Hoy, las blancas hojas que un día imaginé ya no están vacías. El manuscrito de mi vida se ha ido tiñendo con la tinta de aquellos recuerdos que el Pantomino depositó en mi alma infantil. Cuando el ruido del mundo moderno se vuelve ensordecedor y la prisa de esta era tecnológica intenta arrastrarme en su vorágine, cierro los ojos. Busco el sosiego en mi pedregal, allí donde el Atlántico sigue rindiendo tributo a la arena de Carnota.
A veces, al caer el lusco e fusco, subo las escaleras rechinantes hacia el desván. Abro el viejo baúl de madera. Toco el lomo amarillento de Rumores de los pinos, acaricio la plata repujada del reloj que ya no mide el tiempo, sino la eternidad, y sé que el secreto de la vida nunca estuvo en poseer más, sino en saber asombrarse ante el amanecer guardado en el interior de una concha.
Sé que la roca negra que hervía como el carburo sigue allí, sepultada en las entrañas del monte, custodiando misterios que los hombres ciegos de progreso nunca podrán comprender. Pero el verdadero tesoro que el abuelo me legó no es de piedra; es esta herencia de palabras, este deber de alzar la voz por nuestros mares, por nuestra lengua y por la memoria de los que, con manos endurecidas y cálidas, labraron el granito de nuestra identidad.
Pantomino, mi viejo querido: la osada vendimiadora se llevó tu presencia, pero jamás tu luz. Cada vez que mis dedos rozan la piedra fría de esta casa, o que escucho el trino de las aves en la xunqueira, sé que no hay distancia real en nuestra separación. Tu alma sigue latiendo en la Costa de la Muerte. Y yo, tu tortolita, sigo aquí, custodiando el fuego de tu hogar, transformando tus ausencias en las más bellas vivencias por venir.
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Regresamos al presente custodiando una herencia eterna e inestimable. ¡Me encantaría conocer tus sensaciones finales sobre la historia del Pantomino!

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