Anhelo la paz de una certeza, algo que silencie la inquietud que me golpea el pecho cada mañana. A veces dudo si esa calma es real o un espejismo de mi mente; sin embargo, mi corazón se despliega como un libro abierto donde nada queda oculto. Mis pasos me devuelven siempre al pequeño puerto del Pindo. Allí, entre el mar y los árboles que se aferran como cíclopes a las laderas de granito rosáceo, la erosión ha esculpido el paisaje con un capricho casi arquitectónico, levantando bloques que parecen dolmen tallados por gigantes.
La fantasía popular cree ver en estas siluetas psicodélicas a los protagonistas de antiguos mitos: serpientes, dragones, gigantes y leones de fauces abiertas que emergen de la piedra como una crestomatía poética para el arte abstracto. No es extraño que el Pindo guarde huellas rupestres; sus petroglifos y cazoletas me transportan a rituales celebrados en la noche de los tiempos.
Pero lo que más me impresiona es la memoria de aquella 'piedra caída del cielo' que me mostró mi amigo en una espesura inaccesible. Recuerdo su color negro verdoso y esos extraños cortes, letras irisadas en una cara lisa que no se parecen a ningún petroglifo conocido. Mi amigo me prohibió regresar por el peligro de los túneles excavados por los moros, trampas profundas ocultas en el suelo. Hoy, al pensar en esa expedición, los espectros fantasmagóricos parecen jugar entre las luces y sombras del crepúsculo. Volver allí es el axioma de mi propio renacimiento.
Fue uno de mis mejores amigos –me dijo un día- quien me ayudó a acarrear la 'piedra negra' que vio caer del cielo. Tuvimos que esconderla con esfuerzo; aún hervía como el carburo de Cee en el fondo de aquel inmenso cráter. Recuerdo su figura: un chaval de baja estatura, fuerte, de ojos negros y muy despierto. Un hombre de palabra, capaz de llevarse un secreto hasta la profundidad de la buraca. Él sabía bien con qué bueyes araba, y por eso nuestra lealtad fue inquebrantable.
Subí al pedregal al encuentro con la piedra y con la Luz. Allí abrí la mente y llené el corazón. El pedregal, que me reconoce como suya, mantiene su noble templanza aunque bufe el mar vecino. Puede que el pueblo farfullero se mofe del incidente y juegue con sus luces esplendentes al caer la noche, pero mi pedregal emitirá su verdadera risa solo al fin de los tiempos.
Mis pensamientos antiguos empedraron el camino de mi memoria. Mientras doy forma a los recuerdos, la esperanza cabalga ligera, como un corcel que trota sin fatiga. De pronto, me vi niña otra vez: subida a los brazos de mi amigo, contemplando con ojos asombrados aquel paisaje sobexo. La luz difusa creaba una paleta de colores sobre el suelo, como un lienzo de altar que se funde con la santidad del alba.
A veces, al despertar, me asalta esa sensación que no logro olvidar. Se repite y se acumula en mi inconsciente, grabándose en mí con la persistencia de una idea fija.
Cuando utilizo el viejo lavabo de porcelana blanca con flores azules, heredado de la casa materna, las gotas que recorren mis mejillas tienen el sabor del mar. Es entonces cuando los recuerdos resurgen con violencia.
Puedo verlo: mi viejo querido, mi amigo silencioso y a veces inquieto. Me lleva de la mano y yo salto con la ilusión de quien espera un regalo, aunque una parte de mí ya busca refugio. De nuevo, me observo tras el cristal, intentando descifrar esa personalidad incógnita que me aturdía. En lo hondo de mi ser, suplicaba que aquello que percibí de camino a casa fuera solo un juego de mi imaginación.
Con el corazón desbocado, subí la escalera de madera. Cada peldaño gemía bajo mis pies. Me acerqué a la ventana de la habitación y, apartando la cortina apenas un centímetro, lo vi: justo lo que temía. Al lado del viejo roble, se erguía la sombra erizada y amenazante. Mis miedos eran ciertos. Pero... ¿por qué me seguía? ¿Qué quería de mí?
Mi mente solo lograba conectar su presencia con el recuerdo de aquella piedra 'caída del cielo'. Tenía que descubrir qué buscaba mi perseguidor. Esos pensamientos se volvieron circulares, despertándome noche tras noche bañada en sudor, atrapada en una pesadilla indescifrable. Y siempre, al despertar, quedaba ese rastro: un olor penetrante, como agua de mar yodada, embriagando cada rincón de mi habitación.
Era momento de desterrar la inquietud y prepararme para la fiesta. Me preguntaba si Pablo ya habría llegado. Los invitados siempre eran un enigma; cada año se sumaban rostros nuevos, jóvenes amistades que resultaban de lo más intrigantes. Pero quien nunca faltaría era el Teniente, leal amigo de la familia desde aquel episodio de mi desaparición, cuando yo solo tenía cinco años.
Unos pasos cansados sobre el parqué se detuvieron frente a mi puerta. El arrastre suave era inconfundible.
— ¿Eres tú, Lidia? —inquirí.
— ¡Sí, señorita! Disculpe la molestia, pero su madre está preocupada y me envió a confirmar que seguía en su cuarto.
—¿A qué viene tanta prisa? ¿Es que ya llegaron los invitados?
—Solo algunos... No lo sé... —Lidia titubeó—. Discúlpeme, señorita, pero esta noche está usted preciosa; incluso ese aire de asombro en sus mejillas la hace parecer más interesante. ¿Le ocurrió algo mientras regresaba a casa?
La pregunta me dejó perpleja. Guardé un silencio tenso que pareció herirla, pues siempre nos habíamos llevado bien, pero acabé invitándola a salir con un gesto mudo. Al quedarme sola, me enfrenté al espejo: estaba más pálida de lo normal. Comencé a maquillarme con urgencia; no podía bajar a la fiesta permitiendo que mi rostro delatara el asedio de la sombra.
Apresuré el paso por el corredor, pero la luz de la alcoba de mis padres me detuvo en seco. ¿Cómo podía seguir encendida? Si Lidia acababa de pasar por allí y mamá ya estaba abajo, aquel descuido resultaba inexplicable.
Entré con la intención de apagarla, pero un objeto sobre la coqueta me magnetizó: era una talla de madera de ébano con forma de pez. Al sostenerla entre mis manos, el frío de la madera me recorrió el cuerpo. Me quedé petrificada al leer la inscripción: 'A Marina con cariño'.
Marina. Ese era el nombre que Juan y María me habían dado cuando me encontraron tras mi desaparición. ¿Qué hacía aquello allí? ¿Por qué mis padres me habían ocultado su existencia? El misterio me golpeó con la fuerza de una traición silenciosa. De forma mecánica, casi por instinto de supervivencia, deslicé la fina talla negra en mi bolsillo y abandoné la alcoba. Bajé las escaleras hacia el salón, llevando conmigo un secreto que quemaba tanto como la piedra negra del Pindo.
Pablo salió a mi encuentro y, tras un beso dulce en la mejilla, me susurró al oído: —Estás radiante esta noche. Sentí cómo mis mejillas hervían, haciendo honor al apodo familiar de 'las guindas'. Aquel rubor me alivió; era la máscara perfecta para ocultar mi palidez anterior. Entramos al salón, donde mi curiosidad por los invitados estaba a punto de ser saciada. Me acerqué a mi madre para felicitarla por su aniversario con un beso efusivo. Ella, tras corresponderme, me tomó del brazo con una emoción vibrante: —Quiero presentarte a alguien...
Me condujo a la terraza. Allí esperaba un joven bien parecido: Jaime Fernández. Al tomar mi mano, Jaime se comportó como un caballero de otra época. —Celebro conocerla, señorita Alba —dijo, reteniendo mi mano un segundo de más.
—Lo mismo digo, señor Fernández... pero, ¿puedo llamarle Jaime? —respondí, aunque para mis adentros pensaba que el tiempo pondría a prueba su galantería.
Como si se liberara de un pesado protocolo, Jaime asintió con una sonrisa. —Me haría muy feliz. Somos demasiado jóvenes para el 'usted', y sospecho que nos veremos a menudo; estoy pasando las vacaciones con los Álvarez. Necesitaba una excusa para escapar de la 'jaula' de mi empresa de construcción, así que cuando el señor Álvarez me invitó, acepté sin vacilar. Nada me agradaría más que me aceptaras en tu círculo.
Asentí a su extraña petición con una sonrisa irónica. Jaime Fernández me recordaba a esos hombres mimados por la fortuna y el poder, una idea que me ponía de los nervios. A Pablo tampoco parecía agradarle aquel 'fantasma'; sus ojos celosos, que conocía tan bien, lo delataban desde la distancia. En ese momento, yo me sentía incluso peor que él: no soportaba a los 'niños pera' remilgados, pero debía mantener la cortesía con los invitados de mi madre.
Por fortuna, mamá regresó para rescatarme de aquel pedante. Me tomó por la cintura y, con una sonrisa social perfecta, sentenció:
—Bueno, jóvenes, ya tendrán tiempo de conversar; tienen todo el fin de semana por delante. Jaime, discúlpanos, voy a presentarle los Álvarez a mi hija.
Nos acercamos a una mujer algarera y habladora. Era una figura maciza que en ese momento interrogaba a un camarero sobre cuál sería el canapé más apetitoso. Mamá interrumpió la escena para presentarme:
—Hija, esta señora tan encantadora es Águeda de Álvarez.
—Es un placer, señora Águeda —respondí con diplomacia—. Mi madre me ha hablado tanto de usted que es un deleite ponerle rostro a tantas zalamerías.
—¡Qué agradable es tu hija! —exclamó Águeda con una energía arrolladora—. Me han dicho que eres una chica con un futuro brillante; me alegra que así sea. Por favor, trátame de tú, con Águeda basta. Hay alguien que quiero que conozcas, alguien que tiene un interés muy especial en tu carrera.
Acompañé a Águeda al jardín. Nos acercamos a un hombre de unos cincuenta años a quien me presentó como Pedro Álvarez. Estaba sentado en un banco de piedra frente a la terraza, sosteniendo un vaso de whisky con la mano izquierda, sumido en lo que parecía una profunda meditación. Al oír a su esposa, Pedro emergió de su letargo.
—Pedro, siento interrumpirte —se disculpó Águeda—, pero quería que conocieras a la hija de Flavia.
Él posó el vaso y me estrechó la mano. Me sentí fascinada de inmediato; emanaba una mezcla de buenos modales y sentimientos nobles, la estampa de un hombre excepcionalmente inteligente. Sin embargo, mi atención se desvió pronto hacia la oscuridad del jardín. Dejé a mi madre con los Álvarez al distinguir dos siluetas que conversaban a espaldas de la luz de un farolillo.
Me acerqué en silencio y rodeé con mis brazos a mi padre.
—¡Por Dios, hija! —exclamó sobresaltado—. Casi me das un infarto.
Pasado el susto, sonrió. A su lado estaba Rainiero, quien también había sido una figura paterna para mí durante años. Ambos intercambiaron un guiño cómplice antes de que papá añadiera:
—¿Qué te parece, Rainiero, si entramos a ver si nos dan de comer? Siento como si tuviera un gato en el estómago.
—Amigo mío, es la mejor idea que oído esta noche.
Asida de los brazos de ambos hombres, entramos en la casa, aunque el banquete tendría que esperar: los últimos invitados aún no habían llegado. Mamá, disculpándose por la tardanza de los Condes de Villadóniga, ordenó servir más canapés para amenizar la espera.
—¿No serán, por casualidad, Calixto e Imelda? —preguntó Pedro con curiosidad.
Mamá asintió con un expresivo '¡Sí!' y quiso saber si los conocía. Pedro aclaró que, evidentemente, mantenía negocios con ellos. Rainiero, con un deje de ironía en la voz, exclamó:
—¡Vaya, Flavia! Nobles entre nosotros esta noche... ¡Todo un auténtico lujo!
En ese instante, el timbre resonó y nos sumió en una tensa expectación. Fabián, el mayordomo, anunció solemnemente a los Condes de Villadóniga. Mientras mamá ordenaba subir sus maletas y les daba una bienvenida afable, su rostro reflejaba la satisfacción de quien ve cumplido su anhelo de asociarse con la élite internacional. Yo los observé de reojo; parecían agradables, pero sabía que su invitación escondía un propósito oculto. Aun así, mamá estaba tan espléndida aquella noche que solo podía desearle que fuera feliz y consiguiera lo que se había propuesto, costara lo que costara.
Fabián apareció puntualmente para anunciar que la cena aguardaba. Entré en el comedor dejándome guiar por el brazo de Jaime, complacida al confirmar que el orden imperaba en cada rincón. La estancia se abría como un escenario cuidadosamente dispuesto: gladiolos blancos y claveles rojos brotaban entre el fulgor de candelabros de plata, cuyas velas de cera natural bañaban todo con una calidez dorada. En el centro, los fanchucos se alzaban como pequeñas joyas de masa noble, exhalando un aroma a manteca pura que se fundía con los destellos de las copas. Allí, el rubí del Ribera y el oro del Albariño centelleaban bajo la llama, anticipando un festín que prometía seducir a cada uno de nuestros sentidos.
Mi padre se incorporó, alzó su copa y brindó porque él y mamá celebraran muchos aniversarios más en tan grata compañía, provocando un cálido aplauso. Al entregarle su regalo, mamá lo besó con una ilusión que nos arrancó un suspiro colectivo y un murmullo de risas pícaras.
Al rasgar el envoltorio dorado, mamá exclamó conmovida:
—¡Qué sorpresa, Elías! Son las perlas rosáceas, aquellas tan raras que vimos el otro día.
Águeda no tardó en expresar su entusiasmo, alabando el color de las gemas y la generosidad de mi padre. Entonces, con una curiosidad que rozaba la impertinencia, se dirigió a los Condes Villadóniga:
—En su familia debe haber joyas fascinantes, ¿no es así?
—¡Ya lo creo, señora Álvarez! —respondió la condesa con una sonrisa gélida—. Nuestra familia tiene una larga historia; siempre hemos custodiado tallas de gran valor, piezas inéditas que no se encuentran en ningún otro lugar.
—Seguramente serán preciosas, condesa... —repliqué, sintiendo un impulso eléctrico recorriéndome la espalda—, pero, ¿cree de verdad que hace falta pertenecer a la nobleza para poseer una pieza única?
Aún no sé por qué dije aquello. Si me hubiera quedado callada, los acontecimientos habrían tomado un rumbo muy distinto, pero parecía que todo estaba destinado a suceder así. Se hizo un silencio denso en la mesa, que mi madre rompió con una observación que me heló la sangre:
—Ahora que lo mencionas, hija... hace tiempo vi que tenías un bonito broche. Me pareció muy extraño que lo escondieras de mi vista.
Pablo se quedó ensimismado. Parecía que sus pensamientos se hubieran refugiado en su biblioteca, entre códices iluminados y encuadernaciones de piel de cabra marroquí que trajo de Sevilla; o quizás, como buen musicólogo, se deleitaba internamente con la plenitud de una sinfonía de Mozart para aislarse del comedor. Él jamás podría haberme hecho un regalo como el que mamá sugería; su presupuesto solo alcanzaba para mi perfume favorito, 'Tintoretto 1518'.
De pronto, Pablo me dirigió una mirada censuradora. Su rostro estaba pálido. ¿Estaría pensando que algún admirador secreto me había entregado aquella joya? Los celos empezaban a empañar su juicio. Fue entonces cuando Águeda rompió el aire denso con una petición que sonó a mandato:
—¿Por qué no nos lo enseñas?... Soy coleccionista de joyería artesanal; podría decirte si tiene algún valor real.
Todas las miradas convergieron en mí. Sentí el peso de la talla de ébano en mi bolsillo, el secreto de 'Marina' quemándome la piel, mientras el escrutinio de los Condes y la sospecha de Pablo me dejaban sin escapatoria."
Me sentía acorralada. En realidad, el broche había existido, pero no lograba recordar su paradero; solo conservaba el dibujo que, tras muchas sesiones de terapia, había conseguido plasmar. Tras disculparme, subí a mi habitación y regresé con la lámina. El comedor estaba sumido en un ambiente denso, cargado de una curiosidad casi ansiosa.
Al entregarle el dibujo a Águeda, vi cómo sus facciones se contraían. Se puso pálida y, con la mirada perdida en los trazos, exclamó:
—Es curioso, Alba... pero esto es solo un papel. ¿Dónde está el broche?
—Siento defraudarla —respondí con una firmeza que no sabía que poseía—, pero el original tiene demasiado valor para mí como para llevarlo encima, y menos aún para tenerlo en casa. ¿No le parece una precaución lógica?
—Una medida de seguridad muy prudente, querida —asintió ella, pasando el dibujo a su esposo.
Pedro estudió el boceto con la mirada perdida, como si descifrara un enigma en los trazos.
—Detalles fascinantes... Diría que no tienen parangón. Mi enhorabuena, Alba; es un trabajo impecable. ¿Existen piezas de este calibre en su familia? —preguntó, sin apartar los ojos del papel.
—Si me permite... —interrumpió el Conde, alargando la mano con un ansia que traicionaba su fingida cortesía—. ¡Ciertamente! Es una obra sumamente singular, digna de integrarse en nuestra propia selección. Rezuma exotismo; parece una amalgama de camafeos y orfebrería de tierras remotas. ¿Consideraría desprenderse de ella? Le ofrecería una suma generosa; mi colección siempre tiene espacio para lo inaudito.
Mi respuesta fue un «no» rotundo. Aquella joya tenía un valor afectivo que el dinero no podía alcanzar. Mientras tanto, papá y Rainiero permanecían en un silencio sepulcral, ajenos al ir y venir de la lámina de papel.
—Hace años —intervino Jaime, sumándose al acecho— vi algo semejante en una colección privada en Alemania. ¿Acaso te lo enviaron de allí, Alba?
—¡No! Fue un obsequio de unos amigos de un pueblo de pescadores donde pasé algún tiempo.
—Parece interesante... ¿Por qué no nos cuenta esa historia? —pidió Jaime de improvisto.
—Me encantaría, pero hay demasiadas lagunas en mi memoria.
El Conde insistió, con una amabilidad que empezaba a resultar asfixiante:
—Trate de recordar el origen de ese broche —me rogó el conde—. Sería emocionante; creo que todos compartimos la curiosidad. Una buena velada siempre requiere de un relato que la eleve. Tenía preparada una ficción para esta noche, pero la suya promete ser mucho más intrigante. Eso sí, no quisiera que se sintiera forzada a complacernos.
—Creo, hija, que sería bueno que la contaras. Tal vez sea lo que te ayude a recuperar tu memoria. Inténtalo; siempre dices que tu niñez es un borrón. Quizás esto sirva para abrir la puerta a todo lo que olvidaste.
—Ojalá pudiera, mamá... ojalá pudiera —susurré. Sentía un bloqueo físico, un miedo atroz a fracasar de nuevo en el intento de recordar. Fue entonces cuando Rainiero, rompiendo su mutismo, me animó con firmeza:
—¡Inténtalo, Alba! Si eres tenaz, conseguirás llegar al fondo de todo.
Papá ordenó a Fabián que sirviera el café en la biblioteca; declaró que aquel era el lugar idóneo para dar voz a una buena historia. Yo conocía bien el motivo oculto de su decisión: su orgullo por aquella estancia era inmenso y allí podría echar mano, disimuladamente, del libro que lo tenía absorto desde hacía días. Me lo confirmó el modo en que él y Pablo se sentaron juntos, casi en un frente común.
Había notado que, últimamente, pasaban demasiado tiempo el uno con el otro, compartiendo pasatiempos que los alejaban de mí. Ya fuera en el campo de golf o en la pista de tenis, siempre encontraban la excusa perfecta para escabullirse. Mi padre parecía disfrutar más de la compañía de Pablo que de la mía.
Tras servirnos el café, Fabián se retiró con discreción, asegurándose de que no volveríamos a necesitarlo. El silencio se apoderó de la biblioteca, roto solo por el aroma del café y el crujido de los lomos de cuero. Todas las miradas volvieron a posarse en mí, aguardando que rompiera el sello de mis recuerdos.
—Quiero dejar claro que mi niñez es solo un recuerdo borroso —comencé, sintiendo cómo el silencio de la biblioteca se hacía más denso—. Sé, por lo que me han contado, que teníamos un lugar favorito para veranear: el pueblo de Finisterre. Por costumbre, al atardecer, paseábamos por el puerto. Aquella tarde, mamá no nos acompañó debido a un esguince, así que mi padre y yo salimos solos.
Me solté de su mano, jugueteando entre las cajas de pescado puesto a secar, pero la fortuna me fue esquiva y me enredé en una red que yacía en el suelo. Al tropezar, creí que caería en el mar oscuro, pero por ventura un bote, acercado al muelle por el vaivén del agua, frenó mi caída. Fui a parar a su interior, donde recibí un fuerte golpe en la cabeza que me hizo perder el conocimiento.
Cuando volví en sí, estaba rodeada de mar por todas partes. No había rastro del puerto ni de la sombra de la costa. Aquel bote a la deriva me había arrastrado mar adentro, lejos de todo lo que conocía.
—¡Pero Elías! —exclamó Águeda, interrumpiendo con un grito sofocado—. ¡Para ti debió de ser terrible!
—Puedes imaginártelo —intervino Elías con la voz quebrada—. La busqué por todas partes. Solo encontré su zapato enganchado en la red. Pensé lo peor. Se organizaron patrullas de buzos, pero fue inútil. Estábamos destrozados; no nos daban esperanzas, solo nos pedían que nos preparáramos para lo peor: que el cuerpo se hubiera perdido en alta mar.
—¿Y tú, Alba? ¿No estabas muerta de miedo, tan sola? —preguntó Águeda, conmovida.
—Aterrada es poco. El mar siempre ha sido mi gran fantasma, pero recuerdo que aquella noche las olas empezaron a susurrarme como si fueran niños pequeños que me daban la bienvenida. Me acunaron hasta que me venció el sueño. Desperté de golpe cuando el bote encalló en un banco de arena; por un segundo, la esperanza me iluminó, pero se apagó enseguida al darme cuenta de que estaba en un islote, atrapada por el agua. Solo vi una lengua de arena que se perdía en la oscuridad, y empecé a caminar por ella, buscando con desesperación la costa que veía a lo lejos, como una meta inalcanzable.
—¿Lo conseguiste? —pregunto Pablo, rompiendo su silencio con una mezcla de ansiedad y sospecha.
—La verdad, Pablo... creo que en cierto modo sí lo logré —respondí, dejando que mi voz se perdiera en el eco de los libros—. Lo que viene a mi mente es una brisa cálida agitando las ondas contra la arena, bañando suavemente mis pies. A veces, cuando sueño, esa sensación me envuelve; y al despertar, juro que aún puedo oler el salitre flotando en mi habitación. Puedo olerlo incluso ahora, llenando esta estancia. Aquel lugar solitario, mi propia silueta difuminada por la bruma... me hacía sentir feliz. Sé que suena extraño, pero aún hoy, cuando me lavo la cara, el agua que resbala por mis mejillas me sabe a sal.
—Así son los niños, Flavia —comentó Águeda, rompiendo el hechizo—. Se olvidan enseguida de todo; encuentran algo que los distrae y no piensan en el calvario que están pasando sus padres.
—No te imaginas la angustia —suspiró mamá—. Lo que habría dado en aquel entonces por saber, simplemente, que estaba viva.
—Es cierto —intervino mi padre, Elías—, pero no olvidemos lo que nos dijo el médico cuando nos la devolvieron. Debido al golpe en la caída, Alba sufría una amnesia que borró todo lo ocurrido tras caer en el bote. Aunque nos reconocía a nosotros, algo la bloqueaba. Nos explicaron que era como si su mente se estuviera protegiendo. Solo el tiempo decidiría cuándo querría recordar.
—Entonces, dejemos que continúe —instó Jaime—. Por lo que dice, ese lugar debe ser un destino fascinante.
—En efecto, Jaime —respondí—. Seguro que los Condes disfrutarían navegando hacia esas costas de ilusión. No les he dicho el nombre del lugar: se trata de Carnota. Allí, el Atlántico se rinde ante una arena blanca y cristalina, tan fina como el azúcar. Siete kilómetros de playa forman un arco perfecto, donde la junquera y las dunas separan la tierra cultivada de un entorno salvaje e inigualable. Es un refugio de paz para aves migratorias, desde los correlimos hasta el ostrero, un espacio de una belleza paisajística que quita el aliento.
Mientras los automóviles acceden por la carretera principal, yo seguí caminando por la orilla hasta llegar a la desembocadura de una ría. El mar se había retirado. Allí, bajo la luz de la bajamar, una mujer de melena entrecana y apariencia tierna se acercó a mí. Se pellizcó al verme, incapaz de creer lo que sus ojos registraban: una niña indefensa, desnuda frente a la inmensidad, de pie junto a uno de esos hoyos que el mar excava en la arena cuando decide marcharse.
—¿Hacías nudismo? —preguntó Pablo, con un tono lacónico que cortó el aire como un cuchillo.
—No digas tonterías —repliqué, tratando de no perder el hilo de mi memoria—. Hacía un calor sofocante y ya sabéis cómo nos gusta a los niños chapotear en los charcos que deja la marea.
—Es sorprendente —insistió él, sin soltar su presa—. De niña eras tan atrevida y ahora, cuando paseamos junto al mar, no quieres ni rozar la arena. Es para no creerlo.
Le lancé una mirada de reproche. Sus dudas no me ayudaban; cada interrupción era una grieta en el frágil muro que intentaba derribar para recordar. Volví a la historia, ignorando el brillo de sospecha en sus ojos.
—Como os decía, aquella mujer estaba en estado de choque. Hablaba en voz alta, repitiendo que aquello debía de ser un espejismo, un sueño o una ilusión. No dejaba de frotarse los ojos, como si esperara que, al abrirlos de nuevo, yo hubiera desaparecido entre la bruma marina.
—Me lo imagino, hija. ¿Quién podría haber esperado ver a una niña desnuda, viniendo del lado del mar infinito? ¿Sabes qué hacía aquella mujer allí?
—Al parecer, aquella mujer tenía la costumbre de dar un paseo matutino; los baños de mar eran su medicina para la circulación —continué, sintiendo cómo el frío de aquel recuerdo me erizaba la piel—. Recuerdo que se quitó el chal de los hombros y me envolvió en él. Al ver que yo permanecía en un silencio absoluto, me tomó en brazos y me llevó hacia su casa. Se detenía a menudo porque el peso la vencía; nos llevó mucho tiempo alcanzar su hogar, situado en las afueras del pueblo.
—Perdona, querida —intervino Imelda, la condesa, con una chispa de ambición en la mirada—, pero mientras hablabas pensaba que sería una idea magnífica acercarnos con el yate a Carnota. Tal vez seguir el trayecto del bote a la deriva te ayude a desbloquearlo todo.
Mamá saltó eufórica ante la propuesta, pero Jaime, con una seriedad inesperada, nos devolvió al presente:
—Me parece, señoras, que se están saliendo de contexto. Sería mejor dejar que Alba prosiga con su historia.
—Subimos por un sendero estrecho, flanqueado por árboles —retomé, agradecida por el silencio—. Al final del camino se alzaba una preciosa casa de verano. Allí, sentado en una piedra junto a la puerta, un hombre tallaba una figura con su navaja. El sonido de la madera crujiendo bajo el filo fue lo primero que escuché antes de entrar en aquella nueva vida.
—¿Qué estaba tallando? —preguntó Rainiero, rompiendo el trance con curiosidad técnica.
Antes de que yo pudiera articular palabra, Pablo se adelantó con una seguridad que me heló la sangre:
—A lo mejor un pez —soltó, casi con indiferencia.
Me sobresalté. El corazón me dio un vuelco al recordar el objeto que ocultaba en el bolsillo de mi vestido; se me había olvidado dejarlo en el cuarto y ahora sentía su peso como una piedra incandescente contra mi muslo. Instintivamente, llevé la mano al bolsillo y le clavé la mirada.
—¿Cómo sabes que era un pez, Pablo? —le espeté, con una voz que apenas reconocí como mía.
—Pues muy fácil, cariño —respondió él, encogiéndose de hombros con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Si era un pueblo de pescadores, lo lógico es que el hombre tuviera predilección por el mar. Haría piezas marinas, ¿no crees?
La respuesta de Pablo no me convenció, pero decidí no enfrentarlo aún. En aquel entonces, la talla estaba inacabada; a mis ojos de niña podía ser cualquier cosa, pero proseguí con mi relato:
—Cuando llegamos, él estaba tan absorto que no nos oyó. Pero al ver a una figura pequeña envuelta en el chal de su esposa, levantó sus asombrados ojos azules y me sonrió.
—'¿Qué hace esta niña con tu chal, María? ¿Es que hoy fuiste de pesca?', bromeó.
María le explicó todo mientras me introducían en la casa. Me sentaron entre los dos, al calor de un hogar donde los leños de roble se consumían lentamente. Él, con una ternura que aún me conmueve, me preguntó mi nombre, mi origen, dónde estaba mi familia... pero de mi boca no salió ni una palabra. Quería responder, pero el bloqueo era absoluto. Debieron comprender que el miedo o el golpe me habían robado la voz.
María me trataba con un cariño tan genuino que me sentí a salvo. Formaban una pareja feliz, y esa paz se me contagiaba. Tras hablar brevemente entre ellos, el hombre me miró a los ojos y propuso:
—'Bueno, pequeña... ¿qué te parece el nombre de Marina? ¿Es bonito, verdad?'.
Les devolví una sonrisa inmensa. En ese momento, dejé de ser la niña perdida de Finisterre para convertirme en Marina de Carnota."
—Perdona la interrupción —se disculpó Águeda—, pero me encantaría ver esa casa rústica. Siempre he soñado con una casita en un pueblo de pescadores; debe de ser emocionante. Me gustaría conocer a ese matrimonio.
—Me agradaría presentárselos a todos —respondí con amargura—, pero me temo que será difícil.
—¿Por qué? ¿Acaso solo reciben a niños? —preguntó Jaime, con una ironía que me erizó el vello.
—No es eso. Es que desconozco su paradero... pero no quiero aburrirlos más. Quizás estén cansados.
—Tienes razón, Alba —asintió Rainiero, levantándose con una prisa sospechosa—. Quedan más días por delante. Yo debo retirarme.
Mamá lo acompañó a la puerta, aprovechando para retirarse ella también. Deseé que los demás siguieran su ejemplo, pero Pedro se acomodó en su asiento, imperturbable.
Dirigí la mirada a los demás, deseando que alguien tomara la iniciativa para no tener que proseguir. Sin embargo, Pedro intervino:
—Bueno, si no estás cansada, podrías continuar, por favor. No sé qué pensarán los otros, pero yo no tengo ninguna gana de irme a dormir; más bien has despertado mi curiosidad con todo este asunto.
De un tiempo a esta parte, todos parecían obsesionados con empujarme de vuelta a Carnota, como si fuera el lugar mágico donde mis recuerdos perdidos aguardaban. Pablo, mientras tanto, seguía refugiado tras un libro, fingiendo una ausencia que no me engañaba; su "adivinanza" sobre el pez me tenía convencida de que él sabía de la talla. Sumida en esos temores, la voz de Jaime me devolvió a la realidad:
—¿Te pasa algo, Alba? Te has quedado ausente.
—No respondí a Jaime. En ese instante, sentía que estaba allí de nuevo. Deseaba con todas mis fuerzas quedarme en ese recuerdo, alcanzar la verdad que se ocultaba tras las sombras. Me vi como una niña, como un gatito curioso investigando cada rincón de aquella casa. Recorrí el corredor, entré en una de las habitaciones y me eché sobre una cama confortable. Los ojos me pesaban... me dormí, y nadie vino a despertarme.
De pronto, el vacío.
—No puedo seguir —susurré, sintiendo un nudo en la garganta—. Algo me lo impide. Sé que me dieron el broche, pero no puedo volver... no quiero seguir.
—¡Vaya! —exclamó Calixto, el Conde, con una decepción mal disimulada—. ¡Ahora que se estaba poniendo interesante! Pero si no hay otro remedio, esperaremos a mañana.
El grupo comenzó a dispersarse. Pablo se dispuso a marchar y lo acompañé a la puerta, sintiendo una distancia abismal entre nosotros.
—¿De verdad no quieres quedarte? —le pregunté—. Es muy tarde para conducir y tienen una habitación lista para ti.
—Prefiero marcharme —respondió con frialdad—. Mañana tengo trabajo que hacer antes de volver.
Lo acompañé hasta el automóvil. Una vez dentro, bajó la ventanilla y nos dimos un beso que me supo a despedida contenida. Le dije adiós con la mano mientras el sonido del claxon rasgaba el silencio de la noche, dejándome a solas con el peso del pez de ébano en mi bolsillo.
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— Entrada y obra creadas por Abraixas.


