipocondríaca. Se inventa más enfermedades de las que existen y, desde que tiene móvil, no para de dejarme mensajes para que la llame. ¡Se debe creer que es mi única paciente!

  Cortó la comunicación y me tendió el teléfono. Tras recuperarlo, me besó en la mejilla a modo de despedida. Tuve que esperar varios tonos hasta que, finalmente, escuché la voz de siempre.

—Residencia de los señores Herrera, ¿dígame? —contestó Fabián, el mayordomo.

—Soy Alba, Fabián… Pónme con mi madre.

—¡Señorita! Estábamos muy preocupados. Al ver que no estaban ni usted ni el señorito Pablo, y que faltaba una maleta… Espere un momento, le comunicaré de inmediato que está al aparato.

  De fondo, escuché a Fabián anunciando a gritos que "la desaparecida" estaba al teléfono.

—¡Alba, hija! ¿Eres tú? —la voz de mi madre sonaba al borde del colapso—. No sabes el disgusto que nos has dado. ¿Cómo te has ido así, tan pronto? Sabía que pensabas marcharte, pero… ha sido todo tan repentino. Ni siquiera pasaste por nuestra habitación a despedirte. Si no llega a ser por Pedro, tu padre estaría desesperado; ya sabes lo sensible que está desde aquel episodio de tu infancia.

—Mamá, no entiendo qué tiene que ver Pedro en todo esto.

—Pues que él nos tranquilizó. Dijo que había hablado contigo esta madrugada, que ya estabas vestida y que ibas a dar una vuelta con Pablo. Solo por eso tu padre no llamó a la policía. Por favor, Alba, no vuelvas a irte de esa manera.

—Lo sé, mamá, perdóname… Pero ya sabes que prefiero salir antes del amanecer para evitar el tráfico. Es más tranquilo. Ah, por cierto, Lucas te manda saludos.

—Te comprendo, hija, y me gusta que seas prudente, pero las cosas no se hacen así. Y para colmo, Julio… Dice que te vio esconder la maleta tras los arbustos. Ya te imaginas a quién fue con el cuento.

—No soporto que me vigilen —mascullé—. Papá debería despedir a ese jardinero; se toma demasiadas confianzas.

—Imposible, ya conoces el afecto que le tiene tu padre. En cuestiones del jardín nadie puede chistarle; a veces pienso que lo quiere más a él que a mí. Además, ese hombre parece estar en todas partes, siempre aparece donde menos se le espera. En fin, no te imaginas cómo se puso tu padre… estaba fuera de sí. Pensó que Pablo y tú habíais cometido alguna locura.

—¿Quieres decir que pensó que habíamos huido? —pregunté incrédula—. ¿Cómo pudo ocurrírsele algo así?

—Bueno, después de todo me alegro de que estés bien, hija. Ya sabes cómo es tu padre: siempre nos acusa de hacer las cosas a sus espaldas, de no tomarle en cuenta para nada. El disgusto me ha provocado una jaqueca terrible, pero gracias a Dios todo se apaciguó. Afortunadamente, el Teniente intervino.

  Me quedé helada. ¿El Teniente? ¿Qué tenía que ver él en todo esto? La confusión me golpeó de lleno.

—¿Rainiero? No te comprendo, mamá. Primero Pedro, luego Julio y ahora él… ¿Qué papel juega en esto?

—Pues verás, vino a casa y estuvo un buen rato con tu padre en la biblioteca. Después se despidió de todos nosotros.

—Qué misterio… ¿verdad, mamá?

—Sí, a todos nos lo pareció, pero pronto salimos de dudas.

—¿Qué supisteis? —inquirí, sintiendo un nudo en el estómago.

—Que estabas en Carnota porque él mismo te pidió que fueras para allá, y que Pablo te acompañara. También nos pidió que disculpáramos vuestro olvido; dijo que era propio de jóvenes despreocupados no avisar a la familia.

  Comprendí entonces que Rainiero había lanzado la red de pesca con el cebo ya puesto. Me quedé en silencio, con el auricular pegado a la oreja, perdida en mis pensamientos mientras el mundo exterior se desvanecía. Solo la voz intranquila de mi madre me devolvió a la realidad.

—¡Alba! ¡Alba! ¿Te pasa algo, hija? ¿Sigues ahí?

—¡Sí, mamá! Te escucho…

—Te decía que tu padre me regañó por permitir que fueras a ayudar a Rainiero en su investigación… ¡De eso no me habías contado nada! ¿Se puede saber qué demonios hay que investigar? Mira que no quiero que te ocurra nada, Alba; no te metas en sus líos. Dile a ese viejo de Lucas que cuide bien de ti, o tendrá que verse conmigo. ¡Ah! Y dale saludos a su esposa.

—No te pongas así, mamá, no va a pasar nada. Bueno, tengo que dejarte ya…

—Espera un poco, Alba, hay algo más que quiero decirte…

—¡No te oigo bien, mamá! —mentí, sintiendo que la presión me superaba—. ¿Qué has dicho?

—¡Que no cuelgues y escuches! Es importante...

—¡Te oigo muy mal! ¡Habla más fuerte! —La señal parecía desvanecerse entre mis dedos.

—¡Alba, hija! ¡No cuelgues! ¡Vaya…!

Se cortó. El silencio al otro lado de la línea pesaba más que cualquier advertencia.

  Sentí un pequeño aguijón de culpa por haber engañado a mamá con el truco de la línea cortada, pero no podía seguir hablando; ya había tenido suficiente por hoy. Me dirigí a la casona de Lucas, una imponente construcción de piedra que él mismo había levantado a los veinte años. Al cruzar la gran verja, vi que en la puerta me esperaban Pablo y Justo, el hijo de Lucas.

  De niños, Justo era el pequeño más travieso que alguien pudiera imaginar. Recordaba, sobre todo, su obsesión por apoderarse de lo ajeno y su asombrosa habilidad para abrir cajones, por muy cerrados que estuvieran. Él era la razón por la que yo escondía mi broche y cualquier objeto de valor durante mis veraneos; Justo era un tormento, un dolor de cabeza constante para su padre, quien siempre juraba que su hijo jamás llegaría a ser un hombre de provecho.

  Aunque ahora parecía haber sentado cabeza, yo seguía sin confiarle ni mi sombra. Sin embargo, Justo tenía una doble cara: era tan extremadamente cariñoso que terminaba por ganarse el afecto de todos. En cuanto me vio, corrió hacia mí y me estrechó entre sus brazos con entusiasmo.

—¡Hola, Marina! —exclamó con alegría—. ¡Qué bueno verte de nuevo! Te quedarás unos días con tu novio, ¿verdad? Me gustaría mucho, además, él me cae muy simpático.

—Me alegra oír eso, Justo. Espero que ambos seáis buenos amigos.

—Madre nos espera dentro —añadió él con una sonrisa—. Tiene unas ganas inmensas de darte un abrazo.

—Es recíproco. Además, desde que abriste la puerta llega un aroma tan rico que me ha despertado un apetito atroz.

—Ni que lo digas —intervino Pablo—, yo estoy desfallecido por el viaje.

—Pues vamos dentro. Sabes, Justo… me hace gracia que me llames Marina, pero suena muy bien cuando lo dices tú.

—Ya sabes que, si no lo hiciera, serían capaces de echarme de aquí —respondió él con un guiño.

Me reí y, volviéndome hacia Pablo, le aseguré:

—Hoy vas a probar la mejor comida de tu vida. Marta es una cocinera maravillosa.

  Cruzamos el corredor y entramos por la primera puerta a la derecha. La cocina era amplia, propia de una casa solariega, presidida por una gran chimenea donde Marta cocinaba a fuego lento, como antes; ese era el secreto de su sazón. Al vernos, se dio la vuelta soltando la cuchara de palo y su rostro se iluminó de pura alegría.

—¡Mi niña pequeña! ¡Dichosos los ojos! ¡Ay, si María te viese! Se llevaría la sorpresa de su vida. Estás hecha toda una mujer.

—La alegría es mía, Marta —le respondí, abrazándola—. Sigues tan joven y alegre como siempre.

—Ay, Marina, siempre tan cortés —dijo Marta con una sonrisa—. Si mis hijos aprendieran solo un poquito de ti… Pero ahora que me fijo bien en la cara de tu novio, me temo que si no le damos algo de comer se nos va a desmayar aquí mismo. ¡Venga, sentaos todos a la mesa!

—Estoy desfallecido —admitió Pablo—. Mi estómago solo ha recibido un poco de café con leche de un termo... No hubo manera de que esta mujer me permitiera parar más de cinco minutos.

—Te comprendo, joven. Para ella lo más importante era llegar aquí, ¿verdad, hija?

—Marta me conoce bien. Además, Pablo, si hubiéramos parado a comer por el camino, no apreciarías tanto el festín que nos ha preparado ella. Por muchos tenedores que tenga un restaurante, no encontrarías un bocado mejor que este. Aún recuerdo alguna parada con mis padres en otros viajes; realmente no sé si comía carne o suela de zapato. ¿Verdad que es así, Lucas?

  Él sonrió, sabiendo perfectamente a qué me refería; mi padre siempre le bromeaba diciendo que en los restaurantes de carretera servían "burro por vaca". Lucas rodeó a su esposa por la cintura y afirmó con orgullo:

—Para mí es la mejor, y eso que yo he recorrido medio mundo.

—Me abrumáis —respondió Marta, aunque se le notaba el brillo en los ojos—. Dejaros de bromas y ¡a la mesa!

  Los manjares estaban tan deliciosos que el silencio reinó en la mesa hasta que todos estuvimos satisfechos. Lucas se echó hacia atrás en la silla, frotándose la barriga con un gesto de pura gloria.

—Como dice mi mujer: "dejemos al Pantomino con los huesos", que los relame hasta el tuétano de puro gusto. Miradlo, qué satisfecho se ha quedado —bromeó Lucas, mientras Pablo soltaba un suspiro de alivio.

  Me levanté de la mesa y subí al banco de la lareira. Me senté allí para recoger el poco calor que aún emanaba de las brasas casi apagadas; en aquel rincón, cualquier rastro de fuego se agradecía. Marta me siguió y, sentándose a mi lado, me miró con fijeza.

—Marina, hija… ¿a qué se debe realmente tu visita? Hace años que no sabemos nada de ti y ahora te presentas aquí, fuera de temporada. No has venido solo para presentarnos a tu novio, ¿verdad?

—Veo que sigues siendo tan perspicaz como siempre, Marta —respondí, bajando el tono—. Verás, quiero volver a ver a Juan y a María. Creo que vosotros sabéis dónde encontrarlos; eran vuestros amigos...

Marta palideció ligeramente y me miró con una mezcla de sorpresa y pena.

—¿Aún no te lo han dicho, hija? Pensé que ahora que recordabas más cosas del pasado, te lo habrían contado…

  En ese momento, Lucas arrastró una silla y se sentó junto a nosotras, en la parte inferior de la lareira. Apoyó los pies sobre la piedra y, con una voz baja que sonó como una advertencia, sentenció:

—No digas nada, Marta. Es mejor olvidarlo todo.

—¿Qué es lo que es mejor olvidar, Lucas? —pregunté, sintiendo que la paciencia se me agotaba—. No comprendo por qué os molesta tanto que quiera verlos.

—¡Ya está bien de tanto callar, esposo! —estalló Marta—. Siempre recordamos lo mucho que sufríamos cuando la niña venía y nos preguntaba por ellos; siempre evadíamos sus preguntas. ¡Ya es hora de que se le cuente la verdad! Si no lo haces tú, lo haré yo.

—Haz lo que quieras, mujer… —refunfuñó Lucas, apartando la mirada.

—Perdona a mi marido, Marina. No es que no quiera hablar, pero aunque lo veas tan hombretón, recordar el pasado le pone un nudo en la garganta. No quiere que lo vean llorar; piensa que es un síntoma de debilidad, cuando es todo lo contrario.

—¡Pues ahora que me has picado, ya no lo cuentas tú! ¡Lo voy a hacer yo! —exclamó Lucas, enderezándose.

  Marta me hizo un guiño cómplice; había conseguido su propósito. Sin embargo, ella sabía cuánto le afectaba aquello a su marido y que le costaría arrancar.

—¡Eh! Esperadme, a mí también me gustaría saberlo —interrumpió Pablo, apareciendo en el corredor.

—¿Dónde te habías metido, Pablo?

—Aguas menores, no aguantaba más. ¿Me he perdido algo interesante?

—Anda, coge una silla y acomódate junto al fuego.

  Marta miró el rostro de Lucas, como pidiendo permiso en silencio, y finalmente comenzó a narrar:

—Juan… fue uno de los mejores amigos que tuvo este Pantomino. Él fue quien lo trajo al pueblo. Al principio, la gente los miraba con desconfianza por el hecho de ser forasteros. En aquel entonces, este pueblo no recibía tantas visitas como ahora, pero pronto se hicieron querer. Llevaban una vida tranquila hasta que tu aparición alteró su rutina. Aquel hermoso día que pasaron contigo… la verdad sea dicha, cuando el Teniente te trajo de vuelta, comprendí por qué te habían llegado a querer en tan poco tiempo.

  Al terminar la frase, vi que los ojos de Marta se empañaban. La tristeza en su rostro era tan real que me asusté.

—¿Qué es lo que te hace llorar, Marta? —le pregunté con un hilo de voz.

—Ay, hija, si tú supieras… No es grato para mí contarte lo que sucedió después.

—¡Por favor, Marta! Cuéntamelo, necesito saberlo…

—Es muy duro, hija mía, se me hace un nudo en la garganta solo de recordarlo. Fue una desgracia para todos: los encontraron semanas más tarde, muertos entre las peñas. La policía nos dijo que se habían suicidado; se habían marchado con todas sus ropas en dos maletas que hallaron a su lado, destrozadas por la caída. Lo que pasó conmocionó al pueblo entero; todos los lloraron y, aún hoy, nadie los ha podido olvidar. Tu presencia, Marina, hizo que ellos permanecieran vivos en nuestros corazones, pero no debes sentirte mal por eso. Tú no tuviste la culpa de que se fueran sin despedirse, ni de lo que les ocurrió. Nadie lo pensó nunca; para nosotros, siempre serás la pequeña que María trajo del mar, la que nos trajo buena suerte a todos.

  Miré a Lucas, que trataba de disimular la emoción que lo embargaba, y le pregunté con pesar, al borde de las lágrimas:

—¿De verdad, Lucas... crees que se suicidaron?

—Yo no lo creo —respondió él con firmeza—. Alguien con tantos planes de futuro no se quita la vida así como así. Pero es lo que la policía nos comunicó, y ¿qué voy a decir yo, Marina?

—Estoy de acuerdo —intervine, sintiendo una chispa de rabia—. Alguien que está tan lleno de vida es prácticamente imposible que se la arrebate a sí mismo. No los conocía mucho, pero lo suficiente para asegurar que ninguno de los dos se tiraría por el pedregal intencionadamente. No... rotundamente no. No me lo creo, diga lo que diga la policía. Y el Teniente me confesó que él tampoco creyó nunca en esa teoría. Ni antes, ni ahora.

—¿Quieres decir, Marina, que fue un asesinato? —preguntó Pablo, estupefacto—. Pero para eso hace falta un móvil, un motivo...

—Eso es precisamente lo que he venido a buscar aquí —respondí con firmeza.

—¡Así que por eso me hiciste venir a toda pastilla!

—¡Pues claro! ¿Tú qué te creías?

—Como siempre, soy el último mono en enterarme de nada —rezongó Pablo, cruzándose de brazos.

—No se preocupe, joven —le consoló Lucas—. Es común en las mujeres dejar a sus hombres para el final; como nos tienen a mano, siempre nos toca la peor parte. Pero escucha, Marina: si eso que dices es cierto, cuenta conmigo. Estoy dispuesto a ayudarte en lo que haga falta para esclarecer lo que pasó en este pueblo hace más de veinte años.

—¿Te has parado a pensar, Lucas, en la importancia que tienes en todo este asunto? Juan confiaba en ti, eras su mejor amigo. Sabes más de su vida que nadie; detalles que podrían ser cruciales ahora.

—Todo lo que sabía está en el informe de la policía —insistió él, negando con la cabeza.

—¿Y si hubiera algo que pudiera refrescar tu memoria? Algo que no mencionaste en aquel entonces… ¿Podrías hacer ese esfuerzo por tu amigo?

—Lo intentaré, pero no se me ocurre qué podría hacerme recordar después de tanto tiempo.

—Algo que escondí cuando me trajeron a tu casa y que tú tenías mucho interés en encontrar —dije, bajando la voz—. El broche de María. Aquel que me viste... ¿Lo recuerdas?

  Lucas se quedó de piedra, mirándome con los ojos desorbitados.

—¿Quieres decir que aún lo tienes, Marina? ¿Has recuperado tus recuerdos?

—Completamente, Lucas. Ahora sé dónde lo escondí: ha estado todo este tiempo aquí, en tu casa.

—¿Cómo es posible? ¿Pero dónde?

—Ese es mi pequeño secreto —sentencié—. Pero ahora dime el tuyo… ¿Qué importancia tiene ese broche? ¿Qué se oculta detrás de él?

—Es el broche de los Baltimore —sentenció Lucas con la voz sombría—. Le pertenecía a Juan, pero… es un peligro para quien lo posea. Debes recuperarlo de donde sea que lo escondieras y entregárselo a la policía de inmediato.

—No puedo —respondí tajante—. Me prometí a mí misma que no se lo daría a nadie, salvo a María. Ella fue quien me lo confió; le pidió a Marina que se lo guardara hasta que volvieran a verse. Ahora, cuéntanos todo lo que sepas de esa joya.

  Lucas suspiró, pesadamente, como si se quitara un fardo de encima después de décadas.

—Ese broche es propiedad de Juan. Él era el Barón de Baltimore, pero no estaba orgulloso de su linaje. Su familia pertenecía a una red mafiosa secreta; gente sin escrúpulos, capaces de deshacerse de cualquiera que se entrometiera en sus negocios. Por lo que él me confesó, en su familia había una rama de artesanos que creaban llaves especiales camufladas en forma de broches.

Hizo una pausa para mirarme a los ojos antes de continuar:

—Lo que te entregó tiene la peculiaridad de abrir el lugar donde escondían los objetos robados de mayor valor. A Juan y a María les horrorizaba esa vida, así que huyeron de su país con mi ayuda.

—¿Te das cuenta, Lucas, de que lo que acabas de decir es prueba suficiente de que ellos no se suicidaron?

—Pero Marina, ¿no entiendes que esto no es un cuento con final feliz? —replicó él con angustia—. Es un peligro constante para todos. Cuando te trajeron y te vi con el broche, supe que debía callar todo lo que sabía y dejar que el pueblo creyera en el suicidio. Lo hice para protegerte. Revisé cada costura de tu ropa esperando encontrarlo y, al no hallarlo ni siquiera durante tus veraneos, pensé que lo habías perdido. Para mí fue un alivio que no recordaras nada; bendije el día que sufriste aquella amnesia. Pero ahora vas a hacer que los fantasmas del pasado resurjan. ¿Sabe alguien más que lo tienes?

—Pues sí… unas nueve personas.

—¡¿Nueve?! —exclamó Lucas, llevándose las manos a la cabeza—. Esto es muy serio, jovencita.

—Pero Lucas, Rainiero cree que es lo mejor. Él dirigirá la investigación y se encargará de protegernos. Yo solo soy el cebo, ¿entiendes? Se lo debo a mis amigos.

—Lo entiendo, pero él no está aquí ahora para protegerte. Nosotros tres solos no podemos enfrentarnos a lo que se avecina. La otra vez fue fácil, Marina: con mi silencio lo solucioné todo. Detuve la investigación para salvar tu vida, ya que por ellos no podía hacer nada más.

  Para Lucas estaba claro que la familia de Juan se había vengado, pero no podía decir nada sin pruebas. El golpe que yo había recibido en la cabeza había jugado a nuestro favor ante los ojos de los demás. Para Juan y María, yo era la hija que nunca tuvieron, y eso bastaba para Lucas, quien durante años los ayudó a cruzar fronteras hasta traerlos a este rincón del mundo.

—Lucas, te quiero por haber protegido a aquella niña ajena al mundo oscuro que rodea al broche. Te agradezco de todo corazón tu afecto y tu silencio.

—Bueno, dejémonos de niñerías y centrémonos en lo que tenemos entre manos —replicó él, recuperando su tono brusco pero protector—. Tengo cosas que hacer. Vosotros daos una vuelta por el pueblo, pero os recomiendo que regreséis antes del anochecer. No es bueno que se os eche la noche encima estando solos.

—¡Descuida, Lucas! No nos alejaremos. Con lo cansados que estamos, lo más probable es que nos vayamos pronto a dormir.

—Eso es mejor aún. Pero una pregunta más... ¿Les dijiste a esas nueve personas dónde estaba escondido el broche?

—Solo les hablé de un muro —respondí con una media sonrisa—. No hay problema, Lucas; en cierto modo, les engañé.

—Eso juega a nuestro favor. No intentarán hacerte daño mientras no lo tengas en tu poder. ¡Ve con cuidado! Y lleva a Justo con vosotros.

  Salimos de la casona. Cogida del brazo de Pablo, comenzamos nuestro paseo mientras Justo nos seguía a una distancia prudente. La tarde estaba apacible, pero Pablo se mostraba silencioso e inquieto. Le di un beso en la mejilla para tranquilizarlo; él me agradeció el gesto, pero me respondió con una mirada intensa:

—Alba, me vas a deber muchos besos más por esto. Estaba pensando que esto parece una película: un broche con un secreto o, mejor dicho, una llave que abre un tesoro. Estoy deseando que llegue mañana para que nos pongamos a buscarlo. ¡Te imaginas si lo encontramos!

—No seas niño, Pablo. Esto no es un juego de muchachos.

—Ya lo sé, pero así es más emocionante. No creas que voy a dormir mucho; descansaré los huesos del viaje, eso sí, pero montaré guardia por si acaso.

—Tiene más de treinta y cuatro metros de longitud —le expliqué, señalando la piedra—. Es casi gemelo del de la vecina Lira. Sus características constructivas y la fecha sugieren que fueron los mismos canteros quienes los levantaron, aunque el de Lira está peor conservado. La diferencia es que este se apoya sobre una plataforma de piedra, típica del estilo de Fisterra, para nivelar el terreno.

  Pablo miraba la construcción asombrado mientras yo continuaba:

—Ambos pertenecen al estilo de Noia, que se extiende desde la ría de Arousa hasta la desembocadura del Xallas, en Ézaro. Lo sorprendente es que, aunque ese estilo suele ser de hórreos cortos, aquí tienes delante uno de los más grandes. Se construyó en 1768, cuando se empezó a usar la piedra para estas obras. La fecha de 1783 que ves grabada ahí se refiere a una ampliación posterior. ¿Por qué no le cuentas los pies? Verás que tiene veintidós pares.

  Me acerqué a la base para mostrarle los detalles.

—Es admirable la sencillez de su cantería, tan sobria y elegante. Fíjate en los esteos: son bajos, no llegan al metro de altura. Y los tornarratos circulares que los rematan, con esa parte inferior plana para que los roedores no puedan subir, tienen setenta y cinco centímetros de diámetro. Esto sí es un tesoro, Pablo.

  Pablo parecía un niño emocionado contando los pies del hórreo, tal como hice yo la primera vez que lo vi. Lo observaba palpar la textura de la piedra, sintiendo el paso de los años y la brisa del mar. Parecía como si le estuviera revelando el escondite de un tesoro; en realidad, lo es, y nadie lo sabe mejor que Lucas, que se encarga de cuidar cada sillar como si fuera propio.

  Dejamos atrás el hórreo y la iglesia de Santa Columba —de estilo neoclásico y terminado en 1755, como indica su fachada—, el lugar donde tanto disfrutaban cantando las hijas de Lucas. Al regresar a la casona, nos sentamos en el banco de piedra que hay a la entrada, bajo el amparo de la parra.

  Pablo me rodeó la cintura con el brazo, atrayéndome hacia él. Acurrucándose a mi lado, susurró:

—De verdad, cariño, este lugar es acogedor. Me siento tan bien aquí, a solas contigo... No puedo desear nada más que estos momentos en los que podemos estar así, abrazados. Me gustaría poder eternizar este instante, que el tiempo se detuviera ahora mismo… Pero, siendo realistas, me conformaría con llegar a ser tan feliz como Lucas y Marta.

  Nos quedamos embelesados observando el laborioso trabajo de una pareja de mirlos que preparaba su nido en lo alto de un pino.

—Es hermoso contemplar la naturaleza y ver cuánto nos enseña —comenté—. Ellos siguen luchando a pesar de que cualquier ave de rapiña pueda acabar con su prole; lo intentan de nuevo una y otra vez. En cambio, nosotros nos deprimimos ante cualquier adversidad. Qué diferentes somos; y luego pretendemos decir que descendemos de ellos. Es absurdo, no nos parecemos en lo más mínimo.

—Habría mucho que hablar sobre eso, Alba —respondió Pablo—. Muchas cosas no son más que teorías o salvavidas a los que algunos se aferran por no encontrar una respuesta más satisfactoria. Yo no les doy importancia; prefiero aprender de lo que veo y de lo que puedo probar por mí mismo. Pero… ¡estás temblando! Entremos, ya empieza a refrescar.

—No es solo el frío, es que me caigo de sueño. Le pediré algo ligero a Marta y subiré a la habitación.

—Te acompañaré un rato… Al fin y al cabo, compartimos la misma, ¿no? —preguntó él con una sonrisa pícara.

—¡Ni lo pienses! ¿Estás loco? —le solté, conteniendo una carcajada—. Aquí todavía se vive a la antigua. Como te vea entrar, Lucas te da un bastonazo que no olvidas.

  Subimos la escalera hacia nuestras habitaciones. Pablo me acompañó hasta la puerta y, tras despedirnos con un beso, esperó a que yo echara el pestillo antes de retirarse.

  Mientras me desnudaba, mi mente no dejaba de dar vueltas. Me metí en la cama y me cubrí con la manta hasta el cuello; estaba asustada, a pesar de haber intentado disimularlo todo el día. Alguien me había seguido por el jardín de casa y ahora me preguntaba: ¿nos habrían seguido también hasta aquí? ¿Sabrían ya que estaba a punto de encontrar el broche? Las preguntas se agolpaban sin respuesta mientras el agotamiento, finalmente, comenzaba a invadir mi ser.

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