Abraixas

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sábado, 29 de agosto de 2026

El Diario de Ehola — Capítulo 13: Los Enkis abandonan la tierra

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El sol sucumbió al fin, dejando el cielo como una herida abierta que se tornaba ceniza. Me encerré en mi cuarto, acechada por esas sombras púrpuras que parecen presagiar desgracias. Nilsun se movía en silencio preparando una cena frugal, pero la paz era un espejismo. El estruendo del banquete irrumpió en la estancia con una brutalidad física: gritos, risas rotas y un alboroto que me oprimió el pecho. Fue entonces cuando el pánico por la seguridad de mi madre me golpeó, sacudiéndome con una fuerza que no pude contener.

—¡Vete, Nilsun! —insté, con una voz quebrada que desconocí como mía—. Quédate junto a Lebuda. Saber que eres su sombra y escudo, es lo único que puede aflojar el nudo que me aprieta la garganta. Ve, para que pueda imaginarla a salvo.

Me quedé sola. El silencio de la estancia se desplomó sobre mí con el peso de una losa, una densidad expectante que devoraba el aire. Caminé hacia el balcón con una gravidez antigua, como si cada paso fuera un tributo al cansancio. Al salir, me entregué a una melancolía visceral, una sombra palaciega que emanaba de las piedras y lo inundaba todo.

Apoyé las manos en la piedra gélida, dejando que la brisa de la tarde golpeara mi rostro. Una pregunta me quemaba por dentro, insistente: ¿Había algo, por mínimo que fuera, que pudiese hacer por ella? La respuesta fue un eco vacío. Madre estaba encadenada a Ufi, su voluntad diluida, devorada por la de él hasta borrarse por completo. Se había perdido en un laberinto de cuerpo y alma donde ya no existía camino de regreso.

Solo El Shaddai podría socorrerla ahora; el pensamiento me golpeó con una mezcla de fe y desesperación. Elevé la mirada hacia la bóveda celeste mientras los últimos rastros del crepúsculo se extinguían, devorados por el azul profundo. No había bruma que empañara la pureza de la noche; solo una tenue nube luminosa flotaba sobre el jardín, suspendida en el aire como un suspiro olvidado, recordándome lo frágil que era la luz frente a la oscuridad que se avecinaba.

A medida que mi alma se desprendía de la tierra para elevarse hacia Eloah en una oración muda, una sacudida eléctrica recorrió mi ser; fue la señal inequívoca de que las cadenas de los sentidos, esas que nos atan a lo tangible y lo finito, se habían desintegrado.

Un estremecimiento invisible comenzó a saturar el aire, una vibración tan sutil que parecía nacer del tejido mismo de la realidad. Osciló con la fragilidad de una llama a punto de extinguirse, se desvaneció en un silencio sepulcral por un instante, solo para morir del todo antes de renacer, hinchándose de nuevo con una fuerza renovada al ser arrastrado por la brisa.

Cualquier observador habría buscado una explicación lógica en la naturaleza. ¿Era acaso el viento que despertaba, gimiendo con esa voz herida que suele quedar atrapada entre las palmas de las manos de quien intenta protegerse del frío?

Pero la respuesta no estaba en la tierra.

—¡No! —Dictó el instinto antes de que la razón pudiera intervenir—. ¡No es el viento!

Desde lo alto, brotando de las entrañas de una nube fugitiva que se deshacía contra el horizonte, comenzaron a descender voces celestiales. No eran sonidos azarosos; las notas flotaban hacia el suelo con una intención divina, condensándose en palabras que el aire parecía retener con reverencia. Aquellas voces tejían, punto a punto, un réquiem sobrenatural donde la trama no era de hilo, sino de pura música; una melodía que se sentía en el pecho como un suspiro eterno, cargado de una belleza tan vasta que resultaba casi insoportable.

CANCIÓN DE LOS ÁNGELES

Llorad el ocaso del lucero,

que exhala su aliento en el alba,

llorad por la luna, de luz deslavada,

que cede ante el frío de una mañana baldía.

No nace el rubor de la rosa temprana,

ni el aire suspira perfumes de vida;

aquel beso ardiente, de fe compartida,

se pierde en las sombras de nuestra morada.

Los sueños de dicha se quedan atrás,

cediendo su trono al dolor que bosteza;

he aquí que la muerte, con negra fijeza,

impone su noche de eterno jamás.

El cielo se anubla, la luz se retrae,

escucha en la costa el rugido del mar;

las olas galopan con rabia lunar,

mientras el espíritu al caos se atrae.

Gritos de espanto convulsionan el viento,

la llama vital se consume en su hoguera;

la tierra, ceniza de una edad verdadera,

ya no arde en el fuego de su propio tormento.

Los hijos gigantes, de estirpe sagrada,

sucumben al peso de un fin inminente;

los señores del alba, de luz elocuente,

yacen en cavernas de sombra cerrada.

En balde suspiran pidiendo clemencia,

la reja del tiempo no sabe esperar;

el día terrible comienza a sellar,

en ciega penumbra, su amarga sentencia.

Al igual que el último y vibrante temblor de una campana de bronce, cuyo eco se aferra al aire mucho después del golpe, el sonido de aquellas voces angelicales comenzó a desvanecerse. Se fue diluyendo poco a poco, perdiendo su cuerpo hasta convertirse en un hilo de seda casi inaudible que se estiraba hacia el horizonte. Finalmente, la melodía se hundió en la lejanía, muriendo de forma progresiva en los brazos de la distancia, dejando tras de sí un silencio tan absoluto que parecía doler.

Pero, ¿quién es aquel que permanece inmóvil, renegando de la estela de sus compañeros en su huida desesperada de la tierra condenada? Mientras los otros ascienden, él se aferra a la superficie herida del mundo. Su rostro, esculpido en una severidad de piedra y habitado por una tristeza milenaria, no busca el consuelo del cielo.

Su mano, nudosa y firme, descansa sobre la empuñadura de una espada que parece haber sido forjada en las sombras. El negro azabache de su vestidura se agita con la brisa nocturna, produciendo un susurro seco y fantasmal, similar al crujido de mil hojas marchitas arrastradas sobre una tumba. Cuando habla, su voz no rompe el silencio, sino que se funde con él en una armonía melancólica, un eco de lamento que parece brotar de las profundidades de la tierra misma.

¡Oh, vedlo ahí! Poseedor de una mano que nunca tiembla y un corazón implacable como el destino; él es el brazo que no conoce la duda, el ejecutor solitario que, entre las sombras, cumple los decretos finales del Altísimo.

Es Azrael, el Ángel de la Muerte.

Ante su presencia, la voluntad se quiebra. Cerré mis párpados, sintiendo el peso del plomo sobre ellos, intentando ocultarme de aquella mirada que todo lo juzga, mientras oprimía con fuerza mi pecho para contener los latidos desbocados de un corazón que parecía querer saltar al vacío. En ese instante de terror y entrega, mis pensamientos huyeron de la sombra del ángel para buscar refugio en Aleemón, que descansa en el sueño eterno bajo la quietud de los cipreses.

¡Oh, qué amargo anhelo el mío! ¡Quién pudiera yacer a su lado, despojada de la carga de la existencia, sin memoria ni miedo, fundida en esa bendita inconsciencia donde el dolor ya no puede alcanzarnos!

EL PRINCIPIO DEL FIN

El instante para soñar se evaporó en un suspiro cuando el caos fracturó el silencio del palacio. Un estrépito aterrador se propagó por las galerías: gritos y maldiciones se fundían con el rugido de una multitud que convergía, frenética, hacia el jardín. Entre la masa destacaban hombres y gigantes que blandían armas cargadas de rayos letales, bramando consignas ininteligible. Sobre ellos, como sombras colosales, se alzaban los seres celestiales; sus rostros, antes divinos, eran ahora máscaras de una furia incontenible.

¡Y entonces ocurrió! En el corazón del jardín, la fuente de fuego —impulsada por una oscura influencia infernal— se proyectó con furia hacia el cielo. Aquel resplandor artificial bañó la gran corte, el palacio y las cumbres circundantes en una burla grotesca de la luz del día. La multitud, sumida en un combate frenético subió hacia la cuenca, se abalanzó al borde del estanque, para bañar el acero de sus armas en las llamas vivas, bramando juramentos y blasfemias tan atroces que me obligaron a cubrirme los oídos. Pero mis manos fueron barreras inútiles: por encima del estrépito, la voz de Ufi se alzaba implacable, convocando a los últimos Enkis reales que aún pisaban la tierra.

¡A las armas! ¡A las armas, celestiales! ¡El instante supremo nos reclama: que el enemigo perezca bajo nuestra hoja y nuestro rayo! ¡Voy a subir al trono y ser semejante al Altísimo! ¡Para mis aliados será el mundo y su esplendorosa gloria! ¡Seraphus, suelta ya las riendas de los Corceles del Sol! ¡Ha llegado el momento!

Resonó la voz bajo la bóveda con la fuerza de una tormenta, hallando respuesta en los gritos de una hueste de Enkis delirantes. Bajo el resplandor del rayo, sus armaduras parecían arder en un incendio sagrado. El clamor de la batalla y el estruendo de las alarmas se multiplicaron, convirtiendo el recinto en un hervidero de furia y metal.

Veloz como una exhalación, el enkidu alado hendió el espacio rumbo al monte Hermón con un chillido penetrante. La montaña le respondió desde sus raíces con un rugido sísmico, un bramido tan brutal que hizo oscilar el palacio y sumió a la multitud en un terror absoluto. De pronto, el corazón del monte estalló con el estrépito de una fragua colosal; de entre las cenizas surgieron corceles alados, seres de puro fuego que se distorsionaban al galopar contra el viento. Avanzaron hacia el palacio en un torbellino de furia, exhalando rayos y densas nubes de azufre por sus narices.

Aterrada, me dispuse a huir en medio del fragor de la batalla, pero una visión espantosa me dejó petrificada. En la pared del jardín se recortaba una silueta umbría cuyos rasgos destilaban la más profunda melancolía; bajo los súbitos destellos de la Fuente de Fuego, comprendí que era Anu. Ufi también lo vio y, blandiendo su acero, se lanzó en un ataque vertiginoso directo a su cabeza.

—¡Traidor! —le increpó—. ¡Monta a Asparatha y recupera tu honor y tu fortuna!

—¡Traidor ya no! —Replicó Anu—. ¡Leal, al fin, a mi Rey legítimo!

—¡Entonces muere, ingrato equivocado! —tronó el otro—. ¡Reclamo la vida sin valor que un día te entregué!

Anu se desplomó hacia delante, herido de muerte por aquel golpe certero. El mundo se desvaneció tras mis párpados mientras yo me hundía, ingrávida, contra el suelo de la estancia. Después, solo hubo silencio.

Emergiendo de la nada, aturdida por el desenlace, me despertó la voz de mi querida Nilsun, cuyo rostro era un mapa de terror y desaliento; sus ojos buscaban en los míos una explicación que yo misma aún no lograba comprender.

—Hija mía, se han visto presagios horribles —balbuceó—. Apenas el rey y la reina se hubieron sentado al banquete, irrumpió un mensajero preguntando por qué la fuente Homa había dejado de fluir. Llegó exánime, informando a Ufi que el agua de los pozos se había hundido en la tierra y que, de repente, el lecho del río estaba seco. El rey, fuera de sí, ordenó decapitar al misterioso emisario, pero el consejero se interpuso advirtiéndole que una ejecución en el día de la boda atraería una maldición irreversible.

Ufi se detuvo, pero no así la espada del verdugo. Bastó un golpe seco para que la cabeza del infortunado mensajero rodara por el suelo.

En aquel instante, el salón fue devorado por una descarga eléctrica. Arriba, el vacío goteó caracteres de fuego: trazos incandescentes retorciéndose en una agonía de piedra. El brillo de los signos cayó sobre el estanque hasta convertir el agua en mercurio tóxico. De pronto, la serpiente: un látigo esmeralda que hendió la superficie con violencia. Su cresta erizada, un ascua vibrante, contrastaba con el fulgor de la estancia. Tras un estallido de silbidos metálicos y oro salpicado, la criatura se quebró. Sobrevino el silencio. El cuerpo quedó inmóvil, una herida inerte sobre el reflejo dorado, mientras el incendio del techo terminaba de consumir la noche.

Entonces, Hasatar se abalanzó. Con el rostro desencajado por la furia, su grito tronó contra las bóvedas del salón, cargado con la fuerza de un vendaval desatado en mitad de la noche.

—¡Necio! —bramó, con el odio encendido en la mirada—. Olvidas nuestro vasto imperio y te entregas a la desidia mientras el destino de la eternidad pende de un hilo. Podría detestarte tanto como a esos seres inferiores, esas piltrafas esclavizadas por sus apetitos. ¡Basta ya de mujeres y banquetes! Zimel y sus huestes se han visto forzados a abandonar el planeta Wan; una poderosa guardia enemiga ha tomado posesión del mundo esta misma noche.

El gran cometa Zummundera, confiado a la custodia de este debilucho, de Varunus, se ha fragmentado! Ya puede verse cómo se precipita hacia la órbita terrestre: su objetivo inminente. El reino no perecerá por las aguas, sino devorado por el fuego. ¡Lejos, más allá del mundo Wan! A menos que logremos desmembrar esa mole de muerte, ¡todo está perdido! ¡Perdido! ¡Perdido!.

Abandonando la mesa de un salto, Ufi revistió su cuerpo con el acero de su armadura. En medio de un rito de palabras lúgubres y símbolos prohibidos compartidos con Anu, ambos se apresuraron hacia la Fuente de Fuego.

Llevaron a la reina a sus aposentos y, en medio de esa espera cargada de incertidumbre, mis ojos se fijaron en Hasatar, la oscuridad enki, quien giró sobre sus talones con una determinación gélida.

—Una causa menos de debilidad; un cuerpo más para colmar la cripta de la inmortalidad —gruñó al aire, cruzando como una exhalación hacia la cámara nupcial—. ¡Pobre hija mía! Su rostro destilaba tal malignidad que el alma se me encogió de espanto. Temo lo peor…

Aún no terminaba de hablar cuando un grito desgarrador trizó el silencio de los pasillos vacíos. Era ese sonido que solo brota cuando la vida huye de la carne: el alarido de una angustia terminal. Eché a correr por las galerías con una Nilsun aterrada pisándome los talones, mientras el eco del canto de los ángeles —lejano y cruel— comenzaba a vibrar en mi memoria:

—‘Llorad el ocaso del lucero, que exhala su aliento en el alba’.

Me detuve en seco ante la puerta de la cámara nupcial. La consternación me dejó sin aire: mi madre estaba tendida en el suelo, su cuerpo arqueado por el dolor sobre el mármol manchado de rojo. La herida en su pecho era mortal; el arma enemiga no había fallado. Me arrojé sobre ella, intentando contener el flujo de la sangre mientras mis lágrimas caían sobre su rostro pálido. Antes de que el frío de la muerte la reclamara, me sostuvo la mirada una última vez. "Sálvate, mi niña...", susurró. Fue su último esfuerzo antes de que sus ojos se cerraran, sellando nuestro adiós.

Loca de pesar, me arrojé a los brazos de Nilsun en busca de un consuelo imposible, para luego huir hacia la claridad lunar. Todo era calma aparente en el palacio, más un rumor lejano, vasto como el mar, hería el aire. Al divisar la muralla donde poco antes viera caer al enki, mi voz se quebró en una amarga queja: —¡Oh, noche de muerte! ¿Por qué el destino se ensaña con mi madre y con Anu? ¡Eloah, extiende tu mano y sálvalos!

Mi lamento obtuvo por respuesta un hondo suspiro. Tras la sombría pared del jardín, las palabras se articularon de nuevo, nítidas como un presagio: —¡Eloah mío!

Había tal fuego en su voz que, olvidando mi propio dolor, me volví hacia el origen de aquel lamento. Allí, sobre el lecho de hierba, vi a Anu desvanecerse. Ya estaba familiarizada con las señales del tránsito y sabía que habría un intervalo antes de que el espíritu soltase su morada de carne. Perdonando el pasado —incluso la muerte de mi padre—, me incliné con temor reverente; alcé la cabeza del moribundo y la estreché suavemente contra mi pecho. Al despejar el cabello de su frente empapada, sentí la vibración de esa piel casi celestial: un templo que se resistía a claudicar, como si la esencia espiritual se aferrara con dedos invisibles a su última envoltura humana. Abrió los ojos: ¿cómo habían cambiado desde la primera vez que los vi? Ya no ardían en llamas; los elevó solemnemente, con los labios pálidos entreabiertos, y sus débiles palabras dejaron de estar dirigidas a oídos mortales:

—Consumo mi promesa: morir bajo la mano del Tentador para despertar en el refugio del pecho firme de Ehola quien sostiene mi cuerpo en el último umbral. El fuego agoniza bajo el oeste y la luz se retrae; el frío y la oscuridad reclaman la carne, pero mi espíritu se agita en su envoltorio, resistiéndose a soltar el calor de este templo que se apaga. ¡Muero feliz! Tú pronunciarás mi nombre, ¡Eloah!, y me despertaré.

Con el último suspiro de Anu, un leve soplido acarició mi oído. Me volví con rapidez hacia su origen y descubrí una grieta abierta en la pared; algo se agitaba allí, encadenando mi mirada y helándome la sangre en una incertidumbre atroz. De la oscuridad brotaba un brillo fosfórico: era la silueta equina de alas caídas y ojos horribles. El terrible Asparatha, cuya existencia misteriosa estaba ligada al destino de su señor, agonizaba también. Jadeante y trémulo, el corcel comenzó a palidecer; como una bruma dispersada por la brisa o una lengua de fuego que se desprende de la roca, el corcel del sol se desvaneció, entregando su último aliento a la estrella de la tarde.

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