—Abuelito, ¿es muy antiguo? —le pregunté.
De pronto, se abrió ante mí la puerta de la imaginación. Me quedé embelesada por las explicaciones históricas de aquella voz que desbordaba la sabiduría y experiencia del Pantomino: maestro de canteros, sepulturero y maquinista naval de profesión.
—Este hórreo, mi niña, es de estilo «de Noia» —me dijo—. Se construyó hace varios siglos, allá por el mil setecientos, cuando se empezaron a levantar los primeros ejemplares esculpidos en piedra; antes se hacían con varas entrelazadas de mimbre. Pero no pienses, hija, que todos eran tan xeitosos como este.
—Además, siempre aguantaron las transformaciones del hombre igual que la propia naturaleza. En el año 1783, se dice que se realizó la primera ampliación de la que hay constancia por un tal Quintela. Hasta yo mismo tuve parte en otros aumentos que le hicieron.
Esto último lo dijo con orgullo, mientras comenzaba a hablar de medidas que yo no entendía, como las de los esteos de noventa y de los tornaratos, cuyo propósito ignoraba; a mí solo me parecían redondas empanadas hechas de piedra. Gracias a la sabiduría de mi abuelo Pantomino, supe que actuaban como islas, evitando la subida de los ratoncitos que buscaban el grano trepando por los pies pétreos para introducirse en las estrechas aberturas de ventilación.
Me felicitó por haber contado bien los veintidós pares de pies. Luego, con énfasis, me hizo reparar en la sencilla perfección de la cantería, sobria y elegante, sin duda fruto de su labor de restauración como humilde cantero. ¡Cuánto me gustaba escucharlo! ¡Cuánto me agradó aquella tierra donde vivía! ¡Cuántos buenos recuerdos guardo! Era una tierra hermosa, llena de sorpresas para una niña tan pequeña como yo. Hoy en día damos todo por hecho sin prestarles atención. ¿Quizás por falta de tiempo? No lo sé, pero creo que más bien se debe a que vivimos agitadamente en un mundo que pierde sus valores, menospreciando lo que tenemos al lado sin pensar que es un legado divino para cuidar y embellecer.
El mar Atlántico del Pantomino rinde tributo con su sargazo, inclinándose ante la blanca arena cristalina, transparente como el azúcar. Siete kilómetros de inmensa playa forman un perfecto arco desde el que se muestra, como si fuera una isla, casi fusionándose con las fincas de las blanqueadas casitas. Las xunqueiras, meciéndose por la brisa, se entrelazan con la duna y los yerbajos en una perfecta simbiosis con aquel entorno natural salvaje y la belleza paisajística del roquedal cercano. Los trinos de las aves migratorias hacían que la vida despertara en derredor, en medio de los humedales. Me emocionaba, como niña, ver a los ánades reales que, en compañía de sus padres, acostumbraban a anidar en primavera en aquel lugar encantador.
Contemplaba extasiada el pequeño puerto de O Pindo cuando acompañaba al abuelito Pantomino en su bote, llamado Marina. Mis ojos centelleaban con los suyos de ilusión por la riqueza marina que extraía del mar con sus nasas, mientras nos contemplaban de lejos aquellos árboles que se agarraban con ciclópea firmeza a las laderas del monte de rosáceo granito, donde la mano divina cinceló un llamativo conjunto de formas dolménicas. Mi fantasía me llevaba a ver extrañas siluetas que representaban seres míticos de cuentos y leyendas: serpientes, dragones, cabezudos y gigantescos monstruos; leones con abiertas fauces que, otrora, me hacían aferrarme a mi abuelito buscando refugio:
—¡No tengas miedo, mi pequeña, no te harán nada! —se reía—. ¿No ves que soy un mago muy poderoso? Si eres valiente, este misterioso monte te enseñará su tesoro.
Mi Pantomino querido lograba tranquilizar mi alma infantil e ilusionarme por hallar aquel tesoro. Él compartía mi misma ilusión, mostrándome una piedra negra de reflejos verdosos a la que llamaba «A Pedra caída do Ceo», depositada en el fondo de uno de los túneles cavados en el suelo del monte.
Frunciendo el ceño, me advirtió con seriedad:
—Recuerda, pequeña, que no debes venir aquí nunca sola. Es peligroso.
Asentí con la cabeza, contenta por conocer el escondido tesoro de aquel pedregoso monte de la mano de mi mago poderoso. Sentía que la protección de mi abuelo Pantomino era muy necesaria en aquel lugar, pues la piedra era muy extraña: tenía cortes semejantes a letras irisadas por una de sus caras lisas. Jamás había visto cosa igual, nada semejante a los petroglifos del lugar.
¡Ay, monte del Pindo! ¿Cómo es posible que los hombres puedan desdeñarte y ofenderte? Ya sé, ellos siempre atentan contra lo suyo; mientras puedan restaurar, todo les parece bien, pues creen que todo les pertenece. ¡Cuánto ignoran de tus entrañas! ¡Cuánto darían por encontrar tus misterios!
No obstante, mi pedregal me considera suya; nunca perderá la noble templanza, aunque se enfurezca su vecino azul de espuma blanca.
La noche coqueteaba en la hondura con su ostentoso traje de luces esplendentes, mientras mi pedregal emitía su lloro de alegría, vertiendo sus manantiales hasta la concurrida fuente frente a la casa del abuelo. Allí estaban las laboriosas comadres, haciendo vida social diaria, muchas veces para cortar el traje de fulanita o menganita, del mozo de esta o de aquella, mientras llenaban sus recipientes con la fresca y exquisita agua del lugar. La imagen de la abuela Josefa con la sella en la cabeza, de la que caían goterones de vez en cuando a través del borde de la tapa por haberla llenado en demasía, aún revive en mi mente. La veo allí, posándola en la orilla de aquel fregadero de piedra construido por las manos hábiles de mi abuelo cantero; la veo sentada al lado del lar, mientras miraba atentamente y con ilusión cómo su nieta de ciudad tomaba un buen trago con el cazo de aluminio. Gratos recuerdos perviven y aún puedo exclamar al revivirlos: ¡Qué buena estaba aquella agua del Pindo!
¿Qué es lo que me transporta hasta ti, mi querido Pindo? ¿Es acaso el cálido recuerdo del abuelo? Eres un rincón mental abierto a mis apuros. Siempre podía salir a tu encuentro, como los cantos monocordes de las parejas de tórtolas en su nido, como los esparcidos granos en una plaza llena de palomas.
Los pensamientos empedraron mi andanza en el fondo de la memoria. Mientras se oscurecen los recuerdos y las presiones del mundo me acechan, siempre dirijo la vista allí donde conservo todos los flujos aún intocables. Y aunque esté algo triste, puedo superarlo. Allí todavía se escucha la suave arpa eolia que el viento abraza. ¡Cuántas cosas hermosas rebosan en el albergue deleitable de esta costa! ¡Costa de Vida, no Costa de la Muerte!
El mar de mi abuelo, otra vez frente a frente, como dos viejas amistades. Vuelco en él mis ansiedades, vierto mis ojos en su espejo cambiante. Los leves pies de mi infancia corren ligeros a mojarse en tus orillas, y las expectativas de mis ecos sonantes sumergen en tus ondas mis tristezas.
Sazonando en tus sales mis enxebres palabras, se siente el deleite de las gaviotas en el plomizo cielo; se siente la embriaguez de luz en las remeras a las que, por los polvos del destino, teme el marinero. ¡Me oyes, mar generoso! Entiendo tu lenguaje, descifro tus rumores; tu recuerdo enervado bajo el sol ardiente me hace rogar. ¡Ay, si te viese ahora mi Pantomino querido!
Me seduces en todos tus aspectos y humores, y nada te sustituye ni te borra de mi mente. Exteriorizas de continuo tu gama de colores; ahora te muestras pensativo bajo el plateado plenilunio. Tu infinito horizonte me embriaga de amores, entre el lusco e fusco, entre las lentejuelas de la luz nocturna. Cuando tus olas me rozan con suavidad para mostrar su amor y ternura, noto que me imploran compasión por tus sufrimientos, por tus heridas.
Vuelco en ti mi soledad, pues tu sosiego me ayuda a organizar los pensamientos cuando mis neuronas se vuelven locas de emoción. Multitud de escenas incesantes recorren mi mente. Tus ojos, abuelo, cargados de ternura, se detienen ante mí y me devuelven la calma. El viaje de mi vida por otras tierras suscitó en mí una honda añoranza, mas tu recuerdo me otorga bondad.
Desde un pozo de hastío he mirado las estrellas. Te acercaste en mis noches austeras, cuando los hoyos en la almohada, antes llenos de pesadumbre, se poblaron de jóvenes ideas. Tu verdad me libró de toda incertidumbre; al cobijarme en tu nobleza, un bálsamo de gozo me sumergió para levantarme en espíritu hacia la quintaesencia. Tu entrañable palabra, que en mi sed se vertía, recorrió en profundas vetas mi corazón, hasta hacer vibrar de alegría mis entrañas.
Qué dulce era sentirme en el hogar, a tu lado! La luz irisada penetraba a través de mi prisma, cubriendo de colorido mi íntimo sentir; el desafecto de mi generación ya no me abismaba. Subida en los brazos de mi abuelito, con ojos como platos, contemplaba de forma mística aquel paisaje soberbio en el campo del hórreo, el más grande del mundo. Aquella difusa luz producía una paleta de tonos verdosos, semejante a un lienzo cromático que cubriese un altar extendido en el suelo con la santidad del alba.
Quiera Dios que mis ojos no dejen de ver el paisaje agreste, las extensas fragas, los montes y los campos libres de los dientes férreos y voraces del progreso. Ahora me hastían estos bosques de cemento, montones de nidos humanos e inflexibles ramas. Al contrario que la naturaleza, estas torres colmadas de pequeñas ventanas dividen en jirones el momento crepuscular, restándole esplendor a nuestras montañas. Por eso mis ojos se detienen con ambicioso fervor en el paisaje de antaño, en su extensión erial, en su salvaje regalo.
Es un tiempo que transcurrió como el río, igual que nuestra vida; como se fueron los días del cabello al viento, de la ropa en alegre desaliño y de las manos que deshacían los terrones. Aquel desfilar descuidado de las horas cae como pétalos arrastrados por el viento, como las hojas tornasoladas del otoño. Extiendo las manos y recorro el horizonte con los ojos, contemplando que todo es hermoso y pasmoso. Me gustaría pensar en un tiempo de paisajes sin líneas ni estilos, descampados y esquivos sobre la tierra, sin esos fiaños de la mentira piadosa o de la trola crédula.
Me gustaría ser como un árbol que acepta su destino y admite la prudencia de apegarse a su heredad, haciéndome firme ante el viento para vencer su asedio, sin que me arrastre del camino el constante huracán de este mundo, áspero como un yermo raso.
Mi piel, cáscara de intemperie y aguante, vibra con el impulso de una savia vibrante al expandirse en el follaje espeso, ese que se forja en la penumbra de su cautiva raíz. Ojalá fuera como un árbol que espera siempre lo que le trae el camino, como una dádiva altruista que consagra su franqueza a los demás.
Al igual que una carta amarillenta que oprime el corazón, la arena del tiempo se escurre entre mis manos. Entonces, el sólido razonamiento refuta las austeras tesis de los sentimientos y deposita la intensa y amada herencia más allá del paisaje, más allá del momento, en la soleada senda que dirige la vega mientras el viento silba.
Llegó la tarde y yo seguía escuchando al abuelo con suma atención: sus preciosos cuentos, sus exóticas historias de navegantes y los tantos avatares de su vida en el mar o en cada puerto. Sin embargo, lo que más me atraía era la aventura del día en que vio caer del cielo su gran secreto, ese que ahora había depositado en mí para siempre como un gran legado.
Me gustaba caminar por la arena, a todo lo largo de aquella playa inacabable. Me encantaba cuando me llevaba sobre sus hombros y me hablaba de su vida en la isla de Cuba, de cuando estuvo a punto de perder la vida a manos de unos pistoleros. Habían sido contratados por un familiar envidioso y vengativo debido a que el abuelo se opuso a que unos polizones chinos fueran arrojados a los tiburones tras haberles robado el dinero; una crueldad a semejanza de las mafias modernas que atropellan a los inmigrantes «sin papeles». La bala traidora estuvo a punto de herir su buen corazón por apenas un suspiro. Mi intrépido abuelito ya tenía el convencimiento de que algo en el buque iba a salir mal; comenzó a investigar por su cuenta y se encontró a los infelices polizones encerrados en sacos. Los desamparados, sin saber cuál sería su suerte, solo mantenían la esperanza de encontrar un trabajo para ayudar a sus familias empobrecidas. De otros nunca se sabría nada: el abuelo descubrió que no eran los primeros, pues en viajes anteriores muchos habían sido arrojados a alta mar, terminando tristemente en los estómagos de los voraces escualos. Pero aquello no volvería a suceder mientras él fuese el jefe de máquinas de aquel barco. Al menos esa vez, logró que aquellos desdichados hombres llegasen sin más percances al puerto de La Habana.
—Ves, mi niña —me decía mi abuelo querido, mi Pantomino de gran corazón—, después de la Gran Guerra la gente demostró que no tiene sentimientos. Cuando bajé del buque me estaban esperando para matarme. Tuve que defenderme con mi navaja y le rajé la nalga a uno de ellos; el otro me dio un balazo, pero gracias a mi tío, que era dueño de una floristería en La Habana y llegó a tiempo, no me remataron de milagro con aquel plomo traidor.
Mas, como repetía siempre con lágrimas en los ojos:
—Las buenas personas tienen ayuda si confían en Dios.
Luego, como se quedaba algo triste al contarme su historia, yo me agarraba a su cuello llenándolo de besos y él, en recompensa, prorrumpía de súbito en canciones con su chirriante voz de tenor alto. La abuela deseaba que dejase de canturrear, pues realmente no entonaba bien, pero a mí me gustaba mucho; cuando cantaba, me alegraba el corazón.
Al Pantomino le gustaba leer en su propia lengua materna; él me enseñó el gallego que sé. Todas las noches, después de cenar, sacaba un pequeño librito verde, impreso en Santiago en el año 1886, que llevaba por título Rumores de los pinos y era el favorito de la abuela.
—¿Quieres que hoy te lea «Rosa de Corcoesto»? —preguntaba.
Cada noche leía un poema diferente. Me fascinaba escuchar su preciosa voz cargada de sentimiento. Lo hacía en voz alta, desplegando una gama de emociones humanas con la que los personajes cobraban vida en mi mente. Sin ninguna duda, leía mejor que nadie; diríase que lo hacía como un auténtico bardo medieval.
A menudo hablaba de cómo se habían transformado las cosas en el mundo desde que, de joven, vio caer aquella «piedra del cielo» a primeros de septiembre, justo un poco antes de que estallara la Gran Guerra Europea.
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— Entrada y obra creadas por Abraixas.

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