El bochorno implacable de la jornada cedió, al fin, ante el primer aliento del crepúsculo. Rendida por el peso de las aventuras vividas, me despojé del manto que me servía de escudo desde mi llegada a Sippara. Con un suspiro de alivio, desaté los nudos del corpiño y solté mi melena; el cabello rubio, denso y fulgurante, se derramó por mi espalda hasta acariciar mis pies como una cascada de seda.
Caminé descalza, permitiendo que la piedra del suelo me robara el calor de las plantas de los pies, saboreando esa paz eléctrica que solo otorga la soledad absoluta. Al pasar frente al espejo, mi propio reflejo me detuvo en seco. Las facciones que me devolvía el azogue me resultaron ajenas y familiares a la vez, arrancándome un susurro inquieto:
—¿Ehola...? ¿Por qué te pareces tanto a Lebuda?
Desde la altura privilegiada del Palacio de la Luz, mi cámara privada se alzaba como un nido de águilas sobre la ciudad. Sabiéndome a salvo de cualquier mirada indiscreta, descorrí las pesadas cortinas del balcón. El aire fresco de la noche entró de golpe, envolviéndome en un abrazo nocturno mientras Sippara se extendía a mis pies, rindiéndose también al descanso.
—Por el momento —exclamé al vacío, mientras mis dedos se hundían en la piedra del balcón—, estoy sola y segura; pero, ¡ay, el peligro y la ira se ciernen sobre el mundo!
El silencio de la noche no me trajo calma, sino un eco aterrador. Podía jurar que oía los pasos que avanzaban en la distancia: el vengador se apresura y el día de la aflicción ya está cerca. Una ráfaga de viento helado me erizó la piel, recordándome lo vulnerables que somos ante tal amenaza.
—Madre mía —susurré, con la vista fija en las luces distantes de la ciudad—, dormimos sobre un volcán; bajo nuestros pies no hay más que nubes de tormenta, trampas y lazos. ¿Cómo escaparemos de la destrucción?
Alcé la mirada hacia el firmamento, buscando una respuesta en la inmensidad de los astros.
—¡Eloah mío!, ¿cómo lograremos salvarnos?
Retrocedí de la barandilla con el corazón galopando contra las costillas, como un pájaro atrapado que busca desesperadamente una salida. Hui de la inmensidad del cielo hacia la penumbra protectora de mi cámara, donde las sombras se cerraban sobre mí como un bálsamo. Allí, en el rincón más oscuro, donde la majestad del palacio se desvanecía ante la urgencia del espíritu, me desplomé de rodillas.
El frío del suelo ya no era un alivio, sino un recordatorio de mi propia fragilidad. Con las manos entrelazadas y la frente inclinada, dejé que mi alma se volcara en una plegaria ferviente, desnudando mi miedo ante lo invisible.
—¡Oh, Eloah de Aleemon! —Clamé en un susurro quebrado, que apenas perturbó el aire denso de la habitación—. Permite que me lleven sin mancha de esta ciudad de pecado.
Mis ojos se cerraron con fuerza, visualizando las grietas que ya comenzaban a abrirse en los cimientos de mi mundo.
—Muéstrame una vía de escape —supliqué—, aunque el sendero cruce el umbral amargo de la muerte.
Apreté las manos contra el pecho, buscando contener el galope desbocado de mi corazón. El contacto con el lino me resultó ajeno; una frialdad rígida que se interponía entre mi mano y mi piel.
—Pero no es por mí por quien imploro tu misericordia; es por mi madre —mi voz tembló, pero no se quebró—. Aunque su hermosa forma se desvanezca, ¡sálvala! Oh, Santísimo, restáurala de la mácula del abrazo de su nuevo señor.
Caí de rodillas, dejando que el lino frío se ciñera a mi piel. El aire parecía cargado de incienso y espera.
—Y por uno más me atrevo a levantar la voz... ¡Oh, Eloah de infinita piedad! Tú creaste a Anu para la gloria; su pecado no es tan terrible como el de aquellos que lideran esta rebelión. Tú, que eres compasión pura, dale el poder de arrepentirse y ser restaurado en tu luz. Haz de él, de nuevo, un brillante arcángel, fuerte para tu servicio. Él te amará más que todas las huestes celestiales... —un sollozo me oprimió la garganta—, pues ellas no conocen el gozo de ser perdonados.
Mis palabras quedaron suspendidas en el aire, como si el tiempo se hubiera espesado de golpe. Entonces, la estancia dejó de ser un refugio; la atmósfera vibró, cargada de una electricidad antigua que erizó el vello de mi nuca. Desde la penumbra, una respiración profunda, un suspiro que parecía contener el eco de mil siglos, rasgó el silencio absoluto.
Me giré con un súbito arranque de urgencia y, de golpe, el aliento se me quedó atrapado en la garganta. Allí, recortada contra el tapiz de un cielo cuajado de estrellas, se alzaba la silueta inconfundible de Anu sobre el umbral de la terraza. No era un juego de sombras; era él, revelado con una nitidez casi dolorosa bajo la luz sideral.
En el instante exacto en que nuestras miradas se cruzaron y supo que su presencia había sido descubierta, el silencio de la noche se quebró. Un leve silbido, un susurro apenas audible, precedió a una ráfaga de aire ascendente que agitó mis cabellos. Antes de que pudiera pronunciar su nombre, la misteriosa figura se fundió con el viento, desvaneciéndose en la oscuridad como si nunca hubiera existido.
Me quedé inmóvil, con el corazón golpeando mi pecho con una fuerza sofocante, una presión ascendente que amenazaba con cerrarme la laringe. Sentí cómo el calor me encendía el rostro en un rubor de pura vergüenza y anhelo. Lo comprendí entonces: Anu, movido por el impulso irrefrenable de una última despedida antes de marchar hacia su peligrosa empresa, había desafiado la distancia para llegar hasta mi torre.
Una punzada de vulnerabilidad me atravesó el pecho al caer en la cuenta de la magnitud de su presencia. Me sentí doblemente expuesta: no solo porque me había sorprendido despojada de mis vestiduras, sino porque, en una desnudez mucho más íntima y profunda, Anú había escuchado cada palabra, cada ruego y cada secreto de mi oración.
Él lo sabía todo ahora; había penetrado en el recinto sagrado de mi conciencia, desmantelando mi intimidad con la calma de quien siempre supo que lo lograría.
Aquel suspiro que dejó tras de sí antes de fundirse con la noche aún flotaba en el aire de la cámara, denso y cargado de un significado indescifrable. Me quedé allí, envuelta en ese rastro invisible, preguntándome con angustia si aquel aliento había sido el lamento amargo de un amor herido o, por el contrario, el peso abrumador de una profunda y penitente tristeza.
Incapaz de hallar descanso en el lecho, donde las sábanas parecían quemar, busqué refugio en el tacto gélido de mi túnica de lino. Necesitaba que el aire de la noche barriera la confusión de mis sentidos, así que regresé al balcón, entregando mi piel al viento en un intento desesperado por recobrar la calma.
Sin embargo, el destino se mostró implacable. Desde la penumbra del piso inferior, el murmullo de unas voces comenzó a serpentear hacia arriba, rompiendo la paz que tanto ansiaba. Eran sombras fundidas en la nada, siluetas borrosas que apenas se distinguían en la oscuridad, pero entre ellas emergió un sonido que me paralizó: la voz de Anu. Me llegó clara, vibrante y punzante, resonando en el aire con una intensidad magnética, como si un hilo invisible y eterno siguiera conectando su alma directamente con la mía.
—No hay más que pueda hacer por ti —sentenció Anu. Su voz, aunque contenida, cortó la quietud de la noche con el filo de una hoja de acero. Cada sílaba emanaba una determinación gélida—. Llamas cobardía a lo que es, en realidad, una decisión nacida del peligro.
—¡Esto es un suicidio, Anu! —estalló Ufi. Desde mi posición en las sombras del balcón, pude imaginar perfectamente su gesto de absoluta incredulidad, el ceño fruncido y los puños apretados bajo la capa—. ¡Te haré volver a la cordura y al deber a cualquier precio!
El desafío quedó suspendido en el aire, pesado y vibrante. La tensión escalaba por los muros de piedra de la torre como una hiedra invisible, envolviéndome en una conspiración que amenazaba con devorar la última pizca de mi serenidad.
Pero Anu no flaqueó. Su respuesta resonó con una solemnidad ancestral, una gravedad que parecía emanar de las profundidades de otro tiempo:
—La ley es idoneidad eterna, Ufi —declaró, y su voz cobró un matiz de absoluta rendición ante algo superior—. Tú, mejor que nadie, sabes que no puede ser quebrantada sin que el universo mismo se resienta. No somos los arquitectos de un orden nuevo, ni revolucionarios con una causa justa; somos simples rebeldes conspirando contra un gobernante compasivo. Me arrepiento... y no ofreceré más resistencia a la verdad.
Sus palabras resonaron como piedras en un pozo profundo. Aquel arrepentimiento fue el detonante: mientras Ufi ardía en furia, mi corazón terminaba de desgarrarse. Anu se marchaba, sí, pero no como una víctima, sino como un hombre que abraza un destino fatal como si fuera su única verdad.
—¿Me vienes con esto a mí? —rugió Ufi. Su desprecio fue una onda expansiva que pareció hacer vibrar hasta las piedras del balcón bajo mis pies. Se adelantó, y pude sentir el veneno en cada una de sus palabras—: ¿A mí, que te ensalcé por encima de todos los demás? ¿Te atreves a invocar el favor del Eterno, tú, que asolaste la tierra desafiando Su ley y escupiendo blasfemias contra Su Nombre? Tú, que fuiste mi Consejero... ¿pretendes ahora, en un arranque de falsa piedad, erigirte como mi igual?
Un silencio pesado y asfixiante se desplomó sobre el jardín, extinguiendo hasta el más mínimo rumor de la noche. Entonces, la voz de Anu emergió de la oscuridad, cargada de una tristeza tan insondable que sentí una opresión física en el pecho, un nudo que me impedía respirar.
—Recuerdo bien que he pecado —admitió con una amargura que parecía nacer de sus propias entrañas—. Y es precisamente por eso que no estoy dispuesto a transgredir ni un paso más.
Hizo una pausa y, en la quietud de la noche, su voz cobró una firmeza inquebrantable, despojada de cualquier rastro de orgullo.
—Mi arrepentimiento es por mi propio espíritu; busco la redención, no el perdón. Lo que suceda después, ya sea mi destino o mi castigo, queda ahora en manos de Eloah.
Aquella mención al Altísimo selló sus palabras con el peso de lo irrevocable. Anu ya no luchaba contra Ufi, ni contra el mundo; su batalla era interna, una capitulación ante la justicia divina que lo dejaba desamparado ante la furia de su antiguo aliado, pero finalmente en paz con su propia conciencia.
—Príncipe de Occidente —soltó Ufi, y la ponzoña en su tono fue tan vívida que casi pude ver su sonrisa cruel rasgando la oscuridad—. Este repentino cambio de parecer no es más que la flaqueza de una pasión recién nacida. Estás cegado, Anu; es el deseo el que te confunde, no el Altísimo.
Pero Anu no respondió con la furia que Ufi esperaba. Él, que aguardaba una réplica cargada de rayos y cólera, se encontró con un muro de calma absoluta. La sola mención de la divinidad no fue el fósforo que encendió la mecha, sino la losa que selló el sepulcro de su antigua arrogancia. Ya no luchaba contra su antiguo aliado; su conflicto se había replegado hacia un rincón íntimo de su alma, un lugar donde el fragor de la guerra era sustituido por el eco de una capitulación voluntaria. Estaba desnudo, sí, vulnerable ante los colmillos de Ufi, pero por primera vez en siglos, habitaba en una paz irrevocable.
Ufi acortó la distancia, invadiendo su espacio personal con la confianza de un depredador. Sus palabras no fueron un grito, sino un goteo corrosivo.
—Ehola utiliza la piedad como un arma, no como una virtud —escupió, dejando que el veneno buscara alguna grieta en la armadura de Anu—. No te dejes engañar, Anu: no es más que otra humana, un simple envoltorio de carne y debilidad. Lo comprobarás muy pronto, cuando veas lo fácil que es desarticular aquello que tu ingenuidad ha decidido llamar sagrado.
El corazón se me detuvo. Escuchar mi nombre en sus labios, envuelto en semejante desprecio y convertido en una pieza de aquel tablero de traiciones, me heló la sangre. Ufi no solo atacaba la redención de Anu; estaba marcando mi destino como el instrumento de su caída.
Un silencio denso y cargado de electricidad se extendió por el jardín, como si la noche misma contuviera el aliento. Fue el tiempo justo para que Anú encajara el golpe y se recompusiera del ataque ponzoñoso de su rival. Cuando finalmente habló, su voz ya no albergaba rastro de la amargura anterior; lo hizo con una dignidad tan serena, tan absoluta, que sus palabras parecieron purificar el aire viciado que subía hasta mi balcón.
Su respuesta no buscaba defenderse, sino elevarse por encima de la mezquindad de Ufi, dejando claro que su transformación no era un capricho de la carne, sino un despertar del espíritu.
—Mi señor Ufi —respondió él, y su voz recuperó un eco de firmeza ancestral que pareció resonar en las mismas piedras de la torre, vibrando en mis propios huesos—. El amor de una mujer es capaz de arrastrar a un enki a la desolación más profunda o de elevarlo hasta los mismos umbrales de lo divino.
Sus palabras flotaron en la oscuridad como una verdad irrefutable, una declaración que transformaba mi existencia de una simple distracción humana en la brújula de su redención. Anu no negaba lo que sentía; lo purificaba. Su fe desafiaba el cinismo de Ufi, uniendo lo humano con lo divino en un solo aliento. En aquel momento, la torre dejó de ser mi celda para ser el eje del mundo, el lugar donde se decidía si un ser celestial caería al vacío o alcanzaría la gloria.
Se produjo un silencio denso, un vacío cargado de historia donde supe, con una certeza estremecedora, que se estaba quebrando un vínculo milenario. Aquella lealtad forjada en eras de oscuridad se desmoronaba ante mis ojos.
—Tú has hecho de la sombra tu hogar por miedo al vacío —sentenció Anu, y su voz ya no pertenecía a este mundo, sino que resonaba con la autoridad de los astros—; yo, en cambio, elijo la altivez del firmamento y la promesa del alba.
Sus palabras fueron la estocada final. Mientras Ufi permanecía anclado a la tierra, consumido por su propio rencor, Anu se elevaba moralmente hacia una luz que su antiguo aliado no podía siquiera contemplar. En ese balcón, envuelta en mi túnica de lino, comprendí que acababa de presenciar el nacimiento de un nuevo destino, uno donde la oscuridad ya no tenía poder sobre él.
—Esa muchacha te ha hechizado —escupió Ufi, dejando que la rabia desbordara finalmente su compostura—. Maldita sea la hora en que no pereció junto a su padre. Te aseguro, Anu, que morirá en el instante en que Lebuda sea totalmente mía.
La amenaza se estancó en la brisa nocturna con la frialdad de un veredicto. Un escalofrío me surcó la espalda, pero Anu no dio muestras de flaqueza; su sosiego era ahora el blindaje perfecto contra aquel odio visceral.
—Hasta que los ritos se celebren, permaneceré a tu servicio —respondió él, midiendo cada palabra con una precisión gélida que hizo que el aire mismo pareciera cristalizarse—. Zimel comandará a los Siete Místicos, tal es su deseo. Pero no ignores esto, Ufi: Ehola, al igual que el Profeta, está protegida por el poder del Sin Nombre. Nada podrás contra ella.
Aquella mención a una fuerza inefable y superior pareció trazar un círculo sagrado a mí alrededor, una barrera invisible que ni siquiera el odio de Ufi podía trasponer. Anu me entregaba al cuidado de lo eterno, reconociendo que, aunque su presencia física se desvaneciera en la guerra que se avecinaba, yo quedaba bajo el amparo de una autoridad ante la cual los reyes y los enkidus no eran más que polvo.
Ufi guardó silencio, un silencio cargado de una frustración venenosa, mientras yo, desde lo alto de la torre, sentía el peso de esa protección como un manto de fuego y paz.
LA CORONACIÓN
El alba de la coronación despuntó con una claridad radiante. Desde las primeras luces, el gran atrio bullía de actividad: trabajadores y enkidus se afanaban en los últimos preparativos, cuyo eco ascendió hasta mi ventana para arrancarme del sueño. Al asomarme, la ciudad se revelaba transformada; torres, murallas y los jardines colgantes vestían sus mejores galas. Entre el ondear de estandartes reales y guirnaldas que nacían del eje de la gran serpiente, el perfume de miles de flores inundaba un aire que vibraba, cargado de promesa.
De un extremo a otro de los arcos, los estandartes ondeaban bajo el peso de sus bordados. De ellos pendían campanillas de bronce que, al agitarse con el viento, parecían recitar en un eco metálico las palabras grabadas en la seda: 'Ufi y Lebuda, Reina de la Tierra, La Novia del Sol'."
Pabellones de oro aguardaban el desfile de las soberanas de los enkis. En el corazón de la corte se alzaba un trono colosal, el escenario donde Ufi habría de consagrar a Lebuda como la Reina de todo lo existente. Aquella obra, cumbre de la ambición humana, descansaba sobre los lomos de cuatro dragones de bronce que exhalaban un flujo eterno de Homa por sus fauces abiertas. Para que el sol mismo pudiera participar de la ceremonia, se había rasgado el muro del palacio, creando una vía aérea por la que un rayo de luz descendía directamente sobre el asiento real.
Un silencio súbito devoró la corte; cada artesano y siervo suspendió su labor en seco. Un murmullo eléctrico, como una corriente viva, erizó la piel de la multitud hasta que, desde el umbral, estalló el clamor heráldico:
—¡Abran paso! ¡Abran paso al Príncipe de la Potestad del Aire!—.
Por un instante, el espacio donde la entidad habría de descender quedó en un vacío absoluto. Entonces, la criatura sin forma se filtró desde las alturas para culminar la decoración. Tras la celosía, contuve el aliento, hipnotizada por los movimientos de aquel ser informe. Con un gesto imperioso, convocó a las nubes, que acudieron a cobijarse en su seno; llamó después a los vientos, y estos se precipitaron a sus fauces, confinados en esa vasta caverna para ser exhalados a su voluntad. Desde su cúspide, el ser arrojó un arcoíris envuelto en relámpagos zigzagueantes. Con una fuerza errática pero magistral, comenzó su labor: erigió sobre las torres columnas de un vapor blanco y eléctrico, como el que precede a la tempestad. Estos pilares se unieron mediante arcos prismáticos que cruzaban la corte hasta converger sobre el trono. Sobre la cúpula así formada, extendió un velo de nubes de un rosa etéreo que, lejos de ocultar el sol, lo tamizaban. Desde el corazón de esa bruma brotaban mil reflejos opalinos que, fundidos en una masa vibrante, se mecían al dictado de una brisa suave.
Como preludio a la partida del Príncipe Sin Forma, un último relámpago rasgó el aire, seguido de un repique delicado de granizo que cayó sobre el mármol. Entonces, la entidad se desvaneció como una sombra devorada por la luz. Durante largo tiempo permanecí tras la celosía, cautivada por la obra que había dejado atrás: una arquitectura de vapor y prismas cuyos matices cambiaban con cada parpadeo, transformando la corte en un sueño suspendido.
El hechizo se disolvió de golpe ante la llegada de un mensajero sofocado. La reina exigía mi presencia; la obediencia fue mi única respuesta. Fui conducida a través de jardines vigilados, atravesando cámaras que se sucedían en una escala ascendente de opulencia. Los muros de alabastro y las bóvedas áureas devolvían el reflejo de la gloria de Ufi. Al final, mi guía descorrió un enrejado floral decorado con flores pintadas a mano, cuyos pétalos, bañados en una bruma perfumada, lucían gemas incrustadas que imitaban gotas de rocío. Tras el umbral, bajo un dosel de encaje de plata, el lecho real se erguía como un monumento al aislamiento. La estancia estaba poblada por muebles de ébano y cedro, tachonados de marfil y oro; espejos y estatuillas rompían la penumbra, mientras que pesadas cortinas de color azul profundo intentaban —sin éxito— sofocar la melancolía que impregnaba el aire.
Allí, en el corazón de aquel esplendor, se encontraba la pareja real. Irradiaban una soberanía y una hermosura tan absolutas que se sentían distantes, casi irreales. Ni la historia ha registrado, ni el futuro conocerá otra imagen de perfección semejante; era una armonía tan pura que hería los sentidos, una trascendencia que convertía el lujo de la estancia en un simple marco para su divina presencia.
Ufi, el Portador de Luz, vestía una túnica de un azul tan profundo que parecía un jirón del firmamento, bordada con diamantes, rubíes y esmeraldas que se derramaban por el suelo como lenguas de fuego gélido. Sobre su frente refulgía un pentágono cuajado de gemas, cuyo brillo proyectaba un haz de luz tan vivo que emulaba el danzar de las llamas. En su diestra sostenía un cetro de igual magnificencia; desde cada ángulo de aquella joya de poder, brotaba un estremecimiento constante, liberando una chisporroteante luz azulada que latía al ritmo de su propia y majestuosa presencia.
Lebuda, mi madre, resplandecía como el espejo perfecto de toda luz. Envuelta en gasas de seda que alternaban el rosa con el blanco, parecía la encarnación de la nube que custodiaba el palacio. Los infinitos pliegues de su capa descendían orlados por hileras de perlas blancas y azabaches, encarnando una pureza absoluta. A pesar del velo diáfano que cubría su rostro, su cabello dorado fulguraba, descendiendo en una marea indómita hasta besar el suelo a cada paso. La corona real, torrente de zafiros, descendía sobre su frente con la gracia de una cascada de agua cristalina. Pero eran sus ojos, del azul más profundo de un lago de montaña, los que eclipsaban todo brillo al centellear como el lucero del alba. Al moverse, un perfume cálido se desprendía de ella, tan dulce como el primer suspiro de la mañana.
—¡Qué hermosa estás, madre! —exclamé, sintiendo mi corazón desbordarse y mis lágrimas brotar ante tal despliegue de perfección.
Mientras Anú, envuelto en un silencio grave, recibía las instrucciones de Ufi, logré apartarme para acercarme a ella. Mi madre, clavando su mirada de zafiro en la mía, me reprendió con dulzura:
—Hija, ¿por qué vistes aún ese ropaje ordinario? No es digno de la gloria de este día —me instó con premura—. Ve rápido, vístete con el traje de gala. Tu presencia y tu belleza son el último destello de esplendor que requiere nuestra coronación.
Con un beso humilde en su mano, respondí con voz trémula pero firme: —Madre, Eloah ha puesto en mí el poder de ver más allá de lo visible, de alcanzar lo que el entendimiento humano no logra procesar. Esa misma visión me prohíbe participar en este rito. Te suplico tu perdón; te observaré desde lejos, pues si bien mi cuerpo se retira, mi alma caminará a tu lado hasta que todo llegue a su fin.
—Hija dijo ella, y su voz era un hilo de seda a punto de romperse—, tus advertencias no hacen sino despertar un grito apagado en mi propio pecho. Siento el peso de una amenaza, mi conciencia está atribulada, pero mi voluntad se desvanece ante un poder que no puedo resistir. Estoy atrapada en una red invisible. Siento un pavor gélido ante la soberbia de ese señor, pero estoy encadenada a su deseo. El nombre de Aleemon quema en mi garganta… ¡Si estuviera aquí...!
Aquella alusión a mi padre, la única vez que lo mencionó, nos sumió en un torbellino de emociones. Con el corazón latiendo desbocado, luché por dominar mi propia turbación y la estreché entre mis brazos para calmarla:
—El mal es ya irreparable, madre; has consumido la dieta del palacio y te has entregado a sus baños y perfumes. Yo, al haberme abstenido de esos ritos y preparativos, conservo la claridad para percibir los decretos del Altísimo. ¡Debemos mantenernos firmes! En nuestras manos ha sido puesto el hilo de la fe de Aleemon. Él nos guiará, quizá a través de la sangre y el fuego, pero nos llevará seguras hacia el refugio del descanso eterno—.
—Ruega por mí, hija mía —respondió ella, con la voz quebrada por una emoción incontenible—. He perdido el poder de la oración; mi voz ya no alcanza las alturas. Nos despedimos, me temo, para siempre. ¡Adiós, vida mía! ¡Adiós!
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire cargado de incienso, mientras sus ojos de zafiro se nublaban con una verdad definitiva: la reina de todo lo existente era, en realidad, la más pobre de las cautivas.
En ese preciso instante, el eje de la serpiente giró sobre sí mismo sin proyectar sombra alguna; era el mediodía exacto del solsticio de verano. El clamor de las trompetas rasgó el aire, anunciando que todo estaba listo. Ufi entrelazó sus dedos con los de mi madre y, en un acto que desafiaba la gravedad, ambos avanzaron flotando por el interminable pasillo. Cruzaron el umbral de la Puerta Ancha y recorrieron la senda aérea, suspendidos sobre el vació palaciego, hasta posarse en sus sitiales del trono de oro.
Un silencio sepulcral, casi tangible, se adueñó de la multitud. Ufi, con movimientos de una precisión ritual, extrajo el diamante azul del corazón de su cetro: una lágrima de luz eléctrica que latía con vida propia. En el instante en que lo depositó sobre la frente de mi madre, la gema se fundió con la corona en un abrazo de luz. La estancia entera vibró cuando su voz se alzó poderosa:
—Así te consagro como mi compañera y mi igual; eres la perfección de la belleza, la consorte de Ufi y la Reina absoluta de la Tierra y el Sol.
En un parpadeo, la arquitectura de nubes se fracturó. La pantalla rosácea se desvaneció y la luz del sol, libre de todo obstáculo, cayó como una cascada de oro líquido sobre la pareja real, envolviéndolos en una gloria cegadora. La multitud, golpeada por la belleza de aquel incendio celestial, permaneció un instante en un silencio de estupefacción. Entonces, el vacío se llenó con una tempestad de vítores y aplausos que sacudió los cimientos del palacio: —¡Un dios! ¡Una diosa!— clamaban miles de gargantas. —¡Gloria a Lebuda, la belleza sin igual! ¡Gloria a Ufi, Luz del Creador, soberano de la Tierra y el Sol!—.
Un estremecimiento de puro pavor recorrió mi cuerpo ante semejante blasfemia. Una sensación que pareció encontrar respuesta directamente sobre nuestra cabeza proveniente de un nubarrón del que rugieron truenos, cerrándose repentinamente junto con mis pensamientos.
Un nuevo estruendo de trompetas anunció la llegada de los portadores de tributos: una procesión interminable que acarreaba los tesoros de la tierra y el mar para rendirlos a los pies de la pareja real. Los hijos gigantes de Ufi escoltaban el carro; sus cuerpos atléticos, revestidos en escamas de plata y coronados por yelmos de plumas erizadas, relucían bajo el sol con el fulgor de la piel morena. A diferencia del mosaico de bellezas de sus madres, todos ellos guardaban un parecido feroz con su linaje real. Montaban caballos nocturnos de pelaje salpicado por jirones blancos, como un cielo atormentado. Eran criaturas de crines vibrantes y mirada lechosa, poseídas por una ferocidad muda, que se desplazaban con tal ingravidez que sus cascos apenas rozaban el suelo, como si despreciaran la gravidez de un mundo demasiado pesado para su naturaleza divina.
Tras los Hijos de la Luz, la arena vibró bajo el paso de majestuosos elefantes blancos, portadores de ofrendas dignas de un dios. Siguiendo la estricta jerarquía, irrumpieron los hijos de Obora, envueltos en armaduras de un verde bruñido que destellaba con reflejo esmeralda; avanzaban sobre carros tirados por leones rugientes, cuya naturaleza salvaje se doblegaba dócilmente ante la fuerza sobrehumana de sus guías. Aquellos seres extraños, de voces terribles que inspiraban un pavor sagrado, gobernaban las riendas con una autoridad absoluta. Tras ellos desfilaron los hijos de Zimel, Darmuzzi, Nergal y Utu, junto a otros príncipes celestes; hombres de renombre y valor probado, ataviados con las galas regias de sus linajes, rindiendo tributos generosos a los pies del Rey de Reyes.
En ese preciso instante, un hombre y una mujer que servían en los salones de la torre norte irrumpieron en la terraza. Allí me encontraba yo, sentada junto a mi fiel Nilsun, contemplando la procesión con una mezcla de asombro y desdén. Ambos se apoyaron en la barandilla, uniendo sus miradas a la mía sobre el desfile que fluía bajo nosotros, mientras el eco de los leones y las trompetas ascendía hasta nuestro refugio de piedra.
A través de los susurros de aquellos sirvientes, supe que habían presenciado incontables ritos, aunque coincidían en que este eclipsaba a cualquier otro. La razón era de un peso abrumador: el mismísimo Príncipe de la Potestad del Aire había jurado lealtad a Ufi. Señalaron con el dedo al más célebre de los gigantes, desgranando una crónica de proezas oscuras y la cruda brutalidad de Bauchery. Escuchar sus relatos hizo que una oleada de sangre caliente hormigueara en mis mejillas, encendiendo en mí una mezcla de indignación y asombro.
—Ese gigante que se yergue allí, con una serpiente viva enroscada en su escudo, es Orak —señaló el hombre con un hilo de voz—. Cabalga a Aldebarán, su famoso semental de guerra. Es el vivo retrato de Ufi: cruel, implacable y tan soberbio como su padre celestial. —Hizo una pausa cargada de intención y bajó aún más el tono—: En cuanto a la mujer... ¿habéis oído la última atrocidad sobre Maima y su bebé? —La mención de aquel nombre pareció helar el aire en la terraza.
—Las maldades de Orak son bien conocidas, pero palidecen ante la perversión del hijo del gigante Asmondeo —susurró el sirviente con un asco visible—. Miradlo allí, asomado en ese carro tirado por Pards; su figura es el reflejo de sus festines: pura brutalidad alimentada con sangre de hombres. Ha convertido su reino en un páramo, sacrificando a sus súbditos para abastecer su mesa de carnes humanas. Es un glotón que acecha a nuestras hembras con un hambre insaciable. De no ser por la presencia protectora de las Enkis, el exterminio de nuestra raza sería solo cuestión de tiempo bajo su yugo—.
—¡No veo a ninguna hija Enki entre ellos! —me atreví a señalar, rompiendo el asombro.
—Ninguna ha nacido aún —respondió la mujer con un susurro—. Pero, ¡mira! Allí surge Seraphus, el prodigio de los príncipes. Se cree inmortal, pues es el único entre los Enkidus bendecido con alas. Ha visto pasar casi un milenio y el tiempo no ha osado marcar su rostro con un solo signo de vejez.
—¡Qué porte tan altanero! —exclamé sin pensar, cautivada por su figura.
La sirviente se volvió hacia mí con rapidez. Su expresión cambió al escrutarme.
—Tu rostro, mi señora —dijo con voz trémula—, es el de una hermosa doncella, pero tu mirada... tu mirada es un rayo mortal que quema y aniquila lo que toca.
Me cubrí el rostro con el velo, sobrecogida por una mezcla de vergüenza e indignación que inundó mi alma al contemplar la situación del mundo bajo la sombra perversa de los Enkis. Estos arquitectos del caos, que arrasan con todo a su paso sin escuchar las súplicas de quienes sufren. Embriagados por la pompa de estos señores celestes y su estirpe de gigantes, subyugados por una tiranía ciega, los hombres han entregado su voluntad. Se abandonan al torrente de la impiedad, mientras murmuran: "¡El Señor se ha olvidado de la tierra, el Señor ya no ve!". Más, bajo el estrépito de este festín sacrílego, distingo el pulso de lo inevitable: el decreto fatídico ya vibra en el éter. Los pasos del Vengador resuenan con la cadencia de lo eterno, surcando las sendas del tiempo con la implacable precisión del juicio.
A lo largo de la sofocante tarde de verano, bajo el fragor de una multitud embriagada de asombro, la procesión avanzaba con una cadencia solemne, saturando las arcas reales con la gloria del mundo entero. Desfilaban ante el trono las herramientas del progreso y las letales municiones de guerra; carros y caballos de casta, legiones de elefantes, camellos y ganado que daban paso a bestias exóticas jamás vistas por el hombre. Tras ellos, una marea de esclavos y enanos arrastraba fardos de pieles preciosas y balas de las telas más finas. El aire se espesaba con el aroma de especias y perfumes, mientras los cofres rebosantes de oro, coral, ámbar y gemas centelleaban bajo el sol. Cerrando este despliegue de soberbia, grupos de bailarines y cautivos de inquietante hermosura avanzaban encadenados, completando la ofrenda total a los pies de Ufi.
Sobre la multitud, el cielo se pobló con una flota asombrosa de naves que surcaban el aire con una ligereza antinatural. Aquellas estructuras eran el legado de un Enkidu de los tiempos primordiales, quien, tras desentrañar el secreto de los huesos huecos de las aves, concibió el vuelo. Su construcción sigue siendo un misterio insondable, especialmente el modo en que bombean en su interior una suerte de plata líquida, un fluido de poder colosal que las mantiene en suspensión. Reservadas solo para la estirpe real, estas barcazas lucían los blasones y colores de cada linaje. En el corazón de cada nave, protegida en un santuario, se erguía una reina de belleza sobrenatural, mientras en la proa, un par de enanos manipulaban los mandos con destreza. Al detenerse frente al trono, las naves ondearon sus velas en un saludo rítmico, y las realezas se postraron con gracia, rindiendo pleitesía y jurando lealtad eterna a la nueva soberana.
A medida que la flota aérea se alejaba, navegando con parsimonia hasta ser devorada por una niebla persistente, una voz musical y seráfica proclamó el fin del desfile y el inicio del festín. El sol, testigo mudo de la pompa diurna, comenzó su descenso en el ocaso; nubes ondulantes de un carmesí violento se arremolinaron a su alrededor, envolviéndolo como un sudario de gasa fina. Un resplandor rojizo, denso y profundo, empapó la torre, el pabellón y cada columna de mármol. Cuando Ufi y su consorte avanzaron por la vía luminosa hacia el banquete, Lebuda parecía sumergida en una marea escarlata.
—Demasiado rojo... —susurró Nilsun con una brusquedad que me heló la sangre—. Mi señora no parece bañada en luz, sino en pura sangre.
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— Entrada y obra creadas por Abraixas.

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