Me desperté cuando Pablo llamó a mi puerta.
—¡Nos están esperando para desayunar! —exclamó desde el pasillo.
No me cabía duda: el aroma que se filtraba a través de las viejas maderas delataba leche recién ordeñada y el ajetreo constante de Marta en la cocina.
—¡Ahora bajo! —le contesté de inmediato.
Abrí la maleta y saqué unos vaqueros y un jersey azul oscuro del fondo de la maleta. Tras asearme, bajé a la cocina; ya estaban todos sentados a la mesa, pero fue Pablo quien me detuvo el aliento: tenía las ojeras marcadas y la mirada hundida, como si hubiera librado una batalla contra las sábanas.
—No me mires así —murmuró él, antes de que pudiera preguntar—. No he pegado ojo. La incertidumbre por lo que va a pasar hoy me ha mantenido en vela toda la noche.
—¡Es la emoción, joven! —exclamó Lucas, antes de volverse hacia mí—. ¿Ya has pensado por dónde quieres empezar a buscar, Marina?
—Me gustaría subir a la casa de Juan. ¿Qué te parece?
Lucas frunció el ceño y suspiró.
—Estará devorada por las enredaderas; no vas a encontrar nada de lo que conociste. De todas formas, podemos ir; guardo una copia de la llave. Nadie ha vuelto a habitarla desde el suicidio, y acabó pasando a manos del ayuntamiento al no aparecer herederos que la reclamaran. Se pensó en convertirla en casa rural, pero el proyecto se vino abajo por la superstición de la gente. Dicen que por allí todavía se aparecen las almas de esos infelices que se quitaron la vida.
—Lo siento por el pueblo, porque esa casa le daría un buen empujón al turismo; es un lugar ideal para descansar —comenté—. Pero, por otro lado, casi es mejor así: podré guiarme por mis recuerdos sin que nadie me moleste.
—Pues en cuanto terminemos de llenar la tripa, subiremos —sentenció Lucas.
—Si no os causa mucha molestia, ¿podríais esperarme un momento? —pidió Pablo.
—¿Qué pasa, Pablo? ¿A dónde vas?
—Voy un momento a la tienda. Necesito comprar unos caramelos para mantenerme despierto, porque si no, me dormiré de pie. ¿Queréis que os traiga algo?
—¡No, pero no tardes! Mientras tanto, me daré una vuelta por el invernadero; me gustaría ver qué nuevos cultivos ha plantado este Pantomino.
Lucas dio un salto, emocionado por el interés.
—Estaba esperando que me lo preguntaras. Este año he conseguido, por fin, polinizar mis flores con las que recibí de Brasil. Tienen una fragancia exquisita; incluso vino una empresa de cosmética para comprármelas para el lanzamiento de su nueva gama de perfumes.
—¡Pero eso es una noticia formidable! ¿Se lo has dicho ya a mi padre?
—Algo le comenté antes de que vinieran los de la empresa. Le he guardado unos esquejes, ya que si no fuera por él no habría conseguido la variedad brasileña. Habíamos quedado en que vendría a recogerlos personalmente.
—¿Cuándo piensa venir? No sabía que papá venía hasta aquí a buscar plantas; pensé que las traía de Holanda, ahora que acaba de viajar allí. ¡Vaya, otro que se va sin decir nada! Me viene de familia.
—Viene a menudo, nos hemos hecho grandes amigos —explicó Lucas—. Yo mismo le recomendé a su jardinero. Julio trabajaba para unos amigos míos que tenían una finca a un kilómetro de aquí, pero como lo perdieron todo, el pobre quedó en la calle. Por casualidades de la vida, ese día llegó tu padre y lo contrató. Es un hombre orgulloso de su oficio; estudió en la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, la especialidad de paisajismo. Tu padre está muy orgulloso de su jardín desde que tiene a Julio.
—¡Ya lo creo! —respondí—. A veces mamá y yo pensamos que a papá solo le interesan su jardín y la filatelia.
—Hay que tener paciencia, hija. Tu padre te quiere mucho —me consoló Lucas.
Estábamos tan absortos entre la exuberancia de las plantas que no nos dimos cuenta de que Pablo entraba en el invernadero.
—¿Dónde estáis? —preguntó, buscándonos con la mirada.
—¡A tu derecha! ¡Mira que has tardado! —bromeé—. Parece que hayan tenido que fabricar los caramelos a propósito para ti.
—¡No ha sido para tanto! —se defendió él—. La gente es tan amable que me han entretenido a base de preguntas: que si de dónde era, que si era tu novio… Ya sabes, la típica curiosidad de pueblo. Pero por mí, podemos emprender el camino cuando queráis. Marta ya nos ha preparado una mochila con comida.
Miré a Lucas y sentí un escalofrío de anticipación.
—Bueno, parece que no nos falta nada más que el broche, amigo mío.
—¿Piensas llevarlo encima? —preguntó Pablo con una nota de preocupación—. ¿No sería mejor dejarlo dónde está?
—Comprenderás que es necesario que lo recuperemos —sentencié.
Salí del invernadero y me dirigí directa a la higuera. De niña, solía pasar horas allí, leyendo mis cuentos favoritos bajo el cobijo de su sombra. Pablo y Lucas me seguían en silencio. Una vez allí, me puse de espaldas al tronco y caminé hacia el muro exterior de la finca. Saqué mi navaja de exploradora del bolsillo y comencé a escarbar el barro que sellaba las piedras.
—¡Así que ahí era donde lo escondiste! —exclamó Lucas, asombrado—. ¡Quién podría imaginar que ha estado todo este tiempo a nuestro alcance!
—¡Qué tramposa eres! —exclamó Pablo entre risas—. Dijiste que lo habías escondido en un muro, pero no que era en la fachada de la propia casa.
—Si hubiera dicho exactamente dónde estaba, ahora la sorprendida sería yo, ¿no crees? Pero aquí está. ¿A que es hermoso?
Lucas, con los ojos fijos en la pieza, respondió con admiración:
—En efecto, es una verdadera obra de arte. Pero basta de distracciones, pongámonos en marcha.
Iniciamos la subida por el sendero que conducía a la casa. Todo seguía igual que en mis recuerdos: la luz filtrándose entre el follaje y el canto de los pájaros acompañando nuestros pasos. Todo parecía estar en calma, hasta que un sonido discordante irrumpió en la escena: el chasquido seco de una rama, como si alguien acabara de pisarla.
Me estremecí y me agarré con fuerza al brazo de Pablo. Él, notando que el ambiente se había vuelto turbio de repente, me preguntó en un susurro:
—¿Qué pasa, cariño? ¿Qué ocurre?
—Creo que nos siguen —respondí, apenas sin aliento.
Apuramos el paso para alcanzar a Lucas, que nos llevaba una ventaja considerable, y le gritamos:
—¡Pantomino! ¡Espera! ¡Espera por nosotros!
Lucas se detuvo en seco. Al llegar a su lado, Pablo le explicó la situación:
—Marina cree que hay alguien más en el bosque… que nos están siguiendo.
Lucas retrocedió unos metros, ocultándose entre la maleza para comprobar si era cierto. Mientras tanto, Pablo me protegía en un claro del bosque, sin perder de vista a Lucas, aunque mis piernas no dejaban de temblar por el pánico. Al poco tiempo, el viejo regresó con gesto tranquilo.
—No hay nada, Marina —afirmó para sosegarnos—. Son los nervios los que te hacen ver sombras donde no las hay.
—¡Lo que he oído es real! —insistí, tratando de controlar el temblor de mi voz—. Ha sido exactamente como si alguien rompiera una rama.
—Puede que haya alguien cortando leña cerca de aquí y el ruido haya viajado hasta nosotros —trató de consolarme Pablo—. Quédate tranquila; Lucas dice que no ha visto nada, ¿verdad, Lucas?
Él asintió con la cabeza en silencio mientras yo trataba de convencerme a mí misma.
—Entonces serán los nervios, cariño… pero es la misma sensación que tuve en el jardín de mi casa.
Pablo se detuvo en seco y me miró con gravedad.
—Eso no me lo habías dicho. Eso cambia mucho las cosas —Consultó su reloj y se volvió hacia nuestro guía—: ¿Falta mucho para llegar, Lucas?
—¡No! Ya estamos cerca… ¡Ahí está, entre la maleza! —exclamó señalando hacia adelante—. Ya ves que no es como cuando eras niña, Marina, pero nos servirá de refugio si lo que dices es cierto.
Pablo, cuya preocupación era ya evidente, urgió al viejo:
—¡Abre la puerta pronto, Lucas, por favor!
—¡No os dejéis llevar por la impaciencia, amigos! —respondió él con parsimonia—. Lo más seguro es que la emoción os esté jugando una mala pasada. Por aquí no viene nunca nadie; ya os dije que la gente es muy supersticiosa y no se atreven a acercarse.
Lucas introdujo la llave en la cerradura y la puerta cedió con un gemido. Me abrí paso entre ellos y entré en el vestíbulo; busqué la mano de Pablo y, al asirla, lo guie directamente hacia el salón. En cuanto Lucas abrió las contras de las ventanas, la estancia se inundó de luz. Todo seguía igual que la primera vez que estuve allí, aunque las espesas telas de araña le daban ahora una apariencia tétrica.
Mis recuerdos empezaron a encajar como piezas de un puzle. Me fijé en el retrato que colgaba sobre la chimenea; recordaba el cuadro, pero mi memoria lo situaba en el dormitorio principal, no allí. En la pintura, la figura lucía el broche con elegancia. Me acerqué y pregunté:
—Este es Juan, ¿verdad? —Lucas asintió en silencio—. Recuerdo el cuadro, pero no a quién representaba. Ahora lo asocio con él porque reconozco el broche, aunque lo lleva como un adorno, no como la llave que mencionaste. ¿No será que te contó una fantasía y tú te la creíste?
—¡Debes creer al viejo, Alba! ¡Él no contó ningún cuento! —tronó una voz a nuestras espaldas.
Nos quedamos de piedra. Dos figuras vestidas con ropa de camuflaje nos encañonaban con sus armas. Lucas me miró, pálido.
—¿Los conoces, Marina?
No tuve tiempo de responder. Una de aquellas siniestras figuras se adelantó, riendo con sarcasmo:
—¡Pues claro que nos conoce, viejo! ¡Disfrutamos de una velada de lo más agradable en su casa! Les advierto que no intenten hacerse los listos, empezando por ti, Pablo. ¡Las manos sobre la cabeza! Sentaros uno a uno en las sillas que mi compañera os va a colocar. Siento tener que ataros, pero no me fío. Si os portáis bien, no tendré que taparos la boca... aunque, ¿quién os iba a oír aquí, en este lugar tan apartado?
En ese momento, Lucas me lanzó una mirada de reproche:
—No comprendo, Marina… ¿Cómo se os ocurrió dar entrada a estas personas en vuestra casa?
—Los invitó mi madre a su aniversario —respondí, sintiendo cómo me ardía la cara de vergüenza—. Ya sabes que mamá no invita a cualquiera; ellos son los Condes de Villadóniga.
—¿De Villa... qué? —exclamó Lucas, incrédulo.
—Parece que el viejo está sordo, querida… —se burló el hombre—. ¡Te ha dicho que somos los de Villadóniga!
Lucas, conteniendo a duras penas su indignación, sentenció:
—Saben bien que eso no es cierto. ¡Están mintiendo! La condesa de Villadóniga tiene ahora sesenta y tres años, y usted no llega ni a los cuarenta.
—¡No me diga! —¿Y quién se lo ha dicho, viejo? —preguntó ella con un tono gélido.
—¡Lo digo yo porque los conozco! Se llaman Calixto e Imelda.
—¡Pues qué coincidencia, igual que nosotros, querido! —exclamó la mujer con una carcajada hiriente.
—Pero ustedes no son ellos —insistió Lucas—. Solo se hacen pasar por los condes. ¿A quién pretenden engañar?
—Después de todo, Calixto, este viejo no es tan tonto —dijo ella, recuperando la seriedad—. Pero ahora poco importa quiénes seamos; ya es demasiado tarde para vosotros. Así que no nos deis mucho la lata si no queréis ir directos al otro barrio. Ya ves, Alba… te voy a quitar el broche de tu bonito jersey; ya no te va a hacer falta y a nosotros nos será muy útil. No te preocupes, no lo estropearé, pero mi esposo lo necesita ahora mismo. ¡Observa bien! Quizás te parezca interesante lo que va a hacer con él. Desde luego, eres una tonta por haber guardado el broche tanto tiempo sin saber cómo usarlo.
Aquella mujer soltó una carcajada sádica que me puso los pelos de punta. Pensé en lo fácil que les resultó entrar en nuestra vida sin que sospecháramos nada. ¡Qué ingenuos habíamos sido! Tras arrancarme el broche, se lo entregó al supuesto conde, pero este le indicó que fuera ella quien lo utilizara.
Imelda, radiante de ambición, manipuló la pieza central de la joya. Al instante, un pequeño resorte liberó un vástago de metal con dientes de llave. Se dirigió al retrato de Juan y, tras buscar un punto oculto en el marco inferior, introdujo el mecanismo.
De pronto, un sonido metálico de engranajes resonó en la sala y la pared donde colgaba el cuadro cedió, revelando una cámara secreta. Encendieron los quinqués de aceite que reposaban sobre un escritorio, y la estancia refulgió de inmediato: frente a nosotros, una montaña de lingotes de oro cubría la pared frontal. Sobre una mesa de caoba y mármol rosa, se amontonaban legajos y documentos que parecían de un valor incalculable.
Cegados por la codicia, dejaron sus armas sobre la chimenea mientras balbuceaban entusiasmados por el hallazgo. Era nuestra oportunidad. Estaba a punto de intentar una maniobra desesperada cuando, por la puerta, apareció el Teniente Rainiero. Me hizo una seña rápida para que guardara silencio. Con una maestría asombrosa, los encañonó y, tras colocarles las esposas, los obligó a sentarse en el suelo mientras esperaba a su ayudante.
—No sabe cuánto me alegra verle —exteriorizó Pablo—. Es la primera vez en mi vida que deseo tanto ver a alguien; si estuviera desatado, le daría un abrazo.
—Disculpad que no os desate todavía —respondió Rainiero con calma—, pero no sé si hay más cómplices fuera. Si los ven salir, se darán a la fuga.
—¿No será que lo que intentas es quedarte con lo que hay en esa habitación y luego deshacerte de nosotros? —soltó Pablo de repente.
—¡Pablo! ¿Cómo te atreves a tratar así al hombre que nos ha salvado la vida? —le recriminé, sin entender su desconfianza.
—El Teniente y yo nos comprendemos perfectamente… ¿Verdad? —insistió Pablo con voz gélida.
—Te equivocas —sentenció Rainiero—. Fuera está el sargento; cuando le dé la señal, entrará.
Se acercó a la ventana y golpeó el cristal con los nudillos. Al instante apareció el sargento Tomás. Tras intercambiar unas breves palabras, Tomás se hizo cargo de los falsos condes y se los llevó por la puerta trasera. Rainiero, con una sonrisa enigmática, recuperó el broche del marco del cuadro, se acercó a mí y me lo prendió en el jersey.
—Esto te pertenece —afirmó—. Lo demás es para la policía.
Luego se dirigió a Pablo:
—Y para que veas que confío en que me vas a ayudar, te voy a soltar.
Mientras Rainiero desataba a Pablo, dándonos la espalda, Jaime irrumpió por la puerta seguido de Tomás. El Teniente solo tuvo tiempo de notar mi gesto de sorpresa e intentar echar mano a su pistola, pero fue tarde: ambos hombres se le echaron encima.
—¡Suéltenle! —grité indignada—. ¿Cómo se atreve, sargento, a tratar así a su superior?
—Sé que le aprecia, señorita Herrera —me informó Tomás mientras lo inmovilizaba—, pero este hombre queda detenido.
—No lo comprendo. Él nos ha salvado la vida, no ha hecho daño a nadie.
Rainiero forcejeaba con rabia mientras le ponían las esposas. Jaime me miró con una mezcla de lástima y dureza.
—¿Entonces por qué no le pregunta qué hizo con Juan y María después de dejarla a usted en casa de Lucas?
Me quedé helada. Rainiero se defendió a gritos:
—¡Yo no les hice daño! María me crio, sería incapaz de tal crueldad.
—Entonces… ¡tú eras el joven de la foto! —exclamé, mientras las piezas encajaban por fin.
—Si estuvieras en mi lugar habrías hecho lo mismo, Alba —gritó él mientras lo arrastraban hacia fuera—. Era mi herencia. Yo me quedé con el viejo cuando ellos huyeron llevándoselo todo. Él me hizo prometer que los encontraría y les haría pagar por su traición… ¡Pero no con su vida! ¡Nunca los tiré por el pedregal! ¡Créeme, Alba! ¡Por favor, créeme!
—Ya hablará con él en otra ocasión si es su deseo, señorita Alba —cortó Jaime—, pero ahora se lo tienen que llevar junto con sus cómplices.
—¿Cómplices? —balbuceé—. No me dirás que esos dos trabajaban para él, Jaime...
Jaime soltó una risa irónica mientras terminaba de desatarnos.
—Bueno, Alba, estoy seguro de que tienes mil preguntas que hacernos, pero será mejor que todas ellas te las conteste Pablo.
—¿Pablo? —Me giré hacia él, clavándole una mirada que exigía una respuesta inmediata—. ¿Qué tienes tú que ver con todo esto? ¿Es que lo sabías? Pues ya puedes ir dándome una buena explicación si quieres que te perdone por haberme mantenido engañada.
Pablo suspiró, frotándose las muñecas liberadas.
—Va a ser una sorpresa para ti, pero cuando te lo explique, lo comprenderás todo. ¡Anda, ven, siéntate a mi lado! No te quedes ahí de pie, paseando de un lado a otro, que me pones nervioso.
Lucas se disponía a marcharse tras Jaime, pero Pablo lo interrumpió con voz firme:
—¡No se vaya! Usted también tiene que escuchar esto. Siéntese aquí, al lado de Alba, y yo me pondré frente a los dos. Y ahora, prestad atención, porque no voy a repetirlo.
Pablo tomó aire, como si se preparara para soltar una carga que llevaba años arrastrando.
—Tengo que remontarme a mi infancia, cuando apenas tenía siete años. Mi padre era el responsable de una brigada especial cuya misión era desmantelar un clan familiar experto en el crimen organizado internacional. Se trataba de una élite, un círculo tan cerrado que resultaba impenetrable. Sus miembros eran gente supuestamente respetable; había sobornos por todas partes, incluso en el Departamento de Justicia y en la policía... como en el caso de Rainiero.
Hizo una pausa, señalando hacia la cámara secreta.
—Uno de los miembros de esa familia se puso en contacto con mi padre. Prometió entregarle los documentos que incriminaban al clan, la lista de todos los contactos comprados y una cantidad considerable de oro que habían almacenado durante años. Es, precisamente, lo que los agentes están sacando ahora de esa habitación que la llave de tu broche ha abierto. Juan y María fueron quienes se llevaron todo aquello para protegerlo y, como ya sabemos, terminaron en este pueblo pesquero con la ayuda de Lucas.
En ese momento, Lucas no pudo evitar exclamar:
—¡Efectivamente, con mi ayuda! —exclamó Lucas, enderezándose con orgullo—. Querían cambiar de vida, me dieron lástima, así que les ayudé a estibar todo en un velero que alquilamos. Lo ocultamos durante un tiempo en una ensenada solitaria, lejos de ojos curiosos, en un rincón que solo yo conocía, mientras Juan construía esta cámara secreta. Una vez que trasladamos todo el cargamento, cumplimos con el rito de Hernán Cortés: hundimos la nave para no dejar rastro.
Lucas bajó la voz, como si fuera a confesar un sacrilegio.
—Juan fabricó el broche usando una pequeña porción de un material especial, algo que llamábamos "la piedra que cayó del cielo". El resto de esa roca la escondimos nosotros dos, sepultándola en un pedregal. Esa piedra es la clave de todo lo que habéis visto; sin su magnetismo, el dispositivo de seguridad se activaría y haría volar la casa, hundiéndola en las entrañas de la tierra. Por supuesto, para cualquier extraño, el broche no sería más que un adorno costoso, pero en realidad es el seguro de una trampa mortal.
—¡Exactamente! —exclamó Pablo, interviniendo de nuevo—. Juan tenía el firme propósito de limpiar su nombre. Por eso se puso en contacto con la brigada que dirigía mi padre: quería entregar todos los documentos que incriminaban a la organización. Concertaron una cita y fijaron el día exacto en que se efectuaría la entrega de las pruebas.
—Entonces… ¿qué pasó después? —pregunté, sintiendo un frío repentino—. Por lo que veo, esa reunión nunca llegó a producirse, ¿verdad?
Pablo me miró con una mezcla de tristeza y solemnidad.
—Cariño, siento mucho tener que decirte esto, pero tú fuiste la razón por la que esa entrega jamás se realizó.
—¿Yo? —balbuceé, llevándome una mano al pecho—. ¿Por qué? ¿Qué tuve yo que ver?
—María te encontró en la playa —comenzó Pablo, bajando la voz—. Informó al jefe de policía de que había hallado a una niña perdida que no recordaba nada; llegaron a la conclusión de que sufrías amnesia. Fue entonces cuando todo se torció. Rainiero ya estaba en el pueblo siguiendo el rastro de la pareja. Cuando el jefe de policía comentó en el bar que buscaban a la familia de una pequeña que estaba en casa de María, Rainiero vio su oportunidad. Se identificó como Teniente y ofreció su experiencia; el jefe aceptó encantado.
Pablo hizo una pausa para dejar que el peso de la traición calara en nosotros.
—En cuanto Rainiero puso un pie en esta casa, reconoció a Juan. Habían pasado los años, pero sabía quiénes eran. Juan y María comprendieron al instante que sus planes de entrega se habían frustrado. En un último acto de desesperación, te confiaron el broche a escondidas, antes de que nadie pudiera verlo. Rainiero ni se lo imaginó; por eso te dejó tranquilamente en casa de Lucas mientras él regresaba aquí para enfrentarse a ellos. Pero ya se habían marchado.
—Creyó que habían huido de nuevo —murmuré.
—Exacto. Pensó que, si se habían ido, el tesoro no podía estar aquí. Pero cuando los encontró muertos en el pedregal, movió sus hilos para que le asignaran el caso. Al revisar sus pertenencias solo halló fotos y cartas. El broche, cuya existencia conocía de sobra, había desaparecido. Sospechó que María te lo habría entregado al despedirse, y por eso permaneció a tu lado todos estos años, fingiendo ser un amigo de la familia para no levantar sospechas.
Pablo me tomó de las manos, mirándome con una mezcla de admiración y lástima.
—Rainiero tiene un historial impecable; nadie sospechaba de él. Tenía informadores y recursos para localizar a sus tíos sin dejar rastro. Sabía que Juan planeaba entregarlo todo a la brigada especial y debía impedirlo a toda costa. Lo que más le desesperaba era tu amnesia: recordabas retazos, pero olvidabas lo esencial. Presionó a los psicólogos para que te sacaran información bajo el pretexto de que era vital para la policía, pero ellos siempre le daban la misma respuesta: que cuando te preguntaban por un broche, te bloqueabas, palidecías y empezabas a sudar. Te estaban haciendo daño y tuvieron que parar. Así que decidió esperar, con una paciencia aterradora, a que llegara el día en que tú sola revelaras el escondite.
—Es cierto —admití, sintiendo un escalofrío—. El solo hecho de intentar recordar me provocaba episodios de pánico; mi subconsciente se negaba a revelar nada. Sin embargo, en mis sueños siempre aparecían esa "piedra del cielo" y el broche, e incluso me veía a mí misma allí, en el pedregal. ¡Qué paciencia tuvo ese criminal!
—La paciencia tiene un límite, Alba, y el Teniente ya estaba harto de esperar —explicó Pablo—. Aprovechó el aniversario de tus padres para introducir a sus socios, suplantando a los verdaderos Condes de Villadóniga.
—Me resulta increíble. Aunque claro, contaron con la ayuda del señor Álvarez en plena mala racha económica.
—Exacto. Sabían que necesitaban a alguien con prestigio que los acreditara como los condes. ¿Quién iba a desconfiar del señor Álvarez? Cuando lo visitamos, él mismo aseveró con firmeza que aquellas personas eran los condes auténticos. Al presentarle las pruebas de que estaba equivocado, él y su esposa se sintieron acorralados; al final, incluso les pareció divertido entrar en el juego. Ellos presentaron a Jaime como un amigo íntimo de la familia, perteneciente al mismo sector de negocios que su esposo. La coartada no tenía fisura alguna: el señor Álvarez tiene, de hecho, un amigo empresario llamado Jaime Fernández. Su único cometido en la velada era mostrar un interés exagerado por el broche, ya que gracias a la fotografía que le hicieron al retrato de Juan, conocían perfectamente sus características.
—¡Ahora entiendo por qué puso aquella cara de asombro cuando le enseñé el dibujo! —exclamé—. Llegué a pensar, Pablo, que ellos también estaban implicados.
—Todos teníamos que mostrar interés; era la única forma de que Rainiero bajara la guardia —explicó él—. Es un hombre minucioso. Mi padre siempre sospechó de él, pero nunca pudo probar nada. Por eso, cuando se retiró del servicio, se sintió tan frustrado por no haber resuelto el misterio de la muerte de los barones de Baltimore.
—¡Así que me engañaste, Pablo! Sigues el camino donde tu padre lo dejó… ¿Tú también eres policía?
—¡Te equivocas, cariño! —respondió él con una sonrisa cansada—. Jaime es mi amigo de la infancia. Vino a casa y me comentó que se había reabierto el caso de los Baltimore porque había novedades, y me pidió ayuda. Le expliqué que yo no tenía la vocación policial de mi padre y que no quería meterme en líos peligrosos; en fin, que no contara conmigo. Entonces, soltó la bomba: me dijo que la nueva pista llevaba directamente a Alba Herrera.
Pablo me tomó de las manos y su voz se volvió más grave.
—Jaime se puso muy serio. Me dijo: «Si de verdad te importa la seguridad de la mujer que amas, de la futura madre de tus hijos, deberías cooperar». Así fue como me metí en todo esto.
—Pero hay algo que sigo sin entender… —pregunté, frunciendo el ceño—. ¿Cómo es que los falsos condes sabían utilizar el broche?
—Pues Alba, ahí es donde entra tu padre.
—¡Papá! —exclamé, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies—. ¿Por qué él? ¿Qué tiene que ver en todo esto?
—Rainiero conocía bien la debilidad de tu padre por la botánica —explicó Pablo—. Le habló de este jardín en Carnota, único en su especie y diseñado por un experto, sabiendo que despertaría su curiosidad. Tu padre no tardó en viajar hasta aquí y, a través de Lucas, conoció a Julio. Como el jardinero estaba sin empleo, aceptó de inmediato que tu padre lo contratara para su propia casa.
Me quedé en silencio, procesando la información. La figura de Julio, siempre presente en los arbustos de mi hogar, cobraba ahora un sentido aterrador: era el informante de Rainiero en mi propia casa.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de que fue así? —pregunté, buscando una fisura en su relato.
En ese momento, Lucas intervino con voz tranquila:
—Porque tu propio padre me lo confesó a mí, y yo se lo conté a Pablo.
—¿Así que tú ya conocías a Pablo? —dije, mirando a Lucas con una mezcla de asombro y reproche.
—Tuvimos ese placer hace ya unos meses —confirmó el viejo con un leve asentimiento.
—¡Vaya! —solté una carcajada amarga—. Así que permitisteis que me comportara como una tonta haciendo las presentaciones oficiales cuando ya os conocíais.
—¡No te molestes, cariño! —me pidió Pablo, tomándome suavemente del brazo—. Todo, absolutamente todo lo que hemos hecho, ha sido para garantizar tu seguridad.
Pablo continuó relatando los hechos, sin soltarme la mano:
—A través de Julio supimos del interés de Rainiero por el lugar donde aquel trabajaba. Julio le había confesado al Teniente que se encontraba en un dilema: sus antiguos patrones estaban en la ruina y lo vendían todo. Él los apreciaba, especialmente porque la salud de la condesa se había deteriorado tanto que ya ni salía de casa, pero no podía rechazar la oferta que Lucas le había conseguido para trabajar con tu padre.
Pablo miró de reojo a Lucas, quien bajó la vista con aire de culpabilidad.
—Julio también le contó a Rainiero algo que escuchó en el pueblo. Un día, el Pantomino se tomó unos vasos de más en el bar y les soltó a todos los vecinos la proeza artesana de su amigo Juan: un broche con una llave secreta capaz de abrir una puerta tras la cual se ocultaba un tesoro inimaginable. Aquella historia provocó una carcajada general; los lugareños pensaron que el vino le había subido a la cabeza o que era otra de las pantomimas a las que los tenía acostumbrados.
—Nadie le creyó… excepto Rainiero —murmuré.
—Exacto. Julio tampoco le dio importancia, pero para el Teniente no era un cuento. Ató cabos al instante. Para que su plan siguiera adelante, engañó a Julio diciéndole que estaba al frente de una investigación crucial. Le confesó que, durante el aniversario de tus padres, introduciría a dos de sus hombres bajo la identidad de los Condes de Villadóniga y que necesitaba su silencio y su ayuda para no ser descubiertos. Julio, creyendo que servía a la justicia, se brindó gustosamente a colaborar.
—Me alegro de que la balanza se inclinara a nuestro favor, Pablo, y no al suyo —dije con amargura—. Pero la peor parte se la llevaron Juan y María. Ellos no están aquí para ver cómo se hace justicia, y seguimos sin saber quién los mató.
En ese momento, Lucas me tomó de la mano. Su mirada era una súplica.
—Mi querida Marina… ¿Podrás perdonarme algún día?
—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago—. ¿Qué más me estáis ocultando?
—Juan y María… ¡No están muertos!
Me solté de su agarre como si me hubiera quemado.
—¿Qué estás diciendo, Lucas? Si esto es una broma, es de muy mal gusto. Me he pasado la vida recordándolos, deseando verlos… Casi me muero de dolor cuando supe de su supuesta muerte, ¿y ahora me dices que están vivos? ¡Lo sabíais! ¿De verdad creéis que es cuestión de perdonar ahora mismo? —Miré a Pablo, cuya expresión confirmaba mis sospechas—. Estoy a punto de estallar, Pablo. Veo en tu cara que tú también lo sabías.
—Compréndelo, Marina —intervino Lucas con voz quebrada—. Tuvimos que engañar a todo el mundo, incluso realizamos un simulacro de entierro con otros cadáveres que conseguimos. Te aseguro que a mí mismo me causó una impresión que aún me dura, pero lo hice porque los quería. Me importaba su seguridad por encima de todo.
—Entiende a Lucas, por favor, Alba —me suplicó Pablo—. Si hubieras sabido lo que planeábamos, todo se habría venido abajo. Tienes que convencerte de que solo teníamos una salida. Juan siempre se preocupó por tu seguridad; calló durante años, pero cuando llegó el momento, preparó todo para que empezaras a recordar. Para eso te envió su regalo.
Pablo se acercó a mí, buscando mi mirada.
—¿Te acuerdas de que acerté con la talla? No fue casualidad. Juan necesitaba que, de una vez por todas, hicieras frente a tu pasado. Pensamos que, si te sentías un poco acosada, la presión haría que tu realidad aflorara. Por eso te seguí por el jardín aquella noche, manteniéndome a distancia. Dejé que te refugiaras en tu cuarto y esperé junto al viejo árbol hasta que miraste por la ventana; solo entonces subí a la habitación de tu madre y puse la talla sobre la coqueta.
Se dibujó una media sonrisa en su rostro al recordar los detalles.
—Oí a Lidia salir después de llamarte y bajé justo tras ella, dejando la luz encendida a propósito para despertar tu curiosidad. Cuando me encontraste en la entrada y entramos juntos al salón, vi que guardabas la talla en el bolsillo. Eso me confirmó que el plan estaba funcionando exactamente como esperábamos.
—¡Así que eras tú quien me seguía! ¡Cuánto miedo pasé, Pablo! —exclamé, sintiendo un escalofrío—. Al final, el fantasma eras tú mismo… Pero sigo sin comprender cómo pudisteis engañar a Rainiero. ¿Cómo hicisteis pasar a esos desconocidos por Juan y María? ¿Quiénes eran?
Lucas intervino, tomando aire para relatar aquel macabro golpe de suerte:
—Como ya sabes, yo fui quien los trajo a Carnota. La ocasión se presentó de forma inesperada. En aquellos días, participé en el rescate de la tripulación de un barco que se hundió cerca de aquí. No encontramos a nadie vivo; parecía que el mar se había tragado hasta el último cuerpo. Se dio por terminada la búsqueda, pero cuando regresaba a casa, divisé dos bultos entre las rocas.
Lucas hizo una pausa, recreando la escena en su mente.
—Me acerqué con cuidado por las peñas y comprobé que eran un hombre y una mujer. El mar los había golpeado con tanta saña contra el granito que estaban irreconocibles, pero sus rasgos generales coincidían con los de Juan y María. Los arrastré más arriba para que la marea no se los devolviera al océano y corrí al pueblo para dar parte, pero al pasar por casa de Juan, vi las maletas en la puerta y me alarmé. Entré de improviso, asustando a María, y mientras intentaba tranquilizarla, llegó Juan. Fue entonces cuando se me ocurrió. Les hablé de los náufragos y Juan, con la mente fría, sentenció: «Esas personas son nuestra salvación, viejo amigo».
—Fue un plan desesperado —murmuré.
—Lo fue. Llevamos a María a un lugar seguro y luego fuimos al pedregal. Arrojamos las maletas contra las rocas y desperdigamos su ropa por todas partes para simular un accidente. Aquellos desconocidos empezaron su viaje al otro mundo con nombres ajenos, mientras los verdaderos Juan y María iniciaban una vida en las sombras. Los cadáveres se descompusieron rápido y Rainiero, ansioso por cerrar el asunto, ordenó enterrarlos de inmediato. Confiscó todo y precintó la casa. Yo intenté recuperar el broche, como me pidió Juan, pero siempre que lo intentaba, sentía la mirada de Rainiero sobre mí. Estábamos perdidos; él registraba tu ropa cada vez que venías de veraneo, pero nunca halló rastro de la joya. Juan me pidió entonces que dejara de buscar y te diera tiempo. Sabía que mientras no recordaras dónde lo habías metido, estarías protegida.
—Juan volvió a contactar con mi padre. Aunque este lo daba por muerto y ya estaba retirado, le presentó a Jaime. Entre los dos les fabricaron identidades nuevas para que pudieran vivir seguros y, al mismo tiempo, ayudar a cerrar el caso que quedó pendiente. Jaime fue una pieza clave: gracias a su especialidad en psicología, sabía cómo ayudarte a superar tus temores y ansiedades. Estuvo analizando las grabaciones de tus sesiones con el psicólogo; para conseguirlas, tuvimos que entrar a hurtadillas en su despacho y hacer copias de cada cinta. Llegó a la conclusión de que debía ser Marina quien nos guiara hasta el broche; solo así Rainiero se vería obligado a descubrirse, fingiendo aquella detención de los supuestos ladrones.
—Entonces Juan estará satisfecho —concluí, asombrada—. Todo se resolvió como él esperaba. Pero... ¿puedo saber bajo qué nombres viven ahora?
—¡Viven como Calixto e Imelda! —afirmó Pablo con una sonrisa triunfal—. Juan ya era Barón de Baltimore; solo cambió el nombre y el título de su linaje. Yo les conseguí al jardinero: un viejo amigo que se prestó al juego y al que Juan entrenó personalmente. Solo tuvimos que esperar a que Rainiero mordiera el anzuelo y contactara con él.
Pablo hizo una pausa para explicar sus movimientos de aquella mañana.
—Mientras vosotros estabais en el invernadero, fui a verme con Jaime, que me esperaba en una habitación de la fonda. Le avisé de que salíamos hacia la casa y él activó el dispositivo de protección por si algo salía mal. Por supuesto, la ayuda de Tomás fue fundamental: cuando Rainiero le pedía que investigara a alguno de los invitados, Tomás solo le entregaba la información que nosotros fabricábamos. Así conseguimos que el Teniente se sintiera totalmente confiado.
—Me parece increíble que no se asegurara, Pablo —reflexioné, todavía asombrada—. Aunque él siempre me aconsejaba que no me fiara de nadie, terminó cayendo en su propia trampa.
—Es que Tomás es un maestro en el arte de hacerse el tonto —respondió Pablo con una sonrisa—. Supo ganarse a Rainiero convirtiéndose en el ayudante perfecto: alguien que no hacía preguntas, que jamás ponía nada en tela de juicio y que se limitaba a obedecer. Era, exactamente, lo que el Teniente necesitaba para sentirse poderoso.
Suspiré con un alivio que me recorrió todo el cuerpo.
—Me alegra que, por fin, esta pesadilla haya terminado. Ahora solo un pensamiento cruza mi mente… Decidme: ¿dónde están Juan y María?
Los dos hombres intercambiaron una mirada de complicidad y una sonrisa idéntica afloró en sus labios; parecía como si llevaran horas esperando esa pregunta. Lucas dio un paso al frente para actuar como portavoz:
—Piensa un poco, Marina… Tú mejor que nadie sabes el lugar exacto donde pueden estar.
Solo había un lugar: aquel montículo de arena, esa isla efímera que el mar formaba y que, en una bajamar idéntica a esta, permitió que María se acercara a mí por primera vez. Dejé atrás a los hombres y salí de la casa. El sonido del mar me atraía con una fuerza magnética, como si el océano me llamara para devolverme lo que un día me dio. Al llegar a la orilla, comprobé que la marea estaba bajísima; esa fue la confirmación definitiva de que allí los encontraría.
Me descalcé y comencé a caminar por la arena húmeda. El tacto frío bajo mis pies despertaba una multitud de sensaciones y recuerdos que encajaban por fin. Recordé cómo mi madre me protegió ocultando la talla del pez, haciendo creer a Rainiero que Lucas la había recuperado de entre los restos del naufragio. Me sentí apenada por haber juzgado tan mal a Jaime y por mis recelos hacia Águeda. Cuánto aprecio sentía ahora por aquellas personas que habían hecho lo imposible, colaborando con Juan para disipar las sombras de mi mente y limpiar mi vida de temores e inquietudes.
El sol comenzaba a hundirse en el horizonte cuando vislumbré las siluetas de Juan y María. Las lágrimas brotaron de mis ojos, recorriendo mis mejillas como gotas de agua salada que se fundían con el rastro de mis pasos en la arena dorada. Supe que aquel no era solo el final de un encuentro anhelado; lo supe al mirarlos a los ojos. Marina estaba lista para la siguiente etapa: la búsqueda de la otra parte del tesoro que la piedra del cielo aún resguardaba.
Me eché en sus brazos y los tres nos fundimos en un abrazo eterno, mientras el cielo crepuscular de Carnota nos envolvía en su manto de fuego.
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— Entrada y obra creadas por Abraixas.
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