Abraixas

Bienvenidos a mi casa. Este Blog nace como una iniciativa de mi necesidad de dar a conocer mis diseños 3d en Hubisms y disponer de un medio para exponer mis sueños, ideas... Muchas gracias por acompañarme en este divertido viaje.

jueves, 20 de agosto de 2026

Sueños de Honor — Capítulo 3: Entre Costuras y Conspiraciones

Si acabas de llegar al blog o quieres repasar el inicio, lee aquí el Capítulo I: Helena — La Sombra de Lisboa

  La inquietud me devoraba por dentro; el sueño era un lujo que no podía permitirme. Tras vestirme en silencio, me deslicé por la puerta secreta que conducía a la habitación de Sharon. Dormía profundamente, ajena a la tormenta que arreciaba en mi pecho. Apagué su despertador antes de que el primer pitido rompiera el silencio de la casa y la sacudí con suavidad.

—Sharon… es la hora —susurré al pie de su oído.

—Por favor, Helen —protestó ella, con la voz pastosa y los ojos entrecerrados—. Aún es demasiado pronto.

—¿Vienes conmigo o no? —le solté con una firmeza que la hizo espabilarse de golpe.

—No lo dudes —asintió Sharon, incorporándose con un suspiro de resignación.

  Abrí mi armario y rescaté dos prendas pesadas para combatir el frío del alba: un abrigo malva oscuro para ella y uno violeta para mí. Nos calamos los sombreros a juego —el de ella azul marino, el mío violeta— y me ceñí el cinturón con fuerza, como si me preparara para una batalla. Nos descalzamos, sosteniendo los zapatos en la mano, y descendimos las escaleras centímetro a centímetro, evitando cada peldaño traicionero que pudiera crujir.

Al llegar a la cocina, cogí un termo con té caliente y un paquete de galletas. Salimos por la puerta trasera, donde la luz de dos farolas enfrentadas nos golpeó con una claridad cegadora antes de alcanzar la penumbra de la calle principal.

—¿Adónde vamos, Helen? —me preguntó Sharon mientras subíamos al coche, con el tono de quien empieza a perder la paciencia.

—Deberías saberlo —le respondí, arrancando el motor.

Sharon se revolvió en el asiento, visiblemente alterada.

—No juegues conmigo, Helen. Te lo digo en serio: si no me hablas claro, me vuelvo a la cama ahora mismo y te vas sola. ¡No voy a seguirte a ciegas a estas horas!

—No lo hago —respondí con un susurro que cortó el aire. Asentí para mis adentros, invocando aquel recuerdo—. West End. ¿Acaso has olvidado lo que nos ocurrió allí, a las dos de la madrugada, justo después de enterrar a mi madre?

—¿Cómo podría olvidarlo? —contestó, dejando que la memoria fluyera—. Era esa hora muerta, la más oscura, justo antes de que el amanecer empiece a doler. Londres parecía un desierto de piedra. Los cuatro ojos luminosos del Big Ben vigilaban con frialdad las plazas mudas y el río, que se deslizaba bajo los puentes como una cinta de acero vacío. Aquel silencio nos pesaba más que el propio luto.

  Vimos al día ganar terreno a zancadas, forzando a la tiniebla a batirse en retirada de esquina en esquina. Era una luz plomiza, pesada de niebla y humedad. El Támesis tiritaba ante un aliento gélido que soplaba historias de mares lejanos. Con la capitulación de las farolas, San Pablo emergió del letargo como un espectro pálido, escoltado por los campanarios que herían, como dagas, el gris del firmamento.

  Entonces, nos sorprendió aquel ruido. Primero un roce, luego un clamor: un concierto de trinos y silbidos saltando de parque en parque. Eran los gorriones despertando; fue el sonido más emocionante que he escuchado nunca. Justo después apareció el primer tranvía, un gigante dorado por sus propios faros, balanceándose entre el repique de campanas y el tintineo del hierro. Con él, la metrópolis volvió a latir.

  De repente, Helen me clavó una mirada cargada de una seriedad antigua, deteniendo el tiempo.

—Lo has descrito bien —admitió, aunque su escepticismo seguía vibrando en el aire—, pero yo me refería a lo que ocurrió exactamente en West End Street, donde has aparcado.

Hizo una pausa, como si rescatara los sonidos de entre la bruma:

—El silencio de la noche estalló con el impacto de cristales rotos. Luego, el chirrido lacerante de unos neumáticos huyendo a toda velocidad. Un agente corrió hacia el estruendo haciendo rasgar el aire con su silbato; apenas unos segundos antes, lo habíamos visto comprobando cerraduras con el haz de su linterna, moviéndose con esa calma de quien se cree a salvo del peligro.

 Nos ocultamos en las sombras, testigos mudos de aquel caos. El escaparate de la peletería estaba hecho añicos; la barra de hierro que usaron todavía yacía en la acera, como un testigo mudo. En un abrir y cerrar de ojos, las pieles habían desaparecido. ¡Un robo audaz a escasos metros de la ley! Fuimos temerarias al no huir; nadie habría notado nuestra presencia en mitad de aquellas horas intempestivas.

 Aún te recuerdo, Helen, con la mano trémula entregando aquel papel donde habías anotado la matrícula y el modelo. Corriste al puesto de alarmas y diste el aviso que permitió su captura. Aunque, para ser honestas, lo que peor sabor de boca nos dejó no fue el robo, sino la reprimenda de nuestros padres y aquella semana de castigo...

Pero, ¿qué pasa ahora, Helen? ¿Por qué me has traído de vuelta aquí? Sigo sin entender a dónde quieres llegar.

Ella me miró con una fijeza inquietante:

—¿Te parece extraño, querida amiga, que siempre haya coches involucrados en nuestras huidas? —hizo una pausa letal—. Lo que me sorprende es que esta vez no te parezca sospechoso el vehículo que nos sigue desde que salimos de casa.

—Perdóname —me soltó, tratando de sonar racional—, pero no voy a alimentar tus alucinaciones. ¿No crees que estés dejando volar demasiado la imaginación?

—Puede que sí —repliqué con una calma gélida—. Pero si es así, no te importará conducir hacia los edificios de Scotland Yard. Si no nos siguen hasta allí, admitiré que solo son fantasías mías.

—Me parece una soberana tontería, pero te seguiré el juego... por los viejos tiempos.

Sharon no apartaba la vista del retrovisor. El coche mantenía una distancia constante, como un depredador que no tiene prisa. Se preguntaba qué razón oculta la obligaba a tomar tantas precauciones. ¿Qué había de cierto en sus miedos? Al aproximarnos a Scotland Yard, el primer vehículo se desvió, pero otro ocupó su lugar de inmediato.

De repente, Sharon dio un volantazo violento. Aceleró a fondo y se lanzó hacia Whitehall, clavando los frenos junto a la acera derecha. Al instante, el coche que nos acechaba chirrió tras nosotras, deteniéndose en seco a pocos metros, en la acera opuesta, para sellar cualquier salida. Dos hombres con gabardinas de cuero negro bajaron del vehículo; sus figuras avanzaron hacia nosotras con un paso firme y depredador.

Sharon aguantó el pulso, esperando a que estuvieran lo bastante cerca para reconocerles las caras; entonces, con el motor rugiendo en un estallido de furia, metió primera y salió disparada hacia casa.

El regreso fue un silencio de tumba. Al llegar, entramos sin cruzar una sola palabra, buscando cada una el refugio de su habitación. Cerré mi puerta con el pulso todavía desbocado; el eco de nuestros pasos en el pasillo me recordaba, en cada golpe contra el suelo, que la noche acababa de volverse peligrosamente real.

«Sharon utilizó la puerta secreta, confirmando mis peores sospechas en un solo movimiento.

—Ahora te creo —dijo ella, sintiendo todavía el amargor de la adrenalina en la garganta—. Pero dime: ¿qué demonios está pasando? ¿Quiénes eran esos hombres y qué querían de nosotras?».

—Sinceramente, no lo sé —respondió, con la mirada perdida.

—¿Cómo que no lo sabes? ¡Por Dios, Helen, pídele a tu padre que lo averigüe!

—¡Ni hablar! —reaccioné con una brusquedad que me sorprendió incluso a mí—. Mi padre tiene demasiados enemigos acechando en las sombras. Cualquier escándalo, por mínimo que sea, serviría de excusa para apartarlo definitivamente de la vida política. No podemos involucrarlo; sería entregarle su cabeza en bandeja de plata a sus rivales.

—Lo entiendo... pero, ¿cuánto tiempo llevan siguiéndote?

—Desde que regresé de España —confesó, y su voz sonó pequeña, casi ahogada—. Por eso no salgo de casa. ¿Entiendes ahora por qué necesitaba que lo vieras con tus propios ojos?

Sharon la miró fijamente, tratando de unir las piezas de un puzle que se volvía cada vez más oscuro.

—¿Qué te pasó en España? —preguntó al fin, con un hilo de voz.

—Nada en particular. Fue un viaje estupendo —respondí, aunque mi voz vaciló un instante—. Pero ocurrió algo curioso al final. Organizaron un vuelo especial desde el noroeste de Valladolid para que regresara a Londres cuanto antes. Me acomodé como pude en el estrecho interior del Dornier y, al colocar mi bolsa en el compartimento, algo resbaló. Al caer, vi un paquete pequeño, extraño por su envoltorio. Una vez en el aire, vencida por la curiosidad, lo abrí: era un manuscrito acompañado de varias cartas personales.

—¿Pero cómo terminó eso entre tus cosas? —preguntó Sharon, con el desconcierto pintado en el rostro.

—Creo que fue aquella mujer que tropezó conmigo justo antes de subir al coche en Valladolid —respondí, reconstruyendo la escena en mi mente—. Se disculpó por su torpeza, pero ahora estoy segura de que fue en ese preciso instante cuando deslizó el paquete en mi bolso. Tenía una prisa desesperada por perderse entre la multitud, como si aquel envoltorio le quemara en las manos.

—Es obvio que esa mujer lo deslizó en tu bolso a propósito, pero... ¿por qué tú? —preguntó Sharon, bajando la voz como si las paredes pudieran oír.

—Lo he pensado mil veces —respondió Helen, con la mirada perdida en el reflejo de la ventana—. Estoy segura de que estaba en la recepción del Consulado el día antes de mi partida. No sé su nombre, ni quién era aquel hombre de porte rígido que la acompañaba, pero es ella. No tengo ninguna duda.

«Al aterrizar en Londres, el despliegue policial era asfixiante. Revisaban cada pasaporte, cada maleta, hasta el equipaje más insignificante. Cuando llegó mi turno y mostré mi acreditación diplomática, el oficial frunció el ceño. Me examinó de arriba abajo con unos ojos brillantes, afilados como los de un halcón; me sentí desnuda bajo aquel escrutinio.

Al salir, tomé un taxi y no tardé en notar, a través del retrovisor, que un Rolls-Royce nos marcaba el paso. El taxista no les quitaba el ojo, tenso al volante; supe entonces que no eran simples curiosos. Debían ser de la Brigada Volante».

—Actúan con una precisión quirúrgica —añadí, sintiendo un escalofrío que me recorría la espalda.

—Lo confirmé al llegar —continuó Helen, con la voz ensombrecida—. Desde mi ventana vi a uno de ellos bajar del Rolls-Royce. Tenía un aspecto impecable, casi burgués, y caminaba frente a la casa con una parsimonia aterradora, como un ave de rapiña que solo espera a que su presa cometa un desliz. Cualquiera se sentiría a salvo bajo su protección, pero yo... yo me siento cercada.

—Eso significa que saben que tienes el paquete —sentenció Sharon, con una fijeza en la mirada que cortaba el aire.

—Si estuvieran seguros, ya habrían echado la puerta abajo, ¿no crees? —replicó Helen, tratando de convencerse a sí misma—. Están esperando. Acechan, aguardando a que yo cometa un movimiento en falso que les dé la excusa legal para entrar.

Sharon se acercó un paso, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de urgencia:

—Helen... ¿realmente es tan importante lo que contienen esos papeles? ¿Vale tanto como nuestras vidas?

—Lo son —sentenció Helen con una voz tan sombría que pareció enfriar la estancia—. Si estos papeles caen en las manos equivocadas, el gobierno de Franco en Burgos podría tambalearse. Y con la sombra del conflicto que ya se gesta en Alemania, lo último que el mundo necesita es que el Reino Unido se vea arrastrado a una guerra antes de tiempo.

—Me estás poniendo los pelos de punta, Helen —admití, sintiendo cómo un frío repentino se colaba bajo mi ropa—. Me cuesta creer que unos simples papeles tengan tanto poder. Pero escúchame bien: ¿cómo voy a ayudarte si no sé a qué nos enfrentamos realmente?

Me acerqué a ella, buscando sus ojos en la penumbra.

—Necesito la verdad, Helen. Toda la verdad.

Helen bajo la voz, como si las paredes de la habitación tuvieran oídos.

—He pensado en traducirlos para ti. Sé que el español te es ajeno, pero tengo los papeles... los guardo a buen recaudo. Son las cartas de un hombre que intenta rescatar su honor de una acusación infame. Aporta documentos, pruebas irrefutables. Su vida entera depende de lo que dicen esas páginas.

—Entiendo —asintió Sharon con gravedad—. Pero escucha, tenemos que blindar esa documentación. Nada es más seguro que la cámara acorazada de un banco.

Helen soltó una risa seca, cargada de amargura.

—Te equivocas, Sharon. Cometí ese error el mismo día de mi regreso. Preparé un señuelo: un paquete idéntico al original, envuelto con el mismo papel y sellado de la misma forma, y lo deposité en una caja de seguridad. Cuatro días después volví para comprobar mis sospechas y descubrí, para mi asombro, que alguien lo había manipulado. No te puedes imaginar la cara de la empleada cuando le solté a la cara que su banco era un coladero de espías.

Helen hizo una pausa, recreándose en el recuerdo del enfrentamiento.

—Ella insistía, balbuceante, en que era imposible, que yo custodiaba la única llave. Le pedí que no me tomara por idiota: había preparado una trampa química en el envoltorio. Quienquiera que lo abriera se habría manchado las manos con una tinta indeleble, un rastro que no se borra ni con mil lavados. Le dije que si no eran capaces de custodiar un fardo de papeles, no pensaba confiarles mis joyas. Lancé la llave sobre la mesa y me marché con una decepción fingida, sin añadir una palabra más.

Helen calló un segundo, midiendo sus palabras. —Olvida al banco; eso es solo fachada. Lo que me aterra es la mano invisible detrás de todo. No sé quiénes son, pero tienen acceso a lugares que, sobre el papel, son impenetrables.

—Entonces, es hora de que lo averigüemos —sentenció Sharon, recuperando la compostura—. En mis viajes he trabado amistad Walter Gallichan, un periodista que se mueve entre las sombras de la prensa. Sus hilos llegan hasta Edwin T. Woodhall, ese sabueso de Scotland Yard que cambió la placa por la investigación criminal. Si alguien puede desenredar este nudo, son ellos.

Helen la estudió con una mezcla de sospecha y curiosidad.

—¿Confías en su instinto o es que te has dejado seducir por su reputación? —Me atrae su audacia —admitió Sharon con franqueza—, pero nuestra alianza es estrictamente profesional.

—¿Cuándo le veremos? —preguntó Helen, encaminándose a la puerta.

—Iré yo sola —la interceptó Sharon.

—¡Ni hablar! —protestó Helen con una firmeza inesperada—. Te han visto conmigo; lanzarte sola a las calles de Londres ahora sería un suicidio. Sharon, desde este instante, somos una sombra. No te separas de mí.

—¡Qué alarmista eres, Helen! No te preocupes, no me va a pasar nada —dijo Sharon con una ligereza que sonaba forzada—. Además, nadie nos vio. Esos hombres probablemente solo querían coquetear.

—¿De verdad lo crees? Mira esto, Sharon. Qué interesante...

Señalé un pequeño micrófono que acababa de extraer de la base de una de las macetas del dormitorio. Lo había inutilizado con precisión; ahora solo transmitiría un siseo estático. Sharon palideció al instante. La obligué a sentarse en la cama y la tomé del brazo para darle seguridad.

—¿De verdad nos están escuchando? —me preguntó en un susurro apenas perceptible, pegada a mi oído.

—Ahora mismo no pueden oír nada, no te preocupes. No es el primero que encuentro y dejo inservible —le aseguré, bajando también la voz—. Tu padre me confesó que tú no confiabas en Peel.

Sharon suspiró, asimilando la traición en su propia casa.

—Lo que me resulta sospechoso es que, tras pasar una eternidad sin mayordomo y con el impecable trabajo de Agatha como ama de llaves, papá contratara a ese hombre de la noche a la mañana. Y lo peor: lo hizo fijo sin pedir opinión. Estoy convencida de que lo obligaron a meterlo en casa bajo el pretexto de su "protección". Papá es una pieza clave para el país si estalla la guerra; es demasiado valioso para que lo dejen libre.

—Pero si sospechabas todo esto, Helen —le recriminé con suavidad—, ¿cómo has podido quedarte impasible mientras la red se cerraba sobre vosotros?

—No me siento lo suficientemente fuerte para afrontar todo esto sola —admití, sintiendo el peso de la casa sobre mis hombros—. Te necesito, Sharon. Mi padre, con su experiencia, habría tomado ese manuscrito y se lo habría entregado sin dudar a Scotland Yard o a la Embajada.

Pero dudo mucho que esa hubiera sido la decisión correcta. El paquete venía acompañado de una carta con una instrucción clara: entregarlo a la prensa para que tuviera una difusión masiva. Estuve a punto de hacerlo, pero me venció la curiosidad. Al leer su contenido, comprendí que no podía entregarlo a la ligera.

Sharon me miró, esperando una respuesta que yo aún no podía darle por completo.

—Sabrás la verdadera razón esta noche, cuando todos duerman —le susurré—. Te lo explicaré con detalle para que entiendas que este hombre guarda silencio por la seguridad del Estado, pero también por alguien que sueña con limpiar su honor. No me cabe duda: esa mujer me utilizó. Quería que yo sacara el manuscrito de España a salvo, bajo mi protección diplomática, para luego recuperarlo con fines mucho más oscuros.

—Tenemos que movernos con pies de plomo —murmuró Sharon—. Lo primero es localizar a Gallichan, ya sea en la redacción o en su propia casa.

—Habrá que esperar a que mi padre salga de su despacho para usar su línea privada —le advertí—. Las demás están intervenidas, ya lo has comprobado. No es una paranoia mía.

—Supongo que ahora entiendes que esas líneas existen solo para el beneficio de Peel —replicó ella.

—No creo que el mayordomo sea uno de "esos" hombres, pero ya no me importa —Sharon mostró una chispa de emoción en el rostro, como si estuviera ansiosa por recibir el pistoletazo de salida. Sin embargo, hubo algo en su gesto, una sombra fugaz, que me produjo un escalofrío—. Lo crucial ahora es hablar con Gallichan. O mejor aún... ¿no crees que sería más interesante hablar con ambos, con él y con el detective Woodhall?

Bajamos las escaleras con paso decidido, dispuestas a ejecutar el plan, pero nos topamos con un imprevisto: mi padre aún no se había marchado. Se cruzó con nosotras en el comedor mientras nos dirigíamos a su despacho.

—¡Buenos días! —exclamó sorprendido—. ¡Qué madrugadoras!

—Sharon y yo queremos ir de compras —improvisé rápidamente.

—¡Genial! Ya era hora de que salieras a distraerte un poco —respondió él con una sonrisa honesta—. Te hará bien.

—¿Vas a quedarte a trabajar en casa? —preguntó Helen, tanteando el terreno.

—No, tengo que marcharme de inmediato. Se espera mucha conmoción hoy en la Cámara de los Lores.

—¿De verdad cree que la nación irá a la guerra, como se rumorea? —le preguntó Sharon, buscando en sus ojos una respuesta que el gobierno aún callaba.

—La situación es muy fea, Sharon —sentenció mi padre—. En mi opinión, ya nada puede salvarnos de lo que viene.

Las dos intercambiamos una mirada rápida mientras acompañábamos a Lord Leonard hacia la mesa del desayuno. Peel ya estaba allí, moviéndose con su habitual eficiencia silenciosa, pero mi padre lo detuvo en seco con una mirada de acero.

—Déjalo, Peel —ordenó con voz autoritaria—. Hoy nos serviremos nosotros mismos. Puedes retirarte y continuar con tus labores habituales.

El mayordomo obedeció de inmediato, desapareciendo tras la puerta doble. En cuanto nos quedamos solos, mi padre se inclinó hacia nosotras:

—Cuanto menos se entere el servicio, mejor, ¿verdad, hija?

—No sé a qué te refieres, papá —respondió Helen, fingiendo una calma que no sentía.

—¿De verdad no tienes nada que decirme? Escuchad bien: si queréis hablar, hacedlo ahora. Me he asegurado personalmente de que en este comedor nadie pueda escucharnos a escondidas.

—No sabía que te estaban vigilando —intervine, tratando de sonar neutral—. Por lo que sé de tu carrera, jamás han tenido un motivo para desconfiar de ti.

—Pero lo hacen —replicó él, y su voz sonaba cansada—. Desde que regresaste de España, tengo hombres apostados en la entrada. Me siguen al Parlamento, a mis reuniones... a todas partes. Mis colegas han empezado a notar la sombra y ya no sé qué excusas inventar. No es el momento, Helen, para que mis compañeros parlamentarios dejen de confiar en mí. La nación está al borde del abismo y yo estoy bajo sospecha por tu culpa.

—Dijiste que eran imaginaciones mías —le recriminó Helen—, incluso que desconfiar de Peel era una locura.

—Peel es de absoluta confianza —sentenció mi padre con una firmeza que no admitía réplica—. Lo contraté específicamente para protegerte. Es tu guardaespaldas personal y te aseguro que no te quitará el ojo de encima; no vuelvas a subestimarlo. ¿Cómo crees que me he enterado de que hoy saliste a las cinco de la mañana y acabaste envuelta en una persecución de película?

Helen y Sharon se quedaron lívidas, procesando la información.

—¿Entonces... los hombres del coche eran gente de Peel? —pregunté con un hilo de voz.

—No, hija. Eso es precisamente lo que Peel intentaba averiguar. —Lord Leonard se inclinó sobre la mesa, bajando el tono hasta convertirlo en una confidencia peligrosa—. Escuchadme bien: mantenemos relaciones cordiales con el nuevo gobierno del general Franco en Burgos. No queremos que España sea arrastrada al conflicto mundial que se avecina; Inglaterra no puede permitirse otro frente abierto. Pero hay un grupo subversivo operando aquí, en Londres, que busca desestabilizar su régimen para forzar su entrada en la guerra.

Hizo una pausa significativa, clavando su mirada en Helen.

—Y parece que tú, de alguna manera, te has convertido en su objetivo.

—¿Por qué me dices eso, papá? —le preguntó Helen, con un rastro de miedo en la voz.

—Porque estoy convencido de que guardas algo que ellos codician —respondió Lord Leonard, sin apartar la mirada de su hija—. Algo que te pone en una diana. Sufro en silencio, Helen, porque temo que no demuestres la madurez necesaria para tomar la decisión correcta antes de que sea tarde.

—Si fuera como supones... —aventuró Sharon, rompiendo el tenso silencio—, ¿qué cree que debería hacerse al respecto, milord?

Lord Leonard no dudó ni un segundo:

—Entregárselo al Gobierno español; concretamente, a su representante en Londres. Yo mismo podría facilitar ese encuentro en el momento más oportuno.

Se hizo un silencio sepulcral en el comedor. Mi padre esperaba una confesión, una entrega inmediata de lo que fuera que yo escondía. Pero Sharon, con una sangre fría que me asombró, tomó la palabra para protegerme:

—Si Helen tuviera algo así, señor, no podríamos confiar en cualquiera. Tendría que ser alguien que demostrara una lealtad inquebrantable al régimen de Burgos.

—Veo que ya se está gestando una decisión en esas jóvenes mentes —replicó él con una sonrisa gélida—. Así que decidme: ¿qué pensáis hacer?

Sharon me lanzó una mirada de advertencia antes de volverse hacia él:

—Habíamos pensado en consultar a un profesional externo. Alguien que conozca los bajos fondos de la noticia y los hilos que se mueven en la sombra. Walter Gallichan. Quizás haya oído hablar de él.

—En efecto, es un gran escritor y una personalidad difícil de definir —admitió mi padre, aunque su tono seguía siendo escéptico—. Pero no alcanzo a comprender cómo ese hombre podría ayudaros.

—Tal vez él no sea la pieza clave —concedió Sharon, imperturbable—, pero su valor real es el puente que tiende hacia Edwin T. Woodhall. Fue el sabueso más brillante de Scotland Yard y aún conserva aliados en el cuerpo. Si alguien sabe qué manos mueven esos hilos, es él.

—Sé que Woodhall posee una de las mentes más brillantes en el campo de la investigación —concedió él, y su mirada se volvió pensativa—. Tu propuesta es interesante, Sharon. Pero, siguiendo con vuestra "suposición"... ¿cómo podría ayudar yo, más allá de guardar silencio sobre lo que sé?

—Ya lo verás, papá —le dije—. De momento, puedes ayudarnos prestándonos tu línea privada.

—Sabes dónde está. No tengo inconveniente en que la uses.

Nos levantamos y nos dirigimos al despacho. Mi padre nos siguió, movido por la absoluta certeza de que yo custodiaba aquello tan codiciado que hacía tambalear la seguridad del Estado. Al cerrar la puerta tras nosotros, soltó lo que llevaba conteniendo toda la mañana:

—¡Así que es cierto! ¡Lo tienes! Tal como me informaron... Dime, Helen, ¿dónde está?

—No se lo diré a nadie —respondí con firmeza.

—Eres una cabezona... igual que lo era tu madre.

—Creo que solo querías confirmar tus sospechas —repliqué, ignorando el reproche—. Ahora que lo sabes, ¿puedo usar tu teléfono? ¿Ese que escondes tras el viejo retrato de la reina Victoria? ¿Sí o no?

—Adelante —suspiró él, dándose por vencido—. Pero me mantendré al margen. Seguiré sosteniendo ante mis colegas que mi hija está sumida en una profunda depresión y no recibe a nadie. Ahora iré con Peel; no quiero que os interrumpa mientras habláis.

Cuando nos quedamos solas, Sharon y yo echamos el cerrojo por seguridad. Me acerqué al pesado marco victoriano y presioné el resorte oculto en el relieve. El cuadro pivotó sobre una bisagra invisible, revelando el teléfono de baquelita negra. Se lo tendí a Sharon:

—Es tu turno. Llámalo.

Sharon marcó con dedos rápidos. Al otro lado, la voz distante de un ama de llaves respondió al instante:

—Residencia del señor Gallichan, 188 de Strand Street. ¡Dígame!

—Soy la señorita Sharon Hunter —dijo ella con voz firme—. ¿Puedo hablar con el señor Gallichan? Es un asunto de suma importancia.

—Está muy ocupado ahora mismo, espere un segundo —respondió el ama de llaves—. Veré si puede atenderla.

A través del auricular, pudimos oír el eco de la casa en el 188 de Strand Street. «Señor, la señorita Hunter insiste en hablar con usted. ¿Quiere que le diga que llame más tarde a la redacción?».

—¡No! Pásame la llamada al despacho ahora mismo, Martha —tronó la voz de Gallichan. Se le oía eufórico, como si llevara siglos esperando esa interrupción—. ¡Sharon! Qué sorpresa. No sabía nada de ti desde aquello en Portugal. ¿Dónde te escondes?

—Estoy en la ciudad, en casa de una amiga —respondió ella, lanzándome una mirada cómplice a Helen.

—Noto en tu voz que quieres pedirme un favor —rio él—. Sabes que, mientras esté en mi mano, puedes contar conmigo para lo que desees.

—Lo que tengo que pedirte no se dice por teléfono —cortó Sharon—. Es un asunto de vital importancia.

—Me dejas en un suspenso insoportable. Si te parece bien, te invito a cenar esta misma noche.

—Acepto, siempre y cuando busques una pareja para mi amiga —soltó ella.

—Vaya... yo había pensado en algo más íntimo.

—Tendrá que ser otro día, Walter; me quedaré en Londres una temporada —aclaró Sharon, cambiando de tema con agilidad—. Por cierto, ¿sigues en contacto con Edwin T. Woodhall?

—Desde luego. ¿A qué viene esa pregunta?

—Bueno, ya sabes... cosas de seducción femenina —bromeó Sharon, aunque sus ojos permanecían serios—. Si no ha perdido el gusto por la buena compañía, tráelo contigo. Nos vemos esta noche.

—¿Tiene que ser él, Sharon? —insistió Walter al otro lado de la línea—. ¿No crees que cualquier otro "caballero" sería una compañía menos... complicada para tu amiga?

—No, Walter. Ella quiere conocerlo específicamente a él; es una ferviente admiradora de su trabajo. Si esta noche es demasiado pronto, podemos posponerlo hasta mañana.

—¿En qué lío me vas a meter esta vez? —rio él, con un deje de sospecha en la voz—. Apuesto mi reputación a que esto acabará en un lío monumental. Pero sea como sea, acepto. Nos vemos en el nuevo restaurante frente Hyde Park, en la esquina de Apple y Hose. Mañana a las nueve. Reservaré ahora mismo; así tendré tiempo de localizar a Edwin.

—Perfecto. Nos vemos allí a las nueve, Walter.

Al colgar, Walter se quedó un instante en silencio. La voz de Sharon había invocado una imagen que guardaba en su memoria como un holograma imperecedero: el día que la conoció en aquella tarde de verano en Lisboa.

Él había aterrizado en la capital portuguesa el 16 de julio de 1938, con la intención de entrevistar a Gil Robles. Al descubrir que el político se había marchado, decidió tomarse unas breves vacaciones en el Hotel Americano, cerca de la estación del Rossio. Walter la vio por primera vez mientras subía al Mirador del Monte para fotografiar las panorámicas de la ciudad.

Llevaba un vestido de algodón blanco repujado, una chaqueta corta roja a cuadros y un sombrero de paja con plumas escarlata que recortaba su silueta contra el cielo azul. Él la siguió con la mirada, cautivado por su porte; ella, lejos de ruborizarse ante aquel atrevimiento, sostuvo la mirada de Walter con una fijeza desafiante. Aquella tarde, gracias a una indiscreción de la recepcionista del hotel, Walter supo que esa mujer fascinante se llamaba Sharon Hunter.

En aquel entonces, yo saboreaba una copa de vino verde en el bar del hotel. El líquido brillaba con una transparencia efervescente que apenas empezaba a burbujear en mi paladar cuando ella se me acercó con una seguridad desarmarte:

—Le informo que mañana iré a Estoril y Sintra —me dijo, desafiante—. Decida ahora, caballero, si piensa seguirnos o unirse al grupo.

—Walter Gallichan, a su servicio —respondí con una reverencia.

—Entonces, señor Gallichan, ¿qué decide?

Me apasionan los desafíos, así que el 20 de julio de 1938 me sumé a su alegre comitiva. El viaje en tren desde Lisboa fue un desfile de pueblos pesqueros y playas bañadas por el Atlántico. Desayunamos en el restaurante de un hotel casino en Estoril y recorrimos la ruta de las cascadas bajo un sol radiante. En Sintra, el panorama desde el Castelo dos Mouros y el Palacio da Pena era fantástico: una alfombra de vegetación que moría a los pies del castillo. Incluso intentamos visitar la villa de un compatriota en el parque de Monserrate, pero estaba de viaje.

Mi memoria se corta en seco al cruzar el umbral del hotel. Volví en sí a las cuatro de la tarde; tenía la boca amarga y la mente nublada, los síntomas inequívocos de un narcótico. Casi por milagro alcancé el tren de las diez a Braga. En el Hotel Alianza nos esperaba una reserva de Sharon, pero apenas fui consciente del trayecto. El sueño era una losa; si el revisor no me hubiera despertado, habría perdido mi parada sin remedio.

Allí mis vacaciones terminaron. Un telegrama de mi jefe me ordenaba entrevistar a Gil Robles; su secretaria fijó el encuentro en un auténtico tugurio. El ambiente era desolador: una pianista de aspecto tosco aporreaba un instrumento arcaico lleno de disonancias. Noté de inmediato que yo era objeto de una curiosidad impertinente. Me supe observado de inmediato. Un tipo de mirada inquisitiva me vigilaba, compinchado con otro que montaba guardia en la puerta.

El camino de regreso al hotel era una boca de lobo; lamenté no llevar encima mi vieja Star del 6.25. Me quedé al concierto para ganar tiempo. La artista, una mujer de curvas voluptuosas, cerró la noche con unos fados magistrales, modulados con una voz angelical que no encajaba con aquel antro. Al terminar, unos hombres me invitaron en portugués a un cabaret cercano.

—¡Atiza! —exclamé—, no estaría mal, pero otra vez será.

Caminé hacia la salida con la mano metida en el bolsillo del abrigo, fingiendo que empuñaba un arma. Los dos vigilantes me dejaron pasar, intimidados por el farol. Al día siguiente regresé a Londres. Mi jefe estaba furioso por la entrevista fallida, pero era evidente que Gil Robles no quería hablar; me había enviado a aquel lugar peligroso para quitarse de encima a la prensa.

Había enterrado aquel incidente, hasta que la llamada de Sharon lo devolvió todo a la superficie. ¿Por qué quería que Edwin Woodhall fuera la pareja de su amiga? No lo comprendía, pero mi instinto de periodista se encendió de golpe. Olí la noticia a kilómetros... y no pensaba dejar pasar semejante oportunidad.

Walter se dirigió a la sala de prensa de Scotland Yard, el santuario reservado para los editores especiales de los grandes diarios británicos. Las paredes estaban erizadas de cabinas telefónicas y, en las mesas corridas, sus colegas tecleaban frenéticamente, intercambiaban confidencias o soltaban mentiras colosales con la parsimonia de quien ha visto de todo. El saludo era siempre el mismo, casi un ritual: «¿Alguna novedad?».

Pero los que de verdad sabían estaban tras las puertas cerradas. Allí, los técnicos en criminología —esos seres omniscientes que descifraban el código secreto del hampa— custodiaban la verdad. Tras una de esas oficinas, Walter encontró a su hombre: Edwin T. Woodhall. El asistente consultó al jefe y, tras un breve instante, le franqueó el paso.

—¿A qué debo el honor, Gallichan? —saludó Edwin, levantándose con una sonrisa astuta.

—¿Recuerdas que me debías un favor? —replicó Walter—. Pues vengo a cobrármelo.

—¿Qué has hecho ahora, Walter? —Woodhall arqueó una ceja—. ¿En qué lío te has metido esta vez?

—Una cena no supone ningún peligro, al menos así lo percibo yo —respondió el periodista con aire inocente.

—¿Para cuándo?

—Mañana a las nueve en punto. En el nuevo restaurante de la esquina de Hyde Park, entre Apple y Hose. Seremos cuatro: dos señoritas y nosotros.

—¿Conozco a alguna?

—No lo creo. La conocí en Lisboa, ya te conté algo de aquello. Está en la ciudad, alojada en casa de una amiga, y me he dicho que necesito a un auténtico rompecorazones para equilibrar la mesa.

Edwin se detuvo en seco, su instinto de detective disparándose por encima del de amigo.

—¿Cómo dices que se llama?

—Sharon Hunter.

Woodhall guardó un silencio denso mientras procesaba el nombre. Walter, notando el cambio de atmósfera, soltó una carcajada nerviosa:

—¡No me digas que ya la has investigado, Edwin!

—Ya sabes cómo es Walter —continuó Woodhall con una sonrisa de medio lado—. Aunque le gusta meterse en asuntos ajenos, yo lo consideraría una virtud más que una debilidad. Diría que es audaz, atrevida... incluso valiente. Tiene todos los atributos que tu imaginación quiera otorgarle.

—Sí, diría que es incansable —replicó Gallichan—. Cuando se le mete algo entre ceja y ceja, no para hasta conseguirlo. En eso os parecéis bastante, Edwin. Bueno, ¿vendrás o no?

—Solo porque te debo un favor... asunto zanjado. Sabes de sobra que detesto las citas a ciegas.

—Sharon tiene amistades muy selectas; no invita a cualquiera, suelen ser damas de la alta sociedad. Te aseguro que será, cuanto menos, interesante.

—¡De acuerdo! —cedió el detective—. Nos vemos en el restaurante a la hora acordada.

Walter salió de Scotland Yard con el trofeo de la confirmación bajo el brazo y se dirigió a la redacción. Mientras tanto, en la otra punta de Londres, la atmósfera era muy distinta. Helen y Sharon habían regresado de su expedición por las boutiques de lujo con los vestidos para la esperada cena.

Sharon no había podido resistirse a un diseño de De Yteb que relucía en un escaparate de Bond Street. El satén rosa pálido siempre había favorecido su tez; la falda amplia, con hileras de pliegues minuciosos, realzaba su figura, mientras que un ramo de flores en tonos amarillos y verde pálido prendido a la cintura creaba un contraste exquisito. Por su parte, Helen se había decantado por un conjunto de Redfern: un vestido violeta de crepé romano que caía en punta hasta la cadera, con una falda de corte ajustado y elegantes godets que le daban un movimiento etéreo.

Estaban tan absortas probándose las prendas que la llamada de Agatha a la puerta las sobresaltó como un disparo.

—¿Qué estáis tramando? —preguntó Agatha al entrar—. No os he visto en toda la tarde. El mayordomo me confirmó que habíais llegado hace horas, así que he subido a echar un vistazo por mi cuenta.

—Has llegado en el momento justo, Agatha —dijo Sharon, tratando de ocultar su agitación—. Queremos que nos des tu opinión profesional. Siéntate, por favor. ¿Qué te parecen los vestidos que hemos comprado para la cena de mañana? Nos han invitado dos caballeros.

Agatha se acercó a las prendas, acariciando el tejido con manos expertas.

—Son piezas de un valor extraordinario, de eso no hay duda —sentenció con un deje de preocupación en la voz—. Pero, Helen, no puedes salir así con desconocidos sin que se presenten formalmente en esta casa.

—No te preocupes, nanny —respondí con una sonrisa cómplice—. Papá los conoce bien y confía plenamente en ellos. Son amigos de la familia.

—Bueno... si el señor da su permiso, no diré nada más —cedió Agatha, levantándose—. Os quedarán de maravilla, pero no se os ocurra marcharos mañana sin que yo os vea puestas en ellos. Ahora dejadlo todo como está; mandaré a Betty para que los recoja y los prepare.

—¿A dónde vas con tanta prisa? —quiso saber Sharon al ver que se dirigía a la puerta.

—¿En qué mundo vivís, muchachas? —rio la anciana—. Para mantener la línea hay que alimentarse, y Lord Leonard ya os está esperando en el comedor. Además, hoy hemos preparado tu plato favorito, Sharon: un asado de roast beef en su punto. ¡Vamos, bajad antes de que se enfríe!

Tal como nos había advertido la nanny, mi padre ya nos esperaba a la mesa. La cena transcurrió, en apariencia, bajo una atmósfera de serena tranquilidad, hasta que él mismo decidió romper el silencio que llenaba el comedor:

—Os veo muy animadas —comentó Lord Leonard, observándonos por encima de su copa—. ¿Ha dado sus frutos esa llamada telefónica?

—Ya sabes lo que nos depara la noche de mañana, papá —respondí con una sonrisa enigmática—. Cenaremos con esos dos caballeros que conoces bien. Incluso hemos aprovechado la tarde para comprar algo de ropa que nos haga sentir a la altura de la ocasión.

—Veo que no habéis perdido el tiempo —replicó él—. No me sorprende; vosotras dos formáis un equipo temible cuando os lo proponéis.

Al decir esto, nos dedicó una sonrisa cargada de subtexto y continuó con su plato. Yo aproveché para mirar de reojo a Peel, que aguardaba a mi izquierda. Parecía peligrosamente interesado en nuestra conversación, aunque su rostro recobró de inmediato esa distancia profesional, fingiendo que no comprendía ni una palabra.

En cuanto terminó, mi padre se disculpó y se retiró a su despacho para sumergirse de nuevo en sus asuntos de Estado. Sharon me sostuvo la mirada; reconocí de inmediato esa expresión: era el momento de retirarnos nosotras también.

—Peel, puede recoger la mesa —ordené con voz cortante—. No necesitaremos nada más por hoy. Puede retirarse a sus aposentos.

—¿Desean las señoritas que les suban algo caliente antes de retirarse? —preguntó Peel con una cortesía que me pareció ensayada.

—Eres muy amable, Peel, pero por ahora no necesitamos nada —respondí, cortando cualquier excusa para que volviera a aparecer.

Salimos del comedor y subimos las escaleras en silencio. Al llegar al rellano, le hice una señal a Sharon para que se refugiara en mi habitación; recordar viejas anécdotas sería la excusa perfecta para justificar nuestro encierro. Al poco rato, ella reapareció tras la puerta secreta, despojada de su elegancia y envuelta en una sencilla bata de lana que contrastaba con la sofisticación de la tarde.

—Bueno, ya estoy lista —dijo Sharon, dejándose caer en el borde de la cama—. Estoy agotada, Helen. ¿Qué te parece si intentamos dormir un poco?

—Habíamos acordado hablar —le recordé, sentándome a su lado—. Tienes mucho que contarme sobre ese periodista. Dime, Sharon... ¿cómo es él realmente?

Sharon guardó silencio un instante, como si estuviera dibujando su rostro en el aire.

—¿Cómo describírtelo? Es un hombre tenaz, afable y... sí, muy apuesto. Tiene el cabello oscuro, siempre brillante y cuidado con un esmero casi militar. Viste con una pulcritud impecable y se nota que cuida hasta el último detalle de su presencia. Pero lo que más me atrajo fueron sus ojos: grandes, brillantes, con un destello de astucia que, curiosamente, te hace confiar en él de inmediato. Tiene un labio inferior algo prominente que le da un aire muy atractivo cuando sonríe. Es alto, casi un metro ochenta, y prefiere los tonos tierra y verdes oscuros.

Lo conocí en nuestra ruta por Portugal; se hospedaba en nuestro mismo hotel. En cuanto noté que nos seguía con la mirada, decidí tomar la iniciativa. Me acerqué a él en el bar, le entregué nuestro itinerario y le solté que, si tanto le interesábamos, podía unirse a nuestro grupo de senderismo.

—¿Y aceptó el desafío? —pregunté, fascinada por su audacia.

—No lo dudó ni un segundo —continuó Sharon, con una sonrisa nostálgica—. Se marchó poco después. Seguimos con el viaje e incluso intentamos cruzar a España, pero al final fue imposible. Me dejó su dirección y la anoté en mi diario... por si alguna vez sentía que lo echaba de menos.

—¿Y qué hacía un periodista inglés perdiendo el tiempo en Lisboa? —pregunté, tratando de atar cabos.

—Nos contó que su misión era entrevistar a un político español de alto rango, pero que el hombre se había marchado antes de su llegada. Por eso decidió tomarse esos días libres. Luego, cuando ya estábamos en Braga, su redactor jefe le dio nuevas órdenes: debía intentarlo otra vez. Así que nos dejó para cumplir con su deber.

—Es decir... —aventuré con un deje de ironía—, ¿que no tuviste tiempo de "concretar" nada con él?

—¡Pero qué entrometida eres, Helen! —protestó ella, aunque sin enfado.

—Está bien, si no quieres entrar en detalles, lo entenderé.

—Es que no hay mucho más que contar —insistió Sharon, esquivando mi mirada—. Llegamos a Lisboa a principios de julio del 38, y el día veinte nos acompañó a Estoril y a Braga, y luego...

Permaneció callada, perdida en un pensamiento que no se atrevió a compartir.

—¿Qué ocurre? —le pregunté, notando su repentina seriedad—. ¿Por qué te has quedado así, tan reflexiva?

—Será mejor que te vayas a dormir, Sharon —le dije, suavizando el tono.

—Pero... —balbuceó ella, con la duda asomando a los labios.

—Estoy cansada —la corté con suavidad—. Si no te importa, prefiero que descansemos. Mañana será un día largo.

«Le hice una señal para que me siguiera y apagué la luz. Bajo el haz tembloroso de una linterna, cruzamos el pasillo en silencio hasta alcanzar el ático. Sharon, con movimientos expertos, selló la rendija de la puerta con un trozo de manta y cubrió las persianas con el resto; no podíamos permitir que un solo rayo de luz delatara nuestra posición.

Una vez instalados sobre los viejos cojines de la alfombra india de mi madre, rompí el silencio:

—Es asombroso... —susurré—. Cuando visitaste Lisboa, el autor de este manuscrito también se refugiaba en Portugal. El 20 de julio de ese mismo año, ambos coincidisteis en Estoril; es muy probable que compartieran el mismo vagón de tren.

Hice una pausa para observar su reacción antes de continuar:

—Él huía de una ofensiva feroz de sus enemigos políticos. Cruzó la frontera buscando aire, pero la persecución lo alcanzó incluso en el exilio. Hasta hoy, su honor sigue bajo el lodo. Estas cartas, las que quiero que analicemos, son del año pasado. En ellas clamaba su inocencia ante el Estado español, suplicando justicia a los mismos que, poco antes, se jactaban de llamarlo aliado.

—¿De quién hablamos exactamente? —preguntó Sharon con la mirada fija en el papel.

—La correspondencia comienza el 9 de julio de 1938 y se corta abruptamente el 17 de agosto. Se le acusaba de conspirar contra Franco y de ser responsable de un millón de muertes. Hay misivas dirigidas a Nicolás Franco Bahamonde, el embajador, para que se las hiciera llegar al General Jordana. Pero la respuesta de Nicolás, fechada el 25 de julio, fue un portazo gélido. Aquel rechazo solo aumentó la desesperación de Gil Robles por encontrar una salida a su encierro político.

Sharon frunció el ceño, procesando la información.

—Lo inquietante de todo esto, querida amiga, es que Walter viajó a Lisboa con un solo propósito: entrevistar al mismo hombre que escribía esas cartas desesperadas al embajador Franco. Estamos caminando sobre cristales. Primero debemos descubrir qué descubrió Walter sobre Gil Robles; solo entonces decidiremos si buscamos su ayuda o si recurrimos a Edwin T. Woodhall, dejando a Walter fuera de la ecuación. ¿No te parece lo más prudente?

Me quedé pensativa. Resultaba demasiado casual que el periodista buscara al mismo hombre. El hecho de que Gil Robles se marchara para evitar el encuentro demostraba su cautela, pero la gran incógnita seguía flotando en el aire del ático: ¿logró Walter, finalmente, arrancarle aquella confesión?».

«Al leer estas cartas, lo que percibo es que el General Jordana debió de sentirse genuinamente acorralado por las advertencias finales de Gil Robles. Es una amenaza latente: si Robles decide apelar a la opinión mundial para limpiar su nombre, el escándalo sería mayúsculo. Ahí es donde encaja el periodista; es la pieza clave para que Robles recupere su prestigio internacional. Ante tal peligro, he puesto el manuscrito a buen recaudo.

—Nuestro primer ministro, Chamberlain, es un hombre que daría cualquier cosa por evitar una carnicería en Europa —continué, bajando la voz—. La firma del Pacto de Múnich entre Hitler, Francia e Italia se vende como una esperanza de paz, pero me temo que no es más que papel mojado. Muchos, incluido mi padre, sospechan que solo es una distracción para que Hitler termine de forjar el ejército más formidable del mundo. No podemos permitirnos la ceguera de Stanley Baldwin; él ya confesó su falta de visión ante el rugido nazi hace años, y miren las cenizas que nos ha dejado.

Sharon me miró con gravedad, asintiendo lentamente.

—Tienes razón, querida Helen. No estamos ante un simple intercambio de cartas, sino ante una trama con repercusiones globales. Estamos caminando sobre el tablero de una guerra que ya ha comenzado, aunque el mundo aún no quiera verlo».

—Por eso mismo, Sharon, nuestra prioridad es descubrir quién nos pisa los talones y qué busca exactamente —sentencié, guardando los documentos con manos firmes—. Mañana pondremos a prueba al señor Woodhall; su reacción será el termómetro que nos diga si es un aliado o una amenaza. Pero por ahora, es mejor que descansemos. Mañana el tablero será mucho más complejo.

Sharon asintió con un rictus de fatiga.

—Tienes razón... Además, estoy a punto de desmayarme —confesó, dejándose caer sobre los cojines—. Si me echas algo encima, me quedaré aquí mismo; no tengo fuerzas ni para llegar a la cama.

La arropé con cuidado, sintiendo el peso del silencio en el ático. Mientras la luz de la linterna se extinguía, supe que la paz que respirábamos era tan frágil como el Pacto de Múnich. Fuera, el mundo seguía girando hacia el abismo, y nosotras acabábamos de convertirnos en sus guardianas más improbables.

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miércoles, 19 de agosto de 2026

Sueños de Honor — Capítulo 2: Llega Sharon Hunter

Si acabas de llegar al blog o quieres repasar el inicio, lee aquí el Capítulo I: Helena — La Sombra de Lisboa.

  El sábado, a las seis en punto, un automóvil se detuvo frente a la imponente residencia de Lord Leonard Spencer. De él descendió una mujer cuya presencia parecía reclamar cada centímetro de aire a su alrededor. Sharon Hunter vestía un traje a medida de una elegancia arquitectónica: una falda de lana azul marino de pliegues profundos y una chaqueta a rayas blancas que dibujaba su esbelta figura de casi un metro ochenta. El toque final lo daban el cuello y los puños de armiño, que armonizaban con un sombrero de ala levantada diseñado por Rosa Descat, del cual caía una cinta azul marino con una caída perfecta.

   Su piel morena y sus brillantes ojos castaños irradiaban una vitalidad que la casa parecía haber olvidado. Con una sonrisa que encendía sus labios carnosos, Sharon tocó el timbre con la decisión de quien no pide permiso para entrar, sino que llega para tomar el mando.

  La puerta se abrió y la figura severa de Peel bloqueó el umbral. La recorrió con una mirada gélida, tratando de procesar aquel despliegue de modernidad y lujo.

—¿La señorita Sharon Hunter? —preguntó él, con un asentimiento seco y profesional.

—Así es —respondió ella, sosteniéndole el pulso visual.

—La estábamos esperando —sentenció el mayordomo, haciéndose a un lado para dejarla pasar.

Tras un silencio denso que recorrió el vestíbulo mientras ella se quitaba los guantes, Sharon rompió la calma con una voz autoritaria que resonó hasta en las vigas del techo:

—¿Se encuentra la señorita Helen en casa?

—Se encuentra en sus aposentos —respondió Peel con una cortesía gélida—. Lord Spencer desea hablar con usted, pero antes le ruego que se instale en el salón. Una de las criadas se encargará de subir su equipaje de inmediato.

Sharon asintió y, con un paso que denotaba una confianza absoluta, cruzó el vestíbulo hacia el salón. Mientras tanto, el mayordomo se dirigió al despacho principal.

—Lord Leonard, la señorita Hunter acaba de llegar. La he acomodado en el salón, tal como usted dispuso.

—Está bien —respondió el Lord sin levantar la vista del escritorio—. Atiéndala en todo lo que necesite. Me reuniré con ella en cuanto termine esta correspondencia.

  Peel se retiró con una leve inclinación, extrañamente complacido por la consideración de su señor. Al cerrar la puerta, se permitió un instante de reflexión. La llegada de aquella mujer parecía traer una ráfaga de aire fresco a una casa que se sentía como un mausoleo. Pensó en Helen; la joven se había convertido en una muerta en vida, una sombra de la muchacha radiante que él conoció al entrar al servicio.

  Sus pensamientos retrocedieron hasta aquel primer encuentro en la biblioteca. La recordaba perfectamente: llevaba un vestido de crepé de estilo romano, con un delicado bolero que acariciaba su espalda y una falda de pliegues que realzaba su grácil figura. Sus rizos dorados y sus ojos color aguamarina tenían una belleza tan profunda que, como diría el Sabio, recordaban a los «estanques de Hesbón». En aquel entonces, el atractivo de la joven lo había dejado sin palabras.

  Ahora, al ver a Sharon, sentía que el pasado cobraba vida de nuevo. Ambas mujeres, cada una en su estilo, formaban un paisaje casi bucólico que desafiaba la severidad de las paredes de piedra. Sharon, dándose cuenta de que el mayordomo la observaba con una fijeza que rozaba la impertinencia, rompió el hechizo con una sonrisa mordaz:

—Dígame, ¿lleva mucho tiempo trabajando en esta casa o es que siempre mira así a las visitas?

—Solo un mes, señorita —respondió Peel, recobrando su compostura profesional.

—¿Y le gusta su trabajo? —insistió ella, con una curiosidad que parecía estudiar al hombre tras el uniforme.

—Es un verdadero privilegio estar al servicio de Lord Spencer y de su hija.

Sharon consultó su reloj de pulsera con un gesto elegante.

—¿Cree que Lord Leonard estará muy ocupado?

—A juzgar por el volumen de correspondencia, no creo que demore mucho. Pero no se preocupe; el señor me ha dado instrucciones estrictas de asistirla en todo lo que necesite. Estoy a su completa disposición.

—Bien. Por cierto, ¿cómo se llama? —preguntó ella, clavando sus ojos marrones en él.

—Llámeme Peel, señorita.

—Peel… puede retirarse. Esperaré un rato al caballero mientras termina sus lecturas.

  El mayordomo hizo una reverencia impecable y se retiró, dejando a Sharon a solas con sus pensamientos. Ella ansiaba correr hacia la habitación de su amiga, descubrir qué sombra la perseguía o exigirle a Agatha la verdad de una vez por todas, pero se obligó a reprimir su impaciencia.

Fue entonces cuando la puerta se abrió. Lord Spencer entró en el salón y se detuvo en seco. Al ver la figura de la mujer recortada contra la luz de la tarde, el aire pareció escapársele de los pulmones.

—¡Oh, Lord Leonard! —exclamó ella con una sonrisa vibrante—. Veo en su rostro que lo he sorprendido.

—¡Exacto! —logró decir él, recobrando el aliento—. Has cambiado muchísimo, Sharon. Ya no eres la adolescente que recordaba.

—Y usted, por su parte —respondió ella, recorriéndolo con una mirada audaz—, sigue siendo el mismo hombre maduro y atractivo de siempre.

  Lord Leonard asintió con esa cortesía flemática tan propia de la tradición inglesa. Aunque era plenamente consciente de que su corpulenta figura y los años no casaban del todo con los halagos de la señorita Hunter, aceptó el cumplido con una leve inclinación de cabeza.

—Te agradezco sinceramente que hayas venido a vernos, Sharon —dijo él, rompiendo el hielo.

—Me alegra que me recibas así, Leonard. Llevaba mucho tiempo planeando este viaje; el telegrama de Agatha solo consiguió que adelantara mis planes.

Lord Spencer soltó un suspiro de resignación.

—Agatha es una alarmista nata. No quiero ni imaginar qué te habrá puesto en ese papel.

Sharon lo observó con fijeza, sacando el telegrama de su bolso.

—Se limitó a decirme que Helen me necesitaba urgentemente y añadió una frase críptica: "Asunto de España". ¿Qué significa eso exactamente?

—No es nada de importancia —respondió él, restándole peso con un gesto de la mano—. Helen viajó a España en mi lugar hace un tiempo, algo que ahora lamento profundamente. Si hubiera ido yo, todo sería distinto. Ya sabes cómo dicen que son los españoles: apasionados, intensos... Lo más probable es que algún aprovechado le prometiera la luna, o como dicen ellos, "el oro y el moro". Luego llegan las promesas rotas y, con ellas, la melancolía y esta depresión que la consume.

Sharon arqueó una ceja, detectando una explicación demasiado simple para un dolor tan profundo.

—¿De verdad crees que se trata solo de un desengaño amoroso, Leonard? —preguntó con suavidad—. ¿Te lo confesó ella misma?

—No, no quiere hablar de eso con nadie —confesó Lord Leonard con un deje de frustración—. Veremos si a ti te lo cuenta.

Sharon asintió con una media sonrisa, guardando el telegrama.

—Hace mucho que no nos contamos secretos, Leonard. Pero no se preocupe; haré todo lo que esté en mi mano para averiguar qué sucedió. Me encantaría ayudarle a recuperar el ánimo de su hija.

—¡Gracias, Sharon! —exclamó él, visiblemente aliviado—. Reitero que es un placer tenerte con nosotros. Ahora, si me disculpas, tengo asuntos que atender, pero será un honor disfrutar de tu compañía durante la cena.

En ese momento sonó el timbre y Peel entró en el salón con puntualidad británica. Lord Leonard le hizo un gesto imperioso.

—¡Acompañe a la señorita a su habitación!

El mayordomo invitó a Sharon a salir primero hacia el vestíbulo. Mientras caminaban, comentó con un tono que buscaba ser amable:

—La señorita ya debe de conocer bien esta casa.

  Sharon asintió con una sonrisa afirmativa, reconociendo los rincones de su juventud. Peel se detuvo al comienzo de la escalera, apoyando la mano en la barandilla de caoba cubana, y señaló hacia la planta superior.

—Betty, la doncella, la está esperando en el pasillo de arriba. Si no necesita nada más de mi parte, me retiraré.

Ella aceptó con un gesto de agradecimiento y subió las escaleras hasta encontrarse con la joven sirvienta, quien la condujo a su dormitorio.

—Ya he colocado su ropa en el armario, señorita, y dejé su neceser sobre la cómoda —informó Betty con presteza—. ¿Desea que le prepare el baño ahora mismo?

—Más tarde —respondió Sharon, dejándose caer en un sillón mientras el cansancio del viaje empezaba a pasarle factura—. Ahora solo quiero que le pidas a Agatha que me traiga algo de comer; me siento un poco mareada.

  Betty bajó a la cocina sin demora para cumplir el encargo. La joven invitada le había causado una impresión profunda, casi perturbadora; sus rasgos eran de una perfección gélida y su cuerpo, esbelto y exquisitamente moldeado, se movía con la fluidez de una hechicera. Sharon no caminaba, flotaba, como si el aire le abriera paso sin esfuerzo. Sin embargo, Betty sentía una extraña punzada de frustración: la magia de aquel encanto parecía desvanecerse al sostenerle la mirada de cerca, donde algo oscuro y distante se ocultaba tras sus ojos.

  Agatha, al enterarse, subió de inmediato cargando una bandeja de bocadillos. Cruzó el umbral jadeando, apoyándose un instante en el marco de la puerta para recuperar el aliento que los años y las escaleras le robaban cada vez con más saña. Con manos temblorosas por el esfuerzo, colocó la merienda sobre la mesa de té.

  La nanny esperaba que Sharon se lanzara a sus brazos en cuanto la viera, que el tiempo se borrara en un abrazo cálido. Pero la joven se limitó a acercarse a la bandeja y empezar a comer con una parsimonia mecánica, como si estuviera sola en la habitación.

—¡Cuánto tiempo sin verte, hija! —exclamó Agatha, con el corazón encogido por la indiferencia—. ¿Es que no vas a darme ni un abrazo?

Sharon dejó el bocado a medio camino y observó a la anciana con una mezcla de melancolía y distancia.

—Tú, como siempre, mi querida Agatha —murmuró al fin—, igual de hermosa y llena de vida.

—Un poco mayor, querrás decir —replicó Agatha con una sonrisa triste—. Los años no perdonan, y los golpes de la vida te siembran la cabeza de canas.

—Siento mucho lo de tu marido —dijo Sharon, bajando la voz—. Para cuando me enteré, ya era demasiado tarde para volver.

Agatha asintió, secándose las manos de forma nerviosa en el delantal.

—Fue un golpe brutal perder al compañero que creía que estaría a mi lado hasta el final. Pero lo voy superando, aunque a un hombre como él jamás se le olvida. Lo que me consume ahora es Helen… su tristeza, esa preocupación que la devora. No logro entender qué le pasa.

—Lord Leonard cree que se trata simplemente de un mal de amores —comentó Sharon, probando un bocadillo con indiferencia fingida.

—¡Ojalá fuera solo eso! —exclamó la nanny, acercándose a ella—. Apenas prueba bocado, se pasa las horas muertas mirando por la ventana y evita salir de casa. Al principio, tras el viaje, hacía algún esfuerzo, pero luego se atrincheró en su habitación y de allí no sale. Un día, cuando le supliqué que bajara a cenar con su padre, me soltó que él la miraba mal… ¡Imagínate! Lord Leonard, que se desvive por ella, y a ella se le han metido esas ideas en la cabeza. Tienes que ayudarla, Sharon. Si tú no puedes, no sé qué será de esta casa.

  Agatha no pudo contenerse más y rompió a llorar, un sollozo ahogado que llenó el silencio de la habitación.

—No te angusties tanto, Agatha —la consoló Sharon, aunque su voz mantenía una nota de cautela—. Ya verás que no es nada que el tiempo no cure. Helen es joven; recuperará la confianza, ya lo verás.

—Eso dices tú —replicó Agatha, secándose las lágrimas con determinación—, pero lo que le ocurre a esa niña me parte el alma precisamente porque no es dolor de amor. Hay algo más oscuro ahí.

Sharon dejó la taza sobre la mesa, con un tintineo seco.

—Si es cierto lo que dices, haré todo lo posible para que me lo confíe. Solo espero que no sienta que soy una entrometida después de tanto tiempo.

—No lo pienses ni por un segundo —sentenció la nanny—. Cuando le confesé que te había enviado aquel telegrama, no dijo ni una palabra. Se quedó en silencio, como si estuviera pidiendo tu ayuda a gritos y yo solo fuera la extensión de su propia conciencia llamándote. Y hoy, cuando el mayordomo anunció que el invitado llegaría el sábado, subí a decírselo... solo me respondió que esperaba que fueras tú.

  Agatha suspiró, recuperando un poco la compostura y empezando a recoger la bandeja.

—Ahora, querida, descansa del viaje. Necesitas recuperar fuerzas. Yo iré a decirle que ya estás instalada... Ah, una pregunta más antes de irme: ¿Cenará con el señor esta noche?

Sharon asintió lentamente, pero una duda la asaltó antes de que la nanny cruzara el umbral.

—¿Y Helen? ¿No piensa bajar a cenar con nosotros?

—No lo creo —suspiró Agatha—. Al menos inténtalo tú, convéncela... se ha acostumbrado a que le suban todas las bandejas a su cuarto.

—¡Entonces el asunto es mucho más grave de lo que imaginaba! —exclamó Sharon con una mezcla de asombro y preocupación.

  Agatha dejó a la invitada instalada y, tras recoger los restos del aperitivo, se dirigió al ala de la joven señora para anunciarle la buena nueva: Sharon Hunter ya estaba bajo su techo. Por un instante, una chispa de alegría cruzó el rostro de Helen, pero se apagó tan rápido como un fósforo en la tormenta; era pura apariencia.

—Me alegro mucho de que esté aquí —murmuró Helen, esquivando la mirada de la anciana—. ¿Dime, Agatha... ha cambiado mucho o sigue siendo la misma de antes?

—El cambio es inevitable cuando una niña se convierte en mujer —respondió la nanny con sabiduría—, pero tendrás que comprobarlo por ti misma. Te espera en la cena, Helen. Y no te atrevas a decir que no irás; ella espera que seas una anfitriona a la altura.

—Lo pensaré, Agatha... veré qué puedo hacer —contestó la joven con voz átona—. Ahora, por favor, déjame a solas.

  En cuanto la puerta se cerró tras la nanny, Helen se arrastró hacia la ventana, perdiéndose en el gris de la calle. De pronto, una voz familiar y cargada de ironía rompió el silencio a sus espaldas:

—¿Hay algo realmente interesante que ver ahí fuera?

  Helen se giró con el corazón en un puño. Allí estaba Sharon, que acababa de entrar en la habitación por la puerta secreta que conectaba sus estancias, un pasadizo olvidado por el resto de la casa.

—No pensé que recordarías cómo llegar hasta aquí sin que nadie te viera —logró decir Helen, con un hilo de voz—. Supongo que, al menos aquí, estamos a salvo.

—Todo el mundo cree que estoy descansando del viaje —admitió Sharon con una sonrisa cómplice—, pero no pude evitarlo. En cuanto Agatha cruzó la puerta, supe que tenía que verte de inmediato. No podía esperar ni un minuto más.

—Entonces, echemos el cerrojo —susurró Helen, con una urgencia que no le había mostrado a nadie en meses—. No quiero que nadie entre y descubra nuestro secreto.

En cuanto el pestillo encajó con un clic metálico, la rigidez de Helen se desmoronó. Corrió hacia Sharon y se refugió en sus brazos con una fuerza desesperada.

—¡Cuánto te he extrañado! —exclamó, con la voz quebrada—. Gracias por venir, de verdad... gracias por estar aquí.

Sharon la estrechó con fuerza, acariciando su espalda para calmarla.

—Ya sabes cómo es mi familia; me tuvieron sepultada entre libros y estudios durante años. Luego vino el trabajo y me convertí en una esclava del estrés diario, siempre corriendo de un lado a otro. Pero tu vida... parece mucho más tranquila. He oído que has estado viajando, ¿verdad?

Ambas se sentaron en el sofá de terciopelo junto a la ventana, donde la luz de la tarde empezaba a languidecer. Tras una pausa densa, Helen asintió. Le contó, con frases medidas y carentes de emoción, que su única novedad había sido el viaje a España en representación de su padre, asistiendo a una procesión interminable de fiestas diplomáticas y recepciones oficiales.

—Sin embargo —añadió Sharon, clavando sus ojos marrones en los de su amiga—, desde que regresaste de esas tierras, los rumores dicen que no eres la misma. Dicen que te comportas de forma extraña... que te has vuelto una extraña incluso para los que te aman.

—No entiendo qué pueden haberte contado —replicó Helen, desviando la mirada hacia los tejados húmedos de la ciudad—, pero todo sigue igual. Supongo que me siento algo deprimida, como cualquiera que regresa de un país devastado por la guerra.

Hizo una pausa, y por un instante su voz recuperó un matiz de calidez.

—Es gente alegre, Sharon. Te reconfortan con su hospitalidad a pesar del inmenso sufrimiento que arrastran. Pero al volver a nuestro mundo... tan gris, tan metódico, en esta aparente tranquilidad que respiramos... es inevitable sumergirse en pensamientos melancólicos.

Sharon la observó con una ceja arqueada, sin dejarse convencer por la explicación geopolítica.

—¿Esa es realmente la Helen que yo conocía? —preguntó con suavidad, pero con firmeza.

—Te has vuelto demasiado curiosa —cortó Helen, con un rastro de amargura.

—¿Y qué ocurre si lo soy? Por tu respuesta deduzco que, efectivamente, algo se quiebra bajo la superficie. Espero que nos lo cuentes durante la cena. Por cierto —añadió Sharon, levantándose con elegancia—, Agatha me ha dicho que ya no sueles bajar al comedor, pero espero que mientras yo esté aquí me acompañes. No es que tu padre no sea agradable, lo es muchísimo, pero pertenece a otra generación. Tenemos muy pocas cosas en común de las que hablar, y me temo que la cena sería un desierto sin ti.

—Recuerda que no te dejaré sola —le aseguró Sharon, suavizando el tono—, aunque tenga que hacer un esfuerzo considerable para sacarte de este cuarto.

—¡Vaya! —exclamó Helen con una sombra de ironía—. ¿Se llevan tan mal mi padre y tú que ha pasado algo que yo no sepa?

—Que yo sepa, no —replicó Sharon—, pero deberías fijarte en cómo me mira. No parece de los que disfrutan mucho tiempo de mi compañía.

—Mujer, no será para tanto —la tranquilizó su amiga—. Entiende que solo te tiene a ti; con su mirada te escruta buscando respuestas, esperando que te dignes a informarle de lo que te pasa.

Helen guardó un silencio gélido antes de sentenciar:

—Sé perfectamente por qué digo lo que digo, Sharon. Y si de verdad quieres entenderlo, tendrás que estar lista a las cinco de la mañana. Por cierto, ¿has traído coche?

Sharon, sobresaltada por el madrugón que se le venía encima, asintió con presteza.

—Alquilé uno; cuando aterricé, ya me estaban esperando con él en el aeropuerto.

—Bien. Entonces recuerda: a las cinco de la mañana nos marchamos. Te diré el destino por el camino, pero si de verdad quieres ayudarme, tienes que asegurarte de que nadie sepa que nos vamos. Ni mi padre, ni Peel, ni siquiera Agatha.

Sharon sintió un escalofrío de adrenalina. La sumisa Helen estaba trazando un plan de fuga.

—¡De acuerdo! —aceptó con una sonrisa audaz—. Que todo vuelva a ser como en los viejos tiempos.

Sharon regresó a su habitación con la mente bullendo en interrogantes. «¿Adónde querría ir a una hora tan intempestiva?», se preguntaba mientras cerraba la puerta. Sea como fuera, estaba decidida a ser su sombra y su apoyo.

Comenzó los preparativos para la cena con un rito de transformación. Eligió un diseño de Armand: un vestido de crepé romano blanco cuya pureza contrastaba con el intrincado encaje azul oscuro que adornaba las mangas y el bajo de la falda. Se miró al espejo, satisfecha con la imagen de mujer de mundo que proyectaba.

Cuando entró en la sala de estar, se llevó una sorpresa: Helen ya la esperaba. Llevaba un vestido de noche en encaje malva, una pieza exquisita que se ceñía a su silueta con volantes que nacían sutilmente desde la cintura. Sharon reconoció al instante el sello de los modistos Martial et Armand de París.

—Veo que nuestros gustos siguen sincronizados —comentó Sharon con una sonrisa de aprobación—. Ambas hemos apostado por la moda parisina esta noche.

Luego, echó un vistazo rápido al reloj de pared y añadió con un tono más bajo:

—Parece que tu padre se ha retrasado.

—Según Peel, mi padre tuvo que marcharse por un asunto urgente —explicó Helen con una mueca de escepticismo—. Nos ordenó que empezáramos sin él. Al fin y al cabo, sospecho que prefiere que sea así.

—Mujer, lo tuyo raya en lo crónico —replicó Sharon, tratando de aligerar el ambiente—. ¡Vamos! Pasemos al comedor y olvidémonos de las ausencias por un momento.

Al entrar, se encontraron con Brilliz y Betty dando los últimos toques a la mesa bajo la mirada vigilante y milimétrica del mayordomo. Helen se movía con una incomodidad palpable, lanzando miradas de reojo cargadas de desconfianza hacia los rincones del salón. Apenas probó bocado y sus palabras caían con cuentagotas. Sharon, en cambio, parecía impulsada por una energía renovada y dio cuenta de los platos con un apetito voraz, como si se preparara para la larga jornada que les esperaba al alba.

Estaban terminando el último bocado cuando Lord Leonard hizo su entrada. Con una sonrisa que no terminaba de ocultar su cansancio, las saludó y se acercó a su hija para darle las buenas noches con una afectuosidad que sonaba ensayada.

—Me alegra ver que han atendido bien a nuestra invitada —dijo, tomando asiento—. Nada me hace más feliz hoy que verlas a ambas compartiendo mesa en el comedor. Pero dígame, hija, ¿cómo ves a su amiga de la juventud después de tanto tiempo?

Helen se puso en pie, alisándose el vestido malva con dedos temblorosos.

—Bueno... muy bien. Está irreconocible, padre. A ratos no sabría decir si es ella o no. Con su permiso, me retiro; el día ha sido largo y me siento agotada.

Lord Leonard y Sharon se miraron con asombro mientras la silueta malva de Helen desaparecía tras la pesada puerta del comedor. El eco del portazo dejó un silencio denso en el aire.

—¿No te das cuenta, Sharon? Está perdiendo la cabeza —sentenció el Lord, bajando la voz hasta un susurro áspero—. Desde que contraté a Peel, ella insiste en que el servicio la espía, que la siguen por los pasillos... ¿Crees que es normal que una hija acuse a su propio padre de rodearla de carceleros?

—Pero Lord Leonard —replicó Sharon, sosteniéndole la mirada con calma—, para que alguien llegue a ese extremo de desconfianza, algo tiene que estar ocurriendo bajo esta superficie. El miedo no nace de la nada.

—Bueno, ahora es tu turno de averiguarlo —cortó él, tajante—. Eres su confidente más íntima. Confío en que logres desentrañar este delirio.

—No se preocupe —respondió ella con una seguridad que no sentía del todo—, ya verá cómo al final no es nada grave.

—Eso espero, por el bien de todos. Con tu permiso, me retiraré a mi despacho; tengo documentos urgentes que deben estar listos para mañana. ¡Que descanses, Sharon!

—Igualmente, Lord Leonard.

Sharon subió a su habitación con el pulso acelerado. La actitud de Helen la desconcertaba profundamente: ¿era una paranoia real o una intuición desesperada? Decidida a descubrir la verdad en el corazón de la noche, ajustó la alarma para las cuatro y media de la madrugada. Se tumbó vestida sobre la colcha, dejando que el sueño la reclamara solo por unas horas, mientras el silencio de la mansión se volvía cada vez más opresivo.

¿Qué te ha parecido este nuevo capítulo? ¿Logrará Sharon ayudar a Helen o aumentarán los secretos en la casa? ¡Déjame tu comentario aquí abajo, me enfatizáis el alma leyendo vuestras opiniones!

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martes, 18 de agosto de 2026

Sueños de Honor

   Aquí os dejo el primer capítulo de mi novel Sueños de Honor registrada en Lugo en 2001, presentada a Premio Planeta, espero que disfruten con ella.
  El “Hubisms Las cartas” es mi creación Bryce para esta portada: Un plano cubos con una esfera en 2D, luces y texturas.


Helena: La Sombra de Lisboa

   Helen Spencer no regresó sola de España. A su sofisticada llegada a Londres, la aventurera percibe una presencia asfixiante: sus pasos son seguidos, sus contactos vigilados y una sombra maligna parece haberse colado en su entorno aristocrático. La causa reside en su equipaje, blindado por la inmunidad diplomática de su padre, Lord Leonard, pero que esconde un secreto explosivo: las cartas confidenciales de José María Gil Robles fundador de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), exiliado en Portugal, capaces de derrocar gobiernos. 
   Desentrañar esta red de conspiración, que mezcla diplomacia, espionaje y el peligro inminente, obligará a Helen a aliarse con Woodhall, un sagaz periodista y detective extraoficial de Scotland Yard. Juntos, deberán descifrar el mensaje de las cartas antes de que la "sombra" que acecha a Helen la alcance a ella y a la estabilidad británica. 

 Capítulo I 

   «Justicia y honor. Esas palabras bullían en mi mente como una marea alta mientras releía sus cartas. Cada semana la misma espera: un sobre, un titular en los periódicos que confirmara su nombramiento... pero solo había silencio. "Deja de darle vueltas", me decía a mí misma, imaginando su voz. "Si te hablan de compromisos o sacrificios, no agaches la cabeza. Di que ya has entregado suficiente". Él tenía derecho a exigir, no solo a pedir, pero su temple tranquilo era su condena; por eso lo ignoraban. "Protesta, habla, no dejes que nos arrebaten lo que es nuestro", repetía mi conciencia como un mantra. 

  Era esa hora en que la casa exhalaba un suspiro de alivio, cuando las criadas se retiraban por fin a sus cuartos. En mitad de esa calma recién estrenada, el pomo de bronce giró con una lentitud deliberada. Agatha, la mujer que me había criado, cruzó el umbral. Llevaba días moviéndose por los pasillos como una sombra inquieta, pero al verme, su mirada se deshizo en una mezcla de dolor y cansancio, como si arrastrara una pena que no era suya, sino mía. 

   Sabía lo que pensaba: que yo era una testaruda, que no me dejaría ayudar. Pero yo no buscaba consuelo, buscaba restitución. Al llegar a la puerta, Agatha detuvo sus pasos y volvió el rostro hacia mí.  Sus ojos suplicaban una palabra, un gesto de quiebre que le permitiera entrar en mi mundo, pero no le di esa satisfacción. Me mantuve de espaldas, absorta en la calle que se oscurecía tras el cristal. Escuché sus pasos alejarse, más cargados de preocupación que cuando entró». 

  —Por tu cara, Agatha, diría que la señorita sigue en sus trece —comentó Remedios, la ayudante de cocina, mientras se secaba las manos en el delantal. 
  
  —Así es. Desde que regresó de esas tierras tuyas, no es la misma —suspiró la vieja ama de llaves, dejándose caer en una silla—. No sé qué le habrán hecho allí para que se comporte con esa frialdad.

  Remedios se encogió de hombros con una media sonrisa cínica. —Algún mal de amores, seguro. Ya sabes cómo se ponen las jóvenes con esas cosas... 

  —¡Pues yo no lo sé! —replicó Agatha con una pizca de orgullo—. Fui muy dichosa con mi marido; jamás me dio un motivo para la infelicidad. 
  
  —Bueno, eso es verdad. Todos sabían que el señor Thomas era un santo. ¡Que Dios lo tenga en su santa gloria! 

   Agatha guardó un silencio reflexivo antes de responder. 

   —Eso depende de en qué rincón del mundo te encuentres, Remedios. Sabes que en mi convulsa India, los devotos del Bhagavad Gita creen que el alma transita por el cuerpo desde la infancia hasta la vejez, y que al morir simplemente se muda a otro nuevo, como quien cambia de ropa. Reencarnación, lo llaman. Otros, criados bajo el palio de la Iglesia, esperan subir al cielo de inmediato... Pero yo —hizo una pausa, mirando al vacío—, yo prefiero pensar que mi querido Thomas descansa en su tumba, convertido en polvo, libre por fin de cualquier dolor o sufrimiento. 

   Remedios, que no tenía ganas de enredarse en debates teológicos, persignó el aire y zanjó el tema con pragmatismo: —Entonces, según tú, no hay miedo de que regrese a darnos un susto fantasmal. Mejor así. Pero volviendo a lo que importa... me inquieta lo que le pasó en ese viaje. ¿Qué podemos hacer para descubrirlo?

   Agatha entornó los ojos, como si una idea acabara de cobrar forma entre las sombras de la cocina. —Ahora que lo pienso... sé exactamente quién puede ayudarnos. 

   —¿De quién hablas? —susurró Remedios, acortando la distancia entre ambas. 

   —De una amiga de juventud sentenció Agatha con una chispa de esperanza—. Estoy segura de que mi difunto Thomas lo aprobaría. Su presencia será el bálsamo que Helen necesita; tiene esa personalidad arrolladora capaz de sacarla del abismo. Me escribió cuando enviudé para ofrecerme sus condolencias... debo tener su carta guardada en alguna parte. 

  Agatha confiaba ciegamente en que Sharon acudiría al rescate. Tras rebuscar en el fondo de su armario, rescató una preciosa caja de té metálica, decorada con filigranas que Thomas le había traído de la India. Al abrirla, el aroma del papel viejo y los recuerdos la golpearon. Allí guardaba las cartas que él le envió mientras servía a Su Majestad. Las lágrimas surcaron sus mejillas mientras acariciaba los sobres con dedos temblorosos, depositando un beso cargado de anhelo sobre el papel antes de localizar la misiva de Sharon.

Sin perder un segundo, se dirigió a la oficina de telégrafos.

—¡Qué sorpresa, señora Agatha! —exclamó el encargado con una sonrisa ociosa—. ¿A qué debemos el honor de su visita?

—¡Déjate de zalamerías, Andrew, y escribe lo que te dicto! —le cortó ella, imperiosa—. Helen te necesita urgentemente STOP Caso España STOP Confirma llegada STOP No te demores STOP Besos Agatha.

El telegrama alcanzó a Sharon justo cuando cruzaba el umbral de su casa. Al leerlo, la emoción le nubló el juicio por un instante, pero reaccionó con presteza. Volvió sobre sus pasos y envió una respuesta escueta pero firme: Llegaré el sábado por la tarde STOP Saludos Sharon.

Sin embargo, el destino quiso que el cablegrama cayera primero en manos de Lord Spencer. Al desdoblar el papel y leer el contenido, una sombra de sospecha cruzó su rostro.

—¡Peel! —llamó con voz gélida.

El nuevo mayordomo apareció al instante. Lord Spencer no terminaba de acostumbrarse a sus modales; Peel era un hombre de porte severo y una rigidez que rayaba en la insolencia.

—Dígale a Agatha que suba al salón de inmediato —ordenó el Lord, apretando el telegrama en su puño—. Tenemos asuntos que aclarar.

Agatha no permitiría que el mayordomo la amilanara. Aunque Peel intentaba proyectar sobre ella su sombra severa, ella sabía que su lugar en aquella casa no se medía por sus años como cocinera. Desde que Leonard Spencer enviudó, dejando a una Helen de apenas quince años a la deriva, Agatha se había convertido en su columna vertebral: madre, niñera y ama de llaves a un mismo tiempo. Con esa determinación de acero, dejó atrás el ala de servicio y ascendió hacia la planta noble, invadiendo la sección de caballeros con el paso firme de quien reclama su territorio.

—¿Me ha mandado llamar el señor? —preguntó con voz firme, aunque respetuosa.

Lord Spencer no levantó la vista de inmediato. Sostenía el papel entre los dedos como si fuera una prueba acusatoria.

—¿Podrías explicarme de qué trata este telegrama de la señorita Hunter? —preguntó al fin—. No es que me moleste recibirla después de diez años, Agatha, pero no comprendo este interés repentino. Tú tienes algo que ver con esto, ¿verdad?

Agatha entrelazó las manos sobre su delantal, sosteniendo la mirada del hombre que la había visto envejecer en esa casa.

—Perdóneme, señor, pero sabe cuánto amo a la joven y verla en ese estado me parte el alma. Por eso telegrafié a Sharon Hunter. Si hay alguien en este mundo capaz de sacarla del abismo, es ella.

El Lord suspiró, suavizando un poco el gesto. Conocía la devoción de la mujer, una lealtad que iba más allá del salario.

—Sé que lo has hecho porque quieres a Helen como a una hija, Agatha. Pero la próxima vez que decidas intervenir en los asuntos de mi familia, te exijo que me consultes primero.

—No volverá a suceder, señor, se lo aseguro —respondió ella con una leve vacilación en la voz—. Pero... ¿permitirá que se quede en la casa?

—Así será —sentenció él, recuperando su tono imperioso—. Ahora, vuelve a tus quehaceres. El almuerzo debe servirse a la hora habitual; no toleraré retrasos hoy, tengo demasiado trabajo pendiente.

Agatha se giró hacia la puerta con una sonrisa de victoria en los labios, pero su gesto se congeló al toparse con la mirada de Peel. El mayordomo acababa de entrar en el salón y la observaba con una frialdad cortante, como si su mera presencia en la planta noble fuera una afrenta. Ella pasó de largo, ignorándolo con elegancia.

Lord Leonard esperó a que se marchara para dar sus instrucciones.

—Tendremos un invitado el sábado por la tarde, Peel. Prepare la habitación contigua a la de mi hija.

—Se hará como usted ordena, señor —respondió el mayordomo con una inclinación rígida—. ¿Desea que… ponga a Agatha en su sitio? Su familiaridad me parece excesiva.

—No hay nada que decir al respecto —zanjó el Lord, aunque luego añadió con un tono inusual—: Solo una pregunta: ¿Cómo va el servicio?

—Muy bien, señor —balbuceó Peel, desconcertado por la pregunta—. ¿Hay alguna queja que deba conocer?

—Todo está en orden. Solo intento ser más cordial con quienes mantienen esta casa. Espero que todos se sientan cómodos bajo mi techo.

—Lo entiendo, señor. Si no me necesita más, me retiro.

Peel abandonó la sala rumiando su frustración. Sabía que era un hombre estricto —así lo habían moldeado—, pero comprendió que, por su propio interés, debía ser más condescendiente, especialmente con Agatha, quien lo trataba como a un simple trámite burocrático.

Mientras tanto, en la cocina, Remedios aguardaba con los nervios a flor de piel, picando verduras mecánicamente para disimular su agitación.

—¿Te llamó por lo del telegrama? —susurró en cuanto vio aparecer a la ama de crianza.

—¡Así es! —exclamó Agatha, conteniendo la emoción—. No le hizo ninguna gracia mi intromisión, claro está. Pero en el fondo agradece mi iniciativa: Sharon se queda en la casa. Algo que no habría pasado si él hubiera tenido que tomar la decisión.

—¡El sábado! —tronó una voz a sus espaldas.

Peel estaba allí, pegado a la puerta como un gato al acecho. Las dos mujeres dieron un respingo, sorprendidas.

—Si se refieren a la invitada del señor —continuó Peel con autoridad impostada—, llegará el sábado por la tarde. Así que dense prisa. Remedios, llévate a una de las criadas y deja lista la habitación de inmediato. No quiero ver ni una mota de polvo.

Remedios obedeció de inmediato. La disciplina casi militar del mayordomo la intimidaba; era el polo opuesto al difunto Thomas, el marido de Agatha, de quien muchos se burlaban por su excesiva docilidad. Cuando la cocina quedó en silencio, Peel se volvió hacia el aya. 

—Ojalá pudiéramos hacer las paces, Agatha —soltó él, intentando suavizar el tono sin mucho éxito. —No sabía que hubiéramos declarado ninguna guerra —respondió ella, sin dejar de secar la platería. —Lo sabes bien. Desde que puse un pie en esta casa, siento que caminamos por sendas distintas. 

—Es cierto —sentenció Agatha, dejando el paño a un lado—. Pero es que eres un hombre frío y hosco, Peel. Él esbozó una sonrisa rígida, casi profesional. 

—Puede que lo parezca. Pero antes, esta casa se gestionaba con demasiada ligereza. Desde mi llegada, como habrás notado, el orden es la norma, no la excepción. Lamento que mi rigor no sea de tu agrado. Agatha entornó los ojos, detectando el filo tras sus palabras.

—¿Qué intentas insinuar exactamente? —¿Tú qué crees? —Peel dio un paso hacia ella—. No digo que tu esposo no hiciera bien su trabajo, ni mucho menos; pero yo no pretendo ser como él. Por eso, espero un poco más de apoyo por tu parte. Debemos esforzarnos para que el resto del servicio respete las decisiones que se toman. Al fin y al cabo, la jerarquía es el único cimiento que sostiene estos muros.

—Tienes razón —concedió Agatha, sosteniéndole la mirada—. Si nos ven discutiendo cada dos por tres, esta casa se convertirá en un caos. No socavaré tu autoridad, Peel, pero a cambio te exijo lo mismo: no menosprecies mi labor delante de las criadas.

—¡Trato hecho! No se hable más del asunto —respondió él, con una rigidez que empezaba a resquebrajarse.

Agatha pareció rejuvenecer al instante; era como si se hubiera quitado un fardo pesado de los hombros. Para sellar aquel cambio tan necesario, miró al mayordomo con un brillo nuevo en los ojos.

—¿Le apetece una copa, caballero?

Peel arqueó una ceja, sorprendido pero complacido.

—Llevo mucho tiempo esperando esa invitación.

Agatha se alisó el delantal y, con una sonrisa triunfal, rescató del fondo del armario una botella de brandy añejo y dos copas de cristal de Bohemia, nuevas y talladas, que rara vez veían la luz. Se sentó a la mesa frente a él y deslizó la botella para que fuera él quien sirviera. Justo cuando daban el primer sorbo, paladeando la tregua, Remedios entró en la cocina.

La mujer se quedó de piedra, boquiabierta, procesando la imagen imposible del mayordomo y el aya compartiendo confidencias. Agatha, con una voz que oscilaba entre el temblor de la risa y la firmeza del mando, reaccionó de inmediato:

—Cierra la boca, mujer, que se te va a colar una mosca. ¿Es que no tienes tareas pendientes? No me creo que hayas terminado tan pronto.

Peel, recobrando su papel de mando sin soltar la copa, reforzó el golpe:

—¿No has oído a Agatha? ¡Vuelve a tu trabajo ahora mismo!

Remedios dio media vuelta, aún aturdida, mientras el eco de la nueva alianza resonaba en las paredes de la cocina.

Remedios los recorrió con la mirada, asombrada. No pensaba dejarse amilanar por el tono autoritario del mayordomo, ni mucho menos por la extraña actitud de su amiga. —Sí, sí... ya me voy —refunfuñó, mientras retrocedía con lentitud—. Solo venía a por el cepillo. Mis disculpas, vuelvo enseguida a mis quehaceres.

Agatha no pudo evitar notar cómo la comisura del labio de Peel se elevaba en una sonrisa cómplice, una expresión humana que rara vez asomaba en su rostro de granito. Mientras tanto, Remedios se alejaba por el pasillo, con el cepillo en la mano y la cabeza bullendo de dudas.

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