SIPPARA
Palacio de la Luz, Norte. Torre Cuarta Luna
Es casi irreal cómo el tiempo puede reescribir una vida. Hace apenas una luna, mis manos estaban curtidas por el esfuerzo; hoy, habito palacios de mármol como hija de una reina, rodeada de siervos y perdiendo la mirada en la opulencia de la ciudad más grande de la tierra.
Amanece, y mi cuerpo aún espera el llamado del campo, esa hora en que el sudor precedía al descanso bajo el sol. Pero en este lugar, la noche es un espejismo que se desvanece bajo el fulgor de diez mil lámparas de aceite; aquí, el tiempo no se mide en jornadas, sino en festines. Regreso de un banquete donde el júbilo no conoce fin, pero antes de que el sueño reclame mis ojos, mis manos deben trazar la crónica de estos fatídicos días que cambiaron mi mundo.
Anú me dejó a mi suerte entre los cipreses, vagué en soledad por la ribera de un río que, engrosado por la tormenta, huía entre remolinos con una prisa violenta. El aire, saturado de una electricidad inquietante, azotaba el follaje hasta convertirlo en un aleteo desesperado. Entonces, rasgando el viento, emergió la voz de Nilsun desde la avenida:
—¡Ehola, ven, hija mía!
Al acercarme a la vivienda, una escena increíble se desplegó ante mis ojos. Parecía una de aquellas ilustraciones de los antiguos manuscritos sobre la Historia del Rey Irad —el monarca más célebre de la Tierra de Nod—, y tuve que esforzarme para no creer que habitaba un sueño. De forma inexplicable, reconocí objetos que jamás había visto antes y los nombré uno a uno. ¡Qué prodigio fue aquella primera visión, revelada bajo la nitidez del sol matutino!
A la entrada de nuestra casa se alzaba un gran carro dorado con dosel, forrado y acolchado con una tela suave, pálida y brillante. Atados al carro real había seis elefantes blancos con arneses y adornos escarlata y dorados. Montado a lomos de cada enorme bestia iba un enano negro vestido de rojo, sosteniendo un bastón guía en la mano. Delante y detrás, un grupo de hombres gigantes, también vestidos de escarlata y negro, con plumas en la cabeza, estaban dispuestos en formación de batalla. Estos debían ser los terribles seres de los que me había hablado mi padre, Enkidus, los descendientes gigantes de estirpe divina, de una belleza tan vasta como perturbadora.
Un escalofrío me recorrió el espinazo, obligándome a buscar refugio tras la sombra de Ufi y Anú. Allí destacaba mi madre, envuelta en un velo etéreo que, lejos de ocultar, revelaba una túnica alba ceñida con exactitud magistral. Pero no era lino lo que vestía; su brillo delataba una fibra iridiscente —un oleaje de azul y plata— idéntica a la que portaba aquel señor Ufi, quien aguardaba mi llegada con una mezcla altiva de soberbia y desazón.
—Ehola — ¿No quieres venir con nosotros? —preguntó mi madre, con un rastro de amarga censura en la voz.
Sobrecogida, pero con el temple forjado en la furia, mi propia voz me resultó extraña al sentenciar:
—Nuestro jardín es ahora un lodazal, el rayo ha calcinado nuestros árboles y no queda rastro de los camellos ni las vacas. Con mi padre y el fiel Darki arrebatados por la muerte… ¿Cómo pretendéis que os siga, madre? ¡Que Eloah me guarde de tal deshonor!.
Un chiflido amenazante escapó de los gigantes ante tal declaración. Ufi, con el rostro desencajado por el odio, apretó los puños antes de lanzarse a desenvainar, pero Anú fue más rápido. Su brazo se extendió como una barrera infranqueable. Con la voz cargada de un mando absoluto, sentenció:
—Mi señor, la doncella me pertenece.
Un vuelco de emoción me sacudió el pecho. Era como si Leemon, sin palabras, me estuviera infundiendo una urgencia inapelable: algo crucial aguardaba por mí. —Denme un momento para prepararme, os acompañaré.
Me precipité al estudio para salvar, con ayuda de Nilsun, el legado de Aleemóm: manuscritos, útiles de escritura y el cilindro de amatista que aún guardaba el eco de mi último regalo. Cubrimos la cesta con una tela de lino y la entregué a la custodia de los enanos negros. En ese instante, la realidad del abandono me nubló la vista. Me despedí de cada rincón querido, del agua y de la tierra, pero sobre todo, fijé mi última mirada en la tumba de mi padre, solitaria entre los troncos cortados. Aquella fue una despedida definitiva.
Regresé con el grupo que aguardaba; Ufi y Lebuda ya se habían acomodado en el carruaje. Nilsun y yo ocupamos nuestros asientos en un costado, mientras que Anu se situó enfrente por orden de Ufi. Los Enkidus se desplegaron con precisión, custodiando la vanguardia y retaguardia, pero manteniendo una estricta distancia de seguridad del carruaje real. Callados y sombríos, corrían con paso firme pero medido, cuidando de no provocar el desagrado del rey. La majestuosa comitiva partió sin contratiempos, algo asombroso dado que estábamos en la espesura del bosque. En ese momento comprendí el origen del estrépito nocturno: habían cortado los árboles para abrir un camino ancho por el que ahora avanzábamos con ligereza.
Durante unas horas, el paisaje circundante les resultó familiar: un bosque denso, árboles frondosos, pájaros, flores como las de la cueva. Pero de repente, una vasta llanura se abrió ante ellos, donde ningún árbol bloqueaba la luz del sol ni proyectaba sombras en el camino. A plena luz del día, mirando hacia los prados a lo lejos, las ciudades brillaban. Los trabajadores, bajo el sol, en los campos de maíz y viñedos, miraban furtivamente el paso de la carreta.
Caía la noche. Los elefantes de la flota habían liquidado en apenas un par de horas el trayecto que a Aleemon le tomó cuatro días. Ya estábamos cerca de Sippara; mientras avanzábamos, las voces de Ufi y Lebuda se alzaban en una charla seria, pero mis sentidos, cautivados por el paisaje cambiante, apenas registraban sus palabras.
Vagaba mi mente por los laberintos de un futuro incierto. Necesitaba liberar mi alma de recuerdos dolorosos una vez que la presión del mundo cedió. Sin embargo, la visión es imborrable: el cielo se ha poblado de huestes y la tierra de sombras errantes; la brisa susurra y el mundo natural parece hablar. Pese a todo —sea dolor o triunfo—, mi espíritu permanece impasible.
Entonces, una voz majestuosa, semejante al bramido del viento, clamó:
—No temas, pequeña; los Enkis carecen de poder sobre el alma justa y recta. Has entregado tu vida a la voluntad del Altísimo; mantente firme hasta el ocaso. El tiempo se aproxima.
Afloró entonces el recuerdo de la maravillosa liberación de mi pariente, y de cómo la fuerza de Anú se había convertido en su debilidad. Elevé una plegaria ferviente: ‘Eloah del Profeta, tú eres mi defensa’.
SIPPARA LA LUZ DEL SOL
Mientras los últimos hilos de oro se filtraban sobre el paisaje, cruzamos el barranco del monte Hermón —aquel lugar donde Aleemon se despidió de su hermano, el profeta—. Allí, con la mirada asombrada de una muchacha del desierto, contemplé por fin la magnificencia del valle y la ciudad de Sippara, el corazón latiente del imperio Ufi.
Sus torres y palacios de mármol refulgían como el oro bajo el ocaso. Entre palmeras, plantaciones de especias y jardines de helechos, las fuentes blancas y estatuas destacaban mientras las aguas centelleaban ante el sol poniente. Un murmullo confuso de gentes y carruajes recorría las calles empedradas, fundiéndose con el perfume que emanaba de la espesura. En el centro, un ancho río devolvía los tonos cálidos del firmamento, surcado por barcos de velas de seda. El aire, vibrante, se llenaba con el tañido de miles de campanas que la brisa agitaba, creando un zumbido tan musical y leve como el de las abejas al mediodía.
En la cumbre destacaba una edificación altiva con vistas a todo el horizonte. Se trataba de la Torre de Ufi; allí, según me contaron más tarde, el soberano observa los movimientos celestes y mantiene consultas secretas con sus aliados angélicos.
A la derecha de aquel edificio se erigía otro, aún más vasto y prodigioso: el glorioso Palacio de la Luz. Se alzaba sobre imponentes arcos de piedra dispuestos en forma de estrella, con un inmenso patio en su corazón. Tras las murallas que trazaban las puntas de la estrella, brotaban estructuras de mármol rosa, auténticos prodigios de belleza. Orientadas a los cuatro puntos cardinales, cuatro esbeltas torres recubiertas de oro parecían ambicionar el firmamento. Pero sobre todas ellas, en el eje central, se alzaba una quinta torre coronada por la monstruosa efigie de una serpiente alada. Cuando la brisa agitaba sus plumas, la criatura parecía cobrar vida alrededor del estandarte; sus escamas verdes y sus ojos de fuego centelleaban con una vitalidad aterradora.
A los pies de la Torre de Ufi, justo donde nacían los jardines flotantes, se extendía un lago de aguas quietas.
—Ese lugar —murmuró Nilsun con un escalofrío que recorrió todo su cuerpo— lo recuerdo amargamente. Es el Lago del Sacrificio.
El aroma de los árboles de especias nos recibió al entrar en la avenida que llevaba a la ciudad. Ufi redujo la velocidad, sometiendo la potencia sobrenatural de Enkidus al cansino ritmo de los elefantes. Incomodada por su mirada atrevida, busqué refugio en el paisaje; fue entonces cuando advertí, en la falda de la montaña, un grupo que me resultaba inquietante.
Se trataba de un hombre de porte digno escoltado por tres jóvenes que cargaban leña de los bosques espesos. Aproveché que se habían detenido a descansar para observarlos con detenimiento. El mayor, a todas luces el padre, era apuesto y de semblante serio, casi sombrío. Su barba y la singularidad de sus rasgos me oprimieron el pecho con recuerdos amargos, pues creí reconocer en él la viva imagen de mi amado padre.
Dos de los jóvenes ignoraron por completo la comitiva, pero el tercero, esbelto y majestuoso como una palmera, se apartó los rizos de la frente para observar la procesión real con una curiosidad vibrante. Al fijar la vista en el carruaje, su rostro se iluminó con el destello del reconocimiento e, incluso, hizo amago de seguirnos mientras nos alejábamos.
Aparté la mirada con las mejillas encendidas de rubor, pero... ¿por qué lo observaba con tal gravedad? ¿A qué venía esa ansiedad por un desconocido al que quizá no volvería a ver jamás y a quien, probablemente, olvidaría antes de cruzar las puertas de la ciudad?
Al entrar en el magnífico patio, con el sol declinando en el horizonte, una ráfaga de escarcha punzó el aire gris mientras cruzábamos el gran arco del muro sur. Pese a mi abatimiento, la arquitectura me sobrecogió: las esculturas polícromas parecían cobrar vida, rivalizando con los curiosos que se agolpaban en las inmediaciones. Sobre los senderos de mosaico, la sombra del carruaje se proyectaba imponente ante la multitud, que se arrodillaba entre vítores y ademanes de adulación al paso del monarca.
El carruaje se detuvo frente a la torre más majestuosa, donde aguardaba una corte jubilosa. Ufi tomó a Lebuda en brazos y ambos parecieron levitar sobre el suelo. Subieron la escalinata de mármol hasta desvanecerse en la inmensidad del salón iluminado. Les seguí sumida en la perplejidad. No hubo estrépito ni eco de pasos; solo un silencio roto por un siseo inquietante, similar al reptar de una serpiente.
A través de galerías interminables, donde columnas doradas sostenían el peso de techos abovedados, nos escoltaron hasta nuestros aposentos en la torre norte. Allí nos recibió un lujo casi irreal, con sirvientes prestos a adelantarse a nuestro más mínimo deseo. Las estancias de Lebuda desafiaban cualquier fantasía: en la residencia principal, la cúpula recreaba un firmamento donde el lucero del alba eclipsaba con su fulgor al resto de los astros.
Del centro del domo caían cortinas vaporosas que tamizaban la luz sin llegar a extinguirla. En los muros, cautivadoras escenas de guerra y caza narraban una gloria eterna; en cada relieve, la imponente figura del monarca se alzaba siempre victoriosa, emanando un poder absoluto que parecía vigilar cada rincón de la estancia.
En la pequeña sala de banquetes, los relieves de los muros retrataban las celebraciones más licenciosas y disolutas de los Enkis. Aunque aquellas escenas resultaban perturbadoras, la mesa ofrecía un contrapunto de frescura, con flores y frutas rebosantes en cestas de oro.
La estancia evocaba un jardín de rosas. Allí, la figura majestuosa y voluptuosa del "Portador de Luz " aparecía reclinada bajo el cobijo de las enredaderas o deambulando por senderos en compañía de una mujer; una figura cuyos rasgos reproducían, con inquietante fidelidad, la belleza de Lebuda.
El baño estaba revestido de nácar y el agua, en su fluir constante, exhalaba un aroma perfumado. Sobre el suelo de jaspe, liso y centelleante, las alfombras se extendían como praderas salpicadas de flores silvestres. Todo a mí alrededor vibraba con el color y la calidez de la vida; una claridad similar a la de la luna llena impregnaba aquel aire cargado de fragancias. Vencida por la fatiga del viaje, me despedí de mi madre —quien parecía radiante esa noche— y me retiré a la estancia contigua, dispuesta exclusivamente para mi descanso.
¡Qué contraste con los aposentos de mi madre! Los suyos eran puro color; los míos, sombríos, un reino consagrado al pensamiento y no a los sentidos. Aquí, las paredes y el techo de marfil pulido lucían intrincadas tallas de ramas, follaje, aves y mariposas. Largos espejos devolvían la estancia multiplicada y, para mi sorpresa, reflejaban mi propia imagen: una figura pálida, inmóvil, como sumida en un trance. Sobre el mármol azul grisáceo, de matices oníricos, se extendían alfombras de lana blanqueada. Los divanes invitaban al descanso, y en un pequeño nicho, una delicada mesa aguardaba con todos los útiles de escritura dispuestos para mí.
Una luz tenue se filtraba a través del alto techo, perfilando cada objeto con suavidad. Todo allí parecía un sueño de paz y pureza espiritual. Sobre el lecho, destacaba una inscripción de plata mate con incrustaciones de marfil:
—Descansa, dulce alma, en la casa del espíritu.
Un pensamiento me asaltó, casi como una advertencia para no sucumbir a la costumbre:
—¡Aquí podría descansar! Sin embargo, al observar con mayor detenimiento, noté que los caracteres empleados para “alma” y “espíritu” eran aquellos que denotaban una identidad personal. La frase decía, en realidad:
—Descansa, dulce Ehola, en la casa de tu Espíritu”. ¡Ah, Anú! Tu amor ha dispuesto esta bienvenida, pero bien sé que el hogar de un Enki jamás podrá ser un refugio de paz para Ehola.
En ese instante, el cansancio y la sensación de peligro se desvanecieron de mi mente, dejándome sumida en mis pensamientos durante largo tiempo.
En un extremo de la estancia, una alta cortina de encaje color marfil velaba una amplia puerta arqueada que se abría hacia un balcón. El aire en el interior se tornó repentinamente opresivo, cargado de una pesadez inexplicable; movida por un impulso, salí al encuentro del silencio de la noche.
Bajo mis pies se extendía un jardín de una belleza sublime: espesuras de árboles y parterres se entrelazaban con el césped, donde centelleaban jarrones de alabastro, mármoles y estatuas. Los surtidores de agua se elevaban brumosos, como espectros que se mecían al capricho del viento nocturno.
El paisaje permanecía en penumbra, roto únicamente por el resplandor de una fuente extraordinaria en el corazón del jardín: de ella, en lugar de agua, brotaban oleadas de fuego. Cuando las llamas estallaban con furia, su luz vibrante penetraba hasta lo más profundo del bosque; fue en esos destellos intermitentes donde distinguí una figura majestuosa avanzando por el oscuro sendero. Por su imponente estatura y su porte soberano, no tuve duda alguna de quién se trataba.
Aquel caminante solitario se detuvo, como si su atención se hubiera clavado en mí. Yo habría deseado pasar inadvertida, pero, en un parpadeo, él ya estaba a mi lado; se detuvo con una suavidad sobrenatural y me dijo:
—No temas, Ehola; ni uno solo de tus cabellos dorados sufrirá daño alguno, siempre que rehúyas el contacto indeseado de Anú. Alza la vista al firmamento de poniente. ¿Ves esa joya celestial que preside la noche? Es hermosa, pero palidece ante el brillo de tus propios ojos. Hubo un tiempo en que yo reiné allí, en una pureza dichosa, y hoy anhelo regresar a mi antiguo reino. He contemplado tu alma, mi lirio de luz, y me confieso hastiado de la tierra, de su bajeza y de su pecado.
Oh, amada mía, ¿eres tú mi amor eterno? Volaríamos a ese mundo radiante, dejando atrás la ignominiosa mortalidad de la tierra. Hoy renuncias al goce de los sentidos porque no temes al fin. Con un beso —el primero y el último— tu aliento será suavemente arrebatado; y así, con nuestras almas fundidas en un solo espíritu, ascenderemos a esa estrella. En ese reino eterno sobre la bóveda celeste, se oirá el eco: 'La hora del destino guía a Ehola'.
La figura majestuosa, de cabeza altanera ahora inclinada y voz seráfica vibrante —dulce como el viento que acaricia el arpa—, suplicó: ¡Ten piedad, Ehola!
Aquel dolor sacudió los cimientos de mi alma. Cercada por su tristeza, mi voluntad flaqueó ante el abismo de su mirada; sentí, una vez más, ese magnetismo arcano que casi me consume en la cueva. En un grito de angustia, buscando romper las cadenas de aquel sentimiento, clamé:
—¡Oh, Eloah! ¡Líbrame del dominio de este Enki! ¡Sálvalo de su propio abismo! ¿Por qué son tan tentadas las criaturas de Tu creación?
Entonces, una voz descendió de las alturas como un trueno:
—¡Para manifestar Su gran poder!. Aquellas palabras restauraron mi espíritu; pero, al alzar la vista, el Enki ya se había desvanecido en las sombras.
Me retiré a mis aposentos, donde permanecí cautiva de la angustia y el temor hasta que la noche se hizo profunda. Al fin, el silencio absoluto se filtró en mi espíritu, apaciguándome; la tormenta en mi pecho se tornó calma, y me dispuse, con la pluma en mano, a dejar constancia de las fatídicas aventuras de este viaje.
El peso ha caído sobre mi alma, mi corazón es como plomo, mis pasos vacilan, la discordia entra en la vida, intolerablemente larga. Sin embargo, en medio de la duda, escucho un suave susurro: «La sinfonía discordante, el acorde del suspenso, preludio de la armonía eterna».
Un peso abrumador ha caído sobre mi alma; siento el corazón como plomo y mis pasos vacilan, mientras la discordia se filtra en esta vida que se me antoja intolerablemente larga. Sin embargo, en medio de la duda, escucho… un suave susurro emerge del silencio: ‘La sinfonía discordante y el acorde en suspenso no son sino el preludio de la armonía eterna’.
Me informan que el enlace de Lebuda se postergará. Los ritos de purificación, la laboriosa confección de los ropajes y el adorno de los altares demandarán varios días de espera.
Este retraso es mi aliento; una chispa de esperanza en la oscuridad. Siento que los hilos del destino aún pueden entrelazarse de forma distinta y cambiar, por completo, el curso de las cosas. ¡Ay! ¡Cómo me ha encadenado todo cuanto ha acontecido desde la última luna!
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— Entrada y obra creadas por Abraixas.

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