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domingo, 23 de agosto de 2026

Sueños de Honor — Capítulo 12: Niebla sobre el Consulado

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  Peel recorría los pasillos en su última ronda, un ritual de silencio y sombras, hasta que el resplandor bajo la puerta del despacho lo detuvo en seco. Aquella luz era una anomalía; Lord Leonard jamás abandonaba la calidez de sus sábanas para trabajar a esas horas. Al entrar, la visión fue casi teatral: su señor en pijama, envuelto en la seda escarlata y dorada de su bata, apretaba el auricular del teléfono con una rigidez impropia de él.

—Puede explicarme qué demonios está ocurriendo, Peel, pero nadie responde —preguntó, sin apartar la vista del auricular—. ¿Puede explicarme qué demonios está ocurriendo?

—Todos se han retirado ya, señor —respondió Peel con una leve inclinación—. Yo mismo me disponía a hacerlo, pero la luz de este despacho me inquietó. «No» es propio de su señoría trabajar aquí a estas horas.

—Lo importante es que estás aquí, Peel. Sube de inmediato y dile a mi hija que baje. Es urgente.

  Peel cruzó los pasillos con paso firme hasta el ala de la señorita Spencer. Llamó a la puerta con la discreción de un profesional, pero ella ya estaba en pie.

—Baje al despacho sin demora, señorita. Algo ocurre. Su, padre aún empuñaba el teléfono cuando me dio el recado.

  Helen no hizo preguntas. Se ciñó su elegante bata de cuello esmoquin y rebasó al mayordomo en el pasillo. En las escaleras, una sombra los interceptó: era Edwin, cuyo insomnio lo mantenía siempre alerta.

—¿Qué sucede? —susurró Edwin, alcanzándolos en el rellano.

—No lo sé —respondió Helen mientras descendía los peldaños a toda prisa—. Peel ha venido a buscarme; mi padre dice que es una urgencia absoluta.

—¿Qué demonios puede ser a estas horas? —insistió Edwin, siguiéndola de cerca.

  Entraron en el despacho casi sin aliento. Lord Leonard aguardaba tras su escritorio, con una rigidez que delataba la gravedad del asunto. El aire de la estancia todavía olía al humo rancio de su último puro, pero el silencio era absoluto.

—¿Qué es tan urgente, padre? —preguntó Helen yendo directa al grano.

  Tienes al teléfono al señor Álvaro Albo de García Encinar, Cónsul de España —anunció Lord Leonard con voz grave—. Se disculpa por la hora, pero insiste en tratar un asunto inaplazable contigo. Por más que lo intenté, se negó redondamente a darme detalles a mí.

  Lord Leonard activó el amplificador del aparato. Un ligero siseo precedió a la voz de Helen, que sonó firme a pesar de la hora:

—Soy Helen Spencer, señor Albo. Mi padre está presente, así que le ruego que mida sus palabras si lo que tiene que decirme es tan privado como sostiene.

  Al otro lado de la línea, tras un silencio cargado de estática, la voz del cónsul emergió con una urgencia que hizo que Edwin diera un paso al frente, rompiendo su inmovilidad.

—Señorita Spencer —la voz al otro lado sonaba vibrante de furia contenida—, acabo de regresar del teatro con mi esposa y me encuentro con una situación intolerable. Unos hombres han irrumpido por la fuerza en estas dependencias. Afirman ser agentes de la ley y han arrestado a mi secretario. Lo acusan del secuestro de una joven que, según ellos, se hallaba en nuestro almacén... algo de lo que yo no tenía la menor constancia.

  El Cónsul hizo una pausa para tomar aire, su tono subiendo de octava:

—Les advertí que todo el personal goza de inmunidad diplomática. Les aseguré que este incidente podría provocar un conflicto internacional de consecuencias imprevisibles, pero no se inmutaron. El señor Navia, antes de ser conducido fuera, me rogó que la contactara. Mencionó que usted ya ha auxiliado a un ciudadano de nuestro país y que es la única capaz de resolver este malentendido tan vergonzoso. Por favor, señorita Spencer, ¿podría personarse en el consulado de inmediato? Mi Gobierno le quedaría profundamente agradecido.

—Le comprendo, señor Albo, pero no son horas; además, no sé cómo yo podría ayudarlos en esta ocasión, sería mejor llamar a Scotland Yard. Se trata solo de un malentendido; ellos podrán aclararlo mejor que yo y brindarle la mejor ayuda.

—No quiero complicaciones, señorita Spencer. Quiero creer, como usted, que se trata de un malentendido. Sin embargo, últimamente muchos de sus compatriotas se empeñan en desacreditarnos y proyectar una imagen falsa de nuestra Nueva España. Ahora que la guerra ha terminado oficialmente, desde el 1 de abril, cualquier incidente de este tipo es una mancha que no estamos dispuestos a tolerar.

—Comprendo sus razones, yo también quiero que su país tenga buenas relaciones con el mío, le ayudaré en todo lo que esté a mi alcance, puede ponerme en contacto con uno de esos agentes para que podamos aclarar este asunto con tranquilidad.

— Ahora mismo le pongo, señorita Spencer, es usted muy amable.

  El hombre que se presentó como portavoz de los agentes tomó el teléfono:

—Señorita Spencer, le habla el responsable de la operación, el señor Raymond. Sorprendentemente, Edwin demostró su profesionalismo al permanecer expectante sin comentar nada. —Señor Raymond, ¿se da cuenta de que está violando leyes internacionales y que se encuentra en territorio extranjero?

—¡Claro que nos damos cuenta, señorita Spencer! Pero la orden que tengo de la máxima autoridad del Gobierno de su Graciosa Majestad me autoriza a realizar esta detención. Los informes que tenemos indican que el Secretario es responsable de un secuestro y el Cónsul de encubrimiento; a menos que se presenten pruebas en contrario, nos veremos obligados a arrestarlos por la fuerza si es necesario.

_Bien, bien, bien... —dije—. Este es un hecho inusual, pero ya que el Cónsul me pidió ayuda como intermediaria, procuraré estar en el consulado lo antes posible; pero por favor, dígales a sus hombres que no hagan nada, tengo las pruebas de que el Cónsul no tiene nada que esconder a nuestro gobierno.

—Entonces la espero, señorita Spencer. El señor Albo dice que usted lo aclarará todo; espero que así sea —colgó el teléfono.

—Esta gestión comienza a dar su fruto —respondió lord Leonard.

—¿Me estoy perdiendo algo? ¿Qué es lo que me están ocultando? —preguntó Edwin.

Lord Leonard se recostó en su silla con los ojos brillantes de satisfacción. Mientras desgranaba los planes para mi misión, insistía en que todo tendría que encajar a la perfección; pero el detective, incapaz de frenar su escepticismo, protestó con un arrebato apasionado.

—No puedo dejarte ir sola —exclamó Edwin.

—Lo tenemos todo previsto, Edwin; te necesitamos a pleno rendimiento. Aquí tengo el plano del consulado. Creemos que el personal está retenido en esta sección del edificio —señaló una zona en el segundo piso—. El hecho de que este hombre se haga pasar por Raymond confirma que está dentro con la señorita Aznar.

—Pero aún no sabemos qué es lo que realmente quieren.

—Es evidente que ya saben qué poseemos, Stolp. ¡Pues bien, se lo daremos! —afirmó Leonard con un destello de desafío—. En cuanto a su superior, a estas alturas el Primer Ministro ya habrá sido informado de la gravedad de esta operación. Haré la llamada ahora mismo y dejaremos que el destino siga su curso.

  Leonard dejó el vaso de whisky sobre la mesa con un golpe seco. Se acercó al pesado teléfono de baquelita negra y marcó el número con dedos decididos. Hubo un breve silencio de estática antes de que alguien respondiera al otro lado.

—Aquí Leonard —dijo, sin esperar saludo alguno. Su voz, aunque quebrada por los años y el tabaco, cortaba el aire como un oficial en el campo de batalla—. Escuche bien. Se acabó el tiempo de las conjeturas. La esmeralda está en camino. Repito: el paquete se ha movido.

  No esperó respuesta. Colgó el auricular con la misma parsimonia con la que había encendido su habano, regresó a su sillón y, mirando a Edwin fijamente a los ojos, simplemente sentenció:

—Ya está hecho. Ahora, que el diablo nos pille confesados. En breve, Edwin, uno de tus hombres vendrá en taxi a buscar a Helen; tú, mientras tanto, irás con Veil. Él traerá las órdenes del comisionado. Solo nos queda esperar a que llegue el taxi y la función comenzará.

  Leonard guardó silencio un segundo, dejando que el humo de su habano flotara entre ambos como una barrera gris. Sus ojos, antes fríos y calculadores, mostraron un brillo de cansancio, de quien sabe que la guerra siempre exige sacrificios injustos.

—Me doy cuenta perfectamente, Edwin —respondió con una voz que vibró con una gravedad profunda, casi un gruñido—. Créeme, el peso de esas dificultades me mantiene despierto más horas de las que el whisky puede adormecer.

  Se puso en pie, caminó hacia la ventana y, sin darse la vuelta, añadió:

—Pero el peligro de no actuar es, sencillamente, el fin de todo lo que amamos. En este tablero, el honor de un hombre se mide por el riesgo que está dispuesto a hacer correr a su propio corazón. Su hija es la llave, y el destino es un carcelero muy cruel.

—En ese preciso momento, su hija entró en el despacho. Sus pasos no dudaron; cruzó el umbral con la barbilla en alto, como si ignorara la gravedad de la conversación que acababa de interrumpir.

—¿Peligro? —exclamó con una elegancia que heló la sangre de Edwin—. ¡Al diablo con el peligro!

  Leonard se quedó inmóvil, con el habano a medio camino de los labios. Un destello de orgullo, casi imperceptible, cruzó su mirada de bulldog. Reconocía en ella su propia sangre: esa mezcla de temeridad y deber que no admite retrocesos.

—Veo que la cortesía de llamar a la puerta se ha perdido en el camino —murmuró Leonard, aunque su voz no contenía reproche, sino una oscura admiración—. Edwin, me temo que ya no tienes que convencerla. El peligro acaba de ser invitado a tomar el té.

  Edwin la observó en silencio, derrotado por una mezcla de adoración y terror. Aquel espíritu valiente que tanto le gustaba era, al mismo tiempo, su mayor tormento. Las palabras se habían agotado tras dar vueltas en círculos; el aire en el despacho estaba cargado de humo de habano y de una voluntad que no aceptaba un "no" por respuesta.

  Helen dio por terminada la conversación con un gesto seco.

—Mira, Edwin. Estoy prevenida y preparada —sentenció ella, con una seguridad que no dejaba espacio a la réplica—. Sé perfectamente lo que alguien va a intentar hacerme. Y no creo, ni por un solo momento, que se salgan con la suya.

  Con un brío que cortó la tensión, se puso su chaqueta con ribete de piel de leopardo y se ajustó el sombrero a juego de Lucile Paray. Estaba lista no para una huida, sino para una conquista.

  Leonard, desde su sillón, dejó escapar una densa nube de humo y miró a Edwin con una media sonrisa cargada de ironía y orgullo.

—Me temo, mi querido Edwin, que contra el instinto de una Spencer-Churchill y el corte de un buen sastre, ni tú ni yo tenemos nada que hacer. El taxi debe de estar al llegar.

  El eco del claxon de un taxi resonó en la calle, rompiendo el pesado silencio del despacho.

—¡Ahí está mi medio de transporte! —exclamó ella con una sonrisa desafiante, ajustándose el ala del sombrero de Lucile Paray—. Deséame suerte.

  Leonard se puso en pie con cierta pesadez aristocrática. Caminó hacia su hija, acortando la distancia que el humo del tabaco había creado entre ellos. Por un instante, el "Bulldog" desapareció y solo quedó el padre.

—¿Serás prudente? —preguntó con una voz inusualmente baja, casi un susurro que Edwin apenas pudo captar. Era una pregunta retórica; ambos sabían que la prudencia no era una virtud de su estirpe.

—No te preocupes, estoy preparada —respondió ella con firmeza.

  Se inclinó y le dio un beso rápido en la mejilla, dejando el rastro de su perfume mezclándose con el aroma a cedro y whisky del despacho. Sin mirar atrás, con el movimiento felino que le confería el ribete de leopardo, salió de la estancia.

  Leonard se quedó inmóvil, mirando la puerta entornada. Sus dedos rozaron la zona donde el beso de su hija aún ardía. Luego, recuperando su semblante de mando, se giró hacia Edwin.

—Bien, Edwin —dijo, retomando su tono áspero mientras buscaba de nuevo su copa—. La esmeralda ya no es nuestra. Ahora le pertenece a la historia. Caminaré hacia el ventanal... quiero ver cómo se aleja ese taxi.

  Lord Leonard tenía la energía de un bulldog: una mezcla de aristocracia rebelde, rudeza estratégica y honestidad bruta. Con las manos en los bolsillos, como quien tiene el control absoluto, su mente ya habitaba la estrategia trazada. En resumen, pertenecía al tipo de ser humano que Edwin necesitaba para sentir que todo saldría según lo planeado; alguien capaz de analizar lo extraordinario fuera de la rutina diaria. Con parsimonia, Leonard extrajo otro habano de su caja, deslizó la vitola con sus iniciales y lo encendió, acercándose al cristal, sosteniendo su copa de whisky. Lo que murmuró entonces, con voz quebrada, me lo confirmó todo:

—No hay de qué preocuparse, Edwin. Helen no estará sola; mis hombres saben hacer bien su trabajo.

  Edwin mantuvo la mirada, sintiendo cómo el peso de la "condenada entidad" flotaba en el despacho como una sombra física.

—Comprendo su punto de vista, Edwin… —Leonard hizo una pausa deliberada, clavando su mirada de bulldog en la suya mientras una densa nube de humo escapaba de sus labios—. La ama.

  La palabra quedó suspendida en el aire, pesada y definitiva. Edwin no parpadeó, pero el silencio fue su confesión.

—Y ese amor es su mayor virtud, pero también el velo que le impide ver la realidad —continuó Leonard, hundiéndose un poco más en su sillón—. El azar siempre encuentra una grieta por la cual colarse, es cierto. Pero mis hombres no están allí para evitar que el azar exista, sino para asegurarse de que, cuando la grieta aparezca, Helen sea quien sostenga el martillo.

  Dio un sorbo lento a su whisky, dejando que el cristal tintineara contra sus dientes.

—Ahora, deje de medir los tentáculos de esa sociedad y empiece a confiar en los colmillos de los nuestros. En 1939, Edwin, la prudencia es un lujo que ya no nos pertenece.

  Tras forzar una sonrisa gélida que no alcanzó a iluminar sus ojos, Edwin se dio la vuelta y se alejó a paso rápido. Iba tan absorto en la urgencia de informar a su superior que el eco de Veil llamándolo a sus espaldas no fue más que un ruido lejano, un susurro que sus pensamientos decidieron ignorar.

—Últimamente estás perdido, Edwin; ni escuchas —dijo Veil al alcanzarlo—. ¿Sabes algo de lo que está pasando?

—Han llamado del Consulado Español —respondió Edwin sin detenerse—. Es una trampa auténtica, y Helen va directa a ella. Si has venido es porque tenemos órdenes, ¡y esto aún no ha terminado!

—En efecto, no ha terminado —añadió Veil con tono sombrío—. En cuanto llegué a casa, recibí una llamada del Jefe. Me advirtió que debía estar pegado al teléfono para una misión inmediata. Y eso que tenía una cita crucial para mañana... espero que resolvamos esto rápido; no me gustaría faltar a ese compromiso.

  Edwin se detuvo en seco, mirándolo con ansiedad.

—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Seguimos a Helen?

—No, Edwin. Iremos a la Central a recoger a alguien. Lo necesitamos para lo que va a suceder esta noche —Veil levantó una mano, anticipándose a la interrupción de su compañero—. Y no me hagas preguntas todavía; ya te darás cuenta de quién se trata cuando lo veas.

  En el consulado me recibieron con una normalidad desconcertante. No sé qué atmósfera esperaba encontrar, pero nada podía resultar más rutinario. Los guardas me franquearon el paso sin objeciones y el propio cónsul salió a mi encuentro; sin embargo, su sonrisa era un gesto vacío que no lograba alcanzarle los ojos.

  Era un individuo menudo, moreno, de ojos vivos y oscuros. Vestía un traje de tono apagado, exactamente igual al que suelen llevar miles de hombres de negocios.

—¡Ah, ya está usted aquí! Muy bien, muy bien... Me alegro de que viniese en nuestra ayuda; mi país, en mi nombre, se lo agradece.

—Resolvamos esto cuanto antes —corté, sin ánimos de cortesía—. ¿Dónde están los agentes?

—En mi despacho, con el secretario.

  Aquel cuarto contaba con una mesa, un par de confortables sillones, un teléfono y una batería de archivadores. Pegadas a la pared vi unas pesadas sillas de roble donde estaban sentados dos hombres. El secretario cedió el asiento al cónsul, el cual se acomodó tras la mesa.

—Tome asiento —insinuó con un gesto cortés—. Se sentirá cómoda en ese sillón. Fue una decisión acertada venir sola, señorita Spencer, aunque creo que, en el fondo, es una debilidad humana. Se preocupa demasiado por las personas que trabajan con usted, y en el mundo que pretendemos construir no hay lugar para la debilidad.

—¿Qué le han hecho a Raymond? —pregunté, ignorando su filosofía.

—Que siga vivo es lo único que debería importarle —sentenció él con una frialdad cortante—. No la crea tan ingenua como para ignorar por qué está aquí. Raymond es un simple subordinado, una pieza cuya vida no vale nada. Pero usted custodia a alguien que nos pertenece y ha llegado el momento de que nos lo entregue. No nos ha dejado otra opción: haremos un intercambio.

—El Primer Ministro jamás aceptará —respondí, manteniendo la voz firme—. El señor Stolp es un activo demasiado valioso para nuestro gobierno.

—Veo que empezamos a entendernos, pero le aseguro que para nosotros lo es aún más. Comprobaremos cuánto la aprecian sus superiores. Si no aceptan el trato a la primera, enviaremos uno de los dedos de su elegante mano; dudo que entonces sigan guardando silencio. Le irá mejor si colabora, señorita Spencer. Díganos: ¿dónde lo tienen oculto?

—Scotland Yard lo tiene bajo custodia —respondí con una frialdad ensayada—. No tengo la menor idea de adónde lo han trasladado.

—Ya averiguaremos si dice la verdad. Llévensela con los demás —ordenó el cónsul, antes de añadir con una sonrisa gélida—: Le sugiero que no cause problemas. Winter es el hermano de Klärchen y le aseguro que no le guarda mucha estima. No dudará en apretar el gatillo.

  No me cabía la menor duda. Winter parecía tallado en pedernal; un bloque de hielo que ni el acero más candente lograría encender. Su alma se consumía en un frío perpetuo que le afilaba la nariz, le surcaba las mejillas y teñía sus labios de un azul cadavérico. Bajo un aura de furia contenida, me escoltó hasta la biblioteca superior.

  Allí, despojado de protocolos, descubrí el verdadero rostro de la legación. En la estancia se amontonaban el secretario, el personal de servicio y sus respectivas esposas, todos bajo una vigilancia implacable. Raymond yacía en un sofá, con el rostro marcado por los golpes y un brazo, probablemente fracturado, inmovilizado de forma precaria con la manga de su propia camisa. Ina Aznar trataba de consolarlo bajo la mirada de dos hombres armados que vigilaban cada respiración. Solo entonces, bajo aquel silencio sepulcral, me permitieron acercarme a él.

—Dime la verdad, Raymond —le susurré al oído—, ¿te quedan fuerzas para lo que viene?

  Él hizo una mueca de dolor antes de contestar.

—No debería haber venido, señorita... Nada salió como esperábamos. Uno de sus hombres presenció el arresto de Stolp y me identificó en cuanto crucé la puerta. Me molieron a palos; por un momento creí que me mataban allí mismo. Me duele hasta el aire que respiro... Me temo que no seré de gran ayuda.

—Ya has hecho suficiente, Raymond. Solo dime: ¿cuántos hombres cuentan en total?

  Antes de que pudiera responder, el cónsul se acercó, hablando en voz baja:

—Lo han tratado como a un perro, señorita. Disfrutaban con cada golpe. Es un milagro que siga consciente. Hemos hecho lo que hemos podido, pero no tenemos ni con qué improvisar un cabestrillo. Esas bestias entienden el inglés, aunque hablen alemán entre ellos para desorientarnos y que no sepamos quién será el próximo en recibir una paliza.

—No se preocupe, señor Albo —respondí cambiando el tono—. Hablemos en su idioma nativo, entonces. ¿Se sentiría con fuerzas para empuñar un arma, ya que Raymond está fuera de combate?

  Los ojos de Albo se encendieron con una chispa de resolución.

—Cuente con ello. Soy campeón de tiro; deme algo que dispare y ya verá de lo que soy capaz.

—Se la daré, pero prométame una cosa: no la usará hasta que oiga que los dos guardias del pasillo han sido reducidos. No quiero bajas innecesarias entre nosotros. Y como dicen en su tierra... que Dios nos pille confesados.

—¡Cállense de una vez! Como te vea un segundo más cerca de la señorita, te vuelo la cabeza —bramó un guardia corpulento, un tipo de mandíbula cuadrada y gestos brutales.

  El cónsul retrocedió de inmediato. Por mi parte, me alejé de Raymond para no atraer más fuego sobre él, dejándolo al cuidado de Ina. Pero antes, en un movimiento imperceptible, deslicé una pequeña pistola entre el cojín y la espalda de Raymond.

  En ese instante, Winter, el hermano de Klärchen, se abalanzó sobre mí y me sujetó con una fuerza desmedida. Sin embargo, mi objetivo ya estaba cumplido: el arma estaba al alcance de los nuestros. El cónsul, intentando ganar tiempo, intervino con un grito de indignación:

—¡Déjenla en paz! ¿Acaso no es una mujer indefensa? ¿Adónde la llevan? ¿No han tenido suficiente con torturar a este hombre? ¡Cobardes!

  La respuesta fue un golpe seco. Winter retrocedió y descargó toda su furia contra el cónsul, haciéndolo caer violentamente sobre el sofá donde yacía Raymond. Mientras el cónsul volvía a escupirles el insulto de "cobardes" desde el suelo, su esposa corrió a socorrerlo. Al cubrirlo con su cuerpo, creó el ángulo muerto perfecto: nadie vio cómo el señor García Encinar recuperaba la pistola que yo había ocultado y la deslizaba en el bolsillo de su pantalón.

  Sentado en una silla, con el rostro desencajado por la angustia y la humillación, el cónsul parecía un hombre roto. Cuando su secretario se acercó para intentar consolarlo, él lo rechazó con un gesto brusco, pero no sin antes susurrarle una advertencia gélida sobre lo que estaba a punto de desatarse.

  Winter me arrastró de vuelta al despacho con un apretón de hierro.

—Ya ha comprobado que sus amigos siguen respirando —escupió, lanzándome frente al escritorio—. Si quiere que sigan así, hará exactamente lo que le ordene. Llame ahora mismo al Alto Comisionado y exija la liberación de Stolp. Solo permitiremos que un hombre lo escolte; ni uno más. Si intentan cualquier otra cosa, la mataremos aquí mismo.

  Hizo una pausa para saborear el miedo antes de continuar con una sonrisa gélida:

—A cambio de Stolp, la dejaremos marchar. Además, queremos una hora de margen para abandonar Londres sin interferencias. Si no aceptan, este edificio volará por los aires con todos nosotros dentro. En el fondo, preferiría que intentaran rescatarla... solo por el placer de ver cómo todo salta en mil pedazos. No lo dude ni un segundo: mis hombres están entrenados para morir matando y tienen órdenes estrictas de abrir fuego si no reciben nuestra señal de seguridad.

—Colaboraré con ustedes —respondí, sosteniéndole la mirada—, pero no se equivoque: no tengo miedo. Todo lo que dice no es más que un burdo farol.

—¡Déjame que le parta la cara, Ernest! —estalló Winter, dando un paso agresivo hacia mí—. ¡A ver si así se le quita la insolencia! ¡Estoy harto de esta mujer!

—¡Cálmate, Winter! —le frenó Ernest con autoridad, antes de volverse hacia mí—. Ahora, señorita Spencer, sea inteligente y haga esa llamada si de verdad aprecia su vida.

—Está bien —cedí, midiendo cada palabra—. El Alto Comisionado debe de estar en su domicilio a estas horas.

—¿A qué espera entonces? —ladró Ernest—. Llame ahora y transmita nuestras condiciones. Y ni se le ocurra jugar con nosotros; estaremos escuchando cada sílaba.

  Con los dedos firmes a pesar de la presión, marqué uno de los números privados de la oficina de Shaw. Al otro lado de la línea, Ged, que aguardaba mi señal en un silencio tenso, dio las órdenes pertinentes a sus hombres antes de descolgar el auricular.

—¡Al fin! —exclamó Ged, señalando el teléfono—. Silencio absoluto. Podrían estar monitorizando la línea. El que se atreva a emitir un solo sonido será expulsado fulminantemente de este edificio. No volverá a poner un pie en el servicio.

  Sus hombres obedecieron al instante. Un silencio sepulcral, casi antinatural, inundó el despacho, contrastando con el tono de fingida irritación que Ged proyectó al descolgar el auricular.

—¿Quién demonios se atreve a despertarme a estas horas? —bramó al aparato.

—Disculpe, señor —la voz de Helen sonó contenida, profesional—. Soy Helen Spencer. Lamento profundamente haber interrumpido su descanso.

—¿Spencer? ¿Qué ocurre? ¿Le ha pasado algo a su padre?

—El médico dice que sufrirá algunos problemas auditivos leves, nada que deba preocuparnos —respondió ella, deslizando la clave con sutileza—, pero ha surgido un asunto urgente que requiere su inmediata consideración, señor.

—No me cabe duda de que debe de ser vital para llamarme cuando uno ya se ha entregado al sueño de Morfeo —replicó Ged, manteniendo el papel mientras recorría la habitación con una mirada de acero. Sus hombres permanecían inmóviles, como estatuas en un mausoleo; su ultimátum había surtido efecto.

  Helen, asintiendo para sí misma al confirmar que Ged había captado el mensaje, le transmitió la exigencia: la liberación inmediata de Stolp. La respuesta al otro lado del cable no se hizo esperar, cargada de una gravedad fingida que ocultaba el engranaje que ya se había puesto en marcha.

—¡Se ha vuelto loca! —tronó la voz de Ged por el auricular—. Ese hombre está bajo interrogatorio; es una pieza clave para la seguridad nacional.

—Me confesó una vez que amó a mi madre —interrumpí, cargando cada palabra de una urgencia desesperada—. Por ese amor, le suplico que me salve la vida. Me tienen retenida y exigen a Stolp como moneda de cambio. Deben traerlo al consulado español escoltado por un solo agente desarmado. Ni se le ocurra enviar al equipo de asalto; si detectan movimiento, volarán el edificio con todos nosotros dentro. Una vez que Stolp esté en sus manos, exigen una hora de margen para salir de Londres. ¿Qué me dice, señor? ¿Valora lo suficiente mi vida como para actuar bajo su propia responsabilidad, sin informar al Primer Ministro?

  Al otro lado de la línea se hizo un silencio denso, eléctrico.

—Lo que me pide es un suicidio profesional —respondió Ged finalmente, con la voz quebrada por una fingida angustia—. Pero jamás me perdonaría que le ocurriera algo. ¿A qué hora debe realizarse el intercambio?

  Miré a Theiss. Él garabateó rápidamente «2:30» en un trozo de papel y me lo puso delante.

—A las dos y media de la madrugada, señor.

—Enviaré a John Veil con el prisionero —sentenció Ged antes de cortar la comunicación.

  El silencio se reinstaló en el despacho, denso y cargado. Ernest me hizo una seña brusca para que me retirara a un rincón mientras Winter, que no dejaba de moverse como un animal enjaulado, mascullaba sus sospechas.

—No me fío —soltó Winter—. Huele a trampa. Se entregó demasiado pronto; esa mujer guarda un as en la manga.

—Nosotros no somos como Sánchez —replicó Ernest con desdén—. Él se dejaba embaucar por una cara bonita bajo el pretexto de adiestrar nuevos espías, pero yo no cometo esos errores. Ahora cállate de una vez, Winter. Pon algo de música; estoy harto de oírte ladrar.

  Mientras tanto, en el despacho del Alto Comisionado, la atmósfera era eléctrica. Ged se volvió hacia Woodhall, que ya coordinaba a sus hombres en las sombras.

—Señor, sé que ha nombrado a Veil —intervino Woodhall con urgencia—, pero le ruego que me permita ir. Estoy seguro de que Lord Leonard daría su visto bueno

—¡Basta de discusiones! —zanjó Ged—. Veil irá solo escoltando al doble de Stolp. Y nada de armas, Woodhall, por vuestro propio bien; un solo error de sincronización y todo saltará por los aires. En cuanto Veil cruce el umbral, tú tomarás la retaguardia para liberar al cónsul y a los suyos. Si el plan sigue su curso, Raymond ya tendrá en su poder el arma que Helen debía entregarle.

—¡Un momento! —exclamé, alzando la voz con incredulidad y enojo—. ¿Me está diciendo que Helen llevaba una pistola encima?

—Por lo visto, no solo una; siempre lleva dos. Es una tiradora excepcional —respondió Ged con una mueca de orgullo—. Pero no hay tiempo para explicaciones. Confiemos en que ya haya actuado para reducir a los hombres del interior. Crearemos el ambiente propicio; el caos siempre es un aliado indispensable. Para cuando se den cuenta del engaño, todos ustedes ya estarán dentro. ¡En marcha, caballeros! La esmeralda está en el agujero.

  Veil alcanzó la entrada del consulado justo cuando las campanadas del Big Ben rasgaron el silencio de la noche, marcando la hora exacta. Al mismo tiempo, Woodhall y sus hombres, camuflados en las sombras, lograban neutralizar sigilosamente a los guardias de la retaguardia. Una vez asegurado el perímetro, se filtraron en el edificio como fantasmas, aguardando con paciencia contenida.

  Veil entró escoltando al falso Stolp. Los hombres de Ernest lo recibieron con violencia; lo registraron y lo golpearon con la tosquedad reservada a los traidores, tratándolo como a una marioneta sin hilos antes de presentarlo en el despacho. Lo obligaron a sentarse junto a Helen, quien mantuvo una impasibilidad pétrea.

  Ernest, exultante, se acercó al recién llegado y lo abrazó con una efusividad triunfal. Rompiendo a hablar en un alemán rápido y cargado de emoción, exclamó:

—¿Cómo lo han tratado, señor? ¿Está usted bien?

—Bien —respondió el falso Stolp con una voz pastosa y fingida fatiga—, pero creí que ya estarías fuera de Inglaterra, alertando al resto para evitar que caigan. Tengo entendido que en España los capturaron a todos por culpa de esta mujer. ¿No pensarías que la íbamos a liberar?

—Sabía que no lo haría, señor —intervino Winter con una sonrisa cruel—, y menos sabiendo que nuestros camaradas se pudren en prisión por sus actos.

  Veil, que soportaba los golpes con una paciencia gélida, solo contaba los segundos para devolver cada impacto con intereses. Mientras tanto, en un movimiento sincronizado con el caos de la bienvenida, Helen deslizó una pistola en su bolsillo; por fortuna, la arrogancia de los guardias les había impedido registrarla a ella con la misma saña que a él.

—¿Qué piensan hacer con nosotros ahora? —preguntó Helen, fingiendo una vulnerabilidad que no sentía—. Ya tienen lo que querían. Cumplan su parte y déjennos marchar.

—No es tan sencillo —replicó el falso Stolp, clavándole una mirada cargada de resentimiento—. La señorita tiene una deuda pendiente conmigo y no crea que saldará su cuenta tan fácilmente.

—¿Los liquidamos ya, jefe? —preguntó Winter, acariciando con una familiaridad enfermiza el cañón de su Walther P38.

—Por ahora los necesitamos —sentenció el falso Stolp, cortando el impulso del subordinado—. Debemos usarlos para forzar la liberación del resto. Después... después ya decidiremos cómo deshacernos de ellos.

  En ese preciso instante, una serie de detonaciones secas retumbaron desde el piso superior, quebrando el silencio de la legación.

—¡Maldita sea! —bramó Ernest, volviéndose hacia Helmut con los ojos inyectados en sangre—. ¿No te ordené que registraras cada rincón antes de encerrar a los prisioneros?

—¡Lo hicimos, Ernest! —replicó Helmut, retrocediendo un paso ante la furia de su superior—. No tenían nada encima, alguien tuvo que proporcionarles el arma. —Se giró hacia Winter con una acusación directa—: ¡Tú! ¡No registraste a esta mujer cuando entró!

  Winter palideció, apretando los dientes con rabia contenida.

—Confié en la palabra de mi hermana... dijo que a ella no le gustaban las armas. Pero estuvo demasiado cerca del traidor.

  Ernest soltó un juramento en alemán mientras la tensión en la sala se volvía insoportable. Winter, buscando redimirse, desenfundó su arma y se dirigió a la puerta.

—Iré a ver qué demonios ocurre —sentenció con una frialdad asesina—. Lo más probable es que encuentren a ese imbécil muerto por su propio atrevimiento. Y cuando regrese, señorita Spencer... ajustaremos nuestras cuentas pendientes.

  Antes de salir, Winter atrapó el rostro de Helen con una mano de hierro, apretando hasta que un gemido de dolor escapó de sus labios. Se alejó con una risa cargada de bilis, pero se detuvo en seco al llegar al pasillo: los guardias de la puerta habían desaparecido. Pegándose a la pared, desenfundó su revólver, lo aseguró con ambas manos y pateó la puerta de la biblioteca.

  El espectáculo que encontró era dantesco. Sus cuatro hombres yacían en el suelo, inertes. El cónsul, temblando y con el terror grabado en la mirada, sostenía un arma que dejó caer al instante.

—¡No dispare, por favor! —suplicó de rodillas—. ¡Yo no quería hacerlo!

  Winter avanzó con paso depredador, cegado por la furia, sin sospechar que tras el marco de la puerta le esperaba el frío contacto del cañón de Woodhall presionando su nuca. El alemán soltó su Walther P38, que el secretario recogió con avidez para apuntarle mientras Woodhall lo esposaba con movimientos expertos.

  Mientras tanto, en el despacho, la tensión se volvía insoportable. Al ver que Winter no regresaba, Helmut, que había salido con Fritz a reconocer el terreno, irrumpió de nuevo en la estancia y echó la llave con un estruendo metálico.

—¡Es una trampa, Ernest! —bramó, sin aliento—. ¡Los hombres de Scotland Yard han tomado el edificio! ¡Tienen que salir de aquí ahora mismo! Yo me quedaré para cubrirles; hay un pasaje oculto tras este panel. ¡Muévanse!

—Antes de marcharme, tengo una cuenta que saldar con esta mujer —siseó Ernest, con el rostro desencajado—. Le advertí que no jugara conmigo y yo siempre cumplo mi palabra. No permitiré que me cacen como a Sánchez; no pienso pudrirme en una celda británica cuando me esperan grandes honores en mi patria.

  Helmut accionó el resorte del panel oculto, revelando el pasaje secreto, mientras Ernest encañonaba a Helen con mano firme. Pero, para sorpresa de todos, el falso Stolp se interpuso entre ambos.

—¡Baja el arma, Ernest! —ordenó con autoridad—. No vamos a cargar con más muertos.

—¡Nos has traicionado! —bramó Ernest, fuera de sí—. ¡Toda Alemania sabrá que te has vendido al enemigo! ¡Traidor! Si crees que vas a impedirme acabar con ellos, te equivocas. ¡Apártate o te mataré a ti primero!

  Fue el momento que Veil necesitaba. Aprovechando la confusión, desenfundó la pistola que Helen le había pasado y se incorporó, situándose hombro con hombro junto a Stolp.

—¿Crees que puedes abatirnos a los dos a la vez? —desafió Veil con una calma gélida—. Si disparas a uno, el otro te reventará el pecho antes de que caigas. Pon el arma sobre la mesa, Ernest. Hazlo ahora, porque este hombre no tiene nada que perder y te aseguro que puede hacerte mucho daño.

  Ernest, acorralado y furioso, le gritó a Helmut que disparara, pero su subordinado dudó. Helmut me miraba fijamente, asaltado por una sospecha paralizante: ¿tendría yo otra arma oculta? El miedo pudo más que la lealtad y dejó caer su pistola al suelo.

—¡Abre la puerta, Helmut! —le ordenó Veil.

—¡Si lo haces, te mato! —amenazó Ernest, girando el cañón hacia su propio hombre.

  Helmut vaciló apenas un segundo antes de lanzarse hacia la cerradura. ¡Un disparo rasgó el aire! La bala alcanzó a Helmut en el hombro izquierdo justo cuando la puerta cedía. En ese instante, Woodhall y sus hombres irrumpieron en el despacho como una marea imparable. Ernest, superado y viendo los cañones de Scotland Yard apuntándole al corazón, no tuvo más remedio que soltar su arma. El silencio regresó a la estancia mientras los grilletes se cerraban, con un chasquido metálico y definitivo, sobre sus muñecas.

  Ernest no dejaba de bramar mientras los agentes lo arrastraban:

—¡Stolp, traidor! ¡Nos volveremos a ver las caras! ¡Estás muerto! —Y añadió con un grito desesperado—: ¿Und warum das? (¿Y por qué esto?).

  Me permití una sonrisa de pura satisfacción ante su desconcierto. No iba a sacarlo de su error; la verdadera sorpresa se la llevaría más tarde, cuando se pudriera en una celda y descubriera quién era realmente su "jefe".

  Al ver mi gesto de victoria, Ernest se desencajó aún más.

—¡Esto le va a costar caro, señorita Spencer! —escupió con odio—. ¡Cuando mi Führer ponga un pie en Inglaterra, recibirá su merecido! Yo mismo me encargaré de usted.

—No lo dudo —respondí con una calma glacial—, pero su líder nunca pisará este suelo. En cuanto a usted, ruegue para que el Primer Ministro decida usarlos alguna vez como moneda de cambio, porque de lo contrario no volverán a ver la luz del día. Cerraremos la puerta de su celda y arrojaremos la llave al fondo del Támesis. ¡Llévenselo!

  Los guardias lo sacaron a rastras, dejando tras de sí un rastro de gritos impotentes y una mirada cargada de rabia y humillación. Cuando el despacho quedó por fin en silencio, me volví hacia el hombre que seguía junto a mí.

—Muchas gracias, Drake —le dije, relajando por fin la tensión de mis hombros—. Ha hecho usted un papel impecable. Su alemán es, sencillamente, perfecto.

—Lo he hecho con mucho gusto, señorita Spencer —respondió Drake con una inclinación de cabeza—. Mis saludos a su padre y, cuando lo necesite, ya sabe dónde encontrarme. Ahora, si me disculpan, debo retirarme.

Drake salió del edificio con la misma discreción con la que había entrado. El cónsul, por su parte, recorría el despacho inhalando bocanadas de una tranquilidad que creía perdida. Se detuvo frente a Helen y la observó con detenimiento, como si tratara de encajar las piezas de un rompecabezas.

—¿A usted la conozco, verdad? —preguntó finalmente.

—En efecto, señor Álvaro —respondió ella con una sonrisa suave—. Nos presentaron en España, justo cuando recibió su nombramiento.

—La recuerdo... ya me lo parecía. No dije nada antes para no ponerla en peligro, pero lo que no sospechaba es que hablaba mi idioma con tanta soltura. En la fiesta de la recepción creo recordar que utilizó un traductor, ¿no es así?

—Siempre es más agradable escuchar a alguien en su lengua materna, sin los impedimentos de un intermediario —contestó Helen, mientras su mirada se posaba en el escritorio—. Y por lo que veo, señor cónsul, al final sí que llegó a usar el arma.

—Abatí a dos de ellos —respondió el cónsul con una gravedad que le tensaba las facciones—; el resto fueron neutralizados por el inspector Woodhall. Todavía no he tenido ocasión de agradecerle debidamente que nos salvara la vida.

  En ese momento, el cónsul estrechó la mano de Woodhall con una gratitud que no necesitaba palabras, un gesto firme que sellaba su respeto. Edwin, sin embargo, no quiso restarle importancia a la gravedad del asunto; hizo hincapié en el riesgo extremo que acababan de correr y subrayó los detalles más oscuros de la operación, aquellos que todavía permanecían ocultos bajo el secreto diplomático.

  El cónsul no se mostró impasible ante el crudo relato. Su semblante cambió al procesar la magnitud de la amenaza que se cernía sobre ellos y, de inmediato, alzó la voz para expresar su juicio sobre lo ocurrido.

—Todo empezó cuando llegué al consulado —comenzó el cónsul, con la voz ensombrecida por el recuerdo—. Aquellos hombres se presentaron con una supuesta autorización directa de Franco. Helmut debía ser mi secretario y Ernest el jefe de un nuevo equipo de seguridad. Me negué en redondo, pues ya tenía mi propio personal, pero fueron implacables: me aseguraron que, si rechazaba colaborar, el Generalísimo me destituiría fulminantemente. Mi esposa estaba tan ansiosa por instalarse en Londres que, al final, cedí.

  Sin embargo, a medida que llegaban más refuerzos, mis sospechas crecieron. Al interrogarlos, me confesaron que preparaban una operación para forzar a Inglaterra a devolver Gibraltar. Me quedé gélido; sabía perfectamente lo explosivo que era el tema del Peñón. Pero lo que colmó el vaso fue oírlos hablar en alemán entre ellos. Aproveché un viaje para reunirme en privado con el general Jordana y pedirle consejo. Su respuesta fue tajante: el Ministerio no sabía nada de ninguna operación y el Generalísimo no había dado carta blanca a nadie. Me ordenó que, si actuaban por su cuenta, los expulsara de inmediato.

  Cometí el error de enfrentarlos. Contraté a hombres de confianza y los infiltré en el servicio doméstico para retomar el control, pero subestimé su brutalidad. En cuanto se sintieron descubiertos, nos encerraron a todos en la biblioteca. Entonces llegó Fritz, un ser despiadado que no dudó en moler a palos a sus propios aliados antes de ensañarse con nosotros. Por fortuna, ese monstruo no volverá a alzar la mano contra nadie; fue uno de los que cayó intentando escapar.

—Ahora, retome las riendas de su cargo, señor García Encinar —aconsejó el detective con voz serena—. Olvide este escabroso asunto y trate de disfrutar de su estancia en Londres. Vaya con su esposa; está sufriendo un fuerte ataque de nervios tras el tiroteo y lo necesita. Avisaremos a un médico para que le administre algún sedante, aunque se ve que es una mujer entera y superará este trance. ¡Veil, encárgate tú de la llamada! Yo escoltaré a Helen a su casa.

—Descuida, Edwin —respondió Veil con un asentimiento—. Ve tranquilo, yo me encargo de todo aquí.

  Mientras los enfermeros se preparaban para trasladar a los heridos, me acerqué a la camilla de Raymond. Él me miró con un cansancio infinito, pero con una chispa de gratitud en los ojos.

—Gracias por rescatarme, señorita —susurró con voz débil—. Quiero que sepa que Edgar se recupera satisfactoriamente. Y olvide lo que le dije antes... sobre que era mejor que no viniera. De verdad, le agradezco en el alma que no me hiciera el menor caso.

—Has hecho un trabajo excepcional, Raymond —le respondí, apretándole suavemente la mano sana—. Descansa ahora. Transmítele mis felicitaciones a Edgar; pasaré a veros por el hospital mañana mismo.

—En lo que a mí respecta, estoy a su entera disposición —continuó Raymond, con una determinación que el dolor no lograba doblegar—. Sé que mi compañero comparte mi opinión. El objetivo era lo prioritario y lo hemos logrado. Ahora solo nos queda prepararnos para la próxima misión; sospecho que será todavía más arriesgada y difícil.

  Acompañé a Raymond hasta el portón de la ambulancia, despidiéndolo con un gesto silencioso. Después, me dirigí hacia Woodhall. Me esperaba apoyado en el guardabarros de su coche, recortado contra las luces de la legación, y me abrió la puerta con una delicadeza inusual.

—He llamado a tu padre —dijo mientras arrancaba el motor—. Ya sabe que todo ha salido bien. Seguro que nos aguarda despierto, fumando uno de esos puros especiales suyos. Veil se encargará del informe y de los flecos que queden sueltos; a partir de ahora, el tiempo nos pertenece.

  Hizo una pausa y me miró de soslayo mientras enfilábamos la avenida desierta.

—¿Te apetece un paseo por la ciudad? Pronto amanecerá sobre Londres... ¿Quieres que veamos salir el sol juntos?

—Lo que quiero —respondí, girándome hacia él con una firmeza que lo hizo frenar— es que pares el coche ahora mismo.

  Frenó en seco. Helen bajó del coche y comenzó a caminar hacia el puente, fundiéndose con la densa niebla que lo envolvía todo. Apoyó los brazos en la barandilla húmeda, cerrando los ojos para escuchar el murmullo hipnótico del Támesis fluyendo bajo sus pies. Edwin la alcanzó en silencio y la rodeó por la cintura con sus brazos fuertes, ofreciéndole un anclaje cálido contra el frío de la madrugada.

—Me gusta esto, Edwin —susurró ella, reclinando la cabeza sobre su hombro—. Sentir el silencio de la noche justo antes de que despierte el día. El sonido del agua, las campanadas del Big Ben dándonos la bienvenida... incluso el abrazo gélido y familiar de esta Isla Brumosa que nos acoge. Sabiendo, por fin, que lo que hemos hecho ha valido la pena.

  Envueltos en la bruma eterna del río, ambos recibieron el primer destello del amanecer. Se quedaron allí, inmóviles, con la certeza compartida de que el destino ya estaba tejiendo para ellos nuevas y peligrosas aventuras.

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Sueños de Honor — Capítulo 11: Pactos de alcoba y secretos de Estado

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Sharon irrumpió en la habitación desbordando una alegría eléctrica; sus ojos tenían un brillo que Helen no le conocía. Era inútil intentar guardar el secreto: su rostro era pura luz. La intensidad de su mirada parecía caldear el ambiente, deshaciendo el aire gélido y derribando, una a una, las defensas de su amiga. Solo el pensamiento de él bastaba para que el corazón le galopara en el pecho.

Mientras tanto, Helen terminaba de ajustarse un vestido de crepé chocolate. El cinturón negro ceñía su talle, realzando una sofisticación natural que contrastaba con el caos emocional de Sharon. Tras observarla un momento por el espejo, sentenció:

—Te ha dado fuerte, hermanita. Pero ¿y si no eres correspondida? No quiero que te des de bruces contra el suelo. Baja un poco de las nubes; si de verdad lo quieres, ve a por todas, pero camina con pies de plomo.

Sharon guardó silencio, discrepando internamente. Sentía que lo suyo era un vínculo genuino, algo ajeno a la sombra de esa "otra mujer", y estaba dispuesta a demostrarlo.

Helen se sentó frente a ella, sosteniéndole la mirada con una fijeza que parecía escrutar el futuro. El aire se volvió expectante.

—Hay algo más que quieres soltar, pero te tiembla la voz —dijo Helen con suavidad—. ¿Me equivoco?

—La verdad es que... puede que lo sepas, o puede que no —soltó Sharon con un hilo de misterio—. ¿Sabes quién llegará al castillo esta tarde?

Helen, que ya terminaba de retocarse, se detuvo en seco.

—Mis planes eran marcharnos y que vinieras con nosotros, pero si hay algo que merezca la pena ver, nos quedaremos. ¿De quién se trata?

—De un español llamado Jordana.

—¿Quién te ha dado ese nombre? —preguntó Helen, ahora con los ojos fijos en ella.

—Mary. Se lo contó a todas las que estábamos en la partida de cartas. ¿Pasa algo malo?

—Nada —respondió Helen, recuperando la compostura—. Tendrá asuntos que tratar con el Primer Ministro; una cacería es la excusa perfecta para una reunión informal.

—Pero ese país acaba de salir de una guerra... ¿Qué podría querer de Inglaterra?

—A nosotras, ¿qué más nos da? —Helen zanjó el tema con un gesto elegante—. Dejemos la política para los hombres. Lo que me importa es lo nuestro, ¿o es que ya lo has olvidado? Necesitaré que me ayudes en casa con Agatha.

Sharon bajó la mirada, inquieta.

—Perdóname, pero sigo sin entender cómo Agatha pudo aceptar a esa mujer si somos tan distintas. Mi piel, mi pelo... mi todo es diferente.

—Fue un riesgo calculado, un proceso diseñado con precisión —explicó Helen, acercándose a ella—. Hacía años que no te veía, así que fabricamos un engaño. Utilizamos las fotos del periódico de tus padres a la salida del hospital y las mezclamos con imágenes de la falsa Sharon. Creamos una imagen mental en Agatha, una verdad prefabricada que ella aceptó sin dudar.

Sharon sintió un escalofrío al comprender la magnitud del engaño, pero el deseo de que Agatha supiera la verdad pesaba más que su duda. Estaba dispuesta a seguir adelante con el plan de su amiga.

Sharon divisó la silueta de Walter a través del cristal y, sin pensarlo, bajó al jardín para salir a su encuentro. Desde la penumbra del despacho, Edwin observó el alejamiento de la pareja; era la oportunidad que esperaba. Se dirigió a la habitación de Helen y llamó a la puerta con una firmeza que rozaba el mando. Al otro lado, el corazón de Helen dio un vuelco. Guardó febrilmente los documentos en la maleta y giró la llave con un clic seco. El secreto, por el momento, seguía bajo su custodia.

—Me preocupaba cómo estabas —dijo Edwin al entrar—. Son más de las diez y no has bajado a probar bocado. ¿Te encuentras bien?

—Me quedé trabajando un rato, pero no te inquietes; la doncella me trajo algo ligero —respondió ella, tratando de sonar casual mientras sus ojos se desviaban hacia la maleta.

Edwin siguió su mirada y una sonrisa cínica asomó a sus labios.

—Veo que tu maleta sigue ahí. Por lo visto, su contenido es la pieza clave para la reunión con Jordana, ¿no es así? Sigues sin confiar en mí, ocultándome tus planes, pero ayer, en cuanto las damas se retiraron a sus alcobas, Arthur dejó caer algunos detalles al respecto.

Helen se tensó, sintiéndose acorralada por la indiscreción de Arthur.

—Si tan informado estás, no tenemos nada más que discutir —sentenció ella, señalando la salida con firmeza—. Ahí está la puerta. Por favor, vete.

—No seas tan dura, cariño —murmuró él, ignorando el gesto—. Debo admitir que, cuando te pones así de misteriosa, me resultas fascinante. He venido con un propósito y no pienso marcharme sin lograrlo.

Sin darle tiempo a replicar, la rodeó con sus brazos, atrayéndola con una fuerza que desarmó su resistencia. Hundió el rostro en su cuello y le susurró al oído con voz ronca: «Te amo, mi vida». Con una suavidad que contrastaba con su determinación previa, la depositó sobre la cama.

Bajo la cascada de besos y caricias, Helen sintió que el suelo desaparecía; se dejó llevar, flotando en un espacio donde solo existía el calor de sus cuerpos encendidos por el deseo. La pasión hervía entre ellos, ajena a conspiraciones y maletas bajo llave. Pero, de repente... unos golpes secos en la puerta rompieron el hechizo.

Sofocada y con el pulso acelerado, Helen se incorporó de un salto. Se atusó el cabello con dedos temblorosos y alisó su vestido mientras Edwin, tratando de recuperar el aliento, se apoyaba en la ventana fingiendo indiferencia.

—¿Querida? ¿Estás bien? —insistió la voz al otro lado—. Soy Dorothy, ¿puedo entrar?

—Pasa, Dorothy. Solo estaba ultimando unos asuntos —respondió Helen, tratando de recuperar la voz.

—¡Oh, perdón! No quería interrumpir —dijo Dorothy al entrar, barriendo la habitación con una mirada experta—. Como no bajabas, temí que te encontraras mal, aunque ya veo que es todo lo contrario: estás muy bien acompañada.

Edwin intervino con rapidez, tratando de disimular la agitación:

—Precisamente pensé lo mismo y subí a buscarla. Ya está bien de tanto trabajo; bajamos ahora mismo.

—Es una excelente idea —replicó Dorothy con una sonrisa pícara—, pero antes límpiese el carmín de la cara, Woodhall.

Helen, ignorando el comentario pero sintiendo el ardor en las mejillas, tomó su maleta y los tres abandonaron la estancia. Mientras bajaban la escalinata, Dorothy no pudo contenerse:

—Siempre te he considerado una joven de gusto exquisito, querida, pero esa maleta no combina en absoluto con tu traje.

—No es una cuestión de elegancia —zanjó Helen con frialdad.

—¡Qué desconfianza! —rio Dorothy—. ¿Acaso piensas que vamos a robártela? Esas intrigas no me interesan lo más mínimo. Por cierto, Leonard está con Arthur en el despacho, por si es a él a quien debes entregársela.

Helen no se dignó a responder. Al llegar a la terraza, se sentó con Edwin y colocó la maleta entre ambos, como un muro infranqueable. Dorothy, viendo una oportunidad para ganar puntos con su marido, se acercó a Stanley y le susurró al oído:

—Querido, están en la terraza vigilando esa maleta como si fuera oro. Me huele a gato encerrado.

Sin mediar palabra, Stanley se puso en pie y se encaminó hacia ellos. Se sentó frente a la pareja con aire distraído, aunque sus ojos no se desviaban del maletín.

—¡Hace un día espléndido! —exclamó Stanley con falsa jovialidad—. Hay que aprovecharlo; en Londres rara vez disfrutamos de una luz así.

—Es un día estupendo, Stanley —coincidió Helen—. Por cierto, ¿has visto a mi padre?

—Está en el despacho, pero no hace falta que te molestes en ir —dijo él, inclinándose hacia adelante mientras extendía la mano—. Si quieres, yo mismo puedo llevarle la maleta.

—Gracias, Stanley —respondió ella, retirando el objeto de su alcance justo a tiempo—. Veo que la reconoces, pero esta es la mía, no la de mi padre. Mandé fabricar una idéntica.

Stanley entrecerró los ojos, abandonando el simulacro.

—Tienes el manuscrito ahí dentro, ¿verdad?

—Stanley —intervino Dorothy, apareciendo tras él—, parece que todos compartimos la misma curiosidad, pero nuestra amiga no suelta prenda. Tendremos que esperar a que el misterio decida revelarse por sí solo.

En ese instante, la entrada de Ernest interrumpió el interrogatorio para anunciar que el almuerzo estaba servido. Los invitados pasaron al comedor, donde Helen, con una determinación que no admitía réplicas, colocó la maleta en el suelo, pegada al lado derecho de su silla.

Emily, extrañada por tan poco refinamiento, hizo una señal al mayordomo:

—Ernest, ponga ese maletín a buen recaudo para que no estorbe a miss Spencer.

—Se lo agradezco, duquesa —intervino Helen con una sonrisa gélida—, pero prefiero tenerla a mano.

Lord Leonard intercambió una mirada significativa con su hija. El aire en el comedor se volvió denso, cargado de secretos que nadie se atrevía a verbalizar. Poco después, el mayordomo regresó para dirigirse a William con una solemnidad inusual. Este, tras disculparse con brevedad, abandonó la estancia. Regresó minutos más tarde, visiblemente sofocado, para susurrarle algo a Arthur, quien también se puso en pie y salió tras él.

Los invitados permanecían en un silencio expectante, las idas y venidas habían despertado una curiosidad voraz. «¿Qué demonios está ocurriendo?», parecía leerse en cada rostro.

Mientras cruzaban el pasillo, William le informó a Arthur en voz baja:

—Tienes una llamada urgente en mi despacho. Es el vicepresidente Jordana.

Arthur se encerró tras las puertas dobles mientras William regresaba a la mesa bajo el escrutinio de todos. Sin mediar palabra, retomó sus viandas con una parsimonia que solo lograba crispar más los nervios de los presentes.

Finalmente, Arthur reapareció con la noticia que todos temían o esperaban:

—Jordana ya está en Arun. Llegará en cualquier momento —se volvió hacia Helen con ojos inquisitivos—. ¿Lo tienes todo listo?

—Sí, señor. Todo está preparado —respondió ella, rozando el cierre de la maleta con los dedos.

—Lamento estropearles el almuerzo, señoras —se disculpó Arthur con una inclinación de cabeza—. El vicepresidente ha adelantado su llegada y debemos ausentarnos por un tiempo. Con tu permiso, William, ¿podemos disponer del salón de baile para la reunión?

A Emily no le agradaba el cariz que tomaban los acontecimientos; detestaba las prisas y le irritaba no haber tenido tiempo de organizar un agasajo a la altura de un dignatario extranjero. Sin embargo, el protocolo ya carecía de importancia: el apetito se había esfumado. Los invitados abandonaron los manjares a medio probar y regresaron al gran salón, impacientes por ver al distinguido militar.

Mary se deslizó hacia Helen, con los ojos encendidos de curiosidad.

—¿Cómo de interesante será esta reunión? —susurró—. Jamás he estado en una; es la primera vez que se respira este ambiente en el castillo.

Arthur, que aparecía tras ella, la tomó por la cintura con un gesto que pretendía ser cariñoso pero que escondía una advertencia. La condujo a un rincón apartado.

—¿Qué pretendes exactamente, Mary? —le preguntó en voz baja.

—Yo, nada. Solo quiero estar informada para saber a qué atenerme. ¿Vas a dejarnos fuera?

—¿Desde cuándo mi esposa asiste a las reuniones de estado? —replicó él, tajante.

—En ninguna, pero esto es distinto. Todas sabemos ya de qué se trata —desafió ella.

—¡No sabes nada, Mary! —Arthur zanjó la discusión con una mirada gélida—. Lo que debes hacer es subir y preparar tu maleta; nos iremos en cuanto termine la sesión. En esa reunión solo estaremos los que debemos estar.

El estrépito de dos Rolls-Royce negros sobre la grava anunció la llegada. El General Jordana descendió del primer vehículo y, con la rigidez propia de su rango, realizó un saludo militar nada más pisar suelo inglés. Arthur fue el primero en estrecharle la mano y, mientras ascendían las escaleras de mármol, realizó las presentaciones de rigor ante el anfitrión, el duque de Norfolk. Jordana agradeció la hospitalidad con cortesía sobria, advirtiendo de que su estancia sería breve.

Tras los saludos diplomáticos, la mirada de acero de Jordana se suavizó al cruzarse con la de la señorita Spencer. Se acercó a ella con una deferencia que dejó mudo al salón y le besó la mano.

—Es un placer volver a verla, señorita Spencer.

—Sea bienvenido a mi país, General —respondió Helen con una entereza que asombró a los presentes—. Aunque su visita sea corta, es un honor tenerle entre nosotros.

—Tengo que agradecerle personalmente lo que hizo por la hija de mi amigo —dijo Jordana, bajando ligeramente el tono pero sin perder la autoridad—, y por nuestro país.

—Ya le aseguré en una ocasión, señor, que haría todo lo que estuviera en mi mano para ayudarlos —replicó ella con una leve inclinación—. Y eso fue, sencillamente, lo que sucedió.

—Espero que esté presente en nuestra reunión, señorita Spencer —añadió Jordana con una inclinación.

—Lo estaré. Tengo algo que le pertenece y mi deseo es entregárselo personalmente tras las negociaciones.

—Me complace escucharlo —sonrió el general, aunque sus ojos permanecieron alerta—. No obstante, mi experiencia me dicta que cualquier acuerdo con usted será, cuanto menos, un desafío.

Tras un último y firme apretón de manos, Jordana, escoltado por Arthur, entró en el salón de baile. La estancia había sido transformada: una mesa imponente presidía el centro con diez sillas dispuestas con precisión matemática. Arthur ocupó la cabecera, frente a Jordana. A su derecha se situaron Edwin, Ged, Helen, Lord Leonard, Margaret, Walter, Clement y Stanley.

Fuera, en el pasillo, la atmósfera era radicalmente distinta. Dorothy, herida en su orgullo al verse excluida, no ocultaba su resentimiento.

—No entiendo cómo lo has permitido, William —siseó Dorothy—. En tu propia casa y ni siquiera puedes presidir la reunión. Ese desconsiderado de Jordana apenas nos dedicó un saludo; nos trató como si la Spencer fuera la verdadera anfitriona y nosotras... meros adornos en la pared. —Paseó la mirada por la estancia con desdén—. Por cierto, ¿dónde se ha metido Mary? Tengo un par de verdades que contarle sobre su marido.

—Están haciendo las maletas —intervino Sharon con una calma gélida que cortó el aire—. Se marcharán en cuanto la reunión llegue a su fin.

—¡Pues que se larguen! —estalló Dorothy, perdiendo los estribos—. ¡No nos hacen ninguna falta!

—Nosotros también nos iremos, Dorothy —sentenció William. Su voz sonó con una frialdad tan absoluta que ella se quedó muda, con la palabra a medio pronunciar—. Tenemos asuntos pendientes en la ciudad que no pueden esperar.

—¡Pero William! —exclamó Emily, rompiendo por fin su silencio—. Habías prometido que nos quedaríamos una semana entera.

—Es cierto, Emily, pero eso fue antes de saber cuánto se dilataría este asunto. Mi deber con el país termina aquí; pedí mantenerme al margen de las negociaciones y pienso cumplirlo. Espero que lo entiendas, Dorothy, y si no, me es indiferente. En cuanto a ti, Emily... no te sientas herida por no ser el centro de atención del General. Al fin y al cabo, no has hecho nada para merecerlo, querida.

Mientras tanto, tras las puertas cerradas del salón de baile, el Primer Ministro Chamberlain tomó la palabra con gravedad:

—Señores, nos hemos reunido para zanjar definitivamente el asunto del manuscrito. ¿Lo ha traído consigo, señorita Spencer?

Helen mantuvo la mirada fija en el primer ministro, con la mano apoyada firmemente sobre su maleta.

—Dejaré esa respuesta en el aire por el momento, señor —respondió con voz gélida—. Antes de abrir esta maleta, exijo que el vicepresidente Jordana garantice una salida honorable para el señor Robles.

Jordana asintió lentamente, reconociendo la jugada.

—Mi gobierno ya ha tomado las medidas pertinentes en ese ámbito, señorita Spencer. Lo único que resta para sellar el pacto es que usted me entregue el manuscrito y el resto de los documentos de mi correspondencia personal.

—¿Acaso el Premier no se puso en contacto con usted para asegurar que este encuentro fuera fructífero? —comenzó Helen, midiendo cada palabra—. Dada la gravedad de los hechos y el incalculable servicio que el señor Robles ha prestado a ambas naciones al alertarnos sobre la existencia de los "murciélagos", desarticulando así el poder que pretendían ejercer sobre su propio gobierno... comprenda, General Jordana, que sin esa información su país estaría en un aprieto mucho mayor para resurgir de sus cenizas. Por ello, mi propuesta es firme: debemos sellar un acuerdo sobre esta persona antes de que usted reciba lo que ha venido a buscar.

—¡Diga de una vez de qué se trata! —estalló Stanley, incapaz de contenerse.

El Primer Ministro le dirigió una mirada cargada de advertencia, exigiéndole silencio con el gesto. Helen, ignorando la interrupción, prosiguió con una calma que helaba la sangre:

—Antes de nada, vicepresidente Jordana, permítame zanjar otro asunto. Para ello, requeriré la asistencia del señor Walter Gallichan, quien les hará entrega de un documento que todos los presentes deberán comprometerse a firmar y cumplir rigurosamente.

Walter se puso en pie con solemnidad. Se acercó a Helen, extrajo una carpeta de la maleta —la misma que ella había custodiado con tanto celo— y se la entregó a su padre. Lord Leonard la abrió y repartió los ejemplares entre los asistentes.

—Como pueden leer en las copias que tienen ante ustedes —explicó Helen mientras el sonido del papel llenaba el silencio de la sala—, el primer punto es un pacto de silencio absoluto. Se comprometen, bajo ninguna circunstancia, a revelar los hechos ocurridos tanto en suelo británico como en la España Nacional del General Jordana. Oficialmente, este asunto jamás sucedió.

Hizo una pausa deliberada para observar las reacciones antes de lanzar la estocada final:

—En segundo lugar, se comprometen a otorgar al señor Gil Robles una reparación pública de su honor y su inmediata repatriación. Deberá permitírsele participar activamente en la política del nuevo régimen; sé que su deseo es apoyarlos. Es la oportunidad perfecta para que su gobierno desmienta, mediante esta iniciativa, los viles comentarios que siempre lo han acusado. Él ya ha demostrado, con su ayuda, que la prosperidad de su patria es su única prioridad.

—¡Eso es absolutamente imposible! —exclamó Jordana, golpeando la mesa con indignación.

Sin embargo, Helen no retrocedió ni un ápice. Sostuvo la mirada del general con una entereza inquebrantable, esperando a que el peso de la realidad doblegara su intransigencia.

—Tras la entrega del manuscrito, General Jordana —continuó Helen con una serenidad implacable—, exigimos que firme este segundo documento. En él, sea cual sea el desenlace del Pacto de Múnich, el Gobierno del General Franco se compromete a dar largas a Adolf Hitler. No suscribirán ningún pacto con Alemania que permita el uso del territorio español en la guerra mundial que ya se vislumbra en el horizonte.

Hizo una breve pausa, dejando que el peso de sus palabras llenara el salón.

—Comprendemos que el pueblo español intenta recuperarse precariamente de su propia contienda. Sabemos que, para el Caudillo, la reconstrucción y la unidad son prioridades que están por encima de cualquier cooperación militar con el Führer. Nuestro país solo busca asegurar, mediante este tratado, la no intervención de España en el conflicto que estallará muy pronto.

—¡Atiza, qué jugada! —exclamó Walter por lo bajo—. ¡Esto es un auténtico bombazo!

—¿No estará pensando en publicarlo, verdad? —intervino Margaret, con un tono cargado de sospecha.

Helen no permitió que Walter respondiera; cortó la réplica antes de que naciera:

—No podrá hacerlo. Walter firmará, junto con todos ustedes, el compromiso de Estado de mantener este asunto bajo estricto secreto y de neutralizar ante la prensa cualquier rumor subversivo. Estoy segura de que está plenamente de acuerdo en apoyarnos.

Walter tomó el documento y le dedicó una sonrisa cargada de ironía a Margaret, quien apenas podía disimular su animadversión. Firmó con trazo firme. Margaret aún no sospechaba que su propia vida acababa de dar un giro de ciento ochenta grados; pronto su nombre aparecería en los informes, pero no en las páginas de sociedad, sino en los archivos de Scotland Yard.

El General Jordana guardó silencio unos instantes antes de hablar con calculada lentitud:

—Comprenderá, señorita Spencer, que yo puedo comprometerme aquí y ahora, pero mi superior es otra cuestión. No tengo autoridad para garantizar que el Generalísimo acate cada punto de lo que aquí tratamos.

—Lo sé —asintió Helen—. Pero tiene tiempo suficiente para consultar con él y transmitir una decisión urgente a nuestro Primer Ministro.

—¿Y qué hay del manuscrito? —preguntó Jordana, yendo al grano—. ¿Me lo entregan ahora?

—Una vez firmado su compromiso, recibirá su correspondencia personal —sentenció ella—. Pero el manuscrito permanecerá bajo custodia hasta que el Generalísimo ratifique su apoyo. Nos bastará con su palabra de honor; sabemos que para él eso vale más que cualquier papel firmado. Además, no creo que le resulte difícil: sabemos que no desea encadenarse a Hitler. Es un militar astuto y sabe elegir sus batallas. Así pues, cumpla con su parte y reúnase en secreto para formalizar el acuerdo. Ese es su trabajo. Cuando lo haga, yo misma entregaré el manuscrito al Primer Ministro para que se lo haga llegar.

Jordana la observó con una mezcla de respeto y resignación.

—Considero que el trato es justo —declaró finalmente—. No dudo en firmar este compromiso.

Extrajo su pluma y, con un gesto solemne, estampó su firma en el documento. La suerte estaba echada.

—La primera fase del acuerdo queda validada con las rúbricas de todos los presentes —anunció Arthur, rompiendo el silencio tras la firma—. Ahora, solo resta la entrega de la correspondencia al General.

Lord Leonard extrajo con parsimonia las valiosas cartas de su maleta. Eran papeles que ardían, capaces de hundir reputaciones o salvar naciones. Se las tendió a Jordana, quien, en un intercambio casi ritual, le entregó a cambio el documento firmado. El militar español se puso en pie, dedicó un saludo marcial al salón y, sin añadir una sola palabra, abandonó la estancia con paso firme.

—Mis felicitaciones a todos por su rigor; no esperaba menos de esta mesa —declaró Arthur con una cordialidad que no ocultaba su cansancio—. Una etapa más completada. Confiemos en que la resolución final sea igual de satisfactoria y que Franco se una a nosotros en la construcción de esa «paz de nuestro tiempo» que tanto anhelamos.

—Confiemos en ello —replicó Clement Attlee, el líder laborista, con una nota de escepticismo en la voz—. Pero no olvidemos el paso que dimos en septiembre en Múnich para atar las manos de Hitler. Fue su política de pacificación, Arthur, y todos le brindamos nuestro apoyo entonces... bajo la premisa de que funcionaría.

—Clement tiene razón, el Gobierno de Chamberlain cuenta con nuestro respaldo frente a Alemania —intervino Margaret, exministra laborista—, pero debemos ser realistas sobre su capacidad para liderar si entráramos en guerra. No conviene confiar demasiado en las serpientes: son escurridizas y su mordedura es mortal. El hecho de que ese grupo de espías operara en nuestro propio suelo debería mantenernos en alerta máxima. Sus intenciones de exponer nuestras debilidades confirman que Alemania no es un aliado, sino una amenaza latente.

—La señorita Margaret tiene un juicio agudo, caballeros —apostilló Stanley—. Nunca hay que subestimar el alcance del nuevo Reich.

—Bien, señores —Arthur cortó el debate con elegancia—. Discutir de política es nuestra razón de ser, y siempre es un placer escuchar la perspicacia de las damas, pero si me disculpan, mi obligación con el país me reclama. El trabajo no ha hecho más que empezar.

Dicho esto, Arthur Chamberlain salió del salón de baile. En el patio, Mary ya lo esperaba en el coche, impaciente por abandonar el castillo. Minutos después, el Rolls-Royce emprendía el camino hacia el número 10 de Downing Street.

En la sala de baile, Lord Leonard terminó de exhalar el humo de su habano. Con una sonrisa de orgullo que rara vez mostraba en público, se acercó a su hija:

—Enhorabuena, querida —murmuró Lord Leonard, con una satisfacción contenida—. Todo ha salido según lo planeado; con algún contratiempo, es cierto, pero hemos sabido sortearlos sobre la marcha. Me has hecho sentir muy orgulloso.

—Tuve al mejor de los maestros, padre —respondió Helen con una sonrisa cómplice—, y aún sigo aprendiendo.

Lord Leonard disimuló su emoción ajustándose con parsimonia su sombrero Panamá Montecristi y recolocando su pajarita de lunares. Stanley, observando la escena, intervino con tono de aprobación:

—Coincido contigo, Leonard. Recuerdo bien tu impecable servicio cuando yo era Primer Ministro; siempre fuiste un hombre de planes sólidos. Fuiste de los pocos que jamás me dio un dolor de cabeza, y Chamberlain debería tenerlo en cuenta para recompensarte con un nuevo cargo de relevancia.

—Secundo la moción de mi colega —añadió Clement Attlee—. ¿Y tú, Margaret? ¿Cuál es tu postura?

—Estoy conforme con lo que acordamos ayer —sentenció Margaret con brevedad—. Lord Leonard debe recuperar su puesto en el Almirantazgo.

—Me siento profundamente honrado por sus palabras, caballeros —respondió Leonard, con una humildad que escondía una voluntad de hierro—, pero temo no ser merecedor de tal distinción.

—Por favor, Leonard, acepte el mando —insistió Stanley—. Conozco su valía y sabe cuánto aprecio su visión política; sería un activo incalculable para el país en estos tiempos. Por mi parte, me aseguraré de que la prensa lo trate con los honores que merece.

Lord Leonard guardó un silencio cargado de significado antes de declinar la oferta con firmeza:

—Les agradezco sinceramente su apoyo, pero debo rechazar el puesto. Mi postura política es, como bien saben, diametralmente opuesta a la de Chamberlain. Aunque le he prestado mi ayuda en este asunto de los "Murciélagos", mis convicciones no han cambiado: sigo luchando para que Gran Bretaña despierte, se rearme y modernice su ejército antes de que sea tarde. Abogo por un Gabinete de Guerra franco-británico, una unión indivisible con nuestros aliados estadounidenses, tal como Lord Halifax ya sugirió hace tiempo.

Su mirada se volvió sombría al mirar hacia el horizonte:

—Debemos estar preparados. Nuestros servicios de inteligencia no mienten: la sed de superioridad militar de Alemania es insaciable. No podemos pretender purificar el mundo con simples conjuros; las palabras son tristes e inútiles ante lo inevitable. ¿Cómo vamos a superar las infamias de un gobernante que ha perdido la razón? La imaginación de los tiranos para el mal es inagotable; cuando creemos que han agotado sus inventos, nos sorprenden con una nueva forma de maldad y estupidez, amparada en el delirio de una raza superior.

—Nos encontramos a merced del mal y la estupidez —continuó Lord Leonard, con una voz que parecía cargar con el peso del siglo—. Estamos indefensos ante una voluntad de perdición que se regocija en su propia absurdidad. La barbarie de la Gran Guerra no fue el límite del crimen; Hitler no es el fin de lo que el ser humano puede inventar en términos de traición. El absurdo tiene recursos más profundos que este demente. Por eso debemos prepararnos y presentar batalla con todas las fuerzas democráticas. Si la prensa británica desea brindarme su apoyo, que lo haga; lo necesitarán para lo que está por venir. Y ahora, si me disculpan, deseo regresar a mi hogar con mi hija.

Edwin, que había permanecido en un segundo plano observando la jugada, dio un paso al frente:

—Si me lo permite, Lord Leonard, me gustaría llevaros de regreso. ¿Nos acompañas, Walter?

—No —respondió el periodista, cruzándose de brazos—, me iré con Ashley.

—Lo lamento —intervino Leonard con cortesía cortante—, pero Sharon vuelve con nosotros y no queda ni un asiento libre en el auto.

Ged, captando la tensión, puso una mano en el hombro del joven:

—¡Venga conmigo, muchacho! Aprovecharemos el trayecto para hablar de su ingreso en Scotland Yard.

—De acuerdo, señor —asintió Walter, aunque lanzó una última mirada a Helen—. Pero me pasaré por vuestra casa más tarde.

—Parece que la agradable estancia en el castillo llega a su fin. Nosotros también nos marchamos —comentó Clement, rompiendo el hechizo de la sala.

Margaret sintió entonces una punzada de inquietud, ese frío en la nuca que precede a la tragedia. No toleraba a Walter; la idea de tener a ese periodista husmeando en Scotland Yard le resultaba insoportable. Si ya era un hueso duro de roer desde las páginas del periódico, dentro del departamento les haría la vida imposible. Había firmado el documento de confidencialidad para salvar la situación, pero no pensaba quedarse de brazos cruzados: tendría que discutir el futuro de ese periodista con Arthur muy seriamente.

Stanley estrechó la mano de sus amigos y abandonó el salón de baile con paso rápido. Ged Shaw, mientras tanto, observaba a la pareja con una mezcla de ironía y satisfacción; le bastaba ver cuánto detestaban a Walter para que el muchacho le cayera en gracia. Tenía cualidades innegables: no se andaba con rodeos y sus entrevistas en el periódico eran brillantes. Nada impediría que Walter se convirtiera en uno de sus hombres de confianza. Tras los agradecimientos de rigor a los duques por su hospitalidad, los Spencer emprendieron, por fin, el camino de regreso a Londres.

En la residencia de Lord Leonard, la atmósfera era de una consternación absoluta. Agatha llevaba días consumiéndose, esperando que alguien tuviera la decencia de enviarle noticias de su señor. Se sentía olvidada; incluso los periódicos que escudriñaba a diario guardaban un silencio sepulcral sobre el paradero de Leonard y Sharon. Retorcía su delantal entre las manos, incapaz de estarse quieta. Peel, que la observaba con preocupación, intentó infundirle algo de calma:

—Agatha, no te angusties porque no veas nada en la prensa. El señor Gallichan sabe lo que hace; evitará cualquier filtración para que los secuestradores bajen la guardia.

—Eso no justifica que la señorita no haya hecho una sola llamada para tranquilizarnos —replicó Agatha, al borde de las lágrimas—. Sabe bien cuánto sufro por ellos. Estoy hecha un manojo de nervios, siento que todo se me escapa de las manos y llevo noches sin pegar ojo. No ha tenido la menor consideración con su pobre nanny.

—¡Tiene razón, Peel! —intervino Betty—. Qué menos que un recado para confirmar que están a salvo.

—Agatha, entiende que esto ha sido un secuestro, no un viaje de placer —insistió Remedios con firmeza—. Recuerda que cuando fue a España nos llamó en cuanto pisó tierra firme, a pesar de lo inestable que estaba el país. Ahora mismo, Sharon estará haciendo lo imposible por rescatar a su padre. Escúchame: vete a tu habitación y descansa. No querrás que, cuando regresen, lo primero que vean sean esas ojeras. Tengo el presentimiento de que mañana, cuando despiertes, todos estarán aquí. Y ya sabes que, cuando a esta española se le mete algo en la cabeza, rara vez se equivoca.

—Haz caso a Remedios —murmuró Brilliz, envolviendo los hombros de Agatha con una caricia protectora mientras la guiaba hacia su alcoba. De su delantal extrajo una cajita metálica y seleccionó un pequeño comprimido—. Prometemos avisarte al menor indicio, pero ahora tu cuerpo necesita tregua. Toma esto; te dará el descanso que tus nervios te niegan. No podemos perderte, Agatha; eres el corazón de esta casa. Por favor, hazlo por nosotros.

La mujer, conmovida por la ternura de la joven, obedeció y tragó la pastilla con un sorbo de agua. Brilliz la arropó con la manta, apagó la luz y regresó a la cocina con el resto del servicio.

—¿Cómo la has dejado? ¿Está más tranquila? —preguntó Peel en cuanto la vio aparecer.

—Pobrecilla, está sufriendo lo indecible —suspiró Brilliz—, pero con el sedante al menos logrará descansar unas horas.

—Quién pudiera... —murmuró Betty, mirándose las manos—. A todos nos vendría bien uno. Con este manojo de nervios ya casi no me quedan uñas; si no hay noticias pronto, tendré que empezar con los dedos.

—¡Qué exagerada eres! Muerde una fruta, que te alimentará mejor —sentenció Remedios, encajándole una manzana en la mano.

—¡Ay, Remedios! ¡Tú con la comida lo remedias todo! —exclamó Peel con una carcajada.

—¿Y qué se va a hacer, si no? Para estar sano hay que comer, aunque a veces el cuerpo se empeñe en guardar esas libras de más.

Las ocurrencias de Remedios lograban arrancar risas incluso en los momentos más oscuros, especialmente cuando se arrancaba a hablar en su lengua materna; nadie la entendía, pero su gracia natural era contagiosa.

Mientras tanto, en el coche de Edwin, el ambiente era de triunfo. Todos comentaban con entusiasmo el éxito de la operación contra los "murciélagos", excepto Sharon. Ella permanecía absorta, con la mirada perdida en el paisaje nocturno que desfilaba tras el cristal. Lord Leonard, notando su silencio, le preguntó con interés:

—¿Te inquieta algo, Sharon?

—No dejo de pensar en Agatha —confesó ella con un hilo de voz—. Estará fuera de sí, un manojo de nervios. Todavía recuerdo la angustia en su rostro aquella tarde que se nos ocurrió escaparnos de casa... Se puso frenética.

—Aquel día ella no fue la única que sufrió —admitió Lord Leonard, y un deje de amargura empañó su voz—. Fue un golpe demoledor; por un instante, la certeza de que jamás volvería a veros me heló la sangre. Fue una chiquillada, sí, pero nos dejó una cicatriz a todos. —Hizo una pausa, bajando la mirada—. Admito mi torpeza al no llamarla; sé que para ella estos días han sido siglos. Pero… en cuanto os vea cruzar el umbral, la alegría barrerá cualquier reproche. Aún la recuerdo cuando la policía os trajo de vuelta: os cubrió de besos sin que un solo reproche escapara de sus labios. Su amor siempre ha sido más grande que nuestros errores.

—Admito que fue una chiquillada —intervino Edwin, dibujando una sonrisa de soslayo—, pero la Agatha de hoy dista mucho de aquella mujer en la flor de su vida. Aquella «escapadita juvenil» dejó en ella un poso mucho más amargo de lo que parecéis recordar. El tiempo no pasa en balde, ni siquiera para su paciencia.

—¿Y tú qué sabrás de eso? —lo retó Sharon, arqueando una ceja.

—Salió a relucir en la Agencia mientras reunía a mis hombres para enviarlos a Wiltshire. Un agente llamado Peter, ahora detective, recordó que le resultaba curioso volver a servir a los Spencer después de tanto tiempo. Contó que, hace años, transportó a unas muchachas que se habían fugado de casa... y, casualmente, una de ellas era Helen Spencer. También admitió que, gracias a la matrícula que tú le diste, pudieron arrestar a unos ladrones aquella misma noche.

Sharon guardó silencio un instante, con la mirada perdida en las luces de la carretera.

—Fue una aventura —susurró Helen, con la mirada pérdida en el paisaje que desfilaba tras la ventanilla—. Una forma desesperada de huir de una realidad que me asfixiaba. Acababa de enterrar a mi madre y me negaba a aceptar el vacío de su ausencia. Disfrutamos esa noche con la temeridad de quien no tiene nada que perder, pero aquel encuentro con los criminales me devolvió al suelo de un golpe seco. Fue entonces cuando me prometí luchar siempre contra la injusticia. —De pronto, se volvió hacia el conductor con el rostro contraído—: ¿Puedes acelerar, John? ¡Por favor, tenemos que llegar ya!

—¡A sus órdenes! —respondió John, mientras el motor rugía en respuesta—. Sacaré chispas del asfalto si hace falta.

Lord Leonard, sintiendo que el peso de la angustia por fin se disipaba, habló con una gravedad cargada de afecto:

—Quisiera celebrar que estamos todos a salvo antes de que la burocracia de la central os absorba de nuevo. —Buscó el hombro de Edwin en el asiento delantero y lo apretó con firmeza—. Eres un hombre de honor, Edwin. No podría desear un yerno mejor para mi hija.

—¡Pero papá! —exclamó Helen, entre la indignación y la risa—. Tendré que decidirlo yo primero, ¿no crees?

—Hija, ¿dónde voy a encontrar a un hombre de tanta confianza y que me agrade tanto como él? Siempre he admirado su determinación; sinceramente, creo que es el hombre que necesitas a tu lado.

Edwin se volvió hacia atrás, con los ojos brillando de gratitud.

—Gracias por su confianza, señor. Le prometo que cuidaré de ella siempre.

—Hijo, no quiero promesas, quiero hechos —sentenció Leonard con una sonrisa cómplice.

—¡Esto es inaudito! —bufó Helen, buscando el apoyo de su amiga—. ¿Los oyes, Sharon? Lo arreglan todo entre ellos y nosotras simplemente debemos obedecer.

—Reconozco, querida, que tú tienes la última palabra —añadió Leonard, guiñándole un ojo a Edwin—, pero ya sabes que tienes mi bendición.

—Me vais a poner celoso —interrumpió John desde el volante, fingiendo un tono lastimero.

—¿De qué te quejas tú, John? —rio Edwin—. ¡Si ya tienes pareja formal!

—La tenía, Edwin, pero me dejó —confesó John, y un rastro de amargura empañó su voz—. Decía que el trabajo me absorbía por completo. Me echó en cara, con un desprecio que aún me escuece, que malgastaba el dinero en que mi abuela viviera «a todo lujo». Según ella, ese dinero debía ser suyo; decía que si lo gastaba en ella, podríamos pasar más tiempo de calidad. No entendía que hay lealtades que no tienen precio.

—Hiciste lo correcto, John; esa mujer no te convenía —sentenció Edwin con severidad—. Quien es incapaz de respetar el amor por una abuela no merece un sitio en tu vida. Y menos tratándose de Leonor, con lo encantadora que es y la mano que siempre nos ha tendido esa mujer. Alguien que no valora a una anciana tan adorable no tiene nada que ofrecerte.

—Deberías abrir el corazón a otro tipo de personas, John —sugirió Helen con una sonrisa cargada de intención—. Pienso, por ejemplo, en cierta dama encantadora que vive bajo mi techo. Ella no solo apreciaría tu entrega, sino que querría a tu abuela como si fuera la suya propia. Jamás te echaría nada en cara. —Hizo una pequeña pausa, suavizando la voz—. En lo personal, me dolería verla marchar, pero sé que se merece una felicidad que tú podrías darle.

—¿Te refieres a Remedios? —preguntó John, y su sorpresa casi le hace perder el pulso del volante.

—¿Y por qué no? —intervino Lord Leonard con autoridad—. Es una joven cultivada, de noble linaje español. Posee una elegancia y una simpatía naturales que la hacen destacar. Siempre he sentido que las paredes de la cocina se le quedan pequeñas; merece un destino más acorde a su cuna y a su valía. Sería una compañera excepcional para ti, John.

El coche frenó en seco frente a la escalinata de la mansión, levantando una nube de polvo. Al instante, los agentes de guardia dieron la señal y Peel apareció en el umbral, con el rostro iluminado por la urgencia del reencuentro. Betty, sin esperar a nadie, se escabulló hacia la cocina para dar la buena nueva, bajo la estricta orden de dejar que Agatha agotara su descanso. Al cruzar la antesala, se toparon con el servicio en pleno; una hilera de rostros expectantes y ojos de asombro que aguardaban, conteniendo el aliento, el relato de lo sucedido.

—¡Qué alegría tenerlos de vuelta! —exclamaron las doncellas al unísono—. ¿Se encuentra bien, señor? ¿Está bien la señorita Sharon?

—La tiene delante, Remedios —dijo Lord Leonard señalando a Helen—. Esta es la verdadera señorita Sharon.

—Disculpe, señor... ¿no estará bromeando? —balbuceó la española.

—Jamás bromearía con algo así. La Sharon que conocisteis era una impostora.

—¡Dios santo, Agatha metió al lobo en el redil! —exclamó Remedios en su lengua materna, llevándose las manos a la cara.

John la observó con una curiosidad renovada. Era cierto: era una mujer sumamente atractiva. ¿Cómo no se había fijado mejor la última vez que compartieron un trozo de pastel? No entendía ni una palabra de lo que decía, pero aquel fuego español le resultó fascinante.

—Ya me conocéis, que si no suelto lo que pienso me da un vuelco el corazón —continuó Remedios, gesticulando con viveza—. ¡Madre mía, cómo se va a poner Agatha cuando se entere! Pero no hubo otra: tuvimos que darle algo para dormir; los nervios se la estaban comiendo viva y ya no se sostenía.

—Habéis actuado con sensatez —le agradeció Helen, soltando un suspiro de alivio—. Es mejor que reciba la noticia al despertar, con la mente clara. ¡Betty, sube el equipaje ahora mismo! Y tú, Remedios... sé que es tarde, pero te agradecería una cena sencilla. El hambre empieza a pesar tanto como el cansancio.

—¡Ahora mismo, señorita! —respondió Remedios con diligencia—. ¿Qué le parece el consomé que preparó Agatha? ¡Le quedó realmente delicioso!

—¡Perfecto! Pero date prisa, antes de que desfallezca aquí mismo.

—¡Vamos, Brilliz, no te quedes ahí pasmada! —exclamó la española, arrastrando a la otra hacia los fogones.

Mientras las dos mujeres se afanaban en la cocina, Peel ayudaba a Betty a subir el equipaje. Entre rellano y rellano, las confidencias fluían en voz baja.

—¿Te fijaste, Peel? La verdadera Sharon es pelirroja—susurró Betty.

—Sí, y tiene una mirada dulce, transparente. Nada que ver con la otra, que nunca te sostenía la vista.

—Yo también lo noté. Era como si siempre escondiera algo tras los párpados. No sé qué habrá dicho Remedios en su idioma, pero estoy segura de que tiene razón.

Un timbrazo seco interrumpió la charla. Al abrir la puerta, el mayordomo no pudo ocultar su sorpresa al encontrarse de nuevo con Walter Gallichan.

—Disculpe, señor... ¿Es consciente de que estas no son horas de visita?

—Lo sé, Peel, pero me están esperando —respondió Walter con una confianza que no admitía réplicas.

—Siendo así, pase al salón con los demás.

Peel bajó de inmediato a la cocina, donde el vapor del consomé empañaba el ambiente.

—¿Está todo listo, Remedios?

—En unos minutos podrá servirse —respondió ella sin dejar de remover el cazo.

—¿Qué es lo que dijiste antes, en tu lengua? —quiso saber Brilliz—. Arriba nos hacíamos la misma pregunta.

Remedios se detuvo un segundo y los miró con gravedad.

—¿Lo de meter al lobo en el redil? Significa que hemos dejado entrar al enemigo en casa con nuestro propio permiso. Esa mujer nos engañó a todos, pero sobre todo a la pobre Agatha. No entiendo cómo pudo ocupar el lugar de la verdadera... y si la señorita lo sabía, ¿por qué no la desenmascaró antes?

Peel se cruzó de brazos, meditabundo.

—Lo que yo creo, por mi experiencia, es que todo esto ha sido un plan fríamente trazado entre Lord Leonard y Scotland Yard. ¿Habéis visto qué contentos llegaban? Parecían hombres que regresan de una cacería con la mejor pieza.

—¡Tienes razón! —exclamó Brilliz—. Por eso no salió nada en la prensa; todo estaba bajo control. Y por eso está aquí ese periodista, Gallichan. Él debió ser quien puso el candado a la noticia.

—Exacto —asintió Peel con una sombra de tristeza en los ojos—. Los pensamientos vuelan, así que voy a hablar con el señor para aclarar cuál es mi situación ahora que el asunto ha terminado. Quizás... quizás tenga que despedirme de vosotros.

—¡Pero eso no puede ser! —protestó Remedios, dejando la cuchara de madera—. ¿No pensará dejarnos ahora?

—Si tengo que marcharme, Remedios, quiero que sepáis que ha sido un honor conoceros. Os agradezco de corazón cómo me cuidasteis cuando me hirieron...

Peel bajó la vista al suelo y giró la cabeza con brusquedad. No quería que aquellas mujeres, que habían sido su familia en las sombras, vieran el nudo que se le formaba en la garganta al pensar que su trabajo allí había llegado a su fin.

—Agatha lo va a sentir mucho —añadió Betty con una punzada de nostalgia—. Se había acostumbrado a tenerlo cerca, a pesar de todas las trastadas que le hizo. ¿Recuerda cuando le echó sal en la leche o aquel laxante en la sopa?

—Será difícil olvidarlo, Betty —admitió Peel con una media sonrisa—, pero reconozco que mis apuros os regalaron buenos momentos. Todavía oigo las carcajadas de Remedios mientras yo corría al baño con aquellos retortijones. Ahora todo volverá a la normalidad: Agatha recuperará su mando como ama de llaves y yo... yo prometo venir a visitaros.

—¡No os pongáis trágicas! —interrumpió Remedios, tratando de espantar la tristeza—. El señor ha vuelto y él tendrá la última palabra sobre Peel. Ya está todo listo; avisad a los señores de que la cena está servida.

Peel asintió con gravedad. Sentía un respeto profundo por Lord Leonard, pero se sentía solo en sus deberes. Su mirada se desvió un instante hacia Brilliz; le dolía pensar que, si recibía la orden de marchar, perdería la cercanía de la joven. Decidió que, si esa era su última noche, cumpliría su papel con la mayor dignidad posible.

Entró en el salón y anunció solemnemente que la cena estaba a punto de servirse. Helen y los invitados pasaron al comedor, pero Lord Leonard se quedó rezagado, deteniendo a Peel con un gesto firme.

—Tenemos que hablar —sentenció Leonard.

—Lo comprendo, señor —respondió Peel, cuadrándose—. Sé que mi labor aquí ha terminado y que ya no soy necesario en esta casa.

—La labor del mayordomo ha terminado, sí —dijo Leonard, clavando su mirada en él—, pero no quiero que te vayas. Te necesito. Mi intención es tomarte a mi servicio como mi guardaespaldas personal. Sé que es un puesto arriesgado, Peel, pero ¿aceptarías dejar el servicio de Stanley Baldwin para formar parte de mi escolta?

A Peel se le iluminó el rostro.

—¡Aceptaría con el mayor de los gustos, señor! Será un honor servirle a usted y a esta casa. Sé que a su lado es donde está la acción y el futuro de nuestra nación.

—Entonces no se hable más. Te encargarás de mi seguridad y recibirás la capacitación necesaria. Hablaré con Edwin para formalizarlo, pero te quedarás aquí, en casa. Deja que Agatha recupere su puesto de ama de llaves. Ahora vete, ¡seguro que ardes por contárselo a los demás!

Peel salió del salón pletórico. No le importaba dejar la librea de mayordomo; lo que le importaba era que se quedaba en su hogar, con un rango que siempre había admirado. Al entrar en la cocina, su sonrisa de oreja a oreja lo precedió.

—¡No me voy! —exclamó, contagiando su entusiasmo al servicio—. ¡Escuchad bien! Me quedo como guardaespaldas personal de Lord Leonard. Y, por supuesto, seguiré arrimando el hombro en la casa siempre que mis nuevas obligaciones me lo permitan.

Brilliz fue la primera en lanzarse a sus brazos, emocionada por la noticia. Su rostro, antes ensombrecido por la tristeza, se encendió como una amapola bajo la mirada fija de Peel; la joven, de repente tímida, no sabía dónde esconder sus ojos dulces. Fue ese bullicio de alegría el que arrancó a Agatha de su letargo. Apareció en el umbral de su cuarto, parpadeando ante la luz y el alboroto.

—¿Se puede saber a qué viene tanto escándalo? —preguntó con la voz aún ronca por el sueño.

—¡Agatha! ¡Nos alegramos porque Peel se queda! —exclamó Brilliz con una sonrisa de felicidad—. ¡Ya no se marcha!

—¿Y quién demonios había dicho que se iba? —rezongó ella, todavía confundida.

—¡Yo mismo, Agatha! —intervino Peel con una sonrisa triunfal—. Pensé que, en cuanto terminara el secuestro, mi presencia aquí ya no tendría sentido, pero ha sido todo lo contrario.

Agatha se quedó petrificada. La palabra «secuestro» la golpeó como un rayo, despejando los restos de la pastilla de su mente.

—Pero... ¡entonces mi niña y el señor están aquí! ¿Por qué no me habéis despertado? ¿Dónde están? ¡Necesito verlos ahora mismo!

—¡Tranquilízate, mujer! —la frenó Peel—. Por fortuna, todo ha salido bien.

—¡Tengo que subir! —insistió ella, zafándose—. Necesito estrechar a mi pequeña entre mis brazos.

—Está bien, Agatha, pero júrame que mantendrás la calma. No queremos sobresaltos.

—¿Por qué habría de ponerme nerviosa? —Agatha lo escrutó con sospecha—. ¿Me estáis ocultando algo? ¿Acaso están heridos?

La incertidumbre le atenazó el pecho al notar el intercambio de miradas cómplices entre Peel y las doncellas. Sin esperar respuesta, se lanzó escaleras arriba con una agilidad asombrosa, sorteando su propia falda con cada peldaño. Peel la siguió de cerca, temiendo que el corazón le fallara antes de llegar.

Agatha irrumpió en el comedor con los brazos extendidos, dispuesta a envolver a su niña en un abrazo infinito, y la cubrió de besos con la misma vehemencia apasionada que solía mostrar Remedios. Helen se fundió en su pecho, dejándose querer, mientras Lord Leonard intentaba sosegarla asegurándole que todos estaban sanos y salvos.

Sin embargo, tras el primer arrebato, Agatha se separó un poco. Sus ojos recorrieron la mesa con confusión, buscando algo que no terminaba de encajar. Extendió la mano, tanteando el aire como si buscara a la Sharon que ella creía conocer, y con un hilo de voz cargado de duda, preguntó:

—¿Dónde está Sharon? —susurró Agatha con un hilo de voz quebrado por la angustia—. ¿No... no le habrán hecho daño?

—Tranquila, nanny. No temas, está a salvo —la calmó Lord Leonard, envolviendo sus manos temblorosas—. Mírala bien. Tienes a Sharon frente a ti. ¿Es que ya no la reconoces?

Agatha entornó los ojos, nublados por los años, perdiéndose en el destello cobrizo que bailaba ante ella.

—No pretendáis engañarme... —sentenció con una fragilidad teñida de autoridad—. Sé perfectamente que esta mujer no es la señorita Sharon.

Sharon se adelantó con paso leve y acunó el rostro surcado de arrugas entre sus manos, con una ternura infinita.

—¿De verdad habéis olvidado a vuestra pequeña «Zanahoria»? —le preguntó, esbozando una sonrisa melancólica—. Así solíais llamarme por el color de mi cabello, ¿lo recordáis ahora?

Agatha se llevó las manos a los labios, ahogando un gemido de incredulidad.

—¡Santo, santo! ¿Qué falta he cometido? —exclamó con la voz quebrada, aunque luchando por mantener el decoro—. ¡Vuestro cabello... es rojo como las brasas! ¿Cómo ha podido mi memoria traicionarme de forma tan implacable? Venid aquí, pequeña Sharon... Os suplico que perdonéis mi ceguera.

—Pero entonces, si vos sois Sharon... ¿quién es la criatura a la que hemos permitido cruzar este umbral?

—Se llamaba Klärchen —explicó Helen, uniéndose al abrazo—, y era el caballo de Troya de la banda que nos secuestró.

La revelación golpeó a Agatha con la fuerza de un mazo. Sus piernas flaquearon y, de no ser porque Edwin deslizó una silla tras ella justo a tiempo, se habría desplomado sobre la alfombra. Las disculpas empezaron a brotar de sus labios como un torrente, abrumada por haber cobijado al enemigo bajo el techo de sus señores.

—Querida Agatha, nadie habría podido preverlo —la consoló Helen, apretando sus manos—. Es más, fuiste nuestra mejor aliada sin siquiera proponértelo.

—¿No os estaréis burlando de esta pobre anciana, verdad? —inquirió Agatha, con los ojos empañados por la duda.

Edwin intervino entonces con una solemnidad tal, que un silencio sepulcral se adueñó de la estancia.

—Le aseguro que es la pura verdad. Scotland Yard le debe una gratitud inmensa por aquel telegrama; gracias a su sagacidad, pudimos dar caza a toda la organización que operaba en suelo británico. Habéis sido una heroína, Agatha.

—Mi querida nanny —añadió Sharon con una sonrisa pícara—, ahora que eres oficialmente una heroína de la nación, tal vez te apetezca prepararnos un pastel de piña para mañana.

—Haré lo que me pidas, «zanahoria» mía. ¡Qué tonta fui al olvidar esos ojos limpios y cariñosos! Qué alivio veros a todos bien... Hoy por fin dormiré a pierna suelta. Si os hubiera pasado algo por culpa de mi telegrama, no me lo habría perdonado en la vida.

—Estamos felices de verte así, Agatha —dijo Lord Leonard tras una breve pausa—, pero creo que aún te queda una sorpresa más que asimilar.

—¿Más sobresaltos para esta pobre anciana, señor?

—Nada desagradable, te lo aseguro —rio Helen—. Al contrario: puede que tu mayor ilusión esté a punto de hacerse realidad.

Agatha arqueó las cejas y su mirada experta voló hacia Edwin. Se acercó a él, escrutándolo con esa agudeza que solo dan los años de cuidar a los Spencer.

—¿Vas a sentar cabeza por fin, niña? ¿Acaso entre estos caballeros está el afortunado? —Miró a Edwin fijamente y sentenció—: Usted es detective y a Helen le gusta investigar por su cuenta... Me atrevo a decir que os entendéis a la perfección. ¿Me equivoco?

—¡Enhorabuena, Agatha! Tiene usted un instinto de detective envidiable —exclamó Lord Leonard con orgullo.

—Solo espero que, si de verdad la ama, no le permita correr más riesgos ni aventuras innecesarias —replicó la anciana. Se disculpó de inmediato por su exceso de confianza, recordándole con una sonrisa que por edad bien podría ser su madre o incluso su abuela.

Agatha no se detuvo ahí; clavó su mirada en la otra joven y sentenció que el periodista, Walter, era su verdadero enamorado. Él asintió con una imperturbabilidad caballeresca, confirmando el acierto de la nanny, quien no podía ocultar su regocijo.

—En vista de tantas buenas noticias —prosiguió Agatha—, supongo, Sharon, que tus padres estarán a punto de llegar de los Estados Unidos.

—Atracarán en Plymouth el día 19 a bordo del acorazado Rodney —apuntó Helen, calculando mentalmente—. Eso nos deja la madrugada del 14 o el 15 como punto de partida. Les he ofrecido nuestra casa en Deer Park, de modo que tienes apenas cinco días para que todo esté perfecto, Agatha. Sharon, por su parte, permanecerá aquí con nosotros. ¿Te parece bien?

—Por fin —suspiró Agatha—. Las cosas empiezan a encajar. Todo estará listo para cuando lleguen.

Antes de retirarse, la nanny se inclinó hacia John Veil y le susurró con una complicidad que rozaba lo travieso: «Te espero abajo; no te vayas sin despedirte». John se encogió de hombros, asaltado por la intriga de qué podría querer la mujer a esas horas. Agatha descendió las escaleras tarareando una melodía ligera, escoltada por el imperturbable Peel.

—¿Lo ves? No había nada que temer —le dijo Peel mientras entraban en la cocina—. El presentimiento de Remedios resultó ser tan real como el sol.

—¡Cierto! —afirmó Agatha, recuperando su brillo habitual—. ¿Te apetece una taza de té, Peel, o prefieres algo con más cuerpo? Tenemos una boda a la vista, y mi olfato me dice que no será la única, aunque de esa segunda aún no pondría la mano en el fuego.

—¡Me has convencido! Una copa nos vendrá bien a los dos —asintió él.

—Tengo un viejo brandy reservado para las ocasiones de verdad —murmuró Agatha—. Y creo que, después de lo que hemos pasado, nos lo hemos ganado con creces. Esperad un momento...

Se retiró a su alcoba con paso decidido. Allí, tras asegurarse de que nadie la observaba, extrajo una pequeña llave que guardaba al calor de su pecho y abrió su viejo baúl de cedro. Rebuscó con mimo entre el aroma a lavanda de las sábanas de hilo hasta dar con el tesoro: una botella de brandy napoleónico.

Al regresar a la cocina, Agatha se detuvo en seco. Peel ya no estaba solo; John Veil aguardaba junto a él, con la mirada expectante de quien espera su turno. Sin decir palabra, pero con una media sonrisa, Agatha sacó tres vasos del aparador.

—¿Te apetece un trago, John? —ofreció ella, sosteniendo la botella con una solemnidad casi religiosa.

—No me vendría mal, pero solo un poco; todavía tengo que ponerme al volante —respondió él, observando el etiquetado napoleónico—. Y bien, Agatha, ¿me dirás por fin cual es el misterio?

—Si mi presencia estorba, me retiraré y brindaremos en otro momento—intervino Peel, haciendo un amago de cortesía para marcharse.

—¡De ninguna de las maneras, Peel! Quedaos —lo detuvo ella con un gesto firme—. Solo quería compartir con vos mi inquietud, John. Aquella confesión vuestra... me ha dejado el corazón en un puño. Me preocupa lo que me contasteis el otro día.

—Siento haberte preocupado, Agatha, pero estoy bien —dijo John, restándole importancia con un gesto—. Mi casera me cuida; no es como estar en familia, pero yo elegí esta independencia. Buscaba vivir lejos de mis padres. Además, paso demasiadas horas de guardia; no hay mujer que aguante a un hombre que nunca está en casa. Mi última novia se cansó de esperarme o de que me llamaran justo cuando estábamos juntos.

—Lo que tú necesitas es una mujer paciente —sentenció Agatha con autoridad—. Alguien que sepa valorar su tiempo, que sea trabajadora y encuentre la felicidad cuidando de su hogar y de los suyos.

—¿Y dónde se supone que se esconde esa mujer milagrosa? —rio John con escepticismo e la voz.

—Bueno, bajo el techo de Lord Leonard hay tres que encajarían.

—¡Por todos los santos, Agatha! —saltó Peel—. Betty tiene un pretendiente de armas tomar y dudo que Veil quiera que le partan la cara.

—Aún quedan dos —insistió ella, imperturbable—. Ya me he percatado de que tú bebes los vientos por Brilliz, Peel. Pero nos queda Remedios: una dama culta, inteligente y en la plenitud de su madurez. Habla idiomas, tiene mundo y, sin duda, sería una esposa y madre excepcional.

—El corazón no atiende a razones, Agatha —murmuró Peel, bajando la vista—. Y yo... ni siquiera me atrevo a dirigirle una palabra de más a Brilliz.

—Será mejor que lo dejes estar —añadió Veil —. No puedes obligar a nadie a amar por decreto.

—¡Pamplinas! —zanjó la anciana, dando un golpe seco en la mesa—. Remedios estará terminando con el comedor. En cuanto baje, invítala a salir; mañana es su día libre. Llévala a dar un paseo por Hyde Park, que le encanta. Yo me retiro; Peel, deberías hacer lo propio si no tienes tareas pendientes. Tú, John, quédate; no creo que la prisa te impida paladear este brandy.

John Veil se quedó mirando el fondo de su vaso, sintiéndose atrapado en la red que Agatha acababa de tejer para él. El licor parecía devolverle una mirada dubitativa sobre qué camino tomar.

Mientras tanto, Peel interceptó a Brilliz en las escaleras cuando bajaba acompañada de Remedios.

—Espera un momento, Brilliz —dijo Peel, deteniéndola con suavidad—. Necesito hablar contigo antes de que termines de recoger.

—¿He hecho algo malo? —preguntó la joven, alarmada.

—Nada, mujer, todo está bien. Es solo para que Remedios entre sola en la cocina.

—¿Y qué ocurre en la cocina? —quiso saber Brilliz, extrañada.

Peel se inclinó hacia ella y le susurró al oído con una sonrisa cómplice:

—Agatha ha decidido que Remedios debe salir con John Veil.

—Ella no aceptará —murmuró Brilliz, intentando evadir la mirada de Peel—. Creo que Remedios valora demasiado su libertad; prefiere quedarse soltera.

—¿Y a ti? ¿Te ocurre lo mismo que a ella? —preguntó Peel, dando un paso hacia ella.

—¡Oye! ¿Por qué dices eso? —replicó ella, sonrojándose—. Tal vez yo sí tenga novio.

—¿Lo tienes? Jamás he visto a nadie rondando la casa.

—¿Cómo qué no? —desafió Brilliz con una sonrisa tímida—. Me lanza unas miradas constantes, aunque todavía no ha reunido el valor para decírmelo.

—¿Y si te lo dijera? ¿Lo aceptarías? —insistió Peel, bajando la voz.

—Entonces le diría que sí. Que me gusta, que me atrae... que siento algo especial por él aquí dentro —confesó ella, llevándose la mano al pecho.

—Entonces él te estrecharía entre sus brazos —susurró Peel, acercándose más— y besaría esos labios de fresa que tienes.

—Me estás haciendo sonrojar, Peel... —ella bajó la vista, turbada—. Será mejor que vayamos a por el resto de los platos.

Él la acompañó al comedor, dejando el pasillo en silencio. Mientras tanto, Remedios entraba en la cocina y encontraba a John solo frente a su vaso.

—¿Le han dejado solo, señor? —preguntó ella con una sonrisa amable—. ¿Agatha se ha retirado ya?

—Se fue a su cuarto, estaba exhausta. Yo me he quedado terminando este espléndido brandy.

—Por mí, bébalo con tranquilidad; no me molesta en absoluto.

—Dígame, Remedios... ¿lleva mucho tiempo al servicio de Lord Leonard?

—Unos seis años —respondió ella mientras empezaba a recoger—. Recuerdo que la señorita celebraba su décimo quinto cumpleaños cuando llegué.

—Pero usted... ¿no es mucho mayor que ella?

—Solo cinco años, señor. Por eso congeniamos tan bien desde el principio. Disfrutaba enseñándole mi idioma y las costumbres de mi tierra. Por lo que he oído, todavía no puedo evitar soltar palabras en español cuando algo me pilla por sorpresa.

—¿Remedios? ¿Puedo llamarla así? —preguntó John, dejando el vaso sobre la mesa.

—Todo el mundo lo hace.

—Mi nombre es John. John Veil. Nos conocimos el día que interrogué al personal tras el secuestro; reconozco que fui algo seco, pero espero que comprenda que solo hacía mi trabajo. Lo que quería decirle es que... mañana libro. Ahora que el caso está cerrado, me gustaría pasar un día tranquilo en Hyde Park, respirando aire puro. Me encantaría que fuera en su compañía, si no le supone una molestia. ¿Le gustaría venir conmigo?

Remedios dejó de fregar y lo miró con curiosidad.

—¿Y qué dirá su prometida, señor?

—Por favor, llámame John; si no, parecerá que seguimos en el interrogatorio —rio él—. Ella me dejó; decía que mi trabajo no me permitía dedicarle tiempo.

—Entonces, John... —sentenció Remedios con una sabiduría antigua—, esa mujer no le amaba de verdad.

—¿Por qué dice eso? —preguntó él, intrigado por su seguridad.

—Una mujer enamorada —explicó Remedios con voz suave— espera ansiosa a su novio. Disfruta de cada minuto a su lado como si fuera el tesoro más precioso, ya sea caminando de la mano o simplemente guardando silencio juntos. Sueñan con el futuro, con el hogar y los hijos que vendrán... En definitiva, John, en todo lo que llena el pensamiento de quienes se aman de verdad.

—¿Cómo puedes saber todo eso con tanta certeza? —preguntó él, cautivado por su tono.

—Porque yo estuve enamorada de un hombre bueno y honesto —confesó ella, bajando la mirada—. Él me sacó de España para protegerme del horror; nuestro plan era reunirnos aquí, en Londres, para casarnos. Pero cuando estalló la guerra civil... lo mataron. En ese instante, sentí que el mundo se me venía encima. Pasé meses soportando su ausencia con la vana esperanza de volver a verlo, hasta que la realidad me golpeó. Su prima me acogió en su casa como a una más de la familia, pero mi orgullo no me permitía ser una carga. Como ella regentaba un restaurante en la plaza del mercado, le supliqué que me dejara trabajar para compensar su generosidad. Al principio se negó, pero ante mi insistencia, claudicó. Tuvo que enseñármelo todo sobre los fogones, pues yo no sabía ni freír un huevo. Ella era muy amiga de Agatha; por eso, cuando la ayudante de cocina se casó, Agatha me ofreció el puesto. Así fue como entré al servicio de los Spencer.

John la observó en silencio, conmovido por la fortaleza que emanaba de aquella mujer.

—¿Quién hubiera imaginado que tras esa sonrisa constante se escondía una historia tan triste?

—Es el símbolo inconfundible de mi tierra, John —replicó ella con un destello de orgullo en los ojos—. Nos están matando, pero nos negamos a perder la alegría.

—Entonces, ¿qué me dices? ¿Vendrás conmigo mañana? —insistió él con renovado interés—. Me encantaría que me contaras más cosas sobre tu país y que me enseñaras algo de tu idioma. En mi oficio, uno nunca sabe cuándo puede ser útil una segunda lengua.

Remedios guardó silencio un segundo, sopesando la propuesta, y finalmente asintió.

—Está bien. Mañana también es mi día libre.

—¿A qué hora paso a buscarte? —John se incorporó, apurando las últimas gotas de brandy—. Pensándolo mejor, vendré temprano. Pasaremos la mañana en el parque y luego te invitaré a comer en algún sitio especial. ¿Te parece bien?

John apuró el brandy de un trago y salió por la puerta trasera. Tras una última ronda de vigilancia por el perímetro, subió a su coche. Remedios lo había impresionado; no era solo su belleza física, sino esa serenidad que hacía tan grato estar a su lado. Quizás Agatha tuviera razón: no perdía nada por intentarlo.

En la cocina, Remedios recordaba la intensidad con la que John la observaba mientras hablaban. Una chispa de alegría española prendió en su pecho y empezó a tararear, girando sobre sí misma:

—Tras la capa del chulapón, pasó a la historia el mantón, orgullo de la chulapa... Ya no queda niña guapa, presumida y postinera que lucir el mantón quiera...

En ese preciso instante, Peel y Brilliz entraron en la cocina.

—¿Ya se ha marchado el señor Veil? —preguntó Brilliz, rompiendo el hechizo del canto.

—Se acaba de ir —respondió Remedios, recuperando la compostura—. ¿Cómo es que lo dejasteis solo conmigo? Me ha tenido entretenida y ahora voy retrasada con todo el trabajo.

—No te preocupes, Remedios, te ayudaremos —se ofreció Peel.

—Ya veo que andas sofocada, pero bien contenta, cantando una de tus coplas —observó Brilliz con picardía—. ¿Qué te ha dicho para ponerte así?

—Nada de importancia. Me ha invitado a almorzar mañana.

—¿Y eso te parece poco? ¡Por Dios, Remedios! Te está pidiendo una cita en toda regla, ¿no te das cuenta? Supongo que habrás dicho que sí.

—No te confundas, no es una cita —replicó ella, aunque sus ojos decían lo contrario—. Simplemente acepté la invitación a comer.

—Hiciste bien. Ya basta de vivir encerrada entre estas cuatro paredes; es hora de que salgas y ese Veil no está nada mal. ¿No te has fijado en lo atractivo que es su pelo rizado y en esos ojos color caramelo?

Peel escuchó el comentario con una seriedad que delataba sus celos. Al notar su gesto, Brilliz se le acercó y le susurró al oído con una sonrisa cómplice:

—¿Crees que no me he dado cuenta de que me amas, Peel? Eres mi amor y no me interesa nadie más.

A Peel casi se le escurre el plato que estaba secando. Aturdido y feliz, vio cómo ella regresaba junto a Remedios. La española, al notar la electricidad que vibraba entre los dos, decidió que era hora de dejarlos solos. Se disculpó alegando que se iba a dormir y abandonó la cocina, aunque dejó la puerta entreabierta para ver qué sucedía.

Brilliz hizo amago de seguirla, pero Peel, recuperando el aliento, la detuvo:

—¡Espera un momento, Brilliz! ¿A dónde crees que vas?

—Tengo sueño, Peel, estoy realmente cansada —murmuró Brilliz intentando zafarse.

—¿Acaso no recuerdas lo que haría tu novio si supiera que lo amas? —replicó él con una chispa de audacia en los ojos.

—¡Ni se te ocurra! —advirtió ella, aunque no pudo evitar una sonrisa.

En ese preciso instante, Remedios irrumpió de nuevo en la cocina. Pilló a Peel con Brilliz en sus brazos, fundidos en un beso apasionado; al verla, la doncella se soltó sobresaltada, con las mejillas encendidas.

—¡Remedios! No me des estos sustos —protestó Brilliz, recuperando el aliento.

—Por mí, podéis continuar con lo que estabais haciendo —rio la española con picardía—. Solo venía a por el vaso de leche que me había olvidado. ¡Felicidades, pareja, que lo disfrutéis!

Tras soltar una sonora carcajada, Remedios regresó a su habitación canturreando una copla que flotaba en el pasillo: «En los ojos de la niña que sabe querer, hay un brillo que deslumbra y que da placer; y en los labios de la niña que sabe besar, hay un almíbar que endulza el más hondo pesar...»

Brilliz, abrumada por la sorpresa y el rubor, trató de poner distancia.

—Seguro que lo que canturrea es algo precioso, mi querida Brilliz —insistió Peel acercándose de nuevo—. Nosotros, a lo nuestro.

—¡De eso nada! —sentenció ella con una risita—. Tú a tu cama y yo a la mía.

Dicho esto, se escabulló directa al cuarto que compartía con Betty. Al entrar, su compañera ya la esperaba con los ojos como platos.

—¿Qué ha pasado, Brilliz? Las risas y las coplas de Remedios han llegado hasta aquí.

—Nada... que nos ha pillado besándonos a Peel y a mí —confesó Brilliz mientras se deshacía el peinado.

—¡Por fin se decidió ese hombre! —exclamó Betty, incorporándose en la cama.

—Aproveché que Remedios tiene una cita para lanzarme —admitió Brilliz—. Le comenté que el detective era muy atractivo solo para ver cómo Peel me miraba con desaprobación... Y ahí aproveché mi oportunidad.

—¡Qué interesante! —Betty estaba eufórica—. Pero cuenta, cuenta... ¿con quién sale Remedios?

—Con el detective John Veil.

—¡Caramba, mujer! —se quejó Brilliz al ver la reacción de su amiga—. Parece que te interesa más la vida de ella que la mía.

—Sabes que todo lo relacionado con Remedios es un misterio fascinante —se justificó Betty—. Lo tuyo con Peel era algo que todos veíamos venir desde hace meses, ¡pero lo de Remedios es una bomba!

—Está bien, está bien... Salen mañana, en su día libre. Además, él la ha invitado a comer.

—¡Qué maravilla! Espero que nos lo cuente todo al regresar —susurró Betty con un brillo travieso—. Y si no, me pegaré a la puerta, porque estoy segura de que a Agatha se lo contará con todo lujo de detalles.

—Eres una curiosa, Betty —rio Brilliz mientras se metía en las sábanas—. No está bien escuchar tras las puertas; un día te van a dar con una en las narices. Anda, duérmete ya, que mañana a nosotras no nos toca día libre.

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