Helena: La Sombra de Lisboa
Sin perder un
segundo, se dirigió a la oficina de telégrafos.
—¡Qué sorpresa,
señora Agatha! —exclamó el encargado con una sonrisa ociosa—. ¿A qué debemos el
honor de su visita?
—¡Déjate de
zalamerías, Andrew, y escribe lo que te dicto! —le cortó ella, imperiosa—.
Helen te necesita urgentemente STOP Caso España STOP Confirma llegada STOP No
te demores STOP Besos Agatha.
El telegrama
alcanzó a Sharon justo cuando cruzaba el umbral de su casa. Al leerlo, la
emoción le nubló el juicio por un instante, pero reaccionó con presteza. Volvió
sobre sus pasos y envió una respuesta escueta pero firme: Llegaré el sábado por
la tarde STOP Saludos Sharon.
Sin embargo, el
destino quiso que el cablegrama cayera primero en manos de Lord Spencer. Al
desdoblar el papel y leer el contenido, una sombra de sospecha cruzó su rostro.
—¡Peel! —llamó con
voz gélida.
El nuevo mayordomo
apareció al instante. Lord Spencer no terminaba de acostumbrarse a sus modales;
Peel era un hombre de porte severo y una rigidez que rayaba en la insolencia.
—Dígale a Agatha
que suba al salón de inmediato —ordenó el Lord, apretando el telegrama en su
puño—. Tenemos asuntos que aclarar.
Agatha no
permitiría que el mayordomo la amilanara. Aunque Peel intentaba proyectar sobre
ella su sombra severa, ella sabía que su lugar en aquella casa no se medía por
sus años como cocinera. Desde que Leonard Spencer enviudó, dejando a una Helen
de apenas quince años a la deriva, Agatha se había convertido en su columna
vertebral: madre, niñera y ama de llaves a un mismo tiempo. Con esa
determinación de acero, dejó atrás el ala de servicio y ascendió hacia la
planta noble, invadiendo la sección de caballeros con el paso firme de quien
reclama su territorio.
—¿Me ha mandado
llamar el señor? —preguntó con voz firme, aunque respetuosa.
Lord Spencer no
levantó la vista de inmediato. Sostenía el papel entre los dedos como si fuera
una prueba acusatoria.
—¿Podrías
explicarme de qué trata este telegrama de la señorita Hunter? —preguntó al
fin—. No es que me moleste recibirla después de diez años, Agatha, pero no
comprendo este interés repentino. Tú tienes algo que ver con esto, ¿verdad?
Agatha entrelazó
las manos sobre su delantal, sosteniendo la mirada del hombre que la había
visto envejecer en esa casa.
—Perdóneme, señor,
pero sabe cuánto amo a la joven y verla en ese estado me parte el alma. Por eso
telegrafié a Sharon Hunter. Si hay alguien en este mundo capaz de sacarla del
abismo, es ella.
El Lord suspiró,
suavizando un poco el gesto. Conocía la devoción de la mujer, una lealtad que
iba más allá del salario.
—Sé que lo has
hecho porque quieres a Helen como a una hija, Agatha. Pero la próxima vez que
decidas intervenir en los asuntos de mi familia, te exijo que me consultes
primero.
—No volverá a
suceder, señor, se lo aseguro —respondió ella con una leve vacilación en la
voz—. Pero... ¿permitirá que se quede en la casa?
—Así será
—sentenció él, recuperando su tono imperioso—. Ahora, vuelve a tus quehaceres.
El almuerzo debe servirse a la hora habitual; no toleraré retrasos hoy, tengo
demasiado trabajo pendiente.
Agatha se giró
hacia la puerta con una sonrisa de victoria en los labios, pero su gesto se
congeló al toparse con la mirada de Peel. El mayordomo acababa de entrar en el
salón y la observaba con una frialdad cortante, como si su mera presencia en la
planta noble fuera una afrenta. Ella pasó de largo, ignorándolo con elegancia.
Lord Leonard
esperó a que se marchara para dar sus instrucciones.
—Tendremos un
invitado el sábado por la tarde, Peel. Prepare la habitación contigua a la de
mi hija.
—Se hará como
usted ordena, señor —respondió el mayordomo con una inclinación rígida—. ¿Desea
que… ponga a Agatha en su sitio? Su familiaridad me parece excesiva.
—No hay nada que
decir al respecto —zanjó el Lord, aunque luego añadió con un tono inusual—:
Solo una pregunta: ¿Cómo va el servicio?
—Muy bien, señor
—balbuceó Peel, desconcertado por la pregunta—. ¿Hay alguna queja que deba
conocer?
—Todo está en
orden. Solo intento ser más cordial con quienes mantienen esta casa. Espero que
todos se sientan cómodos bajo mi techo.
—Lo entiendo,
señor. Si no me necesita más, me retiro.
Peel abandonó la
sala rumiando su frustración. Sabía que era un hombre estricto —así lo habían
moldeado—, pero comprendió que, por su propio interés, debía ser más
condescendiente, especialmente con Agatha, quien lo trataba como a un simple
trámite burocrático.
Mientras tanto, en
la cocina, Remedios aguardaba con los nervios a flor de piel, picando verduras
mecánicamente para disimular su agitación.
—¿Te llamó por lo
del telegrama? —susurró en cuanto vio aparecer a la ama de crianza.
—¡Así es! —exclamó
Agatha, conteniendo la emoción—. No le hizo ninguna gracia mi intromisión,
claro está. Pero en el fondo agradece mi iniciativa: Sharon se queda en la casa.
Algo que no habría pasado si él hubiera tenido que tomar la decisión.
—¡El sábado!
—tronó una voz a sus espaldas.
Peel estaba allí, pegado a la puerta como un gato al acecho. Las dos mujeres dieron un respingo, sorprendidas.
—Si se refieren a la invitada del señor —continuó Peel con autoridad impostada—, llegará el sábado por la tarde. Así que dense prisa. Remedios, llévate a una de las criadas y deja lista la habitación de inmediato. No quiero ver ni una mota de polvo.
Remedios obedeció de inmediato. La disciplina casi militar del mayordomo
la intimidaba; era el polo opuesto al difunto Thomas, el marido de Agatha, de
quien muchos se burlaban por su excesiva docilidad. Cuando la cocina quedó en
silencio, Peel se volvió hacia el aya.
—Ojalá pudiéramos hacer las paces, Agatha —soltó él, intentando suavizar
el tono sin mucho éxito.
—Es cierto —sentenció Agatha, dejando el paño a un lado—. Pero es que
eres un hombre frío y hosco, Peel.
—Puede que lo parezca.
Pero antes, esta casa se gestionaba con demasiada ligereza. Desde mi llegada,
como habrás notado, el orden es la norma, no la excepción. Lamento que mi rigor
no sea de tu agrado.
—¿Qué intentas insinuar exactamente?
—Tienes razón
—concedió Agatha, sosteniéndole la mirada—. Si nos ven discutiendo cada dos por
tres, esta casa se convertirá en un caos. No socavaré tu autoridad, Peel, pero
a cambio te exijo lo mismo: no menosprecies mi labor delante de las criadas.
—¡Trato hecho! No
se hable más del asunto —respondió él, con una rigidez que empezaba a
resquebrajarse.
Agatha pareció
rejuvenecer al instante; era como si se hubiera quitado un fardo pesado de los
hombros. Para sellar aquel cambio tan necesario, miró al mayordomo con un
brillo nuevo en los ojos.
—¿Le apetece una
copa, caballero?
Peel arqueó una
ceja, sorprendido pero complacido.
—Llevo mucho
tiempo esperando esa invitación.
Agatha se alisó el
delantal y, con una sonrisa triunfal, rescató del fondo del armario una botella
de brandy añejo y dos copas de cristal de Bohemia, nuevas y talladas, que rara
vez veían la luz. Se sentó a la mesa frente a él y deslizó la botella para que
fuera él quien sirviera. Justo cuando daban el primer sorbo, paladeando la
tregua, Remedios entró en la cocina.
La mujer se quedó
de piedra, boquiabierta, procesando la imagen imposible del mayordomo y el aya compartiendo
confidencias. Agatha, con una voz que oscilaba entre el temblor de la risa y la
firmeza del mando, reaccionó de inmediato:
—Cierra la boca,
mujer, que se te va a colar una mosca. ¿Es que no tienes tareas pendientes? No
me creo que hayas terminado tan pronto.
Peel, recobrando
su papel de mando sin soltar la copa, reforzó el golpe:
—¿No has oído a
Agatha? ¡Vuelve a tu trabajo ahora mismo!
Remedios dio media
vuelta, aún aturdida, mientras el eco de la nueva alianza resonaba en las
paredes de la cocina.
Remedios
los recorrió con la mirada, asombrada. No pensaba dejarse amilanar por el tono
autoritario del mayordomo, ni mucho menos por la extraña actitud de su amiga. —Sí,
sí... ya me voy —refunfuñó, mientras retrocedía con lentitud—. Solo venía a por
el cepillo. Mis disculpas, vuelvo enseguida a mis quehaceres.
Agatha
no pudo evitar notar cómo la comisura del labio de Peel se elevaba en una
sonrisa cómplice, una expresión humana que rara vez asomaba en su rostro de
granito. Mientras tanto, Remedios se alejaba por el pasillo, con el cepillo en
la mano y la cabeza bullendo de dudas.

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Me enfeitizais el alma,
gracias por estar siempre a mi lado.
Os quiero Abraixas.