Ni siquiera recuerdo el día que tuve que usar una llave en mi mocedad. Cuando iba de romería con mis hermanos, nuestra madre nos dejaba la puerta simplemente arrimada para que pudiésemos entrar al regresar; eso sí, si llegábamos más tarde de las doce, tu bisabuela echaba la llave y no nos quedaba más remedio que dormir en el pajar.
Le pregunté entonces por las chicas… Con un tono confidencial y reservado, me habló de cuando comenzó a galantear:
—Cuando me enamoré, estaba trabajando en la floristería de mis tíos en la ciudad de La Habana. No es por ser presumido, pero tu abuelo fue siempre de muy buen ver, por lo que tenía a muchas pretendientas en Cuba; pero yo quería tener una sola mujer en mi vida. Para aquel entonces, tu abuela ya me había robado el corazón; me quedé prendado de ella aunque fuera mi prima. Ni en aquella tierra lejana me olvidé de los sentimientos que me había despertado. Tanto es así que, cuando venían algunos carnotanos a La Habana, les preguntaba por las muchachas de aquí. Hablaban hasta cansar de cómo era una y cómo eran las otras, pero cuando les preguntaba por Pepa de la Ginda, aquello ya era otro cantar.
Hizo una pausa, entornando los ojos con una sonrisa de pura nostalgia:
—Decían: «Esa mujer no es como las demás. Es muy trabajadora, no sale con nadie, no tiene tiempo para perderlo. Incluso cuando llega la fiesta, se lleva el trabajo al baile; su madre va con ella y la hace palillar allí mismo. Pero es la más simpática de todas; se echa unas carcajadas que da gusto ver lo bonita y bien hecha que es».
—Como puedes imaginar, preparé todo para retornar a Carnota. Construí la casa de cantería donde estamos ahora y luego me declaré a mi prima; tenía entonces veinte años. Obtuve la dispensa papal y nos casamos, mas con toda la familia en contra. Tuvimos tres hijas y un hijo, y de nuestra Amalia naciste tú, mi tortolita.
Me abrazó, aconsejándome:
—Haz siempre caso de tu madre, pues tiene incrustados principios justos que nosotros le hemos transmitido. Siendo una hija obediente, los ha tomado a pecho en todo su vivir; es un ejemplo para muchos.
—¿Por qué lo dices, abuelo? La gente sigue peleando en guerras igual que en tus tiempos, matan a inocentes. ¿Acaso no han dejado que influya en ellos su vivir cristiano, como tú, la abuela y mamá?
El abuelo hizo una pausa y, después de suspirar, me dijo:
—Tienes razón, mi niña, la gente no deja de matar. Antaño prevalecía lo que podría llamarse una actitud «cristiana». Los viejos pescadores de la Costa de la Muerte hablábamos entre nosotros de aquellos hechos en nuestras conversaciones. ¿Por qué personas de naciones que afirman ser cristianas, como Francia o Alemania, peleaban entre sí? No lo entendíamos. Para aquel entonces, mi buen amigo el cura párroco me dio una revista católica que se llamaba La Hormiga de Oro, donde venían fotos de la guerra y del sofisticado armamento que estaban utilizando los alemanes; una revista que pocos podían tener, pero que yo compartía con mis amigos… Me acuerdo mucho de aquellos frailes que venían de misiones y remachaban el punto de que la voluntad de Dios era que los jóvenes pelearan por su país en caso de tener que defender su patria. Fueron algunos curas los que hicieron que la gente pensara que la guerra era justificable para un cristiano. Hoy en día, la mayor parte de la gente se interesa poco en si la guerra es cristiana o no; todo lo que quieren saber es si es «moral o inmoral».
El abuelo Pantomino era un hombre divertido, de ahí su apodo. Sus pantomimas eran muy singulares y hacía eco de ellas toda la comarca, sobre todo cuando se disfrazaba de mujer embarazada y se levantaba un manto a modo de faldón, mostrando unas vejigas de cerdo y diciéndole a las mozas que estaba a punto de parir entre risotadas y danzas.
Sin embargo, hoy caminamos por la autopista de la información, rodeados de oportunidades culturales que serían inimaginables para el abuelo. Nos asedian la televisión, las películas llenas de violencia o sexo y las tertulias que ponen al descubierto la vida y andanzas de los famosillos, haciendo que todos duden de su credibilidad solo para alimentar el morbo. ¿Y qué decir de los videojuegos de ordenador, en los que me han dicho que siempre tiene que salir un arsenal de armas de diversos calibres para que los niños no se aburran? ¡Qué futuro se puede esperar de mi generación! Tristemente, esta es la herencia que nos deja el mal llamado «mundo libre», el mal llamado «mundo capitalista», la mal llamada «era del progreso».
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— Entrada y obra creadas por Abraixas.

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