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sábado, 29 de agosto de 2026

El Diario de Ehola — Capítulo 17: La Historia de Javán

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700 años después del diluvio. Tierra de Lapeti

Siete siglos han transcurrido desde que el viejo mundo sucumbió bajo las aguas, pero nunca antes el silencio había pesado tanto en Lapeti. El aire, denso por el aroma a incienso y tierra mojada, parece contener el aliento ante la terrible noticia que recorre los valles: Ehola ha partido. Nuestra Madre y Reina... ya no está.

Ha cruzado el umbral hacia ese confín ignoto, el destino final al que han peregrinado todas las generaciones y hacia donde, tarde o temprano, todo ser vivo debe dirigir sus pasos.

Hace apenas siete días, cuando el sol se teñía de un oro pálido tras las cimas, Ehola me llamó a su lado. Su voz, aunque erosionada por los siglos, conservaba la autoridad de quien ha caminado bajo Su mirada. Ahora, ella ha cruzado el umbral hacia esa comarca ignota; el puerto final donde las eras convergen y hacia donde todo aliento, sin excepción, acaba por rendir su viaje.

—Mi querido Javán —dijo, extendiendo una mano de piel tan fina y curtida como un pergamino venerable—. Soy la última de los supervivientes del Gran Diluvio. He caminado sobre esta tierra durante ochocientos años, atesorando visiones que ningún otro mortal volverá a contemplar.

Había una chispa vibrante en sus ojos nublados por los años; una mirada que atravesaba el presente, atrapada entre un pasado remoto y un futuro apenas vislumbrado.

Con una solemnidad que me erizo la piel, me confió los secretos de su visión profética. Ehola no solo había visto el renacer de la humanidad, sino que sus sentidos habían traspasado los cielos más remotos.

—Conocí lo indecible —murmuró, y de pronto la luz de la habitación pareció extinguirse—. Vi el rastro de Su sombra proyectarse sobre el cosmos. Bajo ese peso, las huestes heladas de Ufi se desvanecieron y los mundos, ya rotos, terminaron de sucumbir ante una oscuridad que no conoce final.

Confesó que la magnitud de la revelación desbordó su propia carne. Ante aquella visión de fuerzas primordiales y destinos truncados, su cuerpo simplemente cedió, desplomándose como un cadáver. Durante horas quedó postrada, el rostro hundido en la tierra gélida, envuelta por una noche absoluta y el rugido incansable de la tormenta.

Solo la voz de tu padre logró rescatarme. Atravesó aquel desmayo prolongado y me trajo de vuelta a la luz, devolviéndome el pulso y la alegría de existir.

Con la partida de Ehola, Lapeti queda huérfana de su guía más antigua. Nos lega sus palabras, la calidez de su ternura y el peso de sus profecías. A nosotros, hijos de este nuevo mundo, nos corresponde honrar a la mujer que se alzó como puente entre la furia del agua y la esperanza de la tierra firme.

Tras sus palabras, el silencio se volvió absoluto; una pausa sagrada en la que el tiempo pareció encallarse en la habitación de Lapeti. Mi madre, último vestigio vivo del mundo antes de las aguas, sostenía la mirada en un horizonte invisible, habitando ese puente entre lo que fue y lo que está por nacer.

Al fin, el brillo regresó a sus ojos; no con el fuego de una profetisa, sino con la paz de la esposa que acude a un llamado familiar. Una sonrisa iluminó su rostro, borrando por un instante los surcos labrados por ochocientos años de historia.

—Una vez más, como en aquella noche de juicio y tormenta, he escuchado su voz abriéndose paso entre las sombras de la muerte: "¡Ehola, Ehola, mi amada!".

Se irguió un poco, como si los ochocientos años de carga se esfumaran al escuchar su nombre en los labios de quien tanto amó.

—Y le he contestado: "¡Jafet, mi amor, ya voy!". Pero esta vez, Javán, mi voz no me lleva de vuelta al Arca, ese nido de madera y alquitrán donde sobrevivimos a la desesperación del mundo hundido. No vuelvo a la destrucción que definió mis primeros siglos.

Su voz se redujo a un susurro vibrante de alegría, una última nota de victoria alzándose sobre el final inexorable de la condición humana:

—Esta vez, el llamado me reclama en el Paraíso eterno de Eloah. Allí las sombras se desvanecen y el consuelo de nuestro Hacedor es la única luz que prevalece.

Con estas palabras, el ciclo de su larga vida parecía cerrarse. La mujer que presenció el naufragio del mundo antiguo se preparaba para su propio descenso; esta vez, lejos de las aguas del juicio, para sumergirse en la paz absoluta de lo divino.

La voz de mi madre se tornó un susurro solemne, cargado con el peso de la historia y el rigor del deber. Tomando mis manos entre las suyas, me hizo entrega del legado que habría de trazar el destino de nuestra estirpe:

—Y ahora, hijo mío, el momento de mi partida ha llegado. A ti, Javán, en cuyos brazos se profetizó que exhalaría mi último aliento, te confío estos escritos. Doy fe ante el Cielo de que he guardado absoluta fidelidad a la palabra de Aleemon.

Hizo una pausa, permitiendo que la gravedad de su encargo calara hasta el fondo de mi ser. En sus ojos vi desfilar los siglos de lucha y gloria que ahora quedaban plasmados en aquellos pergaminos:

Estas son las crónicas de nuestro linaje tras el Gran Diluvio: un tiempo marcado por el duelo tras la partida de Noé y la amarga fractura que la ambición de Sem provocó entre nosotros. Aquí narro cómo la paz fue restaurada mediante el don profético que me fue confiado, y las razones sagradas por las que rechacé la corona de Anu. Pues, ante la gloria de ser soberana de las naciones, elegí el honor eterno de ser vuestra madre.

...selló su última voluntad: que su linaje no fuera medido por la sangre vertida, sino por la paz cosechada. Al bajar las manos, el aire pareció vibrar con el peso de su renuncia, dejando claro que su voz seguiría guiando a las naciones, no desde un trono de oro, sino desde el susurro eterno de la memoria.

—Confío a tu cuidado las crónicas de nuestra prosperidad para el beneficio de mis descendientes. Ellos, por decreto del Altísimo, han sido dispersados hacia las tierras lejanas y poseen hoy las islas de los gentiles. Que este tesoro de sabiduría sea dividido con justicia entre ellos, y que les sea comunicado, de parte de su madre, mi amor eterno y mi bendición.

Con estas últimas instrucciones, el aire en la estancia de Lapeti pareció cargarse de una electricidad sagrada. Mi madre, cuya memoria era el único puente firme hacia un mundo que el agua borró, buscaba ahora sellar su verdad para la eternidad.

—La historia del Gran Diluvio —añadió, con una serenidad que helaba el alma— ya ha sido relatada por otros supervivientes; cada cual narró hasta donde sus ojos soportaron el horror. Pero mi registro es distinto; es la verdad que guardé mientras el mundo se hundía. Vigiladla con celo, pues es el fuego que debe arder cuando los demás relatos se conviertan en ceniza.

Extendió su mano temblorosa hacia el cofre de cedro que aguardaba a los pies de su lecho. La madera, traída de los primeros bosques tras la inundación, parecía exhalar un aroma de comienzo mientras ella buscaba tocar, por última vez, el contenedor de su legado. Al rozar la superficie tallada, el temblor de sus dedos cesó, como si la madera reconociera a su dueña y le devolviera la fuerza necesaria para el último adiós.

—Confío mi diario al cilindro de amatista de mi padre Aleemon. Ninsun lo arrancó de las ruinas del Palacio de la Luz antes del desastre, y Jafet fue su guardián en el Arca, preservándolo hasta que mis manos pudieron reclamarlo. Que ese cristal, forjado en la tierra antigua, sea el guardián eterno de mis visiones. No permitas que lo que Aleemon creó y Ninsun salvó naufrague ahora en el olvido.

Finalmente, con una voz que ya pertenecía más al otro mundo que a este, me confió su último deseo físico:.

—Cuando mi aliento cese y el viaje comience, pon el cilindro en mi mano. Deposítame entonces al lado de tu padre, Jafet, en la quietud de la tumba. Que mi cuerpo descanse con mi amado, y que mi espíritu lleve consigo la llave de nuestra historia ante el trono de Eloah. Que la tierra nos guarde juntos, mientras la amatista custodia lo que fuimos.

El gesto de mi madre fue leve, apenas un movimiento de su mano cansada, pero cargado de una autoridad que nadie osó desafiar. Fue una orden silenciosa para que la dejáramos a solas con su destino y su Dios.

Uno a uno, nos pusimos en pie, sintiendo el peso del aire en nuestros pulmones. Al retirarnos, el sonido de nuestros pasos fue ahogado por los sollozos; un llanto colectivo que nacía del alma de Lapeti. Llorábamos no solo por la pérdida de una madre y una reina, sino por el fin del último vínculo carnal con el mundo que existió antes del diluvio.

Al cruzar el umbral, la vi por última vez a través de mis lágrimas: una figura pequeña y frágil en su lecho, pero inmensa en su legado, esperando en la penumbra la llegada de su amado Jafet y la apertura de las puertas del Paraíso de Eloah. La puerta se cerró suavemente, dejando tras de sí ochocientos años de historia y el silencio sagrado de una despedida que cambiaría el rumbo de todas las generaciones venideras.

La quietud de la noche se quebró con el estruendo de la urgencia. El pabellón real se llenó de sombras inquietas y pasos apresurados mientras los asistentes acudían al llamado del destino. Entré a toda prisa, sintiendo su cuerpo liviano y frágil, pero mi pecho ardía al sostener a Ehola en mis brazos.

Era el momento final. La vida se le escapaba como arena entre los dedos, pero en ese último aliento, el fuego profético que la había guiado durante ocho siglos estalló con una intensidad sobrenatural. Sus ojos, antes nublados por los años, recobraron un brillo ígneo, traspasando el velo del tiempo y el espacio.

En medio del silencio reverente de los convocados, su voz, ahora resonante y clara como el toque de una trompeta de plata, dejó brotar estas palabras maravillosas:

La inmensidad del firmamento se rasgó de par en par, revelando ante mis ojos el Paraíso de Eloah, un reino de claridad absoluta. En el corazón de una enramada cuya belleza desafiaba cualquier descripción terrenal, Aleemon permanecía sentado en majestad, con Lebuda a su lado como su eterna compañera. A su alrededor, la redención se hacía carne en Gurah, quienes caminaba libre de toda sombra, mientras Nilsun y Darki resplandecían, imbuidos en el vigor de una juventud que nunca se marchita.

De pronto, la figura magnífica de Anu emergió bañada en una luz cegadora, sosteniendo con firmeza una corona tejida con estrellas vivas. Su voz resonó como un trueno de esperanza: —¡Ehola se acerca! Preparad el tributo, coronadla con el brillo de la gloria y el don de la inmortalidad.

Un coro angelical respondió al unísono, y sus voces eran melodías de victoria:

—¡Alegría para ti, Aurus, Guardián de las Puertas de la Luz!

Sin embargo, el asombro no terminó allí. Entre la multitud celestial aparecieron dos figuras imponentes. Reconocí a Azreel, el ángel que custodia el umbral entre la muerte y la vida eterna, y le di la bienvenida. Pero junto a él, avanzaba un ser de un brillo inefable. Su rostro emanaba una dulzura y un amor tan profundos que conmovían el alma. Entonces lo vi: grabada en su frente y en la palma de su mano, resplandecía una sola inscripción, el secreto final: la Palabra Consagrada.

En aquel instante, la realidad misma pareció fracturarse. El ruido del mundo —el roce del viento, el latir de los corazones, el peso de la gravedad— se disolvió en un vacío absoluto, un paréntesis de nada donde el tiempo dejó de ejercer su tiranía. En medio de esa quietud blanca, ella parecía la única ancla de existencia.

De sus labios, resecos pero animados por una fuerza invisible, brotó un susurro febril que cortó el vacío como una hoja de luz:

—¡Silencio! Escuchen el río... va, ya, va, ya.

No hablaba de agua, sino del flujo mismo del ser. Su voz arrastraba una urgencia sagrada, señalando un camino invisible donde la noche del alma, las viejas discordias y el insoportable peso de los años se desvanecían como niebla al amanecer. Para ella, el gran misterio se había resuelto: la muerte no era más que un nombre olvidado, una etiqueta errónea que la humanidad se impone al nacer y que solo se desprende al final del viaje.

De pronto, su rostro se transformó. Sus ojos, antes nublados por la fragilidad biológica, se encendieron con una lucidez fanal. Era una claridad abrasadora, una luz de faro que parecía emanar de algo mucho más profundo que la simple retina; una visión impropia de la carne que atravesaba el velo de lo tangible.

—¡Vida eterna!», exhaló en un suspiro que no traía el olor de la despedida, sino el sabor de la gloria. Con el último aliento, como quien finalmente encaja la pieza final de un rompecabezas infinito, sentenció su verdad:

—¡Armonía eterna!

Y en ese suspiro, el vacío dejó de ser una carencia para convertirse en una plenitud total».

El ascenso a la cumbre fue un camino de sombras y silencio. Allí, donde el cielo parece rozar la piedra, Ehola fue depositada al lado de nuestro padre, uniendo en el descanso eterno los dos pilares de nuestro linaje bajo las entrañas de la montaña. Sobre su frente, no brilló el oro de los conquistadores, sino la corona de luz ganada por su humildad, un halo que reconocía la grandeza de quien sabe hacerse pequeño ante lo divino.

En su mano fría, pero aún noble, colocamos su legado más preciado: su Diario. Lo resguardamos en el cilindro imperecedero, una urna que desafiaría la erosión de los siglos para que las generaciones futuras, perdidas quizás en la niebla del olvido, pudieran redescubrir los eventos maravillosos allí grabados. Es el testamento de una verdad que el tiempo no debe borrar.

Como centinela de su sueño, esculpimos en el techo de la cripta el emblema de su visión final. Es una promesa tallada en roca: el símbolo que ella vio mientras el mundo se desvanecía. Lo dejamos allí para que, cuando llegue nuestro turno de caminar hacia las sombras de la muerte, nuestros ojos también puedan aprehender su significado.

Al final, con el corazón en paz, solo queda la gratitud. Que en nuestro último suspiro, así como en el de ella, podamos bendecir al Eloah de Jafet y Ehola, el Dios que guio sus pasos y ahora guarda su descanso.

Las palabras de Javan se extinguieron en el aire, pero su eco quedó sellado para siempre en la piedra de la montaña.

Apenas el silencio de Javan se asentó en la cueva, algo cambió en el aire. No fue una decisión meditada, sino un impulso irresistible, una fuerza eléctrica que recorrió mis venas y me obligó a moverme. Mis pies me llevaron, casi sin tocar el suelo, hacia los instrumentos de escritura que aguardaban en la penumbra de la roca, como si el cálamo y la tinta hubieran estado esperando este preciso segundo desde el inicio de los tiempos.

Sentí que mis manos no me pertenecían; eran meros instrumentos de una voluntad superior. Abrí el Diario y, ante el brillo parpadeante de las antorchas, comencé a trazar los signos. Cada trazo era un puente tendido entre el vacío que Ehola había dejado y el futuro que aún no nacía.

Escribí con la urgencia de quien rescata un tesoro de un incendio. No eran solo palabras sobre rollos de tela; era el latido de la montaña, la visión del río que fluye y el eco de la armonía eterna sobre el tejido. En ese instante, supe que el cristal imperecedero no solo guardaría el Diario, sino la memoria misma de la humanidad, salvada por un impulso que no admitía demora.

NEKÉ

Soy Neké tu hija Gentil.

Después del diluvio, siglo veinte.

Mis compañeros exploran, ajenos quizás a la magnitud sagrada de este suelo, pero yo permanezco aquí, en el silencio de la montaña, uniendo mi aliento al tuyo a través de la tinta. Soy el futuro que te lee; eres el pasado que me sostiene.

Mis dedos tiemblan sobre la tela al reconocer esta verdad: las palabras de Javán se han cumplido ante mis propios ojos. Durante mucho tiempo, caminé por el mundo con el escepticismo de quien pertenece a una era de lógica y sombras; las crónicas del diluvio, rescatadas por otros sobrevivientes, me parecían ecos distantes, mitos borrosos que mi mente no alcanzaba a procesar. Las preguntas me asediaban como un remolino constante, buscando pruebas tangibles donde solo se me ofrecía fe.

Al leerte, cada interrogante ha hallado su respuesta. No ha sido un proceso de la razón, sino una iluminación que se ha grabado en mi mente y en mi corazón. No porto la marca física de los elegidos, esa señal literal de Jafet, pero en mi interior arde una luz simbólica igual de poderosa. He comprendido, al fin, que el agua no solo destruyó, sino que purificó el mundo, y que ese río del que hablabas no quedó en el pasado: fluye ahora mismo a través de mis venas.

Ya no soy la mujer que profanó esta montaña buscando datos; ahora soy la hija que reclama su herencia. La historia de la humanidad ha dejado de ser un legajo de páginas amarillentas para convertirse en una realidad viva que me habita, tan clara y eterna como el cristal que custodia tu diario. El tiempo ya no nos separa; ahora somos una sola voz dictada por la misma sangre.

Con el pulso acelerado y la certeza vibrando en cada trazo, me dispongo a revelarte lo que mis ojos del siglo veinte han alcanzado a comprender. Alzo la vista hacia el techo de la cueva, hacia ese emblema esculpido que tú viste morir en tu visión, y el pecho me estalla de asombro: lo que para ti fue un final, para mí es un amanecer. Aquel dibujo no era una despedida, sino una promesa aguardando su momento, y en este silencio sagrado, lo veo brillar en toda su plenitud.

¡Es hermoso, Ehola! Es una gloria que desborda cualquier palabra humana, una visión que el lenguaje no puede capturar sin quebrarse. En toda su plenitud, el emblema se revela ante mí no como piedra inerte, sino como luz viva. Ahora lo comprendo todo: lo que tú viste morir era solo la semilla durmiendo bajo el invierno de los siglos, aguardando este preciso instante para florecer en mi mirada.

Te dejo aquí consignado su significado y su cumplimiento, para que el tiempo sepa que nada fue en vano. Lo que tú viste como una promesa entre sombras, yo lo percibo ahora como una verdad absoluta que ha atravesado las eras. El dibujo no es una despedida, sino un mapa del retorno; es el diseño exacto de la comunión entre lo divino y lo humano, el punto sagrado donde el río de la vida se funde, finalmente, con el mar de la armonía.

En su plenitud, el emblema representa la victoria definitiva sobre la discordia que tanto temías. He visto su cumplimiento en la luz que ahora me habita: el peso de los siglos se ha disuelto y la muerte, tal como profetizaste, ha perdido finalmente su aguijón. En toda su geometría sagrada, el dibujo es un grito de esperanza que clama una verdad innegable: la vida nunca se detuvo; solo se transformó para hacerse eterna.

Dejó este testimonio aquí, en las entrañas de tu Diario, para que cuando el cristal sea finalmente hallado, el mundo no encuentre solo los restos de la historia, sino la presencia misma de la gloria manifestada.

Con la mano firme y el alma encendida, sello mi compromiso sobre este rollo de tela. Hoy asumo el relevo en pacto solemne contigo, Ehola; mi voz se trenzará con la tuya a través de los siglos, pues desde este instante comenzaré mi propio Diario. No permitiré que el hilo de nuestra estirpe se desvanezca en el ruido del futuro; lo que tú viste y lo que yo he comprendido será, de ahora en adelante, la brújula de mis propios días.

El aire en la cueva parece vibrar con una aprobación ancestral. Con reverencia, comienzo a enrollar la tela, sintiendo bajo mis yemas la textura de una sabiduría que ha vencido al diluvio. Deslizar de nuevo el rollo en su cilindro aseguraría que cada palabra quedase a salvo del polvo y el olvido; sin embargo, algo me detiene antes del sello final. A mi mente acude, como un relámpago, el recuerdo de aquel clic que inició nuestro viaje: el sonido exacto que despertó al tesoro de luz en la penumbra. Comprendo entonces que no debo guardarlo todavía; el mecanismo del destino aguarda un último latido antes de despertar por completo.

Ante tu figura silente, con el aliento contenido por el respeto, devuelvo el legado al refugio de tu mano. Mientras mi plegaria asciende al Eloah de nuestros padres, ruego que este acto de restitución sea la llave que clausure, al fin, el portal entre nuestras eras. Confío en que el equilibrio se restablezca y nos hallemos de nuevo a salvo en nuestro tiempo, llevando conmigo no el peso de los siglos, sino la luz eterna de tu armonía.

El ciclo se ha completado. La hija del futuro abraza a la madre del pasado, fundidas en un solo trazo de tinta que desafía la eternidad. Con amor inquebrantable, aquí se despide Neké, tu hija Gentil.

SALIDA DE LA MONTAÑA DE BALARES

A través del amargo velo de mis lágrimas, apreté el diario contra mi corazón como un náufrago aferrado a su tabla. Podía sentir el peso de los años imbuido en cada palabra antes de confiarla al frío del cilindro. Sin embargo, la voluntad me falló justo antes de introducirlo; me aferré a ese último hilo de conexión. Mis dedos trémulos se negaron a presionar el mecanismo; entonces acudió a mí el recuerdo del eco de aquel clic: el sonido exacto que inició nuestro viaje en el tiempo.

La necesidad de partir se volvió un latido sordo en mi pecho. Obedeciendo ese apremio de mi subconsciente, me alejé del cilindro para buscar a mis compañeros; era hora de encarar el final de nuestro camino.

Cerca del navío de Alemoon alcancé a Costa. —Tenemos que salir de aquí —supliqué, pero las palabras se me atascaron en la garganta, convertidas en un hilo de voz que se extinguió antes de rozarlo. Él no se inmutó; seguía de piedra, devorado por la inmensidad de las cumbres que nos rodeaban.

—Abuelo, es el momento. Debemos irnos —le dije, cargando cada palabra con el peso de nuestra supervivencia. Mi mirada era un ruego silencioso, una orden dictada por el miedo y la necesidad de volver a nuestro tiempo.

Pero mi urgencia rebotaba contra su muro de silencio; se negaba a comprender que el tiempo nos pisaba los talones.

—Aguarda, Neké —su voz cortó el aire con una determinación gélida—. El navío ya está listo para zarpar, pero no daré un solo paso hasta que mis ojos alcancen el Edén de Ehola.

La atmósfera en la cumbre se volvió densa, casi sólida. Había dejado el cilindro abierto por pura cautela, pero la verdad ya se nos había escapado de las manos. Sobre nuestras cabezas, el cielo se desplomó en un gris ceniza, vibrando con una electricidad que me erizaba la piel. Sentí la urgencia arder en mis pulmones, tan asfixiante como las ganas de llorar.

—¡Es imposible! —le grité. Costa estaba ciego, perdido en su delirio mientras el mundo se desmoronaba a nuestro alrededor. El diluvio está aquí, Costa. ¡Este lugar nos va a matar, no somos parte de esto!

Me obligué a dar un paso atrás, con los dedos sacudidos por el pánico. El Edén no valía nuestras vidas. Debíamos desandar lo andado, sepultar la entrada de la montaña y usar el fango como un sello definitivo que borrara nuestro rastro. En mi mente solo quedaba espacio para un ruego al Eloah de Ehola: una ofrenda desesperada para activar el mecanismo y que el tiempo nos reclamara de nuevo, a salvo en las entrañas de la Dalet.

Costa permanecía anclado, con los pies hundidos en la tierra y los ojos devorando aquel horizonte prohibido. El Edén estaba allí, casi al tacto. Fue la mano de Varela, firme y pesada sobre su hombro, la que lo sacó del letargo. No hicieron falta palabras; Varela señaló al cielo. Sobre ellos, las nubes se retorcían en un remolino ciclópeo, preñadas de una electricidad alienígena, mientras un bramido visceral nacía del corazón de la montaña, haciendo vibrar la piedra bajo sus sandalias.

—Es la hora —sentenció Varela, luchando contra el estrépito eléctrico—. Neké lleva razón: no hay tiempo. El paraíso no sirve de nada si estamos muertos.

El cataclismo no admitía réplica y Costa, al fin, cedió. Desandamos nuestros pasos, asfixiados por el vendaval, hasta alcanzar el refugio de la Dalet. Una vez en la penumbra, el silencio nos envolvió con una densidad sagrada. Fue entonces cuando ocurrió lo imposible: sin que mano alguna lo rozara, el rollo de tela se deslizó en el cilindro. El eco de su cierre mecánico resonó contra las paredes de la tumba, confirmando que la montaña acababa de blindar nuestro destino.

Me acerqué al cilindro y, con el alma desbordada, posé un beso sobre el metal frío. Era mi forma de dar las gracias por la historia que ahora latía en mi memoria, una verdad revelada que ya nadie podría arrebatarme. Antes de cruzar el umbral definitivo, me detuve. Incliné la cabeza en silencio ante las sombras de Ehola y Jafet, sintiendo que sus espíritus, guardianes de un tiempo olvidado, velaban cada uno de nuestros pasos hacia el presente.

Con aquel gesto, el vínculo quedó sellado. La puerta se cerró tras nosotros para siempre, y un suspiro antiguo arrastró un frío glacial por cada grieta de la cueva. De pronto, un aleteo rítmico acarició la oscuridad. El vello se me erizó al comprender que no era nada vivo; era una presencia velando aquel sueño eterno. Bajo esa guardia invisible y solemne, aceptamos que ya no pertenecíamos a ese lugar.

En el corazón de la Dalet, un sendero ignoto se abrió ante nosotros, una invitación muda hacia lo desconocido. Avanzamos por un corredor angosto que palpitaba como si nos guiara al núcleo mismo de la Tierra, hasta que el túnel se ensanchó. El impacto nos dejó sin aliento: las dos grandes estatuas estaban allí, aguardando. Comprendí en ese instante el espanto que atenazó a los mineros en tiempos de mi bisabuelo; su presencia era tan imponente que el aire parecía vibrar con un miedo antiguo.

Eran dos arcángeles de dimensiones colosales, cuyas espadas descansaban envainadas en una tregua sagrada. Su presencia, forjada en oro puro y vestiduras celestiales, irradiaba una potencia antigua que nos erizó la piel. Al cruzar el umbral entre ambos, sentimos el peso de su juicio silencioso sobre nuestras nucas. Entonces comprendí el espanto de aquellos mineros: no habían huido de lo desconocido, sino del pavor absoluto del hombre ante lo divino.

Aunque el umbral ya quedaba atrás, una fuerza magnética me obligó a girarme. Desanduve el camino hasta quedar suspendida ante la inmensidad de los dos arcángeles. Al situarme de frente, busqué en sus pupilas de oro lo que mi alma ya intuía al pasar. Para mi asombro, el metal parecía haber cobrado una extraña vida: sus facciones se habían dulcificado y una sonrisa sutil, casi imperceptible, iluminaba sus rostros eternos. No eran jueces implacables, sino testigos de nuestra huida.

Un soplo de emoción pura sacudió mi pecho con una violencia dulce. En ese instante, la verdad me atravesó como un relámpago: ¡yo, hija de Ehola! Ya no había dudas. Con la certeza del que regresa al hogar, avancé con firmeza hasta situarme entre ambos guardianes. Permanecieron inmóviles. Al buscar el contacto y rozar sus pies, un estremecimiento me recorrió entera; no era el frío gélido del metal, sino un calor vital y palpitante, como si la vida misma fluyera bajo el oro fino. Mis ojos se abrieron ante lo que comenzó a revelarse. Bajo la mirada de los guardianes, mi identidad y la de mis ancestros se fundieron en un solo origen.

Una luz cegadora rasgó la penumbra del túnel, barriendo las sombras donde antes descansaba la Dalet. El artificio gélido se desvanecido como un espejismo; en su lugar, mis ojos se abrieron a una visión de gloria. Ante mí vibraba un Edén de colores imposibles, un jardín eterno donde Ehola y Jafet caminaban en paz, libres de toda carga mundana. Entonces, una voz que no nacía del aire, sino que brotaba del centro de mi ser, resonó con la fluidez de un manantial cristalino:

—No temas, pequeña. Hallarás tu senda y tu vida florecerá. Graba esto en tu mente: nada tiene que temer el corazón del justo frente a la sombra de los enkis.

La promesa de Ehola se grabó en mi pecho como una brújula. Mientras me fundía con el silencio de la piedra, me envolvió una paz antigua, algo que no se explica con palabras, sino con latidos. Aquella despedida no fue un cierre; fue el testamento de una vida que apenas comenzaba.

La visión se deshizo en el aire, pero el rastro de calor en las puntas de mis dedos —allí donde había rozado la piel de los arcángeles— persistió como un eco. La historia de la hija Gentil duerme ya en el corazón de la piedra, sellada por el amor de mis ancestros.

Dudé en el umbral del paraíso, con el corazón pendiendo de un hilo entre dos abismos. Estaba a un paso de la eternidad, de fundirme en el abrazo de Ehola y Jafet, cuando la realidad me golpeó con la frialdad de un ancla. La voz de Varela, quebrada por un recelo oscuro, rasgó el velo del Edén.

—¿Dónde está Neké? —su pregunta golpeó las paredes, devolviendo un eco frío que terminó de disipar la bruma del Edén. La calidez de los arcángeles se evaporó de mis dedos ante la urgencia de su voz.

Esa pregunta, lanzada al vacío del corredor, fue un recordatorio cruel: ellos habitaban la sombra mientras yo me desvanecía en la luz de los arcángeles. Mi alma quedó suspendida, tensa como una cuerda a punto de romperse entre la urgencia de los vivos y el abrazo de mis ancestros. Me giré con lentitud infinita, observando a Varela y Costa buscar mi silueta entre los jirones de oro, perdidos en una realidad gris, trágicamente ajenos al milagro que me devoraba.

Me volví con la lentitud de un astro, sintiendo aún el beso del Edén en mis espaldas. Al encontrarlos, comprendí que ya no regresaba la misma: el asombro en sus rostros no era por mi retorno, sino por la luz que me habitaba. Sus ojos, dilatados, ya no buscaban a la Neké de antes; veían la esencia de Ehola fundida en mis rasgos, en mi porte de reina y en la claridad que brotaba de mis poros. La duda se evaporó: yo era la sangre, la continuación, el testamento vivo de mi linaje.

Retrocedí, quebrando el lazo con los arcángeles mientras el calor de su luz se evaporaba de mis yemas. Entonces, con un estruendo de metal que retumbó como una sentencia eterna, los guardianes cruzaron sus hojas, sellando el Edén y arrojándonos de vuelta a la crudeza del presente. Les di las gracias en un suspiro que solo el viento pudo recoger antes de volver con los míos. Costa y Varela me recibieron con los ojos dilatados, mudos ante la transfiguración que aún dictaba mi porte; pero no pronuncié palabra. Hay verdades tan vastas que solo el silencio puede custodiarlas.

El miedo se evaporó, dejando un vacío que fue reclamado de inmediato por un horizonte de pensamiento vasto y cegador. Comprendí, por fin, el propósito detrás de nuestro tránsito por los pliegues del tiempo hasta esta cueva olvidada. Al tocar el cilindro, las inscripciones milenarias dejaron de ser un enigma para hablarme con voz propia. La barrera de las eras se había quebrado, devolviéndome un conocimiento que mi sangre siempre había custodiado.

Me detuve ante el último umbral y obligué a mis compañeros a mirar atrás. Allí, bajo la penumbra de la cueva, los guardianes se alzaban como torres de piedra, con sus espadas desenvainadas y trabadas en una barrera infranqueable, réplica exacta de las que custodiaban las puertas del Edén primigenio. Con la autoridad que ahora emanaba de mi sangre, les arranqué una promesa: aquel lugar sagrado jamás sería nombrado; su secreto moriría con nosotros, sepultado por el tiempo.

Costa inclinó la cabeza. Su ambición, antes voraz, se había transformado en una devoción silenciosa ante la magnitud de lo que acabábamos de presenciar. Asintió con la pesadez de quien acepta un destino superior y, con los ojos aún fijos en las espadas cruzadas de los guardianes, habló:

—Te doy mi palabra, Neké. Tras lo visto, no hay vuelta atrás. —respondió, con una solemnidad que nunca antes le había escuchado.

Su voz, antes áspera de ambición, ahora destilaba una humildad solemne. Era el sonido de alguien que reconoce lo divino y entiende que no todo suelo está hecho para ser pisado. El viaje al Edén, su obsesión más feroz, había claudicado ante la inmensidad del milagro.

Busqué la mirada de Varela y su respuesta fue inmediata. Sus pupilas, todavía encendidas por aquel oro divino, delataban el impacto de una transformación que lo había cambiado para siempre.

—Por mi parte, jamás he cruzado el umbral del tiempo —confesó, con una mezcla de pragmatismo y alivio—. ¿Quién daría crédito a mi historia? Además, tengo la certeza de que nadie hallará la entrada. Aquellos mineros de los que hablaba mi abuelo fueron fieles a su juramento; ellos mismos tejieron el mito de figuras monstruosas que devoraban el corazón de los intrusos. Es la defensa definitiva: no hay mejor guardián que el miedo.

Avanzamos por el túnel que los mineros excavaron con sangre y sudor hace generaciones. Al llegar a la salida, el terror nos golpeó: estaba tapiada, sellada por el peso de los años y el derrumbe. Desesperados, seguimos un resplandor que se filtraba por una bifurcación, pero el camino nos escupió a un precipicio vertical sobre el mar. Abajo, las olas estrellaban su espuma contra rocas afiladas como colmillos. Estábamos atrapados.

En medio de aquel abismo, la voz de Ehola acarició mi mente: «¡No temas, hija mía, encontrarás el camino!». Impulsada por una fe ajena a mi propia lógica, me lancé hacia el vacío. Entonces, lo imposible: un sendero tallado en la pared de roca brotó de la nada ante mis ojos. Avanzamos en fila india, pegados a la piedra, hasta que la montaña finalmente cedió y nos liberó. Al otro lado nos aguardaba la playa de Balarés; allí, el mar ya no rugía, sino que jugueteaba con la arena en un susurro monótono, bajo el abrazo de una calma absoluta.

Frente a la inmensidad de Balarés, sentí que el peso de los siglos se desprendía de mis hombros. Con los pulmones saturados de salitre, lancé un grito que desafió al viento y al estruendo de las olas:

¡Descansa, Ehola, hija de la Cueva! Duerme en paz, pues nadie volverá a profanar tu sueño. Aurus, guardián de las puertas de la luz, montará guardia eterna; él no permitirá que nadie cruce el umbral hacia tu descanso.

El eco de mis palabras se fundió con el océano y, por primera vez en generaciones, el silencio resultante no fue de temor, sino de una paz definitiva. Mi voz vibró con una autoridad milenaria; una sentencia que el mar acató en su eterno flujo y reflujo. Supe entonces, con una certeza que me quemaba la sangre, que el santuario quedaba bajo una custodia inexpugnable ante cualquier ambición humana.

Aquellas últimas palabras frente al mar de Balarés no fueron un simple grito, sino el resorte que activó algo latente en mi linaje. Al invocar a Aurus, sentí cómo el velo de la realidad se rasgaba para siempre. Mis ojos de viajera murieron allí mismo para dar paso a una visión espiritual: una claridad abrasadora que me permitía rastrear la estela de los arcángeles incluso a través del granito más denso. Comprendí entonces que el sendero invisible no había surgido por azar, sino que había respondido al llamado de mi propia naturaleza, reclamando su lugar en el mundo.

Mi grito fue el último acto de una historia que había dejado de pertenecerme. Mientras Costa y Varela contemplaban el horizonte en silencio, yo sentía cómo mi espíritu se fundía en la quietud de la montaña. Nos alejamos de la orilla sin volver la vista atrás, dejando que la marea, mansa y eterna, borrara nuestras huellas en la arena de Balarés, como si el mar mismo se encargara de sepultar nuestro rastro en el olvido.

El círculo se había cerrado. Bajo el cielo de Balarés, la verdad de mi linaje palpitaba en mis sienes con la fuerza de una marea imparable: Costa, mi abuelo; Varela, mi padre. Éramos los tres eslabones de una estirpe que el tiempo intentó sepultar, pero que la montaña reclamó como propia. Al mirarlos con mi visión espiritual, percibí los hilos de oro que nos unían a Ehola; destellos de una herencia sagrada que ni siquiera las sombras de los enkis podrían extinguir jamás.

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