Cuarta luna
Han pasado ya cuatro lunas desde aquella noche en que la silueta de Azreel se desvaneció, dejando en la tierra un vacío que solo yo parezco medir. Desde su partida, Jafet se ha convertido en mi sombra; rara vez permite que la soledad me encuentre.
Él no fue testigo de la presencia del ángel, no vio el resplandor ni el vació en sus ojos, pero el peso de mis palabras debió de grabarse en él como una advertencia funesta. Mi relato le infundió una alarma que no logra disimular.
Por eso, cuando esta noche busqué el consuelo del aire libre para dejarme bañar por la luz mortecina del crepúsculo, no estuve sola por mucho tiempo. Jafet apareció en silencio, siguiendo mis pasos, y terminó por sentarse a mi lado, compartiendo un horizonte que para él es calma y para mí, pura ausencia.
Tras el asfixiante encierro de tantos días dominados por la oscuridad y la furia de la tormenta, la vista resulta casi abrumadora. ¡Qué gloria emana del sol mientras se hunde en la inmensidad de las aguas!
Es un espectáculo de fuego y redención: el astro se retira dejando tras de sí un rastro brillante, una senda de luz líquida que se extiende de forma interminable, alejándose de su lugar de descanso hasta perderse en los confines del mundo. Frente a esa magnitud, el miedo que Jafet siente por mí parece pequeño, y mi propio dolor por la ausencia de Azreel encuentra, al menos por un instante, un respiro en la belleza de lo eterno.
Jafet rompió el silencio, y mientras hablaba, una mirada perdida y soñadora se instaló en sus hermosos ojos, como si buscara algo más allá del horizonte físico.
—Ehola —me dijo con suavidad—, tengo un amor peculiar por la puesta del sol. A menudo me pregunto qué maravillas se verán en la tierra a medida que gira. Siento que en el Oeste hay una cierta atracción que no puedo resistir; mis ojos se vuelven hacia allá de forma instintiva, y mi corazón les sigue sin dudar. ¿Qué te parece a ti, mi amor?
—Jafet —respondí, intentando que mi voz no traicionara el tumulto de mi alma—, puedo interpretar tu sentimiento; es el mismo que viene a menudo a mí misma.
¡Ah, qué vivo se sentía aquel impulso en ese instante! A pesar de que la sangre caliente impregnaba mi cara y mi pecho mientras hablaba, un rubor nacido de la revelación y el destino, mis palabras no vacilaron:
—Esposo mío, tú eres llamado con razón Extensión: tus hijos y los míos viajarán hacia el Oeste, poblando tierras que hoy solo son sombras, pero nuestros corazones ya preceden a sus pasos.
En ese momento, la conexión entre nosotros se sintió tan vasta como el océano frente al que nos sentábamos. Sabía que Jafet hablaba de un anhelo geográfico, de una expansión física sobre la tierra; mientras, yo sentía que aquel viaje hacia el sol poniente no era solo una ruta, sino una ventana abierta hacia el futuro.
Sentí entonces cómo un soplo divino rasgaba el velo, esparciendo la nube opaca que suele ocultar el futuro a los ojos mortales. A través de esas grietas de luz, mi visión se expandió y contemplé el desfile majestuoso, y a la vez terrible, de la vida humana moviéndose por el implacable camino del tiempo.
—¡Adelante, adelante! —exclamé, casi sin aliento—, ¡nunca en reposo!
Vi a las generaciones venideras como una marea imparable, fluyendo sin tregua, fusionándose finalmente en el océano de lo infinito. Jafet me miraba, sobrecogido por la fuerza de mis palabras, mientras el rastro del sol en el agua se convertía en el espejo de esa procesión eterna que yo, y solo yo en ese instante, podía presenciar.
En esa visión que se desplegaba ante mis ojos, ellos eran los más nobles de todos. Vi a los hijos de Jafet marchando en la vanguardia de la historia: hombres de semblante severo y espíritu valiente, forjados para la conquista y el honor. Junto a ellos, las mujeres caminaban con una gracia antigua, castas y limpias como flores delicadas que desafían al invierno.
Me maravillé al observar sus rasgos, el patrimonio de Lebuda que los cielos del Norte habían guardado celosamente: cabellos como hilos de oro puro y ojos de un azul celeste tan profundo que parecían fragmentos del mismo firmamento.
—Mira, Jafet —murmuré, señalando al vacío que para mí estaba lleno de rostros—, es tu estirpe. El cielo los ha sellado con los colores de la luz y el aire.
La visión se tornó violenta, cargada de un estruendo que sacudió mis sentidos. Aquel pequeño grupo de hombres nobles creció ante mis ojos hasta volverse una tribu inmensa, transformándose en naciones poderosas que, como un remolino de viento, barrieron todo a su paso desde el Norte.
Vi a los guerreros cabalgando con furia, llenando las llanuras de desgracia. El orgullo los hizo fuertes, pero esa misma fuerza los llevó a la perdición: los hermanos se enzarzaron en una lucha mortal. El aire se llenó con el ruido de la batalla y el estruendo metálico de una maquinaria de guerra que mis ojos apenas comprendían.
—¡Irán! ¡Turan! —exclamé, viendo los nombres blasonados en pancartas que ondeaban con hostilidad una frente a la otra.
Pero mi corazón se encogió de horror al fijar la vista en Turan. Allí, entre el caos, reconocí un signo mortal. ¡Ay, qué amargo destino, que mi propio hijo deba levantar la cresta de la serpiente! El combate fue feroz, pero el reptil no prevaleció; vi cómo la serpiente mordía el polvo, vencida, mientras las llamas sagradas de Irán se elevaban triunfantes, lamiendo el cielo en un incendio de gloria y castigo.
La visión cambió de nuevo, alejándose del estruendo de la guerra para posarse en la paz de un futuro lejano. Mis ojos, fijos en el horizonte del Oeste, contemplaron una tierra de colinas ondulantes y valles fértiles, bañada por lagos cristalinos y arroyos que cantaban entre las rocas.
Vi cómo los bosques milenarios cedían su lugar y las montañas eran allanadas por la mano del hombre, dejando al descubierto los tesoros escondidos en las entrañas de la tierra. Lo que antes eran ruinas y desolación florecía ahora como un jardín bajo un cuidado eterno.
—¡Mira, Jafet! —susurré, con la voz entrecortada por la maravilla—. Se fundan ciudades donde antes solo había vacío.
Ante mí se alzaron torres y pináculos que brillaban con el primer fulgor de la mañana; palacios de mármol se elevaban con elegancia, y los templos, como dedos de piedra, apuntaban al cielo buscando la divinidad que una vez nos visitó. En las calles, no vi el caos de la batalla, sino las sonrisas de los hombres y las normas del orden gobernando con justicia la vida de los pueblos. Era un mundo construido a imagen de una armonía recuperada.
La visión se tornó entonces majestuosa, cargada de una pompa que hacía vibrar el aire. Por las calzadas de aquellas ciudades futuras, vi a reyes y reinas cabalgando en un orden marcial perfecto. Sus banderas ondeaban con orgullo al viento, escoltadas por un bosque de lanzas y el rítmico agitar de las plumas en sus yelmos.
—Sus armaduras... —murmuré, casi deslumbrada— brillan bruñidas bajo el sol como si estuvieran hechas de espejos celestiales.
El silencio de nuestra noche fue roto en mi mente por el sonido de las trompetas, un clamor de bronce que anunciaba la victoria. Vi entonces el triunfo definitivo: los hijos de Jafet, fortalecidos por la luz y la justicia, conquistando finalmente a los artífices de la mosca de la oscuridad, aquellos que tejían las sombras y la corrupción en los rincones del mundo. Era el triunfo del orden sobre el caos, de la estirpe del sol sobre los señores de la penumbra.
Hacia el Oeste se propagan las noticias, imparables. Vi cómo los hombres se situaban a la cabeza de la historia como soles brillantes, siguiendo con precisión el camino trazado por las estrellas. Sus velas no eran ya simples lienzos, sino las alas de bajeles que flotaban con soberbia sobre el mar tormentoso, desafiando a los abismos.
—Jafet, mira la fuerza de tu sangre —susurré, viendo cómo la naturaleza se doblegaba ante ellos—. Los vientos se han vuelto obedientes a su voluntad.
La visión se volvió vertiginosa y extraña: vi relámpagos cautivos que llevaban sus mensajes de un confín a otro en un parpadeo, y el fuego, ahora encarcelado en máquinas de hierro, arrastraba cargas inmensas. Un grito metálico resonaba a lo largo de un camino de hierro que cruzaba los continentes, uniendo el mundo bajo un solo pulso. La humanidad ya no temía a la distancia ni a la noche; habían robado el fuego y el rayo para ponerlos a su servicio.
Y entonces, el estruendo de las máquinas y el brillo del metal se fundieron en un sonido mucho más vasto: la voz de las naciones. No era un murmullo, sino un clamor poderoso, semejante a la voz de muchas aguas cuando rompen contra los acantilados del mundo.
—Escucha, Jafet —dije, sintiendo que mi pecho iba a estallar—, sus himnos aumentan, se elevan por encima de las montañas y los siglos.
Era un canto de victoria que hacía temblar la luz mortecina. Los hombres y mujeres de ese futuro remoto gritaban con una alegría que desbordaba el tiempo, una palabra que resonaba en el aire como una campana sagrada:
—¡Somos libres! ¡Somos libres!
En ese instante de éxtasis profético, comprendí que la libertad era el destino final de toda aquella lucha y progreso. La humanidad, tras atravesar tormentas y guerras fratricidas, encontraba al fin su redención. El rastro del sol en el horizonte era la senda luminosa de un mundo que se sabía dueño de su propio espíritu.
Mis ojos se cerraron por un instante, abrumados por la magnitud de lo que se me permitía presenciar. La visión alcanzó su cenit y, con una voz que no parecía mía, sino el eco de una verdad eterna, exclamé:
—Nuestros niños, Jafet... son los gobernantes del mundo.
Lo vi con una claridad absoluta: nuestra estirpe no solo poblaría las tierras del Oeste, sino que las guiaría con la autoridad de aquellos que han comprendido su propósito. Pero su poder no nacía de la tiranía, sino de una devoción más profunda. A pesar de sus máquinas de hierro y sus ciudades de cristal, vi que sus rodillas se doblaban ante lo invisible.
—¡Son siervos del Altísimo! —clame con júbilo.
En ese momento, el vínculo entre lo humano y lo divino, se restauró ante mis ojos. La grandeza de los hijos de Jafet no residía en su dominio sobre la tierra, sino en su reconocimiento de que todo poder emana de una fuente superior. Eran gobernantes porque eran siervos; eran libres porque pertenecían a la luz.
Mis ojos se cerraron al fin, incapaces de sostener por más tiempo el fulgor de aquel futuro. Sentí que me hundía, desvaneciéndome en el vacío que deja el éxtasis cuando la esencia se precipita de nuevo a su frágil estuve de piel. Pero antes de caer, sentí unas manos firmes y cálidas que me anclaron a la tierra.
Jafet me agarró por los brazos con una mezcla de temor y reverencia, su voz rompiendo el trance como un trueno de realidad:
—¡Vuelve a mí, Ehola! —exclamó, estrechándome contra él mientras el temblor de mi cuerpo se calmaba—. ¡Doy gracias a Eloah por mi profetisa, mi reina!
En su mirada ya no había solo la alarma de quien teme por la cordura de su amada, sino el asombro de quien comprende que ha tomado por esposa a una mujer tocada por el dedo de lo divino. Mientras la oscuridad de la cuarta luna reclamaba el horizonte, Jafet me sostuvo en silencio, aceptando que, aunque Azreel se hubiera marchado, el cielo seguía hablando a través de mis labios.
La visión se disolvió como la bruma ante el sol, y en ese abrazo, el pasado oscuro de tormentas y la partida de Azreel, así como el brillante futuro de imperios y máquinas, se desvanecieron por igual.
Todo rastro de la gloria venidera y del dolor antiguo se perdió en la profundidad de la felicidad presente. Allí, bajo el manto de la noche, ya no era la profetisa ni él el heredero de naciones; éramos simplemente dos seres unidos, en un solo latido. El silencio que nos rodeaba no era ya de ausencia, sino de plenitud, pues en la quietud de sus brazos encontré la única verdad que el tiempo no puede desgastar.
FIN DEL VIAJE
Había transcurrido una luna más. El aire se sentía distinto, cargado con la intensidad de los rayos solares y un viento persistente que soplaba desde el Este, barriendo la superficie de las aguas. Ese aliento cálido provocaba una evaporación constante, trayendo consigo, de vez en cuando, el aroma profundo y olvidado de la tierra húmeda.
En las entrañas del Arca, el silencio comenzó a fracturarse. Los animales, que hasta entonces habían permanecido aletargados y mudos, empezaron a mostrar una agitación instintiva. Las aves, inquietas en sus perchas, revoloteaban y entonaban cantos nuevos; era como si un instinto sutil les susurrara que la vegetación, en algún lugar cercano, estaba despertando de su letargo.
Ese día, la pesada puerta que marcaba la separación del mundo pareció ceder por un instante. Una paloma blanca cruzó el umbral con timidez y se dirigió hacia la ventana. Con manos firmes pero delicadas, el Profeta le abrió el paso. Sin dudarlo, el ave dio un salto, emprendió el vuelo y se fundió con el horizonte hasta perderse de vista.
La espera fue larga. Los ojos del Profeta seguían la distancia con una avidez silenciosa, hasta que, al caer la tarde, un punto blanco reapareció en el cielo. La alegría estalló al verla regresar: en su pico traía una hoja tierna de olivo, el primer brote de un mundo que renacía.
—¿Qué misterio encierra el vuelo de un ave para tocarnos el corazón de esta forma? —reflexioné en voz baja.
El Profeta me sostuvo la mirada y, tras retirar con suavidad el ramo de olivo que la viajera traía consigo, me cedió la paloma. Al sentir el latido del ave contra mi palma, un pulso rápido y vivo, le susurré palabras nacidas de la propia esencia:
—«Mi palomita bonita, tenías que ser tú... la leal, la que no olvida la mano que la salvó de la serpiente en el nido. Hoy los papeles se han invertido: ahora somos nosotros quienes te damos las gracias por este presente de esperanza».
Con una delicadeza infinita, la invité a entrar en nuestro refugio:
—¡Ven! Aliméntate y descansa. Que tu estirpe sea, por siempre, la de las reales mensajeras.
Tras haber sobrevivido a situaciones tan tremendas, cuando el espíritu parecía flaquear ante la inmensidad, la noche nos regaló un milagro visual. Bajo la claridad de una luna llena que bañaba el océano de plata, una silueta rompió la monotonía del horizonte.
Apareció como un espectro lejano: el contorno difuso de una isla que emergía entre las brumas nocturnas. Hacia allí, empujada por una voluntad superior, se dirigía nuestra arca a la deriva. No era ya un vagar sin rumbo, sino un acercamiento lento y sagrado hacia un nuevo hogar.
Aquella visión fue el bálsamo que necesitaban nuestras almas agotadas. El miedo, que nos había acompañado como una sombra durante meses, se disipó para dar paso a una serenidad profunda.
Con el corazón latiendo al ritmo de una alegría contenida, nos retiramos a descansar. No fue un sueño pesado, sino un sueño ligero y dulce, marcado por la gozosa expectativa de lo que encontraríamos al despertar. La deriva estaba por terminar; la tierra, finalmente, nos reclamaba de vuelta.
El amanecer no llegó en silencio. Un golpe seco en la quilla nos arrancó bruscamente del sueño, un impacto que sacudió las maderas del arca y nuestros propios corazones. Al asomarnos, la incredulidad dio paso al asombro: nuestra embarcación había encallado firmemente en la cima de una alta montaña. A nuestro alrededor, desafiando la desolación, unos pocos árboles raquíticos se aferraban a la roca, como centinelas de la vida que se resistía a morir.
Con las manos todavía temblorosas por la emoción y el cansancio acumulado, iniciamos los preparativos para el desembarque. Mientras el Profeta y sus hijos descendían con determinación para erigir el altar de la ofrenda, yo me permití un instante de soledad.
Al cruzar el umbral, el aire fresco de la mañana me golpeó el rostro con una pureza casi dolorosa. Después de una eternidad confinada entre muros de madera, mis pies reclamaron la tierra firme. El contacto del suelo contra mis plantas era un milagro táctil, una realidad tan sólida que mi mente apenas lograba descifrar
Contemplé el horizonte con una ansiedad febril, cautiva de una escena extraordinaria. A mis pies, el mundo permanecía postrado bajo el dominio de aguas sombrías: un océano mudo que custodiaba el despojo de una era extinta. Hacia el oeste, los jirones de una tormenta oscura se batían en retirada, arrastrando consigo los últimos ecos del juicio divino.
Pero fue al Este donde el mundo se transformó. Al salir el sol, sus rayos hirieron las nubes cargadas de humedad, y ante mis ojos embelesados brotó una visión de belleza inenarrable: un arco gigantesco nació del seno de la nube, proyectándose hacia el alto cielo. Sus colores brillaban con una intensidad sobrehumana y, al reflejarse en la superficie del mar ahora tranquilo, completaban un círculo perfecto de luz. Era un anillo de gloria que unía el cielo, la tierra. La promesa se había sellado. El mundo, aunque herido, volvía a comenzar.
La euforia que llenaba nuestros pulmones murió de golpe, reemplazada por un silencio que pesaba tanto como el juicio previo. El estrépito cesó de inmediato; el mundo pareció contener el aliento al ver al Profeta rendirse ante el altar de piedra, su cuerpo postrado en una entrega que nos obligó a la quietud.
En ese instante, el mundo pareció contener el aliento. Sus rodillas tocaron la tierra húmeda y, con la frente inclinada, comenzó a derramar su alma en un acto de adoración tan profundo que las palabras apenas alcanzaban a rozar su intensidad. No era solo el agradecimiento por la vida conservada, sino una alabanza pura hacia aquel que sostiene los hilos de la tormenta y la calma.
Su voz, antes firme para dar órdenes en la tempestad, se volvió ahora un susurro quebrado por la gratitud, reconociendo la soberanía del Creador frente a la inmensidad del círculo de gloria que aún brillaba en el cielo. Nosotros, observando desde la distancia, sentimos que su oración era también la nuestra: el puente final entre el juicio que terminaba y la misericordia que florecía.
Las palabras del Profeta se elevaron como el humo del incienso, rompiendo el silencio de la montaña. Con la voz vibrante por el temor reverencial y la gratitud, continuó su oración de cara al nuevo mundo:
—Mi señor El Shaddai, ante cuya voz tiemblan los pilares de la tierra y al mar haces salir de sus cavernas antiguas: los elementos han forjado tu voluntad terrible. Las inundaciones del océano han barrido a aquellos que han desafiado tu santa ley, y has lavado la tierra de la mancha del pecado. Nosotros somos testigos ante todas las generaciones venideras de tu irresistible poder y majestad.
Mientras hablaba, el viento parecía calmarse para escuchar su confesión. La mención de El Shaddai, el Dios Todopoderoso y Sustentador, resonaba con una fuerza especial sobre aquella cima solitaria. El altar, empapado aún por la humedad del gran diluvio, se convirtió en el epicentro de un pacto renovado.
La justicia había pasado como un vendaval purificador, y ahora, en la humildad de aquel grupo de supervivientes, se cimentaba la memoria de un Dios que, aunque terrible en su juicio, era fiel en su protección hacia quienes caminaban bajo su sombra. El eco de sus palabras parecía grabarse en las rocas de la montaña, destinadas a ser contadas una y otra vez mientras existiera el tiempo.
La voz del Profeta se elevó con una claridad renovada, capturando la dualidad de la justicia y el perdón en una última y poderosa sentencia:
—Sin embargo, ¡Tú, El Shaddai, solo eres uno! Templas Tu ira con misericordia y provees la salvación. Nosotros honramos tus órdenes.
Al pronunciar estas palabras, el ambiente se transformó. La severidad del juicio pasado se fundió con la calidez del presente, revelando que detrás de la tormenta siempre estuvo la mano que guía y rescata. Al reconocerlo como el Único, el Profeta selló el compromiso de los supervivientes: una vida de obediencia nacida no del miedo, sino del reconocimiento de una piedad infinita.
El arco de gloria en el cielo pareció vibrar con más fuerza ante esta declaración, como si el cosmos mismo asintiera ante la verdad de que la salvación es el triunfo final de la voluntad divina. La tierra, lavada y purificada, recibía ahora el primer aliento de una humanidad que comprendía, por fin, que la verdadera libertad reside en el cumplimiento de Sus decretos.
La oración alcanzó su clímax, resonando con una fuerza que parecía vibrar en la misma roca de la montaña. El Profeta, con los brazos extendidos hacia el círculo de gloria, entregó las últimas palabras de su súplica:
—Maravillosamente nos has guardado a través del terremoto y la inundación; Tú eres nuestro refugio de seguridad, y cuando nuestros ojos se elevan al cielo, he aquí Tu arco se aparece, como símbolo y promesa a tus hijos, mientras que la tierra permanezca. Acepta, por favor, nuestra alabanza, acepta nuestro sacrificio, y danos la respuesta por el fuego.
Un silencio sepulcral siguió a la petición. Todos los presentes mantuvimos el aliento, con la mirada fija en el altar de piedra. El aire, que hasta hacía un momento era fresco y húmedo, comenzó a cargarse de una electricidad sagrada. La mención del fuego no era una petición de destrucción, sino el anhelo de la señal definitiva: la aceptación divina que consume la ofrenda y purifica el nuevo comienzo.
Sobre nosotros, el arco iris resplandecía con una viveza sobrenatural, uniendo el abismo de las aguas con la cúpula del firmamento, mientras esperábamos la chispa celestial que confirmaría que la alianza entre El Shaddai y la humanidad había sido sellada para siempre.
La atmósfera se volvió densa, cargada de una presencia que trascendía lo humano. El Profeta terminó su oración y un profundo silencio de expectación envolvió la cima; era un silencio tan absoluto que parecía calmar el latido acelerado de nuestros corazones.
De pronto, el espacio se fracturó. La voz de Eloah sacudió los cimientos mismos de la montaña con un estruendo que no era de este mundo. Desde el corazón de la nube, justo por debajo del arco multicolor, se disparó con rapidez una llama lamiente. El fuego descendió como un rayo vivo, girando con furia y elegancia en torno al altar de piedra.
Entre silbidos y un humo blanco que ascendía con fuerza, la ofrenda fue reclamada. El fuego envió hacia el firmamento una espesa columna de incienso que, al encontrarse con la luz del sol, comenzó a brillar como una columna de fuego líquido. Aquel pilar de luz y aroma se elevó hacia el cielo, uniendo la tierra purificada con el trono del Creador, confirmando que el sacrificio había sido aceptado y la promesa, escuchada.
Mientras la columna de humo todavía hería el firmamento, la solemnidad del pacto cedió su lugar al primer latido de lo cotidiano. El silencio se rompió no con gritos, sino con el rumor de los que empiezan a construir un hogar sobre las cenizas del viejo mundo.
Nos levantamos de la tierra, sacudiendo el polvo de nuestras ropas mientras el eco de la voz de Eloah aún vibraba en el aire. Mis hermanos y sus esposas, conmovidos y en silencio, regresaron al refugio del arca para el inicio de la labores. Yo, movida por un impulso de profunda reverencia, me acerqué al altar donde la llama celestial aún danzaba.
De la pila ardiente, tomé con cuidado una marca de la quema por cada uno de nosotros; brasas vivas que portaban la esencia de la respuesta divina. Con manos firmes, apliqué aquel fuego sagrado a un braserillo que habíamos preparado previamente. Así, de manera solemne, quedó encendido el fuego de la casa, la llama que calentaría nuestros hogares y cocinaría el sustento en los siglos por venir.
Mientras observaba el resplandor de las brasas, una oración silenciosa brotó de mi corazón secreto:
— ¡Que sea tuya, Eloah! Concédeme la gracia de apreciar este fuego sagrado y mantenerlo brillante. Que tanto en el hogar como en el altar, ardan siempre las llamas puras del amor y la devoción.
El fuego ya no era solo calor; era un recordatorio vivo de que, aunque estuviéramos solos en la inmensidad de la montaña, la presencia de lo Divino caminaría con nosotros entre las paredes de nuestras futuras moradas.
El relato, que hasta ahora nos había sumergido en la vorágine del diluvio y el calor del fuego sagrado, se interrumpe de forma repentina. El lienzo de tela, gastado por el tiempo y el peso de la historia, deja un vacío que invita a la reflexión. Sin embargo, el misterio no termina con el silencio de la narradora.
Al girar el antiguo rollo de tela, descubrí que la historia guardaba un último secreto. En el reverso, lejos de la caligrafía fluida de la crónica principal, aparecía una inscripción distinta. Eran caracteres más audaces, grabados con una firmeza que sugería urgencia o una importancia monumental.
Tras un estudio cuidadoso y paciente, descifrando cada trazo que el tiempo había intentado borrar, logré finalmente traducir aquel mensaje final. Era como si una voz desde el otro lado de los siglos quisiera asegurarse de que el propósito de todo aquel sacrificio no se perdiera en el olvido.
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— Entrada y obra creadas por Abraixas.

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