Junto con Veil, pasamos a buscar a Walter por su casa. Sin perder tiempo, pusimos rumbo a la ciudad medieval de Arundel, que reposa a orillas del río Arun. Al cruzar el umbral del imponente castillo del siglo XI, nos recibió una escena digna de otra época: el mayordomo aguardaba frente a una hilera de doncellas, perfectamente alineadas como si pasaran revista militar. ¡Un despliegue de formalidad asombroso!
Tras las presentaciones de rigor, el servicio se hizo cargo de nuestro equipaje y nos escoltó a los aposentos. El mayordomo nos informó que los duques y sus invitados aún no regresaban de la caza; podíamos descansar del viaje y esperar su aviso. Me instalé en la habitación situada entre la de Walter y la de Edwin. Al entrar, una de las doncellas terminaba de acomodar mis pertenencias.
—Todo está listo, señorita. Espero que la estancia sea de su agrado —dijo con una leve reverencia—. ¿Desea que le prepare el baño?
—No, gracias. Puedes retirarte.»
«La doncella hizo una breve reverencia y se retiró en silencio. Casi de inmediato, el eco de los ladridos de los pointers anunció el regreso de la cacería; esa raza elegante y nerviosa cuyo instinto parece no descansar nunca. Se oía el rítmico repiqueteo de los cascos sobre las piedras del patio y el bullicio de los cazadores, cuyas voces delataban la excitación de una jornada productiva.
Me preparé para el almuerzo eligiendo un traje de montar; era la mejor forma de integrarme entre los invitados sin desentonar. Al bajar, el mayordomo me salió al encuentro en la escalinata que desembocaba en el gran salón principal.
—¡Me alegra encontrarla, señorita Spencer! —exclamó con cortesía—. El almuerzo se servirá al aire libre, en la liza del castillo, por disposición de los duques. Los señores Gallichan y Woodhall ya se han reunido con el resto del grupo. Por favor, acompáñeme; no querríamos que se perdiera en este laberinto de piedra.
Esbocé una sonrisa. Me resultó divertido que temiera que pudiera extraviarme; conocía aquellos pasillos mucho mejor de lo que él imaginaba.
La primera persona que vi al llegar fue al Alto Comisionado.
—Es una verdadera lástima que no nos acompañara —dijo al verme—. Tengo entendido que es usted una amazona excepcional. Habría disfrutado viendo trabajar a los pointers; ninguna presa está a salvo cuando ellos rastrean. Ha sido emocionante, una captura verdaderamente abundante.»
—No pudimos llegar antes, Ged —respondí con una sonrisa—, pero le prometo que mañana estaré a su lado en la partida.
—En ese caso, permítame presentarle a nuestros anfitriones: los duques de Norfolk, William y Emily.
Me tomó del brazo con afecto y nos dirigimos hacia la pareja, que conversaba animadamente con el líder del Partido Laborista. Ged aguardó un breve silencio para intervenir:
—Disculpen la interrupción, pero quería presentarles a la joven de la que les hablé esta mañana: la señorita Helen Spencer.
La duquesa, de semblante afable y mirada curiosa, tomó la palabra de inmediato:
—Es un verdadero placer tenerla en nuestra casa, querida. Espero que disfrute de la estancia y de la cacería.
—Estoy segura de que así será, duquesa —respondí con una inclinación de cabeza—. Y permítame felicitarla por la sublime restauración que ha llevado a cabo en el castillo. Es un trabajo impecable.
Los ojos de la duquesa brillaron de genuina satisfacción. Helen era la primera invitada en notar los matices de la reconstrucción, y ese detalle le ganó su simpatía al instante. Ged, animado por el buen recibimiento, sugirió presentarme a Stanley, pero me adelanté con suavidad:
—Tengo el placer de conocer al conde de Bewdley desde hace algún tiempo.
Stanley sonrió, divertido por la sorpresa de Ged, y añadió:
—Helen y yo somos viejos amigos, Shaw. Veo que ya has localizado a Clement junto a los duques, pero dime... ¿has visto a Margaret? Está por aquí. Seguramente la recuerdas de su reciente visita a tu casa.
—¡Perfectamente! —respondí con una sonrisa—. ¿Y tú, Stanley? ¿También has sucumbido a la afición por la caza?
—Eso parece. El Primer Ministro nos invitó; él debería saberlo mejor que nadie —replicó con un deje de ironía.
—¿Has traído a Dorothy?
—¡Por supuesto! Estará charlando con la esposa de Chamberlain. —Se inclinó hacia mi oído y añadió en voz baja—: Ya sabes que tienen mucho en común; ambas compartieron la misma casa.
—Discúlpenme —dije, alejándome de Shaw y Stanley.
Caminé hacia la mesa para tomar algo de comida, pero mis ojos no perdían de vista a Woodhall. Entonces divisé a Dorothy; estaba sentada junto a Mary, la esposa del Primer Ministro, quien la escuchaba con evidente simpatía. Al verme, Dorothy exclamó:
—¡Pero cuánto has cambiado, querida! ¡Mira, Mary! Es la hija de lord Leonard.
Me invitaron a sentarme con ellas y Dorothy retomó el hilo de la conversación sin preámbulos:
—Stanley ya me ha puesto al tanto sobre lo de tu padre y tu amiga. Estamos indignados con todo este asunto. ¿Aún no hay noticias?
—Seguimos esperando —respondí, tratando de mantener la compostura.
—¿No tienes miedo, cielo? —preguntó Mary, buscándome la mirada.
—Por supuesto, Mary. La vida de mi padre y la de mí mejor amiga están en juego. No puedo evitar sentir temor.
—Le diré a Arthur que tome precauciones extremas —aseguró Mary con firmeza.
—Se lo agradezco, pero el Primer Ministro ya ha hecho mucho por nosotros.
—¡Siento que me estoy perdiendo algo importante, señoras! —exclamó la duquesa, uniéndose al grupo con paso ligero.
—Emily, estábamos hablando de la situación de lord Leonard —explicó Dorothy, bajando el tono de voz.
—Es una situación terrible, pero todos confiamos en que se resuelva pronto —sentenció la duquesa con una sonrisa diplomática—. Ahora, querida, intentemos animarnos un poco. ¿Qué les parece si organizamos un partido de críquet solo para nosotras?
—Me encantaría competir con ustedes, duquesa —me disculpé con suavidad—, pero preferiría dar un paseo a caballo. Hace tiempo que no monto y necesito despejarme.
—No te preocupes en absoluto, cielo. Siéntete como en tu propia casa. En las caballerizas te ensillarán el mejor ejemplar; lo único que queremos es que te diviertas y olvides, aunque sea por un instante, todo lo ocurrido. ¡Ve, corre a disfrutar!
Me alejé hacia las cuadras, pero sus voces, filtradas por la brisa, me alcanzaron antes de que pudiera perderlas de vista.
—Pobre muchacha —susurró Emily mientras se alejaban—. Tiene tantas esperanzas puestas en su padre y en esa amiga extranjera... americana, creo. Pero dudo mucho que los rescaten con vida.
—Pienso lo mismo —coincidió Dorothy con un suspiro—. Arthur cree que lo más probable es que los alemanes los tengan en su poder. Y ya sabemos cómo tratan a sus prisioneros.
—Yo tengo plena confianza en lord Leonard, es un hombre excepcional —intervino Mary—. Además, Shaw me ha comentado que el asunto está cerca de resolverse; al parecer, tienen una reunión crucial esta noche.
—¡Qué fascinante! —exclamó Emily—. ¿Crees que podremos asistir?
—Lo dudo mucho. Pero lo más probable es que Margaret esté aquí precisamente por eso. Todo el mundo sabe que detesta los caballos y que odia la caza; no vendría hasta aquí si no hubiera algo importante en juego.»
—¡O tal vez sea porque Edwin Woodhall está aquí! —apuntó Mary con una chispa de malicia—. Tengo entendido que le gusta bastante y que ha intentado llamar su atención en más de una ocasión.
—¿Tú crees? No lo sé, pero esto se está poniendo cada vez más interesante —respondió la duquesa con una sonrisa—. Ya veremos qué ocurre. ¡Vamos! Busquémosla para que se una a nosotras.
Mientras tanto, en las caballerizas, el trato fue impecable. Con gran destreza, el mozo me preparó una yegua blanca, dócil pero de paso firme. Monté de un salto y salí al galope, con tal ímpetu que por poco me llevo a Walter por delante; solo mis reflejos evitaron el impacto. Al mirar atrás, lo vi sacudiéndose el polvo de los pantalones mientras se dirigía hacia donde estaba Edwin.
—Veo que todavía la buscas con la mirada —comentó Walter al llegar junto a él—. Pues llega tarde; ya se ha ido.
—¿Qué dices? ¿Cuándo? —exclamó Edwin, desconcertado—. ¡Si estaba con las señoras hace un momento! Acabo de verla.
—Bueno, yo la he visto partir a todo galope. Si quieres alcanzarla, tendrás que montar. ¿Sabes hacerlo?
—¡Por supuesto! Aunque hace tiempo que no practico...
—¿Entonces a qué esperas? ¡Ve tras ella! —le espoleó Walter con una sonrisa socarrona—. Yo, por mi parte, voy a servirme un buen whisky y me tumbaré un rato a la sombra.
—¿Pero dónde demonios están las caballerizas?
—Pídele a cualquiera de los camareros que te lo indique —concluyó Walter, dándole la espalda.»
Woodhall siguió la sugerencia de inmediato. Uno de los camareros lo escoltó hasta los establos, donde el mozo le ensilló un caballo que partió al galope bajo su mando.
Mientras tanto, me detuve en un claro bañado por el sol. Desmonté, me despojé de los zapatos y dejé que la frescura de la hierba húmeda acariciara mis pies. En ese instante, la energía vibrante de la naturaleza pareció fundirse con mi propio ser, brindándome un alivio que empezaba a serme ajeno. Había una poesía silenciosa en el paisaje, un estímulo que despertaba mis emociones más profundas.
Me recosté sobre el manto verde e intenté, sin éxito, comprender a aquellas damas. ¿Cómo podían vivir tan despreocupadas, entregadas a juegos y risas, mientras el mundo se precipitaba hacia un conflicto devastador? Era la ironía de la vida: para mí, ser como ellas era una imposibilidad absoluta.
Edwin frenó su corcel al divisarme tendida en el prado. Desmontó con cuidado, aseguró las riendas a una rama y comenzó a acercarse sigilosamente, intentando no romper el encanto del momento. Yo lo vi venir por el rabillo del ojo, pero permanecí inmóvil, fingiendo que mi mente estaba en otra parte. Sin decir palabra, se sentó a mi lado, compartiendo aquel refugio de paz.
—¿Por qué te has escapado? —preguntó Edwin rompiendo el silencio.
—Quería estar sola, aunque parece que en este lugar eso es un lujo imposible.
—Últimamente es lo único que buscas, Helen.
—¡Tienes razón! —asentí sin mirarlo.
—¿Sigues resentida conmigo por lo del manuscrito? Si es así, lo lamento. No debí presionarte para que me lo entregaras.
—Pensé que tu orgullo te impediría disculparte —respondí, girándome al fin hacia él.
—Me cuesta, no voy a negarlo, pero debemos estar unidos para afrontar lo que se avecina.
—Sigo sin entender por qué hemos venido aquí, con tanta gente en el castillo, si el propósito era hablar conmigo —confesé con frustración—. Esperaba una reunión privada con el Primer Ministro, no un evento social. Me estoy volviendo extraña, Edwin; veo a los demás y me parecen ajenos. Todo el mundo aquí parece obsesionado con divertirse mientras el mundo arde.
—No seas tan severa con ellos —replicó él con suavidad—. Tienen trabajos agotadores y apenas ven a sus familias; esto es un respiro necesario.
—¡Pero si ni siquiera están con ellas! Las esposas siguen solas; la única diferencia es que ahora saben en qué habitación duermen sus maridos. Y, por cierto, tú deberías estar allí con ellos, no aquí conmigo.
—Prefiero estar a tu lado. ¿Tan pronto has olvidado lo que siento por ti?
—Te dije que hablaríamos de eso en su momento.
—Es cierto, pero tu actitud ha cambiado. Me hace pensar que ya no sientes lo mismo.
—No es solo cosa mía, Edwin. ¡Tú también has cambiado! —le espeté.
Se hizo un silencio tenso. Edwin me miró fijamente antes de preguntar:
—¿Quieres que me vaya?
—Haz lo que quieras. Me da igual —respondí con fingida indiferencia.
Edwin hizo amago de levantarse para marcharse, pero lo detuve antes de que diera un paso:
—¡Espera! Me gustaría volver contigo.
Me tendió la mano para ayudarme a levantar y caminamos hacia los caballos. En cuanto monté, espoleé a mi yegua y salí disparada:
—¡Hagamos una carrera! ¡Veamos quién llega primero!
—¡Si te gano, me darás un beso! —gritó él, lanzándose en mi persecución.
—¡De acuerdo! ¡Pero tendrás que esforzarte para alcanzarme!»
Competimos codo con codo por alcanzar la meta. Aunque mi yegua mantuvo la ventaja hasta el último instante, Edwin logró rebasarme en el último suspiro. Entramos a galope tendido, levantando una polvareda que atrajo todas las miradas; los invitados, congregados en la terraza frente a las mesas de té dispuestas en perfecta simetría, nos dedicaron un aplauso entusiasta.
Llegamos a los patios jadeando, con la adrenalina aún a flor de piel. Edwin saltó de su montura y, antes de que pudiera reaccionar, me tomó en brazos con fuerza.
—Creo que tu yegua se ha compadecido de mí para dejarme ganar —susurró con una sonrisa victoriosa—. Me debes un beso, Helen, y pienso cobrarlo ahora mismo.
Me estrechó contra su pecho y me besó con una pasión que me dejó sin aliento. En ese instante, rodeada por su calor, comprendí cuánto había ansiado volver a estar en sus brazos.
Al alejarnos de las caballerizas, nos encontramos a solas en un rincón del jardín que parecía detenido en el tiempo. El lugar era un prodigio de paisajismo, custodiado por una selección de rosales que abrumaba los sentidos. Ante tanta opulencia natural, cualquier adjetivo de admiración resultaba insuficiente. Era imposible no perderse en la belleza de las rosas de té y su follaje de un verde sedoso, o en el naranja vibrante de las William Allen Richardson. Las Maréchal Niel exhalaban una fragancia delicada que envolvía sus pétalos amarillo limón, mientras que las célebres Sir Rowland Hill, de un púrpura oscuro casi místico, coronaban el conjunto.
Aquella atmósfera idílica, cargada de romanticismo y aroma a flores, se hizo añicos con la repentina aparición de Ged.
—Empieza a refrescar —intervino Ged, rompiendo el hechizo—. Quizá sea mejor que entremos.
—Es una tarde preciosa para pasear y respirar un poco de aire puro, Ged —respondí, intentando prolongar aquel instante de paz.
Él inspiró profundamente varias veces antes de asentir con gravedad.
—Tiene razón. Es un deleite respirar aquí, especialmente con el perfume de estas rosas envolviéndonos. Pero no podemos demorarnos más; hay personas muy impacientes por lo que está ocurriendo y ha llegado la hora de que hablemos.
—¿Impacientes por qué? —pregunté, sintiendo un súbito escalofrío.
—El líder laborista y Margaret se han enterado de la existencia del paquete —confesó Ged en voz baja—. Exigen explicaciones inmediatas al Primer Ministro.
—En ese caso, veamos qué es lo que quieren.
Entramos por la puerta del jardín que desembocaba en el gran salón. El espacio era un despliegue de magnificencia: muebles isabelinos de fina caoba india convivían con bronces negros de Caffieri y Lamber, entrelazados con exóticas piezas de arte oriental. Al vernos, Dorothy alzó la voz:
—¡Únete a nosotras, querida! Hay una reunión en marcha. ¡Qué tedio! Esta gente nunca descansa.
—Lo siento, Dorothy, pero me han pedido expresamente que asista.
Las damas intercambiaron una mirada de asombro. Tras cerrarse las puertas tras de mí, Mary comentó:
—No te extrañe, Dorothy. El asunto concierne a su padre y la preocupación es general. Tengo entendido que ya ha habido contacto con los secuestradores; si ella debe verlos de nuevo, supongo que recibirá instrucciones ahora mismo.
—Debe de ser algo de extrema gravedad, Mary —añadió Emily—, para que tu marido le haya pedido a William que organice esta partida de caza como cobertura, con la carga de trabajo que ha tenido últimamente.
—Es cierto, Emily, pero dicen que es por el bien común. Debo confesar que estoy intrigada con esa joven y su padre.
—No hay nada que temer, Mary —sentenció Emily con firmeza—. Lord Leonard lleva años trabajando para Stanley y goza de nuestra absoluta confianza.
—Eso me tranquiliza. He visto a Arthur tan consumido por la preocupación este último mes que ya no sabía qué pensar.
—¡Oh, calla! —exclamó Emily con un escalofrío—. No me hagas recordar lo que soñé anoche.
—¡Cuenta, cuenta! No me dejes con la intriga —insistió Dorothy, inclinándose hacia ella.
—Soñé con la Dama Negra de Windsor emergiendo de la Torre Redonda. Ya sabes lo que dicen: cuando se aparece en sueños a los soberanos, es para anunciar el fin de su vida terrenal. Temo que lord Leonard no sea hallado con vida. Sé que pensarás que son supersticiones, pero presiento que algo terrible va a suceder. En fin —añadió Emily, forzando una sonrisa—, quiero olvidarme de todo. Divirtámonos y dejemos de pensar en este asunto; ellos se encargarán de resolverlo.
Mary asintió en silencio, aunque su rostro había palidecido. Se dijo a sí misma que aquellas eran excentricidades típicas de la superstición escocesa, pero la inquietud ya se había instalado en su pecho.
Mientras tanto, el salón de baile había sido transformado en una austera sala de juntas. Todos aguardaban sentados en cómodas sillas carolinas. Una imponente mesa de maderas nobles con patas cabriolé, obra de Oeben, presidía la estancia. En la cabecera se sentaba el Primer Ministro; a su derecha, el conde de Bewdley, Margaret, Ged y Edwin. A su izquierda, Clement, William y Walter.
Me habían reservado un lugar en el extremo opuesto. Me sentía como una colegial a punto de enfrentarse a un examen oral ante un claustro implacable, pero no estaba dispuesta a dejar que me intimidaran. Al sentarme, sostuve la mirada del grupo y pregunté sin rodeos:
—Bien, caballeros. ¿Van a decirme ya para qué me han llamado?
Hubo un silencio tenso. Los hombres intercambiaron miradas, dudando sobre quién debía romper el hielo, hasta que Margaret tomó la palabra con voz gélida:
—Tenemos un interés muy particular en cierto asunto que su padre nos ha estado ocultando, señorita Spencer.
—Espero que mi padre les oculte muchas cosas —respondí con una calma gélida—. Es la mejor prueba de que sabe hacer bien su trabajo.
—¿Cómo se atreve? —exclamó Margaret, ofendida.
—Le recuerdo que usted pertenece a la oposición y mi padre no comparte su ideología. Aunque los respeta, no tiene obligación alguna de revelarles todo lo que sabe.
—En este caso, señorita Spencer —intervino lord Clement con tono conciliador—, la preocupación es general y hemos dejado a un lado nuestra militancia política.
—De acuerdo, lord Clement, aceptemos que no se trata de política —concedí—. Pero, por favor, especifiquen de una vez qué es lo que desean saber.
—El contenido del paquete que trajo de España —soltó el conde de Bewdley sin preámbulos.
—¡Ah, sí! Ese paquete está dando mucho que hablar últimamente, conde —dije con una sonrisa amarga. Miré directamente a Stanley y pregunté—: ¿Y qué opina usted de este asunto, señor?
Stanley se inclinó hacia delante, entrelazando las manos sobre la mesa en un gesto de calculada paciencia.
—Nos hemos reunido aquí con la esperanza de ver su contenido, analizarlo a fondo y sacar conclusiones propias —dijo, con voz pausada—. ¿Lo ha traído consigo?
El silencio se volvió denso, casi sólido. No respondí; dejé que la ausencia de palabras gravitara en la sala, aplastando sus expectativas. Edwin me estudiaba con una calma gélida, aunque el brillo de advertencia en sus ojos lo delataba.
—Por su mirada, Edwin, sospecho que nuestra amiga planea algo distinto —intervino Stanley, rompiendo la tensión con un tono gélido—. Planea entregárselo directamente a los secuestradores.
—¡Lo has entendido perfectamente, Stanley! —Sostuve su mirada con un desafío abierto, dejando que mi respuesta cayera como un mazo sobre la mesa.
—¡Lo impediremos! —sentenció él, mientras un murmullo de indignación recorría a los presentes como una corriente eléctrica.
«—¿Y me dirás cómo piensas impedirlo, Stanley? —ataqué sin miramientos—. Al parecer, ahora gozas de una visión del futuro mucho más lúcida que cuando decidiste no tomar medidas contra Alemania, menospreciando su amenaza mientras te desvivías por forzar la abdicación del rey Eduardo y evitar su matrimonio con Wallis Simpson. En este asunto, sin embargo, me temo que no tienes voz ni voto.
—¡Cómo se atreve esta jovencita a insultar a Stanley en mi propia casa! —estalló William, golpeando el brazo de su silla.
—No es un insulto, William. Él me conoce bien y sabe que soy sincera —respondí con una calma que los enfurecía más—. Solo le sugiero que, de vez en cuando, analice sus sentimientos y deje de dejarse arrastrar por su orgullo.
—¡Basta, Helen! Deja el pasado donde pertenece —intervino el Primer Ministro, tratando de recuperar el mando—. Dime: ¿cuáles son tus verdaderas intenciones?
—Señor Primer Ministro, mi prioridad es absoluta: liberar a mi padre de las garras de esos nazis que han profanado nuestro suelo y han tenido la osadía criminal de secuestrar a un miembro de este Parlamento.
Al oír la palabra "nazis", Clement se levantó de un salto, indignado. Caminó unos pasos y regresó a la mesa para descargar un puñetazo sobre la madera noble.
—¡¿Alemanes?! ¡Imposible! ¡Exijo una explicación inmediata! —bramó—. ¿Cómo es posible que no se hayan tomado medidas contra quienes entran y salen del país? ¡Su gobierno, Primer Ministro, es una oda a la incompetencia!
—No hay necesidad de alterarse, lord Clement —respondí con una sonrisa gélida—. Es difícil controlarlo todo; siempre hay "amigos" dispuestos a intercambiar favores peligrosos.
—¿Qué intenta insinuar, señorita Spencer? —siseó Clement, palideciendo.
—Lo que todos aquí sabemos y callamos, milord. ¿Acaso han olvidado a cierta rubia teñida con la que pasó un fin de semana tan "agradable" en las termas de Bath? ¿O al "amigo" que tuvo que sacarlo del apuro cuando su esposa apareció de improviso? Esposa que, por cierto, hoy tampoco nos acompaña.
—¡¿Quién le ha contado semejante calumnia?! —bramó Clement, con los puños apretados hasta que los nudillos se tornaron blancos—. ¡Exijo una reparación inmediata!
Mantuve el silencio durante unos segundos, disfrutando de su capitulación interna. Lo había acorralado; no le convenía en absoluto que el nombre de aquella dama de la alta sociedad saliera a la luz.
—Les ruego que dejen de lanzarse acusaciones viles —continué con voz firme—. No están en el Parlamento. Guarden silencio, porque yo también guardo el mío sobre muchos de los presentes.
—¿Quién te ha proporcionado esa información? —preguntó Stanley, incorporándose con lentitud, como si viera a una desconocida.
—El Primer Ministro tiene la respuesta.
Todas las miradas convergieron en Chamberlain, quien suspiró con pesadumbre antes de hablar:
—Stanley, cuando te retiraste en el 37, me confiaste a tus hombres; pero con ellos vino la señorita Spencer. Su padre la había estado entrenando en la clandestinidad. Cuando surgieron misiones donde Scotland Yard no podía cruzar fronteras sin causar un conflicto diplomático, lord Leonard propuso que usáramos a Helen. Al principio me negué, pero él la envió de todos modos. Los resultados fueron tan brillantes que no pude prescindir de ella.
—Entonces... lo del manuscrito en tu equipaje en España... ¿fue toda una invención? —preguntó Edwin, con la voz quebrada por la decepción.
—Todo estaba planeado, Edwin. España ha sido un destino crucial para mí desde que conocí a Remedios; ella me ayudó con una paciencia infinita.
—¡¿Una cocinera?! —exclamó Margaret con un tono de desprecio absoluto—. ¡No me lo puedo creer! España está llena de analfabetos. ¿Cómo es posible que una simple criada sepa siquiera leer? ¿Y qué me dice de la gramática?
—Lo has dicho con el tono equivocado, Walter. No es una simple criada —sentencié, barriendo la mesa con la mirada—. Remedios proviene de una familia noble; tuvo que huir de su país para salvar la vida cuando estalló el caos. Su protector falleció en el intento, pero mi familia la acogió en Inglaterra. Leonard comprendió de inmediato que ella era la pieza que faltaba: conocía su historia y la convenció para que se convirtiera en mi mentora. Su misión era transformarme en una experta; debía escribir y hablar como una española auténtica, sin rastro de acento británico. Por eso, cuando necesitamos una nueva ayudante de cocina, ella se infiltró en la casa bajo la fachada perfecta.
Hice una breve pausa para que asimilaran la magnitud del engaño.
—Cuando me enviaron a España en nombre de mi padre, el plan ya estaba trazado al milímetro: mi objetivo era extraer el manuscrito del antiguo Ministro de Guerra español. Sabíamos que las comunicaciones con el Daily Herald habían sido interceptadas y necesitábamos verificar la veracidad de esos documentos antes de que cayeran en manos equivocadas.
—¿Te refieres a la entrevista de Lisboa? —intervino Walter, atando cabos con una rapidez eléctrica—. El contacto de mi director fue claro: Robles poseía algo que debía salir a la luz... una verdad capaz de sacudir los cimientos de su país.
—Exactamente, Walter —confirmé con voz pausada—. Tu jefe nunca llegó a hablar con el señor Robles. Habló con el hombre que orquestó el secuestro de mi padre.
—¡Atiza! —exclamó Walter, palideciendo—. ¿Así que fue él quien me envió a aquel bar de mala muerte? ¡Casi me liquidan allí mismo!
—La mujer con la que hablaste por teléfono al regresar a Lisboa era, en efecto, la secretaria de Robles. Hasta ese momento, la operación era auténtica; el propio Robles tenía curiosidad por conocerte. Pero, tras ser advertido del peligro inminente, su secretaria cambió los planes y te envió a aquel tugurio. Los hombres que irrumpieron allí no eran delincuentes comunes; eran agentes alemanes esperando a que Robles apareciera para capturarlo. Tú no les servías de nada, Walter; solo eras el cebo para atraer a la presa mayor.
—¿Y cómo demonios puede saber eso con tanta certeza? —intervino Shaw, visiblemente alterado.
—Porque conozco personalmente al señor Robles —respondí, dejando que mis palabras cayeran con todo su peso.
Edwin me miró, con el rostro desencajado por la confusión y una pizca de traición.
—Pero... cuando nos presentaron en Lisboa, él no dio la menor señal de que ya se conocieran. ¿Cómo es posible?
Esbocé una sonrisa enigmática antes de lanzarle el dardo final:
—Pero firmó el documento en tu presencia, ¿verdad, Edwin?
—¿Qué documento? —ladró Clement, perdiendo los estribos e interrumpiendo la confesión.
—Paciencia, caballeros —sentencié, aplacando el murmullo con un leve movimiento de mano—. Conocí personalmente al señor Robles; yo también me encontraba en Lisboa durante la estancia de Walter y Sharon. Sin embargo, mi posición era muy distinta: me alojaba en la embajada española por invitación directa de Nicolás Franco. Mi misión era confirmar la veracidad de un rumor peligroso: que Gil Robles pretendía sacar a la luz las cartas del general Jordana.
Al ponerme en contacto con él, descubrí una realidad mucho más oscura. Robles me reveló la existencia de una red de agentes alemanes liderada por un tal Stolp: dos mil oficiales de élite, meticulosamente entrenados, que operaban en secreto por todo el globo bajo las órdenes directas del Führer. Su único objetivo era desestabilizar gobiernos desde dentro. Me confesó que, en los bajos fondos del espionaje, se les conocía como "Los Murciélagos", pues sus operaciones siempre se ejecutaban al amparo de las sombras.
Hice una pausa dramática, observando cómo el color desaparecía de los rostros de los presentes.
—¿Eran conscientes de que su plan inmediato era instaurar un nuevo Gobierno en España que sirviera de base para extender la supremacía nazi por toda Europa? En cuanto al manuscrito, Robles no tenía el menor interés en publicarlo. Aquella filtración al Daily Herald no fue más que un anzuelo de los alemanes para localizarlo, ya que él era de los pocos que conocía sus tácticas.
Miré a Walter, cuya expresión de asombro era casi cómica.
—Me preocupaba que hubieran contactado con su secretaria para concertar la entrevista. Así que le propuse a Robles un experimento: utilizaríamos al periodista como señuelo en aquel bar para monitorizar las actividades de ese grupo y confirmar si "Los Murciélagos" ya operaban en Lisboa. Siento decirte, Walter, que te utilizamos... aunque nunca te dejamos desprotegido. ¿O acaso has olvidado a la bailarina que no te quitó el ojo de encima esa noche?
—¡Atiza! —exclamó Walter, dándose una palmada en el muslo—. ¡Así que la bailarina era una agente secreta! Pues, desde luego, no fingía nada mal su papel.
—Me alegra que fuera de tu agrado, Walter —respondí con una sombra de sonrisa—. Una vez que verificamos que las sospechas del señor Robles eran fundadas, iniciamos una misión para protegerlo. Buscamos un refugio seguro y diseñamos la estrategia para que el manuscrito llegara a mis manos; necesitábamos desviar la atención de "Los Murciélagos" hacia mí y así ganar tiempo para neutralizarlos. El documento, básicamente, no es más que un cebo, aunque uno extremadamente valioso.
—¡Entonces lo de Portugal, aquel día cuatro, fue una burla a la cara de Scotland Yard! —estalló Edwin, poniéndose en pie con el rostro encendido.
—¡No, Edwin, cálmate! —intervine con firmeza—. No fue una burla, fue una estrategia de supervivencia.
—El señor Robles no tuvo la menor idea de que yo dominaba su idioma hasta el mismísimo día en que nos reunimos —añadí para suavizar el golpe.
—¡Ya, ya! Puede ser —masculló Edwin, frotándose la sien—. Pero recuerdo que ni siquiera se inmutó cuando le dijiste que tenías sus cartas en tu poder.
—Porque él ya sabía que las recibiría. Ina Aznar se me acercó durante la cena en la embajada, el día antes de mi partida de España, y me susurró al oído: «Señorita Spencer, tengo algo para usted enviado desde Coímbra. Le gustará; dicen que es un objeto muy apreciado en Inglaterra. Mañana se lo entregaré en el aeropuerto como recuerdo de nuestro país». Todo estaba orquestado antes de que tú siquiera aparecieras en escena.
—¿Nos dijiste que era una desconocida? —me recriminó Edwin, buscando una grieta en mi relato.
—Para mí lo era en aquel momento. Vestía de forma sencilla, casi humilde. Se me acercó nerviosa, indicándome con la mirada que la seguían y que debía subir al avión de inmediato. Fue entonces cuando dejó caer el paquete en el interior de mi bolso. Mis hombres me confirman que ella está a salvo, no corre peligro.
—Así que ese era el "trabajo" en España... y hay más agentes involucrados sin siquiera saberlo. ¡Magnífico! —comentó Shaw, lanzando una mirada cargada de veneno al Primer Ministro.
Margaret intervino entonces, con su voz cortante como el hielo:
—¿Y qué se pretende lograr exactamente con ese manuscrito, señorita Spencer?
—Creo que ha quedado meridianamente claro: es una trampa. Nuestra misión es capturar a la red completa; Inglaterra no puede permitirse tener espías en su suelo cuando declaremos la guerra a Alemania.
—¡Eso no es seguro! —estalló Chamberlain—. ¡Mantenemos buenas relaciones con el Reich!
—Se lo agradezco, Primer Ministro, pero le ruego que no los subestime como hizo Stanley —repliqué con una firmeza que hizo callar a la sala—. Sé con absoluta certeza que el propósito de Hitler es invadir Polonia este mismo verano, a más tardar. Sus tropas están listas para entrar en acción. Si ese grupo de "Murciélagos" logra su objetivo, España no será neutral, por mucho que se empeñen en prometérselo —sentencié, dejando que la advertencia flotara en el aire—. Silenciarán al general Jordana y al propio Franco. Y no me cabe la menor duda, caballeros: después de ellos, vendrán a por nosotros.
—Todo eso es brillante, Helen, pero aún no nos has dicho qué piensas hacer con el manuscrito —insistió el Primer Ministro.
—Utilizaré una copia falsa para liberar a mi padre —respondí con naturalidad—. No hay de qué preocuparse; es una obra maestra de la caligrafía, indistinguible de la original para cualquiera que no sea un experto. Después, usted, señor Primer Ministro, deberá concertar una reunión con el general Jordana para rendirle al señor Robles el honor que merece, tal como se le prometió en agradecimiento por sus informes.
—¡Dudo mucho que Franco y Jordana acepten semejante trato! —exclamó Clement.
—Solo tiene que pedirle que venga personalmente a recoger el documento, alegando que no confía en subordinados, como es costumbre entre hombres de su posición. Usted sabrá cómo convencerlo. Mientras tanto, Scotland Yard y mis hombres desmantelarán esa red que ya se ha infiltrado en nuestro suelo. ¿Contamos con su apoyo, Shaw?
Ged reflexionó unos instantes antes de exclamar con determinación:
—¡Tenemos que atraparlos a todos!
—¡Yo diría que hay que inmovilizarlos! —saltó Walter, herido en su orgullo—. No permitiremos que ensucien nuestro mundo con sus juegos sucios y sus burlas a Su Graciosa Majestad.
—¡Cálmate, Walter, por el amor de Dios! —le recriminó Edwin, tratando de frenar su impulso.
—No te preocupes, sé perfectamente lo que tengo que hacer —respondió él, recuperando una calma gélida—. Al fin y al cabo, he aprendido del mejor: de ti, Edwin.
—Me alegro por ti, Walter —intervine, suavizando el tono—, aunque esta será una prueba de fuego para ti, especialmente por lo que está por venir...
—¿Qué quieres decir? —Walter me miró con sospecha—. Presiento que me ocultas algo. ¿Le ha pasado algo a Sharon?
—Tranquilízate, Sharon está a salvo. Es solo que hay alguien a quien debes conocer. ¿Podrían comprobar si nuestra invitada ha llegado al fin?
El duque tiró del pompón de seda de la cortina para llamar al servicio. Cuando Ernest, el mayordomo, entró en la estancia, William le preguntó por la persona que esperábamos.
—Sí, señor —respondió Ernest con una inclinación—. Llegó hace unos diez minutos, pero le pedí que aguardara en la biblioteca hasta que su reunión concluyera.»
—Hágala pasar, Ernest.
El mayordomo reapareció al poco tiempo escoltando a una joven que compartía la juventud de Helen. Su encendida melena pelirroja actuaba como el marco perfecto para sus facciones, compitiendo en intensidad con un diseño de Philippe & Gaston en crepé de China rojo. Los bordados de seda negra en el cuerpo y las mangas aportaban una sobriedad aristocrática al conjunto, mientras una bufanda a juego caía con gracia sobre su cuello. Un pequeño sombrero de fieltro, rematado por el sutil vuelo de unas plumas, completaba una estampa de belleza magnética: esbelta, de piel nacarada y con una mirada de una franqueza tan que resultaba capaz de desarmar al más escéptico.
La joven recorrió la sala con curiosidad antes de dedicarme una sonrisa. Me puse en pie para cederle mi lugar y, alzando la voz, anuncié:
—Caballeros, permítanme presentarles a la auténtica Sharon Hunter.
Se produjo un revuelo inmediato. Walter se levantó de un salto, visiblemente alterado y con las manos temblorosas.
—¿Qué clase de broma es esta? —estalló—. ¡Esa mujer no es Sharon!
—Lamento informarte, Walter, de que esta es la verdadera Sharon —repliqué con firmeza.
Walter se detuvo en seco, clavando en ella esa mirada de periodista veterano que busca la grieta en un testimonio. La recorrió de nuevo, del rojo carmesí de su vestido al fuego de su melena.
—¿Es cierto...? —balbuceó finalmente, como si las palabras pesaran—. ¿Es usted la verdadera Sharon Hunter?
—Lo soy, caballero —respondió ella. Su voz, serena y profunda, cayó sobre el escepticismo de Walter con el peso de una verdad absoluta, desarmando cualquier repregunta antes de que fuera formulada.
Walter se llevó las manos a la cabeza, revolviéndose el pelo en un gesto de pura desesperación, y se desplomó en su silla. Sacudía la cabeza de un lado a otro, incapaz de procesar la realidad.
—Esto es una locura... no puede ser... simplemente es imposible —susurraba para sí mismo.
Clement, tratando de imponer un poco de orden en el caos, puso una mano sobre su hombro y sentenció:
—Uno siempre acaba recuperándose de un engaño, Walter. Pero el verdadero problema sigue sobre la mesa: si ella está aquí, ¿con quién está realmente lord Leonard?
Shaw se aproximó a la joven y, dirigiendo una mirada inquisitiva a Helen, espetó:
—¿Por qué está tan segura de lo que afirma? Esta mujer bien podría ser otra impostora.
—La otra es la que ha estado fingiendo, Shaw —respondí con una calma que lo exasperaba.
—Pero no la has visto en años —intervino Edwin, cruzándose de brazos y entornando los ojos —. ¿Quién puede acreditar que esta sea la verdadera y la vivió bajo tu techo la usurpadora?
—Estoy de acuerdo con Edwin —secundó Margaret con voz cortante—. ¡Nadie aquí puede garantizar la identidad de esta mujer! Helen, me temo que a usted también la han engañado.
—Es cierto que perdimos el contacto cuando se mudó a Roma —admití, sosteniéndoles la mirada—, pero regresó a Inglaterra para continuar su formación. Tras finalizar sus estudios, se convirtió en institutriz, cargo que ocupa actualmente en una casa de la más alta relevancia. ¿No es así, señor?
Todas las miradas, cargadas de una expectación casi dolorosa, se clavaron en el Primer Ministro. Chamberlain, tras un breve silencio, asintió con solemnidad:
—Es rigurosamente cierto, señores. Esta joven es la institutriz de los hijos del Ministro del Interior.
Un silencio de tumba cayó sobre el salón de baile. Edwin fue el primero en romperlo, con la voz quebrada por la confusión:
—¿Pero cómo es posible? Las averiguaciones que hice personalmente sobre Sharon Hunter apuntaban, sin asomo de duda, a una mujer con el aspecto de la que se alojaba en casa de Helen...
—Fuiste la pieza que preparamos para el tablero, Edwin —confesé con una serenidad implacable—. La operación ya estaba en marcha y no podíamos permitir que descubrieras a la verdadera Sharon. Oficialmente, ella se había marchado de Londres a los dieciséis años; para el mundo, llevábamos casi una década sin vernos. A través de nuestros infiltrados, supimos que "Los Murciélagos" planeaban suplantar a Sharon con una de sus agentes, aprovechando ese largo paréntesis de tiempo para apoderarse del manuscrito sin levantar sospechas.
Hice una breve pausa, disfrutando del asombro en sus rostros.
—Así que nos adelantamos —sentencié, permitiendo que una leve sonrisa asomara en mis labios—. Entrenamos a una de nuestras agentes para que asumiera la identidad de Sharon en Roma, contando con la complicidad absoluta de sus padres. Por mi parte, interpreté el papel de mi vida: fingí una tristeza profunda, un desánimo tan devastador que empujara a nuestra querida Agatha a morder el anzuelo y contactar con la falsa Sharon. Los padres de la verdadera Sharon colaboraron hasta el último detalle; enviaron una carta de condolencia a mi Nanny por la muerte de su esposo, deslizando en ella la dirección de su supuesta hija para que Agatha pudiera utilizarla a su conveniencia.
—Pero no comprendo cómo no desconfió la impostora —intervino Margaret, con el ceño fruncido—. Esa gente no se deja engañar así como así.
—Porque le dimos exactamente lo que esperaba encontrar: una oportunidad de oro nacida de lo que ella creía que era nuestra propia debilidad.
—Porque toda esta arquitectura de engaños se montó mucho antes de que la impostora ocupara el lugar de nuestra agente en Roma —sentencié.
—¿Y qué ha sido de su agente? —preguntó Shaw, visiblemente inquieto.
—No hay de qué preocuparse, Ged. Los Hunter están a salvo; hemos mantenido contacto periódico con ellos y puedo asegurar que jamás sospecharon la magnitud de la trampa. Nuestra agente fue "secuestrada" días antes de su partida hacia Lisboa, donde debía ejercer como guía de un grupo de estudiantes. Cuando la impostora se presentó ante sus superiores como Sharon Hunter, creyó que su infiltración había sido un éxito total y se sintió completamente segura en su papel.
—¿Así que todo lo de Lisboa fue una emboscada para mí? —intervino Walter, con la voz temblorosa.
—Exactamente. Ella me informó de cómo te conoció y de los esfuerzos que hizo para ganarse tu confianza. Te convenció para que los acompañaras en su ruta turística solo para mantenerte vigilado, esperando a que recibieras noticias del señor Robles. En cuanto tu jefe te contactó para concretar la entrevista, ella dio la señal a sus hombres para que te siguieran.
—¡Atiza! —exclamó Walter, golpeando la mesa—. ¡Esa descarada ha estado jugando conmigo! ¡Qué estúpido he sido! No volveré a confiar en una mujer mientras viva.
La verdadera Sharon, que hasta entonces había permanecido en un discreto segundo plano, tomó la palabra con una voz dulce pero firme:
—A mí me asombró tanto como a ustedes saber que alguien estaba suplantando mi identidad. Cuando Helen me confió esta increíble historia, me costó creer que un periodista llamado Walter Gallichan se hubiera enamorado de una impostora que usaba mi nombre. —Hizo una breve pausa, recorriendo la mesa con la mirada antes de continuar—: Estábamos seguras de que, si no revelábamos la verdad hoy mismo, Walter intentaría defender a la mujer que retienen junto a lord Leonard, convencido de que protegía a su amada. Por eso acepté participar; siempre que Helen me lo pide, cumplo con mi deber. Por esa misma razón estoy hoy aquí, ante ustedes.
Los presentes observaban a la joven mientras hablaba con aquella voz suave y melodiosa, pero ninguna de sus palabras parecía alcanzar al derrotado Walter. Sharon se acercó a él y, posando una mano protectora sobre su hombro, le suplicó con convicción:
—Lamento profundamente que el uso de mi nombre te haya causado este dolor, Walter. Pero te ruego que no dejes que el despecho nuble tu juicio. Cuando partas con Helen, no la decepciones; la quiero como a una hermana. Prométeme que no permitirás que le ocurra nada grave.
Walter alzó lentamente la cabeza. Al cruzar su mirada con la franqueza cristalina de aquella mujer, algo en él pareció recomponerse.
—No te preocupes —respondió con voz ronca pero firme—. Seré fiel a mi deber.
Aproveché el momento para retomar el mando de la reunión.
—Bien, caballeros. Ya conocen los hechos —sentencié—. Ahora ha llegado el momento de pasar a la práctica: ¡vamos a cazar al grupo de Stolp!
—Una última duda —intervino Stanley, con el ceño fruncido—. ¿Sabe lord Leonard que la mujer que lo custodia no es la auténtica Sharon?
Esa fue la pregunta que me permitió asestar el golpe de gracia a su escepticismo.
—Mi padre es la mente maestra tras esta operación, conde de Bewdley —respondí con una sonrisa cargada de orgullo—. ¿Cómo cree, si no, que se habría dejado atrapar? Habría bastado una palabra suya para poner sobre aviso a Peel, ese agente que usted mismo le cedió. Si está donde está, es porque él mismo diseñó su propia captura.
—Es evidente que, a estas alturas, nada se te escapa —admitió Stanley con una mueca de resignación—. Mis investigaciones sobre cierta operación secreta también debieron serte evidentes. Admito que sentía una curiosidad voraz por lo que estaba ocurriendo.
—¿Y eso le otorgaba el derecho a informar a Clement y a su asistente Margaret? —le recriminé con dureza.
—Tenía que comunicarme con alguien. Ellos podían ejercer una oposición real; yo ya no tengo ese poder.
—¿No se da cuenta de que puso en grave peligro la seguridad de todos? —le espeté, dando un paso hacia él—. Ha arriesgado la vida de los agentes infiltrados. Stanley, es usted un hombre de mando experimentado y calculador, pero en este caso, lamento decirle que ha fallado estrepitosamente.
—Lo sé, y acepto tu reprimenda, Helen —respondió él, bajando la mirada—. Pero al salir de tu casa, me percaté de que me seguían. En ese instante comprendí la magnitud de lo que estaba sucediendo y decidí no interferir ni hacer más preguntas... hasta que recibí esta invitación.
—Conozco bien a Stanley —intervine con una sonrisa gélida—. Cuando el Primer Ministro supo de su "curiosidad", decidió convocarlo para que pudiera preguntarle a mi padre directamente sobre el paquete. Queríamos que comprendiera en qué terreno pantanoso se estaba metiendo y cesara sus indagaciones. Mientras tanto, la impostora que estaba en mi casa vio la necesidad de actuar con rapidez al sentirse vigilada.
—Parece que todos nos hemos utilizado los unos a los otros —concluyó Stanley con un suspiro—, pero al menos hemos logrado aclarar la situación. Aunque hay algo que sigo sin comprender: si esa impostora supo, a través de la mujer que te entregó el paquete en el aeropuerto, que realmente lo tenías... ¿cómo pensaba arrebatártelo sin delatarse?
—¡Excelente pregunta, Stanley! —exclamé, dejando que una sombra de admiración por el plan de mi padre asomara en mi voz—. La mujer tenía instrucciones directas del señor Robles: si caía en manos enemigas, debía confesar. No podíamos permitir que sufriera los brutales interrogatorios de la Gestapo.
Hice una pausa para asegurar que todos comprendían la sutileza del juego.
—Lo primero que hizo mi padre para protegernos fue convertir nuestra propia casa en una ratonera psicológica. Intervino cada rincón para que la impostora creyera que Scotland Yard la vigilaba noche y día. Así ganamos un tiempo precioso. Por mi parte, le confirmé —como supuesta prueba de nuestra "amistad"— que tenía el manuscrito y las cartas; incluso le leí fragmentos. Pero fui tajante: el manuscrito no saldría de mi vista, ni siquiera para mi mejor amiga.
Ella pareció resignarse, pero sus superiores la forzaron a actuar. Primero debían comprobar si la vigilancia de Scotland Yard era real o un farol; para eso organizaron aquella cena con Walter, con el fin de que el detective Woodhall fuera invitado y pudieran evaluarlo de cerca. Una vez confirmaron que el camino estaba despejado, ella bajó a la cocina, abrió la puerta trasera y franqueó el paso a dos operativos. Redujeron a Peel y al resto del servicio mientras otros entraban por el frente. Se llevaron a mi padre... que era, en realidad, nuestro objetivo desde el primer segundo: queríamos que nos guiaran directamente hasta su búnker.
—¿Y cómo puede saber con tanto detalle lo que ocurrió si usted no estaba en la casa? —preguntó Shaw, entre la admiración y el escepticismo.
—Lo supe por Betty, mi doncella —respondí con sencillez—. Tenía el encargo de no perder de vista a mi "amiga" y reportar cada uno de sus movimientos. Cumplió su misión a la perfección, siguiéndola como una sombra. Me informó de que la impostora salió al patio para encontrarse con dos hombres que hablaban en una lengua que ella no lograba descifrar. En cuanto vio que los individuos se dirigían hacia la casa, Betty corrió a refugiarse en la habitación que compartía con Brilliz y donde también aguardaba Remedios. Los hombres irrumpieron armados y las amordazaron, pero Betty logró observar, a través de la puerta entreabierta, cómo la falsa Sharon los esperaba fuera, impasible. El resto de la historia ya lo conocen. ¿Alguna otra pregunta, Stanley?
—¡No! —exclamó él—. Por mi parte, no queda ninguna duda.
—¡Yo tengo una! —intervino William, el dueño de casa, con evidente preocupación—. ¿Qué haremos con la joven? Las damas que descansan fuera creen que Sharon ha sido secuestrada. ¿Qué dirán cuando descubran que no es así y que la mujer que custodia a lord Leonard es una impostora? ¿Y no sería prudente que esta encantadora muchacha permaneciera aquí hasta que se resuelva el entuerto?
Los caballeros asintieron al unísono, sopesando si era conveniente revelar a sus esposas el misterio de la enigmática visitante. Fue entonces cuando la propia Sharon tomó la palabra, disipando cualquier asomo de duda:
—No se preocupen, caballeros —dijo con una sonrisa serena—. No me he presentado ante las damas con mi nombre real, sino como Ashley Dahl. Les agradezco profundamente su hospitalidad, duque, pero mi identidad sigue a buen recaudo.
Un suspiro de alivio colectivo recorrió la mesa. La red de seguridad de Helen era más profunda de lo que cualquiera de aquellos hombres de Estado se había atrevido a imaginar.
El Primer Ministro se puso en pie, dando por concluida la sesión.
—Bien, caballeros. Si todas sus dudas han sido disipadas, podemos dar por terminada esta reunión. Les sugiero que vayan a cambiarse; estoy seguro de que nuestras damas aguardan con impaciencia en el gran salón.
—¡Un momento, señor! —le interrumpí—. Por favor, no olvide programar la entrevista con el general Jordana.
—Le agradezco el recordatorio, Helen. Se lo comunicaré en cuanto sea posible; deseo que algunos de los aquí presentes me acompañen para abordar el asunto con la seriedad que requiere el General. Y, con todo respeto, espero que tenga el manuscrito a buen recaudo para entonces.
Asentí con una leve inclinación y me volví hacia mi amiga:
—Sharon, ¿creo que tenías algo para mí?
—Le pedí al mayordomo que lo subiera directamente a tus aposentos —respondió ella con una chispa de misterio en los ojos.
—¡Vamos, entonces! Estoy ansiosa por ver qué has traído. Discúlpennos, caballeros, pero estos son asuntos puramente femeninos. Nos vemos en unos instantes.
Salimos del salón bajo la mirada escrutadora de las damas, cuyos susurros se detuvieron en seco al ver pasar a la enigmática "Ashley Dahl" junto a mí. Cruzamos la estancia con paso firme hasta alcanzar la privacidad de mi habitación.
—¡Qué alegría! —exclamé al cerrar la puerta—. Volver a estar juntas, aunque sea en medio de este asunto tan espinoso.
—No te preocupes por eso ahora —dijo Sharon, relajando al fin los hombros—. Disfrutemos de la velada; ha pasado demasiado tiempo. Veamos el traje que te he traído.
—El que te pedí que recogieras en la boutique, supongo.
—Ese mismo. Aunque debo confesarte algo... no pude contenerme y me lo probé antes de venir.
—¡Póntelo ahora mismo! —le pedí con una sonrisa—. Quiero ver cómo te sienta.
El vestido era una pieza escultural, fiel al genio de Philippe & Gaston. Confeccionado en un suntuoso terciopelo negro, se abría audazmente en el frente para revelar un delicado velo de seda verde, mientras las hombreras resplandecían con un intrincado bordado de pedrería blanca y esmeralda. Los guantes y los zapatos, de un negro profundo, completaban el conjunto con sobriedad.
Por mi parte, me enfundé en un diseño de corte princesa en georgette crepé negro, realzado por una faja de encaje ocre que ceñía mi cintura. Tras el biombo, calcé mis zapatos oscuros y me deslicé los guantes de encaje blanco, tan finos que resultaban transparentes sobre mis muñecas. Al salir, me detuve en seco al observar a mi amiga: lucía sencillamente sublime.
—Sharon, ¿te has fijado en lo bien que te sienta? —exclamé con admiración—. Es tuyo, un regalo mío. Pero le falta el toque final.
Me acerqué a mi joyero y extraje un collar de perlas blancas con esmeraldas intercaladas. Al abrochárselo, sentencié:
—Ahora estás perfecta.
—¡Helen, esto es demasiado! —protestó ella, llevándose las manos al cuello.
—Recuerda que siempre lo hemos compartido todo —le recordé con suavidad, deteniendo sus manos—. No te ofendas; sé que tú harías exactamente lo mismo por mí si nuestras posiciones fueran inversas.
—No te lo desprecio, es la joya más hermosa que he visto —admitió Sharon con un deje de tristeza en la voz—. Pero desde el accidente de papá, nuestra situación económica es... precaria. Sé que se recuperará, pero nuestra vida nunca volverá a ser la misma.»
—¡Aún tengo otra sorpresa para ti! —añadí, tomando sus manos—. Tus padres regresarán pronto. Tienen decidido vender la propiedad de Estados Unidos para establecerse definitivamente aquí, ya sea comprando una casa a su gusto o construyéndola desde los cimientos. Les he hecho saber que pueden disponer de la nuestra por tiempo indefinido y, además, el Primer Ministro ha puesto un proyecto de gran envergadura en manos de tu padre.
Sharon se lanzó a mis brazos, incapaz de contener las lágrimas que empañaban su mirada.
—¡Gracias, Helen! Eres una amiga de verdad —sollozó—. Muchos dudaban que nuestra amistad sobreviviera a las dificultades. Todos esos que se decían nuestros amigos ahora solo nos sonríen de dientes para afuera, mientras nos miran por encima del hombro buscando cualquier grieta en nuestra dignidad. ¡Gracias por no ser como ellos!
—Los verdaderos amigos ofrecen soluciones; no se regocijan en el infortunio ajeno —le recordé con firmeza, apartándole un mechón de pelo—. Sin saberlo, has prestado un servicio inestimable a este país, y tus padres merecen recuperar el lugar que les corresponde en la sociedad. Así que, basta de lágrimas. Retoca tu maquillaje y, cuando estés lista, bajaremos. Vamos a dar un poco de envidia a esas señoras encopetadas.
—No creo que podamos competir con ellas —murmuró Sharon con modestia—. Nos superan con la belleza de su madurez.
—Ya lo veremos —repliqué con una chispa de malicia—. En cuanto entres, fíjate bien en si sus maridos aprecian esa "madurez" o la tuya, Sharon. ¡Cielo santo! Debo acostumbrarme a llamarte Ashley.
La gran escalinata que desembocaba en el salón principal se bifurcaba en dos alas majestuosas. Descendimos con extrema cautela por el lado derecho, cuidando que el vuelo de nuestros vestidos no nos traicionara. Desde lo alto, la escena parecía un cuadro perfectamente compuesto: al fondo, apoyado en la imponente chimenea, estaba Arthur. Frente a él, tres sofás de terciopelo formaban un semicírculo de poder.
En el de la derecha, Margaret y Mary conversaban bajo la mirada atenta de Clement, que permanecía de pie tras ellas. A la izquierda, la duquesa Emily de Norfolk lucía un collar de perlas magnífico y un broche de rubíes —obsequio de su esposo— que centelleaba con cada respiración; en sus manos, sin embargo, solo destacaba un modesto pero purísimo solitario de diamantes. A sus pies descansaba un Cavalier King Charles Spaniel, esa raza cuya lealtad es casi legendaria. Verlo allí, inmóvil, me trajo el sombrío recuerdo del perrillo que hallaron bajo el manto de María Estuardo tras su ejecución en 1587, negándose a abandonar el cuerpo inerte de su reina.
Lady Dorothy, la condesa de Bewdley, ocupaba el sofá central con un vaso de cristal tallado con whisky y soda en la mano y una actitud desafiante. Cerca de los ventanales del jardín, Edwin vigilaba la entrada, mientras Ged y Walter paseaban por el exterior. Tal como había predicho, el silencio cayó sobre los caballeros, cuyas miradas recorrieron nuestras figuras con una mezcla de sorpresa y fascinación.
Arthur rompió el hechizo con la presentación oficial:
—Duquesa Emily, permítame presentarle a la señorita Ashley Dahl.
Sharon ejecutó una reverencia perfecta. La duquesa, cautivada por la joven, se puso en pie y, rompiendo un poco el protocolo, se acercó para besarla en la mejilla.
—Siéntate, querida, y bienvenida a nuestro castillo —dijo la duquesa con calidez, aunque una sombra de duda cruzó su rostro—. Me temo que su llegada nos plantea un pequeño dilema protocolario: ahora somos trece a la mesa.
—Eso tiene fácil solución, duquesa —intervine al instante—. John Veil, el compañero de Edwin, aguarda fuera. Estará encantado de cubrir la vacante y equilibrar la mesa.
—Excelente. Llámenlo de inmediato; con catorce comensales la distribución será mucho más armónica. —Una vez resuelto el inconveniente, Emily se volvió hacia Sharon con renovado interés—: Y ahora que todo está en orden, háblenos de usted, señorita Ashley. ¿Ha vivido en el extranjero? Me sorprende no recordarla de ninguna reunión de la temporada en Londres.
—He tenido la inmensa fortuna de criarme en Roma —respondió Sharon, manteniendo una serenidad envidiable—. El trabajo de mi padre como arquitecto nos llevó allí durante años.
—¡Qué fascinante! —exclamó la duquesa—. Roma es una ciudad que cautiva los sentidos con sus ruinas imperiales y el murmullo de sus fuentes. Debe de haber sido una infancia idílica.
—El padre de Ashley regresará a Londres muy pronto —añadió Arthur, reforzando la cobertura— para emprender un importante proyecto para el Gobierno.
—¡Magnífico, Arthur! Debe de ser un profesional excepcional para que lo hayan convocado con tal urgencia.
—Lo es, Emily. Su labor es de una relevancia crítica —sentenció el Primer Ministro.
En ese momento, el duque entró en el salón junto al resto de invitados. Al captar la última frase de Arthur, preguntó con curiosidad:
—¿Qué es lo que resulta tan crítico, si puede saberse?
—Hablamos del nuevo encargo gubernamental para el padre de nuestra invitada, querido —explicó la duquesa.
—¡Ah, cierto! —reaccionó William sin pestañear—. Yo mismo fui quien lo recomendó. Coincidimos en Italia y su trabajo me impresionó tanto que hablé con Arthur para que le ofreciera el puesto. Le costó decidirse, pues estaba terminando un proyecto en Estados Unidos, pero finalmente logramos convencerlo. —Mientras decía esto, William se dijo para sus adentros con ironía: «Vaya, qué mentiroso profesional me estoy volviendo».
—En ese caso, deberías haber invitado también a sus padres —reprochó Emily—. Me encantaría ayudarlos a integrarse en nuestra sociedad.
—No se preocupe, duquesa —comenté con una sonrisa cómplice—, tendrá tiempo de sobra para hacerlo. A la madre de Ashley le encantará contar con su valiosa guía.
Helen y Sharon intercambiaron una sonrisa cómplice mientras el mayordomo anunciaba que la cena estaba lista. Los invitados comenzaron a desfilar hacia el comedor; Veil fue el primero en cruzar el umbral, olvidando por un instante las rígidas normas de etiqueta en su afán por llegar a la mesa. Entre el murmullo general, se alzó la voz imperativa de la duquesa:
—¡Bien! Ya estamos todos. Organicemos las parejas antes de entrar. ¡Ah, un momento! Me falta el periodista. ¿Dónde se ha metido? —preguntó sin perder la compostura.
—Yo iré a buscarlo —se ofreció un resuelto Edwin, dirigiéndose a zancadas hacia la terraza.
La duquesa, con un sutil sentido del drama, había reservado a Ashley para que fuera la pareja de Walter. Mientras tanto, en el exterior, Edwin encontraba a su amigo sumido en la penumbra.
—¡Walter, te reclaman dentro! ¡Date prisa!
—¡Déjame en paz, no tengo hambre! —estalló Walter—. ¡Lo único que quiero es marcharme de aquí, Edwin! ¡Irme lo más lejos posible de este nido de mentiras!
—No es prudente desairar a nuestros anfitriones —le reprendió Edwin con firmeza—. Además, tienes un trabajo que hacer y no hay vuelta atrás. Deja a un lado ese resentimiento y entra conmigo ahora mismo.
Walter vaciló, pero el sentido del deber terminó por imponerse. Se levantó pesadamente y ambos regresaron al salón. Al encontrarse cara a cara con Sharon, Walter quedó paralizado. La joven estaba radiante; no pudo evitar que su mirada se perdiera en el brillo del collar que realzaba su cuello esbelto y en el resplandor cobrizo de su cabello, que parecía cobrar vida bajo la luz de las arañas de cristal.
—Me temo, señor Gallichan, que seré su pareja esta noche —dijo Ashley, sosteniendo su papel con una sonrisa radiante, mientras Veil le susurraba a Edwin con tono burlón—: «Y yo seré la tuya, Edwin... ¿Nos cogemos del brazo, querido?».
—¡No seas payaso, John! —masculló Edwin entre dientes, tratando de mantener la compostura.
Ashley aguardó con paciencia a que Walter le ofreciera el brazo. Al ver que él permanecía mudo y rígido, ella tomó la iniciativa con una suavidad desarmante:
—Nos están esperando, señor—murmuró ella—. Siento no ser de su agrado.
—Disculpe... —balbuceó Walter al fin—. Usted no tiene la culpa de nada.
—Llámame Ashley; tal vez así te resulte más fácil —insistió ella con dulzura—. ¡Vamos!
—Sí, vamos, Ashley. Le ruego que disculpe mi comportamiento.
—No hay nada que perdonar... ¡Walter!
Él le ofreció finalmente el brazo y entraron al comedor bajo la atenta mirada de los invitados. La duquesa Emily, al verlos pasar, no pudo evitar exclamar con deleite:
—¡Definitivamente lo he logrado! ¡Hacen una pareja espléndida!
La mesa era un despliegue de poder y protocolo. Presidida por el Duque en un extremo y el Primer Ministro en el otro, los comensales se distribuyeron en una coreografía perfecta de rangos y alianzas. El desfile de manjares comenzó bajo la dirección de la duquesa: fuentes humeantes de faisán y venado asado, delicados filetes de lenguado, tartar con salsa Orly y pollo trufado. Para el postre, las joyas de la casa: tartaletas de hojaldre y los famosos Jesuitas de Norfolk, todo generosamente regado con un exclusivo Cap de Champagne.
La charla fluía animada entre plato y plato gracias al carácter jovial de la anfitriona, pero yo no podía apartar la vista de Walter. A pesar del lujo y las risas, la tristeza envolvía su mirada como una niebla espesa. Aproveché un momento de distracción general para inclinarme hacia él.
—¿Cómo te encuentras? —le pregunté en voz baja, con genuina preocupación.
—Estoy hecho polvo —confesó Walter en un susurro quebrado—, pero me recuperaré.
—Espero que no lo pagues con Ashley —le advertí, bajando aún más la voz—. Es una mujer extremadamente sensible.
—No tengo la menor intención de desquitarme con ella, sino con otra persona —sentenció con una frialdad que me erizó la piel.
—¡Me estás asustando, Walter! No cometas ninguna imprudencia. Silencio ahora, Mary nos observa con interés.
Walter dedicó una sonrisa forzada a Mary y clavó la vista al frente. Allí tropezó con los ojos de Ashley, que lo observaba con una intensidad tan profunda que, al sostenerle la mirada, la obligó a sonrojarse. Walter apretó la mandíbula y se concentró en su plato.
—¿Se encuentra bien, señor Gallichan? —preguntó Mary con esa curiosidad afilada de las esposas de los políticos.
—Es el hígado, señora Neville —improvisó él con una amargura apenas disimulada—. Lo tengo muy alterado últimamente.
—Eso es por llevar esa vida desordenada de periodista —replicó Mary con un brillo de picardía—. Necesita a una mujer que cuide de usted; alguien como la señorita Ashley, por ejemplo.
—Le agradezco la sugerencia, señora Neville; la tendré muy en cuenta —respondió Walter, tratando de cerrar el tema.
Parecía que todos en aquella mesa estaban ansiosos por buscarle esposa, ignorando que el hombre acababa de descubrir que la mujer a la que amaba no era más que una máscara nazi. La verdadera Sharon, sentada frente a él, era una criatura de ensueño: hermosa, magnética y poseedora de una gracia natural que cautivaba los sentidos. Era fácil imaginar que los niños a su cargo la veneraban, pero Walter tenía el corazón hecho jirones.
Mientras tanto, al otro lado de la mesa, Margaret no perdía el tiempo; le lanzaba a Edwin miradas cargadas de una intención seductora que él, concentrado en su papel, trataba de sortear con elegancia.
—Quién diría que algún día terminaríamos enredados en un asunto los dos —insinuó Margaret, inclinándose hacia él con una sonrisa sugerente.
—No creo que lo estemos, señorita Margaret —replicó Edwin sin apartar la vista de su plato—. A menos que se refiera al trozo de faisán que tengo frente a mí.
—¡Desde luego, siempre tan esquivo! —exclamó ella con fingida indignación—. ¿Es que no le interesan las mujeres?
—Me interesan, y mucho. Especialmente las que poseen un atractivo genuino. Pero ahora mismo solo hay una que capta mi atención... y nos está observando.
—No me diga que ha caído bajo el hechizo de la señorita Spencer —siseó Margaret, con un brillo de envidia en los ojos.
—Podría enamorarme de ella con una facilidad asombrosa. ¿Eso responde a su pregunta?
—¡Oh, perfectamente! —Margaret soltó una risa seca—. Pero eso no me impedirá intentar conquistarlo. Además, mire a su amigo Walter: tan prendado de su Sharon y ahora el destino los ha separado de forma tan cruel.
—No creo que fuera amor; fue más bien una fascinación pasajera —sentenció Edwin con frialdad.
—¿Y qué soy yo para usted? ¿Ni siquiera puedo aspirar a ser una "atracción pasajera"?
—Tendrá que buscar en otro lado, conmigo no cuente. Si no fuera por la urgencia de este asunto, jamás compartiría con usted nada más que una mesa formal.
—Le entiendo —respondió ella, endureciendo la mirada—. Pero quizás algún día me necesite, Edwin. Y entonces le recordaré este desprecio.
—Lo dudo. Es usted una mujer demasiado gélida para resultarme atractiva.
Herida en su orgullo, Margaret alzó la voz por encima del murmullo general:
—¡No toleraré semejante ofensa!
—¡Baja la voz, Margaret! —le recriminó Clement en un susurro imperativo—. Te está bien empleado por importunar a Edwin. A ver cuándo comprendes que cuando un hombre dice "no", es "no". Luego pretendéis que se os respete de igual modo. ¡Compórtate de una vez! William te está vigilando desde la cabecera.
—¡Me las pagará! —siseó Margaret, con los ojos echados fuego.
—¡Guárdese sus amenazas! —le recriminó Clement en un susurro cortante—. Por lo que sabemos, no está en posición de cumplir ninguna.
—¡Se ha rendido! ¡Se está dejando manipular por esa gente!
—¡No sea arrogante, Margaret! Es un juego peligroso.
El Duque, que había estado observando la escena desde la cabecera con una indignación creciente, intervino con una voz que heló la sangre de los presentes:
—¡Le ruego que se comporte, señorita! Disfrute de su comida mientras pueda, Margaret, porque le aseguro que es la última que probará en mi casa.
—Está bien, lo entiendo perfectamente —replicó ella, tratando de recomponer su orgullo—. Sé cuándo sobro en un lugar.
Hizo amago de levantarse, pero la voz de Veil, resonando desde el otro extremo de la mesa, la clavó en el asiento:
—Nadie saldrá de este castillo hasta que se resuelva el secuestro de lord Leonard —aseveró con una frialdad militar.
—¡Esto es el colmo! —exclamó Margaret, fuera de sí—. ¡Ahora resulta que los secuestrados somos nosotros!
—Es mejor que sigan cenando con tranquilidad —añadió Veil sin inmutarse—. Recibirán las explicaciones pertinentes a su debido tiempo.
Margaret enmudeció, presa de una rabia contenida que la mantuvo irascible durante el resto del banquete. Veil, con un gesto burlón, batió las manos hacia Shaw imitando el aleteo de un pájaro; era la señal de que el «pichoncito» de Margaret estaba intentando escapar del nido antes de tiempo.
—¡La felicito, Emily! —exclamó el Alto Comisionado con una sonrisa de satisfacción—. Todo ha estado exquisito. Creo que disfrutaremos enormemente de nuestra estancia, ¿no le parece, señorita Margaret? ¿En qué lugar podría estar mejor que aquí?
—En ninguno, desde luego. Ya le entiendo perfectamente —masculló Margaret con una ironía que cortaba el aire.
—¡Yo no! —intervino Ashley, fingiendo confusión ante el doble sentido de la laborista.
—Tranquila, querida, esos son asuntos que no nos conciernen —la consoló la duquesa con un gesto elegante—. Ernest, sirva los licores en el salón ahora mismo.
Ashley aprovechó el movimiento para acercarse a Helen y susurrarle al oído: «Me gustaría retirarme, estoy rendida». Helen asintió y ambas se dirigieron hacia la mesa de juego donde la duquesa ya acomodaba a sus invitadas.
—Con su permiso, duquesa —dije con una leve inclinación—. Nosotras nos retiramos; mañana queremos estar despejadas para la jornada.
—¿De verdad la señorita Ashley también desea retirarse tan pronto?
—Hace tiempo que no monto —explicó Sharon con naturalidad— y me gustaría descansar para estar a la altura de tan ilustre compañía.
—Estoy convencida de que desempeñará un papel impecable —aseguró con una sonrisa que no admitía réplica—. Haré que una de mis doncellas la escolte a sus aposentos ahora mismo.
—No es necesario, duquesa —intervine de inmediato—. Somos viejas amigas; yo misma la acompañaré.
—De ningún modo —insistió Emily, manteniendo una cortesía imperturbable—. El señor Walter ha cedido su habitación para ella, justo al lado de la suya, señorita Spencer. Una doncella se encargará de todo.
En cuanto Sharon se vio libre de la vigilancia social, se escabulló a la habitación de Helen y llamó suavemente a la puerta.
—¿De verdad no tienes sueño? —preguntó Helen al verla entrar.
—Me moría de curiosidad —confesó Sharon, cerrando la puerta tras de sí—. ¿Qué demonios pasó en la mesa? Margaret parecía querer huir y no se lo permitían.
—No es tan sencillo salir de aquí ahora, Sharon. Es mejor que todos permanezcan bajo vigilancia cuando Walter y yo partamos.
—Cada vez que lo pienso... —Sharon suspiró, sentándose en el borde de la cama—, no alcanzo a comprender cómo fuiste capaz de hacer pasar a esa mujer por mí. Solo espero que Walter no eche a perder tu operación.
—No te preocupes por él —respondí, mirando por el ventanal hacia la oscuridad del parque—. Walter sabe lo que hay en juego. Debemos mirar de frente a las consecuencias: si en este experimento él o yo perdemos la vida, será un sacrificio por una causa justa.
Un silencio pesado cayó entre las dos. Sharon dio un paso hacia mí, con la mano extendida como si quisiera sacudirme de aquel trance, pero se detuvo a medio camino. Su rostro era una mezcla de duda y una alarma creciente.
—Tal vez —logró decir, aunque su voz vacilante delataba que no compartía mi desapego—. Solo espero que esa «causa justa» no termine por destruirnos a todos antes de tiempo.
Se despidió con un gesto amargo y se encerró en su aposento.
Mientras tanto, en el salón de los licores, Walter y Edwin se servían una copa en un silencio cargado de presagios.
—Durante todo este tiempo ha manejado los hilos a su antojo, incluso nuestro viaje a Lisboa —se lamentó Edwin, haciendo girar el líquido en su copa—. Sabiendo lo que había detrás de todo esto, sigo sin entenderla. Parece una mujer abierta, transparente, pero es un simple espejismo. ¿Por qué no confió en mí?
—No lo sé, Edwin. ¿Quién puede descifrar realmente a las mujeres? Son un laberinto sin salida —respondió Walter, dejando que un suspiro pesado enturbiara el cristal de su vaso—. Soy el último hombre en la tierra que debería darte consejos; mírame, intentando ahogar mis fantasmas en whisky. Lo más probable es que mi jefe termine enviándome al frente como corresponsal de guerra; a este paso, no soy capaz de cazar ni una miserable primicia.
Se detuvo, forzando una sonrisa amarga que no llegó a sus ojos.
—Pero me estoy volviendo un dramático y no quiero salpicarte con mi autocompasión. Te dejo, Edwin. Iré a ver si el sueño me encuentra... o si al menos me deja intentarlo.
En cuanto Walter se marchó arrastrando los pies, Shaw se acercó al detective con paso silencioso.
—¿Crees que sabrá comportarse ante el peligro que se avecina? —preguntó Shaw, clavando su mirada en Edwin.
—Confío plenamente en él —aseguró Edwin con firmeza, aunque su rostro reflejaba cansancio—. Ha sido un golpe devastador descubrir que la mujer a la que amaba no era quien él creía, pero Walter tiene un sentido del deber inquebrantable. Cumplirá con su parte, se lo garantizo.
—Parece que no fue el único al que pillaron desprevenido —comentó Shaw con amargura—, especialmente en lo que respecta a la verdadera naturaleza de la señorita Spencer.
—Sabía que era capaz de mucho, pero no de algo tan intrincado —admitió Edwin—. ¿Y a usted, señor? ¿Le mantuvieron informado?
—Hasta hace unas horas, no sabía absolutamente nada —confesó Shaw—. El Primer Ministro y lord Spencer guardaron el secreto bajo siete llaves.
—Señor, si ya tienen a un equipo infiltrado entre "Los Murciélagos", ¿qué se espera de nosotros?
—Mantén a tus hombres en máxima alerta, Woodhall. Incluso con infiltrados, cualquier apoyo será vital. Mañana nos toca demostrar de qué pasta estamos hechos los ingleses. Ahora, a descansar; William quiere que estemos frescos para la cacería del zorro al alba.
Edwin se despidió de Shaw y se dirigió a la biblioteca. Allí, Arthur y Stanley charlaban animadamente al calor de la chimenea. Justo cuando Edwin alargaba la mano para tomar un libro, la voz de Stanley lo detuvo:
—¡Un momento, Woodhall! Un consejo: vigila de cerca a Helen. Estoy convencido de que intentará marcharse mucho antes de lo previsto.
Nadie podía abandonar el recinto sin autorización, y Stanley lo daba por sentado, pero no dudaba de que Helen lo intentara. Mientras subía las escaleras rumiando esa posibilidad, Edwin se cruzó con el Duque y no dejó pasar la oportunidad:
—Señor, ¿cuenta el castillo con pasadizos secretos?
William asintió, dibujando una mueca de amarga resignación:
—Existían, en efecto. Pero la duquesa, en un arrebato de miedos y supersticiones, ordenó tapiarlos. Ya conoce el refrán: «esposa complacida, vida tranquila». No me quedó más remedio que ceder.
Se desearon las buenas noches con la promesa de encontrarse al alba. Sabían que, pese a ser plena pascua, la humedad del valle dejaría una capa de escarcha sobre los brezos, esperando a ser rasgada por el galope de sus caballos en cuanto despuntara el sol.
La noche avanzó lenta y pesada. Ashley, incapaz de conciliar el sueño, se dejó llevar por la inquietud. Se envolvió en su bata y bajó al salón en penumbra, cruzando los ventanales hasta salir a la terraza. El cielo lucía esplendoroso, un manto aterciopelado de estrellas que la dejó fascinada por unos instantes. De pronto, una figura emergió de entre las sombras de las plantas, sobresaltándola.
—¿Así que tú tampoco podías dormir? —preguntó Walter, cuya presencia oculta la había tomado por sorpresa.»
—Sí —admitió ella con un suspiro—. Me aterra lo que pueda sucederles mañana.
—No tienes de qué preocuparte —respondió Walter con una determinación nueva—. Yo la protegeré.
—¿Y quién te protege a ti? —preguntó ella, clavando sus ojos en los suyos.
Walter la miró fijamente. Los juegos de luces y sombras del jardín bañaban el rostro de la joven, otorgándole la belleza atemporal de un retrato de Federico Madrazo. Era tan hermosa, y a la vez tan distinta de la otra... Walter sintió una sacudida en el pecho. ¿Acaso su corazón le estaba traicionando de nuevo? Ashley se aferró a sus brazos y un leve temblor recorrió su cuerpo.
—¡Estás tiritando! —exclamó Walter—. Entremos, la noche es espléndida pero el frío empieza a calar. ¿Tienes intención de unirte a la batida mañana?
—Me da algo de miedo volver a montar —confesó ella con timidez—; ha pasado demasiado tiempo.
—Entonces puedes quedarte conmigo. A decir verdad, a mí tampoco me entusiasma la caza.
—¿Seguro que no te molestará mi compañía?
—De ninguna manera... Sharon.
Ella reaccionó al instante, sellando los labios de Walter con la yema de sus dedos.
—¡Calla! —susurró con urgencia—. He creído oír algo. No podemos arriesgarnos a que nos escuchen, y mucho menos que uses ese nombre.
—No creo que haya nadie acechando —la tranquilizó él—. Las damas fueron las últimas en retirarse y estaban exhaustas. No habrá problemas con los invitados.
—¿Y qué hay del servicio? Alguien podría estar aún despierto. Soy Ashley, no lo olvides.
—Dime... ¿hace mucho que vives en Londres? —preguntó Walter, cambiando de tema para relajar la tensión.
—Sí, bastante. Pero no salgo mucho; mi tiempo pertenece casi por completo a los hijos del Ministro. A veces los llevo al parque, poco más.
—Fuiste la elección perfecta para los planes de Helen —comentó Walter con una sonrisa triste—. Eres una mujer que, una vez vista, resulta imposible de olvidar o ignorar.
—Helen siempre sabe cómo utilizar a sus amigos de la mejor manera, procurando que no corran peligros innecesarios. Te agradezco tu gentileza, Walter... pero si me disculpas, debo retirarme.
—Que descanses, Ashley.»
Walter la ponía nerviosa; sentía una atracción gravitatoria hacia él, como si su propia alma sensible resonara con la herida que la impostora le había infligido. ¿Qué era aquel hilo invisible que los unía?, se preguntó antes de caer en un sueño profundo. Pero aquel descanso, poblado por el eco de las palabras de Walter, se vio interrumpido por la voz enérgica de su amiga.
—¡Arriba, dormilona! Es la hora —exclamó, arrojando el traje de montar sobre la cama—. Póntelo.
—Lo siento, me quedo —murmuró ella, hundiéndose en las sábanas—. Ya no me apetece cabalgar. He perdido la confianza.
—No me vengas con excusas, no te creo ni una palabra. ¿Qué te pasa de verdad?
—Está bien... le di mi palabra a Walter de que me quedaría con él.
—No me digas que te interesa ese hombre...
—¡Claro que no!
—Di lo que quieras, pero tus ojos dicen otra cosa.
—Piensa lo que te dé la gana, pero déjame dormir.
—¡Como quieras! —bufó—. Quédate con tu almohada y con tu Walter.
Tras el desplante, bajó a las caballerizas para encargar que ensillaran la misma yegua del día anterior. Mientras esperaba, buscó refugio en el salón; se sirvió unas tostadas del aparador con mermelada de frambuesa y apuró un vaso de zumo de naranja antes de calmar los ánimos con un té Earl Grey cortado con leche. Solo cuando se sintió lista, regresó a por su montura, pero al llegar se encontró de frente con Edwin.
—¡Qué madrugadora! —saludó Edwin, sorprendido al encontrarla ya lista.
—Por lo que veo, no soy la única —replicó ella. Se detuvo a unos pasos, manteniendo una distancia prudencial que marcaba una frontera invisible entre ambos.
—No hemos tenido mucho tiempo para hablar, Helen... —Edwin dio un paso hacia ella, bajando la voz—. Podría ser ahora.
—¿De qué quieres que hablemos? —lo cortó ella, sin mirarlo—. Por mi parte, no queda nada que añadir; todo está aclarado.
—Aún nos queda un detalle —insistió él, ignorando su frialdad—. ¿Cuándo piensas salir hacia Wiltshire?
—Mañana, al despuntar el alba —respondió Helen con firmeza—. ¿A qué viene tanto interés?
—Escúchame bien, Helen. El tiempo de las gestiones privadas de tu padre se ha terminado; ahora este es un caso oficial de Scotland Yard. Espero que te limites a seguir nuestras instrucciones.
—No sufras, Edwin, no pienso ponerme en el camino de la ley — replicó ella con una sonrisa gélida, mientras le dedicaba una reverencia burlona que no llegó a sus ojos—. Si me disculpas, prefiero la compañía de los sabuesos a la de los inspectores.
Fuera, el clamor de la jauría ya era ensordecedor y la mayoría de los invitados habían montado, sus siluetas recortadas contra la bruma matinal. Sin embargo, antes de buscar su yegua, ella subió a toda prisa a la habitación de Ashley, a quien encontró frente al espejo, ajustándose el nudo de la corbata de caza.
—Necesito un favor —soltó ella sin preámbulos, cerrando la puerta tras de sí.
Ashley se giró despacio, arqueando una ceja con escepticismo.
—¿No estarás planeando reunirte con los secuestradores a espaldas de Scotland Yard, verdad?
—Tu intuición sigue siendo tan impecable como molesta.
—¿Qué esperas que haga yo en este entuerto? —preguntó ella, suavizando el tono.
—Helen ha sido terriblemente eficiente con sus instrucciones; solo necesito que nos ganes algo de tiempo. Walter y yo nos ausentaremos durante el almuerzo campestre. Solo será una hora, invéntate lo que sea: una indisposición, un paseo privado... lo que sea. Ahora date prisa y baja, no queremos levantar sospechas.
Cruzó el largo pasillo casi al trote, el eco de sus botas de montar golpeando la madera encerada. En el vestíbulo, el mayordomo trató de interceptarla con una reverencia contenida:
—Disculpe, señorita, si tiene intención de unirse al grupo, todo está dispuesto para la suelta del zorro y...
Helen no permitió que Ernest terminara la frase. En ese instante, el agudo toque de corneta rasgó el aire frío, marcando el inicio de la persecución. Ignorando el protocolo, montó de un salto y espoleó a su yegua; el animal relinchó antes de lanzarse al galope, permitiendo que Helen se fundiera rápidamente entre la marea de jinetes y el estruendo de la jauría.
Ashley bajó al comedor, donde Walter ya la esperaba con gesto sombrío.
—¿Se han ido ya? —preguntó él, escuchando el eco lejano de la jauría—. Me compadezco del animal. Tanta angustia y sufrimiento solo para ofrecer un espectáculo sangriento a los jinetes. A veces pienso que no somos tan distintos de los españoles.
Walter tomó asiento, pero su mente parecía estar en otro lugar.
—Recuerdo que Helen me describió sus viajes por Andalucía. Me habló de una costumbre bárbara en sus fiestas: grupos de jinetes lanzados a galope tendido para alcanzar una "piñata", que no es más que un gallo vivo colgado de una cuerda entre dos balcones. ¡Qué salvajismo! Un muchacho maneja la cuerda desde un extremo y, justo cuando el jinete estira el brazo, tira con fuerza para elevar al animal y burlarse del corredor.
Walter entrelazó los dedos, visualizando la escena con repulsión.
—Imaginen el mareo del ave, el pánico... Y si el jinete no es lo bastante diestro, acaba con la cabeza del animal entre las manos mientras el resto del cuerpo, aún colgado, se desangra entre espasmos y convulsiones. Todo ello entre los vítores de la multitud y el orgullo herido de los jinetes. Al anochecer, la carnicería termina: los gallos, o lo que queda de ellos, acaban en grandes ollas para ser guisados y devorados por los mismos jóvenes que los torturaron.
—Al caer la noche —continuó Walter, con la mirada perdida—, tras el festín, se desata una fiesta donde la guitarra manda. Suena vibrante, sonora como un torrente impetuoso, o se vuelve triste y suave como el suspiro más profundo. Todo sigue hasta que la luz del alba disipa a la multitud, ebria tanto de vino como de ilusión. No hablaré del espectáculo de los toros, también sangriento, porque al menos en él existe la nobleza de quien se defiende con valentía.
Walter se volvió hacia ella con una sonrisa amarga.
—Esa es la clave, Ashley: a los hombres les fascina cazar a los que consideran inferiores, sean animales o personas. Veo que llevas puestas las botas y el traje de montar... ¿Vas a unirte tú también a la jauría?
—No —respondió ella con firmeza—, soy fiel a mis principios. Estaba pensando en cabalgar simplemente porque hace mucho que no lo hago. ¿Me acompañarás? Así no tendré miedo de que el caballo me tire.
Sharon se levantó sin esperar respuesta y fue a refugiarse en la sala, sentándose frente al calor de la chimenea. Walter la siguió en silencio y se acomodó a su lado, dejando que el crepitar del fuego llenara el vacío entre ambos.
—¿Qué está sucediendo? —preguntó él, notando su inquietud.
—Es que no sé mentir, Walter. Simplemente no puedo, no va conmigo.
—Es por Helen, ¿verdad? ¿Ella te ha pedido que lo hagas?
Walter tomó la mano de ella entre las suyas y la miró fijamente, buscando una respuesta. Aquella sinceridad casi infantil lo conmovía profundamente. Ella, ruborizada, retiró la mano con suavidad y se puso en pie, incapaz de sostenerle la mirada.
—¡Perdona mis modales! —exclamó él, incorporándose también—. Pero nadie ha sido tan honesto conmigo como tú. Dime, ¿qué es lo que tenías que hacer?
Ella guardó silencio un instante. Se sentía incapaz de cumplir la tarea que su amiga le había encomendado; dudaba de su propia habilidad para provocar la reacción necesaria en Walter. Finalmente, las palabras salieron en un susurro:
—Me pidió que te convenciera para dar un paseo a caballo. Me dijo que ella se uniría a nosotros y que yo debía cubriros durante una hora en el almuerzo. Pero temo por los dos, Walter... Temo que hayáis planeado contactar con esa gente y que corráis un peligro innecesario.
—Pierde cuidado —la tranquilizó Walter, bajando la voz—. Seguiremos el plan de Helen al pie de la letra. Pero escucha bien: si ella decide jugar por su cuenta y buscar a esos tipos hoy mismo, búscalo a Edwin en cuanto regreses y desembúchalo todo. Dudo que mueva ficha antes de mañana, pero si lo intenta, yo me encargaré de la función; créeme, he fingido ante públicos mucho más difíciles.
Hizo un gesto hacia el exterior, donde el olor a cuero y animal ya impregnaba el aire frío.
—Y ahora, a las cuadras. Escojamos las monturas con mejor planta, aunque te advierto que mis rodillas están algo oxidadas para este trote.
Mientras tanto, en el bosque, la tensión estallaba. Helen cabalgaba al límite, pero Veil se mantenía pegado a su derecha, vigilando cada uno de sus movimientos sin darle tregua. Decidida a quitárselo de encima, Helen espoleó a su montura hacia una zona densa, donde los fresnos y arbustos cerraban el paso. Al cruzar bajo un árbol, sujetó una rama flexible y, en el momento preciso, la soltó con violencia. La rama restalló directamente contra el rostro de Veil, haciéndole perder el equilibrio.
Tras la espectacular caída, Helen frenó en seco, el vapor escapando de los ollares de su yegua. Se aseguró de que él no tuviera heridas de gravedad y, sin concederse un respiro, galopó hacia el punto de encuentro donde aguardaban Walter y Ashley.
—Walter, baja del caballo ahora mismo —ordenó Helen al llegar, con la voz entrecortada por el esfuerzo.
—No pienso dejar a Ashley sola —protestó él, plantando cara—. ¿A dónde demonios vamos?
—Lo descubrirás por el camino —replicó ella con una chispa de fuego en la mirada—. Sharon, ayuda a Veil a regresar al castillo. ¡Ni un segundo que perder! ¡En marcha! Y recuerda: ni una palabra hasta que pase una hora. Que el reloj sea tu único cómplice.
Walter desmontó con la agilidad eléctrica, y al entregarle las riendas a Ashley, le estrechó la mano con una firmeza que pretendía ser un ancla.
—No temas —le susurró con un gesto que buscaba infundirle un valor que él mismo empezaba a dudar—. Estaremos bien. No nos pasará nada.
Walter ganó la silla de un salto, aferrándose a Helen en la misma montura. Ella no esperó a que él se acomodara; espoleó al animal y ambos fueron engullidos por la espesura, dejando tras de sí solo el eco sordo de los cascos contra la tierra húmeda.
Ashley se encaminó hacia el claro donde Veil forcejeaba por ponerse en pie, todavía aturdido y con el equilibrio traicionero. Al verla aparecer, él frunció el ceño, sumido en una neblina de confusión:
—¿No te habías... —balbuceó, confundido—, no te habías quedado en el castillo?
—Cambiamos de opinión en el último minuto —improvisó ella con una naturalidad pasmosa—. Queríamos seguir la partida desde la linde del bosque, pero al ver que el caballo de Veil pasaba desbocado, Walter tuvo la gentileza de cederle el suyo para que pudiera regresar. Él... bueno, decidió que prefería volver a pie para estirar las piernas.
—Eres mi salvación… —gimió Veil, llevándose una mano temblorosa al rostro—. ¡Maldita sea! Me duele… hasta el apellido. No sé qué habría sido de mí si hubiera tenido que arrastrarme hasta las cuadras.
—¿Qué ha ocurrido exactamente? —preguntó ella, acortando la distancia para ofrecerle su hombro como apoyo, con una preocupación sincera marcada en el rostro.
—Una de las mofas habituales de Helen —explicó Veil con un rictus de dolor—. Soltó una rama de abedul mientras galopaba; me golpeó de lleno en el puente de la nariz y la inercia hizo el resto. Me mandó directo al barro.
—Deberías saber que no tolera que la sigan de cerca —replicó Ashley, mordiéndose el labio para sepultar una sonrisa.
—Lo sé... Quería ponerla a prueba, tal como me instó Edwin, pero... Helen juega sucio.
—Será mejor que nos pongamos en marcha —sentenció ella—. Ese golpe necesita hielo de inmediato o mañana lucirás un aspecto digno de una pelea de taberna.
—¿Crees que se notará mucho en la cena? —preguntó él, con la vanidad herida asomando por encima del dolor.
—Procura que no quede rastro de tu orgullo en esa rama —añadió ella con una punzada de ironía, mientras le ofrecía el estribo del caballo de Walter para que montara.
Ashley guardó silencio un instante, con la mirada perdida entre las orejas del caballo mientras marcaban un trote rítmico por el sendero. Se quedó pensativa y luego, girando apenas la cabeza para buscar sus ojos, murmuró:
—John Veil... —Dejó que el nombre se perdiera en el viento frío—. ¿Sabe? Ese apellido me resulta extrañamente familiar. Me evoca a alguien que conocí hace una eternidad; un niño inquieto que siempre merodeaba por la cocina, perdiendo la cabeza por las galletas de jengibre de Agatha. ¿Ese niño era usted, John?
—Solo recuerdo a Sharon, la amiga de Helen, en aquella casa —respondió él con una frialdad cortante.
Fue en ese instante cuando Ashley se dio cuenta de su error: Veil no había estado en aquella reunión; ella lo había visto fuera, hablando con el chófer del duque. Guardó silencio de inmediato, rogando para que la conmoción del golpe nublara el juicio de él y le impidiera notar la incoherencia. Permaneció callada, con el corazón galopando más rápido que su caballo, durante el resto del camino.
Al llegar, el panorama era desolador. La cacería se había disuelto en un mar de murmullos. El almuerzo, dispuesto con elegancia en el jardín, languidecía bajo una calma tensa que se había roto minutos antes: los invitados se amontonaban, alarmados tras ver regresar a una montura vacía con las riendas colgando. William, con el rostro desencajado, ya había movilizado a la servidumbre para batir el terreno.
Cuando las siluetas de los caballos recortaron por fin el horizonte, Dorothy corrió hacia ellos, con el dobladillo del vestido rozando la hierba húmeda.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó con la voz quebrada por la angustia.
—Ese animal que regresó solo es la montura de Veil —respondió Ashley, desmontando con una parsimonia gélida—. Dejaré que sea él quien les relate su propia desventura.
Entregó las riendas a un mozo de cuadra y se apartó a un lado del revuelo, permitiendo que los demás se hicieran cargo. Mientras tanto, William se abría paso hacia Veil, observando con una mezcla de horror y fascinación las marcas violáceas que ya florecían en su rostro.
—¡Por Dios, hombre, qué aspecto tiene! —exclamó William—. Siéntese, se lo ruego. Ernest se ocupará de usted de inmediato. Pero antes, díganos: ¿qué ha sucedido? Lo último que vimos fue cómo galopaba tras la señorita Spencer y, a propósito... ¿se puede saber dónde se encuentra ella?
Veil se palpó el puente de la nariz, siseando de dolor, y lanzó una mirada cargada de un resentimiento amargo.
—Daba por hecho que ya estaría aquí —masculló entre dientes—. Tengo un par de cosas que decirle a Helen.
—¿Dónde puede estar? —insistió Dorothy, recorriendo el jardín con una mirada frenética—. Todos los invitados han cruzado ya la verja.
—No todos, Dorothy —intervino Mary, su voz cortando el aire como un estilete—. El señor Walter tampoco aparece por ninguna parte.
Edwin intercambió una mirada cargada de intención con su superior; era evidente que ambos compartían la misma sospecha. Se acercó a Veil, cuya nariz ya empezaba a hincharse.
—Sé más explícito —le ordenó Edwin—. ¿Cómo caíste exactamente?
—Seguía su rastro, Edwin. No me separé de ella ni un segundo —balbuceó Veil—. Me obligaba a galopar cada vez más rápido. En un momento solo veía su espalda y, de repente... un golpe seco. Quedé inconsciente. Cuando recuperé el sentido, creí ver un rostro protector sobre mí, pero al levantarme del suelo, no había nadie. Estaba solo.
—Y tú, querida, ¿viste algo de lo ocurrido? —intervino Mary, clavando sus ojos en Ashley.
—No —mintió Ashley con aplomo—. Estaba paseando con el señor Gallichan cuando vimos pasar un caballo sin jinete. Walter me cedió su montura para que yo pudiera traer al señor Veil de vuelta.
Mientras Ernest terminaba de desinfectar los rasguños de John, Ashley se alejó del murmullo de los invitados para acercarse a Woodhall, buscando la discreción de un rincón apartado.
—Me fijé en cómo se miraban usted y el Comisionado —susurró ella una vez a solas con él—. Me dio la impresión de que algo les inquieta... y quizás yo tenga la respuesta que buscan.
—Señorita Ashley, no sé qué imagina haber visto —respondió Woodhall con una cortesía gélida—, pero el señor Veil se recuperará. No hay de qué preocuparse.
—No me refiero a Veil, sino a Helen y Walter. No han regresado, ¿verdad?
—No. Pero si ella lo encontrara en el bosque, es natural que regresaran juntos.
Ashley asintió, midiendo sus palabras.
—Helen lo recogió en la espesura y lo subió a la grupa de su yegua.
—¿Viste hacia dónde se dirigían? —preguntó Woodhall, incapaz de ocultar su interés.
—Se perdieron entre los arbustos. No los seguí por miedo a extraviarme y porque mi prioridad era auxiliar al señor Veil.
Ashley guardó silencio, escrutando el rostro de Edwin en busca de una grieta, pero él permanecía impasible, envuelto en una seguridad que rayaba en la arrogancia.
—Walter me pidió que se lo comunicara en cuanto tuviera ocasión —susurró ella, intentando leer entre líneas—. No ocurrirá nada malo... ¿cierto?
—Todo está bajo control —sentenció Edwin, dibujando una sonrisa enigmática que no alcanzó a sus ojos—. Es parte del diseño del plan. No se inquiete, Ashley.
Sin añadir más, Edwin le dio la espalda con una cortesía mecánica para unirse a Shaw y Arthur. Mientras tanto, en la linde del bosque, las siluetas de Helen y Walter no eran ya más que sombras diluyéndose en la distancia.
—Se han marchado, señor —informó Edwin en voz baja, ajustándose el cuello del abrigo—. Tal como usted predijo.
—¿Sabía que ella lo haría de este modo? —preguntó Shaw, rompiendo el silencio con una mezcla de respeto y desconcierto.
—Era de esperar —replicó Arthur con una calma gélida—. Es su forma de ganarse la confianza de los secuestradores. Ahora, solo tenemos que concederle media hora de ventaja.
—Haré lo que ordene, señor. Solicito permiso para partir hacia Londres de inmediato.
—Concedido. Pero no olvide ese margen de tiempo antes de actuar, Woodhall. Es una orden. Y llévate a Veil contigo; estos aires no le sientan bien... me temo que acabe perdiendo los estribos, o algo todavía más valioso.
Mientras tanto, ya en la carretera, Helen dejó su yegua a cargo de un mozo de confianza que aguardaba bajo la sombra de los robles; él se encargaría de devolverla al castillo por senderos discretos. Tras asegurarse de que el animal quedaba en buenas manos, se dirigió al sedán negro que los esperaba con el motor ronroneando en la penumbra. Walter ya ocupaba el asiento trasero, con el rostro sombrío tras el cristal. Al subir, Helen hizo un breve gesto de reconocimiento hacia los dos hombres de la parte delantera.
—Walter, estos son Edgar y Raymond —presentó ella con voz contenida—. Son hombres de confianza de mi padre. Se encargarán de que nadie nos siga... o de que se arrepientan si lo intentan.
Los dos hombres asintieron con una sobriedad castrense, sus siluetas recortadas contra el salpicadero de madera de nogal, mientras el conductor metía la primera marcha para alejarlos definitivamente de la campiña. Aquellos veteranos, de aspecto severo y modales impecables, no pudieron evitar una chispa de diversión en la mirada al notar la inesperada voracidad de Walter.
Edgar le tendió una cesta de mimbre rebosante de viandas; Walter la aceptó como quien recibe un tesoro y se lanzó sobre los sándwiches de roast beef con tal ahínco que, de no haber mediado palabra, habría dado cuenta de las existencias en un abrir y cerrar de ojos. Era evidente que intentaba sepultar la ansiedad bajo capas de pan y carne, consciente de que no probarían bocado caliente hasta alcanzar la estación.
—Despacio, señor —masculló Raymond con una sonrisa ladeada—, que el camino a Wiltshire es largo y los secuestradores no se irán a ninguna parte por diez minutos de masticación.
Helen observó a Walter en silencio, aguardando a que el ritmo de su respiración se acompasara al vaivén del coche, antes de volverse hacia el asiento del copiloto con una expresión gélida.
—Raymond —murmuró ella, bajando la voz hasta que fue casi un susurro que se perdía en el ronroneo del motor—, ¿has recogido el paquete?
—Está a buen recaudo, señorita. En un maletín, dentro del maletero —confirmó Raymond, manteniendo la vista fija en la carretera que se abría ante ellos—. Tal como se ordenó.
Un silencio denso volvió a ocupar el habitáculo. Helen asintió, aparentemente satisfecha, mientras Walter detenía por un segundo su improvisado banquete, consciente de que aquel "paquete" era la verdadera razón por la que estaban arriesgando el cuello en la carretera hacia Wiltshire.
«Mientras el coche se alejaba, el horror se desataba en otro lugar. Sánchez entró en la lúgubre habitación donde mantenían retenido a Lord Leonard.
—Prepárese, milord —masculló con una sonrisa sardónica—. Mañana comprobaremos cuánto interés tiene su hija en recuperarlo. Es una mujer sumamente atractiva, ¿no le parece? Quizás, cuando venga a por usted, decida que sería una lástima dejarla marchar tan pronto. Tal vez me la quede un tiempo para mí.»
—¡Ni se le ocurra ponerle una mano encima! —rugió Lord Leonard, forcejeando inútilmente contra sus ataduras.
—¿Y si no, qué? —se mofó Sánchez, acercándose con lentitud—. ¿Qué cree que podría hacer un hombre como usted sin su fiel lacayo Peel? Ese infeliz no volverá a entrometerse en nuestros asuntos. En cuanto a usted, milord... nos acompañará a su hija y a mí en un pequeño viaje por Alemania. Dicen que el aire de Berlín es muy instructivo en estas fechas.
Sánchez hizo una pausa dramática, disfrutando del tormento a sus prisioneros.
—Y para su amigo, prometido o lo que sea esa rata... le hemos preparado un obsequio especial. Noticias de primera mano que él mismo podrá redactar, aunque sea para la sección de obituarios. Ya imagino los titulares: «Misteriosa muerte del señor Walter Gallichan en el círculo de piedras de Avebury». Qué extraño que, una vez más, las grandes piedras guarden silencio... ¿Qué le parece el epitafio, señorita?
—¡Eres un criminal! ¡Un asesino y un embaucador de la peor calaña! —gritó Sharon, con la voz quebrada por la bilis y el miedo—. ¡Juro que te arrancaría los ojos con mis propias manos si pudiera!
—¡Fritz! —bramó Sánchez.
En cuanto el hombre irrumpió en la estancia, Sánchez agarró a la joven por el brazo y la empujó con violencia hacia él. Fritz la atenazó sin miramientos y se la llevó a rastras. Lord Leonard, espoleado por los gritos de la muchacha, se puso en pie envuelto en una furia desesperada por auxiliarla, pero el sádico Sánchez lo frenó en seco con un empujón que lo hizo caer pesadamente sobre una silla.
—¡Cálmese, milord! —exclamó con su sonrisa sardónica —. Ya le advertí que guardara silencio. No se ha portado bien, y ahora mis hombres se encargarán de enseñarle lo que es la disciplina.
—¡Pagará por esto! —gritó Lord Leonard, temblando de indignación—. ¡Será condenado y juro que sufrirá por cada cosa que le haga a Sharon!
Sánchez soltó una carcajada seca que resonó en las paredes de la celda.
—¡Ja! Mire cómo tiemblo, señor. No me haga reír... Si aún abriga la esperanza de que alguien venga a rescatarlos, quíteselo de la cabeza. Consuélese pensando que, al menos, pronto volverá a estar junto a su hija.
Envalentonado por su propia crueldad y henchido de orgullo por su «hazaña», Sánchez le dedicó una última inclinación burlona antes de salir.
—Que tenga una feliz tarde, milord.
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Me enfeitizais el alma,
gracias por estar siempre a mi lado.
Os quiero Abraixas.