Abraixas

Bienvenidos a mi casa. Este Blog nace como una iniciativa de mi necesidad de dar a conocer mis diseños 3d en Hubisms y disponer de un medio para exponer mis sueños, ideas... Muchas gracias por acompañarme en este divertido viaje.

martes, 18 de agosto de 2026

Sueños de Honor

   Aquí os dejo el primer capítulo de mi novel Sueños de Honor registrada en Lugo en 2001, presentada a Premio Planeta, espero que disfruten con ella.
  El “Hubisms Las cartas” es mi creación Bryce para esta portada: Un plano cubos con una esfera en 2D, luces y texturas.


Helena: La Sombra de Lisboa

   Helen Spencer no regresó sola de España. A su sofisticada llegada a Londres, la aventurera percibe una presencia asfixiante: sus pasos son seguidos, sus contactos vigilados y una sombra maligna parece haberse colado en su entorno aristocrático. La causa reside en su equipaje, blindado por la inmunidad diplomática de su padre, Lord Leonard, pero que esconde un secreto explosivo: las cartas confidenciales de José María Gil Robles fundador de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), exiliado en Portugal, capaces de derrocar gobiernos. 
   Desentrañar esta red de conspiración, que mezcla diplomacia, espionaje y el peligro inminente, obligará a Helen a aliarse con Woodhall, un sagaz periodista y detective extraoficial de Scotland Yard. Juntos, deberán descifrar el mensaje de las cartas antes de que la "sombra" que acecha a Helen la alcance a ella y a la estabilidad británica. 

 Capítulo I 

   «Justicia y honor. Esas palabras bullían en mi mente como una marea alta mientras releía sus cartas. Cada semana la misma espera: un sobre, un titular en los periódicos que confirmara su nombramiento... pero solo había silencio. "Deja de darle vueltas", me decía a mí misma, imaginando su voz. "Si te hablan de compromisos o sacrificios, no agaches la cabeza. Di que ya has entregado suficiente". Él tenía derecho a exigir, no solo a pedir, pero su temple tranquilo era su condena; por eso lo ignoraban. "Protesta, habla, no dejes que nos arrebaten lo que es nuestro", repetía mi conciencia como un mantra. 

  Era esa hora en que la casa exhalaba un suspiro de alivio, cuando las criadas se retiraban por fin a sus cuartos. En mitad de esa calma recién estrenada, el pomo de bronce giró con una lentitud deliberada. Agatha, la mujer que me había criado, cruzó el umbral. Llevaba días moviéndose por los pasillos como una sombra inquieta, pero al verme, su mirada se deshizo en una mezcla de dolor y cansancio, como si arrastrara una pena que no era suya, sino mía. 

   Sabía lo que pensaba: que yo era una testaruda, que no me dejaría ayudar. Pero yo no buscaba consuelo, buscaba restitución. Al llegar a la puerta, Agatha detuvo sus pasos y volvió el rostro hacia mí.  Sus ojos suplicaban una palabra, un gesto de quiebre que le permitiera entrar en mi mundo, pero no le di esa satisfacción. Me mantuve de espaldas, absorta en la calle que se oscurecía tras el cristal. Escuché sus pasos alejarse, más cargados de preocupación que cuando entró». 

  —Por tu cara, Agatha, diría que la señorita sigue en sus trece —comentó Remedios, la ayudante de cocina, mientras se secaba las manos en el delantal. 
  
  —Así es. Desde que regresó de esas tierras tuyas, no es la misma —suspiró la vieja ama de llaves, dejándose caer en una silla—. No sé qué le habrán hecho allí para que se comporte con esa frialdad.

  Remedios se encogió de hombros con una media sonrisa cínica. —Algún mal de amores, seguro. Ya sabes cómo se ponen las jóvenes con esas cosas... 

  —¡Pues yo no lo sé! —replicó Agatha con una pizca de orgullo—. Fui muy dichosa con mi marido; jamás me dio un motivo para la infelicidad. 
  
  —Bueno, eso es verdad. Todos sabían que el señor Thomas era un santo. ¡Que Dios lo tenga en su santa gloria! 

   Agatha guardó un silencio reflexivo antes de responder. 

   —Eso depende de en qué rincón del mundo te encuentres, Remedios. Sabes que en mi convulsa India, los devotos del Bhagavad Gita creen que el alma transita por el cuerpo desde la infancia hasta la vejez, y que al morir simplemente se muda a otro nuevo, como quien cambia de ropa. Reencarnación, lo llaman. Otros, criados bajo el palio de la Iglesia, esperan subir al cielo de inmediato... Pero yo —hizo una pausa, mirando al vacío—, yo prefiero pensar que mi querido Thomas descansa en su tumba, convertido en polvo, libre por fin de cualquier dolor o sufrimiento. 

   Remedios, que no tenía ganas de enredarse en debates teológicos, persignó el aire y zanjó el tema con pragmatismo: —Entonces, según tú, no hay miedo de que regrese a darnos un susto fantasmal. Mejor así. Pero volviendo a lo que importa... me inquieta lo que le pasó en ese viaje. ¿Qué podemos hacer para descubrirlo?

   Agatha entornó los ojos, como si una idea acabara de cobrar forma entre las sombras de la cocina. —Ahora que lo pienso... sé exactamente quién puede ayudarnos. 

   —¿De quién hablas? —susurró Remedios, acortando la distancia entre ambas. 

   —De una amiga de juventud sentenció Agatha con una chispa de esperanza—. Estoy segura de que mi difunto Thomas lo aprobaría. Su presencia será el bálsamo que Helen necesita; tiene esa personalidad arrolladora capaz de sacarla del abismo. Me escribió cuando enviudé para ofrecerme sus condolencias... debo tener su carta guardada en alguna parte. 

  Agatha confiaba ciegamente en que Sharon acudiría al rescate. Tras rebuscar en el fondo de su armario, rescató una preciosa caja de té metálica, decorada con filigranas que Thomas le había traído de la India. Al abrirla, el aroma del papel viejo y los recuerdos la golpearon. Allí guardaba las cartas que él le envió mientras servía a Su Majestad. Las lágrimas surcaron sus mejillas mientras acariciaba los sobres con dedos temblorosos, depositando un beso cargado de anhelo sobre el papel antes de localizar la misiva de Sharon.

Sin perder un segundo, se dirigió a la oficina de telégrafos.

—¡Qué sorpresa, señora Agatha! —exclamó el encargado con una sonrisa ociosa—. ¿A qué debemos el honor de su visita?

—¡Déjate de zalamerías, Andrew, y escribe lo que te dicto! —le cortó ella, imperiosa—. Helen te necesita urgentemente STOP Caso España STOP Confirma llegada STOP No te demores STOP Besos Agatha.

El telegrama alcanzó a Sharon justo cuando cruzaba el umbral de su casa. Al leerlo, la emoción le nubló el juicio por un instante, pero reaccionó con presteza. Volvió sobre sus pasos y envió una respuesta escueta pero firme: Llegaré el sábado por la tarde STOP Saludos Sharon.

Sin embargo, el destino quiso que el cablegrama cayera primero en manos de Lord Spencer. Al desdoblar el papel y leer el contenido, una sombra de sospecha cruzó su rostro.

—¡Peel! —llamó con voz gélida.

El nuevo mayordomo apareció al instante. Lord Spencer no terminaba de acostumbrarse a sus modales; Peel era un hombre de porte severo y una rigidez que rayaba en la insolencia.

—Dígale a Agatha que suba al salón de inmediato —ordenó el Lord, apretando el telegrama en su puño—. Tenemos asuntos que aclarar.

Agatha no permitiría que el mayordomo la amilanara. Aunque Peel intentaba proyectar sobre ella su sombra severa, ella sabía que su lugar en aquella casa no se medía por sus años como cocinera. Desde que Leonard Spencer enviudó, dejando a una Helen de apenas quince años a la deriva, Agatha se había convertido en su columna vertebral: madre, niñera y ama de llaves a un mismo tiempo. Con esa determinación de acero, dejó atrás el ala de servicio y ascendió hacia la planta noble, invadiendo la sección de caballeros con el paso firme de quien reclama su territorio.

—¿Me ha mandado llamar el señor? —preguntó con voz firme, aunque respetuosa.

Lord Spencer no levantó la vista de inmediato. Sostenía el papel entre los dedos como si fuera una prueba acusatoria.

—¿Podrías explicarme de qué trata este telegrama de la señorita Hunter? —preguntó al fin—. No es que me moleste recibirla después de diez años, Agatha, pero no comprendo este interés repentino. Tú tienes algo que ver con esto, ¿verdad?

Agatha entrelazó las manos sobre su delantal, sosteniendo la mirada del hombre que la había visto envejecer en esa casa.

—Perdóneme, señor, pero sabe cuánto amo a la joven y verla en ese estado me parte el alma. Por eso telegrafié a Sharon Hunter. Si hay alguien en este mundo capaz de sacarla del abismo, es ella.

El Lord suspiró, suavizando un poco el gesto. Conocía la devoción de la mujer, una lealtad que iba más allá del salario.

—Sé que lo has hecho porque quieres a Helen como a una hija, Agatha. Pero la próxima vez que decidas intervenir en los asuntos de mi familia, te exijo que me consultes primero.

—No volverá a suceder, señor, se lo aseguro —respondió ella con una leve vacilación en la voz—. Pero... ¿permitirá que se quede en la casa?

—Así será —sentenció él, recuperando su tono imperioso—. Ahora, vuelve a tus quehaceres. El almuerzo debe servirse a la hora habitual; no toleraré retrasos hoy, tengo demasiado trabajo pendiente.

Agatha se giró hacia la puerta con una sonrisa de victoria en los labios, pero su gesto se congeló al toparse con la mirada de Peel. El mayordomo acababa de entrar en el salón y la observaba con una frialdad cortante, como si su mera presencia en la planta noble fuera una afrenta. Ella pasó de largo, ignorándolo con elegancia.

Lord Leonard esperó a que se marchara para dar sus instrucciones.

—Tendremos un invitado el sábado por la tarde, Peel. Prepare la habitación contigua a la de mi hija.

—Se hará como usted ordena, señor —respondió el mayordomo con una inclinación rígida—. ¿Desea que… ponga a Agatha en su sitio? Su familiaridad me parece excesiva.

—No hay nada que decir al respecto —zanjó el Lord, aunque luego añadió con un tono inusual—: Solo una pregunta: ¿Cómo va el servicio?

—Muy bien, señor —balbuceó Peel, desconcertado por la pregunta—. ¿Hay alguna queja que deba conocer?

—Todo está en orden. Solo intento ser más cordial con quienes mantienen esta casa. Espero que todos se sientan cómodos bajo mi techo.

—Lo entiendo, señor. Si no me necesita más, me retiro.

Peel abandonó la sala rumiando su frustración. Sabía que era un hombre estricto —así lo habían moldeado—, pero comprendió que, por su propio interés, debía ser más condescendiente, especialmente con Agatha, quien lo trataba como a un simple trámite burocrático.

Mientras tanto, en la cocina, Remedios aguardaba con los nervios a flor de piel, picando verduras mecánicamente para disimular su agitación.

—¿Te llamó por lo del telegrama? —susurró en cuanto vio aparecer a la ama de crianza.

—¡Así es! —exclamó Agatha, conteniendo la emoción—. No le hizo ninguna gracia mi intromisión, claro está. Pero en el fondo agradece mi iniciativa: Sharon se queda en la casa. Algo que no habría pasado si él hubiera tenido que tomar la decisión.

—¡El sábado! —tronó una voz a sus espaldas.

Peel estaba allí, pegado a la puerta como un gato al acecho. Las dos mujeres dieron un respingo, sorprendidas.

—Si se refieren a la invitada del señor —continuó Peel con autoridad impostada—, llegará el sábado por la tarde. Así que dense prisa. Remedios, llévate a una de las criadas y deja lista la habitación de inmediato. No quiero ver ni una mota de polvo.

Remedios obedeció de inmediato. La disciplina casi militar del mayordomo la intimidaba; era el polo opuesto al difunto Thomas, el marido de Agatha, de quien muchos se burlaban por su excesiva docilidad. Cuando la cocina quedó en silencio, Peel se volvió hacia el aya. 

—Ojalá pudiéramos hacer las paces, Agatha —soltó él, intentando suavizar el tono sin mucho éxito. —No sabía que hubiéramos declarado ninguna guerra —respondió ella, sin dejar de secar la platería. —Lo sabes bien. Desde que puse un pie en esta casa, siento que caminamos por sendas distintas. 

—Es cierto —sentenció Agatha, dejando el paño a un lado—. Pero es que eres un hombre frío y hosco, Peel. Él esbozó una sonrisa rígida, casi profesional. 

—Puede que lo parezca. Pero antes, esta casa se gestionaba con demasiada ligereza. Desde mi llegada, como habrás notado, el orden es la norma, no la excepción. Lamento que mi rigor no sea de tu agrado. Agatha entornó los ojos, detectando el filo tras sus palabras.

—¿Qué intentas insinuar exactamente? —¿Tú qué crees? —Peel dio un paso hacia ella—. No digo que tu esposo no hiciera bien su trabajo, ni mucho menos; pero yo no pretendo ser como él. Por eso, espero un poco más de apoyo por tu parte. Debemos esforzarnos para que el resto del servicio respete las decisiones que se toman. Al fin y al cabo, la jerarquía es el único cimiento que sostiene estos muros.

—Tienes razón —concedió Agatha, sosteniéndole la mirada—. Si nos ven discutiendo cada dos por tres, esta casa se convertirá en un caos. No socavaré tu autoridad, Peel, pero a cambio te exijo lo mismo: no menosprecies mi labor delante de las criadas.

—¡Trato hecho! No se hable más del asunto —respondió él, con una rigidez que empezaba a resquebrajarse.

Agatha pareció rejuvenecer al instante; era como si se hubiera quitado un fardo pesado de los hombros. Para sellar aquel cambio tan necesario, miró al mayordomo con un brillo nuevo en los ojos.

—¿Le apetece una copa, caballero?

Peel arqueó una ceja, sorprendido pero complacido.

—Llevo mucho tiempo esperando esa invitación.

Agatha se alisó el delantal y, con una sonrisa triunfal, rescató del fondo del armario una botella de brandy añejo y dos copas de cristal de Bohemia, nuevas y talladas, que rara vez veían la luz. Se sentó a la mesa frente a él y deslizó la botella para que fuera él quien sirviera. Justo cuando daban el primer sorbo, paladeando la tregua, Remedios entró en la cocina.

La mujer se quedó de piedra, boquiabierta, procesando la imagen imposible del mayordomo y el aya compartiendo confidencias. Agatha, con una voz que oscilaba entre el temblor de la risa y la firmeza del mando, reaccionó de inmediato:

—Cierra la boca, mujer, que se te va a colar una mosca. ¿Es que no tienes tareas pendientes? No me creo que hayas terminado tan pronto.

Peel, recobrando su papel de mando sin soltar la copa, reforzó el golpe:

—¿No has oído a Agatha? ¡Vuelve a tu trabajo ahora mismo!

Remedios dio media vuelta, aún aturdida, mientras el eco de la nueva alianza resonaba en las paredes de la cocina.

Remedios los recorrió con la mirada, asombrada. No pensaba dejarse amilanar por el tono autoritario del mayordomo, ni mucho menos por la extraña actitud de su amiga. —Sí, sí... ya me voy —refunfuñó, mientras retrocedía con lentitud—. Solo venía a por el cepillo. Mis disculpas, vuelvo enseguida a mis quehaceres.

Agatha no pudo evitar notar cómo la comisura del labio de Peel se elevaba en una sonrisa cómplice, una expresión humana que rara vez asomaba en su rostro de granito. Mientras tanto, Remedios se alejaba por el pasillo, con el cepillo en la mano y la cabeza bullendo de dudas.

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gracias por estar siempre a mi lado.
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