Me desperté cuando el primer sol de la mañana se filtró por la ventana, posando sus rayos candentes sobre mi mejilla con la suavidad de un beso. Eran apenas las cinco, pero la urgencia me ganaba: no podía esperar más para emprender el viaje.
Salí de la habitación con sigilo hacia el cuarto de Pablo, pero para mi sorpresa, él ya estaba listo. Con un gesto y en voz baja, le indiqué que nos veríamos en el coche. Me encaminé entonces hacia la cocina, pero al cruzar el corredor, me topé de frente con Pedro.
—¡Buenos días, Alba! —exclamó al verme—. Parece que tuvimos la misma idea de ganarle la partida al sol. Da gusto disfrutar de estas horas; el silencio que invade la casa es reconfortante, ¿no crees?
—La primera hora de la mañana es el timón del viaje —comenté—. Pero confieso que me sorprende; no imaginé que a un hombre de su posición le gustara madrugar tanto, menos aun cuando está disfrutando de un merecido descanso.
—Es cierto —admitió él—, pero para construir el futuro es imprescindible cimentar el presente. Solo edificando el hoy con visión de mañana cobra sentido lo que hacemos. Además, cuando el trabajo te apasiona, querida amiga, no es fácil apartarlo. Hay asuntos que no puedo retrasar más; prefiero resolverlos en la madrugada, cuando la mente está despejada. Debo ultimar hasta el más mínimo detalle de este negocio... Pero me temo que la estoy entreteniendo, ¿va a salir?
—Ser bueno en los negocios es un arte fascinante, Pedro, no lo dudo... pero el sol de la mañana no brilla todo el día. Hay que saber relajarse, y eso es exactamente lo que pretendo hacer en cuanto Pablo se levante."
—Esas son palabras mayores —replicó él con una sonrisa gélida—. No serías la primera que, por falta de equilibrio, termina quemándose. Aunque dudo que sea tu caso, o el de tu novio; un buen muchacho, por cierto. Si me lo permites, quiero que sepas que puedes contar conmigo para lo que necesites; aquí tienes a un amigo. Y como tal, te daré un consejo: no lo dejes solo demasiado tiempo. Hay mujeres que saben aprovecharse de nuestra debilidad.
—Tengo plena confianza en él —respondí tajante—. Eso no sucederá.
—Puede que tengas razón. Pero ayer, cuando fuiste a la ciudad, se quedó solo. ¡Menos mal que lo encontramos! Jaime se quedó con él y creo que, por lo que decían, se fueron al club a jugar al golf.
—Entonces... el único que se quedó solo fuiste tú, Pedro.
—No creas, Alba. Me gusta pasear en soledad por las calles; no siempre tengo la oportunidad de meditar sin la tensión diaria. Disfruté de una visita al Museo de Antigüedades; mi esposa se aburre cuando me acompaña porque me detengo ante cada pieza. Para ella, el arte es una pérdida de tiempo; lo único que desea es que le regalen joyas.
Hizo una pausa y su mirada se volvió más intensa.
—En especial, le interesa tu broche. Anteanoche no descansó, ni me dejó dormir a mí, describiéndolo una y otra vez. No he visto nada parecido en las tiendas de la ciudad. Por eso, me gustaría pedirte un favor: cuando regreses de ese pueblo de pescadores... ten la gentileza de vendérmelo."
—Comprende, Pedro, que no puedo hacerlo.
—Bueno… si algún día cambias de opinión, no olvides que fui el primero en hacerte una oferta.
—Descuida, no lo olvidaré.
Pedro se retiró hacia la biblioteca con su portafolio y yo me escabullí a la cocina. Mientras llenaba el termo con café, sus palabras daban vueltas en mi cabeza. Que Pablo se hubiera ido con Jaime al club de golf me mosqueaba: ¿quería convencerlo de que le vendiera el broche?, ¿se habría ido Pablo de la lengua sobre mi encuentro con Rainiero? Sentía que todo se precipitaba hacia un desenlace inminente.
Tenía que hablar con el Teniente. Fui directa al despacho de papá para usar su teléfono personal; era el único sitio donde podía hablar sin ser escuchada. Tardó en responder; seguramente dormía, pues era su día libre y no esperaba una llamada tan temprana.
—¡Santo Dios! ¿No saben qué hora es? —respondió malhumorado—. ¡Algunos necesitamos descansar!
—Perdona, Rainiero, te he despertado.
—¡Ah!… eres tú, Alba. ¿Qué ocurre?
—Quería que supieras que salgo en un rato hacia Carnota. Me llevo a Pablo conmigo; «una buena compañía», como tú dijiste.
—Me parece bien. Una pareja de novios siempre es la tapadera perfecta.
—Sí, pero…
—¿Qué pasa? ¿Es que no confías en tu novio?
—No es eso… confío en él, pero ¿podría pedirte un favor?
—Cuenta conmigo para lo que sea, soy todo oído. ¿De qué se trata?
—Quiero que indagues qué hicieron ayer en la ciudad el señor Álvarez y Jaime. Salieron poco después que nosotros y parecen demasiado interesados en que les venda el broche.
—¡Eso está hecho! Yo me encargo —sentenció Rainiero—. Pero abre bien los ojos y no te fíes de nadie, ¿entendido?
—Entendido. Tengo que colgar, quiero irme lo antes posible.
—Buen viaje y suerte.
Colgué el teléfono. Al salir de la casa, me desvié hacia los matorrales para recoger la maleta que había ocultado allí. Pablo ya esperaba junto a la puerta de la finca con el motor en marcha. Al subir al coche, su rostro reflejaba impaciencia.
—Ya estaba intranquilo por tu tardanza —me soltó—. ¿Qué estabas haciendo?
—Coger algo caliente para el camino. Pero tranquilo, nadie me ha visto.
—Espero que sea café, porque aún estoy medio dormido y me vendrá de perlas.
Yo estaba emocionada; sentía el cosquilleo de comenzar una aventura después de tantos años. Sin embargo, la sombra de su encuentro con Jaime me oscurecía el ánimo. Sabía que él no diría nada por iniciativa propia, así que fui directa al grano:
—Hay algo que me ronda la cabeza, Pablo. ¿Te encontraste ayer con Jaime en la ciudad después de dejarme?
Él me miró de reojo, sorprendido.
—¿Por qué quieres saberlo? ¿Es tan importante que viera a ese hombre?
—Lo es. Si no te cae bien, como siempre dices, ¿a qué vino eso de irte a jugar al golf con él al club?
—Si ya lo sabes, ¿para qué preguntas? No entiendo qué buscas, Alba.
—Quiero oírlo de ti. ¿Es mucho pedir?
—¡No, no lo es! —exclamó él, aferrando el volante—. Me dijo que era un asunto de negocios, que le atendiera por cortesía. Yo no tenía el más mínimo interés en acompañarlo.
—¿De negocios? No imagino qué tratos puede tener él contigo.
—Pues te equivocas... ¡el negocio es tu broche! Tiene un interés desmedido en comprarlo. Por cierto, ¿sabías que tiene novia? Va a celebrar la pedida dentro de un mes y quiere tu joya para regalársela; al parecer, ella es coleccionista de antigüedades.
—¡Ah, sí! Qué curioso... —comenté con ironía—. El esposo de Águeda también quería que se lo vendiera. ¿No te parece extraño que, de repente, todos tengan tanto interés por la misma joya?
—No sé qué responderte, Alba. Lo creí sincero cuando me hablaba; solo de pensar que me estaba tomando el pelo, me indigno.
—¿Y tú qué le respondiste?
—Pues verás... le dije que no quería que te desprendieras de él. Si lo has conservado hasta ahora, es evidente que representa algo muy importante para ti y, por lo tanto, también lo es para mí. Le aclaré que no es fácil encontrar a una persona que dé tanto valor a las cosas a través del tiempo, así que no iba a ser yo, aprovechando lo que nos une, quien te convenciera de vendérselo al primero que pasara.
Me hizo muy feliz saber que pensaba así. Conmovida, me acerqué y le di un beso cálido en la mejilla. Él me correspondió con una sonrisa y un susurro:
—Me conformo con tu amor. Si me guardas en tu corazón con el mismo cariño con el que custodias ese broche, me doy por satisfecho.
—¡No! ¡Como al broche, nunca! —exclamé—. Tú eres mucho más importante que cualquier objeto. ¡Por Dios, Pablo, eres la persona a la que más quiero!
El mutismo nos envolvió mientras disfrutábamos del viaje. Cualquiera quedaría maravillado ante aquellas vistas espléndidas, con el mar rompiendo contra las rocas y una espuma que saltaba al aire con tal gracia que, al descender, rociaba nuestro auto. Desde varios puntos de la carretera que bordea el océano, se divisa una cruz en lo alto de una colina; es moderna y no alcanza el noble calificativo de cruceiro. En cambio, sí son admirables los ejemplares de San Mamede —al inicio del camino al Monte por Paxareiras— y el que aún resiste frente a la capilla de San Gregorio, del año 1600 según una inscripción borrosa pero célebre, en una placita del casco urbano.
Nos acercábamos al pequeño puerto de O Pindo, encajonado entre el mar y los árboles que se aferran con firmeza a las laderas. El monte es un imponente bloque granítico de tonos rosáceos donde la erosión ha ido labrando un conjunto de bloques con formas caprichosas. La fantasía popular cree ver en las siluetas de estos peñascos representaciones psicodélicas de monstruos, cabezas humanas o humanoides, y fauces de animales. Su espectacularidad reside en la altitud que alcanza a tan escasa distancia del mar.
Allí perviven huellas de culturas prerromanas o incluso preceltas: petroglifos, pinturas rupestres y cazoletas vinculadas a antiguos rituales. Se cuenta que en el siglo XVIII el dueño de estos montes era el Marqués de la Sierra, quien los arrendaba por sus excelentes pastos y fuentes de agua pura. Fray Martín Sarmiento añadía en sus crónicas que la hierba crecía allí de la noche a la mañana, y que entre sus infinitas plantas medicinales existía tal fertilidad que, en otros tiempos, los matrimonios infecundos acudían al Pindo con la esperanza de asegurar su descendencia.
Disfrutar de aquellos contornos tan agradables en compañía de Pablo era lo mejor que podía desear. Su cabello, de un rubio oscuro, destellaba con reflejos anaranjados cada vez que un rayo de sol atravesaba juguetón el parabrisas. Sus ojos, de un verde acaramelado, se cruzaban con los míos de vez en cuando; con ellos nos decíamos tantas cosas... Sentía una calidez reconfortante cada vez que él acercaba su mano a la mía.
Estaba disfrutando tanto del trayecto que, en cuanto vislumbré nuestro destino, exclamé:
—¡Mira! ¡Está preciosa desde aquí!
—¿De quién hablas? —preguntó él, distraído.
—¡De Carnota, por supuesto! ¡Ves allí...! —señalé con la mano hacia el horizonte.
—Estoy de acuerdo contigo, es tan bonita como la describiste —admitió Pablo—; pero estoy tan cansado de conducir que solo deseo una buena ducha caliente y descansar.
—Te comprendo. Yo me muero por estirar las piernas, las tengo entumecidas de estar tanto tiempo sentada.
—Eso no te pasaría si no te empeñaras en hacer el viaje de un tirón, como siempre, para no variar —bromeó él.
—Pero así llegamos antes, ¿no crees?
—Depende de cómo se mire, pero si eso te hace feliz, me doy por satisfecho.
Me sentía como una niña. Estaba radiante, deseando volver a oír las voces de los lugareños llamándome Marina: «la niña que el mar nos trajo», como siempre decían de mí.
Antes de nada, debía llamar a casa. No quería que mi madre se alarmara por mi ausencia repentina; para entonces, mi padre ya le habría sonsacado dónde estábamos e incluso el jardinero sabría que me había marchado. Pablo interrumpió mis pensamientos:
—Ahí está el indicador de Carnota. Dime dónde tengo que aparcar.
—Sigue recto por el centro del pueblo. En la segunda calle giras a la izquierda; allí puedes parar donde quieras.
—¿Estará seguro aquí? —preguntó él con recelo de urbanita.
—¡Pues claro! Este pueblo es muy tranquilo. Además, aquí vive Lucas y su familia; ellos se encargarán de que no le pase nada al coche.
—Entonces, sacaré las maletas.
—¡No! Déjalas por ahora, nadie se las va a llevar. Vamos a telefonear primero.
—¿Es que Lucas no tiene teléfono?
—Claro que no. Aquí hay pocos teléfonos; los vecinos lo decidieron así para preservar la calma. Es una zona de descanso, se vive sin tensiones. Quienes vienen aquí regresan a la ciudad renovados.
Caminamos hacia la tienda de Leis, que también hacía las veces de bar. Un hombre canoso se aproximaba; era el viejo Lucas. Por su vista cansada, no pudo distinguirnos hasta que estuvo frente a nosotros.
—¡Vaya! ¡Mira quién está aquí! —exclamó con alegría—. ¡Si es la pequeña Marina! Pensábamos que te habías olvidado de tus amigos del pueblo...
Tras fundirnos en un abrazo, le expresé lo que sentía:
—¡Cómo podría olvidarme de mi viejo amigo! Es imposible olvidar a alguien tan alegre que siempre me hace sentir tan bien.
—Y... ¿quién es este joven de tan buen ver que te acompaña? —preguntó Lucas con curiosidad.
—¡Es mi novio! —respondí orgullosa.
—¡Ah, vaya con nuestra Marina! Se nos casa. Espero, joven, que sepa hacerla feliz.
—Eso intentaré. Llámeme Pablo; espero que los amigos de Alba también sean los míos.
—Entonces le recuerdo que, para ser mi amigo, tendrá que llamarla Marina. Lo de Alba será para la gente de ciudad, pero no para los carnotanos.
—No voy a discutir eso —sonrió Pablo—. La llamaré como usted quiera, Lucas... siempre que ella me deje, claro.
—Bueno, entonces vámonos a casa, así podrán refrescarse antes de comer.
—Id vosotros delante —les pedí—. Yo voy a telefonear a mamá, Lucas.
—Te esperamos allí. Saluda a tus padres de mi parte y... ¡no te vayas a perder de vuelta!
Lucas se echó a reír. Era su broma de siempre. Entré en el Bar de Leis y me dirigí al teléfono. No fue fácil llegar; a esa hora el local bullía con mis viejos amigos entregados a su partida de dominó, y tuve que pararme a saludarlos a todos. Mientras esperaba que el teléfono se quedara libre, me fijé en el hombre que lo usaba: era el doctor del pueblo. Estaba de espaldas, pero al darse la vuelta, exclamó sorprendido:
—¡Marina, qué sorpresa! Ya veo que necesitas el teléfono, te lo dejo ahora mismo. Es una paciente que no me deja tranquilo; me da en la nariz que es algo hipocondríaca. Se inventa más enfermedades de las que existen y, desde que tiene móvil, no para de dejarme mensajes para que la llame. ¡Se debe creer que es mi única paciente!
Cortó la comunicación y me tendió el teléfono. Tras recuperarlo, me besó en la mejilla a modo de despedida. Tuve que esperar varios tonos hasta que, finalmente, escuché la voz de siempre.
—Residencia de los señores Herrera, ¿dígame? —contestó Fabián, el mayordomo.
—Soy Alba, Fabián… Pónme con mi madre.
—¡Señorita! Estábamos muy preocupados. Al ver que no estaban ni usted ni el señorito Pablo, y que faltaba una maleta… Espere un momento, le comunicaré de inmediato que está al aparato.
De fondo, escuché a Fabián anunciando a gritos que "la desaparecida" estaba al teléfono.
—¡Alba, hija! ¿Eres tú? —la voz de mi madre sonaba al borde del colapso—. No sabes el disgusto que nos has dado. ¿Cómo te has ido así, tan pronto? Sabía que pensabas marcharte, pero… ha sido todo tan repentino. Ni siquiera pasaste por nuestra habitación a despedirte. Si no llega a ser por Pedro, tu padre estaría desesperado; ya sabes lo sensible que está desde aquel episodio de tu infancia.
—Mamá, no entiendo qué tiene que ver Pedro en todo esto.
—Pues que él nos tranquilizó. Dijo que había hablado contigo esta madrugada, que ya estabas vestida y que ibas a dar una vuelta con Pablo. Solo por eso tu padre no llamó a la policía. Por favor, Alba, no vuelvas a irte de esa manera.
—Lo sé, mamá, perdóname… Pero ya sabes que prefiero salir antes del amanecer para evitar el tráfico. Es más tranquilo. Ah, por cierto, Lucas te manda saludos.
—Te comprendo, hija, y me gusta que seas prudente, pero las cosas no se hacen así. Y para colmo, Julio… Dice que te vio esconder la maleta tras los arbustos. Ya te imaginas a quién fue con el cuento.
—No soporto que me vigilen —mascullé—. Papá debería despedir a ese jardinero; se toma demasiadas confianzas.
—Imposible, ya conoces el afecto que le tiene tu padre. En cuestiones del jardín nadie puede chistarle; a veces pienso que lo quiere más a él que a mí. Además, ese hombre parece estar en todas partes, siempre aparece donde menos se le espera. En fin, no te imaginas cómo se puso tu padre… estaba fuera de sí. Pensó que Pablo y tú habíais cometido alguna locura.
—¿Quieres decir que pensó que habíamos huido? —pregunté incrédula—. ¿Cómo pudo ocurrírsele algo así?
—Bueno, después de todo me alegro de que estés bien, hija. Ya sabes cómo es tu padre: siempre nos acusa de hacer las cosas a sus espaldas, de no tomarle en cuenta para nada. El disgusto me ha provocado una jaqueca terrible, pero gracias a Dios todo se apaciguó. Afortunadamente, el Teniente intervino.
Me quedé helada. ¿El Teniente? ¿Qué tenía que ver él en todo esto? La confusión me golpeó de lleno.
—¿Rainiero? No te comprendo, mamá. Primero Pedro, luego Julio y ahora él… ¿Qué papel juega en esto?
—Pues verás, vino a casa y estuvo un buen rato con tu padre en la biblioteca. Después se despidió de todos nosotros.
—Qué misterio… ¿verdad, mamá?
—Sí, a todos nos lo pareció, pero pronto salimos de dudas.
—¿Qué supisteis? —inquirí, sintiendo un nudo en el estómago.
—Que estabas en Carnota porque él mismo te pidió que fueras para allá, y que Pablo te acompañara. También nos pidió que disculpáramos vuestro olvido; dijo que era propio de jóvenes despreocupados no avisar a la familia.
Comprendí entonces que Rainiero había lanzado la red de pesca con el cebo ya puesto. Me quedé en silencio, con el auricular pegado a la oreja, perdida en mis pensamientos mientras el mundo exterior se desvanecía. Solo la voz intranquila de mi madre me devolvió a la realidad.
—¡Alba! ¡Alba! ¿Te pasa algo, hija? ¿Sigues ahí?
—¡Sí, mamá! Te escucho…
—Te decía que tu padre me regañó por permitir que fueras a ayudar a Rainiero en su investigación… ¡De eso no me habías contado nada! ¿Se puede saber qué demonios hay que investigar? Mira que no quiero que te ocurra nada, Alba; no te metas en sus líos. Dile a ese viejo de Lucas que cuide bien de ti, o tendrá que verse conmigo. ¡Ah! Y dale saludos a su esposa.
—No te pongas así, mamá, no va a pasar nada. Bueno, tengo que dejarte ya…
—Espera un poco, Alba, hay algo más que quiero decirte…
—¡No te oigo bien, mamá! —mentí, sintiendo que la presión me superaba—. ¿Qué has dicho?
—¡Que no cuelgues y escuches! Es importante...
—¡Te oigo muy mal! ¡Habla más fuerte! —La señal parecía desvanecerse entre mis dedos.
—¡Alba, hija! ¡No cuelgues! ¡Vaya…!
Se cortó. El silencio al otro lado de la línea pesaba más que cualquier advertencia.
Sentí un pequeño aguijón de culpa por haber engañado a mamá con el truco de la línea cortada, pero no podía seguir hablando; ya había tenido suficiente por hoy. Me dirigí a la casona de Lucas, una imponente construcción de piedra que él mismo había levantado a los veinte años. Al cruzar la gran verja, vi que en la puerta me esperaban Pablo y Justo, el hijo de Lucas.
De niños, Justo era el pequeño más travieso que alguien pudiera imaginar. Recordaba, sobre todo, su obsesión por apoderarse de lo ajeno y su asombrosa habilidad para abrir cajones, por muy cerrados que estuvieran. Él era la razón por la que yo escondía mi broche y cualquier objeto de valor durante mis veraneos; Justo era un tormento, un dolor de cabeza constante para su padre, quien siempre juraba que su hijo jamás llegaría a ser un hombre de provecho.
Aunque ahora parecía haber sentado cabeza, yo seguía sin confiarle ni mi sombra. Sin embargo, Justo tenía una doble cara: era tan extremadamente cariñoso que terminaba por ganarse el afecto de todos. En cuanto me vio, corrió hacia mí y me estrechó entre sus brazos con entusiasmo.
—¡Hola, Marina! —exclamó con alegría—. ¡Qué bueno verte de nuevo! Te quedarás unos días con tu novio, ¿verdad? Me gustaría mucho, además, él me cae muy simpático.
—Me alegra oír eso, Justo. Espero que ambos seáis buenos amigos.
—Madre nos espera dentro —añadió él con una sonrisa—. Tiene unas ganas inmensas de darte un abrazo.
—Es recíproco. Además, desde que abriste la puerta llega un aroma tan rico que me ha despertado un apetito atroz.
—Ni que lo digas —intervino Pablo—, yo estoy desfallecido por el viaje.
—Pues vamos dentro. Sabes, Justo… me hace gracia que me llames Marina, pero suena muy bien cuando lo dices tú.
—Ya sabes que, si no lo hiciera, serían capaces de echarme de aquí —respondió él con un guiño.
Me reí y, volviéndome hacia Pablo, le aseguré:
—Hoy vas a probar la mejor comida de tu vida. Marta es una cocinera maravillosa.
Cruzamos el corredor y entramos por la primera puerta a la derecha. La cocina era amplia, propia de una casa solariega, presidida por una gran chimenea donde Marta cocinaba a fuego lento, como antes; ese era el secreto de su sazón. Al vernos, se dio la vuelta soltando la cuchara de palo y su rostro se iluminó de pura alegría.
—¡Mi niña pequeña! ¡Dichosos los ojos! ¡Ay, si María te viese! Se llevaría la sorpresa de su vida. Estás hecha toda una mujer.
—La alegría es mía, Marta —le respondí, abrazándola—. Sigues tan joven y alegre como siempre.
—Ay, Marina, siempre tan cortés —dijo Marta con una sonrisa—. Si mis hijos aprendieran solo un poquito de ti… Pero ahora que me fijo bien en la cara de tu novio, me temo que si no le damos algo de comer se nos va a desmayar aquí mismo. ¡Venga, sentaos todos a la mesa!
—Estoy desfallecido —admitió Pablo—. Mi estómago solo ha recibido un poco de café con leche de un termo... No hubo manera de que esta mujer me permitiera parar más de cinco minutos.
—Te comprendo, joven. Para ella lo más importante era llegar aquí, ¿verdad, hija?
—Marta me conoce bien. Además, Pablo, si hubiéramos parado a comer por el camino, no apreciarías tanto el festín que nos ha preparado ella. Por muchos tenedores que tenga un restaurante, no encontrarías un bocado mejor que este. Aún recuerdo alguna parada con mis padres en otros viajes; realmente no sé si comía carne o suela de zapato. ¿Verdad que es así, Lucas?
Él sonrió, sabiendo perfectamente a qué me refería; mi padre siempre le bromeaba diciendo que en los restaurantes de carretera servían "burro por vaca". Lucas rodeó a su esposa por la cintura y afirmó con orgullo:
—Para mí es la mejor, y eso que yo he recorrido medio mundo.
—Me abrumáis —respondió Marta, aunque se le notaba el brillo en los ojos—. Dejaros de bromas y ¡a la mesa!
Los manjares estaban tan deliciosos que el silencio reinó en la mesa hasta que todos estuvimos satisfechos. Lucas se echó hacia atrás en la silla, frotándose la barriga con un gesto de pura gloria.
—Como dice mi mujer: "dejemos al Pantomino con los huesos", que los relame hasta el tuétano de puro gusto. Miradlo, qué satisfecho se ha quedado —bromeó Lucas, mientras Pablo soltaba un suspiro de alivio.
Me levanté de la mesa y subí al banco de la lareira. Me senté allí para recoger el poco calor que aún emanaba de las brasas casi apagadas; en aquel rincón, cualquier rastro de fuego se agradecía. Marta me siguió y, sentándose a mi lado, me miró con fijeza.
—Marina, hija… ¿a qué se debe realmente tu visita? Hace años que no sabemos nada de ti y ahora te presentas aquí, fuera de temporada. No has venido solo para presentarnos a tu novio, ¿verdad?
—Veo que sigues siendo tan perspicaz como siempre, Marta —respondí, bajando el tono—. Verás, quiero volver a ver a Juan y a María. Creo que vosotros sabéis dónde encontrarlos; eran vuestros amigos...
Marta palideció ligeramente y me miró con una mezcla de sorpresa y pena.
—¿Aún no te lo han dicho, hija? Pensé que ahora que recordabas más cosas del pasado, te lo habrían contado…
En ese momento, Lucas arrastró una silla y se sentó junto a nosotras, en la parte inferior de la lareira. Apoyó los pies sobre la piedra y, con una voz baja que sonó como una advertencia, sentenció:
—No digas nada, Marta. Es mejor olvidarlo todo.
—¿Qué es lo que es mejor olvidar, Lucas? —pregunté, sintiendo que la paciencia se me agotaba—. No comprendo por qué os molesta tanto que quiera verlos.
—¡Ya está bien de tanto callar, esposo! —estalló Marta—. Siempre recordamos lo mucho que sufríamos cuando la niña venía y nos preguntaba por ellos; siempre evadíamos sus preguntas. ¡Ya es hora de que se le cuente la verdad! Si no lo haces tú, lo haré yo.
—Haz lo que quieras, mujer… —refunfuñó Lucas, apartando la mirada.
—Perdona a mi marido, Marina. No es que no quiera hablar, pero aunque lo veas tan hombretón, recordar el pasado le pone un nudo en la garganta. No quiere que lo vean llorar; piensa que es un síntoma de debilidad, cuando es todo lo contrario.
—¡Pues ahora que me has picado, ya no lo cuentas tú! ¡Lo voy a hacer yo! —exclamó Lucas, enderezándose.
Marta me hizo un guiño cómplice; había conseguido su propósito. Sin embargo, ella sabía cuánto le afectaba aquello a su marido y que le costaría arrancar.
—¡Eh! Esperadme, a mí también me gustaría saberlo —interrumpió Pablo, apareciendo en el corredor.
—¿Dónde te habías metido, Pablo?
—Aguas menores, no aguantaba más. ¿Me he perdido algo interesante?
—Anda, coge una silla y acomódate junto al fuego.
Marta miró el rostro de Lucas, como pidiendo permiso en silencio, y finalmente comenzó a narrar:
—Juan… fue uno de los mejores amigos que tuvo este Pantomino. Él fue quien lo trajo al pueblo. Al principio, la gente los miraba con desconfianza por el hecho de ser forasteros. En aquel entonces, este pueblo no recibía tantas visitas como ahora, pero pronto se hicieron querer. Llevaban una vida tranquila hasta que tu aparición alteró su rutina. Aquel hermoso día que pasaron contigo… la verdad sea dicha, cuando el Teniente te trajo de vuelta, comprendí por qué te habían llegado a querer en tan poco tiempo.
Al terminar la frase, vi que los ojos de Marta se empañaban. La tristeza en su rostro era tan real que me asusté.
—¿Qué es lo que te hace llorar, Marta? —le pregunté con un hilo de voz.
—Ay, hija, si tú supieras… No es grato para mí contarte lo que sucedió después.
—¡Por favor, Marta! Cuéntamelo, necesito saberlo…
—Es muy duro, hija mía, se me hace un nudo en la garganta solo de recordarlo. Fue una desgracia para todos: los encontraron semanas más tarde, muertos entre las peñas. La policía nos dijo que se habían suicidado; se habían marchado con todas sus ropas en dos maletas que hallaron a su lado, destrozadas por la caída. Lo que pasó conmocionó al pueblo entero; todos los lloraron y, aún hoy, nadie los ha podido olvidar. Tu presencia, Marina, hizo que ellos permanecieran vivos en nuestros corazones, pero no debes sentirte mal por eso. Tú no tuviste la culpa de que se fueran sin despedirse, ni de lo que les ocurrió. Nadie lo pensó nunca; para nosotros, siempre serás la pequeña que María trajo del mar, la que nos trajo buena suerte a todos.
Miré a Lucas, que trataba de disimular la emoción que lo embargaba, y le pregunté con pesar, al borde de las lágrimas:
—¿De verdad, Lucas... crees que se suicidaron?
—Yo no lo creo —respondió él con firmeza—. Alguien con tantos planes de futuro no se quita la vida así como así. Pero es lo que la policía nos comunicó, y ¿qué voy a decir yo, Marina?
—Estoy de acuerdo —intervine, sintiendo una chispa de rabia—. Alguien que está tan lleno de vida es prácticamente imposible que se la arrebate a sí mismo. No los conocía mucho, pero lo suficiente para asegurar que ninguno de los dos se tiraría por el pedregal intencionadamente. No... rotundamente no. No me lo creo, diga lo que diga la policía. Y el Teniente me confesó que él tampoco creyó nunca en esa teoría. Ni antes, ni ahora.
—¿Quieres decir, Marina, que fue un asesinato? —preguntó Pablo, estupefacto—. Pero para eso hace falta un móvil, un motivo...
—Eso es precisamente lo que he venido a buscar aquí —respondí con firmeza.
—¡Así que por eso me hiciste venir a toda pastilla!
—¡Pues claro! ¿Tú qué te creías?
—Como siempre, soy el último mono en enterarme de nada —rezongó Pablo, cruzándose de brazos.
—No se preocupe, joven —le consoló Lucas—. Es común en las mujeres dejar a sus hombres para el final; como nos tienen a mano, siempre nos toca la peor parte. Pero escucha, Marina: si eso que dices es cierto, cuenta conmigo. Estoy dispuesto a ayudarte en lo que haga falta para esclarecer lo que pasó en este pueblo hace más de veinte años.
—¿Te has parado a pensar, Lucas, en la importancia que tienes en todo este asunto? Juan confiaba en ti, eras su mejor amigo. Sabes más de su vida que nadie; detalles que podrían ser cruciales ahora.
—Todo lo que sabía está en el informe de la policía —insistió él, negando con la cabeza.
—¿Y si hubiera algo que pudiera refrescar tu memoria? Algo que no mencionaste en aquel entonces… ¿Podrías hacer ese esfuerzo por tu amigo?
—Lo intentaré, pero no se me ocurre qué podría hacerme recordar después de tanto tiempo.
—Algo que escondí cuando me trajeron a tu casa y que tú tenías mucho interés en encontrar —dije, bajando la voz—. El broche de María. Aquel que me viste... ¿Lo recuerdas?
Lucas se quedó de piedra, mirándome con los ojos desorbitados.
—¿Quieres decir que aún lo tienes, Marina? ¿Has recuperado tus recuerdos?
—Completamente, Lucas. Ahora sé dónde lo escondí: ha estado todo este tiempo aquí, en tu casa.
—¿Cómo es posible? ¿Pero dónde?
—Ese es mi pequeño secreto —sentencié—. Pero ahora dime el tuyo… ¿Qué importancia tiene ese broche? ¿Qué se oculta detrás de él?
—Es el broche de los Baltimore —sentenció Lucas con la voz sombría—. Le pertenecía a Juan, pero… es un peligro para quien lo posea. Debes recuperarlo de donde sea que lo escondieras y entregárselo a la policía de inmediato.
—No puedo —respondí tajante—. Me prometí a mí misma que no se lo daría a nadie, salvo a María. Ella fue quien me lo confió; le pidió a Marina que se lo guardara hasta que volvieran a verse. Ahora, cuéntanos todo lo que sepas de esa joya.
Lucas suspiró, pesadamente, como si se quitara un fardo de encima después de décadas.
—Ese broche es propiedad de Juan. Él era el Barón de Baltimore, pero no estaba orgulloso de su linaje. Su familia pertenecía a una red mafiosa secreta; gente sin escrúpulos, capaces de deshacerse de cualquiera que se entrometiera en sus negocios. Por lo que él me confesó, en su familia había una rama de artesanos que creaban llaves especiales camufladas en forma de broches.
Hizo una pausa para mirarme a los ojos antes de continuar:
—Lo que te entregó tiene la peculiaridad de abrir el lugar donde escondían los objetos robados de mayor valor. A Juan y a María les horrorizaba esa vida, así que huyeron de su país con mi ayuda.
—¿Te das cuenta, Lucas, de que lo que acabas de decir es prueba suficiente de que ellos no se suicidaron?
—Pero Marina, ¿no entiendes que esto no es un cuento con final feliz? —replicó él con angustia—. Es un peligro constante para todos. Cuando te trajeron y te vi con el broche, supe que debía callar todo lo que sabía y dejar que el pueblo creyera en el suicidio. Lo hice para protegerte. Revisé cada costura de tu ropa esperando encontrarlo y, al no hallarlo ni siquiera durante tus veraneos, pensé que lo habías perdido. Para mí fue un alivio que no recordaras nada; bendije el día que sufriste aquella amnesia. Pero ahora vas a hacer que los fantasmas del pasado resurjan. ¿Sabe alguien más que lo tienes?
—Pues sí… unas nueve personas.
—¡¿Nueve?! —exclamó Lucas, llevándose las manos a la cabeza—. Esto es muy serio, jovencita.
—Pero Lucas, Rainiero cree que es lo mejor. Él dirigirá la investigación y se encargará de protegernos. Yo solo soy el cebo, ¿entiendes? Se lo debo a mis amigos.
—Lo entiendo, pero él no está aquí ahora para protegerte. Nosotros tres solos no podemos enfrentarnos a lo que se avecina. La otra vez fue fácil, Marina: con mi silencio lo solucioné todo. Detuve la investigación para salvar tu vida, ya que por ellos no podía hacer nada más.
Para Lucas estaba claro que la familia de Juan se había vengado, pero no podía decir nada sin pruebas. El golpe que yo había recibido en la cabeza había jugado a nuestro favor ante los ojos de los demás. Para Juan y María, yo era la hija que nunca tuvieron, y eso bastaba para Lucas, quien durante años los ayudó a cruzar fronteras hasta traerlos a este rincón del mundo.
—Lucas, te quiero por haber protegido a aquella niña ajena al mundo oscuro que rodea al broche. Te agradezco de todo corazón tu afecto y tu silencio.
—Bueno, dejémonos de niñerías y centrémonos en lo que tenemos entre manos —replicó él, recuperando su tono brusco pero protector—. Tengo cosas que hacer. Vosotros daos una vuelta por el pueblo, pero os recomiendo que regreséis antes del anochecer. No es bueno que se os eche la noche encima estando solos.
—¡Descuida, Lucas! No nos alejaremos. Con lo cansados que estamos, lo más probable es que nos vayamos pronto a dormir.
—Eso es mejor aún. Pero una pregunta más... ¿Les dijiste a esas nueve personas dónde estaba escondido el broche?
—Solo les hablé de un muro —respondí con una media sonrisa—. No hay problema, Lucas; en cierto modo, les engañé.
—Eso juega a nuestro favor. No intentarán hacerte daño mientras no lo tengas en tu poder. ¡Ve con cuidado! Y lleva a Justo con vosotros.
Salimos de la casona. Cogida del brazo de Pablo, comenzamos nuestro paseo mientras Justo nos seguía a una distancia prudente. La tarde estaba apacible, pero Pablo se mostraba silencioso e inquieto. Le di un beso en la mejilla para tranquilizarlo; él me agradeció el gesto, pero me respondió con una mirada intensa:
—Alba, me vas a deber muchos besos más por esto. Estaba pensando que esto parece una película: un broche con un secreto o, mejor dicho, una llave que abre un tesoro. Estoy deseando que llegue mañana para que nos pongamos a buscarlo. ¡Te imaginas si lo encontramos!
—No seas niño, Pablo. Esto no es un juego de muchachos.
—Ya lo sé, pero así es más emocionante. No creas que voy a dormir mucho; descansaré los huesos del viaje, eso sí, pero montaré guardia por si acaso.
—Tiene más de treinta y cuatro metros de longitud —le expliqué, señalando la piedra—. Es casi gemelo del de la vecina Lira. Sus características constructivas y la fecha sugieren que fueron los mismos canteros quienes los levantaron, aunque el de Lira está peor conservado. La diferencia es que este se apoya sobre una plataforma de piedra, típica del estilo de Fisterra, para nivelar el terreno.
Pablo miraba la construcción asombrado mientras yo continuaba:
—Ambos pertenecen al estilo de Noia, que se extiende desde la ría de Arousa hasta la desembocadura del Xallas, en Ézaro. Lo sorprendente es que, aunque ese estilo suele ser de hórreos cortos, aquí tienes delante uno de los más grandes. Se construyó en 1768, cuando se empezó a usar la piedra para estas obras. La fecha de 1783 que ves grabada ahí se refiere a una ampliación posterior. ¿Por qué no le cuentas los pies? Verás que tiene veintidós pares.
Me acerqué a la base para mostrarle los detalles.
—Es admirable la sencillez de su cantería, tan sobria y elegante. Fíjate en los esteos: son bajos, no llegan al metro de altura. Y los tornarratos circulares que los rematan, con esa parte inferior plana para que los roedores no puedan subir, tienen setenta y cinco centímetros de diámetro. Esto sí es un tesoro, Pablo.
Pablo parecía un niño emocionado contando los pies del hórreo, tal como hice yo la primera vez que lo vi. Lo observaba palpar la textura de la piedra, sintiendo el paso de los años y la brisa del mar. Parecía como si le estuviera revelando el escondite de un tesoro; en realidad, lo es, y nadie lo sabe mejor que Lucas, que se encarga de cuidar cada sillar como si fuera propio.
Dejamos atrás el hórreo y la iglesia de Santa Columba —de estilo neoclásico y terminado en 1755, como indica su fachada—, el lugar donde tanto disfrutaban cantando las hijas de Lucas. Al regresar a la casona, nos sentamos en el banco de piedra que hay a la entrada, bajo el amparo de la parra.
Pablo me rodeó la cintura con el brazo, atrayéndome hacia él. Acurrucándose a mi lado, susurró:
—De verdad, cariño, este lugar es acogedor. Me siento tan bien aquí, a solas contigo... No puedo desear nada más que estos momentos en los que podemos estar así, abrazados. Me gustaría poder eternizar este instante, que el tiempo se detuviera ahora mismo… Pero, siendo realistas, me conformaría con llegar a ser tan feliz como Lucas y Marta.
Nos quedamos embelesados observando el laborioso trabajo de una pareja de mirlos que preparaba su nido en lo alto de un pino.
—Es hermoso contemplar la naturaleza y ver cuánto nos enseña —comenté—. Ellos siguen luchando a pesar de que cualquier ave de rapiña pueda acabar con su prole; lo intentan de nuevo una y otra vez. En cambio, nosotros nos deprimimos ante cualquier adversidad. Qué diferentes somos; y luego pretendemos decir que descendemos de ellos. Es absurdo, no nos parecemos en lo más mínimo.
—Habría mucho que hablar sobre eso, Alba —respondió Pablo—. Muchas cosas no son más que teorías o salvavidas a los que algunos se aferran por no encontrar una respuesta más satisfactoria. Yo no les doy importancia; prefiero aprender de lo que veo y de lo que puedo probar por mí mismo. Pero… ¡estás temblando! Entremos, ya empieza a refrescar.
—No es solo el frío, es que me caigo de sueño. Le pediré algo ligero a Marta y subiré a la habitación.
—Te acompañaré un rato… Al fin y al cabo, compartimos la misma, ¿no? —preguntó él con una sonrisa pícara.
—¡Ni lo pienses! ¿Estás loco? —le solté, conteniendo una carcajada—. Aquí todavía se vive a la antigua. Como te vea entrar, Lucas te da un bastonazo que no olvidas.
Subimos la escalera hacia nuestras habitaciones. Pablo me acompañó hasta la puerta y, tras despedirnos con un beso, esperó a que yo echara el pestillo antes de retirarse.
Mientras me desnudaba, mi mente no dejaba de dar vueltas. Me metí en la cama y me cubrí con la manta hasta el cuello; estaba asustada, a pesar de haber intentado disimularlo todo el día. Alguien me había seguido por el jardín de casa y ahora me preguntaba: ¿nos habrían seguido también hasta aquí? ¿Sabrían ya que estaba a punto de encontrar el broche? Las preguntas se agolpaban sin respuesta mientras el agotamiento, finalmente, comenzaba a invadir mi ser.
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