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viernes, 4 de septiembre de 2026

La piedra caída del cielo — Capítulo II: Máscaras de Seda y Muros de Barro

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  A solas en mi habitación, con las neuronas encendidas por un torbellino de emociones, sentí la tentación irresistible de ordenar mis pensamientos. Me sumergí en el sueño, pero esta vez la nitidez era absoluta. Los años de esfuerzo por recuperar la infancia dieron fruto: volvía a ser la pequeña Marina. Desde los brazos de María, contemplaba el mundo con ojos asombrados. La luz se filtraba entre los árboles del jardín creando una nebulosa penetrante, un mantel de tonos cromáticos que se extendía sobre el camino a mis pies. Al dejarme en el suelo, me entregué a la plenitud del juego, rodeada de pájaros que me daban la bienvenida. El aroma de las flores embriagaba mis sentidos mientras ascendía hacia aquel poblado de campesinos y artesanos. Era un paisaje de paz: robledales matizando las colinas, campos de trigo y viñedos generosos. Estaba tan inmersa en esa calma que, cuando los rayos del sol acariciaron mis mejillas al despertar, sentí un chispazo de enfado; me habían arrebatado el único lugar donde quería estar.

  Consulté el reloj: las diez. Todos estarían esperándome. Seguramente ya habrían desayunado, pero no me cabía duda de que ardían en deseos de que continuara con mi relato. Me levanté de un salto, me enfundé en un pantalón blanco y el suéter rosa, y bajé al comedor. Allí me interceptó Lidia para avisarme de que el desayuno se servía en la terraza cubierta; el señorito Pablo y el resto de los invitados ya habían dado buena cuenta de él. Me dirigí hacia allí sin prisas; si tanto interés tenían, un poco más de espera no los mataría. Al entrar, la voz de Águeda llenaba el ambiente: —No he podido pegar ojo en toda la noche —decía con urgencia—. Me intriga demasiado que Alba no recuerde cuándo le entregaron ese broche.

—Quizás lo que sucede —intervino Ymelda con tono sagaz— es que Alba ha bloqueado su mente ante algo traumático. Tal vez, de niña, presenció algo indebido y su subconsciente se niega a recordarlo. ¿Y si aquella pareja eran delincuentes ocultos en el pueblo? El broche podría ser parte de un botín; no sería la primera vez. Recuerdo que hace un año tuve una sirvienta que me robó una joya y jamás volví a saber de ella, ni de mi broche.

—¿No estará insinuando, Condesa, que se trata de la misma joya? —la interrumpió Jaime, con un deje de ironía—. Es evidente que la señorita Alba lo posee desde hace mucho más tiempo.

—Yo no he dicho tal cosa, caballero. No ponga en mi boca palabras que no he pronunciado —replicó ella altiva—. Solo citaba un ejemplo; sé perfectamente que no puede ser el mismo.

—En mi opinión —terció Pedro, intentando calmar las aguas—, no creo que ese matrimonio robara nada. Esperemos a que Alba recupere la memoria para demostrar que están libres de toda sospecha.

—Tiene razón Pedro, y espero probarlo —sentencié. Me levanté de la mesa y, al recostarme en la hamaca, cerré los ojos para regresar a la habitación de mi memoria. Allí, el canto de un gallo me despertó de golpe. Desde la ventana, observé al animal posado en la verja, como un reloj puntual que reclama la atención de sus amos. La estancia era elegante: una chimenea de mármol negro presidía la pared, junto a un escudo y un retrato cuyos rasgos no lograba distinguir. Pero mi yo infantil, la pequeña Marina, solo tenía ojos para el cepillo de pelo sobre la coqueta. Me vi peinándome, sonriendo frente al espejo mientras me embriagaba con el perfume de un frasco precioso. De pronto, el armario captó mi atención. Tras una puerta entreabierta descansaban trajes modernos, pero al abrir la otra, descubrí ropajes antiguos que brillaban como si estuvieran tejidos con seda y oro. En el fondo, oculto bajo la ropa doblada, asomaba algo: una cajita de alabastro. Me senté en la cama, forcejeando con ella hasta que, por fin, cedió.

—¿Qué había dentro, Alba? —preguntó Pablo, rompiendo el hechizo.

Sentí un escalofrío, como si me hubieran salpicado con agua de mar. Me incorporé bruscamente, desorientada. —¿Dentro de dónde? —exclamé sobresaltada.

—Lo has estropeado todo, Pablo —le recriminó Flavia con amargura—. Estábamos a punto de alcanzar lo que nunca logramos y vas tú y lo echas a perder.

  Yo me sentía desconcertada. Esos recuerdos eran como si la niña que fui me hablara al oído, pero se reservara el final. ¿A qué le tenía miedo? ¿Por qué se ocultaba? Jaime intervino con calma: —No se preocupe, Flavia. Yo intentaré que Alba regrese a ese lugar de su memoria.

  Se sentó a mi lado, guardando una distancia respetuosa. Con una voz pausada, casi un hilo de seda, me invitó a cerrar los ojos.

—Marina... —susurró—, visualiza esa cajita que tanto te gusta. Deja que tus manos la recorran en tu mente. ¿Qué sientes al tocarla? ¿Hay algo especial guardado en ella que quieras mostrarme?

—¡Sí! —susurré, sintiendo el peso del recuerdo—. Hay un fajo de cartas atado con un lazo rojo descolorido y una fotografía. En ella están Juan y María, flanqueados por un hombre mayor y un joven que los abraza con fuerza. Dejo la foto a un lado y mis dedos encuentran el tacto suave de una bolsa de terciopelo negro. Al abrirla, el brillo del broche me deslumbra. Me veo en el espejo: soy una niña jugando a ser mujer, sintiéndome radiante. Tras guardarlo todo, el pasillo me conduce al salón. Allí Juan me espera; me ayuda a sentarme y desayunamos bajo su mirada, una atención tan fija que parece no querer perderse ni un solo latido mío. Luego, me guía al jardín. Bajo el palio de la parra y sus uvas blancas, él se entrega a la talla de una madera mientras yo juego con un gato que emerge de las sombras, etéreo como un susurro. Es entonces cuando María aparece por el sendero, cargada con el aroma de la ropa limpia y esos zapatos nuevos que estrené aquel día.

  Flavia le hizo una seña apenas perceptible a Jaime. Él, siguiendo el juego, distrajo a Marina pidiéndole que le mostrara sus zapatos nuevos. Mientras tanto, Flavia susurró su inquietud:

—Es obvio que Marina ha tomado el control. ¿Existe algún modo de que Alba recupere el timón sin romperse en el proceso? Necesita integrar los recuerdos de Marina como suyos; ese muro es lo que la asfixia.

—Es posible —concedió Jaime en voz baja—. Lo asombroso es que nadie haya intentado hablar con Marina antes; ella es la guardiana de su infancia. Solo si se funden en una sola, la memoria regresará.

  Jaime se volvió hacia la pequeña y, con infinita ternura, le pidió que fuera amiga de Alba, que le abriera su caja de tesoros. Entonces, una voz cristalina y menuda brotó de mis labios: —¡Sí, lo haré! No quiero estar solita... me da miedo.

  Cuando recuperé la consciencia y abrí los ojos, Jaime me sonreía. Antes de que pudiera articular palabra, Pedro estalló: —Ha sido increíble, Jaime. ¿Dónde aprendió a realizar semejante prodigio?

—En la vida te encuentras con personas que poseen dones diferentes —explicó Jaime—. Lo más hermoso es cuando deciden compartirlos. Hace unos meses, mientras supervisaba una construcción en París, un turista sufrió un ataque de pánico en pleno vuelo. Mi compañero de asiento resultó tener una habilidad extraordinaria; lo tranquilizó de tal modo que, al aterrizar, el hombre ni siquiera recordaba el trayecto. Nos hicimos amigos y tuvo la gentileza de enseñarme su técnica.

—Es una pena que no coincidiéramos con él —suspiró Elías—. Él sí podría ayudar a nuestra hija. Pero en fin, su alumno es excelente; no imagina lo agradecidos que estamos.

—Eso nunca se sabe, Elías. La mente es un mundo inexplorado, pero es evidente que Marina ha querido ceder el paso. Por alguna razón, decidió dejar de preocuparse; algo propio de la infancia, pues la angustia es una carga de adultos. Les recomiendo que salgamos al jardín a respirar el aroma de las flores.

  Mi madre aprobó la idea de inmediato: —A todos nos vendrá bien un poco de sol.

  Me senté en el balancín con Pablo, mientras los demás se acomodaban en las hamacas que Fabián había preparado. Este último acompañó a Rainiero, quien debía atender un recado del comisario, prometiendo volver pronto para seguir mis progresos. Mi padre, por su parte, se retiró a la biblioteca para entregarse a su afición favorita de cada mañana: la filatelia.

—Bueno, Alba —intervino Jaime—, ¿podrías contarnos qué pasó después de que María te vistiera? ¿Cómo llegó el broche a tus manos?

—Mi recuerdo más nítido antes de recibir el broche es la aparición de Rainiero —respondí—. María había avisado a la policía local: me había encontrado perdida en la playa, desnuda a la orilla del mar. Pensaban que el golpe que tenía en la cabeza me había dejado sin habla. Por aquel entonces, Rainiero veraneaba en el pueblo y, dada su buena relación con los agentes, se interesó por el caso de «la niña que vino del mar». Él y el jefe de policía fueron a casa de Juan para intentar hablar conmigo, aunque María les advirtió que yo no decía una palabra.

  Águeda me interrumpió, incapaz de contener su curiosidad:

—¿Y cómo era Rainiero en aquel entonces?

—Por supuesto, era mucho más joven —respondí, evocando su imagen—. De tez pálida y pulcramente afeitado; vestía con una elegancia sencilla, impropia de un soltero que debía valerse por sí mismo. Para entonces yo ya hablaba, y el nombre de «Alba» acudía a mis labios, pero ante la pregunta de mi origen, solo sabía responder que venía del mar. Horas después regresaron con noticias: habían localizado a mis padres. Recuerdo la tristeza de María y la turbación de su esposo.

  Rainiero anunció que él se haría cargo de mí y que, al llegar al pueblo, un tal Lucas me recibiría. Una tristeza súbita me encogió el pecho; cuando Rainiero me tomó de la mano, me solté y corrí hacia María, aferrándome a su vestido con todas mis fuerzas. No entendía por qué tenía que dejarlos; me prometieron la casa de un señor simpático que tenía niños de mi edad con quienes jugar, tratando de endulzar una partida que yo no quería. Antes de salir, María le suplicó al Teniente un último momento a solas.

  Cuando los hombres salieron, Juan me estrechó en sus brazos. «No nos olvides, siempre serás nuestra Marina», me susurró con la voz rota, pidiéndome que volviera a buscarlos al crecer. María regresó del cuarto con la cajita de alabastro. Tras una mirada cómplice y cargada de pesadumbre con su esposo, tomó el broche y lo prendió con manos temblorosas en el dobladillo interno de mi camiseta. «Es nuestro regalo; que nadie lo vea, o te lo quitarán», me advirtió. Luego, me entregó a Rainiero con un beso tierno. Mientras nos alejábamos, volví la vista atrás una y otra vez: sus rostros desolados en el umbral son, todavía hoy, el cuadro más nítido de mi memoria.

—Pobres personas... Seguro que ellos también perdieron a una hija y, justo cuando empezaban a disfrutar de tu compañía, te vas. ¡Qué amargo final! —comentó Ymelda con una punta de cinismo.

—Seguro que lo superaron —repuso Flavia, restándole importancia, aunque frunció el ceño—. Pero hay algo que no encaja, Alba. Cuando te hicieron el reconocimiento médico no llevabas nada encima. Incluso aquel día que creí vértelo de refilón, te las ingeniaste para hacerlo desaparecer de inmediato. No entiendo cómo lo hiciste.

—Eso solo demuestra una cosa —intervino Águeda con firmeza—: que ella se tomó muy en serio la advertencia de María. Fue un mandato tan poderoso que Marina bloqueó a la propia Alba para asegurarse de que nadie, absolutamente nadie, encontrara el broche.

—Has dado en el clavo, Águeda —asentí—. Tenía pánico a perderlo. Recuerdo que Lucas, pese a su aparente bondad, ya le había echado el ojo al broche y su interés me puso en alerta. Aquella tarde insistía demasiado en que me echara la siesta, así que actué rápido: busqué una cajita metálica, guardé el broche y lo escondí en un agujero del muro, sellándolo con piedras y barro. Era mi lugar sagrado. Luego, me fui a la cama con sus hijos y fingí un sueño profundo. Recuerdo perfectamente el sonido de sus pasos al entrar en el cuarto y el roce de sus manos buscando entre mi ropa. Desde entonces, cada verano en Carnota, Marina tomaba el mando. Me sentaba bajo la higuera con mi libro de historias, pero mis ojos, de soslayo, nunca dejaban de vigilar que el escondite permaneciera intacto.

—El año pasado regresé a Carnota. Marina comprobó que nadie se había llevado su tesoro, pero seguía sin dejarme recordar. Ahora entiendo por qué, de forma extraña, pasaba las horas rondando aquel muro; al volver de mis paseos por la playa, me detenía allí y sonreía como una tonta sin motivo aparente. El dibujo que hice en terapia era el único puente entre nosotras, la forma en que Marina intentaba acercarse a mí. Te lo debo a ti, Jaime. ¡Gracias por ayudarme a perder el miedo! Porque ahora, por fin, sé exactamente dónde está el broche.

—¡Es sorprendente! —exclamó Pedro—. ¡Tanta astucia en una niña para engañar a un viejo zorro como Lucas!

—¿Lo conoces? —le inquirí, sorprendida por su seguridad.

—¡No! Pero por lo que cuentas, él lo buscaba con ansia. Debía de ser un hombre listo, pero Marina fue mucho más inteligente... y sospecho que hasta se divirtió burlándolo.

—Yo quiero mucho a ese hombre y a su familia —añadí con sinceridad—. Además, admiro su maestría al labrar la piedra. En su juventud fue un marinero extraordinario; recorrió el mundo y sus historias son inagotables. Tras vivir en Cuba, donde regentó una floristería, regresó para crear los mejores jardines de Carnota; no hay concurso que no gane. Pero lo que más me marcó fue su valentía. Una vez nos contó que, siendo jefe de máquinas, descubrió que algunos marineros arrojaban a inmigrantes chinos a los tiburones tras robarles. Se les enfrentó cara a cara: «En mi barco se acabó el negocio, o los próximos en caer al agua seréis vosotros». Los denunció y logró que los expulsaran, aunque aquello le costó un balazo en Cuba del que, por fortuna, sobrevivió. Lucas nunca permitió que se asesinara impunemente a nadie. Mis oyentes guardaron silencio, tan impresionados como lo estuve yo al conocer la talla de aquel hombre.

  Advertí que Rainiero había regresado en silencio, acomodándose detrás de los invitados sin ser visto. Al oírme, asintió con gravedad:

—Tienes toda la razón, Alba. Lucas es un hombre excepcional y sus hijos son nobles; se puede decir que es alguien con la cabeza muy bien asentada sobre los hombros.

—Tendrá la cabeza sobre los hombros —comentó Pablo con sarcasmo—, pero por lo que hemos oído, también la tenía puesta en intereses ajenos.

—Es usted muy agudo, joven —replicó el Teniente, cuya expresión se endureció de inmediato—. Espero que pueda demostrar tal acusación.

  Pablo guardó un silencio altivo, como si no debiera explicaciones a nadie. Para suavizar la tensión, intervine rápidamente: —Rainiero, ¿recuerdas qué emocionante fue cuando entraste en casa de Lucas con mis padres? Él sonrió, suavizando el gesto: —Estabas radiante, Alba, no sabías ni qué hacer de la alegría.

—Fue inolvidable para todos —añadió Flavia con un suspiro—. Solo lamento no haber conocido a aquel matrimonio para agradecerles en persona todo lo que hicieron por ti.

—¿Y cómo es que no fuiste a su casa, Flavia? —preguntó Ymelda con suspicacia.

—Porque se marcharon de viaje justo el día después de entregar a la niña —respondió mamá. Acto seguido, nos dedicó un guiño enigmático y se retiró al interior, seguida por Águeda e Ymelda.

  No entendí aquel gesto, pero el cansancio me venció.

  Necesitaba estar sola, así que me interné en el jardín, rechazando la compañía de Pablo. Allí, las lágrimas brotaron sin control; era el desahogo de años de ansiedad. Sentía un deseo irreprimible de volver a Carnota. Recordé cuántas veces corrí hacia aquella puerta para encontrar solo silencio. ¿Por qué huyeron? ¿Por qué confiar un tesoro así a una desconocida de un solo día? Las respuestas gritaban por salir, y supe que Rainiero debía acompañarme. Entré por la puerta de servicio, robé una galleta a la cocinera y, en mi cuarto, preparé una pequeña maleta de piel que oculté bajo la cama. Al bajar, me crucé con una Lidia atareada por la marcha de los condes. En la biblioteca encontré a Calixto: —He oído que se marchan —le dije—. Ha sido un fin de semana muy corto.

—Lo lamento, Alba, pero un negocio urgente reclama mi atención —se disculpó Calixto—. He acordado con tus padres que el próximo fin de semana saldremos todos en el yate para visitar ese pueblo del que nos has hablado. Tu ayuda como cicerone será imprescindible.

—¡Es una idea estupenda! Con mucho gusto les acompañaré —aseguré, forzando una sonrisa que no llegaba a mis ojos.

—¿Adónde, querida? —preguntó Ymelda irrumpiendo en la sala. Tras recordárselo, insistió en que trajera a mi «encantador novio». Asentí, sabiendo que mis planes eran otros.

  Mientras Fabián cargaba el auto y los condes se perdían en la distancia, la casa recuperó un silencio sepulcral. Mis padres y Águeda se retiraron, y los hombres buscaron la pista de tenis. Era mi momento. Con el servicio distraído en sus tareas, levanté el auricular. La voz del ayudante respondió al otro lado.

—¿Póngame, por favor, con el Teniente Rainiero de parte de Alba Herrera? Gracias.

—Un momento, señorita Herrera.

  Escuché la voz amortiguada de Tomás anunciando mi llamada antes de que el clic del auricular me pusiera en contacto directo con su despacho.

—¿Sucede algo, Alba? —preguntó Rainiero con una mezcla de curiosidad y preocupación.

—Quiero hablar contigo, pero en persona. Tengo algo que proponerte —respondí, bajando instintivamente la voz.

—¿Qué te parece en «El Plata»? —sugirió él, suavizando el tono—. Podríamos tomar esos bollos rellenos de chocolate que tanto nos gustan.

—Está bien. ¿A las cinco?

—Perfecto. Allí estaré, Alba.

  Tras colgar el auricular al unísono, el tiempo se aceleró sin que me diera cuenta. Pablo y los demás regresaron de la pista de tenis; se oían sus risas y conversaciones mientras se cambiaban sus ropas blancas por algo más cómodo para el almuerzo. Yo me quedé junto al teléfono, perdida en mis pensamientos. Aunque no tenía apetito, sabía que debía comer para no levantar sospechas. Me senté entre Jaime y Pedro, casi por inercia, ignorando que Pablo me había reservado el sitio a su lado. La mirada que cruzaron ambos hombres fue gélida. Pablo, incapaz de disimular su ira, apenas probó bocado y terminó levantándose bruscamente. «Excusadme, tengo que salir», dijo mientras arrojaba la servilleta al suelo con desprecio. Supe que mentía, pero no podía dejarle marchar así; necesitaba que me llevara a la ciudad para mi cita con Rainiero.

—Pablo, cariño, antes de irte... ¿podría hablar contigo?

  Se detuvo en seco y me dedicó una sonrisa cargada de ironía. Salimos al vestíbulo y le pedí que me llevara a la ciudad. «Te espero en el auto», respondió con voz dubitativa. Tras avisar a mi madre, subí al vehículo, pero el silencio que nos rodeaba era ensordecedor. Pablo descargaba su furia sobre el acelerador; el coche rugía y parecía que en cualquier curva saldríamos despedidos. Asustada por el peligro, le exigí que parara. En cuanto los neumáticos chirriaron sobre el arcén, me encaré con él:

—Me gustaría que fueras sincero. ¿Qué te he hecho para que me trates así?

—Tus palabras me hacen gracia, Alba —escupió con amargura—. ¿Ahora te preocupa lo que me pasa? Llevas dos días coqueteando con ese mequetrefe delante de mis narices y ¿aún te atreves a preguntar?

—No es para tanto, Pablo —dije tratando de calmar las aguas—. ¿Por qué no te fijas en tu actitud? Él es solo un invitado de mis padres, pero tú... tú eres mi amor. No ese «mequetrefe», como tú lo llamas.

—¿De verdad, Alba? ¿Aún soy tu amor? —preguntó con una vulnerabilidad que me desarmó.

—¿Aún lo dudas?

—A veces sí. Estás tan misteriosa... Ya no me cuentas lo que sientes. Antes compartías todo conmigo, pero desde hace un tiempo te has cerrado. El secreto del broche me hizo dudar de si era importante para ti o si solo era un pasatiempo en tu vida.

—No seas dramático —le pedí con suavidad—. No es fácil romper el hábito de guardar secretos por temor a que se burlen de ellos. Dame tiempo, te prometo que lo intentaré.

—Te comprendo. No creas que mis celos son posesivos; solo necesito que haya comunicación entre nosotros. Quiero que cuentes conmigo antes que con cualquier otro. Sé que has quedado con Rainiero, tu cara te delata, pero confío en ti. Perdona mi comportamiento, me he portado como un tonto y lo reconozco.

—Oh, Alba... —susurró él. Tomó mi rostro entre sus manos y nos fundimos en un beso cargado de toda la urgencia del corazón. No pasó mucho tiempo antes de que nos entregáramos al amor. Sus besos, tímidos al principio, me resultaban más dulces que el trinar de los pájaros; su piel, suave como el terciopelo y perfumada de lirios frescos, convirtió aquel momento en algo eterno. Al terminar, felices y extasiados, nos miramos comprendiendo que el tiempo de la simple amistad había caducado para dar paso a un amor absoluto. Me deleité en él como nunca antes, hasta que la realidad se impuso.

—¡Atiza! ¡Que no llego! —exclamé, enderezándome de golpe en el asiento. Me arreglé la ropa a toda prisa, todavía con el corazón acelerado; con suerte, llegaría justo a tiempo. Pablo arrancó el coche y emprendimos el viaje de nuevo. El trayecto se nos hizo corto entre risas y algún chiste, hasta que, casi sin darnos cuenta, las luces de la ciudad nos dieron la bienvenida.

—¿Dónde te dejo, cariño? —me preguntó Pablo.

—En «El Plata». ¿Podrías recogerme aquí a las siete? Me encantaría que cenáramos juntos —le propuse. Él asintió, feliz con la idea de volver a estar a solas. Tras un beso de despedida, observé cómo su coche se perdía entre los edificios.

  Entré en el local, disfrutando de ese ambiente a la antigua usanza. El joven Andros, cuya memoria para los nombres era encomiable, me saludó con la cortesía de siempre y me condujo a la mesa de Rainiero. En un abrir y cerrar de ojos, regresó con la especialidad: esos bollos rebosantes de chocolate y nata. Andros me hacía sentir como en casa, con la misma atención delicada de nuestro mayordomo. Una vez nos dejaron solos, Rainiero se inclinó hacia delante e inquirió con una media sonrisa: —Bueno, tú dirás, jovencita. ¿Qué era eso tan urgente que querías proponerme?

—Te lo diré con una sola palabra: Carnota.

Noté cómo las facciones de Rainiero se endurecían. —No quiero pensar que planeas ir antes del próximo fin de semana —aventuró con preocupación.

—¡Acertaste! Quiero estar allí antes de que lleguen los demás. Ahora sé dónde está el broche y necesito recuperarlo; ha estado escondido demasiado tiempo. Si no puedo tener a Juan y a María conmigo, me conformaré con traer su regalo a casa.

—Alba, ¿estás segura? —suspiró él—. Me parece bien que busques el broche, pero si albergas la esperanza de encontrarlos a ellos... te lo digo de antemano: no vayas con esa ilusión.

—¿Por qué siempre me dices eso? —le espeté, sacando un objeto del bolso—. ¿Qué sentido tiene entonces esta talla que encontré en la habitación de mis padres?

Se la entregué y vi cómo su mirada cambiaba. —¡Interesante! —murmuró—. ¿Dónde dices que la hallaste?

—En el cuarto de mis padres. Es la talla que Juan estaba haciendo en el jardín, pero está terminada y dedicada a mí. Si mis padres nunca llegaron a conocerlos, ¿cómo llegó hasta allí? Esto me dice que están cerca, Rainiero. Esta vez sé que los voy a ver.

—Juan y María no pudieron poner esa talla allí, Alba —sentenció Rainiero con una gravedad que me heló la sangre—. Ha llegado el momento de que sepas por qué nunca pudiste encontrarlos: los hallaron muertos dos semanas después de tu partida, en la hendidura de una peña, con sus pertenencias esparcidas a su alrededor. Como Lucas participó en el rescate, solo cabe pensar que él encontró la pieza y se la entregó a tus padres. Siento ser tan drástico, pero seguíamos las órdenes de tu médico para proteger tu salud mental. Si aún tienes dudas, telefonea a casa.

  Me quedé petrificada, pegada al asiento como una lapa a la roca fría. ¿Muertos? ¿Por qué de esa manera tan terrible? Mientras el mundo se desmoronaba, Marina gritaba en mi interior con una fuerza sobrenatural: «¡El broche! ¡El broche de la piedra del cielo!». ¿Qué relación tenía aquel objeto con su muerte? Necesitaba respuestas. Le hice una seña a Andros y, con su eficacia habitual, me trajo el teléfono. Al otro lado del hilo, la voz de Fabián respondió de inmediato.

—Fabián, por favor, ponme con mi madre —le pedí, tratando de que mi voz no temblara.

  Escuché los pasos apresurados de mamá. Llegó al teléfono sofocada, asustada por la urgencia del recado. Fui directa al grano: le pregunté por la talla de madera dedicada a Marina que estaba en su coqueta.

—¡Ah! Era eso, hija —respondió aliviada—. Fue el viejo Lucas. La encontró y la mandó para ti, pensando que te ayudaría a recuperar la memoria. La dejé allí para no olvidarme de dártela, pero con el ajetreo del aniversario se me pasó. ¡Menos mal que la encontraste tú! Casi le doy una reprimenda a Lidia pensando que la había perdido.

  Colgué tras inventar la excusa de mi cena con Pablo. Rainiero me miró con una mezcla de triunfo y fastidio. —Ese viejo... —gruñó—. Le encanta meterse donde nadie lo llama. Está claro que Lucas ha tenido esa talla guardada todos estos años.

—Tal como dijiste, fue Lucas —asentí, asimilando la traición de mi viejo amigo.

—Escondió pruebas —masculló Rainiero con el rostro encendido—. Siempre sospeché que se había quedado con la talla, pero lo negó sistemáticamente. La desaparición de evidencias es un asunto serio, Alba; puede ser el detalle que transforme un suicidio en un asesinato. Ya nos habríamos encargado nosotros de entregar sus pertenencias a la familia cuando se esclarecieran los hechos.

—Ha pasado demasiado tiempo para reproches —le interrumpí—. En lo que a mí respecta, me alegra que llegara a mis manos, aunque fuera a espaldas de la ley.

—No te preocupes. A pesar de mi enfado, Lucas sigue siendo un buen amigo y sé que lo hizo por ayudarte. Pero te seré franco: el caso se cerró como suicidio por falta de pruebas, aunque yo nunca estuve convencido. Mis superiores se negaron a gastar el dinero de los contribuyentes en una pareja que todos consideraban inofensiva. Pero siempre me ha rondado la misma pregunta: ¿quién podría querer deshacerse de ellos?

—Eso es lo que me atormenta, Rainiero. ¿Y si el broche fuera el motivo? María me lo dio como si fuera una sentencia, suplicándome que nadie lo viera. Quizás alguien fue a por él, ellos se negaron a entregarlo y, en un arranque de desesperación, los mataron para luego arrojar sus cuerpos a las peñas. ¡No quiero ni imaginarlo!

—¿Qué te pasa, Alba? Estás pálida, estás temblando...

—Es Marina —respondí con un hilo de voz—. Mi subconsciente os ha escuchado. ¡Ella lo sabía todo! Por eso tenía miedo a recordar; por eso pasé años con un pánico atroz a que una sola gota de agua salada tocara mis pies. Pablo tenía razón: antes era valiente, pero ahora no me atrevo ni a pisar la arena. Marina percibe el asesinato, no el suicidio. Ese es el muro que el psiquiatra no podía derribar. Ella intenta protegerme del peligro, pero al mismo tiempo, sus gritos exigen que se descubra al culpable.

—Lo que dices tiene sentido —asintió Rainiero—. Lucas y yo siempre nos alejábamos para que no nos oyeras, pero el subconsciente es un guardián implacable. Si Marina te bloqueó, es porque presintió un peligro mortal. Esto cambia las cosas; ahora tengo una base real para pedir que se reabra el caso. Pero dime, Alba, ¿quién queda en la casa?

—Los condes se marcharon por negocios, pero volverán el fin de semana —respondí.

—Escúchame bien: regresa ahora mismo. Observa a los invitados, fíjate en quién sigue mostrando interés por el broche. Ve a Carnota si es necesario, pero nunca sola; lleva a alguien de absoluta confianza. Y pase lo que pase, comunícate conmigo antes de partir. Necesito todos los cabos atados. Si recuperas el broche, ponlo a buen recaudo de inmediato. Prométemelo, Alba.

—Siempre he seguido tus consejos, Rainiero —le aseguré—, pero piénsalo: si hubo un asesinato, el hecho de que yo saque el broche de su escondite obligará al culpable a dar la cara. Se delatará al intentar ir por él, ¿no crees?

—Lo que sugieres es peligroso; yo mismo me encargaré de que tengas protección —sentenció Rainiero.

—¿Por qué no vienes tú? —le propuse.

—Tengo un caso entre manos y mi jefe jamás me permitiría desplazarme a Carnota. Pero mantenme informado; ante cualquier urgencia, estaré allí.

  Me despedí de él con un beso en la mejilla y salí a la calle. Caminé un rato, distrayéndome con los escaparates de Zara hasta que vi aparecer el coche de Pablo, puntual como siempre. Al subir, nos fundimos en un beso apasionado que disipó momentáneamente las sombras. Al separarnos, vi que quería decirme algo, pero me adelanté.

—Pablo, necesito pedirte algo muy importante.

—Pide por esa boquita que me vuelve loco —respondió—. Si está en mi mano, cuenta con ello.

—Me dijiste que acudiera a ti si necesitaba ayuda. Pues bien, la necesito ahora. Quiero ir a Carnota antes que los demás. ¿Me acompañarás?

—¿A qué viene eso? Sería mucho más emocionante ir en el yate, como una luna de miel anticipada.

—Necesito una respuesta, Pablo. ¿Vienes o no?

—Te di mi palabra y cumpliré, aunque sé que me pesará.

—No te preocupes —le tranquilicé—. Piénsalo así: estaremos los dos solos, sin Jaime.

Pablo sonrió; la idea de perder de vista a Jaime Fernández parecía haberle devuelto el buen humor.

—Pensaba llevarte a un restaurante nuevo, pero si partimos hacia Carnota mañana, será mejor volver a casa y descansar —sugirió.

—Te lo agradezco —respondí—. Hoy ya he tenido mi dosis de emociones.

  Al llegar, mientras él aparcaba, puse en marcha mi plan. Subí a mi cuarto, rescaté la maleta de debajo de la cama y la arrojé por la ventana hacia el jardín. Bajé por la escalera de servicio, la oculté tras unos arbustos y regresé al interior para buscar a mi madre.

—¡Mamá! ¿Puedo pasar? —pregunté tras llamar a su puerta.

—¡Claro, hija! ¿Cómo está Rainiero? —me soltó con su agudeza habitual.

—No se te escapa una... Está bien, tan eficiente como siempre. Mamá, Pablo y yo queremos irnos mañana a Carnota para prepararlo todo. Queremos que sea una sorpresa, pero necesito que me cubras con papá para que no se entere nadie más.

—Es una buena idea —asintió ella—. No te preocupes, yo manejaré a tu padre. Vete tranquila, hija; yo te cubriré.

  Sabía que mi madre se encargaría de todo. Bajamos juntas al salón y, al entrar, Jaime volvió a mostrarse interesado en que continuara con el relato del broche. Me negué; su insistencia me resultaba ya casi morbosa. Me quedé absorta observándolo mientras conversaba animadamente con mi padre. No lograba entender por qué mi mente me devolvía la imagen de aquella figura que divisé a través de la ventana días atrás; un detalle que, por cierto, había olvidado mencionar a Rainiero. Ambos tenían la misma estatura, y estar cerca de él me produjo un escalofrío que recorrió toda mi espalda. De pronto, las imágenes regresaron: el chico de la foto, aquel que abrazaba a Juan y María... ¿Quién sería? Me estremecí, pero sabía que quedarme allí embobada no serviría de nada. Me excusé antes de la cena y salí al corredor para interceptar a Fabián.

—¡Espera, Fabián! —lo detuve—. ¿Podrías decirme si alguien más salió de la casa, aparte de Pablo?

—Déjeme pensar... ¡Ah, sí! El señor Álvarez salió en su auto con su amigo, el señor Fernández. Nadie más. ¿Desea algo más, señorita?

—Sí, dile a Lidia que suba a mi cuarto, por favor.

  Me deseó un sueño reparador y se retiró. Justo cuando ponía el pie en la escalera, Pablo apareció para decirme que se quedaría a dormir para velar mis sueños; recogeríamos sus cosas más tarde. Le di un beso y subí. Lidia no tardó en aparecer, con esa expresión de quien guarda un secreto a voces. A pesar de su fama de cotilla y de sus eternas disputas con Fabián, esta vez me alegré de su tendencia a meterse en camisas de once varas. Se quedó en el umbral de la puerta entreabierta y murmuró: —Señorita Alba, dijo Fabián que me necesitaba...

—Pasa, Lidia, no te quedes ahí. Quería preguntarte si aún te gusta aquel vestido estampado... Si es así, te lo regalo.

—¡Ay, sí, señorita! ¡Muchas gracias! —exclamó con los ojos brillantes—. Ese vestido siempre me ha gustado; con él puesto pareceré una mujer de clase, como usted.

—La ropa no lo es todo, Lidia. Lo más importante es la belleza interior, y para eso no hace falta dinero.

—Ay, en eso tiene razón. Si yo le contara... —soltó ella con un deje de misterio.

—¿Contarme qué? —le pregunté, sintiendo un vuelco en el corazón—. ¿A qué te refieres?

—Pues a que las personas no siempre son lo que aparentan, señorita. Perdone mi manía de escuchar tras las puertas; sé que debo mejorar, pero usted es tan buena que espero que esta vez lo pase por alto.

—Que sea por esta vez —le exigí, incapaz de ocultar mi intriga—. Pero, por favor, Lidia, ve al grano y dime de una vez por quién lo dices.

—Pues verá, señorita —empezó Lidia en un susurro—. Después de que el señor Álvarez y su amigo se marcharan, su padre se quedó con sus sellos y su madre en la terraza con la señora Águeda. Yo estaba limpiando cerca y, como la puerta estaba entreabierta, las oí perfectamente. Hablaban de los Condes. ¡Resulta que las apariencias engañan! La señora Águeda le confesó a su madre que no tienen dónde caerse muertos; viven de pura fachada. Han derrochado su fortuna en una vida de frivolidades y solo les queda el título. Por lo visto, el Conde fue a pedirle ayuda al señor Álvarez para su empresa, ofreciendo las pocas joyas familiares que les quedan. A su marido le dio pena tanta decadencia y les prestó el dinero. Águeda cree que se marcharon tan deprisa por pura vergüenza al verse descubiertos. Su madre decía que ella haría lo mismo, y que ahora, con lo del viaje en yate, lo más seguro es que llamen inventando cualquier excusa para aparentar que todo va bien.

—Pero aún hay más... —insistió Lidia, bajando aún más la voz—. Hablaron de ese chico que vino con ellos.

—¡De Jaime! —exclamé con desdén—. ¿Qué podrían decir de él? No creo que su vida tenga el menor interés.

—Bueno, si no quiere que se lo cuente, me retiro —dijo ella, haciendo ademán de irse.

—¡No, cuéntamelo! Si eso te hace feliz, soy toda oídos.

—Pues verá... la señora Águeda comentó que Jaime era un buen partido para usted. Dijo que era trabajador, rico y de buena familia, a diferencia de su novio, al que llamó «aprovechado». Aseguró que ese muchacho le conviene y que, por lo visto, él está muy interesado en usted.

—¡Conque esas tenemos! —sentencié con la sangre hirviendo—. ¡Pues me van a oír esas dos!

—¡Por favor, no se enfade, señorita! Me buscará un problema si se entera su madre —suplicó Lidia—. Además, no debe preocuparse; él ya tiene novia. La señora Águeda le confesó a su madre que ese tal Jaime quería que la convencieran para que le vendiera su broche, ese que tiene guardado, para regalárselo a su prometida, que adora las antigüedades.

—Tranquila, Lidia, no le diré nada a mamá —la calmé—. Pero ten cuidado; no dejes que te sorprendan escuchando tras las puertas.

  En cuanto Lidia salió, me sumí en mis pensamientos. El interés de Jaime, su repentino viaje a la ciudad, el hecho de que fuera precisamente él quien lograra que yo recordara lo que Marina me había ocultado durante años... Todo estaba conectado. Sentía que tenía el hilo en la mano, pero el ovillo era demasiado complejo para desenredarlo aquí. Las respuestas estaban en Carnota, y estaba dispuesta a descubrir si las sospechas de Marina eran ciertas.

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