Abraixas

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miércoles, 2 de septiembre de 2026

El Pantomino — Epílogo: El rumor de los pinos

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  Hoy, las blancas hojas que un día imaginé ya no están vacías. El manuscrito de mi vida se ha ido tiñendo con la tinta de aquellos recuerdos que el Pantomino depositó en mi alma infantil. Cuando el ruido del mundo moderno se vuelve ensordecedor y la prisa de esta era tecnológica intenta arrastrarme en su vorágine, cierro los ojos. Busco el sosiego en mi pedregal, allí donde el Atlántico sigue rindiendo tributo a la arena de Carnota.

  A veces, al caer el lusco e fusco, subo las escaleras rechinantes hacia el desván. Abro el viejo baúl de madera. Toco el lomo amarillento de Rumores de los pinos, acaricio la plata repujada del reloj que ya no mide el tiempo, sino la eternidad, y sé que el secreto de la vida nunca estuvo en poseer más, sino en saber asombrarse ante el amanecer guardado en el interior de una concha.

  Sé que la roca negra que hervía como el carburo sigue allí, sepultada en las entrañas del monte, custodiando misterios que los hombres ciegos de progreso nunca podrán comprender. Pero el verdadero tesoro que el abuelo me legó no es de piedra; es esta herencia de palabras, este deber de alzar la voz por nuestros mares, por nuestra lengua y por la memoria de los que, con manos endurecidas y cálidas, labraron el granito de nuestra identidad.

  Pantomino, mi viejo querido: la osada vendimiadora se llevó tu presencia, pero jamás tu luz. Cada vez que mis dedos rozan la piedra fría de esta casa, o que escucho el trino de las aves en la xunqueira, sé que no hay distancia real en nuestra separación. Tu alma sigue latiendo en la Costa de la Muerte. Y yo, tu tortolita, sigo aquí, custodiando el fuego de tu hogar, transformando tus ausencias en las más bellas vivencias por venir.

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El Pantomino — Capítulo 5: El legado de la piedra labrada

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—Ahora, abuelo, envidio tus tiempos, cuando la mente era limpia y no estaba agobiada por los problemas que tiene esta generación —le dije—. Probablemente nosotros no vivamos tanto tiempo, como resultado de nuestro mundo tecnológico.

—Aún menos mal que te vas dando cuenta ahora de lo que te mostré sobre mis tiempos —respondió—. Posiblemente esto sirva para que vosotras, que aún sois niñas, toméis conciencia y hagáis un mundo mejor en el futuro, para que tus hijos hereden algo digno. ¿De qué sirve todo el conocimiento del mundo sin momentos como este, en que podemos hablar sin prisas? Dios quiso que viviera todo este tiempo, a lo mejor para pasarte a ti mis recuerdos. Hoy más que nunca necesitamos vivir. Levantar las tierras, los mares, y que vuelvan a ser lo que fueron. Cuidar el entorno con mimo, con cariño, y velar por su sostenibilidad, no por una explotación egoísta y sin control.

—Abuelo, es muy acertado todo lo que me dices, pero ¿qué podemos hacer nosotros? No vamos a cambiar el mundo de la noche a la mañana.

—Tienes la posibilidad de cambiar las cosas —afirmó con rotundidad—. De salvar nuestros mares, nuestra lengua, nuestro anterior modo de vivir la vida. Aunque sea cosa del pasado, como dicen muchos, los valores morales y la solidaridad han de permanecer por encima de todo; ha de esforzarse uno por desarraigar del corazón el egoísmo y la ambición. Haz cuanto esté en tu mano por aprender ahora que tienes una bonita juventud, porque el tiempo pasa rápido, mi tortolita.

  La conversación con el abuelo me impresionó profundamente. Los tiempos habían cambiado y estaban por cambiar aún más. Vi que verdaderamente estábamos viviendo una época diferente, que nuestra tierra experimentaba dolores de muerte y que ya era hora de dejar de esconder las manos; había llegado el momento de unirse solidariamente y hacer valer el legado que la sabiduría de nuestros mayores nos transmitió.

  Al salir del desván, apreté su mano como si fuera la última vez, demostrándole cuánto apreciaba su sabiduría. Intercambiamos una última mirada dulce y luego pensé para mí…

  ¿Dónde estás, Pantomino? Un negro día, las tijeras de Átropos recortaron tu presencia del cuadro familiar. Tomé entonces el difumino de la melancolía y retoqué tu imagen con el gris de tu ausencia. El adiós que se suelta deja un nudo de emociones, un gusto salobre al pasar por la boca, y arranca del teclado de la memoria vivas sensaciones, matices de nostalgia que enaltecen los recuerdos.

  ¡Osada vendimiadora que arrastraste a mi Pantomino al confín gélido! ¿Cuándo llegará el día en el que toda distancia sea una mera y simple opción de las circunstancias, y la ausencia una pausa sin aguijón ni herida, cuando haya un «hasta luego» en cada separación?

  ¡Mi Pantomino de ojitos tiernos! ¡Sigues tan vivo como siempre!

  Desde el retrato que cuelga en la pared de la casa que tú mismo construiste, miras hacia mí con tus pardos y tiernos ojos, en un rostro maravilloso de áurea serenidad. Mi amigo, mi confidente, siento cómo cobras vida y sales del marco. Siento tu espíritu silbador cuando subo por la escalera de madera rechinante. Ya sé que duermes el largo sueño del que ha de despertar, que no estás en realidad, pero sigues con nosotros, pues tus labradas piedras y los bellos hórreos siguen hablando de tu artesanía gallega. Tu alma late en la talla de cada piedra de la Costa de la Muerte, haciendo que esta esté más viva que nunca. Cada una de ellas cuenta cómo eras, incluso los azulados dibujos de pececitos geométricos, casi olvidados en la madera de las casas, que miran con atención a quien eleva la vista hacia lo alto.

  ¡Gracias por permitirme plasmar los sueños de antaño! ¡Gracias por el nuevo despertar que me has transmitido! ¡Quisiera que fuese ya una realidad! Tu vieja casa siempre me ha producido bellos recuerdos, sombras del olvido que ahora resurgen como si estuviesen grabadas en la almohada, listas para ser plasmadas desde la tela del tiempo a las blancas hojas de vivencias por venir.

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El Pantomino — Capítulo 4: Pepa la Ginda y la era del progreso

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  Ni siquiera recuerdo el día que tuve que usar una llave en mi mocedad. Cuando iba de romería con mis hermanos, nuestra madre nos dejaba la puerta simplemente arrimada para que pudiésemos entrar al regresar; eso sí, si llegábamos más tarde de las doce, tu bisabuela echaba la llave y no nos quedaba más remedio que dormir en el pajar.

  Le pregunté entonces por las chicas… Con un tono confidencial y reservado, me habló de cuando comenzó a galantear:

—Cuando me enamoré, estaba trabajando en la floristería de mis tíos en la ciudad de La Habana. No es por ser presumido, pero tu abuelo fue siempre de muy buen ver, por lo que tenía a muchas pretendientas en Cuba; pero yo quería tener una sola mujer en mi vida. Para aquel entonces, tu abuela ya me había robado el corazón; me quedé prendado de ella aunque fuera mi prima. Ni en aquella tierra lejana me olvidé de los sentimientos que me había despertado. Tanto es así que, cuando venían algunos carnotanos a La Habana, les preguntaba por las muchachas de aquí. Hablaban hasta cansar de cómo era una y cómo eran las otras, pero cuando les preguntaba por Pepa de la Ginda, aquello ya era otro cantar.

  Hizo una pausa, entornando los ojos con una sonrisa de pura nostalgia:

—Decían: «Esa mujer no es como las demás. Es muy trabajadora, no sale con nadie, no tiene tiempo para perderlo. Incluso cuando llega la fiesta, se lleva el trabajo al baile; su madre va con ella y la hace palillar allí mismo. Pero es la más simpática de todas; se echa unas carcajadas que da gusto ver lo bonita y bien hecha que es».

—Como puedes imaginar, preparé todo para retornar a Carnota. Construí la casa de cantería donde estamos ahora y luego me declaré a mi prima; tenía entonces veinte años. Obtuve la dispensa papal y nos casamos, mas con toda la familia en contra. Tuvimos tres hijas y un hijo, y de nuestra Amalia naciste tú, mi tortolita.

  Me abrazó, aconsejándome:

—Haz siempre caso de tu madre, pues tiene incrustados principios justos que nosotros le hemos transmitido. Siendo una hija obediente, los ha tomado a pecho en todo su vivir; es un ejemplo para muchos.

—¿Por qué lo dices, abuelo? La gente sigue peleando en guerras igual que en tus tiempos, matan a inocentes. ¿Acaso no han dejado que influya en ellos su vivir cristiano, como tú, la abuela y mamá?

  El abuelo hizo una pausa y, después de suspirar, me dijo:

—Tienes razón, mi niña, la gente no deja de matar. Antaño prevalecía lo que podría llamarse una actitud «cristiana». Los viejos pescadores de la Costa de la Muerte hablábamos entre nosotros de aquellos hechos en nuestras conversaciones. ¿Por qué personas de naciones que afirman ser cristianas, como Francia o Alemania, peleaban entre sí? No lo entendíamos. Para aquel entonces, mi buen amigo el cura párroco me dio una revista católica que se llamaba La Hormiga de Oro, donde venían fotos de la guerra y del sofisticado armamento que estaban utilizando los alemanes; una revista que pocos podían tener, pero que yo compartía con mis amigos… Me acuerdo mucho de aquellos frailes que venían de misiones y remachaban el punto de que la voluntad de Dios era que los jóvenes pelearan por su país en caso de tener que defender su patria. Fueron algunos curas los que hicieron que la gente pensara que la guerra era justificable para un cristiano. Hoy en día, la mayor parte de la gente se interesa poco en si la guerra es cristiana o no; todo lo que quieren saber es si es «moral o inmoral».

  El abuelo Pantomino era un hombre divertido, de ahí su apodo. Sus pantomimas eran muy singulares y hacía eco de ellas toda la comarca, sobre todo cuando se disfrazaba de mujer embarazada y se levantaba un manto a modo de faldón, mostrando unas vejigas de cerdo y diciéndole a las mozas que estaba a punto de parir entre risotadas y danzas.

  Sin embargo, hoy caminamos por la autopista de la información, rodeados de oportunidades culturales que serían inimaginables para el abuelo. Nos asedian la televisión, las películas llenas de violencia o sexo y las tertulias que ponen al descubierto la vida y andanzas de los famosillos, haciendo que todos duden de su credibilidad solo para alimentar el morbo. ¿Y qué decir de los videojuegos de ordenador, en los que me han dicho que siempre tiene que salir un arsenal de armas de diversos calibres para que los niños no se aburran? ¡Qué futuro se puede esperar de mi generación! Tristemente, esta es la herencia que nos deja el mal llamado «mundo libre», el mal llamado «mundo capitalista», la mal llamada «era del progreso».

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El Pantomino — Capítulo 3: El secreto bajo la almohada y el agua del lar

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—La gente ya no tiene cariño —decía siempre.

  Sin embargo, cuando crecí, aquel secreto de la roca escondida en la cueva pasó a parecerme una mera casualidad y mis intereses cambiaron. Al llegar a la adolescencia, empecé a pensar que el abuelo vivía en una región de sueños, utópica, se diría hoy. Pero tengo que reconocer que mi abuelo amaba la vida.

  Cuando caminábamos por la arena, yo miraba las huellas que dejaban sus pies. Él solía recoger trozos de madera o alguna piedra y los analizaba con cuidado.

—¡Una concha! —gritó admirado en una ocasión—. ¡Mira! ¡Todavía tiene el amanecer dentro!

  Me apresuré a mirarla, aunque yo había dejado atrás montones de conchas como esa. De repente me quedé atónita, no tanto por la concha, sino porque mi abuelo estaba feliz. Se encontraba más vivo que yo. Me puse a meditar en él. Tenía algo muy diferente, algo tan sencillo y al mismo tiempo tan profundo que en ese momento yo no podía comprenderlo bien. Él no trataba de impresionarme, sino de atraer mi atención hacia las cosas simples que nos regala la vida. Su rostro se volvía al cielo para ver cómo las gaviotas se deslizaban, suspendidas en la corriente del viento. Su mente se asombraba.

—¡Ah, eso es muy hermoso! —decía, y luego me miraba.

  Se sentía más feliz que un niño con zapatos nuevos. Tenía el secreto de vivir. No le pesaba el pasado ni dudaba del porvenir; vivía el presente absoluto.

—¡Dime, abuelo! —le pregunté—. ¿En qué consiste tu secreto para aprovechar tanto la vida?

  Me sonrió y comenzó a revelarme la respuesta citando unas palabras de las Sagradas Escrituras. Se trataba de una Biblia que había traído de Cuba: un ejemplar antiguo y hermoso con cierres dorados y unas manos de plata entrelazadas. Al estallar la guerra civil, el abuelo la había enterrado en una caja de hierro junto a su revólver. Ahora me revelaba su ubicación, tal como lo había hecho antes con la piedra escondida.

—No os afanéis por el día de mañana, pues el día de mañana traerá sus propias inquietudes. Le basta a cada día su propio mal —citó.

  Aquellas palabras cobraban forma en la vida del Pantomino, un ejemplo viviente de la veracidad de aquella sabiduría salida de los labios de Nuestro Señor.

  Aún en mi adolescencia, era un auténtico placer visitar a los abuelos. Vivían en Carnota, en una casa de piedra de cantería y madera que tenía seis estancias y un desván. Aquel altillo era casi un museo donde se podían pasar horas enteras explorando las cosas viejas que custodiaba. Un día, medio en serio y medio en broma, le dije a mi abuelo que quería registrar el desván a fondo para ver el gran cambio que había experimentado el mundo desde antaño hasta hoy. Él captó de inmediato el sarcasmo en mis palabras.

—No crees cuando te digo que los tiempos han cambiado mucho, ¿verdad?

  Sin esperar mi respuesta, subimos la escalera y fuimos directamente hacia un viejo baúl atestado de libros descoloridos, papeles viejos y otros documentos. Rebuscó en su interior hasta extraer varios periódicos y revistas de páginas amarillentas. Nos sentamos allí mismo, sobre el suelo de madera, apoyados en unos viejos almohadones de bordados moriscos, y me apretujé contra él todo lo que pude.

—Lee estos periódicos —me dijo—. Verás que por ninguna parte se habla de tal cantidad de asesinatos, ni de guerras ni de terrorismo a gran escala como tenemos hoy. ¿Crees que los viejos nos imaginamos estas cosas?

  Me quedé atónita. Era rigurosamente cierto. Tenía en mis manos un periódico del año 1912; luego tomé otro de 1907 y después pasé a hojear las revistas de los años 1926 y 1928, que recuerdo que eran ejemplares de la colección de Mundo Gráfico. Era verdad que el mundo iba de mal en peor. Aunque en aquellas revistas también se relataban algunos homicidios horrendos —como un número del 4 de enero de 1928 que llevaba por titular «El sensacional crimen de Barcelona», sobre una mujer de apellido Fuentes que en la calle Trafalgar había asesinado a su marido—, noté que la noticia se catalogaba como «sensacional» precisamente por lo extraordinaria. No era como hoy, que la tragedia se ha vuelto tan cotidiana que la llamamos «violencia de género». Además, en casi todo un año apenas se hablaba de crímenes en toda la revista, salvo por los caídos del ejército español en las colonias del norte de África. También miré un ejemplar de la Gaceta de Galicia, editada en Vigo; tenía cuarenta páginas y costaba treinta céntimos. Su fecha era del 1 de septiembre de 1929 y rezaba como cualquier periódico de provincia: sus páginas estaban repletas de un lenguaje poético y gráficos de actualidad, sin rastro de malas noticias.

—¿Estás atónita, verdad? —preguntó el abuelo, lanzándome una mirada de reojo mientras observaba mi reacción.

  El cargado olor del desván, impregnado de periódicos viejos, creó el marco ideal para preguntarle acerca de algunas de las dudas que aún revoloteaban por mi mente.

—Abuelo, ¿por qué crees que eran tan diferentes los tiempos antes de que vieras caer del cielo la piedra? Los labradores no tenían tractores, ni máquinas de ordeño, ni nada de nada. Todo era simplemente un trabajo pesadísimo en las fincas, ¿no es cierto?

—Es verdad —dijo—. No teníamos tractores, pero teníamos bueyes. Y yo sé lo que es ser dueño de una pareja de bueyes: levantarse a las cinco de la mañana para atenderlos, cepillarlos o acarrear los helechos y los tojos para hacerles la cama en las cuadras. Permíteme decirte, tortolita mía, que hay algo verdaderamente grato en esa sensación, algo que uno jamás obtiene por ser dueño de un tractor.

—¡Sí, abuelo, pero caminar detrás de un arado de hierro bastaría para matar a cualquiera!

—He vivido mucho tiempo, mi niña, y aún no he visto a ningún hombre morir por andar tras el arado, pero sí he visto a varios aplastados bajo un tractor. Es toda esta comodidad la que enferma a la gente de hoy. En una ocasión, un vecino mío compró un arado especial para arrancar tocones y raíces de su huerta; me dijo que jamás se había sentido tan feliz y venturoso como cuando manejaba aquel enorme arado, impulsado por la fuerza de sus bueyes. Y yo estoy de acuerdo con él.

  Mi abuelo se acomodó mejor, recostándose contra el lateral del baúl, y comenzó a hablar con un tono más serio:

—De hecho, te digo, pequeña, los tiempos eran muy distintos cuando yo tenía tu edad, pero es difícil que tú lo comprendas ahora. Has nacido en el mundo de los aviones, de las carreteras pavimentadas, de los coches y de tanto progreso técnico. Las granjas tienen máquinas y todo el alimento viene ya empaquetado e incluso precocinado. El pan ya te lo dan hecho en la tienda. No es como antes, que desde que sembrabas y luego segabas el trigo, pasabas por la malla para separar el grano de la paja, luego lo secabas en el desván, después lo molías en los molinos de agua, cribabas la harina, la amasabas y lo cocías en tu propio horno de leña. Era mucho, muchísimo trabajo el que se pasaba, mas a saborear aquel pan de antaño no hay nada hoy que se le pueda igualar.

  Por un instante, el abuelito se quedó en silencio, pero yo casi podía oírlo pensar. Así que lo animé para que me siguiera hablando de aquellos tiempos y de la gente que conoció.

  Esbozó una sonrisa y siguió con sus explicaciones:

—Como la gente caminaba tanto en aquellas alboradas, sin tiempo para sufrir de colesterol, era bastante normal que nos alcanzara el día para hacer todo lo necesario y prioritario. Tan solo había en casa un viejo despertador de campana y este reloj de bolsillo de plata que siempre guardaba en el chaleco.

  Lo sacó para mostrármelo. ¡Increíble que todavía funcionase! Realmente era una maravilla ver cómo, al levantar su negruzca tapa, asomaba su antaño blanca esfera, hoy ya amarillenta por el paso de los años, con aquellos números romanos negros y vivos en su no menos preciosa caja de plata repujada.

—Muy pocas personas en aquellos tiempos disponían de un reloj como este —aseguró—, y apenas se miraba, pues se trabajaba de sol a sol. Sin coches ni apenas carreteras, uno podía ir sin prisa a través del monte o por los caminos del pueblo sin temor a ser atropellado. Podíamos vivir la vida igual, aunque fuera a paso de tortuga. Hoy la gente se apresura para todo, tratando de hacer demasiadas cosas al mismo tiempo; ese es uno de los mayores problemas actuales. Por eso se quejan de no tener tiempo para nada, porque quieren hacer en un solo día lo que antes nos llevaba una semana entera.

—Te voy a contar del mejor amigo que tuve cuando era joven —continuó el abuelo—. Por cierto, fue él quien me ayudó a acarrear la negra piedra que vi caer del cielo para luego esconderla en un lugar seguro, ya que yo solo no podía; aun así, nos costó bastante trabajo, pues hervía como el carburo de Cee en medio de un enorme agujero.

  Continuó describiéndome la figura de su amigo: un hombre de baja estatura, fuerte, de pequeños ojos negros y muy espabilado; un amigo de palabra, capaz de guardar cualquier secreto hasta llevárselo a la tumba. Al igual que mi abuelo, este hombre había tenido que buscarse la vida fuera de su tierra, viajando de Alemania a Francia y luego a Canadá como polizón. Al llegar a Quebec, lo único que le preguntaron fue: «¿Dónde quiere usted trabajar?».

—Hoy en día no se te ocurra hacer eso —me advirtió el abuelo—. Desde allí le escribió a su padre para que supiera que estaba bien; este le contestó en una carta: «Hijo, los buenos tiempos han dejado de existir. La guerra nos cambió a todos. La vida pasó a ser diferente después, y la buena disposición social del mundo de antes cambió rotundamente. Ya no hay confianza en la gente, se está volviendo más osca y suspicaz cada día que pasa…».

  El abuelo me miró sonriendo, pues no quería que me sintiera incómoda con aquellas historias de tinte melancólico, y me dijo:

—Te estoy aburriendo mucho, mi niña, igual ya quieres bajar a por la merienda…

—No tengo hambre, abuelo, cuéntame más cosas —solicité con ansiedad.

Entonces comenzó a hablarme de mis bisabuelos y de la vida que tuvo de niño:

—De aquella, se podía decir que era una auténtica vida de familia. Los miembros del hogar hablaban unos con otros. No teníamos radio ni mucho menos televisión que nos robaran la conversación. Ahora, en las casas, todos se sientan en silencio en la semioscuridad, mirando una y otra vez los impactantes anuncios del televisor o lo que sea que pongan. Si alguien dice algo, lo enmudecen con un simple «calla» o surge una repentina riña por ver quién se queda con el mando y controla los canales. Cuando éramos niños, a todos nos gustaba hablar. Hablábamos por los codos. Papá nos decía: «¡Hijos, por favor, no habléis más de dos a la vez!». Este tipo de vida se perdió…

  Se quedó cabizbajo y melancólico al recordar a sus queridos hermanos y padres, pero yo deseaba con fuerzas que no terminase la historia, por eso le pregunté:

—Entonces, ¿qué hacíais los niños para divertiros?

Pensó por un momento y luego esbozó una sonrisa; un recuerdo divertido había acudido a su mente.

—Me has hecho recordar mi infancia —dijo—. A menudo solíamos sentarnos alrededor de la artesa a jugar al dominó con papá. Pero no pienses que todo era diversión: hacíamos muchas labores y trabajábamos duro. Íbamos en grupo a través del campo con nuestros padres y vecinos. Había una seguridad absoluta en los caminos, porque no existía el peligro de que nos atropellasen. Nunca tuvimos vacaciones, siempre había que trabajar, pero recuerdo con especial cariño cuando íbamos lejos a labrar los montes y nos acostábamos en el suelo sobre sacos. Llevábamos el almuerzo con nosotros y bebíamos la leche de vaca directamente de la ubre. ¡Qué rica!

  Hizo un gesto con los labios como si todavía la estuviera saboreando y sus ojos brillaron de emoción con el recuerdo.

—Aunque éramos traviesos y poco cuidadosos con la naturaleza que Dios nos ha dado —continuó—. ¡Pobres mirlos, a los que tirábamos piedras con los tirachinas! ¡Nunca lo hagas, hijita! Es nuestro deber protegerlos, no dañarlos. Cuando me dejaban ir de romería, mi padre calculaba el dinero que iba a precisar. Si lo gastaba rápido, simplemente tenía que arreglármelas sin él o regresar a casa. No podíamos llamar por el teléfono móvil para pedir más, como hacen hoy en día algunos jóvenes. Pero nos sabíamos divertir de verdad, de una manera limpia y saludable. No necesitábamos emborracharnos, ni drogarnos, ni juntarnos en multitudes para eso que hoy llamáis botellón, que solo sirve para dejar el entorno sucio y, lo peor de todo, sucia también el alma.

  Metió la mano en el bolsillo y sacó una bolsa de higos pasos que tanto le gustaban.

—Solíamos comer de esto cuando éramos niños, especialmente en el frío invierno. No había supermercados entonces. La única tienda del pueblo era propiedad de una sola familia. Casi todo se pesaba en balanza o con la romana; se vendía a granel, sin empaquetar. Tenían cajones de madera para conservar los productos básicos. Los hombres paraban a menudo en torno al largo mostrador de mármol para tomar un vino o una copa, hablando hora tras hora de su pesca, de sus familiares en las Américas, de las vacas, de las patatas, del trigo o del maíz. Aquel ultramarinos tenía de todo, desde bolillos hasta féretros. También tenían tres gatos, rapidísimos para atrapar algún que otro ratón, pero muy cariñosos cuando se restregaban contra las piernas de los clientes. Recuerdo que aquel viejo tendero me aconsejaba qué cosas comprar y cuáles no. Esa clase de relación íntima ya no existe hoy. Esa confianza sencilla entre tendero y cliente se daba en los pueblos y también en las ciudades. Trata de encontrar eso hoy en día —dijo mi abuelo con un tono marcadamente emotivo—. Ir a la villa de Muros a mercar o vender era una de las cosas que más disfrutaba. Ya no verás a muchas personas deleitarse tanto con ir a comprar.

  Entonces se estiró un poco por tercera vez y me dijo:

—Cuando tenía tres años, casi cuatro, mamá me enviaba a la tienda a hacer la compra. Un día me mandó a por unas galletas y, cuando llegó la hora de pagarlas, inocentemente le di al tendero un portaplumas viejo que no tenía ni la pluma metálica. Lo aceptó como si aquello fuera el precio idóneo y, sin decir palabra, me entregó las galletas. ¿Dónde hay hoy tenderos que hagan tales cosas? La bondad y la generosidad han desaparecido de los corazones humanos. Ahora la gente se ha vuelto más impersonal; son muchos los que se tratan unos a otros como extraños. Se muestran fríos y distantes, evitando el trato con los demás. Ese es el terrible cambio que ha sufrido el mundo.

  Interrumpí sus palabras preguntándole por la delincuencia y la moral de la gente de su época:

—¿Era como hoy, abuelo?

—¡Oh, no, ni pensarlo! —contestó—. Cierto es que había cerraduras, pero nadie pensaba siquiera en cerrar la puerta con llave. Tan solo cuando ibas lejos al monte, entonces la bisabuela cerraba, pero no se llevaba la llave consigo, sino que la guardaba cerca de la casa, bajo cierta piedra o debajo del hórreo. La puerta de la casa era de dos hojas; siempre estaba abierta la de arriba para que cualquier vecino pudiera asomarse o entrar abriendo el pestillo de la de abajo.

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El Pantomino — Capítulo 2: El bardo de O Pindo y el misterio del cielo

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—Abuelito, ¿es muy antiguo? —le pregunté.

  De pronto, se abrió ante mí la puerta de la imaginación. Me quedé embelesada por las explicaciones históricas de aquella voz que desbordaba la sabiduría y experiencia del Pantomino: maestro de canteros, sepulturero y maquinista naval de profesión.

—Este hórreo, mi niña, es de estilo «de Noia» —me dijo—. Se construyó hace varios siglos, allá por el mil setecientos, cuando se empezaron a levantar los primeros ejemplares esculpidos en piedra; antes se hacían con varas entrelazadas de mimbre. Pero no pienses, hija, que todos eran tan xeitosos como este.

—Además, siempre aguantaron las transformaciones del hombre igual que la propia naturaleza. En el año 1783, se dice que se realizó la primera ampliación de la que hay constancia por un tal Quintela. Hasta yo mismo tuve parte en otros aumentos que le hicieron.

  Esto último lo dijo con orgullo, mientras comenzaba a hablar de medidas que yo no entendía, como las de los esteos de noventa y de los tornaratos, cuyo propósito ignoraba; a mí solo me parecían redondas empanadas hechas de piedra. Gracias a la sabiduría de mi abuelo Pantomino, supe que actuaban como islas, evitando la subida de los ratoncitos que buscaban el grano trepando por los pies pétreos para introducirse en las estrechas aberturas de ventilación.

  Me felicitó por haber contado bien los veintidós pares de pies. Luego, con énfasis, me hizo reparar en la sencilla perfección de la cantería, sobria y elegante, sin duda fruto de su labor de restauración como humilde cantero. ¡Cuánto me gustaba escucharlo! ¡Cuánto me agradó aquella tierra donde vivía! ¡Cuántos buenos recuerdos guardo! Era una tierra hermosa, llena de sorpresas para una niña tan pequeña como yo. Hoy en día damos todo por hecho sin prestarles atención. ¿Quizás por falta de tiempo? No lo sé, pero creo que más bien se debe a que vivimos agitadamente en un mundo que pierde sus valores, menospreciando lo que tenemos al lado sin pensar que es un legado divino para cuidar y embellecer.

  El mar Atlántico del Pantomino rinde tributo con su sargazo, inclinándose ante la blanca arena cristalina, transparente como el azúcar. Siete kilómetros de inmensa playa forman un perfecto arco desde el que se muestra, como si fuera una isla, casi fusionándose con las fincas de las blanqueadas casitas. Las xunqueiras, meciéndose por la brisa, se entrelazan con la duna y los yerbajos en una perfecta simbiosis con aquel entorno natural salvaje y la belleza paisajística del roquedal cercano. Los trinos de las aves migratorias hacían que la vida despertara en derredor, en medio de los humedales. Me emocionaba, como niña, ver a los ánades reales que, en compañía de sus padres, acostumbraban a anidar en primavera en aquel lugar encantador.

  Contemplaba extasiada el pequeño puerto de O Pindo cuando acompañaba al abuelito Pantomino en su bote, llamado Marina. Mis ojos centelleaban con los suyos de ilusión por la riqueza marina que extraía del mar con sus nasas, mientras nos contemplaban de lejos aquellos árboles que se agarraban con ciclópea firmeza a las laderas del monte de rosáceo granito, donde la mano divina cinceló un llamativo conjunto de formas dolménicas. Mi fantasía me llevaba a ver extrañas siluetas que representaban seres míticos de cuentos y leyendas: serpientes, dragones, cabezudos y gigantescos monstruos; leones con abiertas fauces que, otrora, me hacían aferrarme a mi abuelito buscando refugio:

—¡No tengas miedo, mi pequeña, no te harán nada! —se reía—. ¿No ves que soy un mago muy poderoso? Si eres valiente, este misterioso monte te enseñará su tesoro.

  Mi Pantomino querido lograba tranquilizar mi alma infantil e ilusionarme por hallar aquel tesoro. Él compartía mi misma ilusión, mostrándome una piedra negra de reflejos verdosos a la que llamaba «A Pedra caída do Ceo», depositada en el fondo de uno de los túneles cavados en el suelo del monte.

Frunciendo el ceño, me advirtió con seriedad:

—Recuerda, pequeña, que no debes venir aquí nunca sola. Es peligroso.

  Asentí con la cabeza, contenta por conocer el escondido tesoro de aquel pedregoso monte de la mano de mi mago poderoso. Sentía que la protección de mi abuelo Pantomino era muy necesaria en aquel lugar, pues la piedra era muy extraña: tenía cortes semejantes a letras irisadas por una de sus caras lisas. Jamás había visto cosa igual, nada semejante a los petroglifos del lugar.

¡Ay, monte del Pindo! ¿Cómo es posible que los hombres puedan desdeñarte y ofenderte? Ya sé, ellos siempre atentan contra lo suyo; mientras puedan restaurar, todo les parece bien, pues creen que todo les pertenece. ¡Cuánto ignoran de tus entrañas! ¡Cuánto darían por encontrar tus misterios!

  No obstante, mi pedregal me considera suya; nunca perderá la noble templanza, aunque se enfurezca su vecino azul de espuma blanca.

  La noche coqueteaba en la hondura con su ostentoso traje de luces esplendentes, mientras mi pedregal emitía su lloro de alegría, vertiendo sus manantiales hasta la concurrida fuente frente a la casa del abuelo. Allí estaban las laboriosas comadres, haciendo vida social diaria, muchas veces para cortar el traje de fulanita o menganita, del mozo de esta o de aquella, mientras llenaban sus recipientes con la fresca y exquisita agua del lugar. La imagen de la abuela Josefa con la sella en la cabeza, de la que caían goterones de vez en cuando a través del borde de la tapa por haberla llenado en demasía, aún revive en mi mente. La veo allí, posándola en la orilla de aquel fregadero de piedra construido por las manos hábiles de mi abuelo cantero; la veo sentada al lado del lar, mientras miraba atentamente y con ilusión cómo su nieta de ciudad tomaba un buen trago con el cazo de aluminio. Gratos recuerdos perviven y aún puedo exclamar al revivirlos: ¡Qué buena estaba aquella agua del Pindo!

  ¿Qué es lo que me transporta hasta ti, mi querido Pindo? ¿Es acaso el cálido recuerdo del abuelo? Eres un rincón mental abierto a mis apuros. Siempre podía salir a tu encuentro, como los cantos monocordes de las parejas de tórtolas en su nido, como los esparcidos granos en una plaza llena de palomas.

  Los pensamientos empedraron mi andanza en el fondo de la memoria. Mientras se oscurecen los recuerdos y las presiones del mundo me acechan, siempre dirijo la vista allí donde conservo todos los flujos aún intocables. Y aunque esté algo triste, puedo superarlo. Allí todavía se escucha la suave arpa eolia que el viento abraza. ¡Cuántas cosas hermosas rebosan en el albergue deleitable de esta costa! ¡Costa de Vida, no Costa de la Muerte!

  El mar de mi abuelo, otra vez frente a frente, como dos viejas amistades. Vuelco en él mis ansiedades, vierto mis ojos en su espejo cambiante. Los leves pies de mi infancia corren ligeros a mojarse en tus orillas, y las expectativas de mis ecos sonantes sumergen en tus ondas mis tristezas.

  Sazonando en tus sales mis enxebres palabras, se siente el deleite de las gaviotas en el plomizo cielo; se siente la embriaguez de luz en las remeras a las que, por los polvos del destino, teme el marinero. ¡Me oyes, mar generoso! Entiendo tu lenguaje, descifro tus rumores; tu recuerdo enervado bajo el sol ardiente me hace rogar. ¡Ay, si te viese ahora mi Pantomino querido!

  Me seduces en todos tus aspectos y humores, y nada te sustituye ni te borra de mi mente. Exteriorizas de continuo tu gama de colores; ahora te muestras pensativo bajo el plateado plenilunio. Tu infinito horizonte me embriaga de amores, entre el lusco e fusco, entre las lentejuelas de la luz nocturna. Cuando tus olas me rozan con suavidad para mostrar su amor y ternura, noto que me imploran compasión por tus sufrimientos, por tus heridas.

  Vuelco en ti mi soledad, pues tu sosiego me ayuda a organizar los pensamientos cuando mis neuronas se vuelven locas de emoción. Multitud de escenas incesantes recorren mi mente. Tus ojos, abuelo, cargados de ternura, se detienen ante mí y me devuelven la calma. El viaje de mi vida por otras tierras suscitó en mí una honda añoranza, mas tu recuerdo me otorga bondad.

  Desde un pozo de hastío he mirado las estrellas. Te acercaste en mis noches austeras, cuando los hoyos en la almohada, antes llenos de pesadumbre, se poblaron de jóvenes ideas. Tu verdad me libró de toda incertidumbre; al cobijarme en tu nobleza, un bálsamo de gozo me sumergió para levantarme en espíritu hacia la quintaesencia. Tu entrañable palabra, que en mi sed se vertía, recorrió en profundas vetas mi corazón, hasta hacer vibrar de alegría mis entrañas.

  Qué dulce era sentirme en el hogar, a tu lado! La luz irisada penetraba a través de mi prisma, cubriendo de colorido mi íntimo sentir; el desafecto de mi generación ya no me abismaba. Subida en los brazos de mi abuelito, con ojos como platos, contemplaba de forma mística aquel paisaje soberbio en el campo del hórreo, el más grande del mundo. Aquella difusa luz producía una paleta de tonos verdosos, semejante a un lienzo cromático que cubriese un altar extendido en el suelo con la santidad del alba.

  Quiera Dios que mis ojos no dejen de ver el paisaje agreste, las extensas fragas, los montes y los campos libres de los dientes férreos y voraces del progreso. Ahora me hastían estos bosques de cemento, montones de nidos humanos e inflexibles ramas. Al contrario que la naturaleza, estas torres colmadas de pequeñas ventanas dividen en jirones el momento crepuscular, restándole esplendor a nuestras montañas. Por eso mis ojos se detienen con ambicioso fervor en el paisaje de antaño, en su extensión erial, en su salvaje regalo.

  Es un tiempo que transcurrió como el río, igual que nuestra vida; como se fueron los días del cabello al viento, de la ropa en alegre desaliño y de las manos que deshacían los terrones. Aquel desfilar descuidado de las horas cae como pétalos arrastrados por el viento, como las hojas tornasoladas del otoño. Extiendo las manos y recorro el horizonte con los ojos, contemplando que todo es hermoso y pasmoso. Me gustaría pensar en un tiempo de paisajes sin líneas ni estilos, descampados y esquivos sobre la tierra, sin esos fiaños de la mentira piadosa o de la trola crédula.

  Me gustaría ser como un árbol que acepta su destino y admite la prudencia de apegarse a su heredad, haciéndome firme ante el viento para vencer su asedio, sin que me arrastre del camino el constante huracán de este mundo, áspero como un yermo raso.

  Mi piel, cáscara de intemperie y aguante, vibra con el impulso de una savia vibrante al expandirse en el follaje espeso, ese que se forja en la penumbra de su cautiva raíz. Ojalá fuera como un árbol que espera siempre lo que le trae el camino, como una dádiva altruista que consagra su franqueza a los demás.

  Al igual que una carta amarillenta que oprime el corazón, la arena del tiempo se escurre entre mis manos. Entonces, el sólido razonamiento refuta las austeras tesis de los sentimientos y deposita la intensa y amada herencia más allá del paisaje, más allá del momento, en la soleada senda que dirige la vega mientras el viento silba.

  Llegó la tarde y yo seguía escuchando al abuelo con suma atención: sus preciosos cuentos, sus exóticas historias de navegantes y los tantos avatares de su vida en el mar o en cada puerto. Sin embargo, lo que más me atraía era la aventura del día en que vio caer del cielo su gran secreto, ese que ahora había depositado en mí para siempre como un gran legado.

  Me gustaba caminar por la arena, a todo lo largo de aquella playa inacabable. Me encantaba cuando me llevaba sobre sus hombros y me hablaba de su vida en la isla de Cuba, de cuando estuvo a punto de perder la vida a manos de unos pistoleros. Habían sido contratados por un familiar envidioso y vengativo debido a que el abuelo se opuso a que unos polizones chinos fueran arrojados a los tiburones tras haberles robado el dinero; una crueldad a semejanza de las mafias modernas que atropellan a los inmigrantes «sin papeles». La bala traidora estuvo a punto de herir su buen corazón por apenas un suspiro. Mi intrépido abuelito ya tenía el convencimiento de que algo en el buque iba a salir mal; comenzó a investigar por su cuenta y se encontró a los infelices polizones encerrados en sacos. Los desamparados, sin saber cuál sería su suerte, solo mantenían la esperanza de encontrar un trabajo para ayudar a sus familias empobrecidas. De otros nunca se sabría nada: el abuelo descubrió que no eran los primeros, pues en viajes anteriores muchos habían sido arrojados a alta mar, terminando tristemente en los estómagos de los voraces escualos. Pero aquello no volvería a suceder mientras él fuese el jefe de máquinas de aquel barco. Al menos esa vez, logró que aquellos desdichados hombres llegasen sin más percances al puerto de La Habana.

—Ves, mi niña —me decía mi abuelo querido, mi Pantomino de gran corazón—, después de la Gran Guerra la gente demostró que no tiene sentimientos. Cuando bajé del buque me estaban esperando para matarme. Tuve que defenderme con mi navaja y le rajé la nalga a uno de ellos; el otro me dio un balazo, pero gracias a mi tío, que era dueño de una floristería en La Habana y llegó a tiempo, no me remataron de milagro con aquel plomo traidor.

  Mas, como repetía siempre con lágrimas en los ojos:

—Las buenas personas tienen ayuda si confían en Dios.

  Luego, como se quedaba algo triste al contarme su historia, yo me agarraba a su cuello llenándolo de besos y él, en recompensa, prorrumpía de súbito en canciones con su chirriante voz de tenor alto. La abuela deseaba que dejase de canturrear, pues realmente no entonaba bien, pero a mí me gustaba mucho; cuando cantaba, me alegraba el corazón.

  Al Pantomino le gustaba leer en su propia lengua materna; él me enseñó el gallego que sé. Todas las noches, después de cenar, sacaba un pequeño librito verde, impreso en Santiago en el año 1886, que llevaba por título Rumores de los pinos y era el favorito de la abuela.

—¿Quieres que hoy te lea «Rosa de Corcoesto»? —preguntaba.

  Cada noche leía un poema diferente. Me fascinaba escuchar su preciosa voz cargada de sentimiento. Lo hacía en voz alta, desplegando una gama de emociones humanas con la que los personajes cobraban vida en mi mente. Sin ninguna duda, leía mejor que nadie; diríase que lo hacía como un auténtico bardo medieval.

  A menudo hablaba de cómo se habían transformado las cosas en el mundo desde que, de joven, vio caer aquella «piedra del cielo» a primeros de septiembre, justo un poco antes de que estallara la Gran Guerra Europea.

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EL PANTOMINO DE LA COSTA DE LA MUERTE

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  Eran espumosas, antaño diáfanas, en otros tiempos virginales. Dirigidas por la brisa marina como por una mano sutil, dejaban a su paso collares de perlas que, con la velocidad del relámpago, se desvanecían en una natural invisibilidad. Mientras sumergía los pies en aquellas aguas saladas, el roce escurridizo de las algas verdes despertaba una caricia leve y tierna en mis sentidos.

  Sé que todo es un sueño, pero al despertar me embarga una sensación imborrable. El eco se repite, anidando en mi inconsciente como una adicción incontrolable. Aún noto la fragancia de ese mar flotando en el aire de mi habitación, un aroma que inunda todo mi ser. Tiemblo, me estremezco y las lágrimas brotan con su peculiar sabor salobre. Es entonces cuando los recuerdos resurgen.

  Puedo ver al Pantomino, mi viejo querido, mi abuelo silencioso y a veces inquieto. Quiere mostrarme algo. Me invade la emoción, pero me siento protegida, aferrada a su mano endurecida, cálida y extrañamente ligera. Camino dando saltos, llena de la ilusión infantil de quien espera un regalo. Me lleva a un gran prado cercano a la iglesia, frente a un hórreo gigantesco. Sentada en su regazo, me explica que aquella casita de granito era la más grande del mundo y me anima a contar sus pies. Eran tantos y tan alineados que la vista se me perdía, pero juraría que conté cuarenta y cuatro.

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sábado, 29 de agosto de 2026

El Diario de Ehola — Capítulo 17: La Historia de Javán

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700 años después del diluvio. Tierra de Lapeti

  Siete siglos han transcurrido desde que el viejo mundo sucumbió bajo las aguas, pero nunca antes el silencio había pesado tanto en Lapeti. El aire, denso por el aroma a incienso y tierra mojada, parece contener el aliento ante la terrible noticia que recorre los valles: Ehola ha partido. Nuestra Madre y Reina... ya no está.

  Ha cruzado el umbral hacia ese confín ignoto, el destino final al que han peregrinado todas las generaciones y hacia donde, tarde o temprano, todo ser vivo debe dirigir sus pasos.

  Hace apenas siete días, cuando el sol se teñía de un oro pálido tras las cimas, Ehola me llamó a su lado. Su voz, aunque erosionada por los siglos, conservaba la autoridad de quien ha caminado bajo Su mirada. Ahora, ella ha cruzado el umbral hacia esa comarca ignota; el puerto final donde las eras convergen y hacia donde todo aliento, sin excepción, acaba por rendir su viaje.

—Mi querido Javán —dijo, extendiendo una mano de piel tan fina y curtida como un pergamino venerable—. Soy la última de los supervivientes del Gran Diluvio. He caminado sobre esta tierra durante ochocientos años, atesorando visiones que ningún otro mortal volverá a contemplar.

  Había una chispa vibrante en sus ojos nublados por los años; una mirada que atravesaba el presente, atrapada entre un pasado remoto y un futuro apenas vislumbrado.

  Con una solemnidad que me erizo la piel, me confió los secretos de su visión profética. Ehola no solo había visto el renacer de la humanidad, sino que sus sentidos habían traspasado los cielos más remotos.

—Conocí lo indecible —murmuró, y de pronto la luz de la habitación pareció extinguirse—. Vi el rastro de Su sombra proyectarse sobre el cosmos. Bajo ese peso, las huestes heladas de Ufi se desvanecieron y los mundos, ya rotos, terminaron de sucumbir ante una oscuridad que no conoce final.

  Confesó que la magnitud de la revelación desbordó su propia carne. Ante aquella visión de fuerzas primordiales y destinos truncados, su cuerpo simplemente cedió, desplomándose como un cadáver. Durante horas quedó postrada, el rostro hundido en la tierra gélida, envuelta por una noche absoluta y el rugido incansable de la tormenta.

  Solo la voz de tu padre logró rescatarme. Atravesó aquel desmayo prolongado y me trajo de vuelta a la luz, devolviéndome el pulso y la alegría de existir.

  Con la partida de Ehola, Lapeti queda huérfana de su guía más antigua. Nos lega sus palabras, la calidez de su ternura y el peso de sus profecías. A nosotros, hijos de este nuevo mundo, nos corresponde honrar a la mujer que se alzó como puente entre la furia del agua y la esperanza de la tierra firme.

  Tras sus palabras, el silencio se volvió absoluto; una pausa sagrada en la que el tiempo pareció encallarse en la habitación de Lapeti. Mi madre, último vestigio vivo del mundo antes de las aguas, sostenía la mirada en un horizonte invisible, habitando ese puente entre lo que fue y lo que está por nacer.

  Al fin, el brillo regresó a sus ojos; no con el fuego de una profetisa, sino con la paz de la esposa que acude a un llamado familiar. Una sonrisa iluminó su rostro, borrando por un instante los surcos labrados por ochocientos años de historia.

—Una vez más, como en aquella noche de juicio y tormenta, he escuchado su voz abriéndose paso entre las sombras de la muerte: "¡Ehola, Ehola, mi amada!".

  Se irguió un poco, como si los ochocientos años de carga se esfumaran al escuchar su nombre en los labios de quien tanto amó.

—Y le he contestado: "¡Jafet, mi amor, ya voy!". Pero esta vez, Javán, mi voz no me lleva de vuelta al Arca, ese nido de madera y alquitrán donde sobrevivimos a la desesperación del mundo hundido. No vuelvo a la destrucción que definió mis primeros siglos.

  Su voz se redujo a un susurro vibrante de alegría, una última nota de victoria alzándose sobre el final inexorable de la condición humana:

—Esta vez, el llamado me reclama en el Paraíso eterno de Eloah. Allí las sombras se desvanecen y el consuelo de nuestro Hacedor es la única luz que prevalece.

  Con estas palabras, el ciclo de su larga vida parecía cerrarse. La mujer que presenció el naufragio del mundo antiguo se preparaba para su propio descenso; esta vez, lejos de las aguas del juicio, para sumergirse en la paz absoluta de lo divino.

  La voz de mi madre se tornó un susurro solemne, cargado con el peso de la historia y el rigor del deber. Tomando mis manos entre las suyas, me hizo entrega del legado que habría de trazar el destino de nuestra estirpe:

—Y ahora, hijo mío, el momento de mi partida ha llegado. A ti, Javán, en cuyos brazos se profetizó que exhalaría mi último aliento, te confío estos escritos. Doy fe ante el Cielo de que he guardado absoluta fidelidad a la palabra de Aleemon.

  Hizo una pausa, permitiendo que la gravedad de su encargo calara hasta el fondo de mi ser. En sus ojos vi desfilar los siglos de lucha y gloria que ahora quedaban plasmados en aquellos pergaminos:

  Estas son las crónicas de nuestro linaje tras el Gran Diluvio: un tiempo marcado por el duelo tras la partida de Noé y la amarga fractura que la ambición de Sem provocó entre nosotros. Aquí narro cómo la paz fue restaurada mediante el don profético que me fue confiado, y las razones sagradas por las que rechacé la corona de Anu. Pues, ante la gloria de ser soberana de las naciones, elegí el honor eterno de ser vuestra madre.

  ...selló su última voluntad: que su linaje no fuera medido por la sangre vertida, sino por la paz cosechada. Al bajar las manos, el aire pareció vibrar con el peso de su renuncia, dejando claro que su voz seguiría guiando a las naciones, no desde un trono de oro, sino desde el susurro eterno de la memoria.

—Confío a tu cuidado las crónicas de nuestra prosperidad para el beneficio de mis descendientes. Ellos, por decreto del Altísimo, han sido dispersados hacia las tierras lejanas y poseen hoy las islas de los gentiles. Que este tesoro de sabiduría sea dividido con justicia entre ellos, y que les sea comunicado, de parte de su madre, mi amor eterno y mi bendición.

  Con estas últimas instrucciones, el aire en la estancia de Lapeti pareció cargarse de una electricidad sagrada. Mi madre, cuya memoria era el único puente firme hacia un mundo que el agua borró, buscaba ahora sellar su verdad para la eternidad.

—La historia del Gran Diluvio —añadió, con una serenidad que helaba el alma— ya ha sido relatada por otros supervivientes; cada cual narró hasta donde sus ojos soportaron el horror. Pero mi registro es distinto; es la verdad que guardé mientras el mundo se hundía. Vigiladla con celo, pues es el fuego que debe arder cuando los demás relatos se conviertan en ceniza.

  Extendió su mano temblorosa hacia el cofre de cedro que aguardaba a los pies de su lecho. La madera, traída de los primeros bosques tras la inundación, parecía exhalar un aroma de comienzo mientras ella buscaba tocar, por última vez, el contenedor de su legado. Al rozar la superficie tallada, el temblor de sus dedos cesó, como si la madera reconociera a su dueña y le devolviera la fuerza necesaria para el último adiós.

—Confío mi diario al cilindro de amatista de mi padre Aleemon. Ninsun lo arrancó de las ruinas del Palacio de la Luz antes del desastre, y Jafet fue su guardián en el Arca, preservándolo hasta que mis manos pudieron reclamarlo. Que ese cristal, forjado en la tierra antigua, sea el guardián eterno de mis visiones. No permitas que lo que Aleemon creó y Ninsun salvó naufrague ahora en el olvido.

  Finalmente, con una voz que ya pertenecía más al otro mundo que a este, me confió su último deseo físico:.

—Cuando mi aliento cese y el viaje comience, pon el cilindro en mi mano. Deposítame entonces al lado de tu padre, Jafet, en la quietud de la tumba. Que mi cuerpo descanse con mi amado, y que mi espíritu lleve consigo la llave de nuestra historia ante el trono de Eloah. Que la tierra nos guarde juntos, mientras la amatista custodia lo que fuimos.

  El gesto de mi madre fue leve, apenas un movimiento de su mano cansada, pero cargado de una autoridad que nadie osó desafiar. Fue una orden silenciosa para que la dejáramos a solas con su destino y su Dios.

  Uno a uno, nos pusimos en pie, sintiendo el peso del aire en nuestros pulmones. Al retirarnos, el sonido de nuestros pasos fue ahogado por los sollozos; un llanto colectivo que nacía del alma de Lapeti. Llorábamos no solo por la pérdida de una madre y una reina, sino por el fin del último vínculo carnal con el mundo que existió antes del diluvio.

  Al cruzar el umbral, la vi por última vez a través de mis lágrimas: una figura pequeña y frágil en su lecho, pero inmensa en su legado, esperando en la penumbra la llegada de su amado Jafet y la apertura de las puertas del Paraíso de Eloah. La puerta se cerró suavemente, dejando tras de sí ochocientos años de historia y el silencio sagrado de una despedida que cambiaría el rumbo de todas las generaciones venideras.

  La quietud de la noche se quebró con el estruendo de la urgencia. El pabellón real se llenó de sombras inquietas y pasos apresurados mientras los asistentes acudían al llamado del destino. Entré a toda prisa, sintiendo su cuerpo liviano y frágil, pero mi pecho ardía al sostener a Ehola en mis brazos.

  Era el momento final. La vida se le escapaba como arena entre los dedos, pero en ese último aliento, el fuego profético que la había guiado durante ocho siglos estalló con una intensidad sobrenatural. Sus ojos, antes nublados por los años, recobraron un brillo ígneo, traspasando el velo del tiempo y el espacio.

  En medio del silencio reverente de los convocados, su voz, ahora resonante y clara como el toque de una trompeta de plata, dejó brotar estas palabras maravillosas:

  La inmensidad del firmamento se rasgó de par en par, revelando ante mis ojos el Paraíso de Eloah, un reino de claridad absoluta. En el corazón de una enramada cuya belleza desafiaba cualquier descripción terrenal, Aleemon permanecía sentado en majestad, con Lebuda a su lado como su eterna compañera. A su alrededor, la redención se hacía carne en Gurah, quienes caminaba libre de toda sombra, mientras Nilsun y Darki resplandecían, imbuidos en el vigor de una juventud que nunca se marchita.

  De pronto, la figura magnífica de Anu emergió bañada en una luz cegadora, sosteniendo con firmeza una corona tejida con estrellas vivas. Su voz resonó como un trueno de esperanza: —¡Ehola se acerca! Preparad el tributo, coronadla con el brillo de la gloria y el don de la inmortalidad.

  Un coro angelical respondió al unísono, y sus voces eran melodías de victoria:

—¡Alegría para ti, Aurus, Guardián de las Puertas de la Luz!

  Sin embargo, el asombro no terminó allí. Entre la multitud celestial aparecieron dos figuras imponentes. Reconocí a Azreel, el ángel que custodia el umbral entre la muerte y la vida eterna, y le di la bienvenida. Pero junto a él, avanzaba un ser de un brillo inefable. Su rostro emanaba una dulzura y un amor tan profundos que conmovían el alma. Entonces lo vi: grabada en su frente y en la palma de su mano, resplandecía una sola inscripción, el secreto final: la Palabra Consagrada.

  En aquel instante, la realidad misma pareció fracturarse. El ruido del mundo —el roce del viento, el latir de los corazones, el peso de la gravedad— se disolvió en un vacío absoluto, un paréntesis de nada donde el tiempo dejó de ejercer su tiranía. En medio de esa quietud blanca, ella parecía la única ancla de existencia.

  De sus labios, resecos pero animados por una fuerza invisible, brotó un susurro febril que cortó el vacío como una hoja de luz:

—¡Silencio! Escuchen el río... va, ya, va, ya.

  No hablaba de agua, sino del flujo mismo del ser. Su voz arrastraba una urgencia sagrada, señalando un camino invisible donde la noche del alma, las viejas discordias y el insoportable peso de los años se desvanecían como niebla al amanecer. Para ella, el gran misterio se había resuelto: la muerte no era más que un nombre olvidado, una etiqueta errónea que la humanidad se impone al nacer y que solo se desprende al final del viaje.

  De pronto, su rostro se transformó. Sus ojos, antes nublados por la fragilidad biológica, se encendieron con una lucidez fanal. Era una claridad abrasadora, una luz de faro que parecía emanar de algo mucho más profundo que la simple retina; una visión impropia de la carne que atravesaba el velo de lo tangible.

—¡Vida eterna!», exhaló en un suspiro que no traía el olor de la despedida, sino el sabor de la gloria. Con el último aliento, como quien finalmente encaja la pieza final de un rompecabezas infinito, sentenció su verdad:

—¡Armonía eterna!

Y en ese suspiro, el vacío dejó de ser una carencia para convertirse en una plenitud total».

  El ascenso a la cumbre fue un camino de sombras y silencio. Allí, donde el cielo parece rozar la piedra, Ehola fue depositada al lado de nuestro padre, uniendo en el descanso eterno los dos pilares de nuestro linaje bajo las entrañas de la montaña. Sobre su frente, no brilló el oro de los conquistadores, sino la corona de luz ganada por su humildad, un halo que reconocía la grandeza de quien sabe hacerse pequeño ante lo divino.

  En su mano fría, pero aún noble, colocamos su legado más preciado: su Diario. Lo resguardamos en el cilindro imperecedero, una urna que desafiaría la erosión de los siglos para que las generaciones futuras, perdidas quizás en la niebla del olvido, pudieran redescubrir los eventos maravillosos allí grabados. Es el testamento de una verdad que el tiempo no debe borrar.

  Como centinela de su sueño, esculpimos en el techo de la cripta el emblema de su visión final. Es una promesa tallada en roca: el símbolo que ella vio mientras el mundo se desvanecía. Lo dejamos allí para que, cuando llegue nuestro turno de caminar hacia las sombras de la muerte, nuestros ojos también puedan aprehender su significado.

  Al final, con el corazón en paz, solo queda la gratitud. Que en nuestro último suspiro, así como en el de ella, podamos bendecir al Eloah de Jafet y Ehola, el Dios que guio sus pasos y ahora guarda su descanso.

  Las palabras de Javan se extinguieron en el aire, pero su eco quedó sellado para siempre en la piedra de la montaña.

  Apenas el silencio de Javan se asentó en la cueva, algo cambió en el aire. No fue una decisión meditada, sino un impulso irresistible, una fuerza eléctrica que recorrió mis venas y me obligó a moverme. Mis pies me llevaron, casi sin tocar el suelo, hacia los instrumentos de escritura que aguardaban en la penumbra de la roca, como si el cálamo y la tinta hubieran estado esperando este preciso segundo desde el inicio de los tiempos.

  Sentí que mis manos no me pertenecían; eran meros instrumentos de una voluntad superior. Abrí el Diario y, ante el brillo parpadeante de las antorchas, comencé a trazar los signos. Cada trazo era un puente tendido entre el vacío que Ehola había dejado y el futuro que aún no nacía.

  Escribí con la urgencia de quien rescata un tesoro de un incendio. No eran solo palabras sobre rollos de tela; era el latido de la montaña, la visión del río que fluye y el eco de la armonía eterna sobre el tejido. En ese instante, supe que el cristal imperecedero no solo guardaría el Diario, sino la memoria misma de la humanidad, salvada por un impulso que no admitía demora.

NEKÉ

Soy Neké tu hija Gentil.

Después del diluvio, siglo veinte.

Mis compañeros exploran, ajenos quizás a la magnitud sagrada de este suelo, pero yo permanezco aquí, en el silencio de la montaña, uniendo mi aliento al tuyo a través de la tinta. Soy el futuro que te lee; eres el pasado que me sostiene.

Mis dedos tiemblan sobre la tela al reconocer esta verdad: las palabras de Javán se han cumplido ante mis propios ojos. Durante mucho tiempo, caminé por el mundo con el escepticismo de quien pertenece a una era de lógica y sombras; las crónicas del diluvio, rescatadas por otros sobrevivientes, me parecían ecos distantes, mitos borrosos que mi mente no alcanzaba a procesar. Las preguntas me asediaban como un remolino constante, buscando pruebas tangibles donde solo se me ofrecía fe.

Al leerte, cada interrogante ha hallado su respuesta. No ha sido un proceso de la razón, sino una iluminación que se ha grabado en mi mente y en mi corazón. No porto la marca física de los elegidos, esa señal literal de Jafet, pero en mi interior arde una luz simbólica igual de poderosa. He comprendido, al fin, que el agua no solo destruyó, sino que purificó el mundo, y que ese río del que hablabas no quedó en el pasado: fluye ahora mismo a través de mis venas.

Ya no soy la mujer que profanó esta montaña buscando datos; ahora soy la hija que reclama su herencia. La historia de la humanidad ha dejado de ser un legajo de páginas amarillentas para convertirse en una realidad viva que me habita, tan clara y eterna como el cristal que custodia tu diario. El tiempo ya no nos separa; ahora somos una sola voz dictada por la misma sangre.

Con el pulso acelerado y la certeza vibrando en cada trazo, me dispongo a revelarte lo que mis ojos del siglo veinte han alcanzado a comprender. Alzo la vista hacia el techo de la cueva, hacia ese emblema esculpido que tú viste morir en tu visión, y el pecho me estalla de asombro: lo que para ti fue un final, para mí es un amanecer. Aquel dibujo no era una despedida, sino una promesa aguardando su momento, y en este silencio sagrado, lo veo brillar en toda su plenitud.

¡Es hermoso, Ehola! Es una gloria que desborda cualquier palabra humana, una visión que el lenguaje no puede capturar sin quebrarse. En toda su plenitud, el emblema se revela ante mí no como piedra inerte, sino como luz viva. Ahora lo comprendo todo: lo que tú viste morir era solo la semilla durmiendo bajo el invierno de los siglos, aguardando este preciso instante para florecer en mi mirada.

Te dejo aquí consignado su significado y su cumplimiento, para que el tiempo sepa que nada fue en vano. Lo que tú viste como una promesa entre sombras, yo lo percibo ahora como una verdad absoluta que ha atravesado las eras. El dibujo no es una despedida, sino un mapa del retorno; es el diseño exacto de la comunión entre lo divino y lo humano, el punto sagrado donde el río de la vida se funde, finalmente, con el mar de la armonía.

En su plenitud, el emblema representa la victoria definitiva sobre la discordia que tanto temías. He visto su cumplimiento en la luz que ahora me habita: el peso de los siglos se ha disuelto y la muerte, tal como profetizaste, ha perdido finalmente su aguijón. En toda su geometría sagrada, el dibujo es un grito de esperanza que clama una verdad innegable: la vida nunca se detuvo; solo se transformó para hacerse eterna.

Dejó este testimonio aquí, en las entrañas de tu Diario, para que cuando el cristal sea finalmente hallado, el mundo no encuentre solo los restos de la historia, sino la presencia misma de la gloria manifestada.

Con la mano firme y el alma encendida, sello mi compromiso sobre este rollo de tela. Hoy asumo el relevo en pacto solemne contigo, Ehola; mi voz se trenzará con la tuya a través de los siglos, pues desde este instante comenzaré mi propio Diario. No permitiré que el hilo de nuestra estirpe se desvanezca en el ruido del futuro; lo que tú viste y lo que yo he comprendido será, de ahora en adelante, la brújula de mis propios días.

El aire en la cueva parece vibrar con una aprobación ancestral. Con reverencia, comienzo a enrollar la tela, sintiendo bajo mis yemas la textura de una sabiduría que ha vencido al diluvio. Deslizar de nuevo el rollo en su cilindro aseguraría que cada palabra quedase a salvo del polvo y el olvido; sin embargo, algo me detiene antes del sello final. A mi mente acude, como un relámpago, el recuerdo de aquel clic que inició nuestro viaje: el sonido exacto que despertó al tesoro de luz en la penumbra. Comprendo entonces que no debo guardarlo todavía; el mecanismo del destino aguarda un último latido antes de despertar por completo.

Ante tu figura silente, con el aliento contenido por el respeto, devuelvo el legado al refugio de tu mano. Mientras mi plegaria asciende al Eloah de nuestros padres, ruego que este acto de restitución sea la llave que clausure, al fin, el portal entre nuestras eras. Confío en que el equilibrio se restablezca y nos hallemos de nuevo a salvo en nuestro tiempo, llevando conmigo no el peso de los siglos, sino la luz eterna de tu armonía.

El ciclo se ha completado. La hija del futuro abraza a la madre del pasado, fundidas en un solo trazo de tinta que desafía la eternidad. Con amor inquebrantable, aquí se despide Neké, tu hija Gentil.

SALIDA DE LA MONTAÑA DE BALARÉS

A través del amargo velo de mis lágrimas, apreté el diario contra mi corazón como un náufrago aferrado a su tabla. Podía sentir el peso de los años imbuido en cada palabra antes de confiarla al frío del cilindro. Sin embargo, la voluntad me falló justo antes de introducirlo; me aferré a ese último hilo de conexión. Mis dedos trémulos se negaron a presionar el mecanismo; entonces acudió a mí el recuerdo del eco de aquel clic: el sonido exacto que inició nuestro viaje en el tiempo.

La necesidad de partir se volvió un latido sordo en mi pecho. Obedeciendo ese apremio de mi subconsciente, me alejé del cilindro para buscar a mis compañeros; era hora de encarar el final de nuestro camino.

Cerca del navío de Alemoon alcancé a Costa. —Tenemos que salir de aquí —supliqué, pero las palabras se me atascaron en la garganta, convertidas en un hilo de voz que se extinguió antes de rozarlo. Él no se inmutó; seguía de piedra, devorado por la inmensidad de las cumbres que nos rodeaban.

—Abuelo, es el momento. Debemos irnos —le dije, cargando cada palabra con el peso de nuestra supervivencia. Mi mirada era un ruego silencioso, una orden dictada por el miedo y la necesidad de volver a nuestro tiempo.

Pero mi urgencia rebotaba contra su muro de silencio; se negaba a comprender que el tiempo nos pisaba los talones.

—Aguarda, Neké —su voz cortó el aire con una determinación gélida—. El navío ya está listo para zarpar, pero no daré un solo paso hasta que mis ojos alcancen el Edén de Ehola.

La atmósfera en la cumbre se volvió densa, casi sólida. Había dejado el cilindro abierto por pura cautela, pero la verdad ya se nos había escapado de las manos. Sobre nuestras cabezas, el cielo se desplomó en un gris ceniza, vibrando con una electricidad que me erizaba la piel. Sentí la urgencia arder en mis pulmones, tan asfixiante como las ganas de llorar.

—¡Es imposible! —le grité. Costa estaba ciego, perdido en su delirio mientras el mundo se desmoronaba a nuestro alrededor. El diluvio está aquí, Costa. ¡Este lugar nos va a matar, no somos parte de esto!

Me obligué a dar un paso atrás, con los dedos sacudidos por el pánico. El Edén no valía nuestras vidas. Debíamos desandar lo andado, sepultar la entrada de la montaña y usar el fango como un sello definitivo que borrara nuestro rastro. En mi mente solo quedaba espacio para un ruego al Eloah de Ehola: una ofrenda desesperada para activar el mecanismo y que el tiempo nos reclamara de nuevo, a salvo en las entrañas de la Dalet.

Costa permanecía anclado, con los pies hundidos en la tierra y los ojos devorando aquel horizonte prohibido. El Edén estaba allí, casi al tacto. Fue la mano de Varela, firme y pesada sobre su hombro, la que lo sacó del letargo. No hicieron falta palabras; Varela señaló al cielo. Sobre ellos, las nubes se retorcían en un remolino ciclópeo, preñadas de una electricidad alienígena, mientras un bramido visceral nacía del corazón de la montaña, haciendo vibrar la piedra bajo sus sandalias.

—Es la hora —sentenció Varela, luchando contra el estrépito eléctrico—. Neké lleva razón: no hay tiempo. El paraíso no sirve de nada si estamos muertos.

El cataclismo no admitía réplica y Costa, al fin, cedió. Desandamos nuestros pasos, asfixiados por el vendaval, hasta alcanzar el refugio de la Dalet. Una vez en la penumbra, el silencio nos envolvió con una densidad sagrada. Fue entonces cuando ocurrió lo imposible: sin que mano alguna lo rozara, el rollo de tela se deslizó en el cilindro. El eco de su cierre mecánico resonó contra las paredes de la tumba, confirmando que la montaña acababa de blindar nuestro destino.

Me acerqué al cilindro y, con el alma desbordada, posé un beso sobre el metal frío. Era mi forma de dar las gracias por la historia que ahora latía en mi memoria, una verdad revelada que ya nadie podría arrebatarme. Antes de cruzar el umbral definitivo, me detuve. Incliné la cabeza en silencio ante las sombras de Ehola y Jafet, sintiendo que sus espíritus, guardianes de un tiempo olvidado, velaban cada uno de nuestros pasos hacia el presente.

Con aquel gesto, el vínculo quedó sellado. La puerta se cerró tras nosotros para siempre, y un suspiro antiguo arrastró un frío glacial por cada grieta de la cueva. De pronto, un aleteo rítmico acarició la oscuridad. El vello se me erizó al comprender que no era nada vivo; era una presencia velando aquel sueño eterno. Bajo esa guardia invisible y solemne, aceptamos que ya no pertenecíamos a ese lugar.

En el corazón de la Dalet, un sendero ignoto se abrió ante nosotros, una invitación muda hacia lo desconocido. Avanzamos por un corredor angosto que palpitaba como si nos guiara al núcleo mismo de la Tierra, hasta que el túnel se ensanchó. El impacto nos dejó sin aliento: las dos grandes estatuas estaban allí, aguardando. Comprendí en ese instante el espanto que atenazó a los mineros en tiempos de mi bisabuelo; su presencia era tan imponente que el aire parecía vibrar con un miedo antiguo.

Eran dos arcángeles de dimensiones colosales, cuyas espadas descansaban envainadas en una tregua sagrada. Su presencia, forjada en oro puro y vestiduras celestiales, irradiaba una potencia antigua que nos erizó la piel. Al cruzar el umbral entre ambos, sentimos el peso de su juicio silencioso sobre nuestras nucas. Entonces comprendí el espanto de aquellos mineros: no habían huido de lo desconocido, sino del pavor absoluto del hombre ante lo divino.

Aunque el umbral ya quedaba atrás, una fuerza magnética me obligó a girarme. Desanduve el camino hasta quedar suspendida ante la inmensidad de los dos arcángeles. Al situarme de frente, busqué en sus pupilas de oro lo que mi alma ya intuía al pasar. Para mi asombro, el metal parecía haber cobrado una extraña vida: sus facciones se habían dulcificado y una sonrisa sutil, casi imperceptible, iluminaba sus rostros eternos. No eran jueces implacables, sino testigos de nuestra huida.

Un soplo de emoción pura sacudió mi pecho con una violencia dulce. En ese instante, la verdad me atravesó como un relámpago: ¡yo, hija de Ehola! Ya no había dudas. Con la certeza del que regresa al hogar, avancé con firmeza hasta situarme entre ambos guardianes. Permanecieron inmóviles. Al buscar el contacto y rozar sus pies, un estremecimiento me recorrió entera; no era el frío gélido del metal, sino un calor vital y palpitante, como si la vida misma fluyera bajo el oro fino. Mis ojos se abrieron ante lo que comenzó a revelarse. Bajo la mirada de los guardianes, mi identidad y la de mis ancestros se fundieron en un solo origen.

Una luz cegadora rasgó la penumbra del túnel, barriendo las sombras donde antes descansaba la Dalet. El artificio gélido se desvanecido como un espejismo; en su lugar, mis ojos se abrieron a una visión de gloria. Ante mí vibraba un Edén de colores imposibles, un jardín eterno donde Ehola y Jafet caminaban en paz, libres de toda carga mundana. Entonces, una voz que no nacía del aire, sino que brotaba del centro de mi ser, resonó con la fluidez de un manantial cristalino:

—No temas, pequeña. Hallarás tu senda y tu vida florecerá. Graba esto en tu mente: nada tiene que temer el corazón del justo frente a la sombra de los enkis.

La promesa de Ehola se grabó en mi pecho como una brújula. Mientras me fundía con el silencio de la piedra, me envolvió una paz antigua, algo que no se explica con palabras, sino con latidos. Aquella despedida no fue un cierre; fue el testamento de una vida que apenas comenzaba.

La visión se deshizo en el aire, pero el rastro de calor en las puntas de mis dedos —allí donde había rozado la piel de los arcángeles— persistió como un eco. La historia de la hija Gentil duerme ya en el corazón de la piedra, sellada por el amor de mis ancestros.

Dudé en el umbral del paraíso, con el corazón pendiendo de un hilo entre dos abismos. Estaba a un paso de la eternidad, de fundirme en el abrazo de Ehola y Jafet, cuando la realidad me golpeó con la frialdad de un ancla. La voz de Varela, quebrada por un recelo oscuro, rasgó el velo del Edén.

—¿Dónde está Neké? —su pregunta golpeó las paredes, devolviendo un eco frío que terminó de disipar la bruma del Edén. La calidez de los arcángeles se evaporó de mis dedos ante la urgencia de su voz.

Esa pregunta, lanzada al vacío del corredor, fue un recordatorio cruel: ellos habitaban la sombra mientras yo me desvanecía en la luz de los arcángeles. Mi alma quedó suspendida, tensa como una cuerda a punto de romperse entre la urgencia de los vivos y el abrazo de mis ancestros. Me giré con lentitud infinita, observando a Varela y Costa buscar mi silueta entre los jirones de oro, perdidos en una realidad gris, trágicamente ajenos al milagro que me devoraba.

Me volví con la lentitud de un astro, sintiendo aún el beso del Edén en mis espaldas. Al encontrarlos, comprendí que ya no regresaba la misma: el asombro en sus rostros no era por mi retorno, sino por la luz que me habitaba. Sus ojos, dilatados, ya no buscaban a la Neké de antes; veían la esencia de Ehola fundida en mis rasgos, en mi porte de reina y en la claridad que brotaba de mis poros. La duda se evaporó: yo era la sangre, la continuación, el testamento vivo de mi linaje.

Retrocedí, quebrando el lazo con los arcángeles mientras el calor de su luz se evaporaba de mis yemas. Entonces, con un estruendo de metal que retumbó como una sentencia eterna, los guardianes cruzaron sus hojas, sellando el Edén y arrojándonos de vuelta a la crudeza del presente. Les di las gracias en un suspiro que solo el viento pudo recoger antes de volver con los míos. Costa y Varela me recibieron con los ojos dilatados, mudos ante la transfiguración que aún dictaba mi porte; pero no pronuncié palabra. Hay verdades tan vastas que solo el silencio puede custodiarlas.

El miedo se evaporó, dejando un vacío que fue reclamado de inmediato por un horizonte de pensamiento vasto y cegador. Comprendí, por fin, el propósito detrás de nuestro tránsito por los pliegues del tiempo hasta esta cueva olvidada. Al tocar el cilindro, las inscripciones milenarias dejaron de ser un enigma para hablarme con voz propia. La barrera de las eras se había quebrado, devolviéndome un conocimiento que mi sangre siempre había custodiado.

Me detuve ante el último umbral y obligué a mis compañeros a mirar atrás. Allí, bajo la penumbra de la cueva, los guardianes se alzaban como torres de piedra, con sus espadas desenvainadas y trabadas en una barrera infranqueable, réplica exacta de las que custodiaban las puertas del Edén primigenio. Con la autoridad que ahora emanaba de mi sangre, les arranqué una promesa: aquel lugar sagrado jamás sería nombrado; su secreto moriría con nosotros, sepultado por el tiempo.

Costa inclinó la cabeza. Su ambición, antes voraz, se había transformado en una devoción silenciosa ante la magnitud de lo que acabábamos de presenciar. Asintió con la pesadez de quien acepta un destino superior y, con los ojos aún fijos en las espadas cruzadas de los guardianes, habló:

—Te doy mi palabra, Neké. Tras lo visto, no hay vuelta atrás. —respondió, con una solemnidad que nunca antes le había escuchado.

Su voz, antes áspera de ambición, ahora destilaba una humildad solemne. Era el sonido de alguien que reconoce lo divino y entiende que no todo suelo está hecho para ser pisado. El viaje al Edén, su obsesión más feroz, había claudicado ante la inmensidad del milagro.

Busqué la mirada de Varela y su respuesta fue inmediata. Sus pupilas, todavía encendidas por aquel oro divino, delataban el impacto de una transformación que lo había cambiado para siempre.

—Por mi parte, jamás he cruzado el umbral del tiempo —confesó, con una mezcla de pragmatismo y alivio—. ¿Quién daría crédito a mi historia? Además, tengo la certeza de que nadie hallará la entrada. Aquellos mineros de los que hablaba mi abuelo fueron fieles a su juramento; ellos mismos tejieron el mito de figuras monstruosas que devoraban el corazón de los intrusos. Es la defensa definitiva: no hay mejor guardián que el miedo.

Avanzamos por el túnel que los mineros excavaron con sangre y sudor hace generaciones. Al llegar a la salida, el terror nos golpeó: estaba tapiada, sellada por el peso de los años y el derrumbe. Desesperados, seguimos un resplandor que se filtraba por una bifurcación, pero el camino nos escupió a un precipicio vertical sobre el mar. Abajo, las olas estrellaban su espuma contra rocas afiladas como colmillos. Estábamos atrapados.

En medio de aquel abismo, la voz de Ehola acarició mi mente: «¡No temas, hija mía, encontrarás el camino!». Impulsada por una fe ajena a mi propia lógica, me lancé hacia el vacío. Entonces, lo imposible: un sendero tallado en la pared de roca brotó de la nada ante mis ojos. Avanzamos en fila india, pegados a la piedra, hasta que la montaña finalmente cedió y nos liberó. Al otro lado nos aguardaba la playa de Balarés; allí, el mar ya no rugía, sino que jugueteaba con la arena en un susurro monótono, bajo el abrazo de una calma absoluta.

Frente a la inmensidad de Balarés, sentí que el peso de los siglos se desprendía de mis hombros. Con los pulmones saturados de salitre, lancé un grito que desafió al viento y al estruendo de las olas:

¡Descansa, Ehola, hija de la Cueva! Duerme en paz, pues nadie volverá a profanar tu sueño. Aurus, guardián de las puertas de la luz, montará guardia eterna; él no permitirá que nadie cruce el umbral hacia tu descanso.

El eco de mis palabras se fundió con el océano y, por primera vez en generaciones, el silencio resultante no fue de temor, sino de una paz definitiva. Mi voz vibró con una autoridad milenaria; una sentencia que el mar acató en su eterno flujo y reflujo. Supe entonces, con una certeza que me quemaba la sangre, que el santuario quedaba bajo una custodia inexpugnable ante cualquier ambición humana.

Aquellas últimas palabras frente al mar de Balarés no fueron un simple grito, sino el resorte que activó algo latente en mi linaje. Al invocar a Aurus, sentí cómo el velo de la realidad se rasgaba para siempre. Mis ojos de viajera murieron allí mismo para dar paso a una visión espiritual: una claridad abrasadora que me permitía rastrear la estela de los arcángeles incluso a través del granito más denso. Comprendí entonces que el sendero invisible no había surgido por azar, sino que había respondido al llamado de mi propia naturaleza, reclamando su lugar en el mundo.

Mi grito fue el último acto de una historia que había dejado de pertenecerme. Mientras Costa y Varela contemplaban el horizonte en silencio, yo sentía cómo mi espíritu se fundía en la quietud de la montaña. Nos alejamos de la orilla sin volver la vista atrás, dejando que la marea, mansa y eterna, borrara nuestras huellas en la arena de Balarés, como si el mar mismo se encargara de sepultar nuestro rastro en el olvido.

El círculo se había cerrado. Bajo el cielo de Balarés, la verdad de mi linaje palpitaba en mis sienes con la fuerza de una marea imparable: Costa, mi abuelo; Varela, mi padre. Éramos los tres eslabones de una estirpe que el tiempo intentó sepultar, pero que la montaña reclamó como propia. Al mirarlos con mi visión espiritual, percibí los hilos de oro que nos unían a Ehola; destellos de una herencia sagrada que ni siquiera las sombras de los enkis podrían extinguir jamás.

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