Una vez más, emprendí una huida desesperada hacia lo desconocido, intentando dejar atrás la sombra de la muerte. La ciudad, ahora un cascarón desierto, exhalaba un silencio pesado; sus hombres, despojados de propósito y seguridad, se habían congregado en la Torre de Ufi como náufragos buscando un mástil. Un silencio gélido, el preludio de la calamidad, se había instalado en los ojos de las mujeres y en el llanto contenido de los niños. No permití que mis pulmones descansaran hasta que los muros de la ciudad desierta no fueron más que una silueta herida en la distancia. Allí, bajo el firmamento del sur, lo supe: el temblor que recorría mi espina dorsal, el brillo antinatural de estrellas que parecían clavarse en mi retina, e incluso aquella luna colosal, más nítida que nunca. Esa súbita agudeza de mis sentidos que me permitía escuchar el latido de la tierra, y confirmar que estaba allí: una energía sobrehumana vibrando en el vacío, reclamando el mundo espiritual que tanto tiempo habíamos ignorado.
Si mi cuerpo físico me acompañaba o si era solo mi espíritu el que navegaba, es un misterio que solo Eloah custodia. Me elevé más allá de los dominios del sol y la luna, dejando atrás las esferas celestes que rigen el tiempo de los hombres. Navegué a través de campos de estrellas a la deriva, chispas de luz náufragas en un océano de vacío, hasta que la calidez de los astros se extinguió. Me adentré en el espacio frío y absoluto, una oscuridad tan densa que parecía tener peso, hasta quedar suspendida, temblando al borde del Eloah infinito. En ese abismo de silencio, la certeza me golpeó como un rayo: el Altísimo, en su infinita misericordia, había liberado mi alma de sus cadenas de barro.
De pronto, el velo se rasgó. Mis ojos, ya no limitados por la carne, percibieron lo invisible; mis oídos captaron la frecuencia de lo inaudible. Me convertí en testigo de lo inmaterial, de aquello que la mente humana jamás ha osado concebir y que el sentido mortal, en su limitada fragilidad, es incapaz de procesar sin ayuda divina. Estaba allí, donde el pensamiento se rinde y la eternidad comienza.
Frente a mí, el velo de la realidad se deshizo. Mis ojos contemplaron, por fin, las verdaderas energías de la naturaleza: un mecanismo de una complejidad aterradora y perfecta. Eran ruedas dentro de ruedas, engranajes de luz y sombra que giraban sin descanso, mutando en un ciclo eterno de retorno. Sentí una resistencia impalpable, una fuerza que no se puede tocar pero que posee el peso imponderable de toda la creación sobre los hombros. En aquel santuario de la existencia, el tiempo se había quebrado. No existía la noche, ni el roce amargo de la discordia; la vejez era un concepto olvidado y la muerte, una sombra que no lograba proyectarse. Todo era veloz como el pensamiento y, a la vez, tan inquebrantable como la voluntad de Eloah. Me encontraba en el corazón del cosmos, allí donde reina el orden eterno. Un lugar bañado por la claridad absoluta de un eterno mediodía, donde la luz no nace del sol, sino de la verdad misma que lo sostiene todo.
Bajo una cúpula de una transparencia vítrea, tan pura como el cristal más fino, mis ojos contemplaron el Reloj del Tiempo. Pero no era un mecanismo de engranajes humanos: allí no se medían los segundos ni se registraban las eternidades inconmensurables. Todo convergía en el Gran Centro, el núcleo vibrante que tejía la dulce influencia de los astros, trenzando sus hilos de luz en un solo pulso. A su alrededor, como centinelas de fuego, ardían las Siete Luces Eternas.
Al presenciar tal magnitud, el terror me invadió. Mi alma se estremeció y las lágrimas brotaron ante la idea de mi propia fragilidad; sentí que, en cualquier instante, mi esencia podría ser soltada, precipitándome en una caída infinita a través de todos los mundos y abismos. Fue entonces cuando un Serafín poderoso, cuya presencia irradiaba la fuerza de los soles, notó mi abatimiento. Su voz, profunda y calmada como el eco de un trueno, respondió a mi miedo:
—Sólo la Omnipotencia puede aflojar las bandas establecidas por la Voluntad Eterna —sentenció, para luego señalar hacia el horizonte de lo absoluto—. ¡Hija de la Tierra, mira hacia el Oeste!
A través de las llanuras infinitas del éter, mis ojos percibieron una visión sobrecogedora: una procesión interminable de mundos que se extendía en una línea perfecta, una continuidad directa que desafiaba cualquier mapa estelar conocido. En ese silencio absoluto, vi una estrella inmensa desprenderse de su lugar; rodaba pesada y muda, como un gigante que abandona su trono.
Sin embargo, el mayor de los portentos estaba por manifestarse.
Desde las profundidades del vacío, surgió un cometa de fuego que avanzaba con una furia devastadora. Su cuerpo tenía la forma curva y letal de una cimitarra, pero su cabeza y sus alas evocaban la figura de un dragón colosal hecho de llamas. Era una entidad vasta como mil soles, pero se desplazaba con la velocidad de un rayo meteórico, desgarrando el tejido del espacio. Su resplandor era tan violento que cegaba la vista, transformando la nada en un crepúsculo tenebroso, una penumbra eléctrica mucho más aterradora que la propia oscuridad.
El Serafín, con su voz resonando como el tañido de una campana cósmica, reveló el misterio: —Cuando Guardor se mueve en línea y el cometa alcanza la Luna, un estremecimiento convulsivo se ondula desde el Gran Centro hacia las regiones infinitas del espacio exterior— sentenció.
A medida que hablaba, el aire mismo parecía vibrar con la verdad de sus palabras. Comprendí que, en el preciso momento en que Guardor, el vigilante, se interpusiera en la estela incandescente del cometa dragón, la Luna renunciaría a su papel de espectadora silenciosa. Dejaría de ser un simple cuerpo celeste para transmutarse en el percutor de una onda de choque devastadora; un estallido que no se limitaría a sacudir los cimientos de la tierra, sino que desgarraría el tejido mismo de nuestra existencia, dejando la realidad misma en jirones.
Me estremecí; cuando aquel pulso de energía pura, nacido en las entrañas del Gran Centro, comenzó a expandirse como una marea invisible. Cada átomo de la creación, hasta en las fronteras más remotas del vacío, vibró bajo su peso. El universo entero pareció contener el aliento, doblegándose ante el mandato absoluto de la Voluntad Eterna.
Mis ojos, cautivados por la mecánica del destino, regresaron a la esfera del Reloj del Tiempo. Seguí la trayectoria de aquel índice invisible con el aliento contenido, noté cómo descendía con una lentitud agónica. Se hundía, grado a grado, hacia el punto más bajo del círculo máximo: la base misma de toda la existencia. Allí, donde la luz del eterno mediodía se encontraba con el abismo, aparecieron caracteres. Bajo el arco de la esfera, discerní una caligrafía espesa, negruzca y visceral, grabada con una precisión que desafiaba la transparencia. Eran manchas de noche pura, una sentencia grabada a fuego sobre la luz.
Al acercar mi visión espiritual, pude por fin descifrar la inscripción que aguardaba en el nadir del cosmos. Seguí una vez más la dirección de los ojos solemnes del serafín. Su mirada no expresaba temor, sino una intensidad entusiastica, casi magnética, fija en un punto luminoso que palpitaba justo por encima de la atmosfera de la tierra.
Allí, suspendidos en el umbral entre el mundo físico y el etéreo, los vi: una hueste fantasmagórica desplegada en un orden de batalla perfecto. Eran los enkis rebeldes, montados sobre corceles de fuego que relinchaban centellas en el vacío. Su presencia distorsionaba el éter, como una legión de sombras encendidas preparadas para el asalto final.
En el centro de aquella vanguardia, se erguía una figura de un fulgor que eclipsaba a todas las demás. Bastó ver su porte autoritario y la luz hiriente que emanaba de su esencia para entenderlo: Ufi no solo regía el destino de los hombres, sino que lideraba las huestes del cielo. Allí, frente a su ejército, su sola presencia desafiaba la lógica del cosmos bajo el peso de una armadura de luz rebelde.
LA HORA DE LA CATASTROFE
Tras desterrar a las huestes del mal hacia las fauces volcánicas del planeta Wan, los Ángeles Leales se mantuvieron firmes ante el envite de un Zimel imbuido por el poder del Portador de la Luz. En el apogeo del estruendo, la figura colosal de Ufi estalló en un fulgor divino, una llamarada tan pura que cegó de inmediato a todo renegado que osó enfrentarse a su paso.
¡Infiernos de intensa rabia! ¡Ira de los cielos majestuosos! ¿Quién posee la voz capaz de narrar tal poder? No hay lengua mortal que alcance a describir el estrépito de Ufi, cuya luz no solo iluminaba, sino que juzgaba con el peso de mil soles.
¿Qué pincel osaría trazar el rugido de la tempestad o la lengua voraz del incendio? ¿Qué voz mortal podría sostener la nota del océano cuando estalla, tonante, contra los acantilados? Expresar el rayo que cruza la mente o el baile espectral de las luces boreales es querer embotellar el infinito: un intento tan vano como hermoso.
El estruendo de la luz de Ufi era ensordecedor para el oído mortal, pero para aquellos cuya alma estaba en sintonía con lo eterno, el caos se volvió armonía. El Espíritu escuchaba al espíritu; no había palabras para narrar la deflagración, solo la certeza absoluta de una presencia que se comunicaba en el idioma del relámpago.
Cedió el paso la hueste alada ante el avance de la vorágine, más en la distancia se alzó la proclama de Ufi. Su voz, pura y distante, poseía la vibración de una trompeta de plata; un sonido que no buscaba el oído, sino el alma, devolviendo la esperanza al epicentro de la batalla.
¡Príncipes de Ufi! ¡La victoria es un hecho, la tierra yace a nuestros pies! ¡Desafiamos a la Fuente misma! ¡Marchad, pues hoy arrastraremos al orgulloso Eterno de su trono de cristal!
En ese instante, los cielos se contrajeron en un gesto de horror puro. La tierra se fracturó bajo el peso de la traición, mientras las estrellas palidecían, frenando sus ruedas de fuego en un baile agónico. La naturaleza entera se estremeció, conteniendo el aliento ante la sombra de su propia consumación.
Un silencio absoluto, desprovisto de toda vibración vital, asfixió el estruendo de la batalla. Todo lo creado enmudeció. Entonces, surgiendo del cielo boreal, una sombra colosal —la silueta de una mano— se extendió sobre la cúpula del cosmos, reclamando su lugar sobre el destino de los rebeldes.
Sin premura, pero con una inercia implacable, la sombra descendió sobre la hueste enardecida. Absortos en el exterminio de los vencidos, los rebeldes no advirtieron su acechanza. De pronto, un espasmo de frío sideral los recorrió; el fulgor eléctrico de sus auras se extinguió y una palidez de ceniza se adueñó de sus rostros. Las alas, antes poderosas, se desplomaron; las armas resbalaron de manos privadas de voluntad, y una desesperación absoluta marchitó cada corazón.
La hueste se tornó un bloque de sombras, hundiéndose en un abismo de frío. Entonces, con la celeridad de un relámpago, el gran cometa se desvió de su curso, atraído por el peso gravitatorio de los enkis en su caída. En un giro circular y frenético, la estela del astro los envolvió, condensando su esencia y endureciéndolos bajo la sombra de la Mano, hasta que quedaron fundidos en los eslabones inquebrantables de una cadena de diamante.
Una llama de un azul espectral brotó del Portador de Luz, señalando el último estertor de la contienda; un fulgor que titubeaba en el aire, agonizante. En ese instante, un serafín de poder inconmensurable —cuya faz permanecía velada por el resplandor— se detuvo entre el firmamento y el abismo. Al presenciar el horror, se lanzó al vacío con la velocidad del rayo, arrebatándole a Ufi su mortífero rayo antes de que alcanzara su potencia total. Entonces, el clamor de las huestes celestiales rompió el silencio: ¡Aurus! ¡Aurus, nuevo Guardián de las Puertas de la Luz!
Más un oscuro Enki que no conoció el yugo de la cadena. Como un rayo negro rasgando el firmamento, voló hacia el vacío, alejándose de las estrellas distantes. Era Hasatar, el implacable, cuya ponzoña ya buscaba un nuevo mundo: el acérrimo enemigo de las mujeres de la tierra, escapando hacia las sombras para tejer su venganza.
La sombra avanzó inexorable hasta alcanzar la cúpula de cristal. En ese instante supremo, Guardor tocó la línea; el dial de la existencia osciló hasta marcar la hora de la muerte. Siete luces restallaron en la negrura como incendios devoradores, mientras un latido del Gran Centro sacudía la extensión infinita del Ser. En aquella morada celeste, otrora trono de los enkis, la estrella predestinada los expulsó con violencia hacia el corazón de sus esferas. Siguiendo a su señor destronado, todos se hundieron, apagados y ennegrecidos, en el vacío insondable de la tristeza.
El planeta Wan acusó el impacto en su núcleo, socavado por la milenaria ambición de los enkis. Se tambaleó, herido de muerte, y tras un espasmo de agonía, su masa estalló en una deflagración informe. Millones de fragmentos salieron despedidos con furia, repartiéndose en órbitas concéntricas como aros gigantescos; una procesión de bombas volcánicas negras que ahora patrullan el vacío.
Demasiado tarde; el lamento llegó cuando el reino de los enkis ya era polvo. La Tierra, atrapada en la onda expansiva de aquellas fuerzas colosales, perdió su firmeza. Se tambaleó en el abismo como una cáscara de nuez a la deriva en un océano embravecido, sacudida por el choque de poderes que no nacieron para ser contenidos por manos mortales.
De nuevo, un silencio insondable se desplomó sobre el orden de lo creado. Entonces, desde cimas que la razón no alcanza a medir —allí donde lo eterno permanece bajo llave—, brotó un eco similar al bronce de las campanas: eran las voces de las huestes celestiales, que en un canto antifonal, desgarraban el velo de lo oculto.
—¡Gloria, gloria por los siglos de los siglos! ¡Pues solo en Ti reside la grandeza, Señor Eloah El Shaddai! —el clamor ascendía como una columna de incienso hacia el trono de lo invisible.
Me desplomé entonces, como si la vida me hubiera abandonado; quedé allí, inerte y sin rastro de voluntad, tendida sobre la tierra gélida. Ignoro cuánto tiempo me reclamó el olvido, pero al despertar, el cielo me recibió con el golpe de gruesas gotas de lluvia. Los relámpagos herían mi vista y el trueno rugía a lo lejos como una advertencia. En medio de esa negrura absoluta, un sonido me puso en guardia: el eco de pasos que avanzaban y el murmullo agitado de voces humanas.
—Una tempestad terrible —exclamó uno—. ¿Viste el rastro de la llama? Ascendió desde la Fuente de Fuego hacia el corazón de la negrura, evocando el instante en que la Torre de Ufi se desmoronó en cenizas ante nuestros ojos.
—Sin embargo, menos atroz —replicó otro con voz trémula— que aquel rayo divino que borró del mapa la torre norte. ¡Esto no es una tormenta nacida de la tierra! ¡No hay fuego mortal que arda así! ¡Las advertencias del viejo loco eran ciertas: el cielo se ha rasgado sobre nuestras cabezas!
—¡Escucha! —ordenó el primero, señalando hacia donde yo yacía. Contuve el aliento hasta que los pulmones me ardieron. Se hizo un silencio denso—. ¿No habéis oído un suspiro? Hay algo que colma el aire... un roce, un aliento, un susurro invisible. ¡Huyamos de este sitio! ¿Hacia dónde iremos? ¿Dónde está Ufi? ¿Por qué no aparece el Príncipe de la Potestad del Aire para imponer su mando?
Presos del pánico, se precipitaron al vacío de la noche, tropezando entre sombras mientras sus pasos se desvanecían en el silencio. Me quedé a solas con un miedo tan agrio como el suyo y el pulso desbocado. En medio de mi desamparo, una voz cortó la oscuridad llamándome:
—Ehola, Ehola—. Su sonido era de una belleza tal que dejaba en penumbra el canto de un serafín; era un bálsamo de luz filtrándose a través de la noche más profunda.
—¡Jafet! —Sollocé, desplomándome en el refugio de sus brazos—. Mi madre ha sido asesinada... Anú ha caído y la torre norte arde sin descanso. No sé si Nilsun sigue con vida; todo nuestro mundo se ha desmoronado.
—Pero yo estoy aquí, contigo, mi amor —susurró Jafet contra mi oído, una promesa vibrante que buscaba acallar mis temores. Me estrechó con fuerza contra su pecho, y por un instante, el latido de su corazón fue el único ritmo que importó—. Las barreras que nos separaban se han desmoronado junto con los muros de la ciudad.
Sentí la firmeza de sus brazos rodeándome, el calor de su aliento y la urgencia de sus palabras, un anclaje de realidad en un mundo que terminaba de desintegrarse.
—Dime —continuó él, su voz cargada de una vulnerabilidad que me desarmó—, ¿acaso no quieres ser mía, sabiendo que solo nos tenemos el uno al otro?
Un nudo se deshizo en mi garganta, liberando un sentimiento que ya no necesitaba escondite. Me aferré a su túnica, hundiéndome en su abrazo como quien encuentra refugio en medio de la tempestad.
—¡Quiero Jafet, soy tuya! —le respondí, entregándole mis últimas defensas en un suspiro que el viento casi me arrebató.
Con el alma pendiendo de un hilo, nos lanzamos a la penumbra. La lluvia dificultaban cada paso, pero los destellos eléctricos nos mostraban, de forma intermitente, la silueta colosal que se alzaba en la distancia. Era el arca, donde su familia se había refugiado. El lodo se aferraba a nuestros pies como si la misma tierra quisiera retenernos en su agonía. Entre el estruendo de los truenos, la voz de Jafet luchaba contra el viento para confesarme el calvario que había vivido por mí. Me habló de su desesperación en el palacio, de cómo recorrió pasillos que se volvían trampas mortales mientras gritaba mi nombre. Allí, en la penumbra de la corte, había encontrado a Nilsun: mi fiel compañera estaba paralizada, con los ojos vacíos de esperanza frente al cuerpo sin vida de la reina.
Jafet, en un acto de voluntad pura, la arrancó de su estupor y corrieron a mis aposentos, pero solo hallaron el silencio de mi ausencia. Convencido de que el abismo se abría bajo nuestros pies, él no permitió que mi rastro se borrara; reunió a hombres valientes para rescatar mis pertenencias y llevarlas a la morada del Profeta, asegurando mi lugar en el arca incluso antes de saber si yo llegaría.
—Ella no quiso subir —confesó Jafet, y su voz se quebró por un instante.
Nilsun, en un último y desgarrador acto de lealtad, se había negado a buscar refugio sin mí. Había regresado al corazón del peligro para esperar mi retorno, encontrando finalmente su final cuando la torre se desplomó sobre sus sueños. Mientras avanzábamos hacia la silueta colosal del arca, una lágrima se perdió entre la lluvia por mi amiga. Se había marchado al descanso eterno, pero sentí que su esencia, liberada de la carne, volaba ahora sobre nosotros en alas de fuego, escoltándonos hacia la salvación.
El caos de la tormenta, con su furia de agua y viento, parecía retroceder ante la verdad que Jafet me confesaba mientras luchábamos contra los elementos. Me reveló que no me encontró por azar, sino porque me buscó guiado por un extraño fenómeno: un halo de luz pura que coronaba mi cabeza en medio de la negrura absoluta.
Los hombres, siempre prestos a buscar razones en lo tangible, dirán más tarde que aquello no fue más que un truco de la atmósfera, el reflejo de los rayos incesantes golpeando mi piel empapada. Pero yo, mientras sentía el calor de su mano y veía la silueta del arca recortarse contra el cielo herido, supe la verdad en lo más profundo de mí ser. Aquel resplandor no pertenecía a este mundo en ruinas; era el brillo persistente del Reino Invisible, una gloria antigua y eterna que la tempestad más feroz no tenía poder para sofocar. Era la marca de que, incluso en el fin de los tiempos, no estábamos caminando solos.
El frío de la tormenta se quedó en el umbral mientras la pesada cortina del arca se cerraba tras nosotros. Dentro, la atmósfera era densa, cargada del olor a resina, madera fresca y el aliento de quienes aguardaban el juicio final. Apenas cruzamos la entrada, el calor de la familia de Jafet nos envolvió como un manto; nos recibieron con una ansiedad contenida, con abrazos que buscaban confirmar que nuestra carne aún estaba tibia.
Nadie pidió explicaciones. En el silencio de sus miradas no hubo juicio por mi huida del palacio ni preguntas sobre mi tardanza. En ese refugio de fe, el pasado parecía haberse disuelto en las aguas que golpear el casco.
Sin embargo, en mi pecho vibraba un secreto que me aislaba del resto. La visión —aquel resplandor sagrado y terrible que a ningún otro ojo humano le fue dado contemplar— permaneció bajo llave en mi espíritu. Me mantuve callada, permitiendo que pensaran que era el trauma del colapso lo que me enmudecía. No pronuncié una sola palabra; hay glorias del Reino Invisible que son demasiado vastas para ser contenidas en el lenguaje de los hombres, y aquel fuego divino me pertenecía solo a mí.
El frío calaba hasta los huesos, pero el interior del arca ofrecía una tregua necesaria. Me despojé de las ropas empapadas, que pesaban como el pasado que dejaba atrás, y tras un breve refrigerio que trajo un poco de calor a mi pecho, busqué la paz de la pequeña estancia. Jafet, en un gesto de amor que ahora cobraba un sentido profético, la había preparado para mí mucho antes de sospechar que nuestro destino sería flotar sobre un mundo sumergido.
Allí, entre el caos de los enseres rescatados del palacio —telas preciosas y objetos que ahora parecían reliquias de una civilización muerta—, mis dedos tropezaron con algo familiar: mi diario.
Acaricié el cilindro de amatista, sentí una urgencia casi sagrada. El día de hoy no había sido una simple huida; había sido un desfile de maravillas y terrores que desafiaban la razón humana. Antes de que el cansancio nuble mis sentidos o el asombro se desdibuje bajo la rutina de la supervivencia, desenrollé la tela. En la penumbra de la estancia, confié a la tinta los secretos del Reino Invisible y el resplandor de mi frente; verdades que no me atrevo a confiar a nadie más, ni siquiera a Jafet, por temor a que el peso de lo divino quiebre su entendimiento.
Bajo la luz tenue de las lámparas de aceite, la realidad se siente fragmentada. Esta noche, mientras el mundo exterior se ahoga en un abismo de sombras, las palabras del Profeta resonaron en el vientre del arca con una gravedad que selló mi destino. Bajo una promesa irrevocable, me he unido a Jafet; nuestras manos se entrelazaron en los sagrados lazos del matrimonio, uniendo nuestras vidas justo cuando la vida misma parece extinguirse más allá de estas maderas.
En el corazón de cualquier doncella, este sería el instante del triunfo, el acontecimiento supremo soñado entre susurros. En la mía, sin embargo, el eco del «sí» queda sepultado, casi invisible, ante el pavor asfixiante que nos rodea. El rugido de las aguas y los lamentos del viento son una orquesta nupcial que me hiela la sangre.
Me pregunto con amargura, mientras miro a Jafet a la luz de las velas: ¿acaso he sido ganada con demasiada ligereza? ¿Es este amor un puerto seguro o solo el último refugio de dos náufragos que no tienen más opción que sostenerse el uno al otro? La gloria del Reino Invisible que aún late en mis sienes me hace cuestionar si este lazo terrenal es suficiente para enfrentar el vacío que nos rodeará.
La fragilidad de la antigua doncella ha muerto bajo el peso de la tempestad. En este rincón del arca, la timidez se me antoja un lujo de tiempos de paz, una joya inútil que no puedo permitirme lucir mientras el mundo se deshace. El peligro no es solo el agua que se aproxima, sino una voz interna que me acecha y me apremia con un rigor implacable, como si el mismo cielo dictara mi sentencia.
"No pierdas la vida en anhelos románticos", me fustiga esa conciencia fría, "ni consumas los minutos en vanidades que ya no tienen reino donde reinar".
Mientras el resto de la familia de Jafet busca consuelo en la cercanía física, yo siento que temas de una trascendencia aterradora demandan cada fibra de mi pensamiento. No es el amor de un hombre lo que ocupa mi mente, sino el eco del Reino Invisible y el más severo de los juicios que ahora reclama mi entera voluntad. Estoy casada, sí, pero mi alma está siendo convocada a un tribunal mucho más alto que el lecho nupcial. El resplandor en mi frente no era un adorno, era un llamado, y el tiempo de las flores y los susurros ha sido devorado por la urgencia de la salvación.
Me pregunto, con el frío de la incertidumbre calando mis huesos, si alguna otra mujer en la historia habrá iniciado su matrimonio de esta forma tan desoladora. Nuestro amor no floreció en jardines, sino que nació entre el peligro y el duelo, bajo presagios atroces que herían tanto la tierra como el firmamento. No hay celebración, no hay futuro claro; el horror es nuestro único horizonte.
Mientras el arca cruje bajo la presión de lo desconocido, una duda mayor que la tormenta me asalta: ¿podrá esa mano omnipotente —aquella cuya sombra es capaz de sepultar a Ufi y pulverizar los mundos más gloriosos— domar los elementos que hoy se conjuran para nuestra devastación?
Nos guiará en este viaje donde no existe mapa ni timón, ni sol ni estrellas que nos orienten en este abismo líquido. Solo nos queda la fe ciega en que esa misma fuerza que ha decretado el fin de todo, sea la que sostenga nuestra frágil madera sobre el caos.
El eco de lo vivido esta noche me subyuga con tal fuerza que me siento una extraña dentro de mi propio cuerpo. Apenas me atrevo a fiarme de mis sentidos; la razón lucha por tachar de locura lo que el espíritu sabe que es verdad. ¿Fueron mis ojos víctimas de una ilusión nacida del pánico, o es que se me ha concedido el pavoroso privilegio de rasgar el velo que separa el mundo tangible del espiritual?
A través de las rendijas de la estancia, el estruendo ya no suena solo a viento y lluvia. Ahora percibo una frecuencia distinta, una vibración que hace temblar no solo la madera del arca, sino los cimientos de mi alma. Me pregunto si he sido el testigo involuntario del misterio y la majestad del poder de Eloah, manifestándose en las energías desatadas de una naturaleza que ya no reconoce dueño.
El resplandor que Jafet vio en mi frente no era un reflejo, sino el eco de esa majestad vibrando en mí. He visto el rostro del juicio y he sobrevivido para escribirlo, pero el peso de esa visión es una carga que me separa de la humanidad que duerme a pocos metros de aquí. No soy solo una esposa; soy un testigo de lo inefable.
Busqué respuestas en la profundidad de la noche, pero lo que hallé fue una amargura más densa que la misma oscuridad. El estruendo ha cesado, dejando un silencio sepulcral que pesa más que el trueno. Las estrellas, ajenas a nuestro refugio, escalan el firmamento oriental con una calma que me resulta insultante. Sin embargo, al barrer con la mirada la bóveda que creía conocer, el horror me heló la sangre: el mapa de los cielos ha sido herido de muerte.
La lámpara de las Siete Luminarias se ha extinguido, borrada del tapiz celestial como si nunca hubiera existido, y el lugar donde solía reinar el planeta Wan yace ahora vacante, un hueco negro en la memoria del cosmos. Esa constelación, antaño brillante y eterna, se ha desplomado hacia las tinieblas exteriores, compartiendo el destino trágico de los enkis caídos.
Un pensamiento aterrador me asfixia: si las mismas estrellas han sido juzgadas y arrojadas al abismo, ¿qué esperanza nos queda a nosotros, simples motas de polvo sobre un madero? Me pregunto con un pavor que hace temblar mi pluma: ¿acaso no se ha salvado ninguno? ¿Estamos solos en este vacío, custodiando la última chispa de una creación que ha sido borrada de los cielos?
Con el corazón encogido y la respiración contenida, giré la vista hacia el oeste, buscando desesperadamente un vestigio de lo que alguna vez fue real. Allí, recortándose sobre la silueta de la montaña sombría que el agua aún no alcanzaba a devorar, ocurrió el milagro: ¡todavía tiembla la estrella de la tarde!
Brilla con una fragilidad conmovedora, como una sonrisa que se abre paso entre las lágrimas de un mundo agonizante. Su luz vacilante, solitaria en medio de la devastación celestial, es el único rastro de paz que queda en este horizonte herido. Es un faro de esperanza que parece decirnos que no todo ha sido entregado a las tinieblas exteriores; un último vínculo con la belleza que conocimos antes de que el juicio de Eloah barra la tierra. Mientras esa pequeña chispa resista, sentiré que nuestra futura travesía hacia lo desconocido aún guarda una promesa.
← Capítulo Anterior | Capítulo 15: En él Arca →
— Entrada y obra creadas por Abraixas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario