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sábado, 29 de agosto de 2026

El Diario de Ehola — Capítulo 17: La Historia de Javán

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700 años después del diluvio. Tierra de Lapeti

  Siete siglos han transcurrido desde que el viejo mundo sucumbió bajo las aguas, pero nunca antes el silencio había pesado tanto en Lapeti. El aire, denso por el aroma a incienso y tierra mojada, parece contener el aliento ante la terrible noticia que recorre los valles: Ehola ha partido. Nuestra Madre y Reina... ya no está.

  Ha cruzado el umbral hacia ese confín ignoto, el destino final al que han peregrinado todas las generaciones y hacia donde, tarde o temprano, todo ser vivo debe dirigir sus pasos.

  Hace apenas siete días, cuando el sol se teñía de un oro pálido tras las cimas, Ehola me llamó a su lado. Su voz, aunque erosionada por los siglos, conservaba la autoridad de quien ha caminado bajo Su mirada. Ahora, ella ha cruzado el umbral hacia esa comarca ignota; el puerto final donde las eras convergen y hacia donde todo aliento, sin excepción, acaba por rendir su viaje.

—Mi querido Javán —dijo, extendiendo una mano de piel tan fina y curtida como un pergamino venerable—. Soy la última de los supervivientes del Gran Diluvio. He caminado sobre esta tierra durante ochocientos años, atesorando visiones que ningún otro mortal volverá a contemplar.

  Había una chispa vibrante en sus ojos nublados por los años; una mirada que atravesaba el presente, atrapada entre un pasado remoto y un futuro apenas vislumbrado.

  Con una solemnidad que me erizo la piel, me confió los secretos de su visión profética. Ehola no solo había visto el renacer de la humanidad, sino que sus sentidos habían traspasado los cielos más remotos.

—Conocí lo indecible —murmuró, y de pronto la luz de la habitación pareció extinguirse—. Vi el rastro de Su sombra proyectarse sobre el cosmos. Bajo ese peso, las huestes heladas de Ufi se desvanecieron y los mundos, ya rotos, terminaron de sucumbir ante una oscuridad que no conoce final.

  Confesó que la magnitud de la revelación desbordó su propia carne. Ante aquella visión de fuerzas primordiales y destinos truncados, su cuerpo simplemente cedió, desplomándose como un cadáver. Durante horas quedó postrada, el rostro hundido en la tierra gélida, envuelta por una noche absoluta y el rugido incansable de la tormenta.

  Solo la voz de tu padre logró rescatarme. Atravesó aquel desmayo prolongado y me trajo de vuelta a la luz, devolviéndome el pulso y la alegría de existir.

  Con la partida de Ehola, Lapeti queda huérfana de su guía más antigua. Nos lega sus palabras, la calidez de su ternura y el peso de sus profecías. A nosotros, hijos de este nuevo mundo, nos corresponde honrar a la mujer que se alzó como puente entre la furia del agua y la esperanza de la tierra firme.

  Tras sus palabras, el silencio se volvió absoluto; una pausa sagrada en la que el tiempo pareció encallarse en la habitación de Lapeti. Mi madre, último vestigio vivo del mundo antes de las aguas, sostenía la mirada en un horizonte invisible, habitando ese puente entre lo que fue y lo que está por nacer.

  Al fin, el brillo regresó a sus ojos; no con el fuego de una profetisa, sino con la paz de la esposa que acude a un llamado familiar. Una sonrisa iluminó su rostro, borrando por un instante los surcos labrados por ochocientos años de historia.

—Una vez más, como en aquella noche de juicio y tormenta, he escuchado su voz abriéndose paso entre las sombras de la muerte: "¡Ehola, Ehola, mi amada!".

  Se irguió un poco, como si los ochocientos años de carga se esfumaran al escuchar su nombre en los labios de quien tanto amó.

—Y le he contestado: "¡Jafet, mi amor, ya voy!". Pero esta vez, Javán, mi voz no me lleva de vuelta al Arca, ese nido de madera y alquitrán donde sobrevivimos a la desesperación del mundo hundido. No vuelvo a la destrucción que definió mis primeros siglos.

  Su voz se redujo a un susurro vibrante de alegría, una última nota de victoria alzándose sobre el final inexorable de la condición humana:

—Esta vez, el llamado me reclama en el Paraíso eterno de Eloah. Allí las sombras se desvanecen y el consuelo de nuestro Hacedor es la única luz que prevalece.

  Con estas palabras, el ciclo de su larga vida parecía cerrarse. La mujer que presenció el naufragio del mundo antiguo se preparaba para su propio descenso; esta vez, lejos de las aguas del juicio, para sumergirse en la paz absoluta de lo divino.

  La voz de mi madre se tornó un susurro solemne, cargado con el peso de la historia y el rigor del deber. Tomando mis manos entre las suyas, me hizo entrega del legado que habría de trazar el destino de nuestra estirpe:

—Y ahora, hijo mío, el momento de mi partida ha llegado. A ti, Javán, en cuyos brazos se profetizó que exhalaría mi último aliento, te confío estos escritos. Doy fe ante el Cielo de que he guardado absoluta fidelidad a la palabra de Aleemon.

  Hizo una pausa, permitiendo que la gravedad de su encargo calara hasta el fondo de mi ser. En sus ojos vi desfilar los siglos de lucha y gloria que ahora quedaban plasmados en aquellos pergaminos:

  Estas son las crónicas de nuestro linaje tras el Gran Diluvio: un tiempo marcado por el duelo tras la partida de Noé y la amarga fractura que la ambición de Sem provocó entre nosotros. Aquí narro cómo la paz fue restaurada mediante el don profético que me fue confiado, y las razones sagradas por las que rechacé la corona de Anu. Pues, ante la gloria de ser soberana de las naciones, elegí el honor eterno de ser vuestra madre.

  ...selló su última voluntad: que su linaje no fuera medido por la sangre vertida, sino por la paz cosechada. Al bajar las manos, el aire pareció vibrar con el peso de su renuncia, dejando claro que su voz seguiría guiando a las naciones, no desde un trono de oro, sino desde el susurro eterno de la memoria.

—Confío a tu cuidado las crónicas de nuestra prosperidad para el beneficio de mis descendientes. Ellos, por decreto del Altísimo, han sido dispersados hacia las tierras lejanas y poseen hoy las islas de los gentiles. Que este tesoro de sabiduría sea dividido con justicia entre ellos, y que les sea comunicado, de parte de su madre, mi amor eterno y mi bendición.

  Con estas últimas instrucciones, el aire en la estancia de Lapeti pareció cargarse de una electricidad sagrada. Mi madre, cuya memoria era el único puente firme hacia un mundo que el agua borró, buscaba ahora sellar su verdad para la eternidad.

—La historia del Gran Diluvio —añadió, con una serenidad que helaba el alma— ya ha sido relatada por otros supervivientes; cada cual narró hasta donde sus ojos soportaron el horror. Pero mi registro es distinto; es la verdad que guardé mientras el mundo se hundía. Vigiladla con celo, pues es el fuego que debe arder cuando los demás relatos se conviertan en ceniza.

  Extendió su mano temblorosa hacia el cofre de cedro que aguardaba a los pies de su lecho. La madera, traída de los primeros bosques tras la inundación, parecía exhalar un aroma de comienzo mientras ella buscaba tocar, por última vez, el contenedor de su legado. Al rozar la superficie tallada, el temblor de sus dedos cesó, como si la madera reconociera a su dueña y le devolviera la fuerza necesaria para el último adiós.

—Confío mi diario al cilindro de amatista de mi padre Aleemon. Ninsun lo arrancó de las ruinas del Palacio de la Luz antes del desastre, y Jafet fue su guardián en el Arca, preservándolo hasta que mis manos pudieron reclamarlo. Que ese cristal, forjado en la tierra antigua, sea el guardián eterno de mis visiones. No permitas que lo que Aleemon creó y Ninsun salvó naufrague ahora en el olvido.

  Finalmente, con una voz que ya pertenecía más al otro mundo que a este, me confió su último deseo físico:.

—Cuando mi aliento cese y el viaje comience, pon el cilindro en mi mano. Deposítame entonces al lado de tu padre, Jafet, en la quietud de la tumba. Que mi cuerpo descanse con mi amado, y que mi espíritu lleve consigo la llave de nuestra historia ante el trono de Eloah. Que la tierra nos guarde juntos, mientras la amatista custodia lo que fuimos.

  El gesto de mi madre fue leve, apenas un movimiento de su mano cansada, pero cargado de una autoridad que nadie osó desafiar. Fue una orden silenciosa para que la dejáramos a solas con su destino y su Dios.

  Uno a uno, nos pusimos en pie, sintiendo el peso del aire en nuestros pulmones. Al retirarnos, el sonido de nuestros pasos fue ahogado por los sollozos; un llanto colectivo que nacía del alma de Lapeti. Llorábamos no solo por la pérdida de una madre y una reina, sino por el fin del último vínculo carnal con el mundo que existió antes del diluvio.

  Al cruzar el umbral, la vi por última vez a través de mis lágrimas: una figura pequeña y frágil en su lecho, pero inmensa en su legado, esperando en la penumbra la llegada de su amado Jafet y la apertura de las puertas del Paraíso de Eloah. La puerta se cerró suavemente, dejando tras de sí ochocientos años de historia y el silencio sagrado de una despedida que cambiaría el rumbo de todas las generaciones venideras.

  La quietud de la noche se quebró con el estruendo de la urgencia. El pabellón real se llenó de sombras inquietas y pasos apresurados mientras los asistentes acudían al llamado del destino. Entré a toda prisa, sintiendo su cuerpo liviano y frágil, pero mi pecho ardía al sostener a Ehola en mis brazos.

  Era el momento final. La vida se le escapaba como arena entre los dedos, pero en ese último aliento, el fuego profético que la había guiado durante ocho siglos estalló con una intensidad sobrenatural. Sus ojos, antes nublados por los años, recobraron un brillo ígneo, traspasando el velo del tiempo y el espacio.

  En medio del silencio reverente de los convocados, su voz, ahora resonante y clara como el toque de una trompeta de plata, dejó brotar estas palabras maravillosas:

  La inmensidad del firmamento se rasgó de par en par, revelando ante mis ojos el Paraíso de Eloah, un reino de claridad absoluta. En el corazón de una enramada cuya belleza desafiaba cualquier descripción terrenal, Aleemon permanecía sentado en majestad, con Lebuda a su lado como su eterna compañera. A su alrededor, la redención se hacía carne en Gurah, quienes caminaba libre de toda sombra, mientras Nilsun y Darki resplandecían, imbuidos en el vigor de una juventud que nunca se marchita.

  De pronto, la figura magnífica de Anu emergió bañada en una luz cegadora, sosteniendo con firmeza una corona tejida con estrellas vivas. Su voz resonó como un trueno de esperanza: —¡Ehola se acerca! Preparad el tributo, coronadla con el brillo de la gloria y el don de la inmortalidad.

  Un coro angelical respondió al unísono, y sus voces eran melodías de victoria:

—¡Alegría para ti, Aurus, Guardián de las Puertas de la Luz!

  Sin embargo, el asombro no terminó allí. Entre la multitud celestial aparecieron dos figuras imponentes. Reconocí a Azreel, el ángel que custodia el umbral entre la muerte y la vida eterna, y le di la bienvenida. Pero junto a él, avanzaba un ser de un brillo inefable. Su rostro emanaba una dulzura y un amor tan profundos que conmovían el alma. Entonces lo vi: grabada en su frente y en la palma de su mano, resplandecía una sola inscripción, el secreto final: la Palabra Consagrada.

  En aquel instante, la realidad misma pareció fracturarse. El ruido del mundo —el roce del viento, el latir de los corazones, el peso de la gravedad— se disolvió en un vacío absoluto, un paréntesis de nada donde el tiempo dejó de ejercer su tiranía. En medio de esa quietud blanca, ella parecía la única ancla de existencia.

  De sus labios, resecos pero animados por una fuerza invisible, brotó un susurro febril que cortó el vacío como una hoja de luz:

—¡Silencio! Escuchen el río... va, ya, va, ya.

  No hablaba de agua, sino del flujo mismo del ser. Su voz arrastraba una urgencia sagrada, señalando un camino invisible donde la noche del alma, las viejas discordias y el insoportable peso de los años se desvanecían como niebla al amanecer. Para ella, el gran misterio se había resuelto: la muerte no era más que un nombre olvidado, una etiqueta errónea que la humanidad se impone al nacer y que solo se desprende al final del viaje.

  De pronto, su rostro se transformó. Sus ojos, antes nublados por la fragilidad biológica, se encendieron con una lucidez fanal. Era una claridad abrasadora, una luz de faro que parecía emanar de algo mucho más profundo que la simple retina; una visión impropia de la carne que atravesaba el velo de lo tangible.

—¡Vida eterna!», exhaló en un suspiro que no traía el olor de la despedida, sino el sabor de la gloria. Con el último aliento, como quien finalmente encaja la pieza final de un rompecabezas infinito, sentenció su verdad:

—¡Armonía eterna!

Y en ese suspiro, el vacío dejó de ser una carencia para convertirse en una plenitud total».

  El ascenso a la cumbre fue un camino de sombras y silencio. Allí, donde el cielo parece rozar la piedra, Ehola fue depositada al lado de nuestro padre, uniendo en el descanso eterno los dos pilares de nuestro linaje bajo las entrañas de la montaña. Sobre su frente, no brilló el oro de los conquistadores, sino la corona de luz ganada por su humildad, un halo que reconocía la grandeza de quien sabe hacerse pequeño ante lo divino.

  En su mano fría, pero aún noble, colocamos su legado más preciado: su Diario. Lo resguardamos en el cilindro imperecedero, una urna que desafiaría la erosión de los siglos para que las generaciones futuras, perdidas quizás en la niebla del olvido, pudieran redescubrir los eventos maravillosos allí grabados. Es el testamento de una verdad que el tiempo no debe borrar.

  Como centinela de su sueño, esculpimos en el techo de la cripta el emblema de su visión final. Es una promesa tallada en roca: el símbolo que ella vio mientras el mundo se desvanecía. Lo dejamos allí para que, cuando llegue nuestro turno de caminar hacia las sombras de la muerte, nuestros ojos también puedan aprehender su significado.

  Al final, con el corazón en paz, solo queda la gratitud. Que en nuestro último suspiro, así como en el de ella, podamos bendecir al Eloah de Jafet y Ehola, el Dios que guio sus pasos y ahora guarda su descanso.

  Las palabras de Javan se extinguieron en el aire, pero su eco quedó sellado para siempre en la piedra de la montaña.

  Apenas el silencio de Javan se asentó en la cueva, algo cambió en el aire. No fue una decisión meditada, sino un impulso irresistible, una fuerza eléctrica que recorrió mis venas y me obligó a moverme. Mis pies me llevaron, casi sin tocar el suelo, hacia los instrumentos de escritura que aguardaban en la penumbra de la roca, como si el cálamo y la tinta hubieran estado esperando este preciso segundo desde el inicio de los tiempos.

  Sentí que mis manos no me pertenecían; eran meros instrumentos de una voluntad superior. Abrí el Diario y, ante el brillo parpadeante de las antorchas, comencé a trazar los signos. Cada trazo era un puente tendido entre el vacío que Ehola había dejado y el futuro que aún no nacía.

  Escribí con la urgencia de quien rescata un tesoro de un incendio. No eran solo palabras sobre rollos de tela; era el latido de la montaña, la visión del río que fluye y el eco de la armonía eterna sobre el tejido. En ese instante, supe que el cristal imperecedero no solo guardaría el Diario, sino la memoria misma de la humanidad, salvada por un impulso que no admitía demora.

NEKÉ

Soy Neké tu hija Gentil.

Después del diluvio, siglo veinte.

Mis compañeros exploran, ajenos quizás a la magnitud sagrada de este suelo, pero yo permanezco aquí, en el silencio de la montaña, uniendo mi aliento al tuyo a través de la tinta. Soy el futuro que te lee; eres el pasado que me sostiene.

Mis dedos tiemblan sobre la tela al reconocer esta verdad: las palabras de Javán se han cumplido ante mis propios ojos. Durante mucho tiempo, caminé por el mundo con el escepticismo de quien pertenece a una era de lógica y sombras; las crónicas del diluvio, rescatadas por otros sobrevivientes, me parecían ecos distantes, mitos borrosos que mi mente no alcanzaba a procesar. Las preguntas me asediaban como un remolino constante, buscando pruebas tangibles donde solo se me ofrecía fe.

Al leerte, cada interrogante ha hallado su respuesta. No ha sido un proceso de la razón, sino una iluminación que se ha grabado en mi mente y en mi corazón. No porto la marca física de los elegidos, esa señal literal de Jafet, pero en mi interior arde una luz simbólica igual de poderosa. He comprendido, al fin, que el agua no solo destruyó, sino que purificó el mundo, y que ese río del que hablabas no quedó en el pasado: fluye ahora mismo a través de mis venas.

Ya no soy la mujer que profanó esta montaña buscando datos; ahora soy la hija que reclama su herencia. La historia de la humanidad ha dejado de ser un legajo de páginas amarillentas para convertirse en una realidad viva que me habita, tan clara y eterna como el cristal que custodia tu diario. El tiempo ya no nos separa; ahora somos una sola voz dictada por la misma sangre.

Con el pulso acelerado y la certeza vibrando en cada trazo, me dispongo a revelarte lo que mis ojos del siglo veinte han alcanzado a comprender. Alzo la vista hacia el techo de la cueva, hacia ese emblema esculpido que tú viste morir en tu visión, y el pecho me estalla de asombro: lo que para ti fue un final, para mí es un amanecer. Aquel dibujo no era una despedida, sino una promesa aguardando su momento, y en este silencio sagrado, lo veo brillar en toda su plenitud.

¡Es hermoso, Ehola! Es una gloria que desborda cualquier palabra humana, una visión que el lenguaje no puede capturar sin quebrarse. En toda su plenitud, el emblema se revela ante mí no como piedra inerte, sino como luz viva. Ahora lo comprendo todo: lo que tú viste morir era solo la semilla durmiendo bajo el invierno de los siglos, aguardando este preciso instante para florecer en mi mirada.

Te dejo aquí consignado su significado y su cumplimiento, para que el tiempo sepa que nada fue en vano. Lo que tú viste como una promesa entre sombras, yo lo percibo ahora como una verdad absoluta que ha atravesado las eras. El dibujo no es una despedida, sino un mapa del retorno; es el diseño exacto de la comunión entre lo divino y lo humano, el punto sagrado donde el río de la vida se funde, finalmente, con el mar de la armonía.

En su plenitud, el emblema representa la victoria definitiva sobre la discordia que tanto temías. He visto su cumplimiento en la luz que ahora me habita: el peso de los siglos se ha disuelto y la muerte, tal como profetizaste, ha perdido finalmente su aguijón. En toda su geometría sagrada, el dibujo es un grito de esperanza que clama una verdad innegable: la vida nunca se detuvo; solo se transformó para hacerse eterna.

Dejó este testimonio aquí, en las entrañas de tu Diario, para que cuando el cristal sea finalmente hallado, el mundo no encuentre solo los restos de la historia, sino la presencia misma de la gloria manifestada.

Con la mano firme y el alma encendida, sello mi compromiso sobre este rollo de tela. Hoy asumo el relevo en pacto solemne contigo, Ehola; mi voz se trenzará con la tuya a través de los siglos, pues desde este instante comenzaré mi propio Diario. No permitiré que el hilo de nuestra estirpe se desvanezca en el ruido del futuro; lo que tú viste y lo que yo he comprendido será, de ahora en adelante, la brújula de mis propios días.

El aire en la cueva parece vibrar con una aprobación ancestral. Con reverencia, comienzo a enrollar la tela, sintiendo bajo mis yemas la textura de una sabiduría que ha vencido al diluvio. Deslizar de nuevo el rollo en su cilindro aseguraría que cada palabra quedase a salvo del polvo y el olvido; sin embargo, algo me detiene antes del sello final. A mi mente acude, como un relámpago, el recuerdo de aquel clic que inició nuestro viaje: el sonido exacto que despertó al tesoro de luz en la penumbra. Comprendo entonces que no debo guardarlo todavía; el mecanismo del destino aguarda un último latido antes de despertar por completo.

Ante tu figura silente, con el aliento contenido por el respeto, devuelvo el legado al refugio de tu mano. Mientras mi plegaria asciende al Eloah de nuestros padres, ruego que este acto de restitución sea la llave que clausure, al fin, el portal entre nuestras eras. Confío en que el equilibrio se restablezca y nos hallemos de nuevo a salvo en nuestro tiempo, llevando conmigo no el peso de los siglos, sino la luz eterna de tu armonía.

El ciclo se ha completado. La hija del futuro abraza a la madre del pasado, fundidas en un solo trazo de tinta que desafía la eternidad. Con amor inquebrantable, aquí se despide Neké, tu hija Gentil.

SALIDA DE LA MONTAÑA DE BALARÉS

A través del amargo velo de mis lágrimas, apreté el diario contra mi corazón como un náufrago aferrado a su tabla. Podía sentir el peso de los años imbuido en cada palabra antes de confiarla al frío del cilindro. Sin embargo, la voluntad me falló justo antes de introducirlo; me aferré a ese último hilo de conexión. Mis dedos trémulos se negaron a presionar el mecanismo; entonces acudió a mí el recuerdo del eco de aquel clic: el sonido exacto que inició nuestro viaje en el tiempo.

La necesidad de partir se volvió un latido sordo en mi pecho. Obedeciendo ese apremio de mi subconsciente, me alejé del cilindro para buscar a mis compañeros; era hora de encarar el final de nuestro camino.

Cerca del navío de Alemoon alcancé a Costa. —Tenemos que salir de aquí —supliqué, pero las palabras se me atascaron en la garganta, convertidas en un hilo de voz que se extinguió antes de rozarlo. Él no se inmutó; seguía de piedra, devorado por la inmensidad de las cumbres que nos rodeaban.

—Abuelo, es el momento. Debemos irnos —le dije, cargando cada palabra con el peso de nuestra supervivencia. Mi mirada era un ruego silencioso, una orden dictada por el miedo y la necesidad de volver a nuestro tiempo.

Pero mi urgencia rebotaba contra su muro de silencio; se negaba a comprender que el tiempo nos pisaba los talones.

—Aguarda, Neké —su voz cortó el aire con una determinación gélida—. El navío ya está listo para zarpar, pero no daré un solo paso hasta que mis ojos alcancen el Edén de Ehola.

La atmósfera en la cumbre se volvió densa, casi sólida. Había dejado el cilindro abierto por pura cautela, pero la verdad ya se nos había escapado de las manos. Sobre nuestras cabezas, el cielo se desplomó en un gris ceniza, vibrando con una electricidad que me erizaba la piel. Sentí la urgencia arder en mis pulmones, tan asfixiante como las ganas de llorar.

—¡Es imposible! —le grité. Costa estaba ciego, perdido en su delirio mientras el mundo se desmoronaba a nuestro alrededor. El diluvio está aquí, Costa. ¡Este lugar nos va a matar, no somos parte de esto!

Me obligué a dar un paso atrás, con los dedos sacudidos por el pánico. El Edén no valía nuestras vidas. Debíamos desandar lo andado, sepultar la entrada de la montaña y usar el fango como un sello definitivo que borrara nuestro rastro. En mi mente solo quedaba espacio para un ruego al Eloah de Ehola: una ofrenda desesperada para activar el mecanismo y que el tiempo nos reclamara de nuevo, a salvo en las entrañas de la Dalet.

Costa permanecía anclado, con los pies hundidos en la tierra y los ojos devorando aquel horizonte prohibido. El Edén estaba allí, casi al tacto. Fue la mano de Varela, firme y pesada sobre su hombro, la que lo sacó del letargo. No hicieron falta palabras; Varela señaló al cielo. Sobre ellos, las nubes se retorcían en un remolino ciclópeo, preñadas de una electricidad alienígena, mientras un bramido visceral nacía del corazón de la montaña, haciendo vibrar la piedra bajo sus sandalias.

—Es la hora —sentenció Varela, luchando contra el estrépito eléctrico—. Neké lleva razón: no hay tiempo. El paraíso no sirve de nada si estamos muertos.

El cataclismo no admitía réplica y Costa, al fin, cedió. Desandamos nuestros pasos, asfixiados por el vendaval, hasta alcanzar el refugio de la Dalet. Una vez en la penumbra, el silencio nos envolvió con una densidad sagrada. Fue entonces cuando ocurrió lo imposible: sin que mano alguna lo rozara, el rollo de tela se deslizó en el cilindro. El eco de su cierre mecánico resonó contra las paredes de la tumba, confirmando que la montaña acababa de blindar nuestro destino.

Me acerqué al cilindro y, con el alma desbordada, posé un beso sobre el metal frío. Era mi forma de dar las gracias por la historia que ahora latía en mi memoria, una verdad revelada que ya nadie podría arrebatarme. Antes de cruzar el umbral definitivo, me detuve. Incliné la cabeza en silencio ante las sombras de Ehola y Jafet, sintiendo que sus espíritus, guardianes de un tiempo olvidado, velaban cada uno de nuestros pasos hacia el presente.

Con aquel gesto, el vínculo quedó sellado. La puerta se cerró tras nosotros para siempre, y un suspiro antiguo arrastró un frío glacial por cada grieta de la cueva. De pronto, un aleteo rítmico acarició la oscuridad. El vello se me erizó al comprender que no era nada vivo; era una presencia velando aquel sueño eterno. Bajo esa guardia invisible y solemne, aceptamos que ya no pertenecíamos a ese lugar.

En el corazón de la Dalet, un sendero ignoto se abrió ante nosotros, una invitación muda hacia lo desconocido. Avanzamos por un corredor angosto que palpitaba como si nos guiara al núcleo mismo de la Tierra, hasta que el túnel se ensanchó. El impacto nos dejó sin aliento: las dos grandes estatuas estaban allí, aguardando. Comprendí en ese instante el espanto que atenazó a los mineros en tiempos de mi bisabuelo; su presencia era tan imponente que el aire parecía vibrar con un miedo antiguo.

Eran dos arcángeles de dimensiones colosales, cuyas espadas descansaban envainadas en una tregua sagrada. Su presencia, forjada en oro puro y vestiduras celestiales, irradiaba una potencia antigua que nos erizó la piel. Al cruzar el umbral entre ambos, sentimos el peso de su juicio silencioso sobre nuestras nucas. Entonces comprendí el espanto de aquellos mineros: no habían huido de lo desconocido, sino del pavor absoluto del hombre ante lo divino.

Aunque el umbral ya quedaba atrás, una fuerza magnética me obligó a girarme. Desanduve el camino hasta quedar suspendida ante la inmensidad de los dos arcángeles. Al situarme de frente, busqué en sus pupilas de oro lo que mi alma ya intuía al pasar. Para mi asombro, el metal parecía haber cobrado una extraña vida: sus facciones se habían dulcificado y una sonrisa sutil, casi imperceptible, iluminaba sus rostros eternos. No eran jueces implacables, sino testigos de nuestra huida.

Un soplo de emoción pura sacudió mi pecho con una violencia dulce. En ese instante, la verdad me atravesó como un relámpago: ¡yo, hija de Ehola! Ya no había dudas. Con la certeza del que regresa al hogar, avancé con firmeza hasta situarme entre ambos guardianes. Permanecieron inmóviles. Al buscar el contacto y rozar sus pies, un estremecimiento me recorrió entera; no era el frío gélido del metal, sino un calor vital y palpitante, como si la vida misma fluyera bajo el oro fino. Mis ojos se abrieron ante lo que comenzó a revelarse. Bajo la mirada de los guardianes, mi identidad y la de mis ancestros se fundieron en un solo origen.

Una luz cegadora rasgó la penumbra del túnel, barriendo las sombras donde antes descansaba la Dalet. El artificio gélido se desvanecido como un espejismo; en su lugar, mis ojos se abrieron a una visión de gloria. Ante mí vibraba un Edén de colores imposibles, un jardín eterno donde Ehola y Jafet caminaban en paz, libres de toda carga mundana. Entonces, una voz que no nacía del aire, sino que brotaba del centro de mi ser, resonó con la fluidez de un manantial cristalino:

—No temas, pequeña. Hallarás tu senda y tu vida florecerá. Graba esto en tu mente: nada tiene que temer el corazón del justo frente a la sombra de los enkis.

La promesa de Ehola se grabó en mi pecho como una brújula. Mientras me fundía con el silencio de la piedra, me envolvió una paz antigua, algo que no se explica con palabras, sino con latidos. Aquella despedida no fue un cierre; fue el testamento de una vida que apenas comenzaba.

La visión se deshizo en el aire, pero el rastro de calor en las puntas de mis dedos —allí donde había rozado la piel de los arcángeles— persistió como un eco. La historia de la hija Gentil duerme ya en el corazón de la piedra, sellada por el amor de mis ancestros.

Dudé en el umbral del paraíso, con el corazón pendiendo de un hilo entre dos abismos. Estaba a un paso de la eternidad, de fundirme en el abrazo de Ehola y Jafet, cuando la realidad me golpeó con la frialdad de un ancla. La voz de Varela, quebrada por un recelo oscuro, rasgó el velo del Edén.

—¿Dónde está Neké? —su pregunta golpeó las paredes, devolviendo un eco frío que terminó de disipar la bruma del Edén. La calidez de los arcángeles se evaporó de mis dedos ante la urgencia de su voz.

Esa pregunta, lanzada al vacío del corredor, fue un recordatorio cruel: ellos habitaban la sombra mientras yo me desvanecía en la luz de los arcángeles. Mi alma quedó suspendida, tensa como una cuerda a punto de romperse entre la urgencia de los vivos y el abrazo de mis ancestros. Me giré con lentitud infinita, observando a Varela y Costa buscar mi silueta entre los jirones de oro, perdidos en una realidad gris, trágicamente ajenos al milagro que me devoraba.

Me volví con la lentitud de un astro, sintiendo aún el beso del Edén en mis espaldas. Al encontrarlos, comprendí que ya no regresaba la misma: el asombro en sus rostros no era por mi retorno, sino por la luz que me habitaba. Sus ojos, dilatados, ya no buscaban a la Neké de antes; veían la esencia de Ehola fundida en mis rasgos, en mi porte de reina y en la claridad que brotaba de mis poros. La duda se evaporó: yo era la sangre, la continuación, el testamento vivo de mi linaje.

Retrocedí, quebrando el lazo con los arcángeles mientras el calor de su luz se evaporaba de mis yemas. Entonces, con un estruendo de metal que retumbó como una sentencia eterna, los guardianes cruzaron sus hojas, sellando el Edén y arrojándonos de vuelta a la crudeza del presente. Les di las gracias en un suspiro que solo el viento pudo recoger antes de volver con los míos. Costa y Varela me recibieron con los ojos dilatados, mudos ante la transfiguración que aún dictaba mi porte; pero no pronuncié palabra. Hay verdades tan vastas que solo el silencio puede custodiarlas.

El miedo se evaporó, dejando un vacío que fue reclamado de inmediato por un horizonte de pensamiento vasto y cegador. Comprendí, por fin, el propósito detrás de nuestro tránsito por los pliegues del tiempo hasta esta cueva olvidada. Al tocar el cilindro, las inscripciones milenarias dejaron de ser un enigma para hablarme con voz propia. La barrera de las eras se había quebrado, devolviéndome un conocimiento que mi sangre siempre había custodiado.

Me detuve ante el último umbral y obligué a mis compañeros a mirar atrás. Allí, bajo la penumbra de la cueva, los guardianes se alzaban como torres de piedra, con sus espadas desenvainadas y trabadas en una barrera infranqueable, réplica exacta de las que custodiaban las puertas del Edén primigenio. Con la autoridad que ahora emanaba de mi sangre, les arranqué una promesa: aquel lugar sagrado jamás sería nombrado; su secreto moriría con nosotros, sepultado por el tiempo.

Costa inclinó la cabeza. Su ambición, antes voraz, se había transformado en una devoción silenciosa ante la magnitud de lo que acabábamos de presenciar. Asintió con la pesadez de quien acepta un destino superior y, con los ojos aún fijos en las espadas cruzadas de los guardianes, habló:

—Te doy mi palabra, Neké. Tras lo visto, no hay vuelta atrás. —respondió, con una solemnidad que nunca antes le había escuchado.

Su voz, antes áspera de ambición, ahora destilaba una humildad solemne. Era el sonido de alguien que reconoce lo divino y entiende que no todo suelo está hecho para ser pisado. El viaje al Edén, su obsesión más feroz, había claudicado ante la inmensidad del milagro.

Busqué la mirada de Varela y su respuesta fue inmediata. Sus pupilas, todavía encendidas por aquel oro divino, delataban el impacto de una transformación que lo había cambiado para siempre.

—Por mi parte, jamás he cruzado el umbral del tiempo —confesó, con una mezcla de pragmatismo y alivio—. ¿Quién daría crédito a mi historia? Además, tengo la certeza de que nadie hallará la entrada. Aquellos mineros de los que hablaba mi abuelo fueron fieles a su juramento; ellos mismos tejieron el mito de figuras monstruosas que devoraban el corazón de los intrusos. Es la defensa definitiva: no hay mejor guardián que el miedo.

Avanzamos por el túnel que los mineros excavaron con sangre y sudor hace generaciones. Al llegar a la salida, el terror nos golpeó: estaba tapiada, sellada por el peso de los años y el derrumbe. Desesperados, seguimos un resplandor que se filtraba por una bifurcación, pero el camino nos escupió a un precipicio vertical sobre el mar. Abajo, las olas estrellaban su espuma contra rocas afiladas como colmillos. Estábamos atrapados.

En medio de aquel abismo, la voz de Ehola acarició mi mente: «¡No temas, hija mía, encontrarás el camino!». Impulsada por una fe ajena a mi propia lógica, me lancé hacia el vacío. Entonces, lo imposible: un sendero tallado en la pared de roca brotó de la nada ante mis ojos. Avanzamos en fila india, pegados a la piedra, hasta que la montaña finalmente cedió y nos liberó. Al otro lado nos aguardaba la playa de Balarés; allí, el mar ya no rugía, sino que jugueteaba con la arena en un susurro monótono, bajo el abrazo de una calma absoluta.

Frente a la inmensidad de Balarés, sentí que el peso de los siglos se desprendía de mis hombros. Con los pulmones saturados de salitre, lancé un grito que desafió al viento y al estruendo de las olas:

¡Descansa, Ehola, hija de la Cueva! Duerme en paz, pues nadie volverá a profanar tu sueño. Aurus, guardián de las puertas de la luz, montará guardia eterna; él no permitirá que nadie cruce el umbral hacia tu descanso.

El eco de mis palabras se fundió con el océano y, por primera vez en generaciones, el silencio resultante no fue de temor, sino de una paz definitiva. Mi voz vibró con una autoridad milenaria; una sentencia que el mar acató en su eterno flujo y reflujo. Supe entonces, con una certeza que me quemaba la sangre, que el santuario quedaba bajo una custodia inexpugnable ante cualquier ambición humana.

Aquellas últimas palabras frente al mar de Balarés no fueron un simple grito, sino el resorte que activó algo latente en mi linaje. Al invocar a Aurus, sentí cómo el velo de la realidad se rasgaba para siempre. Mis ojos de viajera murieron allí mismo para dar paso a una visión espiritual: una claridad abrasadora que me permitía rastrear la estela de los arcángeles incluso a través del granito más denso. Comprendí entonces que el sendero invisible no había surgido por azar, sino que había respondido al llamado de mi propia naturaleza, reclamando su lugar en el mundo.

Mi grito fue el último acto de una historia que había dejado de pertenecerme. Mientras Costa y Varela contemplaban el horizonte en silencio, yo sentía cómo mi espíritu se fundía en la quietud de la montaña. Nos alejamos de la orilla sin volver la vista atrás, dejando que la marea, mansa y eterna, borrara nuestras huellas en la arena de Balarés, como si el mar mismo se encargara de sepultar nuestro rastro en el olvido.

El círculo se había cerrado. Bajo el cielo de Balarés, la verdad de mi linaje palpitaba en mis sienes con la fuerza de una marea imparable: Costa, mi abuelo; Varela, mi padre. Éramos los tres eslabones de una estirpe que el tiempo intentó sepultar, pero que la montaña reclamó como propia. Al mirarlos con mi visión espiritual, percibí los hilos de oro que nos unían a Ehola; destellos de una herencia sagrada que ni siquiera las sombras de los enkis podrían extinguir jamás.

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El Diario de Ehola — Capítulo 16: Ehola predice la gloria de las tribus Jaféticas

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Cuarta luna

Han pasado ya cuatro lunas desde aquella noche en que la silueta de Azreel se desvaneció, dejando en la tierra un vacío que solo yo parezco medir. Desde su partida, Jafet se ha convertido en mi sombra; rara vez permite que la soledad me encuentre.

Él no fue testigo de la presencia del ángel, no vio el resplandor ni el vació en sus ojos, pero el peso de mis palabras debió de grabarse en él como una advertencia funesta. Mi relato le infundió una alarma que no logra disimular.

Por eso, cuando esta noche busqué el consuelo del aire libre para dejarme bañar por la luz mortecina del crepúsculo, no estuve sola por mucho tiempo. Jafet apareció en silencio, siguiendo mis pasos, y terminó por sentarse a mi lado, compartiendo un horizonte que para él es calma y para mí, pura ausencia.

Tras el asfixiante encierro de tantos días dominados por la oscuridad y la furia de la tormenta, la vista resulta casi abrumadora. ¡Qué gloria emana del sol mientras se hunde en la inmensidad de las aguas!

Es un espectáculo de fuego y redención: el astro se retira dejando tras de sí un rastro brillante, una senda de luz líquida que se extiende de forma interminable, alejándose de su lugar de descanso hasta perderse en los confines del mundo. Frente a esa magnitud, el miedo que Jafet siente por mí parece pequeño, y mi propio dolor por la ausencia de Azreel encuentra, al menos por un instante, un respiro en la belleza de lo eterno.

Jafet rompió el silencio, y mientras hablaba, una mirada perdida y soñadora se instaló en sus hermosos ojos, como si buscara algo más allá del horizonte físico.

—Ehola —me dijo con suavidad—, tengo un amor peculiar por la puesta del sol. A menudo me pregunto qué maravillas se verán en la tierra a medida que gira. Siento que en el Oeste hay una cierta atracción que no puedo resistir; mis ojos se vuelven hacia allá de forma instintiva, y mi corazón les sigue sin dudar. ¿Qué te parece a ti, mi amor?

—Jafet —respondí, intentando que mi voz no traicionara el tumulto de mi alma—, puedo interpretar tu sentimiento; es el mismo que viene a menudo a mí misma.

¡Ah, qué vivo se sentía aquel impulso en ese instante! A pesar de que la sangre caliente impregnaba mi cara y mi pecho mientras hablaba, un rubor nacido de la revelación y el destino, mis palabras no vacilaron:

—Esposo mío, tú eres llamado con razón Extensión: tus hijos y los míos viajarán hacia el Oeste, poblando tierras que hoy solo son sombras, pero nuestros corazones ya preceden a sus pasos.

En ese momento, la conexión entre nosotros se sintió tan vasta como el océano frente al que nos sentábamos. Sabía que Jafet hablaba de un anhelo geográfico, de una expansión física sobre la tierra; mientras, yo sentía que aquel viaje hacia el sol poniente no era solo una ruta, sino una ventana abierta hacia el futuro.

Sentí entonces cómo un soplo divino rasgaba el velo, esparciendo la nube opaca que suele ocultar el futuro a los ojos mortales. A través de esas grietas de luz, mi visión se expandió y contemplé el desfile majestuoso, y a la vez terrible, de la vida humana moviéndose por el implacable camino del tiempo.

—¡Adelante, adelante! —exclamé, casi sin aliento—, ¡nunca en reposo!

Vi a las generaciones venideras como una marea imparable, fluyendo sin tregua, fusionándose finalmente en el océano de lo infinito. Jafet me miraba, sobrecogido por la fuerza de mis palabras, mientras el rastro del sol en el agua se convertía en el espejo de esa procesión eterna que yo, y solo yo en ese instante, podía presenciar.

En esa visión que se desplegaba ante mis ojos, ellos eran los más nobles de todos. Vi a los hijos de Jafet marchando en la vanguardia de la historia: hombres de semblante severo y espíritu valiente, forjados para la conquista y el honor. Junto a ellos, las mujeres caminaban con una gracia antigua, castas y limpias como flores delicadas que desafían al invierno.

Me maravillé al observar sus rasgos, el patrimonio de Lebuda que los cielos del Norte habían guardado celosamente: cabellos como hilos de oro puro y ojos de un azul celeste tan profundo que parecían fragmentos del mismo firmamento.

—Mira, Jafet —murmuré, señalando al vacío que para mí estaba lleno de rostros—, es tu estirpe. El cielo los ha sellado con los colores de la luz y el aire.

La visión se tornó violenta, cargada de un estruendo que sacudió mis sentidos. Aquel pequeño grupo de hombres nobles creció ante mis ojos hasta volverse una tribu inmensa, transformándose en naciones poderosas que, como un remolino de viento, barrieron todo a su paso desde el Norte.

Vi a los guerreros cabalgando con furia, llenando las llanuras de desgracia. El orgullo los hizo fuertes, pero esa misma fuerza los llevó a la perdición: los hermanos se enzarzaron en una lucha mortal. El aire se llenó con el ruido de la batalla y el estruendo metálico de una maquinaria de guerra que mis ojos apenas comprendían.

—¡Irán! ¡Turan! —exclamé, viendo los nombres blasonados en pancartas que ondeaban con hostilidad una frente a la otra.

Pero mi corazón se encogió de horror al fijar la vista en Turan. Allí, entre el caos, reconocí un signo mortal. ¡Ay, qué amargo destino, que mi propio hijo deba levantar la cresta de la serpiente! El combate fue feroz, pero el reptil no prevaleció; vi cómo la serpiente mordía el polvo, vencida, mientras las llamas sagradas de Irán se elevaban triunfantes, lamiendo el cielo en un incendio de gloria y castigo.

La visión cambió de nuevo, alejándose del estruendo de la guerra para posarse en la paz de un futuro lejano. Mis ojos, fijos en el horizonte del Oeste, contemplaron una tierra de colinas ondulantes y valles fértiles, bañada por lagos cristalinos y arroyos que cantaban entre las rocas.

Vi cómo los bosques milenarios cedían su lugar y las montañas eran allanadas por la mano del hombre, dejando al descubierto los tesoros escondidos en las entrañas de la tierra. Lo que antes eran ruinas y desolación florecía ahora como un jardín bajo un cuidado eterno.

—¡Mira, Jafet! —susurré, con la voz entrecortada por la maravilla—. Se fundan ciudades donde antes solo había vacío.

Ante mí se alzaron torres y pináculos que brillaban con el primer fulgor de la mañana; palacios de mármol se elevaban con elegancia, y los templos, como dedos de piedra, apuntaban al cielo buscando la divinidad que una vez nos visitó. En las calles, no vi el caos de la batalla, sino las sonrisas de los hombres y las normas del orden gobernando con justicia la vida de los pueblos. Era un mundo construido a imagen de una armonía recuperada.

La visión se tornó entonces majestuosa, cargada de una pompa que hacía vibrar el aire. Por las calzadas de aquellas ciudades futuras, vi a reyes y reinas cabalgando en un orden marcial perfecto. Sus banderas ondeaban con orgullo al viento, escoltadas por un bosque de lanzas y el rítmico agitar de las plumas en sus yelmos.

—Sus armaduras... —murmuré, casi deslumbrada— brillan bruñidas bajo el sol como si estuvieran hechas de espejos celestiales.

El silencio de nuestra noche fue roto en mi mente por el sonido de las trompetas, un clamor de bronce que anunciaba la victoria. Vi entonces el triunfo definitivo: los hijos de Jafet, fortalecidos por la luz y la justicia, conquistando finalmente a los artífices de la mosca de la oscuridad, aquellos que tejían las sombras y la corrupción en los rincones del mundo. Era el triunfo del orden sobre el caos, de la estirpe del sol sobre los señores de la penumbra.

Hacia el Oeste se propagan las noticias, imparables. Vi cómo los hombres se situaban a la cabeza de la historia como soles brillantes, siguiendo con precisión el camino trazado por las estrellas. Sus velas no eran ya simples lienzos, sino las alas de bajeles que flotaban con soberbia sobre el mar tormentoso, desafiando a los abismos.

—Jafet, mira la fuerza de tu sangre —susurré, viendo cómo la naturaleza se doblegaba ante ellos—. Los vientos se han vuelto obedientes a su voluntad.

La visión se volvió vertiginosa y extraña: vi relámpagos cautivos que llevaban sus mensajes de un confín a otro en un parpadeo, y el fuego, ahora encarcelado en máquinas de hierro, arrastraba cargas inmensas. Un grito metálico resonaba a lo largo de un camino de hierro que cruzaba los continentes, uniendo el mundo bajo un solo pulso. La humanidad ya no temía a la distancia ni a la noche; habían robado el fuego y el rayo para ponerlos a su servicio.

Y entonces, el estruendo de las máquinas y el brillo del metal se fundieron en un sonido mucho más vasto: la voz de las naciones. No era un murmullo, sino un clamor poderoso, semejante a la voz de muchas aguas cuando rompen contra los acantilados del mundo.

—Escucha, Jafet —dije, sintiendo que mi pecho iba a estallar—, sus himnos aumentan, se elevan por encima de las montañas y los siglos.

Era un canto de victoria que hacía temblar la luz mortecina. Los hombres y mujeres de ese futuro remoto gritaban con una alegría que desbordaba el tiempo, una palabra que resonaba en el aire como una campana sagrada:

—¡Somos libres! ¡Somos libres!

En ese instante de éxtasis profético, comprendí que la libertad era el destino final de toda aquella lucha y progreso. La humanidad, tras atravesar tormentas y guerras fratricidas, encontraba al fin su redención. El rastro del sol en el horizonte era la senda luminosa de un mundo que se sabía dueño de su propio espíritu.

Mis ojos se cerraron por un instante, abrumados por la magnitud de lo que se me permitía presenciar. La visión alcanzó su cenit y, con una voz que no parecía mía, sino el eco de una verdad eterna, exclamé:

—Nuestros niños, Jafet... son los gobernantes del mundo.

Lo vi con una claridad absoluta: nuestra estirpe no solo poblaría las tierras del Oeste, sino que las guiaría con la autoridad de aquellos que han comprendido su propósito. Pero su poder no nacía de la tiranía, sino de una devoción más profunda. A pesar de sus máquinas de hierro y sus ciudades de cristal, vi que sus rodillas se doblaban ante lo invisible.

—¡Son siervos del Altísimo! —clame con júbilo.

En ese momento, el vínculo entre lo humano y lo divino, se restauró ante mis ojos. La grandeza de los hijos de Jafet no residía en su dominio sobre la tierra, sino en su reconocimiento de que todo poder emana de una fuente superior. Eran gobernantes porque eran siervos; eran libres porque pertenecían a la luz.

Mis ojos se cerraron al fin, incapaces de sostener por más tiempo el fulgor de aquel futuro. Sentí que me hundía, desvaneciéndome en el vacío que deja el éxtasis cuando la esencia se precipita de nuevo a su frágil estuve de piel. Pero antes de caer, sentí unas manos firmes y cálidas que me anclaron a la tierra.

Jafet me agarró por los brazos con una mezcla de temor y reverencia, su voz rompiendo el trance como un trueno de realidad:

—¡Vuelve a mí, Ehola! —exclamó, estrechándome contra él mientras el temblor de mi cuerpo se calmaba—. ¡Doy gracias a Eloah por mi profetisa, mi reina!

En su mirada ya no había solo la alarma de quien teme por la cordura de su amada, sino el asombro de quien comprende que ha tomado por esposa a una mujer tocada por el dedo de lo divino. Mientras la oscuridad de la cuarta luna reclamaba el horizonte, Jafet me sostuvo en silencio, aceptando que, aunque Azreel se hubiera marchado, el cielo seguía hablando a través de mis labios.

La visión se disolvió como la bruma ante el sol, y en ese abrazo, el pasado oscuro de tormentas y la partida de Azreel, así como el brillante futuro de imperios y máquinas, se desvanecieron por igual.

Todo rastro de la gloria venidera y del dolor antiguo se perdió en la profundidad de la felicidad presente. Allí, bajo el manto de la noche, ya no era la profetisa ni él el heredero de naciones; éramos simplemente dos seres unidos, en un solo latido. El silencio que nos rodeaba no era ya de ausencia, sino de plenitud, pues en la quietud de sus brazos encontré la única verdad que el tiempo no puede desgastar.

FIN DEL VIAJE

Había transcurrido una luna más. El aire se sentía distinto, cargado con la intensidad de los rayos solares y un viento persistente que soplaba desde el Este, barriendo la superficie de las aguas. Ese aliento cálido provocaba una evaporación constante, trayendo consigo, de vez en cuando, el aroma profundo y olvidado de la tierra húmeda.

En las entrañas del Arca, el silencio comenzó a fracturarse. Los animales, que hasta entonces habían permanecido aletargados y mudos, empezaron a mostrar una agitación instintiva. Las aves, inquietas en sus perchas, revoloteaban y entonaban cantos nuevos; era como si un instinto sutil les susurrara que la vegetación, en algún lugar cercano, estaba despertando de su letargo.

Ese día, la pesada puerta que marcaba la separación del mundo pareció ceder por un instante. Una paloma blanca cruzó el umbral con timidez y se dirigió hacia la ventana. Con manos firmes pero delicadas, el Profeta le abrió el paso. Sin dudarlo, el ave dio un salto, emprendió el vuelo y se fundió con el horizonte hasta perderse de vista.

La espera fue larga. Los ojos del Profeta seguían la distancia con una avidez silenciosa, hasta que, al caer la tarde, un punto blanco reapareció en el cielo. La alegría estalló al verla regresar: en su pico traía una hoja tierna de olivo, el primer brote de un mundo que renacía.

—¿Qué misterio encierra el vuelo de un ave para tocarnos el corazón de esta forma? —reflexioné en voz baja.

El Profeta me sostuvo la mirada y, tras retirar con suavidad el ramo de olivo que la viajera traía consigo, me cedió la paloma. Al sentir el latido del ave contra mi palma, un pulso rápido y vivo, le susurré palabras nacidas de la propia esencia:

—«Mi palomita bonita, tenías que ser tú... la leal, la que no olvida la mano que la salvó de la serpiente en el nido. Hoy los papeles se han invertido: ahora somos nosotros quienes te damos las gracias por este presente de esperanza».

Con una delicadeza infinita, la invité a entrar en nuestro refugio:

—¡Ven! Aliméntate y descansa. Que tu estirpe sea, por siempre, la de las reales mensajeras.

Tras haber sobrevivido a situaciones tan tremendas, cuando el espíritu parecía flaquear ante la inmensidad, la noche nos regaló un milagro visual. Bajo la claridad de una luna llena que bañaba el océano de plata, una silueta rompió la monotonía del horizonte.

Apareció como un espectro lejano: el contorno difuso de una isla que emergía entre las brumas nocturnas. Hacia allí, empujada por una voluntad superior, se dirigía nuestra arca a la deriva. No era ya un vagar sin rumbo, sino un acercamiento lento y sagrado hacia un nuevo hogar.

Aquella visión fue el bálsamo que necesitaban nuestras almas agotadas. El miedo, que nos había acompañado como una sombra durante meses, se disipó para dar paso a una serenidad profunda.

Con el corazón latiendo al ritmo de una alegría contenida, nos retiramos a descansar. No fue un sueño pesado, sino un sueño ligero y dulce, marcado por la gozosa expectativa de lo que encontraríamos al despertar. La deriva estaba por terminar; la tierra, finalmente, nos reclamaba de vuelta.

El amanecer no llegó en silencio. Un golpe seco en la quilla nos arrancó bruscamente del sueño, un impacto que sacudió las maderas del arca y nuestros propios corazones. Al asomarnos, la incredulidad dio paso al asombro: nuestra embarcación había encallado firmemente en la cima de una alta montaña. A nuestro alrededor, desafiando la desolación, unos pocos árboles raquíticos se aferraban a la roca, como centinelas de la vida que se resistía a morir.

Con las manos todavía temblorosas por la emoción y el cansancio acumulado, iniciamos los preparativos para el desembarque. Mientras el Profeta y sus hijos descendían con determinación para erigir el altar de la ofrenda, yo me permití un instante de soledad.

Al cruzar el umbral, el aire fresco de la mañana me golpeó el rostro con una pureza casi dolorosa. Después de una eternidad confinada entre muros de madera, mis pies reclamaron la tierra firme. El contacto del suelo contra mis plantas era un milagro táctil, una realidad tan sólida que mi mente apenas lograba descifrar

Contemplé el horizonte con una ansiedad febril, cautiva de una escena extraordinaria. A mis pies, el mundo permanecía postrado bajo el dominio de aguas sombrías: un océano mudo que custodiaba el despojo de una era extinta. Hacia el oeste, los jirones de una tormenta oscura se batían en retirada, arrastrando consigo los últimos ecos del juicio divino.

Pero fue al Este donde el mundo se transformó. Al salir el sol, sus rayos hirieron las nubes cargadas de humedad, y ante mis ojos embelesados brotó una visión de belleza inenarrable: un arco gigantesco nació del seno de la nube, proyectándose hacia el alto cielo. Sus colores brillaban con una intensidad sobrehumana y, al reflejarse en la superficie del mar ahora tranquilo, completaban un círculo perfecto de luz. Era un anillo de gloria que unía el cielo, la tierra. La promesa se había sellado. El mundo, aunque herido, volvía a comenzar.

La euforia que llenaba nuestros pulmones murió de golpe, reemplazada por un silencio que pesaba tanto como el juicio previo. El estrépito cesó de inmediato; el mundo pareció contener el aliento al ver al Profeta rendirse ante el altar de piedra, su cuerpo postrado en una entrega que nos obligó a la quietud.

En ese instante, el mundo pareció contener el aliento. Sus rodillas tocaron la tierra húmeda y, con la frente inclinada, comenzó a derramar su alma en un acto de adoración tan profundo que las palabras apenas alcanzaban a rozar su intensidad. No era solo el agradecimiento por la vida conservada, sino una alabanza pura hacia aquel que sostiene los hilos de la tormenta y la calma.

Su voz, antes firme para dar órdenes en la tempestad, se volvió ahora un susurro quebrado por la gratitud, reconociendo la soberanía del Creador frente a la inmensidad del círculo de gloria que aún brillaba en el cielo. Nosotros, observando desde la distancia, sentimos que su oración era también la nuestra: el puente final entre el juicio que terminaba y la misericordia que florecía.

Las palabras del Profeta se elevaron como el humo del incienso, rompiendo el silencio de la montaña. Con la voz vibrante por el temor reverencial y la gratitud, continuó su oración de cara al nuevo mundo:

—Mi señor El Shaddai, ante cuya voz tiemblan los pilares de la tierra y al mar haces salir de sus cavernas antiguas: los elementos han forjado tu voluntad terrible. Las inundaciones del océano han barrido a aquellos que han desafiado tu santa ley, y has lavado la tierra de la mancha del pecado. Nosotros somos testigos ante todas las generaciones venideras de tu irresistible poder y majestad.

Mientras hablaba, el viento parecía calmarse para escuchar su confesión. La mención de El Shaddai, el Dios Todopoderoso y Sustentador, resonaba con una fuerza especial sobre aquella cima solitaria. El altar, empapado aún por la humedad del gran diluvio, se convirtió en el epicentro de un pacto renovado.

La justicia había pasado como un vendaval purificador, y ahora, en la humildad de aquel grupo de supervivientes, se cimentaba la memoria de un Dios que, aunque terrible en su juicio, era fiel en su protección hacia quienes caminaban bajo su sombra. El eco de sus palabras parecía grabarse en las rocas de la montaña, destinadas a ser contadas una y otra vez mientras existiera el tiempo.

La voz del Profeta se elevó con una claridad renovada, capturando la dualidad de la justicia y el perdón en una última y poderosa sentencia:

—Sin embargo, ¡Tú, El Shaddai, solo eres uno! Templas Tu ira con misericordia y provees la salvación. Nosotros honramos tus órdenes.

Al pronunciar estas palabras, el ambiente se transformó. La severidad del juicio pasado se fundió con la calidez del presente, revelando que detrás de la tormenta siempre estuvo la mano que guía y rescata. Al reconocerlo como el Único, el Profeta selló el compromiso de los supervivientes: una vida de obediencia nacida no del miedo, sino del reconocimiento de una piedad infinita.

El arco de gloria en el cielo pareció vibrar con más fuerza ante esta declaración, como si el cosmos mismo asintiera ante la verdad de que la salvación es el triunfo final de la voluntad divina. La tierra, lavada y purificada, recibía ahora el primer aliento de una humanidad que comprendía, por fin, que la verdadera libertad reside en el cumplimiento de Sus decretos.

La oración alcanzó su clímax, resonando con una fuerza que parecía vibrar en la misma roca de la montaña. El Profeta, con los brazos extendidos hacia el círculo de gloria, entregó las últimas palabras de su súplica:

—Maravillosamente nos has guardado a través del terremoto y la inundación; Tú eres nuestro refugio de seguridad, y cuando nuestros ojos se elevan al cielo, he aquí Tu arco se aparece, como símbolo y promesa a tus hijos, mientras que la tierra permanezca. Acepta, por favor, nuestra alabanza, acepta nuestro sacrificio, y danos la respuesta por el fuego.

Un silencio sepulcral siguió a la petición. Todos los presentes mantuvimos el aliento, con la mirada fija en el altar de piedra. El aire, que hasta hacía un momento era fresco y húmedo, comenzó a cargarse de una electricidad sagrada. La mención del fuego no era una petición de destrucción, sino el anhelo de la señal definitiva: la aceptación divina que consume la ofrenda y purifica el nuevo comienzo.

Sobre nosotros, el arco iris resplandecía con una viveza sobrenatural, uniendo el abismo de las aguas con la cúpula del firmamento, mientras esperábamos la chispa celestial que confirmaría que la alianza entre El Shaddai y la humanidad había sido sellada para siempre.

La atmósfera se volvió densa, cargada de una presencia que trascendía lo humano. El Profeta terminó su oración y un profundo silencio de expectación envolvió la cima; era un silencio tan absoluto que parecía calmar el latido acelerado de nuestros corazones.

De pronto, el espacio se fracturó. La voz de Eloah sacudió los cimientos mismos de la montaña con un estruendo que no era de este mundo. Desde el corazón de la nube, justo por debajo del arco multicolor, se disparó con rapidez una llama lamiente. El fuego descendió como un rayo vivo, girando con furia y elegancia en torno al altar de piedra.

Entre silbidos y un humo blanco que ascendía con fuerza, la ofrenda fue reclamada. El fuego envió hacia el firmamento una espesa columna de incienso que, al encontrarse con la luz del sol, comenzó a brillar como una columna de fuego líquido. Aquel pilar de luz y aroma se elevó hacia el cielo, uniendo la tierra purificada con el trono del Creador, confirmando que el sacrificio había sido aceptado y la promesa, escuchada.

Mientras la columna de humo todavía hería el firmamento, la solemnidad del pacto cedió su lugar al primer latido de lo cotidiano. El silencio se rompió no con gritos, sino con el rumor de los que empiezan a construir un hogar sobre las cenizas del viejo mundo.

Nos levantamos de la tierra, sacudiendo el polvo de nuestras ropas mientras el eco de la voz de Eloah aún vibraba en el aire. Mis hermanos y sus esposas, conmovidos y en silencio, regresaron al refugio del arca para el inicio de la labores. Yo, movida por un impulso de profunda reverencia, me acerqué al altar donde la llama celestial aún danzaba.

De la pila ardiente, tomé con cuidado una marca de la quema por cada uno de nosotros; brasas vivas que portaban la esencia de la respuesta divina. Con manos firmes, apliqué aquel fuego sagrado a un braserillo que habíamos preparado previamente. Así, de manera solemne, quedó encendido el fuego de la casa, la llama que calentaría nuestros hogares y cocinaría el sustento en los siglos por venir.

Mientras observaba el resplandor de las brasas, una oración silenciosa brotó de mi corazón secreto:

— ¡Que sea tuya, Eloah! Concédeme la gracia de apreciar este fuego sagrado y mantenerlo brillante. Que tanto en el hogar como en el altar, ardan siempre las llamas puras del amor y la devoción.

El fuego ya no era solo calor; era un recordatorio vivo de que, aunque estuviéramos solos en la inmensidad de la montaña, la presencia de lo Divino caminaría con nosotros entre las paredes de nuestras futuras moradas.

El relato, que hasta ahora nos había sumergido en la vorágine del diluvio y el calor del fuego sagrado, se interrumpe de forma repentina. El lienzo de tela, gastado por el tiempo y el peso de la historia, deja un vacío que invita a la reflexión. Sin embargo, el misterio no termina con el silencio de la narradora.

Al girar el antiguo rollo de tela, descubrí que la historia guardaba un último secreto. En el reverso, lejos de la caligrafía fluida de la crónica principal, aparecía una inscripción distinta. Eran caracteres más audaces, grabados con una firmeza que sugería urgencia o una importancia monumental.

Tras un estudio cuidadoso y paciente, descifrando cada trazo que el tiempo había intentado borrar, logré finalmente traducir aquel mensaje final. Era como si una voz desde el otro lado de los siglos quisiera asegurarse de que el propósito de todo aquel sacrificio no se perdiera en el olvido.

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El Diario de Ehola — Capítulo 15: En él Arca

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El primer día de mi nueva vida se hace memorable por otras maravillas.

El sexto día amaneció con el estruendo de un mundo que se preparaba para el abismo. No fue el sol lo que nos sacó del sueño, sino un rugido telúrico, una vibración que parecía nacer de las entrañas mismas del valle. Al asomarnos, la realidad superó cualquier fantasía: un león majestuoso y su leona aguardaban ante el lecho seco del río, olfateando la tierra con una confusión casi humana, como si el suelo bajo sus garras ya les advirtiera de la catástrofe.

Mientras el pánico nos hacía retroceder, el Profeta avanzó con la calma de quien camina entre amigos. Fue una visión hipnótica: la fiera, que minutos antes estremecía el aire, se ovilló a sus pies, ronroneando y buscando el contacto de su mano con la docilidad de un can faldero. El maestro los guio hacia la penumbra del Arca, y el pesado estruendo de la barra de madera al caer selló su destino y su seguridad.

Pero el silencio que siguió fue breve. La llanura comenzó a hervir de vida. Un elefante colosal, con su compañera a la zaga, emergió del horizonte barritando al cielo, con la trompa en alto rastreando ese mismo miedo invisible que el león ya había detectado. Tras ellos, el desfile de la creación se volvió incesante: ciervos de movimientos elegantes y ojos asustadizos bajaron de las colinas, seguidos por perros manchados que aullaban hacia un firmamento que ya no prometía clemencia. Cada par de ojos que cruzaba el umbral traía consigo la certeza de que el viejo mundo estaba terminando, y que nosotros éramos los guardianes de lo que estaba por nacer.

El valle, antes silencioso y espectral, se transformó de pronto en un hervidero de vida. Era una marea de pelajes, plumas y pezuñas que descendía por las colinas como un enjambre surgido del corazón mismo de los bosques. Lo más asombroso no era la cantidad, sino la tregua sagrada que imperaba entre ellos: el lobo caminaba junto al cordero y el leopardo ignoraba a la gacela.

Un instinto ancestral, más poderoso que el hambre o la territorialidad, los empujaba hacia nosotros. Parecían comprender que el aire ya no era el mismo y que la tierra que pisaban estaba a punto de desaparecer. No había caza, no había presas; solo existía la urgencia ciega de alcanzar el refugio. En ese tropel de criaturas que buscaban la salvación, el miedo al exterior se había vuelto el único lenguaje común, convirtiendo la rampa del Arca en el único puente hacia el futuro.

Los hijos del Profeta se movieron con una diligencia asombrosa, convirtiéndose en los engranajes de aquella maquinaria de salvación. No hubo gritos ni látigos; solo manos firmes que guiaban y voces que susurraban calma en medio del murmullo animal. A pesar de la confusión que nublaba los sentidos de las bestias, una paciencia sobrenatural parecía haber descendido sobre ellas.

Criaturas que en libertad habrían sido irreconciliables, se mostraban ahora colaboradoras, entregándose al orden establecido por el maestro. Una a una, las parejas fueron ocupando los puestos asignados, encajando en el vientre de madera del Arca como las piezas de un rompecabezas sagrado. El caos del valle se transformaba, paso a paso, en la quietud de un refugio donde el instinto de supervivencia había vencido a la ferocidad.

De pronto, una nota familiar atravesó el murmullo de los grandes mamíferos: el canto líquido de un tordo pardo verdoso. Al levantar la vista, descubrí al pequeño pájaro con su pecho amarillo salpicado de manchas, posado en un árbol cercano que parecía haber florecido de golpe. No eran flores, sino el revoloteo incesante de millares de aves; un caleidoscopio de plumas multicolores y especies exóticas que tenían las ramas de matices imposibles.

Atrayéndolos con granos esparcidos estratégicamente, logramos que el aire mismo se volcara hacia el interior. Como una nube viviente, las aves descendieron desde el cielo, siguiendo un llamado instintivo que las conducía a su nuevo hogar provisional. Sin resistencia, con la ligereza de quien encuentra su nido, se establecieron en los niveles superiores de la embarcación, llenando el maderamen con el último concierto que escucharía aquel valle antes del silencio.

A lo lejos, una multitud de curiosos se había congregado, formando un círculo de escepticismo frente a la maravilla. Observaban el desfile de las bestias con ojos que veían, pero no comprendían; para ellos, el milagro no era más que un truco de feria. Las risas y los abucheos cortaban el aire sagrado de la tarde, y algunos, envalentonados por su propia ignorancia, se burlaron del Profeta a voz en cuello.

—¿Por qué has ocultado tu magia bajo el pretexto de la piedad? —le gritaban con cinismo, desafiándolo a que diera una muestra de su "arte" para asustarlos, como si la procesión de leones y elefantes fuera solo una coreografía ensayada. Ignoraban que la verdadera advertencia no residía en un truco, sino en el silencio absoluto que empezaba a caer sobre la naturaleza, una calma tensa que precedía al rugido del cielo.

La mofa no tardó en volverse interferencia. Algunos hombres, envalentonados por la insolencia, intentaron interponerse en el camino de las bestias, tratando de hacerlas retroceder. Sin embargo, su arrogancia se desmoronó al instante: fueron rechazados por gruñidos cargados de una furia ancestral y chasquidos de dientes tan potentes que nadie se atrevió a un segundo intento.

Entre la turba, las reacciones eran diversas. Muchos miraban con una estupidez vacía, incapaces de procesar lo que sus ojos veían, pero los más reflexivos comenzaron a sentir el frío de la duda calando en sus huesos. Uno de ellos, con el rostro desencajado por la perplejidad, rompió el murmullo de la burla:

—¿Qué significa este curso antinatural de los animales salvajes? —preguntó, más para sí mismo que para los demás—. Olfatean el aire como si el miedo les devorara las entrañas, y se someten en silencio a ser encarcelados en esta extraña construcción. Todo parece proféticamente dispuesto para su recepción... ¿Es posible que el profeta loco haya dicho la verdad?

La pregunta quedó suspendida en el aire pesado, mientras las últimas sombras de la duda comenzaban a transformarse en el primer destello de un terror genuino.

—¡Está loco! —sentenció otro con un gesto de desdén, intentando sacudirse la inquietud que empezaba a propagarse entre la multitud—. Las maravillas nunca cesarán mientras el mundo exista; estos animales simplemente se rigen por alguna ley natural con la que aún no estamos familiarizados.

Sus palabras buscaban consuelo en la lógica fría, en esa arrogancia humana que prefiere la explicación científica al presagio divino. Con una suficiencia que pronto se revelaría trágica, añadió:

—Nuestros sabios deben ser consultados. Ellos encontrarán la razón de este comportamiento sin necesidad de recurrir a fábulas de inundaciones.

Mientras el hombre hablaba, el cielo comenzaba a teñirse de un gris plomizo y extraño, y los sabios a los que invocaba se encontraban tan perplejos como el resto, observando cómo el horizonte se borraba bajo una presión atmosférica que hacía doler los oídos. La seguridad de la razón estaba a punto de ahogarse frente a la magnitud de lo inevitable.

—Evitémonos los problemas —intervino un tercero, limpiándose el sudor de la frente con un gesto de fastidio—. Creemos en el peligro solo cuando aparece frente a nuestros ojos. El final siempre llega lo suficientemente pronto como para invocarlo antes de tiempo.

Soltó una risa seca, pero su mirada delataba una incomodidad creciente. El aire se había vuelto estático, pesado como el plomo, atrapando el calor contra la tierra en una calma sofocante que dificultaba la respiración.

—¡Qué tan caliente está el día! —exclamó, buscando la complicidad de los demás—. ¿No lo notáis? Es un calor que quema hasta las sombras.

El grupo asintió, distraído por la opresión del clima. No comprendían que aquel bochorno insoportable no era un capricho del verano, sino el último suspiro de la tierra seca antes de que las compuertas del cielo y los abismos del océano se rasgaran para siempre.

Dejamos de recibir animales y, con el cuerpo entumecido por el cansancio y la piel perlada de sudor, busqué un rincón para el refugio y el descanso. El Arca, ahora cargada con el peso de miles de respiraciones, crujía suavemente, como si ella misma fuera un ser vivo preparándose para la prueba. En la penumbra del interior, el murmullo de las bestias y el aroma a paja y tierra húmeda creaban una atmósfera extrañamente pacífica, aislada del sol inclemente que, afuera, seguía castigando a los incrédulos.

Me senté, cerrando los ojos por un instante, sintiendo cómo el pulso del mundo exterior se desvanecía ante la inminencia de algo mucho más grande.

Hacia el atardecer, cuando la luz dorada comenzaba a ser devorada por una penumbra prematura, Jafet me guio a través de las entrañas de madera para mostrarme los habitáculos. Era un laberinto de orden y previsión. Las bestias, sumidas en un tedio somnoliento, apenas repararon en nuestra presencia; la mayoría descansaba con la respiración pesada, aunque de tanto en tanto, un alarido de pavor rompía la calma, como si sus sueños les devolvieran visiones del desastre que se gestaba afuera.

La ingeniería del lugar era asombrosa. Sus recintos estaban separados de los aposentos de la familia por un grueso muro diseñado con un propósito doble: aislaba el estruendo de los rugidos y bramidos, pero permitía que el aire fresco fluyera constantemente a través de ingeniosas aberturas, evitando que la atmósfera se volviera irrespirable.

—Todo está listo —me susurró Jafet, señalando los depósitos—. Se ha dispuesto abundante forraje y agua en cada sección.

Dado que los animales permanecían confinados y en un estado de calma casi mística, se preveía que requerirían poco esfuerzo de nuestra parte durante la travesía. Todo estaba dispuesto para que la vida aguardara, suspendida, mientras el mundo conocido se desvanecía bajo las aguas.

Durante más de un siglo, el Arca se mantuvo como un testamento de paciencia y fe. Ciento veinte años duró su construcción, una obra colosal diseñada bajo el rigor de la sabiduría divina. En sus inicios, el valle resonaba con los martillazos de obreros que, aunque despreciaban al arquitecto y se burlaban de su visión, no dudaban en extender la mano para recibir su salario.

El Profeta, bendecido por Eloah, siempre había prosperado en sus negocios; su riqueza no era un secreto, y esa misma abundancia fue la que financió cada tablón de madera de ciprés y cada gota de alquitrán. Sin embargo, a medida que el tiempo avanzaba y la burla del mundo se hacía más ácida, el círculo se cerró.

Cuando crecimos y nuestra fuerza alcanzó el nivel de nuestro compromiso, prescindimos de manos extrañas. Fuimos nosotros quienes culminamos la obra, trabajando en la soledad de nuestra convicción. En ese esfuerzo solitario, bajo el fuego del sol y la mirada de los incrédulos, nos forjamos a pulso. Así nos transformamos en hombres valientes, templados por la autonomía y la convicción de estar construyendo el único puente hacia el mañana.

A través de las décadas de arduo trabajo, no solo se levantó un arca contra el abismo, sino también un hogar. El confort y la comodidad de la familia habían sido planificados con una minuciosidad asombrosa; nada, por pequeño que fuera, se había olvidado. En medio de la estructura colosal de madera y alquitrán, se habían gestado espacios de una calidez inesperada.

Mi pequeña estancia es, sencillamente, hermosa. Al cerrar la puerta, el mundo de caos y los rugidos de las fieras parecen quedar a siglos de distancia. Es un refugio de paz donde cada detalle refleja el cuidado de quienes lo construyeron.

En las noches de vigilia, cuando el silencio del Arca solo se ve interrumpido por el crujir de las cuadernas, me siento junto a mi marido en este elegante apartamento, que en realidad es apto para una reina. No me atrevo a poner por escrito sus palabras de amor; son tesoros demasiado sagrados para la tinta, promesas susurradas que me dan la fuerza necesaria para enfrentar lo que vendrá. En sus ojos encuentro la seguridad que el mundo exterior ha perdido, y en este espacio de gracia, el miedo se disuelve.

Finalmente, nos hemos establecido en nuestra nueva vivienda; una familia mixta, por momentos incongruente, unida por un destino que el resto del mundo no pudo comprender. Somos un mosaico de voluntades resguardado por muros de ciprés, esperando el primer embate del abismo.

Un solo Eloah nos ha hecho a todos nosotros, desde el león que ahora duerme en la penumbra hasta el último de los hijos del Profeta. En esta barca que flota sobre la incertidumbre, ya no somos dueños de nuestro rumbo; es Él quien tiene el control, y Su mano será la que guíe este refugio a través del caos que está por desatarse.

El murmullo de la multitud, que antes era de burla y desdén, se transformó de pronto en un coro de gritos descarnados. Pegada a las paredes de madera, pude oír cómo las voces de hombres y enkidus se quebraban bajo el peso de un terror genuino. El pánico ya no era por la lluvia que aún no caía, sino por algo mucho más tangible y letal que emergía de las profundidades.

—¡Las Serpientes del lago están sueltas! —exclamaban con la voz rota por el espanto.

El sonido de cuerpos corriendo desesperadamente y el chapoteo frenético en el agua estancada llegaban hasta mis oídos. Aquellas criaturas ancestrales, guardianas de los abismos, habían sentido el cambio en la presión de la tierra y habían abandonado sus nidos acuáticos. El caos se desataba fuera del Arca; el juicio de Eloah no solo venía del cielo, sino que comenzaba a brotar desde las entrañas mismas del valle.

El valle se ha convertido en una caldera de desesperación. La desaparición del agua es total; desde el lecho del río hasta su mismo nacimiento en las cumbres, la tierra se ha agrietado como si gritara de dolor. Enloquecidos por una sed que les quema la garganta y por ese bochorno asfixiante que asola el país, los hombres han perdido toda compostura.

Aquellos que antes se erguían con orgullo, los poderosos de la tierra, ahora se arrastran buscando la sombra del Arca. Los veo desde las aberturas, agachándose bajo el gran casco de madera, aterrorizados por una naturaleza que ya no reconocen. El aire es tan denso que parece fuego, y en su agonía, sus palabras se vuelven veneno: maldicen el aire caliente que los asfixia, maldicen los pozos secos que les han fallado, y claman con rabia contra los enkis por su ausencia, sintiéndose abandonados por sus falsos dioses.

Pero lo más estremecedor es el eco de sus propias culpas y, finalmente, el último acto de su rebelión: maldicen a Eloah. En lugar de arrodillarse, usan su último aliento para desafiar al Único que podría haberlos salvado, mientras el cielo, cargado de una oscuridad eléctrica, se prepara para responder a sus blasfemias con el primer estallido del diluvio.

EL SUEÑO INTERPRETADO

El aire dentro del Arca se sentía denso, cargado con la expectativa de lo inevitable. Aquella mañana, la cuarta desde que la familia se pusiera a salvo tras los gruesos muros de madera, el Profeta despertó con la urgencia dictada por el espíritu. Como era su costumbre, se dirigió hacia la entrada con la intención de abrirla una vez más, quizás para observar el cielo por última vez o esperar a algún rezagado.

Sin embargo, al intentar moverla, la pesada estructura no cedió; permanecía inmóvil, sellada por una fuerza superior a la humana. Alarmado, llamó a sus hijos a toda prisa. Los hombres acudieron de inmediato y, hombro con hombro, aplicaron toda su fuerza unida en un intento desesperado por vencer la resistencia de la puerta.

Pero fue en vano. La entrada, que antes respondía a sus manos, ahora parecía formar parte de la misma roca de la montaña. Era la señal definitiva: el tiempo de la gracia se había agotado y la mano divina había cerrado lo que nadie más podría abrir.

Los jóvenes intercambiaron miradas cargadas de una creciente inquietud; el silencio de la puerta sellada pesaba más que la madera misma. Al notar el miedo reflejado en sus rostros, el patriarca extendió sus manos hacia ellos, infundiéndoles una calma que solo la fe absoluta puede otorgar.

—No desmayéis, hijos míos —dijo con voz serena pero autoritaria—, y no dejéis que los pensamientos de ansiedad vengan a vuestro corazón.

El Profeta se irguió, mirando la entrada que ya no cedía ante la fuerza humana, y sentenció con una paz profunda: —La mano de Eloah está en esto. Para la vida o la muerte, aquí hemos sido encerrados. Su justicia se llevará a cabo, y nosotros somos ahora los testigos de Su voluntad.

Jafet apretó mi mano, sintiendo que aquel encierro no era una prisión, sino el cumplimiento de un destino que nos aislaba del mundo que estaba a punto de perecer. Tras el alimento matutino y un sacrificio de una solemnidad que nos dejó el corazón sobrecogido, el silencio se apoderó de nosotros. Nos sentamos durante un largo tiempo en una meditación profunda, rota solo por el eco de nuestras propias respiraciones.

Sin embargo, en mi mente no había calma. Las palabras que había escuchado en aquel sueño en el Palacio de la Luz martilleaban mis sienes, resonando con una urgencia eléctrica: ¡Cuando suba la marea! El mensaje vibraba en mi interior como una advertencia que ya no podía contener.

¿Podía seguir guardando silencio ante tal revelación? Definitivamente no. La presión de la verdad era insoportable para llevarla sola. Alcé la mirada, rompí el mutismo de la estancia y dije:

—¡Profeta de Eloah!, antes de la muerte de mi madre que estaba en cierta noche envuelta en un profundo sueño: Luego vi, como en una visión, por el lado de la cama de Lebuda dos espectros disputan la posesión de su cuerpo. Al final acordaron, diciendo, la vamos a compartir entre nosotros, cuando la marea. ¿Puedes interpretar el sueño?

El silencio que siguió a mi pregunta fue tan denso como la madera del Arca. El Profeta, cuyo rostro reflejaba la sabiduría de siglos, cerró los ojos por un instante, procesando el eco de mis palabras y la visión de Lebuda, mi madre, en aquel lecho disputado por sombras.

—Hija mía —comenzó él, con una voz que parecía venir de un lugar muy lejano—, los espectros que viste no son simples sombras, sino las fuerzas del juicio y la misericordia que a menudo luchan por el destino de las almas en el umbral del cambio.

Se puso en pie y señaló hacia la puerta que ya no podíamos abrir, mientras el primer trueno, sordo y profundo, hacía vibrar el suelo bajo nuestros pies.

—El Palacio de la Luz fue el escenario donde se te reveló el fin de una era. Esos seres acordaron compartir su cuerpo "cuando subiera la marea", porque la marea no es solo agua, es el flujo del tiempo divino que barre lo viejo para dar paso a lo nuevo. Tu madre fue el símbolo de la humanidad que se queda atrás; una parte de ella pertenece al polvo que la reclama, y otra a la memoria eterna que la justicia de Eloah preserva.

Se acercó a mí y puso una mano sobre mi hombro, sus ojos brillando con una luz solemne.

—La marea ha llegado. Los muros han caído y el mundo que conociste se desvanece. Lo que viste fue el aviso de que, en este momento exacto, la posesión del pasado se divide: la tierra toma lo que es suyo, y el espíritu se refugia aquí, con nosotros. No temas, porque aunque los espectros se repartan el mundo exterior, nosotros estamos bajo el sello de la promesa.

Al terminar de hablar, un relámpago iluminó las rendijas del Arca, y por primera vez, escuchamos el llanto del cielo rompiéndose sobre el techo.

El Profeta me sostuvo la mirada, y en sus ojos crepitó una chispa de reconocimiento que me hizo estremecer. Sus palabras no fueron solo un consuelo, sino una unción que cambió el peso de mi propia existencia.

—Eloah ha enviado a tu alma un rayo de conocimiento divino —sentenció con una gravedad que llenó cada rincón del Arca—. Apreciamos el regalo, hija mía, pues no todos son dignos de ver a través del velo de lo invisible.

Hizo una pausa solemne, y sentí que el tiempo mismo se detenía mientras él pronunciaba mi nuevo destino:

—Por lo que has de ser un profeta de El Saddai. Tu voz ya no será solo tuya, sino el eco de lo que ha de venir. En este encierro, mientras el mundo perece, tú serás la portadora de la luz que guardaremos para el nuevo mañana.

El peso de su declaración me dejó sin aliento. Jafet, a mi lado, apretó mi mano con una mezcla de temor y orgullo, reconociendo que la mujer que amaba ahora pertenecía también a los designios del Altísimo.

El Profeta se volvió entonces hacia el resto de la familia, que escuchaba en un silencio reverencial. Su presencia pareció crecer bajo la tenue luz de las lámparas, asumiendo la autoridad de quien desentraña los misterios del cielo.

—Se me ha otorgado la capacidad de interpretar las palabras del sueño de Ehola —declaró con voz profunda, extendiendo sus manos para abarcar a todos los presentes—. ¡Que no os alarme su terrible significado! Recordad que Eloah ha hablado, y la naturaleza entera no hace más que obedecer a su voz.

Hizo una pausa, permitiendo que la solemnidad de sus palabras se asentara en nuestros corazones antes de revelar la sentencia final:

—Los espectros que disputaban el cuerpo en la visión representan el destino del mundo que hemos dejado fuera. La "marea" es el juicio que ya golpea nuestras maderas. Lo que los seres acordaron compartir es el final de la carne y el inicio del juicio; uno toma la materia para devolverla al abismo, el otro toma el registro de la vida para la justicia eterna. No temáis al estruendo que comienza, pues lo que para el mundo es destrucción, para nosotros es el cumplimiento de Su palabra.

El Profeta alzó la voz, y mientras hablaba, el suelo bajo nuestros pies comenzó a vibrar con un rugido que parecía nacer de las entrañas mismas del mundo. Sus palabras describieron el cataclismo que ya se desataba en el exterior:

—La tierra, que ha permanecido firme durante tantos días, se hunde ahora poco a poco. Se presiona hacia el exterior, cediendo bajo el peso del lecho del océano. ¡Sentirlo en lo más profundo de vuestro ser! Las fuentes del gran abismo se rompen, y las aguas aumentan su furia, hinchándose en el borde mismo de los continentes.

Su mirada parecía atravesar la madera del Arca, viendo la destrucción que nosotros solo podíamos imaginar por el estruendo:

—Las compuertas estallan y la marea cambia su rumbo para siempre. El mar fluye con violencia desde su fuente antigua y se apodera, implacable, de la nueva cuenca que se está formando para recibirlo. Lo que conocimos como hogar ya no existe; la marea de la que hablaste, Ehola, es el océano reclamando la tierra.

El Profeta guardó silencio un instante, permitiendo que la magnitud de sus palabras flotara en el aire pesado del Arca. Entonces, su expresión se volvió aún más sombría al retomar el hilo de la visión.

—A la hora de la muerte de Lebuda —prosiguió, con una voz que vibraba por la revelación—, la situación cambió.

En ese momento, una sacudida violenta recorrió la estructura de madera, como si la tierra misma sollozara.

—Esa hora no fue solo el fin de una vida, sino el punto de inflexión para toda la creación. Los espectros dejaron de disputar porque el equilibrio se rompió. El tiempo de la espera terminó en el instante en que ella partió, marcando el inicio del gran repliegue. La marea que mencionaron los seres en tu sueño, Ehola, comenzó a reclamar su parte justo cuando el último suspiro de tu madre se desvaneció. Desde entonces, el orden antiguo ha sido revocado.

Afuera, el sonido del viento se transformó en un aullido sobrenatural, confirmando que el cambio del que hablaba el Profeta era ya una realidad imparable. Aquella muerte había sido la señal invisible; ahora, el mundo entero seguía sus pasos hacia el abismo.

El Profeta alzó los brazos, y su voz resonó con una vibración casi celestial, sobreponiéndose al fragor que sacudía las cuadernas del Arca. Sus palabras dibujaron el mapa de una geografía que estaba desapareciendo para siempre:

—A medida que la tierra sigue cayendo, la destrucción se arrastra más y aún más cerca. Pronto, este avance implacable alcanzará el valle de Sippara, y los reinos de todos los enkis, con toda su gloria y su soberbia, no serán nada más que el lecho de un gran mar.

Hizo una pausa, y en su rostro se mezclaron la justicia y la profunda tristeza de un padre:

—Allí donde antes caminaban los hombres, ahora el agua abre fauces de muerte. Pero nosotros, por la infinita misericordia de Eloah, pasaremos en seguridad por encima de ellos. Flotaremos sobre las multitudes que, habiendo sellado su oído a la advertencia constante, despreciaron la Palabra y ahora se hunden en el abrazo de su propio destino.

Bajó la cabeza en un gesto de solemne intercesión, y con un hilo de voz que apenas lograba competir con el rugido del exterior, susurró:

—¡Que Eloah se apiade de sus vidas!

El Profeta guardó un silencio repentino, alzando un dedo para reclamar nuestra atención. Su mirada se perdió en las vigas del techo, como si pudiera ver a través de ellas el cielo quebrándose.

—¡Escuchad! —Exclamó con un susurro que nos heló la sangre—. ¡Escuchad los truenos murmurando!

En ese instante, un sonido sordo y rítmico, como el de mil tambores de guerra golpeando las nubes, empezó a rodearnos. Ya no era un ruido lejano; era un rugido que vibraba en nuestros propios huesos.

—Incluso ahora —continuó, con la voz cargada de una solemnidad aterradora—, la tempestad se reúne, uniéndose a los horrores del mar. Las aguas de arriba y las aguas de abajo han sellado su pacto de destrucción.

El aire se volvió eléctrico y, por primera vez, el Arca se estremeció no por un impacto, sino por el inicio de un viento tan violento que amenazaba con arrancar la vida de la faz de la tierra. La naturaleza, en su danza final, comenzaba a desatarse.

El Profeta guardó silencio una vez más, una pausa asfixiante que solo era interrumpida por el coro de lamentos que nacía de las entrañas del Arca. Los animales, en su sabiduría muda, emitían gemidos de terror, presintiendo instintivamente la aflicción catastrófica que se cernía sobre todo ser viviente.

Pero más allá de las maderas, se filtraban las fuertes quejas de los curiosos y los incrédulos que aún rodeaban nuestra estructura. Para ellos, el horror ya había comenzado de la forma más cruel: el agua de sus cisternas estaba casi agotada, y el aire se llenaba con sus gritos de desesperación mientras sufrían una sequía agónica.

Era una ironía amarga que el mundo pereciera de sed mientras las fuentes del abismo se preparaban para devorarlo todo. Jafet me atrajo hacia sí, y en medio de aquel clamor de hombres y bestias, comprendí que la profecía de El Saddai se cumplía paso a paso, sin que nadie pudiera detenerla.

Mis dedos vacilaron al abrir el diario sobre aquellas líneas trazadas hace apenas cuatro lunas. En aquel entonces, las palabras de mi padre resonaban con una promesa de paz: “Excluidos del mundo en este valle solitario, su vida será sin acontecimientos”.

¡Qué amarga ironía! ¡Qué rápida y feroz ha sido la marcha de los acontecimientos desde entonces!

Me es imposible dejar de revisar el pasado, de aferrarme a los jirones de lo que fuimos. Aunque ahora mismo, en este instante suspendido, toda la naturaleza parece sumida en una calma profunda y antinatural —donde incluso el humo cuelga inmóvil, como un espectro de ceniza en el aire silencioso—, mi interior no haya calma. Me consume una urgencia invisible, una distracción frenética que lo impregna todo: prisa, prisa, prisa. Es el latido de un mundo que sabe que sus segundos están contados.

Entonces lo oigo: de nuevo la voz del viejo río, pero su canto ha cambiado. Las ondas ya no murmuran historias de juncos y orillas; ahora arrastran aguas extrañas, profundas y tenebrosas, nacidas en la oscuridad absoluta. El cauce se hincha, soberbio y terrible, rompiendo sus límites en un estruendo creciente que todo lo devora. Sentía la inminente destrucción como un latido salvaje en el pecho. ¡Ya viene!, pensé, con el corazón en la garganta.

CAM ASTRÓNOMO

«Al amanecer, cuando la familia se congregó nuevamente bajo la luz vacilante de las lámparas, un velo de inquietud cubrió nuestro encuentro. Observamos que el rostro de nuestro hermano Cam, que con su alegría solía ser el motor de nuestra esperanza, estaba transformado; sus rasgos se veían ansiosos, marcados por un peso invisible que lo agobiaba profundamente».

La madre, que guardaba en el pulso el ritmo exacto del bienestar de sus hijos, detectó al instante la penumbra que cruzaba su mirada. Se acercó con la delicadeza de quien no quiere romper un cristal y, con una voz que era puro bálsamo, rompió el silencio:

—Hijo mío, ¿qué carga llevas en el corazón? ¿Qué es aquello que nubla tu rostro en esta mañana de espera?

Cam levantó la vista, y sus ojos, enrojecidos por la vigilia, reflejaban un asombro que rayaba en el pavor. Su voz, usualmente firme, sonó quebrada por la magnitud de lo que había presenciado.

—He estado involucrado toda la noche —confesó, recorriendo con la mirada los rostros de la familia— en la observación de los cielos. Su aspecto es extraordinario y alarmante. He consultado cuidadosamente los registros de Seth, buscando una explicación en la sabiduría de nuestros antepasados, pero no encuentro nada similar en toda la historia de la creación.

Hizo una pausa, como si tratara de dar sentido a lo imposible antes de continuar:

—Nunca las estrellas han estado en esa posición; es como si el firmamento mismo se hubiera desencajado de sus ejes. El tiempo también ha perdido su curso: apenas cayeron dos gotas de la clepsidra entre el naciente y el ocaso. Pero lo más antinatural de todo —añadió, bajando el tono de voz— es la desaparición de muchas estrellas y del gran cometa. Hace solo cuatro días que abría sus enormes alas de fuego por el cielo, dominando la noche, y ahora... ahora no se ve por ninguna parte. Se ha extinguido o ha sido devorado por la oscuridad.

Un escalofrío recorrió el grupo. Si el orden de los cielos se había roto, lo que quedaba para nosotros en la tierra no era más que el caos final. El cielo ya no era un mapa, sino un abismo vacío.

Me estremecí hasta la médula; la visión regresó a mi memoria con una claridad aterradora. Lo que Cam había dicho sobre la desaparición de los astros no era una teoría: era la pieza final que encajaba perfectamente en el cuadro de la catástrofe que estaba por llegar.

Pese al estallido que amenazaba con romperme el pecho, mis labios permanecieron sellados. Una fuerza invisible me prohibía revelar el vínculo entre el abismo del cielo y la tumba en la que pronto se convertiría la tierra. Forcé mi cuerpo a la inmovilidad, ocultando el fuego de esa verdad tras una máscara de calma. Nadie notó la grieta en mi entereza; permití que el silencio familiar solo fuera interrumpido por el galope desbocado de mi corazón.

El Profeta asintió con una gravedad que parecía sopesar el destino del mundo entero. Su mirada, fija en Cam, no contenía sorpresa, sino la confirmación de una verdad que ya habitaba en su espíritu.

—La desaparición de las estrellas es, de hecho, inexplicable para la razón humana —respondió con voz profunda—, pero entiendo su creciente aumento. Es causada por el hundimiento de la tierra. Estamos descendiendo, hijos míos; nos encontramos ahora en el punto más bajo, donde la perspectiva del cielo se distorsiona mientras el suelo cede bajo nuestros pies.

Se puso en pie, mirando hacia las vigas que nos protegían del exterior, y continuó con una serenidad casi solemne:

—Bastará una observación más esta noche para alcanzar la certeza absoluta. No obstante, presiento que el valle se cubrirá pronto con un manto de vapores impenetrables que devorará las luces celestes, sumiéndonos en la penumbra.

Entonces, apoyó una mano paterna sobre el hombro de Cam, cuya palidez delatada el agotamiento de su vigilia. Hijo, debes dormir para recuperar fuerzas, —dijo—. Permite que el peso de la vigilia descanse sobre mí; seré el guardián de la clepsidra mientras el reposo te devuelve el vigor.

Cam, sin embargo, se resistió a la orden de su padre, negándose con un gesto de desesperación contenida. Sus ojos, fijos en la inmensidad que ya no veían, brillaban con una lucidez febril.

—¡No, padre, el sueño es un lujo que no poseo! —exclamó, interponiéndose en su camino con una urgencia dictada por el pánico. Sus dedos se cerraron en el aire, como si intentara detener lo inevitable—. ¿Cómo esperas que cierre los ojos mientras el firmamento se desmorona sobre nosotros? Cada nervio en mi cuerpo vibra bajo esta quietud; este aire estático me asfixia mucho más que el propio cansancio.

Se aferró a las tablillas de Seth con los nudillos lívidos, como si la piedra y la cuña fueran los únicos cimientos capaces de sostener una realidad que se desintegraba a su alrededor.

—Si el cielo va a apagarse, quiero ser testigo de su último destello —declaró, con la voz quebrada pero firme—. Necesito observar, padre; necesito descifrar este hundimiento antes de que los vapores nos reclamen y nos dejen a oscuras.

Naamah, cuya voz siempre había sido el bálsamo de nuestra familia, intervino entonces con una resolución que no admitía réplica. Se colocó entre su esposo y su hijo, abrazando con la mirada a todos los presentes.

—Hagamos todo lo demás durante el día —propuso con firmeza materna— y, al caer la noche, vigilemos juntos.

Su rostro, aunque marcado por la preocupación, reflejaba una entereza de estirpe. Sabía que el aislamiento solo alimentaría nuestros temores individuales.

—Seguramente ninguno de nosotros puede dormir —continuó, expresando la verdad que latía en nuestros pechos—. El sueño ha huido de este refugio. Si hemos de presenciar el fin del mundo tal como lo conocemos, que nos encuentre unidos, despiertos y en oración. No permitamos que la oscuridad nos sorprenda por separado; que nuestra vigilia sea un mismo latido frente a la tempestad.

Con esas palabras, el ambiente en el Arca cambió. La soledad de la guardia se transformó en un pacto familiar de resistencia y fe, mientras nos preparábamos para las horas más oscuras de nuestra existencia.

La propuesta de Naamah fue aceptada por todos con un asentimiento silencioso y solemne. No había necesidad de discutir lo evidente: la tensión en el aire era un lazo que nos mantenía unidos en la vigilia. Sin embargo, a medida que las horas avanzaban, una atmósfera pesada y antinatural comenzó a filtrarse por la ventana del Arca.

El calor se tornó sólido, una exhalación febril que brotaba de una tierra en agonía. Haciendo que cada movimiento fuera una lucha contra la inercia; el cuerpo, rendido, ya no atendía a la voluntad. Sin tareas que cumplir, solo restaba el vacío de la espera: con el destino ya dictado, las herramientas yacían como restos de un naufragio en los rincones.

Bajo aquel sopor opresivo, la voluntad de Cam y la nuestra terminaron por ceder. Pese al empeño de vigilar, el agotamiento reclamó su tributo y, en una mezcla de alivio y derrota, nos hundimos en el vacío del sueño; mendigando en su negrura un refugio contra la realidad que, afuera, seguía devorando el mundo.

OBSERVACIÓN

El crepúsculo se desvaneció con una rapidez antinatural, como si una mano invisible hubiera soplado la lámpara del mundo. En cuanto el sol se puso, el calor asfixiante dio paso a un frío eléctrico que me erizó la piel. Me levanté, sacudiendo los restos de aquel sueño inquieto, y me preparé para la importante labor de la noche.

A lo lejos, en el otro extremo de la estancia, vi a Cam. Ya había tomado nota de la puesta del sol en sus lienzos de cedro; sus manos se movían con la precisión de un autómata, pero sus labios permanecían apretados en una línea rígida. No habló. No hubo comentarios sobre la inclinación del eje ni sobre la extraña tonalidad del horizonte.

De hecho, la gran sombra de la incertidumbre sobre nuestro futuro se había vuelto tan densa que nos envolvía a todos como un estrato de alquitrán. El silencio en el Arca no era de paz, sino de una gravidez absoluta. Cada uno de nosotros habitaba su propio aislamiento emocional, consciente de que las próximas horas sentenciarían si aquel baluarte de madera sería nuestra cuna o nuestra tumba.

Nos miramos, pero no hubo palabras; el lenguaje humano parecía demasiado frágil para describir el vacío que crecía fuera de aquellas paredes.

La expectativa se volvió casi insoportable. Sabíamos que la luna, en su plenitud, sería el juez definitivo de nuestra situación; su salida esa noche aliviaría nuestra ansiedad o confirmaría, de una vez por todas, nuestros temores de que el orden del cosmos se había quebrado.

Todos mantuvimos la mirada fija en el horizonte oriental. Una luz tenue y mortecina comenzó a teñir el borde del cielo, anunciando su acercamiento. Según los cálculos de Cam y las leyes que habían regido el tiempo desde la creación, cuarenta gotas de la clepsidra debían caer antes de que su resplandor asomara.

Contamos cada gota en un silencio sepulcral. Treinta y ocho... treinta y nueve... cuarenta. El horizonte permaneció oscuro.

El tiempo parecía haberse estirado como una cuerda a punto de romperse. Cuarenta y tres gotas fueron marcadas finalmente antes de que el disco, de un rojo profundo y siniestro como la sangre, se asomara pesadamente por encima de la cresta de la montaña. El retraso era innegable. La armonía de las esferas se había perdido; la Tierra no solo se hundía, sino que se tambaleaba en su agonía, alterando el pulso mismo del universo.

El Profeta dio un paso al frente, y su voz, antes serena, tronó con la fuerza de una sentencia definitiva. Sus ojos, fijos en aquel disco lunar deformado y sangriento, leyeron en el cielo la escritura de nuestra ruina.

—¡Nos estamos hundiendo con rapidez! —Exclamó, y el Arca vibró como si respondiera a su grito—. ¡La marea!, pronto estará sobre nosotros.

Extendió su brazo hacia el horizonte invisible, señalando las tierras que ya habían dejado de existir bajo el avance implacable del diluvio.

—Las partes remotas del territorio ya están bajo el agua. Es imposible escapar; incluso si los enkis volvieran en este instante e intentaran la extracción de sus séquitos, que ahora esperan en vano en Sippara, la salvación no podría llevarse a cabo. La inundación de tres grandes mares fluye con furia hacia el interior, reuniéndose por todas partes con las aguas que avanzan desde las fuentes rotas.

Hizo una pausa, y el sonido de un trueno sordo pareció sellar sus palabras.

—Todo converge hacia su perdición acelerada. El mundo que conocimos se está convirtiendo en un inmenso remolino de aguas negras, y nosotros somos lo único que queda en el centro.

El Profeta extendió sus manos hacia nosotros, y aunque sus palabras describían un cataclismo sin precedentes, su semblante irradiaba una paz que desafiaba toda lógica humana.

—En pocas horas, inevitablemente llegará a nosotros —sentenció—. Pero no temáis, hijos míos. Vuestra fe en Eloah es la única fuerza real, el ancla que nos librará de los terrores que ahora nos rodean.

Mientras el rugido de las aguas distantes se asentaba en nuestra mente, imaginando cómo se filtraba ya por el armazón del casco, Jafet se acercó a mí. Me sostuvo la mirada con una ternura infinita, un destello de humanidad que desafiaba a la penumbra.

—Nuestro refugio es seguro, el cumplimiento de Su palabra dada para nuestra seguridad. Lo que para el mundo es una vorágine de destrucción, para nosotros es el camino de la promesa. Estamos protegidos por el mismo decreto que hoy dicta la sentencia de la tierra.

En ese instante, el Arca dio un gemido profundo, una vibración que recorrió el suelo bajo nuestros pies. Ya no era solo el viento: era el primer beso frío lamiendo los cimientos de nuestro refugio. El tiempo de la espera se había agotado.

A pesar de la firme garantía del Profeta, un frío irracional se filtró en nuestros huesos. La fe, aunque era nuestra ancla, no podía acallar el instinto de supervivencia que gritaba ante lo desconocido. Nos acercamos a la ventana con movimientos lentos, casi mecánicos, y allí la vimos: la luna manchada de sangre ascendía con una pesadez agónica por un cielo de bronce, un firmamento que ya no reflejaba la vida, sino el metal pulido de una armadura divina.

En aquel silencio ominoso, que pesaba más que el estruendo que vendría, sentí una presencia que no necesitaba voz para ser reconocida. Supe, con la certeza de una conciencia marcada por el conocimiento divino, que un centinela implacable se cernía sobre el valle. Era aquel que no admite ruegos ni acepta rechazos; aquel ante quien incluso los guerreros más valientes de los enkis no podrían enfrentarse sin que el terror les desencajara el rostro.

—Azreel —susurré, y el nombre pareció helar el aire dentro del Arca—. El Ángel de la Muerte.

Su sombra ya no solo acechaba a los que estaban fuera; su ala invisible rozaba nuestra estructura de madera, reclamando el tributo de un mundo que se hundía. La luna roja no era un faro, sino el ojo de aquel segador atestiguando cómo la marea se preparaba para cumplir su sentencia definitiva.

SUSPENSE

La vigilia nos consumió los sentidos. Toda la noche mantuvimos la vista clavada en aquel firmamento herido, y al llegar la mañana, el espectáculo no trajo consuelo: vi salir el sol, de un rojo ardiente y furioso, proyectando una luz enferma sobre el valle que aún permanecía seco, como un condenado esperando el golpe de gracia. El veredicto del tiempo fue implacable. Cuatro gotas de la clepsidra marcaron su ascenso fuera de toda ley natural; la evidencia era física, tangible y aterradora.

—¿Por qué tengo miedo? —Susurré, mientras el resplandor carmesí teñía las maderas del arca—. Si he sido testigo del poder que emana de la sombra de Su mano; si he comprendido que incluso en el rigor del juicio habita un diseño... ¿por qué tiemblo ahora, cuando Su palabra se funde con la carne y se sella con nuestro destino?

Bajo la sombra expectante de Azreel, solo la mano de Eloah sostenía el armazón que aún nos servía de refugio.

A medida que el día avanzaba, el calor se tornó tórrido, convirtiéndose en una garra física que oprimía nuestros pechos. El aliento comenzó a faltarme; cada inhalación era una batalla contra un aire sofocante que, más que oxígeno, parecía fuego líquido quemándome los pulmones.

Desde la ventana del Arca, Sippara parecía una herida abierta bajo la luz. La ciudad yacía inmóvil, un cementerio de piedra sin rastro de vida. Los rayos solares, feroces y hambrientos, devoraban el verde del valle mientras la tierra misma se secaba, como si el sol intentara purgar la humedad de toda la existencia.

Abajo, en la llanura, reinaba un vacío desolador. Hombre y bestia, aplastados por el bochorno, habían caído en un letargo profundo. Fue una tregua piadosa: en ese sopor, olvidaron el terror y la miseria. El juicio los encontró ya rendidos, entregados al olvido antes de que estallara la primera ola.

Era el silencio que precede al grito: la quietud absoluta de una tierra que ha renunciado a la lucha y se limita a aguardar que el abismo la reclame.

A medida que la línea de sombra marcaba el mediodía, el silencio opresivo se desgarró violentamente. Un estruendo profundo y una sacudida telúrica sacudieron los cimientos del mundo, seguidos de un choque ensordecedor que hizo vibrar las maderas del Arca. Una espesa nube de polvo ocre y gris comenzó a levantarse, oscureciendo el sol sobre las cúpulas del Palacio de la Luz.

En un instante, la ciudad, que parecía dormida en su letargo de muerte, despertó en un caos de gritos y terror. La causa del desastre quedó clara cuando el polvo comenzó a depositarse: la majestuosa torre sur había caído, colapsando bajo su propio peso y arrastrando consigo una gran parte de la pared de la corte y la casa de verano del jardín.

El refugio que prometían los muros se convirtió en una tumba para cientos de criaturas acorraladas por el sol. El aire, antes lleno de sus lamentos, se tornó súbitamente mudo. Una grieta voraz rasgó el suelo bajo los escombros y, en un instante de horror absoluto, la estructura entera —con su carga de hombres y árboles— se precipitó en un vórtice de llamas subterráneas. Antes de que las aguas inundaran el valle de Sippara, la tierra ya había comenzado a devorarlo desde su propio núcleo incandescente.

La conmoción que siguió al derrumbe fue devastadora. Desde nuestra posición, el Arca parecía un palco silencioso ante el teatro del fin del mundo. Vimos cómo las reinas y damas orgullosas, aquellas que días antes se burlaran de las advertencias, corrían ahora frenéticamente hacia los balcones, lanzando gritos que se perdían en el aire denso. Los hombres, despojados de su arrogancia, vagaban de un lado a otro sin rumbo, como hormigas cuyo hormiguero ha sido pisoteado.

Por encima de aquel estruendo de pánico, una voz desgarradora se alzó sobre todas las demás: era la del fiel enkidus. Lo vimos clamar al cielo, llamando a gritos a su padre celestial en un último y desesperado acto de fe, para luego, en un arranque de furia y traición, amontonar maldiciones sobre los suyos por su deserción cobarde. Su figura, recortada contra el polvo de la ciudad, era el vivo retrato de la desolación de los poderosos.

Sin embargo, la atmósfera no permitía ni siquiera el desahogo de la ira. El intenso calor, cada vez más potente y letal, terminó por dominar incluso la resistencia sobrenatural de aquellos hombres. El choque de la tierra no se repitió, y poco a poco, los gritos se extinguieron.

Otra vez, el silencio se cernía por todo el lugar; un silencio pesado, caliente y preñado de una espera eléctrica. Sippara aguardaba, inmóvil, el golpe final.

El día se cerró como una mortaja de plomo, sofocante y caluroso, sin que una sola ráfaga de viento aliviara la opresión de nuestros pechos. El aire, cargado con el polvo de la ciudad caída y el vapor de los abismos, se volvió casi sólido, una barrera invisible que nos separaba de la vida que conocíamos.

Agotada por las vigilias de la noche, por el peso insoportable de las visiones y por aquel calor bochornoso que drenaba hasta la última gota de mi voluntad, sentí que mis sentidos se nublaban. Mi cuerpo, incapaz de sostener por más tiempo la tensión del juicio inminente, se rindió.

Cedí a un exceso de somnolencia que no era descanso, sino una huida necesaria de la consciencia. Busqué el olvido del sueño, deseando que, al cerrar los ojos, el rugido de la marea y los gritos de Sippara se transformaran en el silencio de una eternidad donde el miedo ya no tuviera lugar. Me hundí en la oscuridad de mi propio interior, justo cuando el mundo exterior comenzaba su descenso final hacia las aguas.

LA HORA DE DOOM

Poco después de la medianoche, un sonido agudo y desgarrador me arrancó del letargo, un grito o gemido que cruzó el valle como el lamento de una creación herida de muerte. Lo que siguió fue un silencio enfermo. El aire se volvió errático: ráfagas violentas azotaban el casco del Arca para luego morir en una calma absoluta y vacía, una quietud tan densa que el corazón parecía detenerse ante lo que estaba por venir.

Escuchaba sin aliento, sumida en una confusión disonante. Los espíritus del aire parecían haberse rebelado contra todo orden; en las alturas, la luz, el viento y la tempestad luchaban en una ronca batalla. Se oían voces de denuncia, gemidos de agonía y una vociferación enojada que estremecía el firmamento. Debajo de nosotros, un rugido hosco y lejano hacía que la tierra misma temblara, como si los cimientos del mundo se estuvieran desintegrando.

En un acto de desesperación, me cubrí la cabeza, intentando anular mis sentidos y forzar el olvido, pero fue ¡en vano! El débil brillo del amanecer comenzó a filtrarse por las rendijas, justo cuando una explosión de aire se arremolinó desde el norte con la fuerza de un mazo, haciendo gemir cada viga de nuestra estructura. Sentimos un frío helado que nos caló hasta los huesos, solo para ser devorado, un latido después, por una ráfaga ardiente que sopló desde el sur, convirtiendo nuestro aliento en puro fuego.

El aire se saturó de polvo y, por primera vez, percibí una humedad densa cargada con un olor inusual a solución salina. El mar, el gran abismo que el Profeta había anunciado, ya no estaba lejos; su aliento amargo llenaba ahora nuestros pulmones, confirmando que la marea finalmente nos había alcanzado.

¡Había llegado la hora! El velo del sueño se rasgó definitivamente, dejando paso a una terrible certeza que me golpeó con la fuerza de un rayo. La pérdida de conciencia fue reemplazada por una lucidez dolorosa; el mundo que conocíamos estaba siendo desmantelado ante nuestros ojos.

—¡Jafet! —clamé, tanteando en la oscuridad asfixiante hasta dar con su mano. Mi voz no era más que un hilo roto por el pavor—. ¡Mira afuera! ¡Es Azreel! Él y el Príncipe de la Potestad del Aire han desatado su furia; están volcando toda su rabia sobre el valle para no dejar piedra sobre piedra.

Sentí cómo la estructura de madera crujía bajo una presión invisible pero colosal. La tierra ya no vibraba, sino que se estremecía bajo la banda de rodamiento insólito del monarca de las Aguas, ese soberano implacable que reclamaba ahora sus dominios perdidos. El rugido que antes era lejano se transformó en un asalto directo; el mar, convocado por la justicia divina y ejecutada por ángeles de destrucción, golpeaba las puertas de Sippara.

Jafet me rodeó con sus brazos, pero incluso su fuerza parecía frágil frente a la magnitud del cataclismo. Fuera, el aire y el agua se habían fundido en un solo elemento de caos, y nosotros, encerrados en nuestra arca de salvación, sentíamos el primer balanceo: la tierra nos soltaba, y el abismo nos recibía.

Nos levantamos a toda prisa, con el corazón golpeando las costillas como un ave enjaulada. La familia se reunió en un instinto de protección mutua, convergiendo hacia la amplia ventana. Al acercarnos, echamos una tímida mirada hacia arriba, pero retrocedimos casi de inmediato, encogiéndonos horrorizados por la visión de aquel espantoso cielo.

No quedaba rastro del azul ni de la luz pura. En todo el horizonte, ahora distorsionado y ajeno, se había establecido una neblina espeluznante. Esta neblina arrastraba consigo una densa rejilla de vapor rojizo, que se movía con una pesadez antinatural bajo una cúpula de nubes negras. Las nubes no eran vaporosas; parecían grandes rocas rodando por el firmamento, chocando entre sí en una danza de destrucción silenciosa.

Sin embargo, lo más aterrador no era el caos visual, sino la quietud que lo acompañaba. Ningún viento agitaba las hojas de los árboles que aún quedaban en pie; ni un solo suspiro de aire movía el polvo. Un silencio doloroso y espeso llenaba la atmósfera, una calma tan tensa que hería los oídos, como si la naturaleza entera estuviera conteniendo el aliento antes de que el primer golpe del océano borrara a Sippara de la faz de la tierra.

La ciudad también despertó de su letargo de muerte. Las terrazas de Sippara, antes lugares de festín y orgullo, se llenaron de hombres que permanecían inmóviles, como estatuas de sal, contemplando el cielo ominoso que los aplastaba con su peso de bronce y ceniza.

Desde nuestra ventana, el espectáculo era desgarrador: miles de rostros se alzaban al unísono, despojados de sus títulos y su arrogancia, unidos por un terror que no conocía rangos. Aquellos que habían ignorado las advertencias del Profeta ahora escudriñaban las nubes negras, buscando en vano un rastro de luz o una señal de clemencia en el firmamento distorsionado. El silencio de la ciudad se mezclaba con el del aire, creando una atmósfera de juicio final donde el aliento de la multitud parecía detenerse ante la inminencia de lo inevitable.

El silencio que pesaba sobre Sippara se hizo añicos con un sonido líquido y voraz. De repente, el lecho del río, que había sido una cicatriz seca y polvorienta en la tierra, se llenó de un torrente impetuoso. Nadie podía descubrir de dónde procedía aquel caudal milagroso que surgía de la nada, desafiando toda lógica.

La gente, impulsada por una sed desesperada y un alivio momentáneo, corrió en masa hacia la orilla. Olvidaron el cielo de bronce y las nubes de roca; solo veían la salvación en la corriente. Ansiosos por dar la bienvenida al elemento del cual tanto tiempo habían sido privados, sumergieron sus vasos con manos temblorosas y llevaron el líquido a sus labios resecos.

Pero el alivio se transformó en un grito de consternación que recorrió la ribera como un escalofrío. El llanto estalló de nuevo, más amargo que nunca:

—¡El agua es salada! —Clamaban, escupiendo el líquido que quemaba sus gargantas—. ¿De dónde viene? ¡No hay mar cerca!

El pánico se apoderó de la multitud al comprender la espantosa verdad que el Profeta había anunciado: no era el río el que volvía a la vida, sino el océano que, tras romper sus antiguas fronteras, reclamaba el interior del continente. El mar estaba allí, en el corazón del valle, y con él llegaba la sentencia definitiva.

Tras el descubrimiento del agua salada, un momento de especulación temerosa petrificó a la multitud en las riberas del río. El silencio que siguió fue más denso que el calor mismo, una pausa eléctrica donde el aire parecía cargado de una revelación inminente.

Entonces, impulsados por un instinto común y primario, miles de cabezas se giraron al unísono. Todas las miradas, cargadas de un pavor ancestral, se dirigieron hacia el norte, el punto exacto de donde poco antes había llegado aquella explosión de frío antinatural y el estremecimiento que había hecho sollozar a la tierra.

Desde nuestra ventana en el Arca, nosotros también miramos. Más allá de las torres de Sippara, donde el horizonte solía encontrarse con las montañas, ahora solo había una oscuridad que devoraba la luz. El norte ya no era una dirección, sino el origen de una fuerza que avanzaba borrando el paisaje, una muralla de lodo y espuma sucia que prometía convertir el valle en el lecho de un océano eterno.

¡La vista de terror, ante la que incluso el corazón de un enki tiemble! Mis ojos se dilataron al presenciar lo imposible. Completamente a través de la entrada del valle, borrando el horizonte que conocíamos y llenando las cimas de las montañas, apareció un muro colosal de aguas oscuras.

Era una masa líquida, imponente y vacilante, que por un instante pareció desafiar la gravedad antes de sucumbir a su propio peso. Entonces, con un rugido que hizo que el aire mismo doliera, el muro se estrella, cae y se adelanta impulsado por un poder invisible y divino.

No era una inundación lenta; era un asalto total. El azul profundo del océano, convertido en espuma blanca y furia, devoraba los picos más altos mientras avanzaba hacia el centro de Sippara, convirtiendo el refugio de los hombres en una tumba de coral en cuestión de latidos.

Frente a nosotros se desplegó una confusión que aturdía los ojos, una avalancha colosal cargada con los restos de un mundo que ya no existía: árboles arrancados de cuajo, vigas de madera, fragmentos de edificios nobles, tierra y piedras se mezclaban en un torbellino mortal. Entre los escombros, flotaban los cuerpos mutilados de animales y extraños seres del mar arrastrados desde el abismo, pero lo más terrible de todo, meciéndose en ese movimiento incierto y macabro, eran los cadáveres horribles de hombres y mujeres que no habían tenido tiempo ni de gritar.

Más allá y por encima de ese fango de muerte, amontonados contra el cielo encapotado, vimos avanzar la verdadera furia: los mares fríos y enojados. Eran olas furiosas, monstruosas trombas que parecían garras de agua agarrando las nubes, rugiendo como si todas las cuencas del mundo se hubieran fundido en un solo frenesí de destrucción absoluta.

Con chillidos penetrantes que rasgaban el aire, la multitud en Sippara volvió a huir en un desorden ciego. Pero entonces, ¡oh, horror sobre horror!, otra inundación igual de implacable comenzó a caer sobre la ciudad desde la dirección opuesta, viniendo del sur. Los océanos de la muerte se estaban cerrando como una mandíbula de agua sobre el valle, atrapándolos en un abrazo líquido del que no había escapatoria.

Paralizados por la desesperación más profunda, los hombres se quedaron inmóviles por un latido eterno, viendo cómo sus horizontes desaparecían, hasta que un solo grito desesperado surgió de miles de gargantas:

—¡Para las montañas! ¡A las montañas!

El pánico absoluto borró toda distinción de rango o fuerza. Hasta las rocas más escarpadas corrieron en un tropel desesperado: hombres de hombros anchos, mujeres delicadas cuyos vestidos se desgarraban entre las piedras, y niños con la inocencia frustrada condenados a un terror que ya era su único hogar. Todos eran presas de un miedo animal ante la muerte inminente que rugía a sus espaldas.

A medida que la masa humana se acercaba locamente a las laderas, el caos se volvió mortal. En su afán por alcanzar las alturas, muchos perdieron el equilibrio o fueron empujados por la marea de gente; se desvanecieron sobre las rocas y caían gritando al vació, donde las aguas hambrientas los esperaban con las fauces abiertas.

Desde el Arca, el eco de sus gritos se mezclaba con el fragor del océano, mientras veíamos cómo la esperanza de las montañas se convertía en una trampa de piedra.

¡Qué extraño y aterrador es el poder de la mente humana! En medio de la irrealidad salvaje de esa escena tremenda, mi vista se clavó en detalles que parecían grabados por un pincel de fuego. Como en un cuadro enmarcado por los accesorios más terribles del juicio, mis ojos reconocieron entre la multitud a rostros que antes habitaban los pasillos del poder: asistentes del palacio y nobles de la casa real, ahora reducidos a simples sombras fugitivas.

Pero un grupo se grabó en mi alma con la violencia de un rayo. Vi a una hermosa mujer, una reina cuyo cabello ondeaba al viento como un estandarte de derrota. Con una desesperación desgarradora, apretaba contra su pecho de nieve a un bebé que buscaba en vano el sustento de la vida, mientras con la otra mano arrastraba a un niño de rasgos fuertes y miembros poderosos, el rastro genético de su unión con un padre celestial.

Su voz, una nota de agonía pura, logró rasgar el rugido de la tormenta y llegar hasta mis oídos:

—¡Sálvanos, Obora! ¡Sálvanos! —gritaba, implorando a un protector que ya no estaba, o a un dios sordo a su dolor.

En ese instante, comprendí que ni la belleza, ni la estirpe, ni la sangre de los poderosos servían de escudo ante la marea. Bajo nuestros pies, el Arca comenzó a gemir, preparándose para alzarse por encima de aquel valle de llanto y despedida.

Aquel clamor se perdía en el vacío, pues lejos del alcance de cualquier voz humana, en las cadenas y las tinieblas profundas de la sima, se encontraba Obora. El poderoso protector, aquel ser celestial que encarnaba su última esperanza, se encontraba él mismo cautivo; despojado de su gloria, aguardaba en el silencio de las prisiones eternas el último gran día del juicio.

La reina gritaba a un vacío que no podía responder. Mientras ella luchaba contra la marea ascendente, su auxilio permanecía encadenado por el decreto de Eloah, compartiendo el destino de rebelión que ahora sumergía al mundo.

Sentí un escalofrío al comprender la magnitud de la tragedia: los dioses en los que ellos confiaban eran ahora prisioneros, y los hijos de esa unión prohibida —como el niño de extremidades recias que ella arrastraba— no eran más que briznas de paja ante el hálito del Altísimo. La jerarquía de la tierra se había invertido; los soberanos eran mendigos de vida, y el Arca, nuestra humilde morada de troncos sellados con el abrazo oscuro del alquitrán, era el único trono que permanecía firme.

En un instante, todo nuestro sentido fue absorbido por el peligro absoluto que nos acechaba. Las inundaciones del norte y del sur corrieron juntas, colisionando con una fuerza que hizo que el cielo y el océano se mezclaran en un solo abismo gris. Los vapores que se retorcían fueron arrancados por una fuerza poderosa, mientras las ventanas de los cielos se abrían de par en par, descargando una inundación desde las nubes que engrosó las aguas salvajes que ya rugían a través del valle.

Fuertes descargas eléctricas comenzaron a dividir la bóveda pesada, iluminando por instantes el caos con una luz lívida y espectral. El aire se transformó en un tornado devastador; el viento aullaba y chillaba como una bestia furiosa, retorciendo y desgarrando todo a su paso como si una mano invisible estuviera desmantelando la creación misma.

Un estruendo nuevo se sumó a la tormenta: el lamento de la creación alada. Miles de aves y murciélagos se estrellaban contra la oscuridad, sus siluetas recortadas por los rayos antes de ser engullidas por la marea. El aire estaba saturado de plumas, chillidos y aleteos agonizantes que morían al tocar la superficie. La creación entera, desde su cima hasta sus cimientos, estaba siendo arrastrada hacia el epicentro de un hambre insaciable.

Entonces, un horror que desafía la razón nos cercó: un terremoto de una violencia terrible sacudió el valle de Sippara hasta sus raíces. En un solo latido, el suelo se expandió como una llanura rota y herida, catapultando los restos de nuestra civilización hacia las nubes, para luego desplomarse en un abismo tan insondable que las cimas de las montañas parecieron combarse sobre nosotros. Sentimos que las cumbres se inclinaban, a punto de cerrarse como una mandíbula de piedra para aplastarnos en su caída.

Las poderosas olas, en una sucesión frenética, rugieron por encima de las colinas más altas, sepultándolas antes de que todo se sumergiera en un pozo de negrura absoluta. Fue entonces cuando presenciamos el antagonismo feroz del fuego y la inundación: las costillas de la tierra se rompieron y su corteza se partió de par en par, eructando los fuegos subterráneos que habían permanecido cautivos desde el principio de los tiempos.

Una erupción terrible de agua siseando al contacto con la roca fundida creó una muralla de vapor hirviente que se cerró sobre nosotros. En ese choque titánico entre el magma y el océano, el caos y la oscuridad se volvieron soberanos, y el Arca, nuestra pequeña brizna de madera, fue engullida por el torbellino del diluvio.

La avalancha se abalanzó sobre nosotros en un suspiro, un muro de fuerza bruta que comprimió el aire hasta dejarnos sin aliento. En un instante, el mundo exterior desapareció bajo el peso del océano y, por encima del aullido de la tormenta, emergió un sonido nuevo y devastador: el terremoto de aguas rugiendo y bramando al encontrarse. El choque se escuchó horrible, un estruendo de mundos colisionando que pareció partir el tiempo a la mitad.

Nuestra embarcación, aquel refugio que hasta entonces se sentía sólido, se tambaleó violentamente. Sentimos cómo se agitaba, inclinándose hacia el abismo, mientras cada viga de madera crujía bajo una presión sobrehumana. En medio de aquella vorágine de ebullición, donde el fuego del centro de la tierra luchaba contra el frío de los mares, el Arca no era más que una hoja seca atrapada en una tempestad cósmica.

Perdimos toda noción de arriba y abajo. El Arca fue succionada hacia las profundidades por un remolino gigante, solo para ser expulsada hacia arriba por la fuerza de los vapores subterráneos. Estábamos a merced de un caos que no conocía la piedad, navegando sobre el funeral de una civilización.

El mundo se convirtió en un remolino repugnante, una espiral de caos donde el cielo y el abismo se devoraban mutuamente. Sentí cómo la fuerza centrífuga de la inundación sacudía mi existencia hasta la raíz; mareada y aturdida, mis piernas cedieron y caí postrada sobre las maderas que crujían como huesos rompiéndose.

El color abandonó mi cara y la corriente cálida de la vida pareció congelarse en mis venas bajo el impacto del terror puro. Sentí que el corazón dejaba de latir, suspendido en un vacío donde el tiempo ya no existía. En ese instante de oscuridad absoluta, me supe dentro de las fauces de la muerte, arrastrada sin remedio hacia el abismo Duyhak. ¡Perdida! ¡Pérdida, oh, Eloah!

Bajo el asedio de la tormenta, el fin parecía un hecho consumado. No obstante, aquí sigo: la mano tiembla, pero la pluma avanza tenaz sobre la tela. ¿Cómo pude sobrevivir a ese naufragio de la creación? ¿Cómo pude vivir para escribir estas palabras, cuando el aliento mismo me fue arrebatado por la furia de las aguas? Solo la mano invisible de Aquel que cerró la puerta pudo haberme sostenido cuando la vida misma se apagaba.

En ese instante de ira divina más extrema, cuando el universo mismo parecía desmoronarse, el Profeta alzó su voz por encima del estruendo y, con un grito poderoso, pronunció un Nombre que hizo vibrar las cuadernas del Arca y el alma de la creación.

De inmediato, una luz cegadora deslumbró nuestros ojos, barriendo la negrura con un resplandor insoportable. Vimos una sombra negra que pasaba veloz, como un ala inmensa que cortara el caos, y por un latido eterno se hizo un silencio más terrible que la propia furia de los elementos. El tiempo se detuvo; el viento enmudeció y el océano contuvo su rugido ante la autoridad de aquella palabra.

Sin embargo, en cuanto la reverberación hueca de la voz se apagó, la realidad regresó con un golpe brutal. El arca realizó una sacudida tremenda y, por un momento que pareció siglos, se sumergió por completo bajo el agua. Sentimos cómo temblaba en todas sus articulaciones, gimiendo bajo el peso del océano, hasta que, con un esfuerzo sobrenatural, se enderezó de nuevo.

Estrellándose a través de un millar de restos de naufragios —maderas, cuerpos y fragmentos de un mundo que ya no existía—, nuestra nave emergió de las profundidades y llegó sana y salva a la superficie. Flotábamos. El valle de Sippara había desaparecido, y nosotros, por la fuerza de aquel Nombre, éramos los únicos supervivientes en un horizonte líquido, donde el cielo y el agua eran uno solo.

El estruendo del agua sumergiendo el casco fue sustituido por un balanceo rítmico, casi maternal, que nos devolvió el aliento. El Profeta, cuya figura se recortaba contra la luz mortecina que se filtraba por las rendijas, alzó sus manos hacia el techo de madera, su rostro bañado en una gratitud que trascendía el terror.

—¡Alabado sea Eloah! —Exclamó con una voz que, aunque quebrada por la fatiga, resonó con la autoridad de la victoria—. ¡Estamos a flote!

Aquellas palabras fueron el primer puente entre la muerte que acabábamos de rozar y la vida que se nos concedía. Jafet me estrechó contra su pecho, y sentí el latido de su corazón fundiéndose con el mío. Entonces, con los labios pálidos y el alma aún trémula por el zarpazo de la muerte, nosotros hicimos eco de su oración, un susurro que se elevó sobre el murmullo de la lluvia infinita:

—¡Alabado sea Eloah!

Fuera, el mundo de los hombres había sido borrado, pero dentro de nuestro santuario de madera, el milagro de la existencia continuaba, navegando sobre el silencio de un océano sin orillas.

PELIGRO Y OSCURIDAD

El breve alivio de sentirnos a flote resultó ser un espejismo fugaz; la cruda realidad nos alcanzó pronto: la oscuridad y el peligro seguían acechándonos, estrechando su cerco sobre nosotros. Los torrentes de la destrucción, lejos de aplacarse, continuaban librando una batalla ciega y violenta por el dominio absoluto. Por momentos, una corriente colosal surgida del norte se imponía, arrastrándonos con una fuerza aterradora hacia el lugar donde antaño se alzaban las orgullosas torres de la ciudad; pero la tregua era inexistente, pues apenas un instante después, la implacable onda del sur nos reclamaba, devolviéndonos a la deriva a lo largo de toda la extensión del valle.

Estamos atrapados en un choque de titanes líquidos. Enredada entre los restos que cubren la oleada poderosa —vigas astilladas, jirones de lo que fue Sippara y el eco de los ausentes—, en ese caos, el Arca gimió; no fue un crujido, sino un lamento visceral, tan humano, que nos heló la sangre. Pudimos sentir cada embate del oleaje vibrando en nuestras entrañas mientras el casco resistía el asalto; éramos una brizna a la deriva, errando sin más brújula que la furia del agua.

Sentimos cada sacudida y cada conmoción vibrando bajo el casco, como si el Arca misma compartiera nuestra agonía. Somos arrastrados sin remedio, golpeando contra las aristas invisibles de rocas sumergidas y las copas de los árboles que, en un último aliento, luchan por romper la superficie. Bajo nosotros, los techos de los edificios se han convertido en tumbas de piedra que intentan reclamarnos. Somos, en definitiva, un juguete en manos de una marea que no conoce el descanso; navegamos sobre las ruinas de un mundo que, en su agonía, se niega a dejarnos partir.

Nuestra nave, sin embargo, no era fruto del ingenio humano ni de la soberbia de los constructores de Sippara; había sido diseñada por un Arquitecto Divino. Aquel que trazó sus planos con mano eterna conocía de antemano lo que sería necesario resistir en esta hora de peligro sin precedentes. Por eso, aunque la madera gemía y el mundo debajo de nosotros se desmoronaba, el Arca no cedía. Cada tronco, sellado por el alquitrán, había sido dispuesto para soportar no solo el peso del agua, sino el peso del juicio mismo; una fortaleza de fe flotando sobre los escombros de la creación.

Nuestra corteza incómoda, de apariencia tosca y pesada, demostró una voluntad de hierro al enfrentarse a un mar hirviente que devoraba todo a su paso. Allí donde las más imponentes galeras de los enkis —aquellos barcos orgullosos, adornados con oro y maderas preciosas para mayor gloria de sus señores— se han deshecho en mil astillas como si fueran de frágil cristal, el Arca resistía. No necesitaba la belleza superficial de la joyería; su verdadera armadura era la precisión sagrada de su diseño, una fortaleza que convertía la tosquedad en invulnerabilidad mientras el lujo de la antigua civilización era triturado por el abismo.

Sentíamos los embates, sí, y el crujir de las cuadernas nos recordaba nuestra fragilidad humana, pero la estructura permanecía íntegra, impasible ante el caos. Éramos un latido de vida suspendido sobre un cementerio infinito, sostenidos por una geometría sagrada que desafiaba la lógica de las corrientes y la furia del abismo. El Arca no solo flotaba; prevalecía como el único puente entre un mundo que acababa de morir y una promesa que aún no alcanzábamos a vislumbrar.

Después de lo que parecieron horas o días —pues en aquel vórtice el tiempo había perdido su medida—, la agitación convulsiva de las aguas comenzó finalmente a ceder. Aunque el mar seguía terriblemente agitado y las olas aún embestían con fuerza contra las laderas de las montañas sumergidas, algo en el aire había cambiado: por primera vez en una eternidad, respirábamos con más libertad.

Bajo un andar que no perturbaba el aire, el Profeta avanzaba entre los animales asustados. Criaturas que en otro tiempo habrían sido enemigos naturales compartían ahora un silencio sepulcral, unidas por el mismo terror sagrado. No se oía rugido ni trino alguno; solo el susurro rítmico de su voz mientras los reconfortaba y, de vez en cuando, algún gemido de dolor de aquellos que habían sido golpeados por el vaivén del casco. Bajo su cuidado, la nave dejó de ser una prisión para convertirse en un santuario de paz en medio del desastre.

Al fin, me armé de valor y me acerqué a la ventana. ¡Oh, la visión de aquella oscuridad absoluta! Los cielos eran la negrura misma, un sudario de nubes pesadas que se desplazaban con lentitud sobre un firmamento muerto. ¿Era de día o de noche? No podíamos saberlo, pero el mundo tal como lo conocíamos estaba llegando a su fin.

Tanto el sol como la luna parecían haberse ahogado en una niebla negra y acuosa; su luz, ahora una claridad enfermiza y pálida, reveló con demasiada crueldad el horror que nos rodeaba. Estábamos a la deriva cerca de una montaña de perfiles desconocidos, cuya escarpada cima estaba cubierta de seres vivos en una actitud de pura desesperación.

Allí no había ni mujeres ni niños; su naturaleza, más expuesta, los había entregado prematuramente a la voracidad del vacío. Pero los hombres y los enkidus, junto a animales, pájaros y serpientes, se agrupaban en una confusión indistinguible, unidos por el mismo destino. Algunos permanecían sentados en una apatía pétrea, inmóviles, con sus rostros vueltos hacia el cielo como si ya descansaran en un féretro. Otros, con gritos frenéticos y los brazos extendidos, imploraban violentamente nuestra ayuda. Hubo incluso quienes, presa de una risa alocada y rota, saltaron al agua en un intento desesperado por alcanzar nuestra Arca.

Sus sofocantes gritos de terror ante el ahogamiento masivo, mezclados con el aullido de las fieras, fueron acallados en un instante sórdido. Como un astro que lucha por arrojar sus últimos rayos sobre un paisaje melancólico, todos se hundieron por debajo del horizonte, y la repentina oscuridad se lo tragó todo.

La visión fue un golpe demasiado espantoso para mi susceptibilidad; mis fuerzas me abandonaron y caí al suelo, quedando casi tan inerte como los cuerpos que flotaban sobre las olas que nos rodeaban. La razón, incapaz de digerir tanto horror, se refugio en la inconsciencia, mientras el Arca seguía su curso impasible sobre aquel manto de muerte.

Cuando la lucidez regresó a mí entre los brazos de Jafet, lo hizo justo cuando el cielo decidía quebrarse. La tormenta se alzaba con violencia; la existencia misma se estremecía bajo el estallido constante de los truenos, mientras destellos de relámpagos incesantes desgarraban la negrura, iluminando el horizonte con una luz espectral y violenta.

La lluvia ya no caía; se desplomaba en cortina tan densas que borraban cualquier rastro de esperanza. A través del rugido del viento, podíamos oír el clamor de las corrientes crecidas despeñándose con estruendo sobre las laderas de las montañas; un sonido sordo y voraz que anunciaba que el abismo aún no estaba satisfecho.

—¡Eloah! —mi voz se perdió en un sollozo—. Ten piedad de estas criaturas expuestas a la cólera del cielo. Atiende sus lamentos y abrevia su pasaje por esta hora de juicio; no dejes que el castigo se ensañe con su fragilidad.

El estrépito de la tormenta ahogaba mi voz, pero mi alma seguía suplicando por aquellos que, fuera de estos muros de madera, enfrentaban la justicia del Altísimo. Era un ruego nacido del espanto, una última petición de gracia mientras el mundo antiguo terminaba de ser devorado por el vacío insaciable.

Una vez más, la débil luz del día se filtró solo para hacer la oscuridad visible; una penumbra que no traía alivio, sino que acentuaba el vacío del horizonte. Y de nuevo, en medio de la tempestad implacable, de la lluvia que no cesaba y de las sombras sombrías que parecían cobrar vida propia, la oscuridad más espesa volvió a cerrarse sobre nosotros, como si el universo mismo se estuviera extinguiendo.

No nos atrevíamos a encender lámparas ni fuego; permanecíamos en una penumbra gélida, con los cuerpos agotados por el ayuno prolongado y la falta de sueño. Cada fibra de nuestro ser dolía tras el esfuerzo continuo por no ser aplastados contra las paredes del Arca, que se lanzaba y rodaba violentamente sobre las olas. El estruendo exterior era tal que apenas podíamos oír nuestras propias voces, que sonaban como susurros lejanos en un torbellino.

Nuestras caras, demacradas por la tensión insoportable, eran el espejo de un espíritu quebrado; con las fuerzas casi extinguidas, nos habíamos resignado finalmente a morir. Fue entonces, en medio de ese silencio de los vencidos, cuando la voz del Profeta se alzó cortando el rugido del abismo que golpeaba contra el casco.

—El Shadday —¡bendito sea Su Nombre!— nos ha preservado de las inundaciones rapaces cuando estábamos totalmente impotentes —sentenció el Profeta con una autoridad que cortó el aire—. Pero Él no hace por el hombre lo que el hombre debe hacer por sí mismo. ¡Si perecemos por falta de alimento y de sueño, nosotros seremos los responsables!

Con manos trémulas, pero sometidas a su voluntad, obedecimos. —Bendigan y agradezcan—, ordenó. Al sostener aquellos frutos secos y dulces, el pulso de la vida pareció retornar a nuestros dedos. Entonces, con una serenidad que insultaba a la tormenta, nos ofreció un brebaje oscuro.

—Beban ahora esté preparado de las hojas de Re-hui, pa-chest-el, que preparé hace tiempo para esta hora decisiva. Les traerá un sueño prolongado y profundo; después de muchas horas, se despertarán descansados y con el espíritu renovado para lo que está por venir.

Tras el sabor dulce de los frutos y el amargor de la planta sagrada, el caos del mundo exterior comenzó a desdibujarse. Comimos el pan con la reverencia de quien recibe un milagro y bebimos la medicina del Profeta; luego, cada uno buscó refugio en su cama segura, dejando que el Arca cargara con el peso de la tempestad por nosotros.

Un calor sedante recorrió mis venas, apagando el eco de los gritos y el estruendo de las olas. Me quedé profundamente dormida, sumergida en un sueño placentero y ajeno al juicio, como si la mano de El Shadday hubiera descendido para cerrar mis párpados y concederme la paz que el mundo, allá afuera, ya no poseía.

A LA DERIVA

¿Cuánto tiempo estuvimos sumergidos en aquel letargo? Es incierto; el tiempo se había disuelto en la penumbra del Arca. Solo a intervalos, una conciencia vaga y neblinosa me devolvía a la realidad: sentía el impacto seco de las olas rompientes golpeando nuestro refugio, como puños de un gigante que se negaba a rendirse.

Sin embargo, el escenario había cambiado. Los truenos y relámpagos, que antes desgarraban el alma, finalmente habían cesado, dejando tras de sí un vacío eléctrico. Pero el silencio no era absoluto: el viento seguía aullando en las alturas del cielo, una elegía persistente que no encontraba descanso, y la lluvia continuaba cayendo con una furia implacable. Era una cortina densa, un muro líquido que chocaba entre el Arca y el mar, borrando cualquier horizonte y manteniéndonos cautivos en un mundo gris donde el arriba y el abajo eran una misma sustancia.

El hambre, esa vieja centinela de la vida, fue lo que al fin nos despertó del letargo. Al abrir los ojos, el mundo se sentía distinto: el agua, antes una bestia rugiente, se encontraba ahora tranquila, como si el mar hubiera agotado su furia y se limitara a sostenernos en un silencio expectante.

Aprovechando esta tregua, nos pusimos manos a la obra con el fervor de quien recupera su propósito. Hemos construido un lugar seguro para hacer fuego, y el resplandor de las llamas —pequeño pero indomable— trajo consigo un consuelo que no habíamos sentido en eones. Allí, mientras preparábamos los primeros alimentos calientes, pusimos a secar nuestras vestimentas, sucias y empapadas por el asalto del diluvio. Ver el vapor elevarse de las telas lavadas y sentir el aroma del pan cocinándose fue nuestro primer triunfo sobre la muerte; una pequeña civilización renaciendo en el vientre de madera del Arca.

Una vez más me siento capaz de sostener la pluma y volcar mi alma en este diario. Sin embargo, no puedo registrar fecha alguna; la noción de los días se ha desvanecido en una bruma eterna. El sol, la luna y las estrellas —aquellos guías ancestrales— no han aparecido durante lo que parecen siglos de oscuridad, y la clepsidra, nuestra última conexión con el ritmo del mundo, se rompió en aquel terrible impacto cuando los mares se enlazaron con los cielos.

Escribo a ciegas, en un tiempo sin horas, donde solo el latido de mi propio pecho y el suave balanceo del Arca me recuerdan que todavía pertenezco al reino de los vivos. Somos náufragos de la eternidad, esperando que la luz decida, finalmente, reclamar su lugar sobre el abismo.

LA CORONA DE ANÚ

La lluvia todavía se derrama a raudales desde un cielo plomizo que parece no tener fin; una bruma espesa y hostil envuelve un horizonte que es la negrura misma. Para disipar la melancolía que se ha ido enraizando en nuestros corazones como una hiedra sombría, ayer buscamos refugio en el apartamento de la madre. Allí, al calor de nuestra pequeña comunidad, rescaté de entre los tesoros del Arca los antiguos escritos de Aleemón.

Leí para todos la historia de otros tiempos: el amor de Elbenat, un Espíritu de las estrellas, por Carmalah, la princesa del Reino de Nouphta. Todos quedamos profundamente conmovidos por las tribulaciones que sufrieron y por la virtud inquebrantable de la princesa, una fuerza que no flaqueó ni siquiera en la hora de su liberación. Hubo un silencio denso y triste cuando las palabras describieron cómo la puerta se cerraba tras la muerte de la princesa virginal, dejando a Elbenat en la soledad eterna, incapaz de volver a verla. En ese momento, nuestras propias penas parecieron encontrar un eco en los mitos de antaño.

Esta historia fue un regalo de mi padre cuando yo apenas era una niña. A menudo solía retirarme a la espesura de la arboleda, para perderme en su relato, soñando despierta e impresionada por la fortuna de Carmalah. ¡Qué misterioso y lejano me parecía entonces el amor de un Espíritu Estrella por una simple doncella mortal! Mientras mis dedos recorrían el lino gastado, aquel romance me resultaba un enigma.

Y ahora, en medio de este naufragio del mundo, aquel misterio está totalmente resuelto. He comprendido que el amor que desafía las leyes del cielo y la tierra no es una fábula, sino la única fuerza que nos mantiene íntegros cuando todo lo demás se desvanece. En la mirada de los que amo, aquí en el Arca, reconozco la misma luz que Elbenat buscaba en su princesa: una chispa de eternidad que ni siquiera el océano entero podrá apagar.

La tristeza que habita en mi corazón es ahora mayor que el estruendo de la tormenta. Temiendo que alguna palabra errante o una mirada quebrada pudieran traicionarme ante los demás, revelando la profundidad de mi desolación, decidí retirarme a la soledad de mi aposento. Aquí, entre los muros de madera que nos separan de las fauces del océano, el silencio es mi único confidente; un refugio donde puedo llorar por el mundo que dejé atrás sin debilitar la esperanza de quienes aún dependen de mi fortaleza.

Me hundí una vez más en las memorias de mi vida pasada, extendiendo ante mí los pocos vestigios que el destino me permitió rescatar. Acaricié los rollos de Aleemón, portadores de una sabiduría que ahora parecía el eco de una civilización devorada por las aguas. Mis dedos recorrieron con nostalgia el mantón y la bata tejida a mano por Lebuda; cada puntada era un recuerdo, un rastro de calor en medio de este frío húmedo que nos envuelve.

«No faltaban los raros utensilios que Gurah me regaló antes de partir de este mundo; objetos cotidianos que ayer carecían de peso y hoy son reliquias sagradas. Al tocarlos, el Arca se desvaneció: ya no me rodeaban maderas crujientes ni una lluvia implacable, sino los rostros y las voces de quienes me amaron. Estos tesoros no son solo materia; son el último hilo de plata que me une a la tierra que el océano se ha tragado.

¿Dónde habitan ahora los difuntos? Sus cuerpos, despojados de aliento y gloria, yacen bajo el peso implacable de las olas, fundiéndose con el sedimento de un mundo extinto. ¿Pero qué hay de su esencia? ¿Pueden sus espíritus hallar descanso en algún reino de luz ya olvidado, o vagan perdidos en las corrientes del vacío? Y Anú... ¿acaso observa desde su trono de cristal este cementerio líquido?

Mis ojos se posaron en el cofre, regalo del Anú, que la pobre Nilsun en su último servicio había traído desde palacio. Nunca se había abierto; ahora pude mirar su contenido. Con dedos trémulos liberé el resorte; al ceder, me embriagué con su esencia y un resplandor etéreo acarició la lámina de marfil que custodiaba este mensaje:

Acompáñame en cada suspiro, Ehola; seamos un solo aliento.

Bebe conmigo el elixir de este delirio sagrado.

Ámame y la felicidad será eterna, forjada en una pasión pura.

Reina a mi lado, dulce alma, sin vacilar;

mi gloria te corona, imán de mi propia estrella.

Al levantar la lámina, descubrí sobre un cojín de seda una diadema de una belleza casi irreal. Era una corona de lirios de plata, labrada con tal delicadeza que parecía cubierta por una escarcha de nieve perpetua. De sus finos filamentos pendían perlas que temblaban al menor movimiento, y en el corazón de cada flor, un ópalo palpitaba con un brillo de fuego contenido.

—¡Ah, Anú! —exclamé en un susurro, mientras las lágrimas empañaban mi visión ante aquella joya exquisita.

De pronto, el eco de unos pasos rompió el silencio: mi esposo regresaba. Me dolía la idea de que me encontrara vulnerable, con el rostro empapado ante un recuerdo que no le pertenecía. Pero al entrar, él solo observó mi rastro de lágrimas con una ternura melancólica. Su mirada descendió hacia el destello del cobre y supe que lo había comprendido todo. Sin pedir explicaciones, tomó la reluciente corona de su lecho de seda y, con un gesto solemne, la ciño sobre mis sienes.

—Ehola, mi reina —murmuró, mientras el peso de la plata y el fuego de los ópalos coronaban mi vacilación con una certeza inesperada. Lo miré a través del verlo de mis últimas lágrimas, sintiendo como el pasado se desaparecía ante la fuerza de su gesto.

—Querido Jafet, con qué delicadeza me recuerdas que mi destino está atado al tuyo —exclamé, con la voz quebrada por la entrega. Mis palabras se desvanecieron en el aire, sellando un destino que nos entrelazaba más allá del caos que devoraba el mundo exterior. Bajo el peso de la plata y el fuego de los ópalos, supe que mi lugar estaba a su lado, sin importar qué tierras o tormentas tuviéramos que desafiar.

Tras un breve silencio, cargado de una reflexión que parecía pesar más que la propia corona, mi marido volvió a hablar. Sus ojos buscaron los míos con una curiosidad suave pero profunda:

—Amor mío —dijo con voz pausada—, tu vida antes de aquella bendita hora en que nuestros caminos se cruzaron es, todavía hoy, un misterio para mí.

El aire pareció detenerse entre los dos. Aquella invitación a compartir mi pasado pendía en el espacio, aguardando a ser revelada bajo la luz de los ópalos.

Supe que su curiosidad no era mera indiscreción, sino un anhelo de verdad. Superando mis temores, empecé a desgranar los hilos de mi insólita historia; él bebió cada palabra con asombro, cautivo de la trama de mi vida. Al concluir, el silencio se llenó de una ternura infinita; me estrechó contra su pecho, cobijando en ese gesto el peso de mí relato.

Como respuesta a mi confianza, él abrió las puertas de su propio pasado. Me confió crónicas asombrosas de una vida que yo apenas intuía, deteniéndose especialmente en un episodio que me dejó sin aliento: aquella vez que, perdido en los laberintos de las montañas encantadas, estuvo a punto de ser devorado por la magia de las cumbres.

LA AVENTURA DE JAFET

—Tú bien lo sabes, mi querida Ehola —afirmó Jafet con voz sombría—. Nuestro padre, el Profeta, nos instruyó en todo aquello que forja el carácter y encamina hacia una vida virtuosa. Sin embargo, al rozar la madurez, un pavor gélido echó raíces en mi pecho; temía que, a pesar de sus enseñanzas, terminaría cediendo ante las tentaciones que nos rodeaban, perdiéndome para siempre.

Tras una exhortación que dejó el aire cargado de gravedad, el Profeta fijó su mirada en nosotros y concluyó con una confesión que hizo vibrar el silencio:

—Hijos míos, escuchad bien. En el corazón de una cámara sellada existe un templo cuyas puertas guardan un cristal; un misterio que nuestra estirpe ha custodiado por generaciones. Los descendientes de Adam, siguiendo instrucciones divinas, lo sepultaron en las profundidades de la tierra junto a un mástil de gemas heteróclito, diseñado con la extraña facultad de concentrar los rayos eléctricos del cielo.

Hizo una pausa, dejando que el eco de sus palabras se asentara antes de continuar:

—En esa joya, sobre un zafiro de transparencia y tamaño sobrenaturales, fue tallado el Nombre de aquel que, con su muerte, traerá la redención al hombre y vencerá finalmente al guardián del Árbol de la Vida. Este poder debía pasar a Seth en el día de mi partida, como se transmite de padres a hijos en la hora de la disolución. Pero los tiempos han oscurecido. El Shadday me ha advertido del peligro inminente y me ordenó revelaros este secreto para vuestra preservación.

El rostro de mi padre parecía iluminado por una luz interna mientras pronunciaba la advertencia final:

—El orden de este mundo está por romperse. El tesoro del templo de cristal desaparecerá de nuestra vista; se ocultará a los ojos de los hombres hasta que, en épocas distantes, surja como una estrella y se convierta en el faro del mundo. Hoy os desvelo el Misterio de los Misterios, aquel que prohíbe hablar bajo pena de muerte. El Nombre que allí reside es un poder sobrehumano que controla a la propia Muerte. Jamás debe ser pronunciado, salvo en el peligro más extremo. Y recordad esto, hijos míos: si en el corazón de quien lo invoca o en el alma de quien lo escucha se esconde un pecado sin perdón, la destrucción será tan rápida como inevitable.

Mientras escuchaba el relato, mi mente retrocedió hacia las sombras del pasado, rescatando del olvido aquellas palabras crípticas que Anú recibió en la sala del consejo: “Dos comandos Onda, y dos Okba; no hay temor en invocar al poderoso Elkolah, ni al Dos sin Nombre, ni al Uno”. El rompecabezas finalmente encajaba con una claridad aterradora. Ahora comprendía que Ufi había tejido una red de engaños y traición, manipulando fuerzas que apenas comprendía con la única esperanza de acabar con Anú.

Jafet prosiguió su relato, y su voz parecía transportarme de nuevo a aquel recinto sagrado:

—La cámara estaba envuelta en brocados de oro, y el aire, denso y pesado, exhalaba el llanto de las resinas aromáticas. Allí, donde la luz del sol jamás se atrevió a penetrar, nos despojamos de nuestras sandalias y lavamos nuestros pies, cubriendo nuestros rostros ante la inminencia de lo sagrado. Del Templo de Zafiro emanaba una luminiscencia pálida, una claridad que no pertenecía a este mundo.

Tras un tiempo de postración absoluta, nuestro padre se puso en pie y, en un silencio que pesaba como el destino, abrió las puertas. Fue solo un instante. Las puertas se cerraron de nuevo por su propio impulso, pero en ese breve parpadeo, la Palabra Inefable quedó grabada en mi corazón y en mi cerebro con letras de fuego.

En este punto, la voz de Jafet se quebró hasta quedar reducida a un susurro. Su mirada se perdió en los rincones de la estancia, ajena a todo lo que no fuera aquel recuerdo.

—Pero no era un fuego que devora o causa dolor —añadió tras un largo silencio—. Era una llama que vivifica, que calienta el alma e ilumina el entendimiento. Una bendición pura que todavía arde en mi interior.

Lo observaba en silencio, sabiendo que, aunque Jafet estaba a conmigo en la estancia, una parte de él seguía habitando aquel instante eterno frente a las puertas.

Jafet tomó mis manos entre las suyas, apretándolas con una urgencia silenciosa. Buscó mi mirada, como si en mis ojos residiera la fuerza necesaria para revivir lo que vendría a continuación:

—Puedes imaginar, querida Ehola, la huella indeleble que aquello dejó en mi mente joven —dijo, y su voz recuperó una firmeza solemne—. Desde ese instante, cada uno de mis actos se convirtió en una batalla por la pureza. Me esforzaba por mantenerme limpio de toda mancha, por no quebrar mi propia integridad; sabía que solo la rectitud absoluta me haría digno de custodiar esa Palabra, un poder tan terrible como sagrado.

Su expresión cambió, volviéndose más intensa, como si el viento del desierto le trajera de golpe el eco sus vivencias pasadas.

—Pero escucha ahora lo que sucedió después. A nadie, ni siquiera a mis hermanos, he confiado el relato de mi extraña aventura en las Montañas Encantadas. Fue allí donde el conocimiento del Templo de Cristal fue puesto a prueba frente a lo desconocido.

—Sucedió en un día que parecía no diferenciarse de los demás —relató Jafet, con la mirada fija en las maderas crujientes del Arca—. Salí solo, guiando a un mulo por los senderos de la ladera; mi tarea era sencilla pero vital: traer a casa madera de cedro, cuya resistencia y aroma eran los únicos adecuados para el acabado final de nuestra embarcación.

A medida que nos alejábamos del campamento, el silencio del bosque se volvía más profundo, casi reverente. El animal caminaba con paso firme, ignorante de que esa tarde el camino no nos llevaría solo al bosque, sino hacia los límites de lo que un hombre puede comprender. Yo buscaba la madera más noble, pero lo que las montañas tenían preparado para mí no eran troncos ni resinas, sino una prueba de fuego para mi ser.

—Me interné tanto en la espesura, absorto en mi tarea, que perdí la noción de la distancia —continuó Jafet, y un escalofrío recorrió sus hombros—. Solo cuando hube reunido la madera suficiente, intenté virar la cabeza del mulo hacia el hogar. Pero el animal se plantó, resistiéndose a la rienda con una fuerza sobrenatural. Un miedo gélido me atenazó las entrañas.

Fue entonces cuando alcé la vista y lo comprendí: estábamos al pie de una montaña que jamás había visto. A mi alrededor, la naturaleza se retorcía en formas fantasmales. Los ramilletes de flores colgaban de los árboles como brazos pálidos que intentaban alcanzarme; las vides se arrastraban por el suelo como redes vivas diseñadas para atrapar los pies del viajero, y desde cada saliente rocoso emanaba un fuego fosforescente que teñía la penumbra de un verde enfermizo.

El ocaso reclamaba los últimos rastros del día. Mientras forcejeaba por aplacar los rebuznos aterrorizados de mi bestia, el sonido de unas risas juveniles cortó el aire. De la pendiente bajaron dos muchachas de belleza inquietante, cargadas de flores silvestres. Al verme, el asombro las detuvo en seco; una de ellas perdió pie sobre una piedra suelta y se desplomó con violencia, quedando inerte entre las rocas.

Su compañera, con el rostro desencajado, corrió hacia mí extendiendo las manos en un gesto suplicante: —¡Socorro! —gritó, con la voz rota por la desesperación—. ¡Ayuda, amable desconocido! ¡Gukolta se muere!

—Impulsado por el instinto de humanidad que habita en todo hombre, salté hacia delante sin dudarlo y la levanté del suelo —continuó Jafet, y su voz adquirió un matiz de turbación—. Pero, ¿a dónde podía llevarla en aquel paraje extraño? Su compañera, con un gesto apremiante, me señaló un sendero que se perdía un poco más allá de la falda de la montaña. «Llévala a casa», me suplicó.

La joven se convirtió en mi guía, abriendo paso entre la floresta, mientras yo la seguía cargando aquel peso inesperado. ¡Oh, Ehola, qué hermosa me pareció en su fragilidad! Estaba pálida y débil entre mis brazos; su cabeza, de cabellos suaves, descansaba sobre mi hombro y podía sentir el latido de su corazón golpeando rítmicamente contra mi pecho. En ese momento, el miedo a la montaña fue sustituido por una extraña agitación; la llevaba con cuidado, como si transportara el más frágil de los cristales, olvidando por un instante que mi destino era el Arca y que el sol ya se había ocultado tras las cumbres.

—¿Cómo era ella, Jafet? —le interrumpí, sintiendo que mi propio corazón latía con una fuerza que no podía ocultar. Un extraño frío me recorrió la espalda al imaginar a mi amado sosteniendo a aquella desconocida en la penumbra de las montañas—. ¿Cómo era esa joven, Gukolta, para que su recuerdo aún nade en tus ojos?

Jafet guardó silencio un momento, observando el vaivén del agua contra el casco del Arca. Luego, con una suavidad que intentaba calmar mi agitación, respondió:

—Su belleza, Ehola, no era de las que traen paz, sino de las que inquietan el espíritu. Tenía una tez tan pálida que parecía tallada en el alabastro más fino, y su cabello era negro como el ala de un cuervo, esparcido sobre su túnica con un desorden que aumentaba su encanto. Pero lo más extraño eran sus párpados cerrados; incluso en su desmayo, emanaba de ella una fragancia de nardos y flores desconocidas, una esencia que parecía adormecer la voluntad. Era una criatura que parecía pertenecer más a la luz fosforescente de aquella montaña que a la tierra que pisamos.

—A diferencia de ti, mi querida Ehola —continuó Jafet, apretando suavemente mis manos—, ella era como la bruma del fuego de la marisma comparada con la luna en su plenitud. Absorto en el peso de su cuerpo, no advertí que el sendero nos hundía en las profundidades de una selva densa y opresiva. De pronto, cruzamos una puerta abierta que, con un eco sombrío, se cerró a mis espaldas, dejándonos en un aislamiento absoluto.

Aunque la inquietud empezó a corroerme, mi sentido del deber me impidió retroceder; no podía abandonar a una mujer herida. Divisé entonces un edificio solitario y, con una voz que destilaba una dulzura temblorosa, ella me suplicó que la llevara al interior. En mi afán por ayudarla, olvidé toda prudencia y traspasé el umbral, recostándola con delicadeza sobre un diván. Al notar el silencio sepulcral del lugar, le pregunté desconcertado:

—¿Dónde están tus amigos? ¿Qué puedo hacer por ti?

Entonces, una sensación de felicidad desconocida, embriagadora y peligrosa, comenzó a inundar mis sentidos. Ella me miró y respondió:

—¡Quédate! No tengo amigos, y solo albergo un deseo, hermoso joven. No me eres desconocido; mis ojos te han seguido muchas veces entre las sombras del bosque. No estoy herida, Jafet... mi caída no fue más que una estratagema para atraerte, para despertar en ti el interés que mi corazón reclamaba.

—Sentí cómo la sangre subía en una oleada ardiente, encendiendo mi rostro —confesó Jafet, y su voz tembló al recordar aquel instante de debilidad—, pero casi de inmediato, ese calor huyó hacia mi corazón, dejándome lívido y gélido. La comprensión del peligro me golpeó como un mazo: había cruzado la frontera invisible; me encontraba en el centro mismo de la tierra encantada de Gukolta, atrapado sin remedio en sus redes.

La fascinadora ninfa percibió mi terror y supo que era su ventaja. En su mirada brillaba la certeza de quien se sabe dueña de una magia ineludible y de un poder seductor que pocos mortales podrían resistir. Sin embargo, para terminar de doblegar mi voluntad, fingió sumisión. Con los ojos bajos y una voz que destilaba una calidez embriagadora, murmuró:

—‘Perdona mi engaño, mi amado Jafet, me duele ver tu disgusto, pero prefiero tu ira a tu ausencia. Solo quería asegurarme de tenerte a mi lado’.

—Entonces, con la voz todavía recuperándose del frío que me atenazaba el pecho, la miré directamente a los ojos —continuó Jafet, y su semblante se volvió severo bajo las pesadas vigas —. Rompí el silencio que ella manejaba a su antojo y le pregunté:

—¿Ha sido, entonces, un bello engaño?

Mis palabras cayeron en la estancia como una piedra en un estanque de cristal. Quería obligarla a reconocer la falsedad de su naturaleza, a admitir que toda esa belleza y esa supuesta fragilidad no eran más que artificios para encadenar mi alma. Al pronunciar la palabra "engaño", sentí cómo el poder de la Palabra Inefable grabada en mi corazón comenzaba a pulsar levemente, como un recordatorio de que mi lealtad pertenecía a El Shadday y no a los caprichos de una ninfa de las montañas.

Gukolta se tensó apenas un instante. La dulzura de su rostro vaciló, revelando por un segundo la fuerza ancestral que se ocultaba tras su máscara de doncella herida. Ella sabía que, al nombrar el engaño, yo estaba empezando a romper las redes que me asfixiaban.

—Al oír mi acusación, ella ocultó su rostro entre las manos y rompió en un llanto amargo —continuó Jafet, y su voz sonaba ahora firme, despojada de la antigua turbación—. ‘¡El amor por ti me ha enseñado a engañar!’, exclamó entre sollozos, intentando que su supuesta pasión justificara la red que había tejido a mi alrededor.

Pero yo ya no era el joven vulnerable que la había cargado en brazos. La Palabra Inefable grabada en mi espíritu me devolvía la claridad que el aroma de los nardos me había robado. La miré sin rastro de la antigua piedad y le respondí con una frialdad que pareció helar el aire de la estancia:

—‘El amor que se impone sin ser buscado, no puede ser correspondido’.

Mis palabras fueron una sentencia. El llanto de Gukolta se detuvo en seco, y el silencio que siguió fue más pesado que cualquier lamento. En ese instante, la ilusión de la doncella herida comenzó a agrietarse, revelando la verdadera naturaleza del lugar donde me encontraba: una prisión de deseos que no tenían cabida en el corazón de un hijo del Profeta.

—En una agonía de supuesto dolor, Gukolta se arrojó a mis pies, abrazándolos con una fuerza desesperada que buscaba encadenarme a su presencia —continuó Jafet, y su mirada se volvió distante—. Pero en ese instante de asfixia, mis ojos captaron un movimiento casi imperceptible: el ondular suave de una cortina agitada por el viento. Sin dudarlo, me zafé de su agarre, corrí hacia el ventanal y salté con presteza al jardín que se extendía abajo.

Huyendo de aquella atmósfera cargada de flores y engaños, me interné por un sendero sinuoso hasta alcanzar un claro donde los árboles custodiaban una enorme roca. De sus entrañas brotaba una fuente burbujeante, cuyo sonido prometía alivio a mi garganta seca por la fatiga. Me arrodillé y sumergí las manos, ansioso por refrescarme; pero en el momento en que el agua iba a tocar mis labios, retrocedí horrorizado: el líquido cristalino se tornó rojo como la sangre.

Un grito de espanto murió en mi garganta. Al girarme para reemprender la huida, una mano suave pero firme como el acero se posó sobre mi hombro, deteniéndome en el acto. Ante mí se alzaba una mujer de estatura imposible, cuya figura parecía haber emergido de la propia piedra. Con una presencia que irradiaba una autoridad antigua, una fuerza de las profundidades.

—Era tan alta que el bosque parecía arrodillarse ante ella —continuó Jafet, su voz se volvió un susurro cargado de advertencia—. Sus ojos no parpadeaban, y su voz, aunque melodiosa, vibraba con el eco profundo de las cavernas. Me miró con una mezcla de curiosidad y deseo, y me preguntó:

—‘¿A dónde pretendes huir, joven de ágiles extremidades y rostro tallado por la luz? ¿Acaso no sientes cómo la sed abrasa tu garganta y el cansancio dobla tus rodillas?’.

Dio un paso hacia mí, y el aire a su alrededor pareció detenerse, como si el tiempo mismo se rindiera ante su presencia.

—Ven conmigo al Jardín de los Deleites —me instó, extendiendo una mano que emanaba una frescura de mármol—. Allí podrás beber del Río sin Edad, cuyas aguas no se tornan en sangre, sino que otorgan el olvido y la paz. Descansa, refréscate en mis dominios... y solo después, si todavía lo deseas, podrás marcharte en paz.

—En ese instante, antes de que pudiera articular palabra frente a la mujer de la roca, el silencio del bosque fue desgarrado por un coro de risas cristalinas —continuó Jafet—. Sus manos antes tranquilas, se cerraron hasta que sus nudillos blanquearon por la tensión, revelando el pavor que aún dormía en su memoria. Una tropa de doncellas risueñas, vestidas con la bruma de la montaña, emergió de entre las sombras, rodeándome con movimientos gráciles que recordaban el acecho de las fieras.

Sus voces se entrelazaban como una red de seda, burlándose de mi resistencia:

—‘¿Será en vano el suspiro de Gukolta? —clamaban con una alegría hiriente—. Durante muchos soles, ella rechazó la compañía de otros amantes, languideciendo solo por el joven de la selva. ¿Y pretendéis ahora que lo pongamos en libertad, justo cuando ha caído en nuestros dominios?’.

Me miraban con ojos que brillaban con una luz antigua, ajena a la piedad humana. Para ellas, yo no era un hombre con un destino sagrado, sino un trofeo largamente esperado. La oferta de "descanso" de la mujer de la roca se reveló entonces como lo que realmente era: el preludio de un cautiverio eterno. El jardín de los deleites no era un refugio, sino la jaula donde pretendían extinguir la llama que mi padre había encendido en mi pecho.

—No pude hacer nada, Ehola —confesó Jafet, y su voz bajó de tono como si temiera que las paredes del Arca tuvieran oídos—. Me sentí como una hoja arrastrada por el viento, atado por manos invisibles pero firmes que me condujeron hacia una vasta gruta excavada en el corazón mismo de la montaña. No era una cueva natural; era una obra de ingeniería soberbia y aterradora.

El techo se alzaba sobre pilares de roca eruptiva y granulada, donde inmensos cristales de cuarzo devolvían el resplandor de incontables lámparas que ardían en las paredes. Todo allí relucía en un exceso de rojo y oro, una opulencia que buscaba abrumar los sentidos. En el extremo más profundo, tras una pesada cortina sujeta por cuerdas de plata, se revelaba el Jardín de los Árboles de Oro: un bosque mecánico y eterno donde los frutos eran rubíes que latían con su propia luz febril.

Bajo aquellas ramas enjoyadas, que nunca conocerían la caricia del sol ni de la lluvia, se encontraba ella. Ya no era la doncella herida del bosque, sino la figura central de aquel culto subterráneo: la Alta Sacerdotisa Gurah, la ninfa cuya leyenda precedía a sus pasos, Gukolta. Esperando que yo me postrara ante un trono de piedras preciosas, olvidando el zafiro sagrado de mi padre.

—¿Cómo había cambiado? —repitió Jafet, y sus ojos reflejaron un destello de aquel pavor—. Imagina, Ehola, que el rocío de la mañana se convirtiera de pronto en cristal afilado. La joven que sollozaba a mis pies, implorando un amor no correspondido, había desaparecido como una sombra al amanecer.

En su lugar, bajo el fulgor de los rubíes, se alzaba una figura de una belleza estatuaria y gélida. Su estatura parecía haber crecido, envuelta en túnicas que vibraban con el color de la sangre y el oro. Ya no había rastro de súplica en su rostro; sus ojos, antes nublados por el llanto, ahora ardían con una determinación implacable, como si en sus pupilas se concentrara toda la fuerza volcánica de la montaña.

Su voz ya no temblaba. Cuando habló, el sonido no era un ruego, sino un mandato que hacía vibrar los pilares de cuarzo. La "doncella herida" era solo una piel que se había quitado para mostrar a la Soberana de las Sombras. Se movía con la seguridad de quien posee las llaves de la vida y la muerte en aquel reino subterráneo, y en su sonrisa ya no había amor, sino la voluntad de dominio sobre mi espíritu.

—Aquel cambio me dejó sin aliento, Ehola —continuó Jafet, apretando el madero del Arca como si buscara anclarse a la realidad—. Su túnica blanca y sencilla, símbolo de la pureza que fingía, se había transformado en un vestido transparente de color escarlata, ceñido con cintas de oro que centelleaban con cada uno de sus movimientos. Sobre su frente, ya no había flores silvestres, sino una corona almenada cuajada de piedras preciosas que herían la vista.

Sostenía en su mano un incensario de oro, cuyo humo ascendía en espirales que embriagaban el aire. Bajo el resplandor de centenares de lámparas, aquella escena era de una belleza que rozaba lo divino, pero era una divinidad oscura. El dolor apasionado y el amor que antes habían brillado en su rostro se habían evaporado, dejando paso a un aire frío de reproche, una mirada soberana que reclamaba sumisión.

A su lado, como una sombra de fuerza bruta, se erguía un enkidu magnífico, una criatura de poder colosal que parecía su guardián personal. Sin embargo, ella no le dedicó ni el más mínimo gesto; sus ojos, cargados de una voluntad implacable, estaban fijos únicamente en mí. Yo era su presa, el trofeo que deseaba añadir a su jardín de gemas y sombras.

—Me quedé inmóvil, como una estatua de sal ante su presencia —continuó Jafet, y su voz parecía competir con el rugido del agua que golpeaba el casco—. Entonces, ella rompió el silencio con una cadencia que helaba la sangre:

—Joven impasible... —dijo, y el humo del incensario pareció danzar a su orden—. Desde el instante en que tus pasos erraron en mis dominios, has dejado de pertenecerte. Por el trono de Gurah y el cetro de Gukolta, he arrancado a la tierra y al cielo los secretos que tejen los hilos del destino místico. Conozco la previsión de los astros y el curso de la vida de los hombres; por esos poderes, sé que tú eres mío.

Dio un paso hacia mí, y el brillo de su vestido escarlata pareció absorber toda la luz de la gruta.

—Conozco las plantas que crecen en la sombra —prosiguió con un susurro letal—; de ellas extraigo pócimas que dictan el amor o la aversión. En este incensario mágico, que solo mi mano puede dominar, se concentra un fluido tan sutil que mi voluntad lo convierte en sueño reparador o en letargo mortal. Puede renovar el vigor del placer o desatar convulsiones finales. Estás irrevocablemente condenado a pertenecerme, Jafet... pero mi deseo es retenerte con cordones de seda, y no con cadenas de hierro.

—¡Elige, pues! —clamó ella, y su voz resonó en las bóvedas de cuarzo como un trueno de seda—. ¡Elige, oh hijo del Profeta, la vida y la plenitud como el amado Señor de Gukolta! ¡Elige, oh hijo del Profeta!...

Pero en ese instante, el vacío que amenazaba con devorar mi mente se cerró. Sentí cómo mis sentidos dispersos regresaban a mi cuerpo, galvanizados por la mención de mi padre y el recuerdo del Templo de Cristal. Sin permitir que la hechicera cerrara su sentencia, sin dejar que el humo del incensario terminara de nublar mi juicio, alcé la voz con una fuerza que hizo retroceder a las doncellas risueñas.

—¡Entonces elijo la muerte como mi única respuesta! —exclamé, y mis palabras cortaron el aire como una espada de luz.

El silencio que siguió fue absoluto. El rostro de Gukolta, antes gélido y triunfante, se contrajo en una mueca de incredulidad y furia. Al preferir el fin de mi existencia física antes que la traición a El Shadday, había invalidado sus "cordones de seda". La muerte, que ella usaba como amenaza, se convirtió en mi refugio de dignidad. En ese momento, la Palabra Inefable grabada en mi pecho ardió con un fulgor blanco, desafiando el resplandor de sus rubíes y el poder de su cetro.

—Un espasmo de ira y un odio implacable desfiguraron el rostro de Gukolta —relató Jafet, y su voz en el Arca tembló al evocar aquel horror—. Con un gesto violento, estrelló el incensario contra el pavimento, rompiéndolo en mil pedazos. Al instante, estallaron llamas lívidas y un vapor sofocante inundó el aire, robándome el aliento.

Fue entonces cuando la pesada cortina tras el cenador de oro se descorrió de golpe. Mis ojos, empañados por el humo, vislumbraron una figura aterradora: sentado en un trono de ébano sombrío, se alzaba el Rey de los Espantos. Su mano estaba en alto, sosteniendo dardos envenenados listos para atravesar mi corazón al menor movimiento. A sus pies, surgió siseando una serpiente colosal que comenzó a enroscarse en su cuerpo con la tensión de un resorte mortal, fijando en mí sus ojos de obsidiana.

La trampa se cerró con un chasquido definitivo. Gukolta no era más que una pieza: la sierva del monarca de las sombras. En un parpadeo, el lujo de la gruta se extinguió bajo el frío de la muerte absoluta. El vapor venenoso me invadió la garganta y reclamó mis pulmones mientras el silbido de los dardos cortaba el aire. Pero entonces, sentí cómo la Palabra Inefable grabada en mi alma comenzó a vibrar con una fuerza sobrehumana. Su pulso era un mandato: solo ella tenía el control sobre el elemento de la muerte.

Mi condena ya había sido dictada, pero mis sentidos aún se aferraban a la vida. En ese último aliento, entregué mi espíritu a Eloah; sin embargo, en el torbellino de mi mente, cruzó un pensamiento fugaz, veloz como el rastro de un meteorito: el Nombre consagrado. Entonces, con el cuerpo sacudido por el pavor y cada nervio vibrando en agonía, solté un grito desesperado, invocando a Aquel que tiene el poder supremo sobre la muerte.

—Jafet guardó silencio un instante, con la mirada perdida. —¿Percibiste el Nombre que mi padre clamó mientras el Arca se desvanecía en la inmensidad? —Un temblor involuntario le recorrió el cuerpo—. Al momento, un torbellino de fuego giró en el aire y, de la llamarada, emergió una visión que helaba la sangre: un rostro de cuatro frentes. La de un hombre, la de un buey, la de un águila y la de un león; todas convergiendo en una sola presencia sobrenatural.

Un trueno profundo rasgó la bóveda. La serpiente retrocedió ante el rey, cuyos ojos se perdieron en las cuencas mientras se tambaleaba en aquel fétido hoyo de muerte. El dardo, prendido en fuego, cayó sobre Gokolta. Las mil lámparas de lenguas verdes y azules parpadearon en un último estertor; bajo ese resplandor artificial, los presentes parecían cadáveres lívidos que aullaban salvajemente mientras huían, perseguidos por la ráfaga ígnea. De pronto, las luces se extinguieron y la oscuridad me devoró.

Me quedé solo. Mientras vacilaba sin rumbo, un golpe seco me impactó en el pecho, robándome el aliento. Al girar hacia el origen del golpe, divisé una luz remota. Avancé a tientas por un angosto paso ascendente hasta que el día se filtró por la rendija de una puerta. Para mi asombro, me hallaba ante los muros del Palacio de la Luz; reconocí en la entrada aquel panel tallado desde los cimientos que tantas veces había cautivado mi atención.

La claridad que vislumbré nacía de los primeros rayos del alba; había pasado la noche entera atrapado en la caverna de la hechicera. En medio de aquella hora serena, y elevando una oración de gratitud a Eloah, me apresuré hacia mi hogar intentando pasar inadvertido. Una vez en el refugio de mi cámara, me desplomé sobre el lecho, vencido por un agotamiento absoluto.

Al notar la inquietud de la familia, mi madre entró en la cámara y me escudriñó con una seriedad punzante, buscándome en el fondo de los ojos. Adivinando su sospecha antes de que la nombrara, me adelanté a responder: «Eloah estaba conmigo». Ella, con el alma apaciguada, solo susurró: «Duerme en paz». Entonces besó mi frente y se retiró en silencio.

Mi sueño fue profundo y prolongado. Al despertar, busqué el alivio del agua para purificarme, pero al sumergirme advertí una extraña punzada en el pecho, justo donde el golpe seco me había alcanzado en la negrura. Al examinarme, descubrí con asombro una serie de caracteres de grafía desconocida grabados en mi piel. Aunque los tenía ante mis ojos, no me atreví a descifrarlos. Aún hoy permanecen allí, mudos y ocultos, pues he preferido guardar el secreto ante mi familia, que nada sospecha de la aventura de aquella noche.

—Pero tú, Ehola, alma de mi propia alma... de ti no deseo ocultar nada, pues eres sabia en las tradiciones de los antiguos. Dime, ¿acaso temes contemplar esta inscripción desconocida?

—Con el pulso acelerado y una profunda agitación, le respondí:

—No tengo miedo, esposo mío.

Entonces, Jafet descorrió los pliegues de su túnica. Allí, grabado directamente sobre el latido de su corazón, distinguí un símbolo extraño, trazado en caracteres que resultarían ilegibles para cualquier ojo carente de visión profética. Bajo mi mirada, las formas comenzaron a cobrar sentido; poco a poco, desentrañé el misterio y comencé a interpretarle el mensaje oculto en su propia piel.

Las letras parecieron vibrar bajo mi mirada mientras las pronunciaba en un susurro sagrado: «Sin mancha, sin engaño, sin actos de pensamiento impuro». Era más que una inscripción; era el sello de una pureza absoluta exigida por el Cielo.

La revelación me golpeó con la fuerza de un milagro. No pude evitar que el asombro se filtrara en mis palabras al mirarlo: —Es la gracia divina la que te mantiene en pie; tu pureza fue tu escudo. Sin embargo —proseguí, con la voz trémula—, ahora llevas grabado sobre tu corazón la marca de Aquel que ostenta el poder sobre la muerte.

OTRA VEZ LA MAREA

La noche se ha vuelto una constante inamovible, dictada únicamente por el incesante golpeteo de la lluvia. No es un sonido relajante; es una percusión monótona que termina por desgastar los sentidos, una fatiga que se instala en los huesos y nubla el pensamiento.

Hemos perdido la capacidad de medir el tiempo. Sin el ciclo del sol para marcar el inicio del día, ni la luna o las estrellas para guiar nuestra vigilia, los días se han fundido en una sola sombra líquida. Todo comenzó aquella noche de nuestra melancólica guardia, cuando el mundo que conocíamos decidió rendirse: frente a nuestros ojos, el horizonte se quebró y la tierra comenzó su lento descenso hacia las profundidades.

Ahora, el agua es la única dueña del paisaje. Las corrientes crecen con una parsimonia aterradora; no avanzan hacia afuera, sino que parecen alimentarse de sí mismas, girando en remolinos inconstantes que devoran lo que queda de nuestro refugio. Estamos atrapados en un paréntesis de tiempo y barro, esperando a que el cielo o la tierra terminen de decidir nuestro destino.

Al llegar la medianoche, un destello pálido rompió la monotonía del desastre. Can, con la mirada fija en el cielo, logró vislumbrar la luna: un disco fantasmal que parecía vadear a duras penas entre los vapores espesos y la bruma tóxica. No era más que un jirón de luz, pero fue suficiente.

Tras estudiar su posición y la curvatura de su sombra, Can realizó un cálculo mental que nos devolvió la realidad de golpe. Según sus mediciones, han transcurrido un ciclo lunar completo y un cuarto de otro desde la última vez que el cielo estuvo despejado.

Tres días más se escurrieron entre nuestras manos, sumidos en una monotonía asfixiante. Durante este tiempo, nuestra nave dejó de sentirse como un refugio o un vehículo para convertirse en poco más que un tronco inerte, flotando sin rumbo en aguas que se han vuelto estancadas, presas de una calma muerta y absoluta. No hay viento, no hay marea; solo una quietud que oprime.

Nuestros ánimos han terminado por mimetizarse con el entorno. El tono de mis pensamientos se ha vuelto del mismo gris plomizo que tiñe el cielo y el mar, borrando cualquier frontera entre el arriba y el abajo. Las palabras se han vuelto un lujo innecesario o un esfuerzo excesivo; hablamos poco, como si temiéramos romper el silencio de ese cementerio líquido.

En este vacío, las horas no caminan, se arrastran. Cada segundo parece estirarse en una duración infinita, convirtiendo la existencia en una tediosa espera de algo que no sabemos si llegará.

Ayer, justo cuando la noche se disponía a reclamar su dominio, el mundo cambió. El incesante y aburrido golpeteo de la lluvia, ese sonido que se había convertido en nuestra prisión sonora, cesó de golpe. El silencio que siguió no fue de muerte, sino de anticipación.

Por fin, tras una eternidad de penumbra, fuimos testigos de la primera puesta de sol. Fue una visión de una gloria renovada: un estallido de fuego que logró rasgar el velo de los vapores, transmitiendo su luz, aunque solo fuera por un instante fugaz, sobre la superficie herida de las aguas. El mar, antes gris y estancado, se encendió con el reflejo de una vida que creíamos perdida.

Damos la bienvenida a su regreso con un fervor casi religioso. En ese breve crepúsculo, nos regocijamos al sentir de nuevo el equilibrio que da vida, esa danza sagrada entre la luz y la sombra que nos devuelve la certeza de que el mundo, a pesar de todo, sigue girando.

Durante algunas horas más, la calma de muerte persistió, envolviéndolo todo en un silencio absoluto. El mar, antes turbulento y oscuro, se había transformado en un espejo perfecto que devolvía la imagen de un cielo limpio, una superficie tan inmóvil que parecía cristalizada.

Sin embargo, cerca de la medianoche, bajo el resplandor plateado y puro de la luna llena, algo cambió en las profundidades. Al observar los restos que flotaban a nuestro alrededor, descubrimos un fenómeno asombroso: un movimiento inverso de las corrientes. El agua ya no giraba sobre sí misma en remolinos inútiles, sino que comenzaba a fluir, suave pero decidida, hacia los lechos marinos.

Celebramos este cambio con una alegría desbordante que no conocíamos. Sabíamos perfectamente lo que significaba ese retroceso: el agua, por fin, estaba abandonando la faz de la tierra. No era solo una corriente; era la promesa del suelo firme, el fin del diluvio personal que nos mantuvo a la deriva. ¡Una vez más, la marea dictaba su ley! El pulso del mundo volvía a latir.

El cielo, que durante semanas mantuvo el ceño fruncido arrojando tempestades sin tregua, se ha quedado finalmente en calma. Es una paz amarga. La luna tranquila ahora observa con una indiferencia gélida las olas que ondulan suavemente, pero la luz que antes nos dio esperanza ahora revela una inquietante vista que hiela la sangre.

Sobre la superficie plateada, el mar nos devuelve los restos del desastre: observamos los cuerpos hinchados y desfigurados por el largo abrazo del agua y el vaivén de las corrientes. Son cadáveres pálidos, despojados de toda humanidad, que flotan a la deriva en la inmensidad de este mar solemne. No hay señales de vida entre ellos, ni un gemido, ni un movimiento propio que rompa la quietud de la muerte.

El único sonido que quiebra el silencio es el de la naturaleza más salvaje. De vez en cuando, con un chapoteo rápido y violento, un monstruo espantoso emerge de las profundidades, rompiendo la superficie para saltar sobre los restos y reclamar su presa. Los cuerpos, inertes, no ofrecen resistencia alguna ante las fauces que los devuelven al vació.

Las horas oscuras se deslizaron en un silencio absoluto, pero esta vez no era el silencio del vacío, sino el del pensamiento profundo. Tras la visión de los cuerpos y los monstruos, nos refugiamos en la introspección, aguardando el final de la noche como quien espera un juicio definitivo.

Cuando el sol emergió de nuevo, despojándose de las brumas y mostrándose en toda su gloria sobre la línea del horizonte, el mundo pareció purificarse. La luz dorada reclamó el mar, ocultando las sombras en las profundidades. En ese instante de renacimiento, dejamos atrás el miedo y nos unimos al Profeta en un acto de fe absoluta.

Rodeados por la inmensidad, nos entregamos a la devota oración y al sacrificio, ofreciendo nuestra gratitud y nuestro dolor en un altar de aguas tranquilas. El equilibrio se había restablecido, no sin antes cobrarse su precio, y nosotros, los supervivientes, aceptamos nuestro destino con el corazón humillado ante la magnitud de lo divino.

LA ESTRELLA Y AZREEL

Esta tarde, la soledad se volvió mi única compañera frente a la inmensidad. Mis ojos quedaron fijos en el vaivén de las olas, que en un juego caprichoso con el viento, parecían cobrar vida propia. Bajo el influjo de la marea, el agua se agitó con una fuerza renovada, golpeando rítmicamente contra los costados de la embarcación, como si el mar intentara susurrarme un secreto o reclamar su lugar en mi silencio.

La tarde se desvaneció en un crepúsculo eterno, y con la llegada de las sombras me quedé sola. Me encontré mirando las olas, observando ese juego caprichoso entre el viento y la marea que, de pronto, comenzó a agitarse con violencia contra los costados de la embarcación. Fue entonces cuando la reflexión me golpeó con la misma fuerza que el agua: me hallaba ante un océano sin límites.

Es un mar extraño, un abismo donde nada tiene aliento. Al mirar hacia el horizonte, la mente busca desesperadamente un refugio que no existe: no hay ciudades que iluminen sus orillas, no hay islas que rompan la monotonía de su seno. Ni siquiera el consuelo de una vela lejana o el roce de las alas de un ave sobre la superficie interrumpen la desolación. Solo queda el mar, ahora en una calma tensa, y un aire tan pesado que parece haber olvidado cómo transportar el sonido.

La lluvia ha vuelto a caer de noche. Su incesante golpeteo fatiga mis sentidos y me arrebata la noción del tiempo. No puedo marcar la hora; no sé cuántos días han pasado desde que la tormenta comenzó a borrarnos del mapa. Ni el sol, ni la luna, ni las estrellas han vuelto a aparecer desde aquella melancólica vigía en la que descubrimos que la tierra se hundía. Las corrientes crecen, lentas y hambrientas, pero no avanzan hacia ningún lado; giran sobre sí mismas en un movimiento inconstante, como si el mundo entero estuviera atrapado en un remolino de olvido.

El Arca flota ahora a merced del viento, una cáscara de madera perdida en la noche más profunda que mis ojos hayan visto jamás. En medio de esa negrura, una sombra cayó sobre mí ser, una oscuridad más densa que la propia tormenta. Apenas han pasado un par de días, pero el tiempo se ha dilatado hasta parecer una eternidad; el recuerdo del mundo anterior se siente como un sueño ajeno. Extraño el susurro del viento en las copas de los cipreses y la voz del río que solía fluir, tranquilo y predecible, como lo era mi propia joven vida antes del abismo.

Solo Eloah conoce la magnitud de mi lucha. En la soledad de esta cubierta, donde el océano no tiene aliento ni orillas, Su poder fue mi única salvación. El juicio ha pasado y, aunque he emergido triunfante de las aguas que devoraron la tierra, la paz ha volado de mi lado. Me queda el Arca, me queda la vida, pero también este mar en calma que gira sobre sí mismo, esperando un nuevo amanecer que aún no se atreve a brotar.

¿Por qué, entonces, se hunde mi corazón bajo este dolor indescriptible? Siento mis párpados pesados, cargados con el peso de mil lágrimas que se niegan a caer, como si el llanto fuera un lujo que el fin del mundo no puede permitirse.

En medio de la penumbra, mis ojos buscan un refugio en lo alto. ¡Oh, estrella de la luz triste y tierna! Te deslizas sobre la sombría onda de tu haz, titilando sobre un mar que ya no tiene orillas. Te miro y te pregunto, con el aliento contenido: ¿Me aseguras, a pesar de este horizonte de cambio y ruina, que siempre habrá un regreso? ¿Eres una promesa de que la luz volverá a encontrarme?

Inmersa en el silencio de la deriva, me retiro a la cámara de mis recuerdos. Allí, donde el tiempo no tiene poder, rastreo con devoción los acordes más tenues y el aroma mismo de una canción olvidada. No es un sonido que provenga de fuera; el mundo exterior sigue habitado solo por el murmullo eterno de las olas y el soplo errante del viento contra la madera del Arca.

Lo que escucho es algo más profundo: un eco, una fibra sensible de mi vida interior que vibra en respuesta a una voz del espíritu. Es la melodía de lo que fui y la promesa de lo que aún late en mí, una sintonía que ni el diluvio ni el hundimiento de la tierra han logrado apagar. En este vacío sin orillas, mi memoria es el único mapa y esa canción, el único puerto seguro.

El silencio de mi introspección se rompió por un impulso repentino. Levanté mis ojos inquisitivamente hacia el firmamento y, para mi asombro, divisé una estrella en el Oeste. No estaba fija; se hundía lentamente en las aguas del mar con una precisión antinatural, como si su equilibrio de ajuste y posición estuvieran gobernados por un espíritu en el aire.

La esperanza y el temor lucharon en mi pecho. Al gritar, buscando una respuesta en aquel vacío, la luz se ocultó súbitamente. En su lugar, emergió un objeto oscuro, una silueta que recortaba la penumbra con la forma inconfundible de la imagen de un hombre. Tan pronto como apareció, se ocultó a la vista, tragado por la bruma y el oleaje. Un escalofrío recorrió mi ser, trayendo consigo una pregunta que latía con más fuerza que la tormenta: ¿Acaso alguien más había sobrevivido a la terrible furia del juicio?

Sobre una roca solitaria que desafiaba el nivel de las aguas, la silueta cobró nitidez. No era un náufrago, sino una presencia imponente e inmóvil: una figura alta envuelta en un vestido negro, cuya oscuridad parecía absorber la escasa luz del crepúsculo. Se apoyaba con solemnidad en una pesada espada, un acero frío que actuaba como eje entre el cielo y el vació.

A medida que el Arca flotaba cerca, el aire se volvió gélido y la verdad golpeó mi pecho con la fuerza de un rayo. No había vida en aquel promontorio, sino la encarnación misma del final. Reconocí su forma de terror y el nombre brotó de mis labios como un suspiro de ceniza: ¡Azreel, el Ángel Oscuro! El guardián del umbral me observaba, recordándome que, aunque el juicio había pasado, la frontera entre los mundos sigue custodiada por aquel que no conoce el sueño.

De pronto, la realidad se fragmentó: ¡la muerte se interponía con una frialdad absoluta entre mí y mi alegría! No era una sombra difusa, sino una certeza que reclamaba su espacio. Su mirada, pesada y eterna, barrió lentamente los residuos que flotaban sobre las aguas negras, aquellos restos de un mundo que ya no existía. Entonces, el silencio fue roto por una voz que parecía emanar del mismo abismo, y oí estas palabras finales:

—El trabajo está terminado; los decretos del Altísimo se han cumplido, y me voy a Aquel de quien he venido.

Con esa sentencia, el ciclo de destrucción alcanzó su clímax, dejando tras de sí solo el eco de una voluntad superior y el vacío de lo que alguna vez fue esperanza.

Tras pronunciar aquellas palabras de resonancia eterna, la figura realizó su último acto en este plano. Con un movimiento decidido, se aflojó la capucha y el manto negro —esos símbolos de su lúgubre ministerio— y los arrojó al mar junto con su espada. Las telas oscuras y el acero se hundieron rápidamente, perdiéndose entre el oleaje que tanto nos había atormentado. Al desprenderse de ellos, la verdad se hizo tangible: las insignias del dolor no tienen entrada en las glorietas de la felicidad celestial. Libre de la carga de la muerte, lo que quedaba allí ya no pertenecía a la tierra, sino a la luz.

La transformación culminó en un instante de gloria visual. A medida que la figura se elevaba, la oscuridad del manto fue reemplazada por una pureza que desafía cualquier descripción humana; se reveló ante mis ojos una forma inefablemente justa, una arquitectura de luz que no parecía pertenecer a este mundo. Su rostro, tan radiante que hería y sanaba a la vez, portaba la promesa de una eterna juventud, libre de las cicatrices del tiempo y del naufragio que dejamos atrás. En ese estado de shock absoluto, con el alma suspendida y apenas consciente del significado de lo que presenciaba, mi voz fue solo un susurro quebrado por el asombro:

—¡Oh muerte hermosa, ya no disfrazada! —exclamé, con el corazón martilleando contra mis costillas—. Te veo por fin como lo que eres: el ángel de la inmortalidad. ¡No dejes este mundo tan pronto! ¡Permíteme ascender a tu lado hacia Eloah!

Pero el cielo permaneció mudo ante mi súplica. En ese preciso instante, el peso de una mano se posó con firmeza sobre mi hombro, anclándome de nuevo a la cubierta de madera y a la realidad del naufragio. Una voz, suave pero cargada de una preocupación terrenal, rompió el hechizo:

—¿Tienes una visión, Ehola?

Me giré de golpe. Mis ojos, aún deslumbrados por la luz celestial, se encontraron con la mirada profunda de Jafet. Sin decir más, él me envolvió en sus brazos, ofreciéndome un refugio de carne y hueso contra la tormenta. En ese calor compartido, bajo el peso de su abrazo, la figura de Azreel se desdibujó y la gloria del cielo se volvió un eco lejano. Me olvidé de la eternidad; en ese momento, el mundo entero era solo él.

SIPPARA BAJO EL MAR

El diluvio parece haber llegado a su cénit, pues el mar, antes voraz, ha comenzado a retirarse con una lentitud casi solemne. A lo lejos, el horizonte vuelve a rasgarse con el contorno de las montañas, que emergen como gigantes de piedra despertando de un sueño líquido. Hoy, nuestra arca avanza a la deriva sobre el valle de Hermón, surcando un cielo que antes fue aire y ahora es abismo.

Al asomarme por la borda, el corazón se me heló. Allí, bajo el cristal turbio de las aguas, vi hundida a Sippara. La luz, filtrada por la profundidad, iluminaba los restos de sus templos y palacios, ahora habitados por el silencio de las corrientes. No pude evitar el lamento que escapó de mis labios:

—Que fue de todo aquel revuelo? ¿Dónde se esconde tu latido, ese que en otro tiempo no sabía de silencios?

¡Ay de ti, Sippara! La que fue la gloria de la tierra es hoy una necrópolis de coral y olvido. La desolada ciudad del pecado yace bajo nuestros pies, recordándonos que incluso la grandeza más soberbia es apenas un grano de arena ante la voluntad de los elementos.

El sol ha regresado, pero su luz ya no es una caricia, sino un testigo cruel. Sus rayos descienden temblorosos a través de la columna de agua para posarse sobre un montón de ruinas que, en días de soberbia, llamamos el Palacio de la Luz. Ahora, bajo el filtro de la marea baja, sus mármoles se distorsionan con un tono amarillento y enfermizo, como si la piedra misma estuviera sufriendo.

El esplendor de antaño se ha hundido en un silencio fétido. Aquellas banderas de mil colores, que una vez danzaron con alegría bajo el sol, son ahora jirones pálidos y deslucidos que se aferran con desesperación a la podredumbre. El jardín, antes un refugio de frescura, es hoy una cripta sumergida; las algas, como dedos viscosos, se han enredado en las mismas ramas que antaño ofrecían sombra, asfixiando la vida que quedaba en ellas.

La naturaleza misma parece haberse rendido: el tallo de la flor se desploma en una decadencia monótona, despojado de su verde y de sus pétalos, convertido en un resto inerte. Donde antes se alzaban imágenes gloriosas, ahora solo queda el caos de la madera rota y la grava, escombros que ocultan la belleza perdida de la arboleda.

Incluso la vida marina, es un escenario aún más desolador. Los peces, en un nado errático, evitan los obeliscos húmedos que todavía vigilan el mar con una dignidad rota. Pero es en las sombras más profundas donde el horror cobra forma: incluso los dragones de las profundidades —esas criaturas acostumbradas a la oscuridad— retroceden con espanto. Observan con pavor los restos de la gran serpiente, una forma destrozada que gira en las corrientes; una ruina tan absoluta y grotesca que resulta más aterradora que los propios monstruos que habitan la oscuridad.

¡Oh, qué melancolía sátira, qué burla tan dolorosa y cruel! El palacio, que fue cuna de reyes, es ahora el cubil de lo abyecto. Allí, entre los restos de la gloria, se retuerce con una feroz lentitud el auténtico terror del mar: una criatura de brazos aborrecibles que se aferra con fuerza tanto al friso esculpido como a las joyas doradas, reclamando el oro como si fuera su presa.

Obligué a mis ojos indagadores a mirar hacia el patio lodoso de abajo, y el horror me devolvió la mirada. En el fondo, los lívidos cuerpos hundidos —aquellos que no lograron escapar del decreto del Altísimo— yacen inertes en el fango, convertidos en una macabra mercancía que solo espera ser devorada por las fauces insaciables de los carroñeros abisales. La belleza ha muerto; solo queda el hambre del mar.

El mundo que conocimos ha sido reclamado por una vida extraña y sin alma. Por los antiguos paseos de mosaico, donde los amantes solían susurrarse promesas y dar rienda suelta a su cariño, ahora solo se deslizan anguilas plateadas y culebras de agua, trazando estelas frías sobre el arte sumergido. En la Avenida Real, donde antaño el suelo temblaba con el retumbar de los carros y el relincho orgulloso de los caballos, hoy reina un silencio sepulcral, interrumpido solo por el avance furtivo de criaturas viscosas y moteadas que se retuercen entre las celosías.

El horror se adentra hasta los espacios más íntimos: En la alcoba donde enki abrazó una vez a su hermosa novia, ahora los cangrejos de mar se anclan a los techos tallados. La babosa y el caracol se acurrucan con una calma insultante en el dosel de plumas que antes conocía el calor humano.

Los jarrones de cristal, que antes sostenían flores exóticas, sirven ahora de refugio para la estrella marina y el gusano de tubo.

En los rincones donde la araña solía tejer su delicada mortaja de encaje, ahora la anémona despliega sus tentáculos vitales, y el rincón se ha convertido en el baño de una perla de mar.

Todo lo que era suave y precioso ha sido cubierto por cuerpos repugnantes que se arrastran sobre los sofás de seda, borrando la huella de nuestra civilización con su rastro de lodo y sal.

Allí, en la quietud de la profundidad, muy por debajo del rugido de la ola despiadada, se ha sellado el último pacto de igualdad. El destino ha arrojado al mismo lecho de fango al esclavo que vivió en cadenas y al gigante que, con mano de hierro, fue el asesino de inocentes. No hay jerarquías bajo el peso del océano: la reina altiva, que antes se creía de una casta superior, yace ahora arrogada sin orgullo al lado del mendigo que una vez despreció.

El naufragio ha borrado todas las pasiones humanas. Ya no queda rastro del desprecio que dividía a los hombres, ni del placer que los cegaba, ni del dolor que los consumía. El mar ha impuesto su silencio definitivo, y nada, absolutamente nada, mueve ya sus corazones sin pulso. En esa fosa común de gloria y pecado, el tiempo ha dejado de existir.

Contemplando aquel abismo, comprendí que los pies de la retribución caminan con una cadencia propia. No conocen la prisa que nace de la impaciencia del hombre, ni se detienen ante su desesperación más absoluta; avanzan con la inevitabilidad de la marea que todo lo cubre.

Me quedé allí, suspendida entre el recuerdo de la gloria y la visión de la ruina, pero mis ojos permanecieron secos. A pesar del horror, a pesar de la belleza perdida, yo no podía llorar por ti, ¡Sippara, hermosa ciudad del pecado! Tu caída no era una tragedia del azar, sino el cierre de un ciclo necesario, una sentencia dictada mucho antes de que la primera gota de lluvia golpeara el Palacio de la Luz.

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