Entramos en el patio de cristal bajo un resplandor radiante, acompañados por una melodía envolvente y la ovación cerrada de la multitud. Una comitiva de enkidus y un guardaespaldas ataviado de azabache nos guiaron hasta el centro de la tribuna, donde Ufi esperaba a su soberana con dignidad real. Al sentarse ella, radiante en su esplendor terrenal, el júbilo de los presentes retronó la imponente estructura. Instalado en una silla dorada en el primer peldaño, contemplé extasiado la arquitectura: una alta cúpula prismática sobre esbeltas columnas de jacinto y oro, y paredes de mármol calado que permitían el paso de una brisa nocturna siempre fresca.
Al contemplar el júbilo del pueblo, mi vista quedó prendada de una silueta bajo el dintel de un arco, su mirada fija me cautivó al instante. Alto, distinguido y solemne, aquel hombre vestido de blanco despertó un eco en mi corazón: era el joven de la montaña, el hijo del Profeta. Sentí la urgencia de hablarle; él era de mi propia sangre, un faro de pureza frente a la bajeza que nos rodea; alguien en quien finalmente podría confiar. Pero entonces, la duda me atenazó: ¿y si mis ojos me engañaban? ¿Y si Gurah se había equivocado sobre su naturaleza? ¿Y si yo no significaba nada para él, o peor, si despreciaba a la hija de la reina de Ufi. Aquellas dudas marchitaron mi interés por la fiesta; las hazañas de hombres y fieras, los bailes y los festines pasaron ante mí como sombras difusas. Mi alma estaba absorta en un dilema: ¿Me atrevería a hablarle? ¿Habría ternura en sus ojos para mí?
A medida que la noche avanzaba, mi mirada seguía anclada en la figura de blanco que aún destacaba en el umbral. Sin embargo, no era la única que observaba: Gar, el hijo predilecto de Ufi, me contemplaba con una devoción impertinente, asediándome con elogios que no eran sino ofensas disfrazadas. El temor me invadió y busqué desesperadamente una excusa para moverme; fue entonces cuando Anu, el maestro de ceremonias, se me aproximó. Con un tono cargado de melancolía y una humildad casi ensayada, susurró:
—¿Deseas retirarte ya?
Vacilé antes de responder, temerosa de que su compañía a solas entrañara un peligro mayor que el presente. Él debió de adivinar mi recelo, a juzgar por la sombría expresión que cruzó sus rasgos antes de dar una instrucción tajante a un eunuco:
—Velad por la princesa en cada uno de sus pasos.
—¡Ved cómo protege nuestro señor el objeto de su deseo! —siseó el Enkidu, recorriéndome con ojos lúbricos.
El fuego ardió en los ojos de Anu; con un ademán autoritario, fulminó a mi atormentador con tal fiereza que lo redujo al mutismo. Ante el temor de perder un segundo más, pedí al guardia que me sacara de allí. Crucé veloz entre la muchedumbre, ignorando las miradas soeces y los comentarios insidiosos. El aliento de la noche fue un regalo inesperado cuando, al fin, alcanzamos el umbral del jardín.
Busqué desesperadamente entre el juego de luces y sombras del jardín la figura del hijo del Profeta. La fortuna, o quizás el Shaddai, guio mis pasos cuando un tropel de bailarines invadió el patio cerca de la torre norte; el empuje de la gente me desplazó hacia el este, justo donde él se encontraba. Se apartó con cortesía para dejarme paso, manteniendo su aire solemne. Me senté en el balcón y sentí cómo la brisa pura de la noche me devolvía, poco a poco, el ánimo perdido.
La escena que entonces contemplé quedó grabada en mi memoria, indeleble en su contorno, color y esencia. La luna pendía baja en un cielo de azul profundo, mientras al este comenzaba a vislumbrarse el tenue rubor del alba. Las palmeras y las acacias susurraban secretos de la noche y del día venidero; los sonidos de aquella joya de palacio se fundían con un aliento de misterio. Se mezclaban allí la música y el rimo de los bailarines, las voces broncas de los gigantes y el tono servil de los hombres; la risa confiada de las mujeres hermosas, los acentos musicales de los inmortales y los suspiros de los esclavos, exhaustos y jadeantes.
El resplandor del salón y la cúpula iluminada, que se filtraba a través de paneles y arcos, junto al frescor del balcón proyectado sobre la terraza, se fundía extrañamente con el perfume de la noche tropical. La luz de la luna atravesaba los umbrales, pero era incapaz de disipar las siniestras sombras negras que se movían, silenciosas, por aquel paraíso de pecado. Al fondo de la terraza, recortadas contra la oscuridad y bajo el resplandor que emanaba del arco, se distinguían unas figuras inmóviles; y allí, como un ángel de luz en medio de la gloria, destacaba el desconocido vestido de blanco. Sus ojos se encontraron con los míos en una súplica muda, mientras extendía su mano hacia mí.
Me embargó la certidumbre de que aquel instante era único e irrepetible, era la cima dorada de mi destino, una joya a punto de desvanecerse en el abismo del olvido. Ante el riesgo de perderla para siempre, mis defensas se quebraron. Ignorando el acecho de las miradas inquisidoras y el peligro que pendía sobre nosotros, desterré toda vacilación y le ordené avanzar. Con paso solemne pero cargado de mansedumbre, el joven se aproximó, irradiando una serenidad tan vasta que mis miedos se evaporaron como el rocío ante el sol.
—Alteza Real, hija de la soberana: me llamo Jafet, vástago del profeta. Aunque nos separan los abismos de la jerarquía humana, la pureza de vuestras facciones, la humildad de vuestro porte y vuestro manifiesto desdén por el fasto de esta gala me asegura que nuestras almas no son extrañas. Quizás os asombre mi presencia voluntaria en este festejo que otros habitan solo por mandato. Sabed, princesa —y perdonad este arrojo— que desde que vuestra imagen me cautivó en la carroza real de Ufi, a vuestro paso por Sippara, la sola esperanza de hallaros ha sido el faro que me condujo a este palacio, empujándome a participar en un estrépito que mi espíritu rechaza. No osaba soñar con dirigiros la palabra, más ahora que el destino nos concede este encuentro, una multitud de anhelos aguarda bajo vuestra gracia.
Bajo la luz dorada de aquel encuentro, rompí el silencio con una confesión que alteraría el curso del destino. “¡Hijo del profeta!”, exclamé, permitiendo que la verdad fluyera finalmente de mis labios. Te confieso que, a pesar de mi linaje real, mi sangre pertenece a Aleemón, el sabio de Sippara; aquel hombre de conocimiento que era hijo de Lamec y hermano del propio Noé.
Al escuchar aquel nombre, una alegría desbordante iluminó la mirada de Jafet. La distancia que los separaba, dictada por el protocolo y el respeto, se desvaneció en un instante. Conmovido hasta la médula, se me acercó con la urgencia de quien recupera un tesoro perdido. “¡Princesa, entonces sois mi prima!”, exclamó con voz trémula, reconociendo en mi a la hija de aquel Aleemón a quien tanto tiempo dedicó a buscar.
Al tomar mi mano, un estremecimiento recorrió el cuerpo de Jafet, una descarga de emoción que desató las palabras contenidas en su alma. Como si de cantos celestiales se tratara, su voz se elevó para confesar que mi rostro era la viva imagen de sus sueños, el cumplimiento exacto de una profecía que latía en su corazón y la promesa cumplida de los cielos.
Con una vehemencia que no buscaba disculpas, pero que las pedía por pura entrega, Jafet me confesó que la espera había sido tan larga que su vida pasada se le antojaba ahora un sueño difuso. En aquel breve instante, frente a mí, sentía que finalmente despertaba a la verdadera realidad.
A pesar de que mi corazón latía con una fuerza que amenazaba con traicióname, logré contener el torrente de mis emociones. Con un susurro cargado de urgencia, reconocí que aquel hallazgo de mi propia sangre me brindaba una felicidad indescriptible; sin embargo, la sombra del peligro acechaba en los rincones del palacio. Sentía la mirada de Anu como un peso sobre mis hombros; comprendí que la noche no era nuestra aliada y que debíamos sepáranos de inmediato.
La angustia se apoderó de Jafet ante la idea de verme partir. En un ruego desesperado, me suplicó que abandonara aquel lugar y buscara refugio en el hogar de sus padres, donde la protección de los parientes Dred sería real. Con voz sombría, me advirtió sobre la ponzoña que se ocultaba tras el brillo de las paredes palaciegas: un nido de pecado y crimen donde la gloria era solo una máscara falsa. Para Jafet, permanecer allí significaba perderme en un abismo de irrealidad, a menos que un milagro interviniera en aquel sitio maldito.
Fue entonces cuando una luz divina me iluminó, revelándole el plan del Altísimo. Con la serenidad de quien ha comprendido su destino, calmé los temores de Jafet. Le aseguré que no debía temer, pues portaba una fuerza que superaba cualquier astucia o violencia de los Enkis y su estirpe. Con una promesa de reencuentro sellada por la fe, me preparé para lo que venía.
La paz del encuentro se hizo añicos cuando una súbita conmoción agitó el patio. El anuncio del retiro de la reina cortó el aire como un látigo, obligándome a actuar con rapidez. Con un gesto imperioso, pedí a Jafet que se fuese; él, con la agilidad de quien conoce las sombras, saltó la barandilla del balcón y se desvaneció en la oscuridad absoluta. Sin perder un segundo, llamé a mi guardia personal y emprendí el camino hacia la torre norte con paso firme y decidido.
Sin embargo, el destino me tenía preparada una última confrontación antes de alcanzar mi refugio. El hijo de Ufi, con la audacia grabada en la mirada, me cerró el paso. Tras una reverencia que destilaba sarcasmo, dejó escapar un susurro emponzoñado: comparó mi belleza con la de la reina, calificando mi andar como más grácil que la danza de Zulah. Con una mezcla de deseo y blasfemia, cuestionó el juicio de su padre al elegir a la madre sobre la hija, jurando que yo era un bocado digno de un dios.
Aunque reconoció que la presencia de Anu lo obligaba a retroceder momentáneamente, el hijo de Ufi lanzó una amenaza velada y feroz. Advirtió que, si Anu no lograba conquístame, él mismo me reclamaría. Mientras los grandes señores se perdían en cortesías delicadas, él, con la sangre de un Enkidu hirviendo en sus venas, dejó claro que no conocía la duda ni aceptaría la derrota.
El impacto de aquellas palabras brutales y la mirada envilecida del hijo de Ufi me calaron hasta los huesos. Crucé los pasillos sin mirar atrás, convertida en una ráfaga que nadie se atrevió a interceptar. Al fin, tras el estruendo de los portones de mi estancia, el aire asfixiante del palacio se rindió ante el refugio de mi propia soledad.
En la soledad de mi cámara, intenté ordenar el torbellino de los eventos nocturnos. Todo lo vivido —el reencuentro con mi sangre, las promesas de Jafet y la amenaza del Enkidu— flotaba en mi mente con la textura de una quimera, un sueño tan fantástico que amenazaba con erosionar mi propia identidad. En aquel laberinto de intrigas palaciegas, donde la verdad se filtraba entre sedas y oro, busqué un asidero al que al que aferrarme.
Mis ojos se posaron entonces en los manuscritos sagrados de mi padre, Aleemón. Aquellos pergaminos, depositarios de una sabiduría antigua y pura, se alzaron ante mí como un ancla de realidad. Al levantarme y observar los espejos que decoraban la estancia magnífica, la visión fue clara: no vi a una princesa de gloria falsa, sino a la joven del vestido sencillo, la habitante de la cueva. En ese reflejo innegable, recuperé mi esencia y la fuerza necesaria para enfrentar al destino que los cielos me habían trazado.
Entregada al agotamiento, me retiré a descansar bajo el peso de una premonición sombría: aunque un peligro había quedado atrás, otro más vasto y antiguo se perfilaba en el horizonte. En el interior de la estancia, la oscuridad era casi absoluta. Sin el consuelo de la luna, la luz de las estrellas apenas lograba dibujar siluetas fantasmales y manchas imprecisas sobre el mobiliario de lujo.
El sueño me alcanzó finalmente, llevándome lejos de mi cautiverio de seda y piedra. En mi mente, volvía a caminar por el bosque de cipreses, sintiendo el aroma de la resina y escuchando la voz de Aleemón, que se desvanecía dulcemente entre el murmullo eterno de las aguas. Era un refugio de paz, una vuelta a mis raíces que parecía eterna.
Sin embargo, la paz se quebró con la violencia de un presagio. Un escalofrío súbito, gélido y punzante, me recorrió la espina dorsal, arrancándome del letargo. No era el frío natural de la noche de Sippara, sino una ráfaga antinatural que parecía haber profanado la seguridad de mi alcoba. Abrí los ojos en la penumbra, con el corazón martilleando contra las costillas. Aquella helada no procedía del viento exterior, sino de una presencia invisible que se filtraba a través de los muros, una fuerza que ninguna piedra, por más gruesa que fuera, tenía el poder de contener.
El terror se materializó con la brutalidad de una pesadilla cuando el panel de la pared se deslizó hacia el abismo. De las sombras emergió la figura hirsuta de Gar; en un parpadeo, sus manos de gigante me apresaron, envolviendo mi cabeza entre las sábanas para sofocar cualquier aliento. Fui arrastrada como un fardo inerte a través de pasadizos secretos y escaleras en espiral que se hundían hacia las vísceras del palacio, hacia esas bóvedas inferiores donde el eco del crimen es ley.
Luché con la desesperación de quien se sabe condenado, pero mis gritos eran devorados por la tela y el silencio cómplice de los muros. En aquel nido de vicio, los lamentos eran ruidos cotidianos que no perturbaban el sueño de nadie. Sin guardianes que intervinieran, el Enkidu se lanzó en un descenso frenético y fatal, seguro de su presa.
Pero en el instante más oscuro, cuando la esperanza se desvanecía, la estancia se inundó de una luz astral cegadora. Un crujido seco resonó en el aire y los brazos de acero de Gar se quebraron como ramas secas. El monstruo, despojado de su fuerza y su equilibrio, fue proyectado hacia el pozo insondable. Sobre el escalón, emergiendo de la claridad divina, apareció la figura imponente de Anu. Su voz, cargada de una furia sagrada, restalló contra las piedras:
—¡Monstruo lujurioso, violador insaciable! —Rugió, haciendo temblar los cimientos—. ¿Osas intentar cosechar el fruto de la celestial Persea? ¿Pretendes disolver esta perla del Paraíso en la copa infecta de tu pecado?
Con la misma celeridad con la que el caos se había desatado, el orden fue restaurado por manos invisibles y poderosas. Anu me condujo de regreso, recorriendo el largo pasillo con una determinación silenciosa, hasta depositarme nuevamente en la seguridad de mi lecho. Su partida fue tan abrupta como su llegada; apenas un suspiro profundo después, el panel corredizo volvió a su lugar original, sellándose con el eco seco y definitivo de los cerrojos.
En un instante, la alcoba recuperó su fisonomía habitual, dejando fuera el horror de las bóvedas y la furia astral. Me vi rodeada una vez más por el silencio absoluto, la soledad y las sombras que ahora, lejos de amenazarme, envolvían mi estancia como un manto protector. Solo en ese momento, cuando el latido de mi corazón comenzó a acompasarse con la quietud del aire, sentí que el peligro inmediato se había disipado.
Aquella doble protección, la fuerza tangible de Anu y el legado espiritual de Aleemón, se entrelazó en mi pecho como un escudo invulnerable. Mientras el silencio reclamaba la estancia, mi alma se elevaba en una gratitud infinita; me sentía custodiada no solo por el poder del presente, sino por la sabiduría de mis ancestros. Con el eco de la voz de mi padre aun vibrando en mis recuerdos y el asombro por la intervención milagrosa de aquel ser celestial, la angustia se disolvió finalmente. En esa unión de sangre y providencia, hallé la paz necesaria para rendirme al descanso, sabiendo que, incluso en el corazón de las tinieblas de Sippara, no caminaba sola.
LA HECHICERA Y EL PROFETA
El descanso se prolongó hasta que el sol alcanzó su cenit. Fue el eco de una voz familiar tras la puerta —la de Gurah— lo que terminó por rasgar el velo de mi sueño y devolverme a la vigilia. Al escuchar mi nombre, le permití la entrada; ella avanzó con la intención de asistirme en los menesteres de la mañana, pero la extrema sencillez de mis ropajes, aquellos que guardaban la esencia de mi vida anterior, hizo que su ayuda resultara innecesaria. Tras una breve vacilación, observando quizás la extraña paz que emanaba de mi rostro tras una noche de tormento, Gurah volvió a tomar la palabra para romper el silencio.
Las palabras de Gurah rompieron el aire como un impacto seco, cargadas de una hiel que parecía haber estado contenida durante siglos. La mujer se acercó, y con una mirada donde el arrepentimiento luchaba contra la desesperanza, confesó:
—Ehola, llegué a creer que cualquier rastro de temor a Dios o compasión por mis semejantes se había secado para siempre en este corazón marchito. Pero tu presencia, dulce hija del desierto, ha actuado como un bálsamo doloroso; tu pureza me ha devuelto el recuerdo de los días en que yo también era inmaculada, antes de que la maldad del mundo me corrompiera.
Con la voz quebrada, revivió ante mí los tiempos en que se arrodillaba junto a su padre, el príncipe, para cumplir con el sacrificio diario. Habló de sus lágrimas sobre la tumba de un hermano perdido y de sus sueños juveniles de alcanzar la sabiduría de los antiguos. Sin embargo, la nostalgia dio paso a un doloroso interrogante al preguntarme sobre mi presencia en esta torre de sombras, el mismo sitio donde ella, cegada por la sed de poder, decidió renegar de su creador.
—Te quiero porque eres el reflejo de lo que una vez fui —continuó con un hilo de voz—, y me odio profundamente por aquello en lo que me he convertido. Quizá aún pueda huir de la caída que se avecina, pero ¿cómo podría ser restaurada? Para la hechicera de Sippara ya no existe la expiación; solo aguarda un final aterrador.
De pronto, una risa amarga rompió el hechizo del arrepentimiento. Gurah, como si fuera sacudida por una fuerza invisible, renegó de su propia debilidad: “¿Qué demencia me ha poseído para deplorar así mi suerte?”, exclamó con una mirada que recobraba su brillo siniestro. En un giro violento, llamó al brindis por el fin de la humanidad y por los placeres efímeros, instando a entregarse a los festines y a los lechos impregnados de fragancias.
De entre sus ropajes, extrajo una pequeña ánfora de jade translúcido y vertió unos cristales rojos, esféricos y densos como gotas de sangre, sobre el lustral donde ardían los aceites. El contacto con el fuego fue explosivo; los granos estallaron con el fragor de un rayo, liberando un humo acre y embriagador que transformó la atmósfera. La habitación se transfiguró: cada contorno se agudizó y la propia hechicera se convirtió en una visión de belleza absoluta y sobrenatural.
Aquel humo se retorcía en figuras danzantes que susurraban promesas de lujuria, mientras una música voluptuosa, nacida de la nada, hechizaba mis sentidos. En medio de aquel delirio sensorial, mis ojos vieron lo imposible: al poderoso Enki postrado, humillado en adoración ante mi propia imagen divinizada. El abismo se abría a mis pies, invitándome a la perdición del ego, pero mi voluntad, fortalecida por las enseñanzas de Aleemón, se impuso al engaño. Aturdida pero firme, logré escapar de la niebla hacia la terraza. Allí, el sol de mediodía y el aire puro actuaron como un bálsamo, devolviéndome la razón y disipando las visiones de aquella gloria maldita.
El fugaz alivio del aire puro se desvaneció en un suspiro, devolviéndome a la opresión de la estancia donde la realidad parecía deshilacharse. Gurah se abalanzó hacia mí, transfigurada por una agitación febril que rozaba la locura. “¡Por una vez, no Maya, sino Homa todavía!”, exclamó con voz ronca, como si invocara a potencias antiguas. En su delirio, me instaba a beber de aquel néctar de inmortales, ese elixir que los hombres persiguen para aniquilar la melancolía y sepultar, bajo un velo de oro, el peso del recuerdo y el miedo.
—¡Dame de beber para que mi mente se hunda en el olvido! ¿Dónde está el Homa, muchacha?, gritaba mientras registraba la habitación con una violencia desesperada. Era un espectáculo desgarrador: ver cómo su voluntad, socavada por años de servidumbre al vicio, sucumbía una vez más ante el doloroso despertar de su conciencia.
Sostuve su mirada, intentando que mis palabras atravesaran la niebla de su frenesí:
—Gurah, lo que buscas con tanto ahínco no se encuentra en estas paredes. La magia del Homa es pura ficción y penumbra, espejismos letales que imitan la vida para ocultar la ponzoña. No busques alivio en él, pues carece del don de la cura; su contacto solo destila un veneno lento que agosta el espíritu hasta convertirlo en un páramo estéril donde nada vuelve a florecer.
Ante tu tormento, traigo un bálsamo de verdad: mientras los Enkis se regocijan en su crueldad y se nutren de un odio ancestral, el Shaddai se erige como un refugio de compasión pura. Solo quien se rinde a su misericordia podrá restaurar la virtud que creía extinta y hallar la paz que su mente tanto anhela.
—No puedo esperar; para mí no existe la piedad, Ehola—. Aquella sentencia, pronunciada con la frialdad de un decreto, fue el motor definitivo de su ruina. La urgencia la devoraba desde las entrañas, una llama voraz que desconocía la tregua y despreciaba la clemencia. En el santuario de su mente, el perdón era un concepto prohibido; habitaba bajo la inflexible convicción de que su castigo debía ser el espejo exacto de sus faltas, una penitencia tallada con la misma brutal simetría que el peso de su propio juicio.
Por ello, buscaba en el Homa mucho más que una huida: era un olvido perseguido con una sed casi litúrgica, un sacrificio diario que oficiaba ante el altar de su propia culpa. Bebía de ese fuego —o de su esencia— con la esperanza desesperada de anestesiar cada rincón de su conciencia. Anhelaba que su mente, antaño un cristal claro y atormentado, se disolviera al fin en una bruma densa, fría y absoluta; un silencio blanco donde ni el eco del recuerdo ni el filo del dolor pudieran ya darle alcance.
El aire vibra con una estática eléctrica; el día señalado ha llegado. Bajo un sol que no conoce la piedad, el profeta proyecta su voz sobre una multitud que se escuda en la mofa, pero su advertencia desgarra el viento con el filo de lo inevitable:
—¡Dense prisa, deprisa!—.
Él se erige como un faro de lucidez en mitad de la tormenta. Es la encarnación de la sabiduría y la pureza; ni una gota de Homa ha osado mancillar sus labios, esa esencia que devora el juicio y disuelve la voluntad. Su mente es un cristal sin fisuras, el único templo capaz de instruirnos el arte de la supervivencia espiritual.
No hay tiempo que perder. Partiremos ahora, mientras el destino aún nos pertenece, hacia la escarpa de la montaña. El carro aguarda, latente, a la espera de mi orden. El nombre de Neon centellea en su frente como un sello sagrado; es un pasaporte forjado en luz que nos abrirá los caminos prohibidos.
Poco me importa que en cada rincón del reino de Ufi el nombre de la hechicera Gurah se susurre con pavor; mi determinación es un acero más templado que el miedo que inspiro. Si el mundo me juzga por mis artes, que lo haga mientras contemplo su rastro desde las alturas.
Iré al encuentro del profeta. Lo haré aunque en el proceso mi esencia se fragmente, mis hechizos estallen en cenizas y la vida misma se me escape entre los dedos como arena fina.
Avanzamos con la mirada cautiva, sumergidas en la magnificencia de una civilización que parecía desafiar las leyes de lo natural. Cada giro de las ruedas del carro nos alejaba de la gélida opresión de las cumbres para sepultarnos en este valle de prodigios. La Avenida Real no era un simple sendero; era un manifiesto de piedra y voluntad, una arteria donde la presencia de los hijos gigantes de Ufi palpitaba en cada sombra proyectada por los colosos. Bajo la mirada de esas estatuas titánicas, el aire mismo pesaba con el eco de una gloria que se negaba a morir.
Mientras el aroma de las flores desconocidas invadía el carro, mi mente fluctuaba entre el asombro y la urgencia de lo que estaba por venir. El reencuentro con el hermano de Aleemon palpitaba en mi pecho como una promesa viva, mientras que a mi lado, la figura de Gurah mantenía una rigidez regia, desafiando con su sola presencia la paz idílica de los jardines. En los senderos, los pavos reales de una blancura espectral nos observaban; parecían centinelas de mármol custodiando un destino que, como un río desbordado, ya no podíamos evitar.
El viaje apenas desplegaba sus alas, pero la escala ciclópea de la arquitectura y la pureza del agua dorada eran solo el preludio de una verdad mayor. Nos dirigíamos hacia la ladera de la montaña, al encuentro de esa sabiduría que el profeta, limpio de toda mancha de Homa, custodiaba como un fuego antiguo. Allí, donde el aire es más fino y las mentiras se desvanecen, nos sería entregado aquello que el mundo ya no puede comprender.
El grito escapó de mis labios como un suspiro contenido durante siglos. Aquella visión era el reverso absoluto de la severidad de las cumbres: un estallido cromático donde los palacios, con sus sillares policromados en tonos vibrantes, parecían gemas engarzadas en la piel del paisaje. Los estandartes de seda se agitaban como lenguas de fuego sobre nuestras cabezas, compitiendo en fervor con las flores escarlatas que trepaban por los obeliscos, devorando la piedra y tejiendo una atmósfera de primavera eterna e imperturbable.
Sin embargo, fueron ellos —los pequeños habitantes— quienes terminaron por detener mi pulso. Verlos correr sobre el césped, con una ligereza que parecía burlar la gravedad y una pureza cristalizada en sus pupilas, actuó como un bálsamo punzante sobre mi alma exhausta. Sus risas eran el único acorde capaz de fundirse con el murmullo de las fuentes; una sinfonía de inocencia que ignoraba, con una belleza cruel, las advertencias sombrías del profeta o el rastro de ceniza que la magia de Gurah dejaba a su paso.
La hechicera, sin embargo, no permitió que su mirada flaqueara ante el espejismo del valle. Para Gurah, aquella belleza no era más que el decorado de un escenario al borde del abismo; una alegría de cristal que el Homa o el destino podrían astillar en cualquier instante. Su indiferencia no nacía de la crueldad, sino de una lucidez aterradora: ella sabía que los paraísos que ignoran su propia fragilidad son los primeros en arder.
Aquellos niños que habían acariciado mi alma con su ligereza, a los ojos de Gurah resultaban tan densos y opresivos como el perfume de las flores escarlatas; para ella, cada risa era un recordatorio de la brevedad del tiempo. Mi sonrisa, aunque nacida de una alegría sincera, se erigía ahora como un escudo ante una verdad que yo misma no lograba descifrar.
El lenguaje no es para mí un aprendizaje laborioso; el nombre secreto de las cosas brota de mi garganta con la fluidez del agua pura, como si la realidad misma se inclinara para dictarme su esencia al oído. Simplemente la recuerdo en voz alta, devolviéndole su identidad a cada sombra del valle —respondí, mientras observaba cómo los palacios policromados se desdibujaban en la estela de nuestro avance—. Nombrar como 'niño' a esa criatura o 'luz' al destello sagrado es un acto tan natural y necesario como mi propio aliento.
Gurah no apartó sus ojos de mí, y por primera vez, la temida hechicera mostró una grieta de incertidumbre. Mi origen, un vacío envuelto en las arenas del desierto, empezaba a revelarse no como una carencia, sino como un enigma sagrado. ¿Era mi lenguaje una herencia perdida o acaso la clave que el profeta esperaba en la ladera de la montaña?
El carro continuó su marcha, pero el silencio que se instaló entre nosotras era distinto: ya no era el silencio del viaje, sino el de quien viaja junto a un misterio que puede cambiar el destino del reino.
El nombre de Elohim o Adán pareció vibrar en el aire como una frecuencia olvidada, resonando en las piedras labradas de los palacios de Ufi. Al mencionar ese linaje ancestral, la atmósfera en el carro cambió; ya no éramos solo dos viajeras en una ruta hacia la montaña, sino testigos de un despertar teológico en una tierra que parecía haber olvidado el origen de la voz.
Gurah guardó un silencio sepulcral. El nombre de Aleemon actuó como un puente doloroso entre mi vida anterior en el desierto y esté presente de maravillas arquitectónicas. La idea de que el lenguaje fuera un don de Elohim, otorgaba a mis palabras una autoridad casi profética. Si el nombre de las cosas me era revelado por una voluntad superior, entonces mi presencia allí no era un azar, sino una misión.
—Si es un don de Eloah —murmuró Gurah, con la vista fija en los obeliscos que quedaban atrás—, entonces el profeta que buscamos no es el único que tiene mensajes para este reino. Quizás tú seas la respuesta al silencio que el Homa ha impuesto en los corazones de los hombres.
El carro de Neón rugió ladera abajo y, en ese estallido de velocidad, descubrí que mi voz no era un eco, sino un calibre letal, más afilado que cualquier arcano de Ufi. El habitáculo se volvió gélido; no por el viento racheado de la montaña, sino por el abismo insalvable que acababa de fracturarnos. Gurah, la hechicera que jamás parpadeó ante los inmortales, se encogía ahora bajo mi mirada, aterrada ante el reflejo de una soberanía que no estaba destinada a presenciar.
Para ella, el río era solo agua y reflejos; para mí, era un ecosistema de secretos abisales. Para ella, las estrellas eran chispas diurnas; para mí, eran ojos celestiales que nunca parpadeaban. Pero fue el viento lo que rompió su compostura. Escuchar voces en el aire, palabras que no pertenecían a la lengua de los hombres ni a los conjuros de los sabios, era una frontera que su razón no podía cruzar.
—¡No es locura! —exclamé, aunque mi propia voz sonaba extraña a mis oídos, vibrando en una frecuencia que hacía estremecer los adornos del carro con un tintineo frenético—. Es como si el mundo estuviera escrito en capas, Gurah, y yo pudiera leer las líneas que laten bajo la superficie.
—Lo que tú llamas leer es el delirio de los que pierden el alma —murmuró con un silbido, con el rostro cadavérico bajo la luz cruda del sol—. Ni el Profeta mismo osó dotar al viento de inteligencia. Entiéndelo: para Ufi no eres un milagro, eres un error en la creación. Si te escuchan, su única piedad será borrarte de la memoria del mundo.
El resonar de las ruedas se quejaba contra lo pavimento mientras el carro se tiñe de un azul eléctrico. La inercia intentó arrastrarla hacia el abismo, más el verdadero vacío esperaba en el asiento su lado. Las palabras de Gurah pesaban más que la gravedad, aplastándole el pecho con una lucidez aterradora. Pretendía ofrecerle su puro afecto, pero ella lo leyó con la frialdad de la muerte: no había futuro en ese trayecto, solo una sentencia irreversible.
Me abracé a mí misma, sintiendo cómo mi nombre, Ehola, resonaba en mi pecho con una gravedad desconocida. Si mi percepción era una enfermedad, entonces era una que me permitía contemplar la arquitectura invisible del cosmos. Pero el pánico en las pupilas de Gurah era un augurio: en un reino que ya temblaba ante la hechicera, una mujer capaz de traducir la lengua del viento no era una elegida, era un fuego que todos se apresurarían a apagar.
El asombro que hace un momento encendía mi pecho se transmutó en un frío punzante. Las manos de Gurah, firmes y gélidas, cayeron sobre mis ojos como un velo de plomo justo cuando la sombra de aquellas monstruosidades nos devoraba. Bajo mis pies, sentí el carro estremecerse; el auriga, contagiado por el pánico mudo de la hechicera, fustigó a los caballos con saña. El vehículo dio un latigazo y se lanzó en una carrera desesperada, hundiéndose como una flecha en el corazón vibrante de Sippara.
—No mires, Ehola! —Me murmuró al oído, con el aliento quebrado por el miedo—. Hay visiones que ni tu don debería siquiera rozar. Esas formas no son solo piedra; son la huella de un tiempo que jamás debería ser labrado. Si tus ojos las descifran, no habrá rincón en tu alma donde puedas esconderte.
Privada de la vista, mi mundo se contrajo hasta convertirse en una vibración hostil. Bajo el refugio forzado de mis párpados, el siseo del viento mutó: ya no era aire, sino carne; un coro de lenguas bífidas que imitaba el enroscar parsimonioso de serpientes colosales. Sentía la masa de las estatuas, no como piedra inerte, sino como un vacío magnético, una presencia ancestral que devoraba la luz de la avenida y succionaba el calor de mi sangre.
El silencio de Gurah ante mis preguntas fue la respuesta más atroz; el vacío donde debería estar su voz era el mapa exacto de su miedo. Que la mujer que hacía temblar al reino de Ufi se viera obligada a actuar como mi carcelera —o como el último muro de contención entre mi pupila y lo arcano— revelaba una verdad amarga: no me protegía a mí, protegía la cordura del mundo.
Solo cuando el carro inició su conquista de la pendiente y la presión de sus dedos cedió, el aire de la montaña nos cortó la piel con su pureza gélida. Atrás se hundían el valle de Sippara y sus prodigios terribles, pero la pregunta seguía palpitando en mis sienes como un segundo corazón: ¿qué secreto cargaba mi mirada para que la hechicera temiera el despertar de aquello que los demás, en su bendita ignorancia, llamaban simplemente piedra?
A medida que ganábamos altura, el aislamiento se quebró. Una marea humana fluía hacia la cumbre, impulsada por un fervor silencioso que espesaba el aire de la montaña. Allí, sobre una terraza de piedra que parecía brotar de las entrañas de la ladera, apareció él: el Profeta.
No era a figura triunfante que yo esperaba, sino un hombre escoltado por sus tres hijos; su rostro estaba labrado con una solemnidad pétrea, con una tristeza que parecía brotar de siglos olvidados. Al bajar del coche, nos fundimos con la multitud expectante. El Profeta irguió la mirada y su voz, cargada con el eco del abismo, comenzó a derramarse sobre nosotros como una sentencia inevitable.
—¡Miren! —tronó su voz, y el aire de la montaña pareció cristalizarse en nuestros pulmones, volviéndose un vidrio gélido y pesado.
El Profeta extendió una mano, temblorosa por la vejez pero inquebrantable en su propósito, hacia el horizonte donde el valle sangraba como una herida abierta. Bajo el peso de su seña, la ciudad de Sippara dejó de ser piedra para revelarse como una cicatriz supurante en la piel de la tierra. Su dedo no señalaba un paisaje; apuntaba a un crimen geológico que solo yo, con mi visión recién estrenada, podía comenzar a descifrar.
—Durante cien años he alzado mi voz como un trueno en el desierto, entre la advertencia y la súplica; mi alma se ha humillado a diario ante sus abominaciones. Les he visto revolcarse en la glotonería y la embriaguez, desfigurados por la lascivia hasta extraviar la propia forma humana.
—¡Insensatos! —su voz restalló como un látigo sobre la marea humana—. Decían a la avaricia: ‘¡Tú eres nuestro padre!’ y a la sensualidad: ‘¡Tú eres nuestra madre!’. Con las manos ennegrecidas por el deseo y el corazón ciego, han sido brutales en su imprudencia. Han corrido hacia el abismo como quien se apresura a un banquete, y ahora... ahora finalmente han abrazado su propia destrucción.
—¡Oh, viles esclavos de un déspota despiadado! —rugió, y su voz transmutó: la tristeza se evaporó para dar paso a un látigo de fuego que restallaba en el aire gélido—. ¡Su hombría se ha desvanecido, sus vidas están condenadas!
Con gemidos y lágrimas, con ayuno y sacrificio, he buscado al Shaddai en su nombre, intercediendo por almas que ya no tienen dueño. ¡Arrepiéntanse ahora, antes de que el trueno del cielo colapse sobre sus cabezas culpables!
Un escalofrío unánime recorrió a la multitud; fue como si el firmamento hubiera envejecido mil años bajo el peso de su sentencia, hundiéndose en una penumbra antinatural. Entonces, con un gesto cargado de una angustia que raspaba los huesos, el Profeta alzó los brazos con violencia hacia el cielo. Sus dedos se crisparon en el aire como si fueran ganchos buscando las costuras del cosmos, decidido a desgarrar el velo de la realidad para revelar el horror —o la gloria— que nos acechaba desde el otro lado.
—¡Mi Dios! —exclamó él, con un grito que restalló contra los riscos con la violencia de un espejo haciéndose trizas. El eco regresó a nosotras como esquirlas de cristal, hiriendo el aire—. ¡Todo es en vano, todo fue en vano! ¡El día de la ira está cerca!
Sus palabras no se las llevó el viento; impactaron como una onda de choque que sacudió las raíces mismas de la montaña. En el preciso instante que el Profeta caía de rodillas, el nudo de mis visiones se deshizo con una claridad aterradora. El velo que él ansiaba rasgar no reveló la luz prometida, sino que comenzó a manar una oscuridad sobre el valle de Sippara, como como si la realidad misma estuviera desangrándose. Aquel plano invisible que creía descifrar se transformó, ante mis ojos, en un laberinto de sombras del que no existía retorno.
El silencio que siguió fue un peso más abrumador que el de los ídolos de Sippara. Al girarme hacia Gurah, vi que ella, la mujer que nunca se doblego ante los reyes de Ufi, miraba al Profeta con una palidez cadavérica, como si su propia sangre estuviera escurriendo fuera de ella.
Comprendí entonces la magnitud de mi error: el peligro no era solo lo que yo pudiera despertar con mi mirada, sino que el tejido del mundo entero estaba a punto de culminar. No éramos testigos, ni éramos víctimas; estábamos en primera fila, con la piel ya erizada, para presenciar lo que devoraría nuestra realidad presente.
—El viento nocturno me ha susurrado un secreto terrible —prosiguió el Profeta, y su voz emergió de las profundidades de la tierra, con una resonancia que hizo vibrar las suelas de mis sandalias—. En las regiones lejanas, escucho ya el rugido de la tormenta que se avecina.
El mar gime de forma ominosa, fustigado por la ráfaga, abriendo sus fauces de sal para devorar a su presa. Los sellos de la muerte se han quebrado; la venganza ya vuela en alas de la destrucción, y no hay rincón en este valle que no sea ya su nido.
Bajó la mirada hacia el valle de Sippara, contemplándolo como si ya estuviera sumergido bajo una marea de sombras y olvido.
—¡Demasiado tarde! —Sentenció, y su voz se extinguió como una brasa en la nieve—. Mi palabra ya no volverá a oírse. La obra del Profeta ha terminado.
En ese instante, el silencio que nos rodeó no fue de paz, sino de huida. Sentí el peso de su legado cayendo sobre mis hombros: si él ya no hablaba por el mundo, el viento solo buscaría mi garganta para seguir.
Un estallido de conmoción restalló entre la multitud como un relámpago seco; gritos de pánico y súplicas desgarradas se alzaron en un solo clamor, pero el Profeta permaneció impasible, una estatua de sal ajena al incendio que sus palabras habían prendido.
Fue entonces cuando percibí cómo la voluntad de Gurah —antes un pilar inquebrantable— se agitaba ahora como una caña herida bajo el azote de un vendaval invisible. Sus manos, aquellas que con firmeza de hechicera habían sellado mis ojos con fuerza en el carro, se entrelazaron en un gesto de agonía muda, buscando un asidero en un aire que ya no ofrecía resistencia.
—¡Oh, Profeta de Dios! —clamó ella, con la voz astillada por un terror que sus antiguos ritos ya no lograban contener. Su grito se elevó como un último jirón de voluntad sobre el tumulto—: ¡Me arrepiento! ¡Renuncio a mis artes y a mi soberbia! ¿No resta una sola gota de misericordia para mí?
Sus rodillas golpearon la piedra gélida con el crujido seco de un hueso que se quiebra para siempre. Al observarla, comprendí que el abismo entre nosotras ya no era físico; era una soledad absoluta, un vacío donde el eco no hallaba respuesta. Ella mendigaba el perdón de un hombre que ya había sellado su destino, mientras yo sentía cómo el viento me arrebataba el aliento, convirtiéndome en el conducto de una sentencia que ella aún se negaba a aceptar.
El Profeta, conmovido ante aquel naufragio de orgullo, extendió la mano hacia Gurah, dispuesto a rescatarla con el perdón que ella imploraba. Pero la redención fue interceptada por una sombra antinatural. De un jirón de tinieblas que succionaba la luz como una herida en el firmamento, emergió un Enki maligno que acechaba en el vacío. Con un gesto gélido que petrificó el aliento del mundo, extendió su dedo, proyectando un fuego mortal directo al corazón del Profeta.
El aire estalló en mil esquirlas de nada absoluta. Un arcángel, oculto hasta entonces bajo el disfraz de un peregrino, desgarró su disfraz de carne. Su poder se desató como una onda de choque, revelando alas de una envergadura imposible, forjadas no con plumas, sino con el fuego blanco de la creación primitiva.
—¡Tu adversario está aquí, Apolión! —rugió el celestial.
Su voz no solo sacudió los cimientos de la montaña; fue una frecuencia de una pureza tan absoluta que pareció decapar la realidad, desnudando la arquitectura monstruosa del Enki. Al pronunciar aquel nombre, el aire alrededor del caído se marchitó como si el tiempo se hubiera vuelto veneno. El arcángel no estaba hablando; estaba ejecutando un juicio sonoro. En ese instante, sentí mi propia voz vibrar en una simpatía aterradora con aquel estruendo divino, reconociendo, por fin, la estirpe de la que procedía mi poder.
El choque entre ambos fue atroz: una tormenta de luz génesis colisionando contra el vacío absoluto. La furia del combate comenzó a deshilachar el tejido mismo de la existencia, abriendo grietas por las que supuraba una energía incomprensible. El estruendo de las armas celestiales, el parpadeo cegador de las alas de fuego y la densidad de la negrura de Apolión me sobrepasaron, reduciendo mi voluntad a una brizna en medio de un huracán divino.
Mis sentidos, extenuados por el aterrador estruendo divino, se rindieron ante tal magnitud. El mundo se desvaneció en un blanco absoluto mientras el suelo desaparecía bajo mis pies; lo último que percibí fue el lamento de Gurah, una nota rota perdiéndose en el fragor de una guerra que ya no pertenecía a los hombres.
El estruendo de la batalla celestial se fue extinguiendo hasta quedar reducido a un eco sordo, una pulsación remanente en el fondo de mi mente. El olvido me reclamó con una suavidad implacable, y el desenlace de aquel duelo de titanes quedó sepultado bajo el peso de un silencio absoluto.
Al abrir los ojos, el mundo ya no era aquel lienzo de fuego y sombra devorado por Apolión, sino el refugio sólido de los brazos de mi primo. Él, alertado por los gritos desgarradores de Gurah —que aún vibraban en el aire como una herida abierta—, me había rescatado del abismo justo cuando mi voluntad se desmoronaba.
En la seguridad de su abrazo, el lenguaje del viento se silenció por fin. Toda la metafísica y los ecos celestiales se desvanecieron; en ese instante, la única capa de la realidad que tuvo peso para mí fue el calor de su piel contra la mía, el ancla necesaria para no ser arrastrada de vuelta al vacío.
—Estás fría y pálida, querida —murmuró él, con el aliento agitado contra mi oído y una urgencia que le quebraba la voz—. ¿Acaso pretendes dejarme tan pronto? ¡No puede ser este tu final, Ehola! No después de haber sobrevivido a los colosos de Sippara y a la mismísima ira del cielo.
Sentí sus manos frotando las mías con desesperación, intentando expulsar el hielo de Apolión que todavía circulaba por mis venas como un veneno antiguo. Sus palabras eran sencillas, despojadas de hechicería o pretensiones proféticas; y fue precisamente por esa humildad que resultaron ser las únicas capaces de sellar la grieta que se había abierto en mi alma.
En ese instante, una claridad extraña, casi profética, inundó mi pecho, barriendo los restos de frío que Apolión había dejado en mi sangre. Las palabras brotaron de mí no como el susurro débil de una sobreviviente, sino con la autoridad absoluta de quien ha visto el reverso del velo y ha regresado para contarlo. Mi voz ya no vibraba en una frecuencia extraña; ahora era un vínculo sólido entre el cielo que se desgarraba y la tierra que temblaba bajo nosotros.
—No será en tus brazos donde dé mi último aliento, Jafet —respondí, y sentí cómo la calidez regresaba a mi sangre, reclamando cada rincón de mi ser con una marea de vida. Mi voz ya no era aquel eco grave, era un bálsamo imbuido con la autoridad de la roca.
—Este no será el lugar —continué, sosteniendo su mirada con una claridad nueva—. Cuando llegue mi última hora, descansaré en el pecho de los justos; hombres y mujeres santos, seres tan similares a ti, oh, amado mío, que en su ternura hallaré mi verdadero hogar.
Al pronunciarme, el aire de la montaña se tensó y luego se calmó, como si el cosmos mismo rubricara mi promesa. El día de la ira podía cernirse sobre nuestras cabezas y el valle de Sippara anegarse hasta los cimientos, pero en la firmeza de ese abrazo comprendí una verdad que Apolión jamás podría destruir: mientras existiera una sola alma justa sobre la tierra, la victoria del Enki sería, para siempre, incompleta.
—¡Tienes, como mi padre, el don del poder profético! —exclamó Jafet.
Su voz no solo cargaba admiración, sino una reverencia profunda. En sus ojos vi el reflejo de lo que yo misma acababa de aceptar: que la sangre que corría por mis venas no estaba maldita, sino marcada por el mismo fuego que acababa de desgarrar el cielo. Ya no era Ehola la fugitiva; era Ehola, la portadora de la Palabra en un mundo que se precipitaba hacia el caos.
El juicio que el Profeta acababa de rematar pesaba en mi pecho con la gravedad del hierro forjado. Ya no había espacio para la vanidad de los hombres bajo un cielo que desangraba la cólera divina. Miré hacia el horizonte, donde las sombras de los colosos de Sippara todavía parecían aguardar el momento de reclamar la tierra, y respondí con una solemnidad que apenas reconocía en mis propios labios:
—¡Eloah lo sabe! —sentencié.
Al pronunciar aquel nombre, sentí que la arquitectura invisible del universo se alineaba bajo mis pies. No fue un grito; fue un ancla. La historia de la fugitiva terminaba allí, en esa cumbre, entre los brazos de Jafet y las cenizas de una era que se desmoronaba.
Me volví entonces hacia Gurah. La mujer que antes me imponía su ceguera estaba ahora devorada por una angustia que le consumía el alma desde dentro. A su lado, el Profeta se volcaba en ella con una ternura inexplicable.
La multitud, ajena al proyectil de fuego mortal que Apolión había lanzado al corazón del Profeta y que el arcángel había interceptado en un estallido de luz, solo veía a un hombre sabio instruyendo a una pecadora arrepentida. El velo seguía intacto para ellos; no percibían el rastro de la batalla celestial que aún vibraba en el aire como una herida invisible.
El Profeta estaba tan absorto en rescatar el espíritu de la hechicera que no notó mi presencia, ni que su propio hijo, Jafet, permanecía a mi lado como mi escudo y mi sombra.
Yo era la única despierta, custodiando un secreto que pesaba tanto como la salvación misma; pero para el Profeta, el destino de una sola alma herida tenía tanto valor como el juicio de toda Sippara. En su entrega comprendí que, mientras Apolión buscaba aniquilar mundos, la santidad se libraba en el territorio minúsculo de un corazón arrepentido.
Sin mediar palabra, subí al carro. El silencio ya no era una prisión, sino un refugio de acero y sombras. Gurah me siguió mecánicamente, con la mirada perdida y los pasos cargados con el plomo del arrepentimiento.
Así, bajo el manto de una noche que ya olía a tormenta y ceniza, emprendimos el regreso al corazón del Palacio de Ufi. Dejamos atrás la montaña y el eco de una guerra que solo mis ojos habían presenciado, sabiendo que no volvíamos como súbditas, sino como portadoras de la inundación que estaba por venir.
La noche en la ciudad no traía descanso, sino un simulacro de día. Al cruzar de nuevo los umbrales de la urbe, las luces artificiales inundaron el habitáculo del carro con un fulgor cálido y eléctrico que borraba las estrellas, como si Sippara temiera mirar al cielo.
La avenida fluía como un río de opulencia discordante; una procesión de hombres y Enkidus que desfilaban junto a sus familias, entregados a la caricia de una brisa que descendía, dócil, hacia el valle. Parecían sombras danzantes celebrando en la cubierta de un gran naufragio, trágicamente ajenos a la tormenta que el Profeta ya había escuchado rugir en los confines del mundo.
Sin embargo, tras la fachada de las risas y el lujo, el aire estaba viciado, denso con el vapor de una humanidad que se deshace. A medida que el auriga abría paso al carro, los fragmentos de conversaciones que nos alcanzaban eran como puñales.
El lenguaje profano de la multitud restallaba contra nuestras sienes; no eran palabras de paz, sino siseos cargados de un descontento rancio. Percibí las envidias que supuraban entre los pliegues de la seda y los odios antiguos que fermentaban bajo la piel de la ciudad, como una gangrena invisible. Sippara no estaba celebrando la vida; estaba masticando su propio veneno.
Gurah, antes soberbia, permanecía ahora inquieta, con la mirada pérdida en el desfile de rostros que ya no lograba gobernar. Su fuego se había extinguido, dejando solo una ceniza fría en sus pupilas. Me serví de su fragilidad; necesitaba entender la cadena invisible que unía a aquel pueblo antes de que el cielo se desplomara sobre nuestras cabezas.
Observé a los transeúntes a través de mi nueva claridad, buscando el eslabón que los mantenía unidos a la voluntad de Ufi. No era lealtad, ni era fe; era un grillete de placer y miedo, una adicción al simulacro que los hacía preferir la luz sobre la verdad de las estrellas. Sippara no era una ciudad; era una celda de oro a punto de colapsar.
—¿Por qué estas personas permanecen en un cautiverio tan cruel? —Pregunté, rompiendo la monotonía de nuestro regreso—. ¿Por qué aceptan este yugo y no se resisten, incluso si el precio fuera perder la vida?
Gurah apartó la vista; sus manos temblaban, ya no por la magia, sino por la cruda realidad de su impotencia.
—Porque la libertad es un desierto frío, Ehola —respondió con una voz que parecía venir del exilio—. Y ellos prefieren morir asfixiados en la comodidad de una mentira, que respirar por primera vez en la soledad de la verdad. ¿Qué se puede hacer? Su cuerpo es inmortal y sus armas irresistibles, forjadas en los mismos cielos. No luchamos contra un trono, Ehola; luchamos contra un celestial.
—Los Enkis no olvidan que Ufi les otorgó los placeres carnales en cuerpos que se niegan a marchitar —siseó Gurah, y sus palabras cayeron con el peso del plomo—. Pero esa es precisamente su trampa: quien tiene el poder de otorgar la eternidad, posee también el hambre para devorarla.
Su existencia misma pende del hilo de su voluntad; por eso la obediencia es el único refugio que les queda. Son prisioneros de su propia carne imperecedera. Aunque por dentro el odio y la rebelión ardan como un incendio contenido, saben que un solo pensamiento de traición podría ser el fin de su aliento.
Guardó silencio un momento, con la mirada perdida en las agujas de mármol que coronaban el horizonte. Sus pensamientos parecieron trepar por los muros del palacio hasta detenerse en una sola figura.
—Neon es distinto —murmuró al fin—; él es solo un humano. Se aferra a la memoria de su madre Hinduhua, aquella belleza de piel oscura y cabellos castaños de Blackland, a quien la muerte se llevó hace años para ser reemplazada por una procesión de rostros olvidados. Neon odia a Zimel, lo aborrece por su injusticia y por la crueldad que despliego sobre su madre... pero, ¿de qué sirve el odio cuando se enfrenta al abismo? ¿De qué sirve odiar la desesperación cuando ya no queda salida?
La noche nos alcanzó justo cuando el repicar de los cascos sobre el empedrado se ahogaba en la distancia. Al despedirnos, Gurah me estrechó en un abrazo; su voz poseía una dulzura genuina, apenas alterada por un rastro de agitación que se resistía a desaparecer.
Cuando cumplí con la vieja costumbre de desearle que Dios lo acompañara, su réplica me vació las venas: ‘Que así sea hasta el final’, susurró. Lo dijo imbuida de una devoción tan absoluta y una entrega tan férrea que, apenas unas horas antes, habrían resultado la más amarga de las blasfemias en sus labios.
Al cruzar el umbral de mis aposentos, la voz de Lebuda rasgó el silencio. La encontré en su cámara, rodeada por una marea de esclavas exhaustas que desplegaban ante ella un guardarropa diseñado para el gran día. Lebuda, ajena al dardo del Enki y al rugido del mar que el Profeta ya escuchaba en sus visiones, estaba absorta en la geometría de su propia vanidad. Para ella, el universo no era más que un escenario de seda, y el juicio venidero, apenas un rumor que no lograba opacar el brillo de sus joyas.
El contraste era brutal: afuera, el eje del mundo crujía bajo el peso del juicio; adentro, ella contaba puntadas de seda con una minuciosidad enfermiza. Mientras el eco de la devoción de Gurah —esa entrega absoluta que aún me helaba la sangre— vibraba en mi mente, Lebuda se perdía en el brillo hipnótico de las telas. Estaba absorta, trágicamente ignorante de que el océano ya preparaba su sentencia y que cada pliegue de su manto no sería más que un lastre cuando las aguas reclamaran Sippara.
—Dime, ¿qué te parece este? —me preguntó, señalando un manto de una transparencia tan pura que parecía urdido con hilos extraídos del mismo sol.
Sus ojos brillaban con la misma intensidad que la prenda, ignorando que aquel fulgor era el último destello de un mundo a punto de hundirse. La tela, majestuosa, se derramaba entre sus manos como una cascada de oro fundido: un insulto de belleza frente a la oscuridad que yo acababa de dejar atrás con Gurah.
Acompañaba al manto un velo de textura casi espiritual, salpicado de piedras preciosas que atrapaban la luz para devolverla como lluvia irisada sobre las hojas. Lebuda se observaba en el espejo, fascinada, creyéndose el núcleo de un universo que ya se desmoronaba en sus bordes. Para ella, aquellas gemas eran la gloria; para mí, eran el presagio líquido del océano que pronto lo reclamaría todo.
Mientras tanto, los pasillos bullían con el rumor de que Ufi, el soberano inmortal, se había recluido en sus aposentos, inusualmente turbado por oscuros asuntos de estado. En ese instante, la brecha era insalvable: mientras la reina soñaba con coronas de luz, el poder de Ufi ya sentía el frío del acero celestial acechando tras las sombras del palacio.
Los baños rituales, los óleos traídos de tierras remotas y los cosméticos que realzaban la belleza de Lebuda operaron en ella una transformación perversa: mientras su piel resplandecía con un fulgor casi divino, su razón y su conciencia se embotaban, sumergidas en un sopor de vanidad. Era una máscara de perfección que ocultaba la podredumbre del tiempo que se agotaba; cada capa de perfume parecía sellar sus oídos ante el estruendo del destino que se avecinaba.
¡Ah, mi pobre madre engañada! Con qué fervor intentaría advertirte una vez más de los abismos que se abren bajo nuestros pies. Pero en este palacio de muros que respiran, la posibilidad es nula. Ojos celosos se ocultan tras los pesados tapices, oídos atentos filtran cada susurro que escapa de los labios y las lenguas chismosas aguardan, con la paciencia de un depredador, el menor desliz para sembrar la ruina. Estás atrapada en una jaula de oro y seda, donde la verdad es el único pecado que no se perdona.
Por eso, confío mi memoria y mis temores a este pergamino inerte, trazando cada palabra con el pulso agitado por la esperanza. Anhelo que un vestigio de afecto maternal te incline a descifrar estas líneas; que este rastro de tinta te devuelva la fe en la joven que, sin dudarlo, entregaría su último aliento por proteger el tuyo.
Que estas letras sean mi último testigo cuando el silencio de la vanidad sea desgarrado y el trueno del Profeta reclame, por fin, su lugar en el cielo. Mientras tus manos acarician el brillo de la seda, yo registro los sucesos de este día; consciente de que el océano no distingue entre coronas y cenizas.
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— Entrada y obra creadas por Abraixas.

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