Abraixas

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miércoles, 2 de septiembre de 2026

El Pantomino — Epílogo: El rumor de los pinos

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  Hoy, las blancas hojas que un día imaginé ya no están vacías. El manuscrito de mi vida se ha ido tiñendo con la tinta de aquellos recuerdos que el Pantomino depositó en mi alma infantil. Cuando el ruido del mundo moderno se vuelve ensordecedor y la prisa de esta era tecnológica intenta arrastrarme en su vorágine, cierro los ojos. Busco el sosiego en mi pedregal, allí donde el Atlántico sigue rindiendo tributo a la arena de Carnota.

  A veces, al caer el lusco e fusco, subo las escaleras rechinantes hacia el desván. Abro el viejo baúl de madera. Toco el lomo amarillento de Rumores de los pinos, acaricio la plata repujada del reloj que ya no mide el tiempo, sino la eternidad, y sé que el secreto de la vida nunca estuvo en poseer más, sino en saber asombrarse ante el amanecer guardado en el interior de una concha.

  Sé que la roca negra que hervía como el carburo sigue allí, sepultada en las entrañas del monte, custodiando misterios que los hombres ciegos de progreso nunca podrán comprender. Pero el verdadero tesoro que el abuelo me legó no es de piedra; es esta herencia de palabras, este deber de alzar la voz por nuestros mares, por nuestra lengua y por la memoria de los que, con manos endurecidas y cálidas, labraron el granito de nuestra identidad.

  Pantomino, mi viejo querido: la osada vendimiadora se llevó tu presencia, pero jamás tu luz. Cada vez que mis dedos rozan la piedra fría de esta casa, o que escucho el trino de las aves en la xunqueira, sé que no hay distancia real en nuestra separación. Tu alma sigue latiendo en la Costa de la Muerte. Y yo, tu tortolita, sigo aquí, custodiando el fuego de tu hogar, transformando tus ausencias en las más bellas vivencias por venir.

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El Pantomino — Capítulo 5: El legado de la piedra labrada

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—Ahora, abuelo, envidio tus tiempos, cuando la mente era limpia y no estaba agobiada por los problemas que tiene esta generación —le dije—. Probablemente nosotros no vivamos tanto tiempo, como resultado de nuestro mundo tecnológico.

—Aún menos mal que te vas dando cuenta ahora de lo que te mostré sobre mis tiempos —respondió—. Posiblemente esto sirva para que vosotras, que aún sois niñas, toméis conciencia y hagáis un mundo mejor en el futuro, para que tus hijos hereden algo digno. ¿De qué sirve todo el conocimiento del mundo sin momentos como este, en que podemos hablar sin prisas? Dios quiso que viviera todo este tiempo, a lo mejor para pasarte a ti mis recuerdos. Hoy más que nunca necesitamos vivir. Levantar las tierras, los mares, y que vuelvan a ser lo que fueron. Cuidar el entorno con mimo, con cariño, y velar por su sostenibilidad, no por una explotación egoísta y sin control.

—Abuelo, es muy acertado todo lo que me dices, pero ¿qué podemos hacer nosotros? No vamos a cambiar el mundo de la noche a la mañana.

—Tienes la posibilidad de cambiar las cosas —afirmó con rotundidad—. De salvar nuestros mares, nuestra lengua, nuestro anterior modo de vivir la vida. Aunque sea cosa del pasado, como dicen muchos, los valores morales y la solidaridad han de permanecer por encima de todo; ha de esforzarse uno por desarraigar del corazón el egoísmo y la ambición. Haz cuanto esté en tu mano por aprender ahora que tienes una bonita juventud, porque el tiempo pasa rápido, mi tortolita.

  La conversación con el abuelo me impresionó profundamente. Los tiempos habían cambiado y estaban por cambiar aún más. Vi que verdaderamente estábamos viviendo una época diferente, que nuestra tierra experimentaba dolores de muerte y que ya era hora de dejar de esconder las manos; había llegado el momento de unirse solidariamente y hacer valer el legado que la sabiduría de nuestros mayores nos transmitió.

  Al salir del desván, apreté su mano como si fuera la última vez, demostrándole cuánto apreciaba su sabiduría. Intercambiamos una última mirada dulce y luego pensé para mí…

  ¿Dónde estás, Pantomino? Un negro día, las tijeras de Átropos recortaron tu presencia del cuadro familiar. Tomé entonces el difumino de la melancolía y retoqué tu imagen con el gris de tu ausencia. El adiós que se suelta deja un nudo de emociones, un gusto salobre al pasar por la boca, y arranca del teclado de la memoria vivas sensaciones, matices de nostalgia que enaltecen los recuerdos.

  ¡Osada vendimiadora que arrastraste a mi Pantomino al confín gélido! ¿Cuándo llegará el día en el que toda distancia sea una mera y simple opción de las circunstancias, y la ausencia una pausa sin aguijón ni herida, cuando haya un «hasta luego» en cada separación?

  ¡Mi Pantomino de ojitos tiernos! ¡Sigues tan vivo como siempre!

  Desde el retrato que cuelga en la pared de la casa que tú mismo construiste, miras hacia mí con tus pardos y tiernos ojos, en un rostro maravilloso de áurea serenidad. Mi amigo, mi confidente, siento cómo cobras vida y sales del marco. Siento tu espíritu silbador cuando subo por la escalera de madera rechinante. Ya sé que duermes el largo sueño del que ha de despertar, que no estás en realidad, pero sigues con nosotros, pues tus labradas piedras y los bellos hórreos siguen hablando de tu artesanía gallega. Tu alma late en la talla de cada piedra de la Costa de la Muerte, haciendo que esta esté más viva que nunca. Cada una de ellas cuenta cómo eras, incluso los azulados dibujos de pececitos geométricos, casi olvidados en la madera de las casas, que miran con atención a quien eleva la vista hacia lo alto.

  ¡Gracias por permitirme plasmar los sueños de antaño! ¡Gracias por el nuevo despertar que me has transmitido! ¡Quisiera que fuese ya una realidad! Tu vieja casa siempre me ha producido bellos recuerdos, sombras del olvido que ahora resurgen como si estuviesen grabadas en la almohada, listas para ser plasmadas desde la tela del tiempo a las blancas hojas de vivencias por venir.

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El Pantomino — Capítulo 4: Pepa la Ginda y la era del progreso

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  Ni siquiera recuerdo el día que tuve que usar una llave en mi mocedad. Cuando iba de romería con mis hermanos, nuestra madre nos dejaba la puerta simplemente arrimada para que pudiésemos entrar al regresar; eso sí, si llegábamos más tarde de las doce, tu bisabuela echaba la llave y no nos quedaba más remedio que dormir en el pajar.

  Le pregunté entonces por las chicas… Con un tono confidencial y reservado, me habló de cuando comenzó a galantear:

—Cuando me enamoré, estaba trabajando en la floristería de mis tíos en la ciudad de La Habana. No es por ser presumido, pero tu abuelo fue siempre de muy buen ver, por lo que tenía a muchas pretendientas en Cuba; pero yo quería tener una sola mujer en mi vida. Para aquel entonces, tu abuela ya me había robado el corazón; me quedé prendado de ella aunque fuera mi prima. Ni en aquella tierra lejana me olvidé de los sentimientos que me había despertado. Tanto es así que, cuando venían algunos carnotanos a La Habana, les preguntaba por las muchachas de aquí. Hablaban hasta cansar de cómo era una y cómo eran las otras, pero cuando les preguntaba por Pepa de la Ginda, aquello ya era otro cantar.

  Hizo una pausa, entornando los ojos con una sonrisa de pura nostalgia:

—Decían: «Esa mujer no es como las demás. Es muy trabajadora, no sale con nadie, no tiene tiempo para perderlo. Incluso cuando llega la fiesta, se lleva el trabajo al baile; su madre va con ella y la hace palillar allí mismo. Pero es la más simpática de todas; se echa unas carcajadas que da gusto ver lo bonita y bien hecha que es».

—Como puedes imaginar, preparé todo para retornar a Carnota. Construí la casa de cantería donde estamos ahora y luego me declaré a mi prima; tenía entonces veinte años. Obtuve la dispensa papal y nos casamos, mas con toda la familia en contra. Tuvimos tres hijas y un hijo, y de nuestra Amalia naciste tú, mi tortolita.

  Me abrazó, aconsejándome:

—Haz siempre caso de tu madre, pues tiene incrustados principios justos que nosotros le hemos transmitido. Siendo una hija obediente, los ha tomado a pecho en todo su vivir; es un ejemplo para muchos.

—¿Por qué lo dices, abuelo? La gente sigue peleando en guerras igual que en tus tiempos, matan a inocentes. ¿Acaso no han dejado que influya en ellos su vivir cristiano, como tú, la abuela y mamá?

  El abuelo hizo una pausa y, después de suspirar, me dijo:

—Tienes razón, mi niña, la gente no deja de matar. Antaño prevalecía lo que podría llamarse una actitud «cristiana». Los viejos pescadores de la Costa de la Muerte hablábamos entre nosotros de aquellos hechos en nuestras conversaciones. ¿Por qué personas de naciones que afirman ser cristianas, como Francia o Alemania, peleaban entre sí? No lo entendíamos. Para aquel entonces, mi buen amigo el cura párroco me dio una revista católica que se llamaba La Hormiga de Oro, donde venían fotos de la guerra y del sofisticado armamento que estaban utilizando los alemanes; una revista que pocos podían tener, pero que yo compartía con mis amigos… Me acuerdo mucho de aquellos frailes que venían de misiones y remachaban el punto de que la voluntad de Dios era que los jóvenes pelearan por su país en caso de tener que defender su patria. Fueron algunos curas los que hicieron que la gente pensara que la guerra era justificable para un cristiano. Hoy en día, la mayor parte de la gente se interesa poco en si la guerra es cristiana o no; todo lo que quieren saber es si es «moral o inmoral».

  El abuelo Pantomino era un hombre divertido, de ahí su apodo. Sus pantomimas eran muy singulares y hacía eco de ellas toda la comarca, sobre todo cuando se disfrazaba de mujer embarazada y se levantaba un manto a modo de faldón, mostrando unas vejigas de cerdo y diciéndole a las mozas que estaba a punto de parir entre risotadas y danzas.

  Sin embargo, hoy caminamos por la autopista de la información, rodeados de oportunidades culturales que serían inimaginables para el abuelo. Nos asedian la televisión, las películas llenas de violencia o sexo y las tertulias que ponen al descubierto la vida y andanzas de los famosillos, haciendo que todos duden de su credibilidad solo para alimentar el morbo. ¿Y qué decir de los videojuegos de ordenador, en los que me han dicho que siempre tiene que salir un arsenal de armas de diversos calibres para que los niños no se aburran? ¡Qué futuro se puede esperar de mi generación! Tristemente, esta es la herencia que nos deja el mal llamado «mundo libre», el mal llamado «mundo capitalista», la mal llamada «era del progreso».

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El Pantomino — Capítulo 3: El secreto bajo la almohada y el agua del lar

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—La gente ya no tiene cariño —decía siempre.

  Sin embargo, cuando crecí, aquel secreto de la roca escondida en la cueva pasó a parecerme una mera casualidad y mis intereses cambiaron. Al llegar a la adolescencia, empecé a pensar que el abuelo vivía en una región de sueños, utópica, se diría hoy. Pero tengo que reconocer que mi abuelo amaba la vida.

  Cuando caminábamos por la arena, yo miraba las huellas que dejaban sus pies. Él solía recoger trozos de madera o alguna piedra y los analizaba con cuidado.

—¡Una concha! —gritó admirado en una ocasión—. ¡Mira! ¡Todavía tiene el amanecer dentro!

  Me apresuré a mirarla, aunque yo había dejado atrás montones de conchas como esa. De repente me quedé atónita, no tanto por la concha, sino porque mi abuelo estaba feliz. Se encontraba más vivo que yo. Me puse a meditar en él. Tenía algo muy diferente, algo tan sencillo y al mismo tiempo tan profundo que en ese momento yo no podía comprenderlo bien. Él no trataba de impresionarme, sino de atraer mi atención hacia las cosas simples que nos regala la vida. Su rostro se volvía al cielo para ver cómo las gaviotas se deslizaban, suspendidas en la corriente del viento. Su mente se asombraba.

—¡Ah, eso es muy hermoso! —decía, y luego me miraba.

  Se sentía más feliz que un niño con zapatos nuevos. Tenía el secreto de vivir. No le pesaba el pasado ni dudaba del porvenir; vivía el presente absoluto.

—¡Dime, abuelo! —le pregunté—. ¿En qué consiste tu secreto para aprovechar tanto la vida?

  Me sonrió y comenzó a revelarme la respuesta citando unas palabras de las Sagradas Escrituras. Se trataba de una Biblia que había traído de Cuba: un ejemplar antiguo y hermoso con cierres dorados y unas manos de plata entrelazadas. Al estallar la guerra civil, el abuelo la había enterrado en una caja de hierro junto a su revólver. Ahora me revelaba su ubicación, tal como lo había hecho antes con la piedra escondida.

—No os afanéis por el día de mañana, pues el día de mañana traerá sus propias inquietudes. Le basta a cada día su propio mal —citó.

  Aquellas palabras cobraban forma en la vida del Pantomino, un ejemplo viviente de la veracidad de aquella sabiduría salida de los labios de Nuestro Señor.

  Aún en mi adolescencia, era un auténtico placer visitar a los abuelos. Vivían en Carnota, en una casa de piedra de cantería y madera que tenía seis estancias y un desván. Aquel altillo era casi un museo donde se podían pasar horas enteras explorando las cosas viejas que custodiaba. Un día, medio en serio y medio en broma, le dije a mi abuelo que quería registrar el desván a fondo para ver el gran cambio que había experimentado el mundo desde antaño hasta hoy. Él captó de inmediato el sarcasmo en mis palabras.

—No crees cuando te digo que los tiempos han cambiado mucho, ¿verdad?

  Sin esperar mi respuesta, subimos la escalera y fuimos directamente hacia un viejo baúl atestado de libros descoloridos, papeles viejos y otros documentos. Rebuscó en su interior hasta extraer varios periódicos y revistas de páginas amarillentas. Nos sentamos allí mismo, sobre el suelo de madera, apoyados en unos viejos almohadones de bordados moriscos, y me apretujé contra él todo lo que pude.

—Lee estos periódicos —me dijo—. Verás que por ninguna parte se habla de tal cantidad de asesinatos, ni de guerras ni de terrorismo a gran escala como tenemos hoy. ¿Crees que los viejos nos imaginamos estas cosas?

  Me quedé atónita. Era rigurosamente cierto. Tenía en mis manos un periódico del año 1912; luego tomé otro de 1907 y después pasé a hojear las revistas de los años 1926 y 1928, que recuerdo que eran ejemplares de la colección de Mundo Gráfico. Era verdad que el mundo iba de mal en peor. Aunque en aquellas revistas también se relataban algunos homicidios horrendos —como un número del 4 de enero de 1928 que llevaba por titular «El sensacional crimen de Barcelona», sobre una mujer de apellido Fuentes que en la calle Trafalgar había asesinado a su marido—, noté que la noticia se catalogaba como «sensacional» precisamente por lo extraordinaria. No era como hoy, que la tragedia se ha vuelto tan cotidiana que la llamamos «violencia de género». Además, en casi todo un año apenas se hablaba de crímenes en toda la revista, salvo por los caídos del ejército español en las colonias del norte de África. También miré un ejemplar de la Gaceta de Galicia, editada en Vigo; tenía cuarenta páginas y costaba treinta céntimos. Su fecha era del 1 de septiembre de 1929 y rezaba como cualquier periódico de provincia: sus páginas estaban repletas de un lenguaje poético y gráficos de actualidad, sin rastro de malas noticias.

—¿Estás atónita, verdad? —preguntó el abuelo, lanzándome una mirada de reojo mientras observaba mi reacción.

  El cargado olor del desván, impregnado de periódicos viejos, creó el marco ideal para preguntarle acerca de algunas de las dudas que aún revoloteaban por mi mente.

—Abuelo, ¿por qué crees que eran tan diferentes los tiempos antes de que vieras caer del cielo la piedra? Los labradores no tenían tractores, ni máquinas de ordeño, ni nada de nada. Todo era simplemente un trabajo pesadísimo en las fincas, ¿no es cierto?

—Es verdad —dijo—. No teníamos tractores, pero teníamos bueyes. Y yo sé lo que es ser dueño de una pareja de bueyes: levantarse a las cinco de la mañana para atenderlos, cepillarlos o acarrear los helechos y los tojos para hacerles la cama en las cuadras. Permíteme decirte, tortolita mía, que hay algo verdaderamente grato en esa sensación, algo que uno jamás obtiene por ser dueño de un tractor.

—¡Sí, abuelo, pero caminar detrás de un arado de hierro bastaría para matar a cualquiera!

—He vivido mucho tiempo, mi niña, y aún no he visto a ningún hombre morir por andar tras el arado, pero sí he visto a varios aplastados bajo un tractor. Es toda esta comodidad la que enferma a la gente de hoy. En una ocasión, un vecino mío compró un arado especial para arrancar tocones y raíces de su huerta; me dijo que jamás se había sentido tan feliz y venturoso como cuando manejaba aquel enorme arado, impulsado por la fuerza de sus bueyes. Y yo estoy de acuerdo con él.

  Mi abuelo se acomodó mejor, recostándose contra el lateral del baúl, y comenzó a hablar con un tono más serio:

—De hecho, te digo, pequeña, los tiempos eran muy distintos cuando yo tenía tu edad, pero es difícil que tú lo comprendas ahora. Has nacido en el mundo de los aviones, de las carreteras pavimentadas, de los coches y de tanto progreso técnico. Las granjas tienen máquinas y todo el alimento viene ya empaquetado e incluso precocinado. El pan ya te lo dan hecho en la tienda. No es como antes, que desde que sembrabas y luego segabas el trigo, pasabas por la malla para separar el grano de la paja, luego lo secabas en el desván, después lo molías en los molinos de agua, cribabas la harina, la amasabas y lo cocías en tu propio horno de leña. Era mucho, muchísimo trabajo el que se pasaba, mas a saborear aquel pan de antaño no hay nada hoy que se le pueda igualar.

  Por un instante, el abuelito se quedó en silencio, pero yo casi podía oírlo pensar. Así que lo animé para que me siguiera hablando de aquellos tiempos y de la gente que conoció.

  Esbozó una sonrisa y siguió con sus explicaciones:

—Como la gente caminaba tanto en aquellas alboradas, sin tiempo para sufrir de colesterol, era bastante normal que nos alcanzara el día para hacer todo lo necesario y prioritario. Tan solo había en casa un viejo despertador de campana y este reloj de bolsillo de plata que siempre guardaba en el chaleco.

  Lo sacó para mostrármelo. ¡Increíble que todavía funcionase! Realmente era una maravilla ver cómo, al levantar su negruzca tapa, asomaba su antaño blanca esfera, hoy ya amarillenta por el paso de los años, con aquellos números romanos negros y vivos en su no menos preciosa caja de plata repujada.

—Muy pocas personas en aquellos tiempos disponían de un reloj como este —aseguró—, y apenas se miraba, pues se trabajaba de sol a sol. Sin coches ni apenas carreteras, uno podía ir sin prisa a través del monte o por los caminos del pueblo sin temor a ser atropellado. Podíamos vivir la vida igual, aunque fuera a paso de tortuga. Hoy la gente se apresura para todo, tratando de hacer demasiadas cosas al mismo tiempo; ese es uno de los mayores problemas actuales. Por eso se quejan de no tener tiempo para nada, porque quieren hacer en un solo día lo que antes nos llevaba una semana entera.

—Te voy a contar del mejor amigo que tuve cuando era joven —continuó el abuelo—. Por cierto, fue él quien me ayudó a acarrear la negra piedra que vi caer del cielo para luego esconderla en un lugar seguro, ya que yo solo no podía; aun así, nos costó bastante trabajo, pues hervía como el carburo de Cee en medio de un enorme agujero.

  Continuó describiéndome la figura de su amigo: un hombre de baja estatura, fuerte, de pequeños ojos negros y muy espabilado; un amigo de palabra, capaz de guardar cualquier secreto hasta llevárselo a la tumba. Al igual que mi abuelo, este hombre había tenido que buscarse la vida fuera de su tierra, viajando de Alemania a Francia y luego a Canadá como polizón. Al llegar a Quebec, lo único que le preguntaron fue: «¿Dónde quiere usted trabajar?».

—Hoy en día no se te ocurra hacer eso —me advirtió el abuelo—. Desde allí le escribió a su padre para que supiera que estaba bien; este le contestó en una carta: «Hijo, los buenos tiempos han dejado de existir. La guerra nos cambió a todos. La vida pasó a ser diferente después, y la buena disposición social del mundo de antes cambió rotundamente. Ya no hay confianza en la gente, se está volviendo más osca y suspicaz cada día que pasa…».

  El abuelo me miró sonriendo, pues no quería que me sintiera incómoda con aquellas historias de tinte melancólico, y me dijo:

—Te estoy aburriendo mucho, mi niña, igual ya quieres bajar a por la merienda…

—No tengo hambre, abuelo, cuéntame más cosas —solicité con ansiedad.

Entonces comenzó a hablarme de mis bisabuelos y de la vida que tuvo de niño:

—De aquella, se podía decir que era una auténtica vida de familia. Los miembros del hogar hablaban unos con otros. No teníamos radio ni mucho menos televisión que nos robaran la conversación. Ahora, en las casas, todos se sientan en silencio en la semioscuridad, mirando una y otra vez los impactantes anuncios del televisor o lo que sea que pongan. Si alguien dice algo, lo enmudecen con un simple «calla» o surge una repentina riña por ver quién se queda con el mando y controla los canales. Cuando éramos niños, a todos nos gustaba hablar. Hablábamos por los codos. Papá nos decía: «¡Hijos, por favor, no habléis más de dos a la vez!». Este tipo de vida se perdió…

  Se quedó cabizbajo y melancólico al recordar a sus queridos hermanos y padres, pero yo deseaba con fuerzas que no terminase la historia, por eso le pregunté:

—Entonces, ¿qué hacíais los niños para divertiros?

Pensó por un momento y luego esbozó una sonrisa; un recuerdo divertido había acudido a su mente.

—Me has hecho recordar mi infancia —dijo—. A menudo solíamos sentarnos alrededor de la artesa a jugar al dominó con papá. Pero no pienses que todo era diversión: hacíamos muchas labores y trabajábamos duro. Íbamos en grupo a través del campo con nuestros padres y vecinos. Había una seguridad absoluta en los caminos, porque no existía el peligro de que nos atropellasen. Nunca tuvimos vacaciones, siempre había que trabajar, pero recuerdo con especial cariño cuando íbamos lejos a labrar los montes y nos acostábamos en el suelo sobre sacos. Llevábamos el almuerzo con nosotros y bebíamos la leche de vaca directamente de la ubre. ¡Qué rica!

  Hizo un gesto con los labios como si todavía la estuviera saboreando y sus ojos brillaron de emoción con el recuerdo.

—Aunque éramos traviesos y poco cuidadosos con la naturaleza que Dios nos ha dado —continuó—. ¡Pobres mirlos, a los que tirábamos piedras con los tirachinas! ¡Nunca lo hagas, hijita! Es nuestro deber protegerlos, no dañarlos. Cuando me dejaban ir de romería, mi padre calculaba el dinero que iba a precisar. Si lo gastaba rápido, simplemente tenía que arreglármelas sin él o regresar a casa. No podíamos llamar por el teléfono móvil para pedir más, como hacen hoy en día algunos jóvenes. Pero nos sabíamos divertir de verdad, de una manera limpia y saludable. No necesitábamos emborracharnos, ni drogarnos, ni juntarnos en multitudes para eso que hoy llamáis botellón, que solo sirve para dejar el entorno sucio y, lo peor de todo, sucia también el alma.

  Metió la mano en el bolsillo y sacó una bolsa de higos pasos que tanto le gustaban.

—Solíamos comer de esto cuando éramos niños, especialmente en el frío invierno. No había supermercados entonces. La única tienda del pueblo era propiedad de una sola familia. Casi todo se pesaba en balanza o con la romana; se vendía a granel, sin empaquetar. Tenían cajones de madera para conservar los productos básicos. Los hombres paraban a menudo en torno al largo mostrador de mármol para tomar un vino o una copa, hablando hora tras hora de su pesca, de sus familiares en las Américas, de las vacas, de las patatas, del trigo o del maíz. Aquel ultramarinos tenía de todo, desde bolillos hasta féretros. También tenían tres gatos, rapidísimos para atrapar algún que otro ratón, pero muy cariñosos cuando se restregaban contra las piernas de los clientes. Recuerdo que aquel viejo tendero me aconsejaba qué cosas comprar y cuáles no. Esa clase de relación íntima ya no existe hoy. Esa confianza sencilla entre tendero y cliente se daba en los pueblos y también en las ciudades. Trata de encontrar eso hoy en día —dijo mi abuelo con un tono marcadamente emotivo—. Ir a la villa de Muros a mercar o vender era una de las cosas que más disfrutaba. Ya no verás a muchas personas deleitarse tanto con ir a comprar.

  Entonces se estiró un poco por tercera vez y me dijo:

—Cuando tenía tres años, casi cuatro, mamá me enviaba a la tienda a hacer la compra. Un día me mandó a por unas galletas y, cuando llegó la hora de pagarlas, inocentemente le di al tendero un portaplumas viejo que no tenía ni la pluma metálica. Lo aceptó como si aquello fuera el precio idóneo y, sin decir palabra, me entregó las galletas. ¿Dónde hay hoy tenderos que hagan tales cosas? La bondad y la generosidad han desaparecido de los corazones humanos. Ahora la gente se ha vuelto más impersonal; son muchos los que se tratan unos a otros como extraños. Se muestran fríos y distantes, evitando el trato con los demás. Ese es el terrible cambio que ha sufrido el mundo.

  Interrumpí sus palabras preguntándole por la delincuencia y la moral de la gente de su época:

—¿Era como hoy, abuelo?

—¡Oh, no, ni pensarlo! —contestó—. Cierto es que había cerraduras, pero nadie pensaba siquiera en cerrar la puerta con llave. Tan solo cuando ibas lejos al monte, entonces la bisabuela cerraba, pero no se llevaba la llave consigo, sino que la guardaba cerca de la casa, bajo cierta piedra o debajo del hórreo. La puerta de la casa era de dos hojas; siempre estaba abierta la de arriba para que cualquier vecino pudiera asomarse o entrar abriendo el pestillo de la de abajo.

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El Pantomino — Capítulo 2: El bardo de O Pindo y el misterio del cielo

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—Abuelito, ¿es muy antiguo? —le pregunté.

  De pronto, se abrió ante mí la puerta de la imaginación. Me quedé embelesada por las explicaciones históricas de aquella voz que desbordaba la sabiduría y experiencia del Pantomino: maestro de canteros, sepulturero y maquinista naval de profesión.

—Este hórreo, mi niña, es de estilo «de Noia» —me dijo—. Se construyó hace varios siglos, allá por el mil setecientos, cuando se empezaron a levantar los primeros ejemplares esculpidos en piedra; antes se hacían con varas entrelazadas de mimbre. Pero no pienses, hija, que todos eran tan xeitosos como este.

—Además, siempre aguantaron las transformaciones del hombre igual que la propia naturaleza. En el año 1783, se dice que se realizó la primera ampliación de la que hay constancia por un tal Quintela. Hasta yo mismo tuve parte en otros aumentos que le hicieron.

  Esto último lo dijo con orgullo, mientras comenzaba a hablar de medidas que yo no entendía, como las de los esteos de noventa y de los tornaratos, cuyo propósito ignoraba; a mí solo me parecían redondas empanadas hechas de piedra. Gracias a la sabiduría de mi abuelo Pantomino, supe que actuaban como islas, evitando la subida de los ratoncitos que buscaban el grano trepando por los pies pétreos para introducirse en las estrechas aberturas de ventilación.

  Me felicitó por haber contado bien los veintidós pares de pies. Luego, con énfasis, me hizo reparar en la sencilla perfección de la cantería, sobria y elegante, sin duda fruto de su labor de restauración como humilde cantero. ¡Cuánto me gustaba escucharlo! ¡Cuánto me agradó aquella tierra donde vivía! ¡Cuántos buenos recuerdos guardo! Era una tierra hermosa, llena de sorpresas para una niña tan pequeña como yo. Hoy en día damos todo por hecho sin prestarles atención. ¿Quizás por falta de tiempo? No lo sé, pero creo que más bien se debe a que vivimos agitadamente en un mundo que pierde sus valores, menospreciando lo que tenemos al lado sin pensar que es un legado divino para cuidar y embellecer.

  El mar Atlántico del Pantomino rinde tributo con su sargazo, inclinándose ante la blanca arena cristalina, transparente como el azúcar. Siete kilómetros de inmensa playa forman un perfecto arco desde el que se muestra, como si fuera una isla, casi fusionándose con las fincas de las blanqueadas casitas. Las xunqueiras, meciéndose por la brisa, se entrelazan con la duna y los yerbajos en una perfecta simbiosis con aquel entorno natural salvaje y la belleza paisajística del roquedal cercano. Los trinos de las aves migratorias hacían que la vida despertara en derredor, en medio de los humedales. Me emocionaba, como niña, ver a los ánades reales que, en compañía de sus padres, acostumbraban a anidar en primavera en aquel lugar encantador.

  Contemplaba extasiada el pequeño puerto de O Pindo cuando acompañaba al abuelito Pantomino en su bote, llamado Marina. Mis ojos centelleaban con los suyos de ilusión por la riqueza marina que extraía del mar con sus nasas, mientras nos contemplaban de lejos aquellos árboles que se agarraban con ciclópea firmeza a las laderas del monte de rosáceo granito, donde la mano divina cinceló un llamativo conjunto de formas dolménicas. Mi fantasía me llevaba a ver extrañas siluetas que representaban seres míticos de cuentos y leyendas: serpientes, dragones, cabezudos y gigantescos monstruos; leones con abiertas fauces que, otrora, me hacían aferrarme a mi abuelito buscando refugio:

—¡No tengas miedo, mi pequeña, no te harán nada! —se reía—. ¿No ves que soy un mago muy poderoso? Si eres valiente, este misterioso monte te enseñará su tesoro.

  Mi Pantomino querido lograba tranquilizar mi alma infantil e ilusionarme por hallar aquel tesoro. Él compartía mi misma ilusión, mostrándome una piedra negra de reflejos verdosos a la que llamaba «A Pedra caída do Ceo», depositada en el fondo de uno de los túneles cavados en el suelo del monte.

Frunciendo el ceño, me advirtió con seriedad:

—Recuerda, pequeña, que no debes venir aquí nunca sola. Es peligroso.

  Asentí con la cabeza, contenta por conocer el escondido tesoro de aquel pedregoso monte de la mano de mi mago poderoso. Sentía que la protección de mi abuelo Pantomino era muy necesaria en aquel lugar, pues la piedra era muy extraña: tenía cortes semejantes a letras irisadas por una de sus caras lisas. Jamás había visto cosa igual, nada semejante a los petroglifos del lugar.

¡Ay, monte del Pindo! ¿Cómo es posible que los hombres puedan desdeñarte y ofenderte? Ya sé, ellos siempre atentan contra lo suyo; mientras puedan restaurar, todo les parece bien, pues creen que todo les pertenece. ¡Cuánto ignoran de tus entrañas! ¡Cuánto darían por encontrar tus misterios!

  No obstante, mi pedregal me considera suya; nunca perderá la noble templanza, aunque se enfurezca su vecino azul de espuma blanca.

  La noche coqueteaba en la hondura con su ostentoso traje de luces esplendentes, mientras mi pedregal emitía su lloro de alegría, vertiendo sus manantiales hasta la concurrida fuente frente a la casa del abuelo. Allí estaban las laboriosas comadres, haciendo vida social diaria, muchas veces para cortar el traje de fulanita o menganita, del mozo de esta o de aquella, mientras llenaban sus recipientes con la fresca y exquisita agua del lugar. La imagen de la abuela Josefa con la sella en la cabeza, de la que caían goterones de vez en cuando a través del borde de la tapa por haberla llenado en demasía, aún revive en mi mente. La veo allí, posándola en la orilla de aquel fregadero de piedra construido por las manos hábiles de mi abuelo cantero; la veo sentada al lado del lar, mientras miraba atentamente y con ilusión cómo su nieta de ciudad tomaba un buen trago con el cazo de aluminio. Gratos recuerdos perviven y aún puedo exclamar al revivirlos: ¡Qué buena estaba aquella agua del Pindo!

  ¿Qué es lo que me transporta hasta ti, mi querido Pindo? ¿Es acaso el cálido recuerdo del abuelo? Eres un rincón mental abierto a mis apuros. Siempre podía salir a tu encuentro, como los cantos monocordes de las parejas de tórtolas en su nido, como los esparcidos granos en una plaza llena de palomas.

  Los pensamientos empedraron mi andanza en el fondo de la memoria. Mientras se oscurecen los recuerdos y las presiones del mundo me acechan, siempre dirijo la vista allí donde conservo todos los flujos aún intocables. Y aunque esté algo triste, puedo superarlo. Allí todavía se escucha la suave arpa eolia que el viento abraza. ¡Cuántas cosas hermosas rebosan en el albergue deleitable de esta costa! ¡Costa de Vida, no Costa de la Muerte!

  El mar de mi abuelo, otra vez frente a frente, como dos viejas amistades. Vuelco en él mis ansiedades, vierto mis ojos en su espejo cambiante. Los leves pies de mi infancia corren ligeros a mojarse en tus orillas, y las expectativas de mis ecos sonantes sumergen en tus ondas mis tristezas.

  Sazonando en tus sales mis enxebres palabras, se siente el deleite de las gaviotas en el plomizo cielo; se siente la embriaguez de luz en las remeras a las que, por los polvos del destino, teme el marinero. ¡Me oyes, mar generoso! Entiendo tu lenguaje, descifro tus rumores; tu recuerdo enervado bajo el sol ardiente me hace rogar. ¡Ay, si te viese ahora mi Pantomino querido!

  Me seduces en todos tus aspectos y humores, y nada te sustituye ni te borra de mi mente. Exteriorizas de continuo tu gama de colores; ahora te muestras pensativo bajo el plateado plenilunio. Tu infinito horizonte me embriaga de amores, entre el lusco e fusco, entre las lentejuelas de la luz nocturna. Cuando tus olas me rozan con suavidad para mostrar su amor y ternura, noto que me imploran compasión por tus sufrimientos, por tus heridas.

  Vuelco en ti mi soledad, pues tu sosiego me ayuda a organizar los pensamientos cuando mis neuronas se vuelven locas de emoción. Multitud de escenas incesantes recorren mi mente. Tus ojos, abuelo, cargados de ternura, se detienen ante mí y me devuelven la calma. El viaje de mi vida por otras tierras suscitó en mí una honda añoranza, mas tu recuerdo me otorga bondad.

  Desde un pozo de hastío he mirado las estrellas. Te acercaste en mis noches austeras, cuando los hoyos en la almohada, antes llenos de pesadumbre, se poblaron de jóvenes ideas. Tu verdad me libró de toda incertidumbre; al cobijarme en tu nobleza, un bálsamo de gozo me sumergió para levantarme en espíritu hacia la quintaesencia. Tu entrañable palabra, que en mi sed se vertía, recorrió en profundas vetas mi corazón, hasta hacer vibrar de alegría mis entrañas.

  Qué dulce era sentirme en el hogar, a tu lado! La luz irisada penetraba a través de mi prisma, cubriendo de colorido mi íntimo sentir; el desafecto de mi generación ya no me abismaba. Subida en los brazos de mi abuelito, con ojos como platos, contemplaba de forma mística aquel paisaje soberbio en el campo del hórreo, el más grande del mundo. Aquella difusa luz producía una paleta de tonos verdosos, semejante a un lienzo cromático que cubriese un altar extendido en el suelo con la santidad del alba.

  Quiera Dios que mis ojos no dejen de ver el paisaje agreste, las extensas fragas, los montes y los campos libres de los dientes férreos y voraces del progreso. Ahora me hastían estos bosques de cemento, montones de nidos humanos e inflexibles ramas. Al contrario que la naturaleza, estas torres colmadas de pequeñas ventanas dividen en jirones el momento crepuscular, restándole esplendor a nuestras montañas. Por eso mis ojos se detienen con ambicioso fervor en el paisaje de antaño, en su extensión erial, en su salvaje regalo.

  Es un tiempo que transcurrió como el río, igual que nuestra vida; como se fueron los días del cabello al viento, de la ropa en alegre desaliño y de las manos que deshacían los terrones. Aquel desfilar descuidado de las horas cae como pétalos arrastrados por el viento, como las hojas tornasoladas del otoño. Extiendo las manos y recorro el horizonte con los ojos, contemplando que todo es hermoso y pasmoso. Me gustaría pensar en un tiempo de paisajes sin líneas ni estilos, descampados y esquivos sobre la tierra, sin esos fiaños de la mentira piadosa o de la trola crédula.

  Me gustaría ser como un árbol que acepta su destino y admite la prudencia de apegarse a su heredad, haciéndome firme ante el viento para vencer su asedio, sin que me arrastre del camino el constante huracán de este mundo, áspero como un yermo raso.

  Mi piel, cáscara de intemperie y aguante, vibra con el impulso de una savia vibrante al expandirse en el follaje espeso, ese que se forja en la penumbra de su cautiva raíz. Ojalá fuera como un árbol que espera siempre lo que le trae el camino, como una dádiva altruista que consagra su franqueza a los demás.

  Al igual que una carta amarillenta que oprime el corazón, la arena del tiempo se escurre entre mis manos. Entonces, el sólido razonamiento refuta las austeras tesis de los sentimientos y deposita la intensa y amada herencia más allá del paisaje, más allá del momento, en la soleada senda que dirige la vega mientras el viento silba.

  Llegó la tarde y yo seguía escuchando al abuelo con suma atención: sus preciosos cuentos, sus exóticas historias de navegantes y los tantos avatares de su vida en el mar o en cada puerto. Sin embargo, lo que más me atraía era la aventura del día en que vio caer del cielo su gran secreto, ese que ahora había depositado en mí para siempre como un gran legado.

  Me gustaba caminar por la arena, a todo lo largo de aquella playa inacabable. Me encantaba cuando me llevaba sobre sus hombros y me hablaba de su vida en la isla de Cuba, de cuando estuvo a punto de perder la vida a manos de unos pistoleros. Habían sido contratados por un familiar envidioso y vengativo debido a que el abuelo se opuso a que unos polizones chinos fueran arrojados a los tiburones tras haberles robado el dinero; una crueldad a semejanza de las mafias modernas que atropellan a los inmigrantes «sin papeles». La bala traidora estuvo a punto de herir su buen corazón por apenas un suspiro. Mi intrépido abuelito ya tenía el convencimiento de que algo en el buque iba a salir mal; comenzó a investigar por su cuenta y se encontró a los infelices polizones encerrados en sacos. Los desamparados, sin saber cuál sería su suerte, solo mantenían la esperanza de encontrar un trabajo para ayudar a sus familias empobrecidas. De otros nunca se sabría nada: el abuelo descubrió que no eran los primeros, pues en viajes anteriores muchos habían sido arrojados a alta mar, terminando tristemente en los estómagos de los voraces escualos. Pero aquello no volvería a suceder mientras él fuese el jefe de máquinas de aquel barco. Al menos esa vez, logró que aquellos desdichados hombres llegasen sin más percances al puerto de La Habana.

—Ves, mi niña —me decía mi abuelo querido, mi Pantomino de gran corazón—, después de la Gran Guerra la gente demostró que no tiene sentimientos. Cuando bajé del buque me estaban esperando para matarme. Tuve que defenderme con mi navaja y le rajé la nalga a uno de ellos; el otro me dio un balazo, pero gracias a mi tío, que era dueño de una floristería en La Habana y llegó a tiempo, no me remataron de milagro con aquel plomo traidor.

  Mas, como repetía siempre con lágrimas en los ojos:

—Las buenas personas tienen ayuda si confían en Dios.

  Luego, como se quedaba algo triste al contarme su historia, yo me agarraba a su cuello llenándolo de besos y él, en recompensa, prorrumpía de súbito en canciones con su chirriante voz de tenor alto. La abuela deseaba que dejase de canturrear, pues realmente no entonaba bien, pero a mí me gustaba mucho; cuando cantaba, me alegraba el corazón.

  Al Pantomino le gustaba leer en su propia lengua materna; él me enseñó el gallego que sé. Todas las noches, después de cenar, sacaba un pequeño librito verde, impreso en Santiago en el año 1886, que llevaba por título Rumores de los pinos y era el favorito de la abuela.

—¿Quieres que hoy te lea «Rosa de Corcoesto»? —preguntaba.

  Cada noche leía un poema diferente. Me fascinaba escuchar su preciosa voz cargada de sentimiento. Lo hacía en voz alta, desplegando una gama de emociones humanas con la que los personajes cobraban vida en mi mente. Sin ninguna duda, leía mejor que nadie; diríase que lo hacía como un auténtico bardo medieval.

  A menudo hablaba de cómo se habían transformado las cosas en el mundo desde que, de joven, vio caer aquella «piedra del cielo» a primeros de septiembre, justo un poco antes de que estallara la Gran Guerra Europea.

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EL PANTOMINO DE LA COSTA DE LA MUERTE

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  Eran espumosas, antaño diáfanas, en otros tiempos virginales. Dirigidas por la brisa marina como por una mano sutil, dejaban a su paso collares de perlas que, con la velocidad del relámpago, se desvanecían en una natural invisibilidad. Mientras sumergía los pies en aquellas aguas saladas, el roce escurridizo de las algas verdes despertaba una caricia leve y tierna en mis sentidos.

  Sé que todo es un sueño, pero al despertar me embarga una sensación imborrable. El eco se repite, anidando en mi inconsciente como una adicción incontrolable. Aún noto la fragancia de ese mar flotando en el aire de mi habitación, un aroma que inunda todo mi ser. Tiemblo, me estremezco y las lágrimas brotan con su peculiar sabor salobre. Es entonces cuando los recuerdos resurgen.

  Puedo ver al Pantomino, mi viejo querido, mi abuelo silencioso y a veces inquieto. Quiere mostrarme algo. Me invade la emoción, pero me siento protegida, aferrada a su mano endurecida, cálida y extrañamente ligera. Camino dando saltos, llena de la ilusión infantil de quien espera un regalo. Me lleva a un gran prado cercano a la iglesia, frente a un hórreo gigantesco. Sentada en su regazo, me explica que aquella casita de granito era la más grande del mundo y me anima a contar sus pies. Eran tantos y tan alineados que la vista se me perdía, pero juraría que conté cuarenta y cuatro.

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