Abraixas

Bienvenidos a mi casa. Este Blog nace como una iniciativa de mi necesidad de dar a conocer mis diseños 3d en Hubisms y disponer de un medio para exponer mis sueños, ideas... Muchas gracias por acompañarme en este divertido viaje.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Sueños de Honor — Capítulo 2: Llega Sharon Hunter

Si acabas de llegar al blog o quieres repasar el inicio, lee aquí el Capítulo I: Helena — La Sombra de Lisboa.

  El sábado, a las seis en punto, un automóvil se detuvo frente a la imponente residencia de Lord Leonard Spencer. De él descendió una mujer cuya presencia parecía reclamar cada centímetro de aire a su alrededor. Sharon Hunter vestía un traje a medida de una elegancia arquitectónica: una falda de lana azul marino de pliegues profundos y una chaqueta a rayas blancas que dibujaba su esbelta figura de casi un metro ochenta. El toque final lo daban el cuello y los puños de armiño, que armonizaban con un sombrero de ala levantada diseñado por Rosa Descat, del cual caía una cinta azul marino con una caída perfecta.

   Su piel morena y sus brillantes ojos castaños irradiaban una vitalidad que la casa parecía haber olvidado. Con una sonrisa que encendía sus labios carnosos, Sharon tocó el timbre con la decisión de quien no pide permiso para entrar, sino que llega para tomar el mando.

  La puerta se abrió y la figura severa de Peel bloqueó el umbral. La recorrió con una mirada gélida, tratando de procesar aquel despliegue de modernidad y lujo.

—¿La señorita Sharon Hunter? —preguntó él, con un asentimiento seco y profesional.

—Así es —respondió ella, sosteniéndole el pulso visual.

—La estábamos esperando —sentenció el mayordomo, haciéndose a un lado para dejarla pasar.

Tras un silencio denso que recorrió el vestíbulo mientras ella se quitaba los guantes, Sharon rompió la calma con una voz autoritaria que resonó hasta en las vigas del techo:

—¿Se encuentra la señorita Helen en casa?

—Se encuentra en sus aposentos —respondió Peel con una cortesía gélida—. Lord Spencer desea hablar con usted, pero antes le ruego que se instale en el salón. Una de las criadas se encargará de subir su equipaje de inmediato.

Sharon asintió y, con un paso que denotaba una confianza absoluta, cruzó el vestíbulo hacia el salón. Mientras tanto, el mayordomo se dirigió al despacho principal.

—Lord Leonard, la señorita Hunter acaba de llegar. La he acomodado en el salón, tal como usted dispuso.

—Está bien —respondió el Lord sin levantar la vista del escritorio—. Atiéndala en todo lo que necesite. Me reuniré con ella en cuanto termine esta correspondencia.

  Peel se retiró con una leve inclinación, extrañamente complacido por la consideración de su señor. Al cerrar la puerta, se permitió un instante de reflexión. La llegada de aquella mujer parecía traer una ráfaga de aire fresco a una casa que se sentía como un mausoleo. Pensó en Helen; la joven se había convertido en una muerta en vida, una sombra de la muchacha radiante que él conoció al entrar al servicio.

  Sus pensamientos retrocedieron hasta aquel primer encuentro en la biblioteca. La recordaba perfectamente: llevaba un vestido de crepé de estilo romano, con un delicado bolero que acariciaba su espalda y una falda de pliegues que realzaba su grácil figura. Sus rizos dorados y sus ojos color aguamarina tenían una belleza tan profunda que, como diría el Sabio, recordaban a los «estanques de Hesbón». En aquel entonces, el atractivo de la joven lo había dejado sin palabras.

  Ahora, al ver a Sharon, sentía que el pasado cobraba vida de nuevo. Ambas mujeres, cada una en su estilo, formaban un paisaje casi bucólico que desafiaba la severidad de las paredes de piedra. Sharon, dándose cuenta de que el mayordomo la observaba con una fijeza que rozaba la impertinencia, rompió el hechizo con una sonrisa mordaz:

—Dígame, ¿lleva mucho tiempo trabajando en esta casa o es que siempre mira así a las visitas?

—Solo un mes, señorita —respondió Peel, recobrando su compostura profesional.

—¿Y le gusta su trabajo? —insistió ella, con una curiosidad que parecía estudiar al hombre tras el uniforme.

—Es un verdadero privilegio estar al servicio de Lord Spencer y de su hija.

Sharon consultó su reloj de pulsera con un gesto elegante.

—¿Cree que Lord Leonard estará muy ocupado?

—A juzgar por el volumen de correspondencia, no creo que demore mucho. Pero no se preocupe; el señor me ha dado instrucciones estrictas de asistirla en todo lo que necesite. Estoy a su completa disposición.

—Bien. Por cierto, ¿cómo se llama? —preguntó ella, clavando sus ojos marrones en él.

—Llámeme Peel, señorita.

—Peel… puede retirarse. Esperaré un rato al caballero mientras termina sus lecturas.

  El mayordomo hizo una reverencia impecable y se retiró, dejando a Sharon a solas con sus pensamientos. Ella ansiaba correr hacia la habitación de su amiga, descubrir qué sombra la perseguía o exigirle a Agatha la verdad de una vez por todas, pero se obligó a reprimir su impaciencia.

Fue entonces cuando la puerta se abrió. Lord Spencer entró en el salón y se detuvo en seco. Al ver la figura de la mujer recortada contra la luz de la tarde, el aire pareció escapársele de los pulmones.

—¡Oh, Lord Leonard! —exclamó ella con una sonrisa vibrante—. Veo en su rostro que lo he sorprendido.

—¡Exacto! —logró decir él, recobrando el aliento—. Has cambiado muchísimo, Sharon. Ya no eres la adolescente que recordaba.

—Y usted, por su parte —respondió ella, recorriéndolo con una mirada audaz—, sigue siendo el mismo hombre maduro y atractivo de siempre.

  Lord Leonard asintió con esa cortesía flemática tan propia de la tradición inglesa. Aunque era plenamente consciente de que su corpulenta figura y los años no casaban del todo con los halagos de la señorita Hunter, aceptó el cumplido con una leve inclinación de cabeza.

—Te agradezco sinceramente que hayas venido a vernos, Sharon —dijo él, rompiendo el hielo.

—Me alegra que me recibas así, Leonard. Llevaba mucho tiempo planeando este viaje; el telegrama de Agatha solo consiguió que adelantara mis planes.

Lord Spencer soltó un suspiro de resignación.

—Agatha es una alarmista nata. No quiero ni imaginar qué te habrá puesto en ese papel.

Sharon lo observó con fijeza, sacando el telegrama de su bolso.

—Se limitó a decirme que Helen me necesitaba urgentemente y añadió una frase críptica: "Asunto de España". ¿Qué significa eso exactamente?

—No es nada de importancia —respondió él, restándole peso con un gesto de la mano—. Helen viajó a España en mi lugar hace un tiempo, algo que ahora lamento profundamente. Si hubiera ido yo, todo sería distinto. Ya sabes cómo dicen que son los españoles: apasionados, intensos... Lo más probable es que algún aprovechado le prometiera la luna, o como dicen ellos, "el oro y el moro". Luego llegan las promesas rotas y, con ellas, la melancolía y esta depresión que la consume.

Sharon arqueó una ceja, detectando una explicación demasiado simple para un dolor tan profundo.

—¿De verdad crees que se trata solo de un desengaño amoroso, Leonard? —preguntó con suavidad—. ¿Te lo confesó ella misma?

—No, no quiere hablar de eso con nadie —confesó Lord Leonard con un deje de frustración—. Veremos si a ti te lo cuenta.

Sharon asintió con una media sonrisa, guardando el telegrama.

—Hace mucho que no nos contamos secretos, Leonard. Pero no se preocupe; haré todo lo que esté en mi mano para averiguar qué sucedió. Me encantaría ayudarle a recuperar el ánimo de su hija.

—¡Gracias, Sharon! —exclamó él, visiblemente aliviado—. Reitero que es un placer tenerte con nosotros. Ahora, si me disculpas, tengo asuntos que atender, pero será un honor disfrutar de tu compañía durante la cena.

En ese momento sonó el timbre y Peel entró en el salón con puntualidad británica. Lord Leonard le hizo un gesto imperioso.

—¡Acompañe a la señorita a su habitación!

El mayordomo invitó a Sharon a salir primero hacia el vestíbulo. Mientras caminaban, comentó con un tono que buscaba ser amable:

—La señorita ya debe de conocer bien esta casa.

  Sharon asintió con una sonrisa afirmativa, reconociendo los rincones de su juventud. Peel se detuvo al comienzo de la escalera, apoyando la mano en la barandilla de caoba cubana, y señaló hacia la planta superior.

—Betty, la doncella, la está esperando en el pasillo de arriba. Si no necesita nada más de mi parte, me retiraré.

Ella aceptó con un gesto de agradecimiento y subió las escaleras hasta encontrarse con la joven sirvienta, quien la condujo a su dormitorio.

—Ya he colocado su ropa en el armario, señorita, y dejé su neceser sobre la cómoda —informó Betty con presteza—. ¿Desea que le prepare el baño ahora mismo?

—Más tarde —respondió Sharon, dejándose caer en un sillón mientras el cansancio del viaje empezaba a pasarle factura—. Ahora solo quiero que le pidas a Agatha que me traiga algo de comer; me siento un poco mareada.

  Betty bajó a la cocina sin demora para cumplir el encargo. La joven invitada le había causado una impresión profunda, casi perturbadora; sus rasgos eran de una perfección gélida y su cuerpo, esbelto y exquisitamente moldeado, se movía con la fluidez de una hechicera. Sharon no caminaba, flotaba, como si el aire le abriera paso sin esfuerzo. Sin embargo, Betty sentía una extraña punzada de frustración: la magia de aquel encanto parecía desvanecerse al sostenerle la mirada de cerca, donde algo oscuro y distante se ocultaba tras sus ojos.

  Agatha, al enterarse, subió de inmediato cargando una bandeja de bocadillos. Cruzó el umbral jadeando, apoyándose un instante en el marco de la puerta para recuperar el aliento que los años y las escaleras le robaban cada vez con más saña. Con manos temblorosas por el esfuerzo, colocó la merienda sobre la mesa de té.

  La nanny esperaba que Sharon se lanzara a sus brazos en cuanto la viera, que el tiempo se borrara en un abrazo cálido. Pero la joven se limitó a acercarse a la bandeja y empezar a comer con una parsimonia mecánica, como si estuviera sola en la habitación.

—¡Cuánto tiempo sin verte, hija! —exclamó Agatha, con el corazón encogido por la indiferencia—. ¿Es que no vas a darme ni un abrazo?

Sharon dejó el bocado a medio camino y observó a la anciana con una mezcla de melancolía y distancia.

—Tú, como siempre, mi querida Agatha —murmuró al fin—, igual de hermosa y llena de vida.

—Un poco mayor, querrás decir —replicó Agatha con una sonrisa triste—. Los años no perdonan, y los golpes de la vida te siembran la cabeza de canas.

—Siento mucho lo de tu marido —dijo Sharon, bajando la voz—. Para cuando me enteré, ya era demasiado tarde para volver.

Agatha asintió, secándose las manos de forma nerviosa en el delantal.

—Fue un golpe brutal perder al compañero que creía que estaría a mi lado hasta el final. Pero lo voy superando, aunque a un hombre como él jamás se le olvida. Lo que me consume ahora es Helen… su tristeza, esa preocupación que la devora. No logro entender qué le pasa.

—Lord Leonard cree que se trata simplemente de un mal de amores —comentó Sharon, probando un bocadillo con indiferencia fingida.

—¡Ojalá fuera solo eso! —exclamó la nanny, acercándose a ella—. Apenas prueba bocado, se pasa las horas muertas mirando por la ventana y evita salir de casa. Al principio, tras el viaje, hacía algún esfuerzo, pero luego se atrincheró en su habitación y de allí no sale. Un día, cuando le supliqué que bajara a cenar con su padre, me soltó que él la miraba mal… ¡Imagínate! Lord Leonard, que se desvive por ella, y a ella se le han metido esas ideas en la cabeza. Tienes que ayudarla, Sharon. Si tú no puedes, no sé qué será de esta casa.

  Agatha no pudo contenerse más y rompió a llorar, un sollozo ahogado que llenó el silencio de la habitación.

—No te angusties tanto, Agatha —la consoló Sharon, aunque su voz mantenía una nota de cautela—. Ya verás que no es nada que el tiempo no cure. Helen es joven; recuperará la confianza, ya lo verás.

—Eso dices tú —replicó Agatha, secándose las lágrimas con determinación—, pero lo que le ocurre a esa niña me parte el alma precisamente porque no es dolor de amor. Hay algo más oscuro ahí.

Sharon dejó la taza sobre la mesa, con un tintineo seco.

—Si es cierto lo que dices, haré todo lo posible para que me lo confíe. Solo espero que no sienta que soy una entrometida después de tanto tiempo.

—No lo pienses ni por un segundo —sentenció la nanny—. Cuando le confesé que te había enviado aquel telegrama, no dijo ni una palabra. Se quedó en silencio, como si estuviera pidiendo tu ayuda a gritos y yo solo fuera la extensión de su propia conciencia llamándote. Y hoy, cuando el mayordomo anunció que el invitado llegaría el sábado, subí a decírselo... solo me respondió que esperaba que fueras tú.

  Agatha suspiró, recuperando un poco la compostura y empezando a recoger la bandeja.

—Ahora, querida, descansa del viaje. Necesitas recuperar fuerzas. Yo iré a decirle que ya estás instalada... Ah, una pregunta más antes de irme: ¿Cenará con el señor esta noche?

Sharon asintió lentamente, pero una duda la asaltó antes de que la nanny cruzara el umbral.

—¿Y Helen? ¿No piensa bajar a cenar con nosotros?

—No lo creo —suspiró Agatha—. Al menos inténtalo tú, convéncela... se ha acostumbrado a que le suban todas las bandejas a su cuarto.

—¡Entonces el asunto es mucho más grave de lo que imaginaba! —exclamó Sharon con una mezcla de asombro y preocupación.

  Agatha dejó a la invitada instalada y, tras recoger los restos del aperitivo, se dirigió al ala de la joven señora para anunciarle la buena nueva: Sharon Hunter ya estaba bajo su techo. Por un instante, una chispa de alegría cruzó el rostro de Helen, pero se apagó tan rápido como un fósforo en la tormenta; era pura apariencia.

—Me alegro mucho de que esté aquí —murmuró Helen, esquivando la mirada de la anciana—. ¿Dime, Agatha... ha cambiado mucho o sigue siendo la misma de antes?

—El cambio es inevitable cuando una niña se convierte en mujer —respondió la nanny con sabiduría—, pero tendrás que comprobarlo por ti misma. Te espera en la cena, Helen. Y no te atrevas a decir que no irás; ella espera que seas una anfitriona a la altura.

—Lo pensaré, Agatha... veré qué puedo hacer —contestó la joven con voz átona—. Ahora, por favor, déjame a solas.

  En cuanto la puerta se cerró tras la nanny, Helen se arrastró hacia la ventana, perdiéndose en el gris de la calle. De pronto, una voz familiar y cargada de ironía rompió el silencio a sus espaldas:

—¿Hay algo realmente interesante que ver ahí fuera?

  Helen se giró con el corazón en un puño. Allí estaba Sharon, que acababa de entrar en la habitación por la puerta secreta que conectaba sus estancias, un pasadizo olvidado por el resto de la casa.

—No pensé que recordarías cómo llegar hasta aquí sin que nadie te viera —logró decir Helen, con un hilo de voz—. Supongo que, al menos aquí, estamos a salvo.

—Todo el mundo cree que estoy descansando del viaje —admitió Sharon con una sonrisa cómplice—, pero no pude evitarlo. En cuanto Agatha cruzó la puerta, supe que tenía que verte de inmediato. No podía esperar ni un minuto más.

—Entonces, echemos el cerrojo —susurró Helen, con una urgencia que no le había mostrado a nadie en meses—. No quiero que nadie entre y descubra nuestro secreto.

En cuanto el pestillo encajó con un clic metálico, la rigidez de Helen se desmoronó. Corrió hacia Sharon y se refugió en sus brazos con una fuerza desesperada.

—¡Cuánto te he extrañado! —exclamó, con la voz quebrada—. Gracias por venir, de verdad... gracias por estar aquí.

Sharon la estrechó con fuerza, acariciando su espalda para calmarla.

—Ya sabes cómo es mi familia; me tuvieron sepultada entre libros y estudios durante años. Luego vino el trabajo y me convertí en una esclava del estrés diario, siempre corriendo de un lado a otro. Pero tu vida... parece mucho más tranquila. He oído que has estado viajando, ¿verdad?

Ambas se sentaron en el sofá de terciopelo junto a la ventana, donde la luz de la tarde empezaba a languidecer. Tras una pausa densa, Helen asintió. Le contó, con frases medidas y carentes de emoción, que su única novedad había sido el viaje a España en representación de su padre, asistiendo a una procesión interminable de fiestas diplomáticas y recepciones oficiales.

—Sin embargo —añadió Sharon, clavando sus ojos marrones en los de su amiga—, desde que regresaste de esas tierras, los rumores dicen que no eres la misma. Dicen que te comportas de forma extraña... que te has vuelto una extraña incluso para los que te aman.

—No entiendo qué pueden haberte contado —replicó Helen, desviando la mirada hacia los tejados húmedos de la ciudad—, pero todo sigue igual. Supongo que me siento algo deprimida, como cualquiera que regresa de un país devastado por la guerra.

Hizo una pausa, y por un instante su voz recuperó un matiz de calidez.

—Es gente alegre, Sharon. Te reconfortan con su hospitalidad a pesar del inmenso sufrimiento que arrastran. Pero al volver a nuestro mundo... tan gris, tan metódico, en esta aparente tranquilidad que respiramos... es inevitable sumergirse en pensamientos melancólicos.

Sharon la observó con una ceja arqueada, sin dejarse convencer por la explicación geopolítica.

—¿Esa es realmente la Helen que yo conocía? —preguntó con suavidad, pero con firmeza.

—Te has vuelto demasiado curiosa —cortó Helen, con un rastro de amargura.

—¿Y qué ocurre si lo soy? Por tu respuesta deduzco que, efectivamente, algo se quiebra bajo la superficie. Espero que nos lo cuentes durante la cena. Por cierto —añadió Sharon, levantándose con elegancia—, Agatha me ha dicho que ya no sueles bajar al comedor, pero espero que mientras yo esté aquí me acompañes. No es que tu padre no sea agradable, lo es muchísimo, pero pertenece a otra generación. Tenemos muy pocas cosas en común de las que hablar, y me temo que la cena sería un desierto sin ti.

—Recuerda que no te dejaré sola —le aseguró Sharon, suavizando el tono—, aunque tenga que hacer un esfuerzo considerable para sacarte de este cuarto.

—¡Vaya! —exclamó Helen con una sombra de ironía—. ¿Se llevan tan mal mi padre y tú que ha pasado algo que yo no sepa?

—Que yo sepa, no —replicó Sharon—, pero deberías fijarte en cómo me mira. No parece de los que disfrutan mucho tiempo de mi compañía.

—Mujer, no será para tanto —la tranquilizó su amiga—. Entiende que solo te tiene a ti; con su mirada te escruta buscando respuestas, esperando que te dignes a informarle de lo que te pasa.

Helen guardó un silencio gélido antes de sentenciar:

—Sé perfectamente por qué digo lo que digo, Sharon. Y si de verdad quieres entenderlo, tendrás que estar lista a las cinco de la mañana. Por cierto, ¿has traído coche?

Sharon, sobresaltada por el madrugón que se le venía encima, asintió con presteza.

—Alquilé uno; cuando aterricé, ya me estaban esperando con él en el aeropuerto.

—Bien. Entonces recuerda: a las cinco de la mañana nos marchamos. Te diré el destino por el camino, pero si de verdad quieres ayudarme, tienes que asegurarte de que nadie sepa que nos vamos. Ni mi padre, ni Peel, ni siquiera Agatha.

Sharon sintió un escalofrío de adrenalina. La sumisa Helen estaba trazando un plan de fuga.

—¡De acuerdo! —aceptó con una sonrisa audaz—. Que todo vuelva a ser como en los viejos tiempos.

Sharon regresó a su habitación con la mente bullendo en interrogantes. «¿Adónde querría ir a una hora tan intempestiva?», se preguntaba mientras cerraba la puerta. Sea como fuera, estaba decidida a ser su sombra y su apoyo.

Comenzó los preparativos para la cena con un rito de transformación. Eligió un diseño de Armand: un vestido de crepé romano blanco cuya pureza contrastaba con el intrincado encaje azul oscuro que adornaba las mangas y el bajo de la falda. Se miró al espejo, satisfecha con la imagen de mujer de mundo que proyectaba.

Cuando entró en la sala de estar, se llevó una sorpresa: Helen ya la esperaba. Llevaba un vestido de noche en encaje malva, una pieza exquisita que se ceñía a su silueta con volantes que nacían sutilmente desde la cintura. Sharon reconoció al instante el sello de los modistos Martial et Armand de París.

—Veo que nuestros gustos siguen sincronizados —comentó Sharon con una sonrisa de aprobación—. Ambas hemos apostado por la moda parisina esta noche.

Luego, echó un vistazo rápido al reloj de pared y añadió con un tono más bajo:

—Parece que tu padre se ha retrasado.

—Según Peel, mi padre tuvo que marcharse por un asunto urgente —explicó Helen con una mueca de escepticismo—. Nos ordenó que empezáramos sin él. Al fin y al cabo, sospecho que prefiere que sea así.

—Mujer, lo tuyo raya en lo crónico —replicó Sharon, tratando de aligerar el ambiente—. ¡Vamos! Pasemos al comedor y olvidémonos de las ausencias por un momento.

Al entrar, se encontraron con Brilliz y Betty dando los últimos toques a la mesa bajo la mirada vigilante y milimétrica del mayordomo. Helen se movía con una incomodidad palpable, lanzando miradas de reojo cargadas de desconfianza hacia los rincones del salón. Apenas probó bocado y sus palabras caían con cuentagotas. Sharon, en cambio, parecía impulsada por una energía renovada y dio cuenta de los platos con un apetito voraz, como si se preparara para la larga jornada que les esperaba al alba.

Estaban terminando el último bocado cuando Lord Leonard hizo su entrada. Con una sonrisa que no terminaba de ocultar su cansancio, las saludó y se acercó a su hija para darle las buenas noches con una afectuosidad que sonaba ensayada.

—Me alegra ver que han atendido bien a nuestra invitada —dijo, tomando asiento—. Nada me hace más feliz hoy que verlas a ambas compartiendo mesa en el comedor. Pero dígame, hija, ¿cómo ves a su amiga de la juventud después de tanto tiempo?

Helen se puso en pie, alisándose el vestido malva con dedos temblorosos.

—Bueno... muy bien. Está irreconocible, padre. A ratos no sabría decir si es ella o no. Con su permiso, me retiro; el día ha sido largo y me siento agotada.

Lord Leonard y Sharon se miraron con asombro mientras la silueta malva de Helen desaparecía tras la pesada puerta del comedor. El eco del portazo dejó un silencio denso en el aire.

—¿No te das cuenta, Sharon? Está perdiendo la cabeza —sentenció el Lord, bajando la voz hasta un susurro áspero—. Desde que contraté a Peel, ella insiste en que el servicio la espía, que la siguen por los pasillos... ¿Crees que es normal que una hija acuse a su propio padre de rodearla de carceleros?

—Pero Lord Leonard —replicó Sharon, sosteniéndole la mirada con calma—, para que alguien llegue a ese extremo de desconfianza, algo tiene que estar ocurriendo bajo esta superficie. El miedo no nace de la nada.

—Bueno, ahora es tu turno de averiguarlo —cortó él, tajante—. Eres su confidente más íntima. Confío en que logres desentrañar este delirio.

—No se preocupe —respondió ella con una seguridad que no sentía del todo—, ya verá cómo al final no es nada grave.

—Eso espero, por el bien de todos. Con tu permiso, me retiraré a mi despacho; tengo documentos urgentes que deben estar listos para mañana. ¡Que descanses, Sharon!

—Igualmente, Lord Leonard.

Sharon subió a su habitación con el pulso acelerado. La actitud de Helen la desconcertaba profundamente: ¿era una paranoia real o una intuición desesperada? Decidida a descubrir la verdad en el corazón de la noche, ajustó la alarma para las cuatro y media de la madrugada. Se tumbó vestida sobre la colcha, dejando que el sueño la reclamara solo por unas horas, mientras el silencio de la mansión se volvía cada vez más opresivo.

¿Qué te ha parecido este nuevo capítulo? ¿Logrará Sharon ayudar a Helen o aumentarán los secretos en la casa? ¡Déjame tu comentario aquí abajo, me enfatizáis el alma leyendo vuestras opiniones!

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Me enfeitizais el alma,
gracias por estar siempre a mi lado.
Os quiero Abraixas.

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