ENCONTRANDO EL MANUSCRITO
Extraído del cuaderno de viaje del autor.
Montes de Balarés, 15 de mayo de 1979.
Este mes, marcado con letras blancas en el calendario, señala el hallazgo de un descubrimiento asombroso. Camino a las minas de titanio de Balarés, siguiendo el rastro de las leyendas que nos legaron los mayores, nos detuvimos a almorzar bajo el cobijo del follaje. Allí, mientras contemplábamos el horizonte, nos cautivó una flor de belleza inverosímil que brotaba de una repisa en pleno afloramiento rocoso. En un impulso, Varela se lanzó hacia el abismo para alcanzarla; buscó firmeza aferrándose a la raíz de un árbol marchito, pero la madera cedió bajo su peso y el tronco lo arrastró consigo en su caída.
UNA CUEVA ANTIGUA
Varela, con la audacia imprudente del intruso, acababa de profanar la paz milenaria de aquella tierra que se hundió bajo sus pies. Tras un suspiro de alivio al comprobarse ileso, regresó al punto exacto donde la pendiente se había desmoronado. Allí, en la pared de roca ahora desnuda, emergió ante él un triángulo perfecto de dos metros y medio de altura. No era un capricho de la naturaleza: la intrincada escultura central delataba la mano del hombre. Pero antes de que lograra descifrar su origen, la voz de Costa desgarró el silencio: —¡Es la Dálet fenicia! —Exclamó con fervor—. En nuestra lengua significa “¡Esto es una puerta!”.
Ante la eterna pregunta de qué habría detrás, el valle pareció contener el aliento. Una oleada de asombro recorrió el lugar, ante nuestros ojos, la roca triangular se deslizó pesadamente, revelando el acceso a una estancia artificial de unos doce metros cuadrados, tallada con precisión quirúrgica en la ladera. En su interior, las paredes lucían una lisura antinatural; sobre nosotros, el techo se curvaba en una cúpula donde, entre relieves extraños, emergía un símbolo de diseño exquisito que parecía vigilarnos.
En el centro, sobre una losa de mármol velada por el polvo del tiempo, jirones de fibra y destellos de oro, descansaban dos figuras humanas. Era un lecho funerario, un santuario de silencio para los muertos. Las diademas que antaño coronaran sus sienes yacían ahora sobre el suelo rojizo, olvidadas por los siglos. Fue entonces cuando, junto a donde había estado la mano, divisamos un objeto cilíndrico cuyo brillo rompió la monotonía del polvo y encendió nuestra curiosidad.
Tras un largo silencio, Costa afirmó con solemnidad: —Si no me equivoco, estamos ante la sepultura más antigua del mundo; sus inscripciones preceden incluso a los templos subterráneos de Ellora y Elefantina. Pero, ¿por qué habríamos de perturbar con manos sacrílegas estas cenizas sagradas? Dejemos intacto el amanecer de los tiempos hasta el gran día de la transformación.
Sin más preámbulos, ordenó sellar la entrada con reverencia. Dejamos atrás la roca, todavía vibrante de emoción, para que el polvo de los siglos siguiera allí depositado las semillas que germinarían en busca de la luz. Una vez más, como un velo resplandeciente o una hoja entregada al viento, la misteriosa Dálet del antiguo Balarés quedaría oculta, sustraída para siempre de la mirada humana.
Abrumados por el peso del hallazgo, emprendimos el regreso hacia el exterior. El aire de la gruta, antes solemne, ahora parecía cargado de una amenaza invisible. Varela, con la voz quebrada por la inquietud, se acercó a Costa:
—No estoy seguro de que hayamos hecho lo correcto. Recuerdo los relatos de mi abuelo... decía que los mineros que trabajaron en estas vetas huyeron poseídos por el pánico. Hablaban de figuras colosales que custodiaban la entrada. Mi caída me trajo aquí por el camino equivocado, pero ¡maldita sea!, tengo el presentimiento de que este lugar nos quiere fuera. Dale el cilindro a Neké para que se lo lleve; no perdamos ni un segundo más.
Costa me tendió el cilindro. En el instante en que mis dedos rodearon el metal, el mundo se fracturó. No hubo ruido, solo una vibración que me recorrió la espina dorsal. De repente, el aire pesaba distinto y la luz que nos rodeaba ya no era la de nuestras linternas. Todo había cambiado: el valle, la cueva... incluso nuestras ropas habían sido sustituidas por extrañas vestiduras de un tejido desconocido.
—Te lo dije —susurró Varela, con los ojos desorbitados mientras palpaba su nuevo atuendo—. No sé qué demonios hemos hecho, pero esto no es normal.
Costa, sin embargo, mantenía una calma magnética. Sus ojos brillaban con la chispa del descubrimiento absoluto.
—Tranquilo, Varela —respondió, su voz sonando extrañamente nítida en aquel nuevo entorno—. Está claro que el cilindro no es un objeto, es una llave. Quiere mostrarnos algo. Por mi parte, no pienso retroceder; estamos ante el corazón mismo de una época olvidada.
Los miré a ambos, todavía aturdida por la transición. La reliquia que sostenía —ahora doblemente preciosa— era un cilindro de amatista púrpura, de unos treinta centímetros de largo. En un flanco, grabada con una delicadeza casi sobrehumana, se desplegaba la escena de un diluvio devastador; en el opuesto, la imagen de un árbol majestuoso bajo el cual descansaban un hombre y una mujer de porte noble, rodeados por una joven estirpe.
Al retirar el fino polvo de cristal que había velado las inscripciones durante eones, mis dedos accionaron un mecanismo oculto. Un resorte casi imperceptible cedió y el cilindro se abrió, revelando en su interior un rollo de lino. Era similar a los papiros egipcios, pero de una textura incomparablemente más fina y etérea. Al contacto con la luz de aquel nuevo sol, los caracteres que poblaban el tejido se encendieron en un azul eléctrico, revelando un mensaje que aguardaba ser descifrado.
El entusiasmo de Costa se desbordó, alimentado por su vasta erudición arqueológica. Sus dedos temblaban al señalar los relieves:
—No hay duda... esto es un monumento al Diluvio Universal. El hombre es Jafet, hijo de Noé, quien según las Escrituras fue padre de siete naciones. La mujer que lo acompaña es su esposa, y las figuras que los rodean, sus propias hijas.
Tras una observación minuciosa de los caracteres que palpitaban en azul, la verdad emergió con una claridad sobrecogedora. Los nombres de los varones coincidían punto por punto con el décimo capítulo del Génesis. Pero el rollo iba más allá, revelando identidades perdidas en el tiempo: la madre se llamaba Ehola, y sus hijas —cuyos nombres el olvido había borrado— eran Lebuda, Gurah, Ninsun, Emunah y Jael.
El misterio, finalmente, se rindió ante nosotros. No solo estábamos ante el mayor hallazgo arqueológico del siglo XX; sosteníamos una reliquia de antes del Gran Cataclismo. Teníamos en nuestras manos lo imposible: el Diario de Ehola, esposa del patriarca Jafet.
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— Entrada y obra creadas por Abrixas.

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