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—La gente ya no tiene cariño —decía siempre.
Sin embargo, cuando crecí, aquel secreto de la roca escondida en la cueva pasó a parecerme una mera casualidad y mis intereses cambiaron. Al llegar a la adolescencia, empecé a pensar que el abuelo vivía en una región de sueños, utópica, se diría hoy. Pero tengo que reconocer que mi abuelo amaba la vida.
Cuando caminábamos por la arena, yo miraba las huellas que dejaban sus pies. Él solía recoger trozos de madera o alguna piedra y los analizaba con cuidado.
—¡Una concha! —gritó admirado en una ocasión—. ¡Mira! ¡Todavía tiene el amanecer dentro!
Me apresuré a mirarla, aunque yo había dejado atrás montones de conchas como esa. De repente me quedé atónita, no tanto por la concha, sino porque mi abuelo estaba feliz. Se encontraba más vivo que yo. Me puse a meditar en él. Tenía algo muy diferente, algo tan sencillo y al mismo tiempo tan profundo que en ese momento yo no podía comprenderlo bien. Él no trataba de impresionarme, sino de atraer mi atención hacia las cosas simples que nos regala la vida. Su rostro se volvía al cielo para ver cómo las gaviotas se deslizaban, suspendidas en la corriente del viento. Su mente se asombraba.
—¡Ah, eso es muy hermoso! —decía, y luego me miraba.
Se sentía más feliz que un niño con zapatos nuevos. Tenía el secreto de vivir. No le pesaba el pasado ni dudaba del porvenir; vivía el presente absoluto.
—¡Dime, abuelo! —le pregunté—. ¿En qué consiste tu secreto para aprovechar tanto la vida?
Me sonrió y comenzó a revelarme la respuesta citando unas palabras de las Sagradas Escrituras. Se trataba de una Biblia que había traído de Cuba: un ejemplar antiguo y hermoso con cierres dorados y unas manos de plata entrelazadas. Al estallar la guerra civil, el abuelo la había enterrado en una caja de hierro junto a su revólver. Ahora me revelaba su ubicación, tal como lo había hecho antes con la piedra escondida.
—No os afanéis por el día de mañana, pues el día de mañana traerá sus propias inquietudes. Le basta a cada día su propio mal —citó.
Aquellas palabras cobraban forma en la vida del Pantomino, un ejemplo viviente de la veracidad de aquella sabiduría salida de los labios de Nuestro Señor.
Aún en mi adolescencia, era un auténtico placer visitar a los abuelos. Vivían en Carnota, en una casa de piedra de cantería y madera que tenía seis estancias y un desván. Aquel altillo era casi un museo donde se podían pasar horas enteras explorando las cosas viejas que custodiaba. Un día, medio en serio y medio en broma, le dije a mi abuelo que quería registrar el desván a fondo para ver el gran cambio que había experimentado el mundo desde antaño hasta hoy. Él captó de inmediato el sarcasmo en mis palabras.
—No crees cuando te digo que los tiempos han cambiado mucho, ¿verdad?
Sin esperar mi respuesta, subimos la escalera y fuimos directamente hacia un viejo baúl atestado de libros descoloridos, papeles viejos y otros documentos. Rebuscó en su interior hasta extraer varios periódicos y revistas de páginas amarillentas. Nos sentamos allí mismo, sobre el suelo de madera, apoyados en unos viejos almohadones de bordados moriscos, y me apretujé contra él todo lo que pude.
—Lee estos periódicos —me dijo—. Verás que por ninguna parte se habla de tal cantidad de asesinatos, ni de guerras ni de terrorismo a gran escala como tenemos hoy. ¿Crees que los viejos nos imaginamos estas cosas?
Me quedé atónita. Era rigurosamente cierto. Tenía en mis manos un periódico del año 1912; luego tomé otro de 1907 y después pasé a hojear las revistas de los años 1926 y 1928, que recuerdo que eran ejemplares de la colección de Mundo Gráfico. Era verdad que el mundo iba de mal en peor. Aunque en aquellas revistas también se relataban algunos homicidios horrendos —como un número del 4 de enero de 1928 que llevaba por titular «El sensacional crimen de Barcelona», sobre una mujer de apellido Fuentes que en la calle Trafalgar había asesinado a su marido—, noté que la noticia se catalogaba como «sensacional» precisamente por lo extraordinaria. No era como hoy, que la tragedia se ha vuelto tan cotidiana que la llamamos «violencia de género». Además, en casi todo un año apenas se hablaba de crímenes en toda la revista, salvo por los caídos del ejército español en las colonias del norte de África. También miré un ejemplar de la Gaceta de Galicia, editada en Vigo; tenía cuarenta páginas y costaba treinta céntimos. Su fecha era del 1 de septiembre de 1929 y rezaba como cualquier periódico de provincia: sus páginas estaban repletas de un lenguaje poético y gráficos de actualidad, sin rastro de malas noticias.
—¿Estás atónita, verdad? —preguntó el abuelo, lanzándome una mirada de reojo mientras observaba mi reacción.
El cargado olor del desván, impregnado de periódicos viejos, creó el marco ideal para preguntarle acerca de algunas de las dudas que aún revoloteaban por mi mente.
—Abuelo, ¿por qué crees que eran tan diferentes los tiempos antes de que vieras caer del cielo la piedra? Los labradores no tenían tractores, ni máquinas de ordeño, ni nada de nada. Todo era simplemente un trabajo pesadísimo en las fincas, ¿no es cierto?
—Es verdad —dijo—. No teníamos tractores, pero teníamos bueyes. Y yo sé lo que es ser dueño de una pareja de bueyes: levantarse a las cinco de la mañana para atenderlos, cepillarlos o acarrear los helechos y los tojos para hacerles la cama en las cuadras. Permíteme decirte, tortolita mía, que hay algo verdaderamente grato en esa sensación, algo que uno jamás obtiene por ser dueño de un tractor.
—¡Sí, abuelo, pero caminar detrás de un arado de hierro bastaría para matar a cualquiera!
—He vivido mucho tiempo, mi niña, y aún no he visto a ningún hombre morir por andar tras el arado, pero sí he visto a varios aplastados bajo un tractor. Es toda esta comodidad la que enferma a la gente de hoy. En una ocasión, un vecino mío compró un arado especial para arrancar tocones y raíces de su huerta; me dijo que jamás se había sentido tan feliz y venturoso como cuando manejaba aquel enorme arado, impulsado por la fuerza de sus bueyes. Y yo estoy de acuerdo con él.
Mi abuelo se acomodó mejor, recostándose contra el lateral del baúl, y comenzó a hablar con un tono más serio:
—De hecho, te digo, pequeña, los tiempos eran muy distintos cuando yo tenía tu edad, pero es difícil que tú lo comprendas ahora. Has nacido en el mundo de los aviones, de las carreteras pavimentadas, de los coches y de tanto progreso técnico. Las granjas tienen máquinas y todo el alimento viene ya empaquetado e incluso precocinado. El pan ya te lo dan hecho en la tienda. No es como antes, que desde que sembrabas y luego segabas el trigo, pasabas por la malla para separar el grano de la paja, luego lo secabas en el desván, después lo molías en los molinos de agua, cribabas la harina, la amasabas y lo cocías en tu propio horno de leña. Era mucho, muchísimo trabajo el que se pasaba, mas a saborear aquel pan de antaño no hay nada hoy que se le pueda igualar.
Por un instante, el abuelito se quedó en silencio, pero yo casi podía oírlo pensar. Así que lo animé para que me siguiera hablando de aquellos tiempos y de la gente que conoció.
Esbozó una sonrisa y siguió con sus explicaciones:
—Como la gente caminaba tanto en aquellas alboradas, sin tiempo para sufrir de colesterol, era bastante normal que nos alcanzara el día para hacer todo lo necesario y prioritario. Tan solo había en casa un viejo despertador de campana y este reloj de bolsillo de plata que siempre guardaba en el chaleco.
Lo sacó para mostrármelo. ¡Increíble que todavía funcionase! Realmente era una maravilla ver cómo, al levantar su negruzca tapa, asomaba su antaño blanca esfera, hoy ya amarillenta por el paso de los años, con aquellos números romanos negros y vivos en su no menos preciosa caja de plata repujada.
—Muy pocas personas en aquellos tiempos disponían de un reloj como este —aseguró—, y apenas se miraba, pues se trabajaba de sol a sol. Sin coches ni apenas carreteras, uno podía ir sin prisa a través del monte o por los caminos del pueblo sin temor a ser atropellado. Podíamos vivir la vida igual, aunque fuera a paso de tortuga. Hoy la gente se apresura para todo, tratando de hacer demasiadas cosas al mismo tiempo; ese es uno de los mayores problemas actuales. Por eso se quejan de no tener tiempo para nada, porque quieren hacer en un solo día lo que antes nos llevaba una semana entera.
—Te voy a contar del mejor amigo que tuve cuando era joven —continuó el abuelo—. Por cierto, fue él quien me ayudó a acarrear la negra piedra que vi caer del cielo para luego esconderla en un lugar seguro, ya que yo solo no podía; aun así, nos costó bastante trabajo, pues hervía como el carburo de Cee en medio de un enorme agujero.
Continuó describiéndome la figura de su amigo: un hombre de baja estatura, fuerte, de pequeños ojos negros y muy espabilado; un amigo de palabra, capaz de guardar cualquier secreto hasta llevárselo a la tumba. Al igual que mi abuelo, este hombre había tenido que buscarse la vida fuera de su tierra, viajando de Alemania a Francia y luego a Canadá como polizón. Al llegar a Quebec, lo único que le preguntaron fue: «¿Dónde quiere usted trabajar?».
—Hoy en día no se te ocurra hacer eso —me advirtió el abuelo—. Desde allí le escribió a su padre para que supiera que estaba bien; este le contestó en una carta: «Hijo, los buenos tiempos han dejado de existir. La guerra nos cambió a todos. La vida pasó a ser diferente después, y la buena disposición social del mundo de antes cambió rotundamente. Ya no hay confianza en la gente, se está volviendo más osca y suspicaz cada día que pasa…».
El abuelo me miró sonriendo, pues no quería que me sintiera incómoda con aquellas historias de tinte melancólico, y me dijo:
—Te estoy aburriendo mucho, mi niña, igual ya quieres bajar a por la merienda…
—No tengo hambre, abuelo, cuéntame más cosas —solicité con ansiedad.
Entonces comenzó a hablarme de mis bisabuelos y de la vida que tuvo de niño:
—De aquella, se podía decir que era una auténtica vida de familia. Los miembros del hogar hablaban unos con otros. No teníamos radio ni mucho menos televisión que nos robaran la conversación. Ahora, en las casas, todos se sientan en silencio en la semioscuridad, mirando una y otra vez los impactantes anuncios del televisor o lo que sea que pongan. Si alguien dice algo, lo enmudecen con un simple «calla» o surge una repentina riña por ver quién se queda con el mando y controla los canales. Cuando éramos niños, a todos nos gustaba hablar. Hablábamos por los codos. Papá nos decía: «¡Hijos, por favor, no habléis más de dos a la vez!». Este tipo de vida se perdió…
Se quedó cabizbajo y melancólico al recordar a sus queridos hermanos y padres, pero yo deseaba con fuerzas que no terminase la historia, por eso le pregunté:
—Entonces, ¿qué hacíais los niños para divertiros?
Pensó por un momento y luego esbozó una sonrisa; un recuerdo divertido había acudido a su mente.
—Me has hecho recordar mi infancia —dijo—. A menudo solíamos sentarnos alrededor de la artesa a jugar al dominó con papá. Pero no pienses que todo era diversión: hacíamos muchas labores y trabajábamos duro. Íbamos en grupo a través del campo con nuestros padres y vecinos. Había una seguridad absoluta en los caminos, porque no existía el peligro de que nos atropellasen. Nunca tuvimos vacaciones, siempre había que trabajar, pero recuerdo con especial cariño cuando íbamos lejos a labrar los montes y nos acostábamos en el suelo sobre sacos. Llevábamos el almuerzo con nosotros y bebíamos la leche de vaca directamente de la ubre. ¡Qué rica!
Hizo un gesto con los labios como si todavía la estuviera saboreando y sus ojos brillaron de emoción con el recuerdo.
—Aunque éramos traviesos y poco cuidadosos con la naturaleza que Dios nos ha dado —continuó—. ¡Pobres mirlos, a los que tirábamos piedras con los tirachinas! ¡Nunca lo hagas, hijita! Es nuestro deber protegerlos, no dañarlos. Cuando me dejaban ir de romería, mi padre calculaba el dinero que iba a precisar. Si lo gastaba rápido, simplemente tenía que arreglármelas sin él o regresar a casa. No podíamos llamar por el teléfono móvil para pedir más, como hacen hoy en día algunos jóvenes. Pero nos sabíamos divertir de verdad, de una manera limpia y saludable. No necesitábamos emborracharnos, ni drogarnos, ni juntarnos en multitudes para eso que hoy llamáis botellón, que solo sirve para dejar el entorno sucio y, lo peor de todo, sucia también el alma.
Metió la mano en el bolsillo y sacó una bolsa de higos pasos que tanto le gustaban.
—Solíamos comer de esto cuando éramos niños, especialmente en el frío invierno. No había supermercados entonces. La única tienda del pueblo era propiedad de una sola familia. Casi todo se pesaba en balanza o con la romana; se vendía a granel, sin empaquetar. Tenían cajones de madera para conservar los productos básicos. Los hombres paraban a menudo en torno al largo mostrador de mármol para tomar un vino o una copa, hablando hora tras hora de su pesca, de sus familiares en las Américas, de las vacas, de las patatas, del trigo o del maíz. Aquel ultramarinos tenía de todo, desde bolillos hasta féretros. También tenían tres gatos, rapidísimos para atrapar algún que otro ratón, pero muy cariñosos cuando se restregaban contra las piernas de los clientes. Recuerdo que aquel viejo tendero me aconsejaba qué cosas comprar y cuáles no. Esa clase de relación íntima ya no existe hoy. Esa confianza sencilla entre tendero y cliente se daba en los pueblos y también en las ciudades. Trata de encontrar eso hoy en día —dijo mi abuelo con un tono marcadamente emotivo—. Ir a la villa de Muros a mercar o vender era una de las cosas que más disfrutaba. Ya no verás a muchas personas deleitarse tanto con ir a comprar.
Entonces se estiró un poco por tercera vez y me dijo:
—Cuando tenía tres años, casi cuatro, mamá me enviaba a la tienda a hacer la compra. Un día me mandó a por unas galletas y, cuando llegó la hora de pagarlas, inocentemente le di al tendero un portaplumas viejo que no tenía ni la pluma metálica. Lo aceptó como si aquello fuera el precio idóneo y, sin decir palabra, me entregó las galletas. ¿Dónde hay hoy tenderos que hagan tales cosas? La bondad y la generosidad han desaparecido de los corazones humanos. Ahora la gente se ha vuelto más impersonal; son muchos los que se tratan unos a otros como extraños. Se muestran fríos y distantes, evitando el trato con los demás. Ese es el terrible cambio que ha sufrido el mundo.
Interrumpí sus palabras preguntándole por la delincuencia y la moral de la gente de su época:
—¿Era como hoy, abuelo?
—¡Oh, no, ni pensarlo! —contestó—. Cierto es que había cerraduras, pero nadie pensaba siquiera en cerrar la puerta con llave. Tan solo cuando ibas lejos al monte, entonces la bisabuela cerraba, pero no se llevaba la llave consigo, sino que la guardaba cerca de la casa, bajo cierta piedra o debajo del hórreo. La puerta de la casa era de dos hojas; siempre estaba abierta la de arriba para que cualquier vecino pudiera asomarse o entrar abriendo el pestillo de la de abajo.
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